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Qué significará ACV



Estaba allí forzado, no a mi gusto y casi contra mi voluntad. Oía, pero no quería escuchar: Has tenido un ictus. Necesitamos hacerte más pruebas, te ingresamos.
Me negué y tras un tiempo de no diálogo, firme el alta voluntaria.
Volví al día siguiente manso y colaborador.
Lo que creía una experiencia única no lo es; ni soy irrepetible ni tengo de mi parte una constelación de estrellas.
He recibido un aviso, el primero; y no debo dejar que me sorprenda el siguiente.
Esto y mucho más se me viene a los dedos mientras manoseo el teclado. Pero alguien lo ha expresado muy bien, y me apetece aprovecharlo y así ahorrarme un buen rato de escritura.
Para quien quiera seguir leyendo, —salvando todo lo que haya que salvar, porque cada quien es un mundo,—puede continuar desde aquí.

¿Sorpasso? ¡Sorpresa!



Entre que era domingo y me debía a mis obligaciones y que estuve ocupando los tiempos libres en subir videos a youtube para mi publicación de ayer, además de acercarme religiosamente a la otra mesa para depositar el voto y alguna otra cosilla más, no me ocupé ni preocupé en absoluto de cuál pudiera ser el resultado final de esta jornada en la que gozosamente se concentra toda nuestra actividad democrática.
He de decir que también fui engañado por los futurólogos; me creí a pies juntillas el resultado que pronosticaban. No tengo palabras. Claro que tampoco hacen falta; a la vista está. Dígase lo que se diga, todos han ganado, nadie tiene que repasar lo hecho y dicho en este tiempo, y a partir de ahora… más de lo mismo.
Reconozco que estoy sorprendido. Aún así, no me pesa. Al contrario, estoy deseando que sigan sorprendiéndome. A ver con qué nos salen ahora…
Por mi parte, sigo en la pura normalidad. Eso creo, al menos. Acabo de entregar mi muestra para que la analicen, porque mi médica favorita quiere que pase control anual. Sea pues. En esto no espero novedades que resulten preocupantes. Ya veremos…

Derrotado el colesterol, ahora toca la hipertensión



La sonrisa de mi médica favorita y sobre todo los números del último sistemático lo han proclamado esta mañana. Pero no empezó la cosa bien, hasta el punto de hacerme dudar de mi capacidad auditiva, porque la hora de la cita era firme y acababa de comprobarla. Una hora de espera llegó a impacientarme, aunque ella es de no mirar al reloj cuando trata a sus pacientes. Pregunté, pues, a alguien cuándo le tocaba y comprobé que a mí o me había pasado por alto, o había corrido tanto que cuando llegué la lista iba adelantada. Me asomé por la puerta y pregunté si no figuraba yo en la de hoy. ¡Dos veces te he llamado! ¿Oyes bien? Fue lo que me dijo. Debe ser la edad, contesté; entré y me senté.
Resultando todo lo que estaba a la vista de su agrado, preguntóme por mi próstata. No le respondí bien gracias, porque consideré inadecuado. Orino mucho y muchas veces, desde pequeñito. El de al lado, tal vez un mir, arguyó que al no haber clínica no hacían falta más comprobaciones. Pero ella insistió que orinar tanto y tan a menudo exigía más control. Hay que pedir análisis de prostatismo. Marcadores tumorales. Lo sentenció y ya tengo encargado el recado.
No le dije que había empezado a tomar otro complemento alimenticio. A la vista de los buenos resultados que me está suponiendo Armolipid Plus, también tomo Condro Sorb Herbal Sport. Mis rodillas cantan algo, puede ser por culpa de Gumi que me magrea en exceso cuando salimos atados por la calle. Puede que sea otra la canción. Alguien me lo ha recomendado y por probar que no quede.
Y ya puesto, voy a indagar si para controlar la tensión existe algún “apaño” que no sea medicina. Si lo encuentro, o alguien me lo proporciona o sugiere, dejaré la media dosis de Ramipril, que con tan poco apetito me tomo todas las mañanas.
Seguro que Toñi me sugiere algo. Sueño con no estar permanentemente medicalizado.

Eso se avisa



Esta mañana Luna desde el suelo imploraba piedad. Me extrañó verla allí tirada, pero me alarmé de verdad cuando vi que a duras penas conseguía incorporarse. Temí lo peor. Le hice dar un corto paseo hasta el jardín de la esquina, pero no se tenía en pie y pidió ayuda. De vuelta a casa con ella en brazos, me lancé sobre el teléfono.
Ah, es eso. No pasa nada. Media aspirina y unas galletas. Se le ha bajado el azúcar. Luego vinieron las explicaciones. Luna sale siempre de caza con provisiones en los bolsillos de sus amos. Es tanto el ajetreo en que se mete que necesita equilibrarse por dentro para no caerse por fuera. Ahora que ya lo sé, seré previsor. Pero oiga usted, eso se dice antes.
Lo que no han hecho unos papás al apuntar a su hijo en catequesis, y se callaron que es celíaco. Menos mal que en los ensayos el interesado me lo ha dicho: Yo de eso no puedo comer. Justo a tiempo de no meter al pobrecillo, y de rebote a todos los demás, en un buen follón.
Hay cosas que no se deben callar. Puede ir la vida en el silencio. A quien tiene intolerancia al gluten y no lo anuncia, se le pilla, ojalá lo más pronto posible. Al mentiroso, por activa o por pasiva, también, aunque sea tarde. A Luna nadie la ha puesto en peligro, afortunadamente; fue una muy leve hipoglucemia.

