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Estrenando, que es Domingo de Ramos



Si este día en mi historia personal siempre merece especial atención, el consabido estreno de alguna cosilla, en lo comunitario ha tenido también sus notas novedosas. Y han sido dos.

La primera. El olivo, en el sexto año de su replantación, ha ofrecido su primeros ramos para la procesión. Mi gente, sin embargo ha extrañado esta circunstancia agotando las ramas de laurel, será por la costumbre de usarlas también en la cocina. En cualquier caso, las ramas desdeñadas servirán para la hoguera de la pascua de cuyas brasas encender el cirio, y su ceniza nos vendrá muy bien para la cuaresma del próximo año.
La segunda. La implantación “obligatoria” de nuevos libros litúrgicos a partir de la Sagrada Escritura en versión de la Conferencia Episcopal Española ha convertido en obsoletos los anteriores. El domingo de ramos tiene además la particularidad de tener como texto central la pasión, que suele proclamarse con tres lectores. También han quedado inservibles las copias suplementarias que veníamos usando desde tiempo ha.

Además del hermoso y cuidado evangeliario, hemos estrenado estos dos suplementos aviados a toda pastilla con los materiales a mano, para cumplir y para hacerlo dignamente.
El olivo nos sobrevivirá a todos, eso es bien seguro. Y posiblemente seguirá surtiendo de ramos con suficiencia más que sobrada. El reluciente libro para la liturgia durará lo que considere la autoridad; y está por ver, dado que su traducción más que un avance con respecto a la anterior, la Nueva Biblia Española de Alonso Schöckel, es un claro retroceso. Hay cambios en el vocabulario que nos retrollevan a los años cincuenta. Por si las moscas, no he encuadernado mis dos copias; me he limitado a enfundar las A4 impresas en “plásticos” multitaladro y colocarlos en unos portafolios aún en buen uso. Los nuevos calcetines, finalmente, darán abrigo a mis pies, me durarán por lo menos hasta el otoño, y seguirán siendo el regalo que me hago a mí mismo todos los años por esta misma fecha.
El recordatorio, sin embargo de este día, y que mejor se corresponde con el impresionante verso del salmo responsorial de la liturgia –«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 22)–, lo constituye el terrible accidente que esta madrugada se ha llevado jóvenes vidas en una carretera.

Sacando el cuerpo a pasear



Sin premeditación, me salió así el título esta mañana de camino a mis labores. Empieza semana santa y comienzan las procesiones. Y salen los pasos cargados de imágenes. La principal, sin discusión, El Crucificado.
Él lo paseó por tierras lejanas en tiempos antiguos. Usó de él, e incluso abusó; sus amigos y familiares fueron a por él para llevárselo a casa, no entendían tanta actividad.
Todos disfrutaron de su cuerpo. Sin distinción de sexo, lengua, clase social, raza o nacionalidad. Enfermos y desahuciados, prostitutas y mercaderes, labriegos y obreros, gentes con el corazón roto y personas de mente hambrienta, almas inquietas y cuerpos desvencijados, espíritus laicos y también religiosos. Todos, sin diferencia, sin medida.
No tuvo dónde cobijarlo y muy poquito con qué cubrirlo. Eso que hasta los pájaros tienen nidos y los lirios ropajes.
Lo fue gastando, dándose y dándolo. Y lo fue desnudando progresivamente hasta dejarlo en puros cueros.
Lo dio en comida, en bebida: Tomad, comed; tomad, bebed.
Él lo ofreció para salud de muchos, de todos. Ahora lo paseamos. Para verlo, curiosearlo, ignorarlo, alabarlo, rezarlo.
Es pan de vida, es bebida de salvación. También es sentimiento, maldad, ternura, horror, compañía, crueldad, esperanza, agonía, luz, tinieblas, verdad, mentira… según para quién y cómo.
Que nadie se corte, que a nadie se lo impidan. No hace falta jugárselo a los dados, como hicieron aquellos soldados con su túnica. ¡Que cada quien tome lo que le apetezca! ¡Hay barra libre!
No importa el lugar, ni el momento, ni la forma: Siempre será en memoria suya.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Sal 22)


