Era de un curso más
que yo, y también más alto. Y a lo que se ve, más listo. Es del mismo pueblo
que mi abuela materna, Becilla de Valderaduey. Le perdí la pista cuando me
marché a estudiar a Madrid. Luego supe que había colaborado en la traducción de
algún libro de la Biblia en el equipo de Alonso Schökel, porque era versado en
lenguas.
Tras muchos años sin
saber nada, nos encontramos en un funeral, el del padre de la médica de mis
padres. Resultó que eran parientes. Apenas nos saludamos, y eso que jugamos
mucho a baloncesto; él de ala pivot y yo de base. Es un decir, lo que entonces
hacíamos era poco más que pasar y tirar al aro. A pesar de todo, cuando
coincidíamos en el mismo bando, aprovechaba bien mis pases.
Ahora me entero que
le han nombrado nada menos y nada más que director del secretariado de la
comisión episcopal para la doctrina de la fe. Y no sé si alegrarme por él o
darle el pésame.
Por supuesto que se
trata de mucho honor recibir esa encomienda. Sin embargo, alguien que desde
hace más de treinta años se viene dedicando a la enseñanza y a la
investigación, pasar a ser el vigilante de la playa, con derecho o algo
parecido sobre el pensamiento y su expresión de otras personas de su misma o
parecida valía, es una carga que cambia a cualquiera, si no es que ya está
cambiado por completo.
La foto que publican
de Agustín del Agua le representa sonriendo. Que conserves esa sonrisa el mayor
tiempo posible. Ese es mi deseo.