La segunda pastillita



Si sería el montecristo que me zumbé el domingo, si los calores tempraneros de abril, si los preparativos de semana santa, si tal vez la lectura de la pasión entera por cuatriplicado, el caso es que con la tensión disparada hasta los 179/94, –no importa que la media de este mes vaya por 139/82– el miedo me ha llevado hasta la farmacia del barrio a recoger mi primera dosis de ramipril/hidroclorotiazida 2,5/12,5 mg. Te la tomas a primera hora del día, me advirtió mi médica de cabecera favorita al firmarme la receta. Y, aunque me había dado la oportunidad de suspender cautelarmente la toma a expensas del análisis correspondiente, cuya prueba está en plena gestación, he querido adelantarme a los acontecimientos y prevenir para no tener que curar. Los riesgos de esa hipertensión son ictus cerebral, infarto, angina de pecho… entre otras lindezas.
No estoy en condiciones de asumir tanta incertidumbre. Demasiado pa mi cuerpo. Y decisivo fue lo del MIR experimentado: A partir de 14, pastilla.

Una almohada entre las piernas



Si estando en la cama te encuentras en posición cuasi fetal, tal y como antes de nacer, y no hay forma de aguantar que las rodillas se toquen, no te alarmes ni corras al traumatólogo. Es algo propio de la edad, y se soluciona con una almohada pequeñita. También vale un oso de peluche.
Si la cosa va a más, entonces sí, vete al médico.

Le están saliendo cardenales



Y duelen. Al menos a mí. Supongo que a él también.
Mi madre era muy propensa a los hematomas. Se daba un golpecito de nada con cualquier mueble, por ejemplo, con la cama al hacerla, y tenía ya lo morado en las piernas o en los brazos para tiempo.
Parece que es cosa del sistema vascular; las venitas son muy frágiles y se rompen fácilmente. También hay quien dice que no es eso, que es que están demasiado superficiales, desprotegidas, y por eso se lesionan con frecuencia.
Yo no sé cuál será la razón. Pero me descubro de vez en cuando con una de esas manchas en cualquier parte de mi cuerpo, y si me toco ahí, me duele.
Otras veces no; quiero decir que son producto de una buena costalada. Pues anda que no me las he dado buenas yendo en bici. O andando, como el otro día que Gumi me enreató con la cuerda y di de narices contra el suelo. Rompí el pantalón y magullé la rodilla.
Supongo que a Francisco, papa, le ocurrirá lo mismo. Seguro que se aguanta o lo disimula, pero veo que ya tiene  unos cuantos. Lo malo es que tienen nombre y apellidos, y patas, quiero decir piernas; o sea que se mueven, están vivitos y coleando. Y también boca, o sea por donde “echan”.
Vamos a identificarlos y enumerarlos:
1º Cardenal en breve Fernando Sebastián Aguilar, que se acredita además como cronista rosa y médico entendido en problemas de salud al afirmar:
«Todas las mujeres que quieren abortar lo que buscan es quitarse del medio a sus hijos para disfrutar de la vida».
La homosexualidad es «una manera deficiente de manifestar la sexualidad». «Yo tengo hipertensión, ¿me voy a enfadar porque me lo digan? (…) Muchos casos de homosexualidad se pueden recuperar y normalizar con un tratamiento adecuado. No es ofensa, es estima. Cuando una persona tiene un defecto, el buen amigo es el que se lo dice».
Por cierto, habla y escribe en español. Se le entiende todo; otra cosa diferente es que uno alucine escuchándole o leyéndolo.
2º  Cardenal Juan Luis Cipriani, peruano, se defiende también en su idioma pero habla castellano. Tiene para varios gustos. Desde llamar “sinvergüenza” al árbitro del partido Perú-Uruguay, hasta “herejes” a los teólogos Gustavo Gutiérrez y Teresa Forcades, pasando por tildar de “ingenuo” al prefecto de la congregación de la defensa de la fe, y de paso al propio papa Francisco.
3º Cardenal Herhard Ludwig Müller, alemán, aunque se defiende en castellano. De él son estas palabras:
En la Iglesia «el poder jurisdiccional está en las manos de los ministros ordenados». Por lo cual la mujer no puede presidir Congregaciones, aunque sí dirigir Pontificios Consejos.
4º Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, dominicano. También hispanoparlante. Este señor ha dicho muchas cosas, que no considero reproducirlas en mi blog. Pero estas que pongo a continuación, dichas en medio de una celebración eucarística, son de especial significación:
«Tengo dentro una profunda laguna, fui educado por los jesuitas, quise y quiero a los jesuitas, pero con este sinvergüenza no me interesa nada. Que se ha dedicado, con unos grupos izquierdistas, a hacer lo que a él le da la gana. ¡A mí hay que respetarme en este país, aunque ese señor se crea que es el supremo pontífice! Yo estoy muy incómodo, molesto. No acepto que un sacerdote ande diciendo tonterías públicamente. Aquí está el superior de los jesuitas, dígale: ‘cállese y punto'. ¿Quién es usted para andar hablando tonterías?» Todo esto refiriéndose a un cura jesuita, Mario Serrano, que dirige el centro Bonó en defensa de los descendientes de los antiguos inmigrantes haitianos en Santo Domingo que, por sentencia del tribunal supremo dominicano acaban de ser declarados “personas extranjeras en tránsito”, no importa que hayan nacido y crecido en aquel país desde hace más de ochenta y cinco años.
5º Cardenal no, simple obispo,  Juan Antonio Martínez Camino, español. Habla mi idioma, pero qué poco le comprendo. Acaba de decir en Valencia:
Una mujer que ha sido violada tampoco debe poder abortar porque «ser objeto de una injusticia no justifica cometer otra».
Es verdad que los cardenales se curan ellos solitos, aunque duelan mientras tanto. Estos cuatro señores dejarán algún día de doler, pero curarse… ese es otro cantar.
Dado que no hay tratamiento ni curativo ni paliativo, no merece la pena discutir razonando ni porfiar insultando. Sólo aguantarse. 
Como me aguanto el cardenal que mantengo en el alma desde hace exactamente un año. Moli se me fue. Y no tengo consuelo.
Quisiera ser poeta, y escribir versos esta noche; porque me lo pide el cuerpo, porque mis tripas me lo exigen. Pero no sé hacerlo. Pido las palabras, mejor dicho, las robo, de uno que es maestro en estas cosas, y aunque él miraba a "Sirio", yo las repito mirándote a ti, Moli.