Se me pusieron los pelos de punta al entonar este versículo, correspondiente al salmo interlecturas de la liturgia de hoy, Domingo de Ramos.
Los residentes de Sanyres lo entonaron ayer tarde, repitiéndolo, con la unción de quienes creen en Dios, pero sienten, como Jesús, que Dios está ausente, que no responde, que calla.
Jesús también creía que era posible otro mundo, él lo llamaba Reino de Dios. Lo señaló en aquellos gestos sencillos y humanos de cercanía, de acogida, de integración, de regocijante convivencia, de sencillez, de luminosidad, de perdón, de confiada entrega, de esperanza más allá de la dura realidad. Las gentes lo entendieron, pero no lo asumieron. Y Dios callaba.
Jesús grita con toda su alma, desde lo más profundo de su entrañas, ¿por qué?
Desgranando el largo texto de la pasión vi todo lo que se puede ver: la donación, el calor de los afectos, la paz de lo sencillo, el abandono, la traición, las monedas, la soberbia, el trato humillante, los manejos turbios del poder, la petulancia, la mentira, la ceguera del pueblo, la violencia, la injusticia, el desprecio, la blasfemia… el temor al fracaso y la confianza ciega y total.
Al final sólo me quedó el grito último, «A tus manos, Padre, entrego mi alma», y la incondicionalidad de algunas mujeres.

Si ya ni me enfado



Como cada año, por estas fechas, he empezado a recolectar los ramos para el domingo que viene. Un poco de aquí, otro poco de allí, una brazada de acullá, y el resto de lo que traen de sus huertos y jardines. Al final, sale un montonarro que da para este lugar y para otros diez o doce que lo necesitaran. Cuando cada quien coge lo que le parece, sobra más de la mitad, y es lo que uso para hacer la hoguera de la pascua.
Ocurre que llego a identificar cada ramito con nombre y apellidos, porque, siendo todo de la misma especie arbórea, laurel por supuesto, su olor es diferente porque cada vecino/a lo cuida a su estilo y manera. Y hay una parte que huele a puro cielo y otras que ni saben ni contestan.
Como cada año, a pesar de que me hago siempre la misma reflexión –este año corto por lo sano, me digo– sacudo mi pereza y procedo a la recolección. Porque es verdad que usamos los ramos para entrar a celebrar la Eucaristía representando la procesión de la borriquilla, pero al mismo tiempo cada individualidad hace acopio de hojas de laurel con fines reafirmantes, culinarios o santeros para todo el año. Hay peques que se agarran a un árbol más grande que ellos que luego olvidan en el interior entre los bancos, y señoras que ajuntan en su puño diez o doce ramitas de las más frondosas en hojas grandes y suculentas para echar en el puchero. Los jóvenes por su parte, para no cargarse demasiado escogen las más diminutas e insignificantes. Y hay, por supuesto, quien lo acarrea para proteger cada rincón de su casa, porque al fin y al cabo están bendecidos, y algo harán.
Intento hacerme oír cuando digo “los bendecidos somos quienes agarramos los palos verdes para cantar Gloria al hijo de David, Sol inmenso de bondad. Y oír sí, pero escuchar… No  te esfuerces, miguelangel, que te hemos entendido; ahora compréndenos tú a nosotros. Y así se va pasando la vida, y nos acercamos otra vez a celebrar el domingo de ramos de esta nueva pascua.
Vamos envejeciendo, pero nuestro corazón permanece joven, impertérritamente, contra viento y marea. Es cierto que entramos en vacaciones, con no sé cuántos millones de desplazamientos hacia la costa, pero aquí no se cumple la amenaza de que esto va a menos. Pasado mañana volveremos a ocupar la calle durante unos minutos, hay que procesionar con los ramos. Somos un ejército, –de paz por supuesto–, que no está dispuesto a dejar de repetir jubiloso el grito aquel de ¡Hosanna al Rey que viene en el nombre del Señor!

Monseñor Romero, el papa Francisco y el domingo de ramos

 

Que estemos entrando en semana santa me tiene ocupado y atento a lo que tengo entre manos. Que el papa Francisco esté en el candelero de los medios de comunicación y cada día sorprendan con noticias viejas que ofrecen como nuevas, me distrae un tanto y me ocupa algo menos. Pero que por todo lo anteriormente escrito vaya a resultar que me olvido del aniversario de monseñor Romero, eso si que no.
Y van treinta y tres años. Y su recuerdo sigue vivo, porque es el pueblo el que atiza el rescoldo.
Juntar en una misma fecha estos tres “motivos” me está sugiriendo una broma ingenua. No caeré en publicarla, sólo la mantendré en el pensamiento.
Pero tres cosas digo: si es domingo de ramos y hay que estrenar, yo estreno. Aún no sé qué, pero algo encontraré en el armario.
Dejemos a Francisco, papa, y no le metamos prisa. Preparémonos, porque tanto importa lo que él diga o haga, como lo que nosotros estemos dispuestos a hacer. Incluso yo diría que mucho más, ya que también en número le superamos.
Y a monseñor Romero que me lo dejen en paz, que no hace falta que lo suban a ningún altar, que sin peana está muy bien.  Además, como el buen capitán que era, estoy convencido de que no lo aceptaría si antes no se lo dan a los mártires salvadoreños: diez le precedieron, quince le siguieron. ¿Es mucho pedir veintiséis coronas? Pues, o tody, o nada.