A MI PERRO

Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.
Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes... Oh, yo te escucho.
Allí oigo tu ronco decir y saber desde el mismo centro infinito de tu presente.
Tus largas orejas suavísimas, tu cuerpo de soberanía y de fuerza,
tu ruda pezuña peluda que toca la materia del mundo,
el arco de tu aparición y esos hondos ojos apaciguados
donde la Creación jamás irrumpió con una sorpresa.
Allí, en tu cueva, en tu averno donde todo es cénit, te entendí, aunque no pude hablarte.
Todo era fiesta en mi corazón, que saltaba en tu derredor, mientras tú eras tu mirar entendiéndome.
Desde mi sucederse y mi consumirse te veo, un instante parado a tu vera,
pretendiendo quedarme y reconocerme.
Pero yo pasé, transcurrí y tú, oh gran perro mío, persistes.
Residido en tu luz, inmóvil en tu seguridad, no pudiste más que entenderme.
Y yo salí de tu cueva y descendí a mi alvéolo viajador y, al volver la cabeza, en la linde
vi, no sé, algo como unos ojos misericordes.


Aleixandre, Vicente. "Retratos con nombre", en Poesía y prosa. Edición de Leopoldo de Luis. Madrid: Bruguera, 1985, p. 321.

En el quinto día



Esto ya pasa de castaño oscuro, –frase muy usada por mi padre cuando empezaba a estar harto respecto de lo que fuera–,  es la expresión que me brota espontánea y malhumoradamente por la sensación de tener mi estómago repleto sin motivo y habitado por un pulpo manosón que me araña o acaricia a intervalos irregulares.
¡Qué pena de turrón! dice quien sabe que fui antes de las fiestas para no quedarme sin acopio por agotamiento de existencias.
No me preocupa el dulce; tampoco las cosquillas que me hacen sonreír o los arañazos que me torturan, alternando; enero aún durará y habrá tiempo de gustar y paladear las golosinas; y de lo otro tengo por seguro que no hay mal que cien años dure.  Pero eso de no ingerir alimento y sentirme ahíto es en mí una experiencia nueva. Siempre pensé que era mucho mejor regalarme un traje que darme de comer.
Mientras le doy a estas cavilaciones, curioseo por ver qué es del dicho de mi padre. Y descubro que tiene sus variantes:
Esto pasa de castaño (claro) a (castaño) oscuro.
Esto pasa de castaño (claro a castaño) oscuro.
Esto sobrepasa lo castaño oscuro.
Esto (ya) pasa de castaño oscuro.
Esto pasa de castaño a oscuro.
No encuentro que este refrán o dicho haya sido utilizado por alguna de las grandes plumas del idioma, y me sorprendo. Ser expresión vulgar y coloquial no le quita su sentido y oportunidad, y un Delibes –por ejemplo– tuvo ocasión de usarla. ¿No la consideró o le pareció de tono menor?
Cinco días lloviendo es también una pasada. Y si en otras zonas de la geografía peninsular es normal, en Valladolid realmente “pasa de castaño oscuro”. ¿Terminaremos convirtiéndonos en ranas?

¡Es un virus!


 

Cuando el jefe se enteró de mi noche de anoche, una noche “vallisoletana”, fue lo que sentenció. Así pues, es un bichito que me ha cazado y me ha puesto del revés haciéndome devolver la primera papilla que tomé.
Menos mal que con don Sánchez Albornoz a quien sigo leyendo su Anecdotario político y con Gumi de compañía fiel e incondicional, logré sobrevivir hasta el amanecer. Tras el paseo, he mantenido mi cuerpo hidratado con “agua de borrajas” y en la comida he ingerido un sustancioso caldito hecho a la medida.
Ya por la tarde, tras un sueñecito reparador, he podido sacar algo de sustancia a este día aciago, y esta vez ha sido el buenazo de Berto quien me ha tenido sometido a estrecha vigilancia.
Me alegro de poder descartar el “golpe de calor” con el que diagnosticamos en agosto aquel también desventurado vapuleo que sufrí, del que no quedó secuela alguna.
Espero poder pasar página a este año 2013 sin más novedades. Salvo que san Silvestre me tenga reservada alguna otra sorpresilla. ¡Si será pillín!

Primera victoria, pero me costará una pasta



No sé si me pareció sorprendida, o ya se lo esperaba. Su cara no delató otra cosa que perplejidad. Pues, habrá que seguir con ello. Dentro de seis meses volvemos a estudiarlo. De momento sigue como hasta ahora.
Ese fue el dictamen final que Milagros, mi doctora favorita, ha emitido esta mañana tras observar el análisis sistemático solicitado y el mapa de mi tensión a lo largo del pasado verano.
A la dieta sana, el ejercicio físico y sobre todo psíquico que es en mí habitual, al consumo de tabaco tirando a casi ná… añadir la ingesta de armolipid plus diariamente y el control de cuando en vez de la tensión. Esta ha sido la receta, emitida verbalmente, pero rubricada con una amplia sonrisa; esta vez sí se la he visto en la cara. No es que estuviera mohína durante la consulta; es que al mirar escrutadoramente los datos numéricos del sistemático, no le cuadraban determinadas cifras, unas por haber bajado, otras por haber subido. Por eso levantaba las cejas, cerraba los ojos, o miraba a su mir, según y cómo.
Como soy iletrado en estas cuestiones, sus comentarios no los puedo publicar; no porque no quiera; es que ni siquiera conseguí retenerlos.
Salí contento, pero dócilmente doblegado a seguir tomando una pastilla diaria. Menos agresiva, ciertamente. Pero igualmente obligatoria. Y mucho más cara. No la cubre la seguridad social.

Mi guerra personal contra el colesterol



 versus 

Esta mañana me dirán qué resulta de esta refriega que mantengo para tener a raya al colesterol malo. No me iba mal con simvastatina 10, pero recibí tantos avisos de que no me fiara, que pedí una segunda opinión. Armolip plus, sin dudarlo.
Y decidí proponérselo a mi doctora favorita, Milagros. No puso buena cara en principio; incluso me regañó por discutirla. Pero enseguida se corrigió y me propuso un tiempo de prueba: cuatro meses.
Hoy lunes, veremos qué se ha conseguido. Y Milagros dictaminará cuál ha de ser el procedimiento a mantener.
En realidad lo que me incomoda es el hecho de depender de una pastillita al día. Sea una o sea otra, es una pastilla. Preferiría un bocata, una cerveza, un cigarrillo, en fin, cosas que me gustan. Pero ¿una pastilla?
Si ha de ser así, a base de pastilla, está claro que prefiero la que no tenga ninguna contraindicación y sea lo más natural del mundo.
Hasta ahora parece que armolipid plus tiene en su contra únicamente el precio. Incluso con la bajada de 22,8 € a 12,8 € la caja de veinte comprimidos ocurrida este verano, resulta caro frente a los 0,8 € de la caja de veintiocho comprimidos de la simvastatina.
Pero ya digo, la doctora tiene en su mano el veredicto. A las 09:30 horas me lo hace saber.

Luna de agosto, llena por supuesto


Dos años dan para mucho. Entre otras cosas para que yo sea capaz de descubrir que mi digital tiene una opción que dice “anochecer”, que, en teoría, permite sacar paisajes nocturnos. Tiene una demora de 2”. O sea, que hay que dejarla quietecita, porque si no lo haces te sale movida la foto.
La luna se ha llenado a las 3:45 horas de ayer, día 21. De modo que hoy tampoco era mal día para intentar, de nuevo, inmortalizarla. Y he probado. Una vez más.
De los primeros asaltos, para qué voy a decir ná. Esta muestra lo dice todo:
A la última salió algo que, sin llegar a la perfección ni de lejos, se parece un algo a lo que yo estaba viendo;
Decididamente no conozco persona más terca que un servidor. Y con más moral que el alcoyano, que ya se sabe que iba perdiendo y pedía prórroga.
Eso mismo me ha pasado esta tarde. Pretendía dejar una estantería a plomo, guiándome por el marco de la ventana que da a la calle. Cuando parecía que estaba bien por el lado izquierdo, por el derecho la pared decía nones. Calzaba el lado contrario del mueble, y entonces era el izquierdo el que aparecía desplomado. Corté por lo sano; ni la ventana ni la pared van a servir de guías, voy a por la plomada.
No tengo plomada, he de reconocerlo; porque ni soy albañil ni pretendo serlo. Pero en el cajón de la cocina guardo la pesa de la olla exprés que heredé de mi abuela, una “laster” de veinte raciones, que nadie quiso y a mí me venía al pelo. Até una cuerda a la argolla y probé a situar en la posición correcta el mueble librería. Con un plomo así es imposible fallar.
Decididamente tanto la ventana como la pared están hechas a ojo de buen cubero, y no se cae mi casa porque nadie la empuja. Ahora la estantería está inclinada de su lado izquierdo sobre la ventana e inclinada igualmente por su costado derecho hacia la pared. Pero tampoco va a caerse, especialmente cuando la cargue como todo el librerío que le pienso endosar.
Ni yo voy a volver a caerme, aunque bien pudiera haberme ocurrido mucho antes y muchas veces. Resulta que el episodio de ayer en el que me vi, más que envuelto, totalmente revuelto, fue con toda probabilidad un golpe de calor –así lo muestra el análisis realizado, a esperas de algunas pruebas que tardan un poco más–, y su origen está en el descuido por mi parte de ingerir agua, por no tener sensación de sed.
¿No bebes agua? Poca o nada, respondí. Y antes de que me replicara me defendí: orino más de dos litros al día. Ya, pero eso es por el tipo de alimentación a base de frutas y verduras, pero agua, agua, no bebes, y deberías hacerlo.
Entre ayer y hoy he bebido más agua que en el resto del verano. Y he notado cómo mi boca pasaba de reseca a húmeda, y mi hablar de pastoso o fluido. En cuanto a mi garganta, ya lo he dicho, la sequedad se ha reducido notablemente.
Me lo apuntaré en mi subconsciente, único lugar donde no me fallan los post it: “Beberé al día por lo menos un litro de agua”.
Y sobre la luna… llena, menguante o creciente, dejaré que otros mucho más hábiles que yo la fotografíen, porque decididamente a mí me está negado.

Golpe de calor



Tras una mañana fructífera y a la sombra, la tarde ha sido un auténtico infierno. Todos los síntomas indican que he tenido un golpe de calor. Sin haber estado al sol.
Ahora estoy sólo con líquido, la fórmula magistral que usábamos en los campamentos y que llamábamos “agua de borrajas”:
un litro de agua,
dos limones exprimidos,
una cucharadita de sal,
una cucharadita de bicarbonato,
tres cucharadas de azúcar.
Y a beber todo lo que el cuerpo necesite.
Si entonces nos sacó de muchos aprietos, ahora es lo único que puedo ingerir.
Mañana, a primera hora, tengo cita en el ambulatorio para tratar de descubrir si el diagnóstico es erróneo y se trata de algún virus veraniego.

Mi corazón late lento, pero seguro

 
Ecocardriograma tomado de Internet

Antes de ayer me hicieron la placa de tórax solicitada y ayer por la mañana me presenté a revista ante mi doctora favorita. Milagros buscó en la pantalla y tras un buen rato de observación me miró diciendo: Todo parece normal. Voy a auscultarte, quítate la camisa. Aplicó el fonendo por mi pecho, de frente, a la derecha, a la izquierda, al lateral, coge aire, no respires, respira, no respires, respira… Y según se dirigía a su mesa comentó: ¿Me estaré quedando sorda? Yo te oí un soplo el otro día.
Mira, me quedo tranquila si te mando a cardiología. Y expidió la papela. Luego vino lo de tomarme la tensión, que resultó disparatada, y lo de bajar a pedir cita en información.
Por la tarde, Toñi a través de Pilar se enteró del asunto, y vino a conminarme a que me dejara conducir al Clínico y consentir que me miraran.
Ya en la noche, Carlos avisó que nos esperaba. Así que acabo de ver cómo late mi corazón. En colores, y con una seguridad que tranquiliza.
No ha hecho falta consultar a Wikipedia. Mirando la pantalla y al doctor de acento argentino que me atendía, y escuchando los comentarios que iban haciendo los dos de las batas verdes, no sólo no me subió la tensión, es que casi me duermo allí tumbado de medio lado (no es de extrañar, pues, que diera de PA 120/80 mmHg y FC 45 lpm). Eso es un ecocardiograma: una dulce cuna para alguien como yo.
Como en sueños, no sólo vi mi corazón, también le oí, cuando lanzaba a través de mis ventrículos chorros de sangre desde una cavidad a otra y luego por esa enorme manguera que es la aorta.
En fin, eso fue todo. Y lo mejor, que ya daba por supuesto: tengo corazón para mucho rato. Y la dichosa pastillita.
Añadir ahora el juicio clínico casi sobra, pero lo pongo: Bradicardia sinusal y Dislipemia.
Pero mola cantidad decir que me han tratado en el ICICOR, cuya página web es visitable: www.icicor.es

Era a las diez del día diez, pero hasta las once no entré



Lo tengo comprobado. Es muy peligroso ir al médico creyéndote sano. Puede resultar que no lo estés.
¿Qué tal estás? preguntó según entraba. ¡Bien, graciasadiós! respondí todoseguido. Mirando a la de prácticas, mi médica preferida, la doctora Milagros, exclamó ¡hombre, pordiós, alguien sano en este centro, eso sí que es raro!
Fui a mi visita rutinaria para el control de mi colesterol, del que ya hace unos años me libro con un chute diario de simvastatina 10 -que ya es coña que sea con m antes de v- y, tras el saludo indicado, me tomó la tensión. Otra exclamación por su parte para decirme que estaba bien. ¡Justa, perfecta!
Le recordé que me tocaba análisis y ella, sin mirarme, dijo 44, eso es muy poco. Se refería al pulso. Y enseguida me espetó electro el mismo día que vengas al análisis de sangre.
Así que el lunes iré a entregar unos centímetros cúbicos de mi sangre y a que me registren el tono cardíaco. Ya veréis cómo descubren algún soplo o arritmia o lo que sea. Pero esto se sabrá dentro de no menos de quince días. Para entonces seguro que me ha subido la tensión y se me ha disparado el pulso. Así es la vida.

Un día en el hospital


 
Era una consulta programada y se convirtió en un ingreso con operación de urgencias.
Desde las once y media de la mañana hasta las diez de la noche ocurren muchas cosas. En un hospital como el Universitario Del Río Hortega, infinidad. Pero sólo puedo decir que he estado allí, esperando y acompañando.
Como dice Ángel García Forcada, del blog Confesiones de un médico, recemos por los enfermos y por quienes cuidan de ellos.

¿Tendré síndrome de Peter Pan?


A este paso no te morirás jamás, fue su comentario tras mirar detenidamente los papeles con el resultado del análisis.
Fue esta mañana, en la consulta de mi médica favorita, Milagros, de la SS. Es la rutina que todos los años manda que me haga para controlar el colesterol, y resultaban unas cifras de libro. Estás como una moto, fue el remate que le dio a su comentario.
Y yo, recordaba un relato que no hace mucho leí en alguna parte, que trataba de un hombre a quien le fue concedido tener una vida muy larga. Vio morirse a sus amigos, enviudó, también fue perdiendo hijos, uno tras otro; los nietos también se fueron, un poco más tarde, claro. Conoció cambios de gobierno, derecha, izquierda, centro. Las innovaciones y los progresos de las ciencias pasaron raudos y veloces. Leyó libros, visitó lugares, recorrió territorios, tuvo noticias de guerra y de paz, sobrevivió a crisis y a tiempos de desarrollo, enterró a muchos seres queridos.
Al final de mucho tiempo, sólo ansiaba que su vida terminara.
Pero no le dije nada a mi doctora, Milagros. Sólo sonreí, tontamente. Parece ser que el nivel que me debiera corresponder por simple estadística, a tenor de mi edad y circunstancia, era estar achacoso, con la tensión alta, el colesterol por las nubes, el peso ni te cuento y mi cintura tipo barrica de madera de roble; agotarme ante cualquier esfuerzo, andar a pasitos, nada de subir escaleras; y de la bici o de nadar, rien de rien.
Sin embargo, la espirometría me da que tengo una juventud eterna, y que no corro ningún peligro tanto si salto a la pata coja como si persigo a Gumi cuando tiene ganas de enredar. Que mi corazón bombea como siempre lo ha hecho, y que mi próstata aún verdea como en mis catorce abriles.
Sólo le respondí que tenía mal la dentadura, y que últimamente me estaba dando más guerra que en otras épocas de mi vida. Claro que la herencia materna pesa, vaya si pesa. Y me ha tocado a mí, que mi hermano heredó la buena.
He estado todo el día dándole vueltas por ver si recordaba esta historia, o cuento, del hombre que no conseguía morirse, pero no logro dar ni con el título, ni con el autor, ni con el relato. ¿Será que me lo he soñado?
Eso sí sería para mí síntoma de vejez, que recordara sueños. Pues resulta que aún no es hora.

¡Anda! ¿Serán quistes de Baker?



Esto es que al Jefe le han operado una rodilla. Mucho se hizo de rogar, pero al fin… cedió. Y fue ayer. Le quitaron lo que estaba desprendido, le limpiaron por aquí y por allá, y, ya de paso, también suprimieron algunos tumorcillos.
Si fue una vaquilla, una vez que le maltrató; si fue la caza, tantas veces trasteando por arroyos, vaguadas y rastrojos; si fue algún mal paso dado en la gran ciudad, él que es tan de campo; si fue simple desperfecto de funcionamiento cuando ya se entra en la zona roja de averías (ya empezamos a ser menos jóvenes, qué vida esta); si fue… lo que fuera la causa del desaguisado. Tenía que pasar, sí o sí, por quirófano.
Lo hizo con todos los honores, bien acompañado antes, durante y después. Y, ¡cómo no!, él en primer lugar y con asiento en barrera. Lo vio todo.
Parece ser, según dicen los cronistas, que tras la salida a hombros del personal allí presente, en lugar de dos orejas, le ofrecieron unos “quistecillos”.
Enterado que me vi, indagué de qué cosa podría tratarse. Tan a mano está el internet, que buena gana de buscar por otra parte. Y ¡zás! Aquí están: un tal Baker da nombre a una cosa que “consiste en la acumulación de líquido en la  bursa  gastrocnemio-semimembranosa, que es una de las quince bursas que existen en la rodilla. Esta bursa se encuentra en la región posterior de la rodilla y se comunica con la articulación  mediante una especie de válvula de una sola vía. De manera que el término más adecuado debería ser bursitis y no quiste, pero la costumbre ha impuesto el segundo nombre”.
Ahora tiene un tiempo de demora. Ya se sabe: quietecito, muletas (de las de apoyar, no de las de manejar al bicho), rehabilitación suavecita, y entretenimientos varios pero reposados. Y al lado, y por supuesto, la Jefa, para que no se desmande y esté todo lo controlado que deba estar.
Desde aquí le acompañamos los que poblamos “Mi pequeño mundo”, y como esto es una pequeña república, auténtica democracia directa, nadie hablará por nadie, cada quien dirá lo que le plazca. Y les place, oye tú, te están hablando:

Guauuuu, también yo tengo mis cosillas, pero si yo aguanto, tú también. Guau.


Guau, guau, esta vez no he sido yo, palabra; fue el Gumi el que se perdió. ¡Menudo como se puso éste! Juró no volver a dejarlo suelto. Veremos lo que le dura… Guau.


Guau, pues a mí me ha salido una pupa en la pezuña y no me quejo; y también tengo una uña fastidiada, y me aguanto. Y como no me miro en el espejo, tampoco me veo el ojo y voy tan chulo tras los gatos. Guau.
El amanuense: "Volverán las oscuras golondrinas de tu balcón los nidos a colgar, pero aquellas… no volverán".
¡Animo, maestro! Vista, suerte y al toro.

Y de propina…

La dichosa pastillita

No supe lo que es la tensión hasta que empezamos a tomarla al personal en el hogar de jubilados. Me refiero a la tensión arterial.
La culpa fue de Rosa, mi fisioterapeuta preferida. Se ofreció a venir todos los meses y ayudar a controlar una cosa que a partir de determinada edad resulta ser compleja y un tanto difícil. Ofrecida ella, tuve yo también que comprometerme a ayudarla. Mientras ceñía la manga del sphygmomanometer y aplicaba el fonendo, yo le decía el nombre de la persona y apuntaba datos: 13/7, bien; 18/12 alta; 21/14 al médico cuanto antes. Y así.
Claro, al terminar no podía escurrir el bulto, y también yo pasaba por sus manos, pero sin problemas. Peinaba entonces apenas treinta años y anda siempre en 12/7.
Pasó el tiempo, Rosa dejó de venir porque apenas quedaba gente, y yo también me olvidé, total para qué.
Un día, mi doctora favorita, Milagros, mirando mi ficha en la pantalla del ordenador dijo como si hablara con otra persona: a partir de ahora hay que controlar la tensión, el colesterol y ya de paso los niveles de próstata. Alucinando me quedé. ¿A mí? ¡Pero si no me pasa nada! La edad, me respondió, te pasa la edad. Análisis de sangre, baja y pide cita.
Afortunadamente los resultados fueron normales, y la prueba se repitió cada año durante casi una década en octubre. Que digo yo que sería porque con el caer de la hoja en ese mes parece que el cuerpo engaña algo menos que en otros.
Llegó 2005 y ahí fue el punto de inflexión. Acababan de morir mis padres, que me habían tenido absorbido durante más de tres años, y en la dichosa pruebecita de octubre la tensión dio por las nubes y el colesterol aspirando a hacerlo.
Esto se pone serio, fue lo que me dijo. Quita la sal, el café, y esto y lo otro y lo demás allá. Deja de fumar… Y fue entonces cuando planteó la conveniencia de medicarme.
Me negué en redondo, comprometiéndome a tomar las medidas necesarias y más para bajar ambas cosas por mi cuenta. Fue entonces cuando conocí unos bebedizos que decían que impedían la formación de esas cosas malas, y que ayudaban al organismo a eliminarlas; además el ejercicio que hacía lo intensifiqué; y reduje la ingesta de grasas saturadas; y fue entonces cuando empecé a frecuentar la piscina; en fin, que me propuse un plan serio.
La tensión volvió a ser normal, “de libro” en expresión de mi enfermera favorita Pilar. Pero el colesterol se resistió. Y eso que el bueno estaba altísimo, dando como consecuencia un coeficiente de riesgo más que óptimo.
Milagros fue inflexible: una pastilla de simvastatina 10 mg cada día. ¿Hasta cuando? ¡Hasta siempre! Tómala después de cenar, antes de acostarte.
Cada tres meses, tengo que ir a confesarme con mi enfermera Pilar, y recibir el paquete de recetas. Menos mal que en la farmacia siempre me sirven genéricos. Es un alibio.
Resignado, estoy a punto de tomarme la pastilla correspondiene a este día uno de septiembre. Y agradecido, porque hace un año me amenazó con subirme la dosis a 20 mg, pero hice que entrara en razón y me lo dejara en lo que estaba. Claro que aquí me echaron una buena mano unos amigos de los que algún día he hablado, Toñi y Roberto, y de los que aún están pendientes de contar unas cosillas. Todo se andará.

 

Esto no es un diario

Esta vez he podido entrar en la web de la FMD de Valladolid. Se trata de la Fundación Municipal de Deportes. Pinchas www.fmdva.org y sale todo lo que hay. Y tiene bastante.
Una de esas cosas es la Piscina Cubierta Benito Sanz de la Rica, más conocida como El Matadero. En esa alberca, según dicen en Hispanoamérica, es donde suelo nadar. Y aquí están las fotos robadas de la página web mencionada.
No voy a hablar de las letras que le falta al rótulo en la fachada principal. Ni sé cuándo se cayeron ni sé por qué aún continúan faltando, siendo así que llevo entrando por esa puerta todos los días, salvo excepciones debidamente justificadas, desde hace siete años.
Hoy ha sido un día extraño, ¡vaya novedad!
El caso es que me levanté bien, y el paseo matutino por el campo resultó placentero. Pero en cuando, con el primer café del día, me senté ante la prensa y leí la amenaza de desalojo de la acampada de la Plaza de Cataluña, se me fue torciendo el humor.
Mi alcalde, es un decir, ante la acampada de la Fuente Dorada decidió hace unos días trasladar el Teatro de Calle a otra localización para respetar a los jóvenes allí asentados. Y esto es Valladolid. Pero Barcelona no puede hacer lo mismo con la juerga previsible que surja con la también probable victoria del Barça en la tarde noche del sábado. El alcalde de Valladolid ha salido muchas veces en las noticias por su temperamento y talante autoritario. El de Barcelona, alcalde socialista, no; debe tener mejores modales. O tal vez él no ha sido, y lo ha hecho el consejero de interior, o el lucero del alba. O vaya usted a saber.
Por aquí pensamos que Cataluña es más Europa que nosotros. Y a la vista está. Ahora recuerdo por qué, allá por el noventa y dos, muchas familias gitanas de aquí se vieron agrandadas con la visita masiva de familiares catalanes. Debió tratarse de una limpieza generalizada ante las a punto de celebrarse Olimpiadas de Barcelona. Entonces no transcendió en los medios. Hoy sí he visto, leído y escuchado cómo se limpia en catalán. Guardia urbana y Mossos d'Esquadra. No eran grises, ni guardias civiles, ni policía nacional. Menos mal.
Se me torció talmente el gesto que he pasado muy mal día. Y pudo ser peor, pero afortunadamente a Aguirre no la hicieron caso y en Sol no ha pasado nada. Al menos, hasta ahora.
Llegó, pues, la hora de nadar. Eran las ocho y media de la tarde. El cuerpo no me daba sensación. Casi arrastrándome, dolorido por el trancazo “primaveril” que he pillado, moqueante y carrasposo, me alargué hasta allí. Quedándome en casa sólo habría empeorado. Me desnudé con desgana. Con el atuendo reglamentario observé la piscina completamente vacía. Miré al agua durante un tiempo largo, tal vez más de cinco minutos, sin pensar en nada.
Cuando me tiré todo se aclaró. Estuve nadando durante treinta y cinco minutos. Cincuenta y cuatro largos. Mil trescientos cincuenta metros. Salí porque correspondía, no porque no me apeteciera seguir. Descansado, relajado, y casi convencido de que la gente habría vuelto a llenar la Plaza de Cataluña para la asamblea de las diez.
Berto sigue agobiando a Moli. En efecto, compruebo que todo sigue normal. Esta también será una buena noche.
Post scriptum: A una buena amiga nadar en el mar tal vez le sugiera que danza. Otra, también amiga, obligada, termine por ser adicta. A mí, las dos cosas.
Berto y Moli no nadan, pero ahora descansan relajados.

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