Con la borriquilla y las palmas. Es Domingo de Ramos


 

 
Hosanna al hijo de David,
bendito el que viene en nombre del Señor,
el Rey de Israel.
¡Hosanna, hosanna en el Cielo!

Aclamad al Señor tierra entera,
tocad en honor de su nombre.
Haced resonar sus alabanzas.
cantad himnos a su gloria

Pueblos todos batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo,
porque el Señor es sublime y terrible
emperador de toda la tierra.


Canto para el Domingo de Ramos. Francisco Palazón.


Sin embargo, a mi recuerdo llegan mucho mejor estas palabras, acompañadas de una música que no puedo reproducir porque me falta el coro:
Gloria al Hijo de David
sol inmenso de bondad
¡Hossana al que viene en nombre
del excelso Jehová!
¡Hossana al que viene en nombre
del excelso Jehová!

¿Qué vais a estrenar? Es Domingo de Ramos

Yo tengo en mi memoria el dicho de esta manera: “Domingo de Ramos, el que no estrena no tiene manos”.
Ahora resulta que existen variantes. Del tipo: “…el que no estrena no saca manos”; o “…el que no estrena se le caen las manos”. Y es posible que haya muchos más.
Nunca se me ocurrió preguntar qué significaba. Tampoco me dio por pensar si tendría algún otro sentido diferente al simple hecho de que como todos tenemos manos, todos tenemos que estrenar algo, puesto que es Domingo de Ramos. Así que nunca entendí que otras personas no estrenaran, con lo fácil que es. ¿Quién va a ser capaz de no poner en sus manos aunque sean unos guantes?
Cada vez que llegaba esta fecha en casa me ofrecían algo nuevo que ponerme. Porque siempre se trató de ropa. Un pañuelo moquero, unos calcetines, una bufanda, un jersey, unos guantes, un babero, una camiseta, unos calzoncillos… todo casero. La casera oficial, o sea mi madre, se encargaba de procurármelo, factura de sus propias manos.
Tal es así que ya autónomo e independiente, es un decir, he sido yo el que ha procurado el estreno para no quedarme sin manos. A falta de saber coser o tejer lo suficiente, corto por lo sano y me pongo calcetines nuevos para estrenar mi Domingo de Ramos nuevo particular.
Es curioso qué cosas aprendidas en la infancia se olvidan en edades posteriores, y cuales se mantienen. Yo reconozco que he debido perder, si no todas, casi todas. Pero ésta, no. Y es para mí fuerza mayor que en mi armario haya un algo: una camisa, un slip… unos calcetines, para tener algo a estrenar cuando llega el día de Ramos. Si no fuera así, creo que al coger el ramo, me sentiría desnudo, o sin manos para agarrarlo.
Y me resulta sorprendente lo poco que se estila entre mi gente esta sana costumbre. No termino de meterme en la cabeza que a muchas personas estrenar algo les ha resultado difícil en su vida. Sencillamente la han tenido ajustada. Al contrario que la mía, que reconozco bastante regalada.
Aunque bien mirado, tampoco yo he sido estrenador consumado. De lo que sí he abundado es de género de punto tricotado, o sea tejido a mano, por las manos de mi santa madre.
¿Qué haces? Nada. He encontrado en Monedero (nombre de una mercería de la que mi madre era cliente más que habitual, permanente) estos ovillos de perlé, y me han gustado estos colores. Para Ramos estrenas un jersey. Y justo, en Ramos Miguel Ángel se ponía un jersey con manga raglán, mezcla de colores imposibles, que iban a hacer de mí un muchacho rechiscante. Mirarme era quedar deslumbrado. Y yo tan contento porque mis manos estaban aseguradas.
O cogía varios que ya no me servían por pequeños o por destrozados, y, producto de la conjunción de todos ellos, salía otro diferente, en forma, en tamaño, en color, que servía para el mismo cometido: estrenar en Ramos.
Tengo una bufanda, ya ni recuerdo cuando la estrené, que parece mismamente el arco iris. Sigo usándola.
Hoy, cuando me levante, pensaré qué cojo del armario para lucirme en este Domingo de Ramos. No me es posible estrenar el día sin ponerme encima algo que esté por estrenar.
Soy débil. No tengo remedio.

Con ramos a porfía. Para el próximo domingo…

 
El próximo domingo es Ramos, y solemos repartir entre la gente ramitas de laurel para procesionar desde el jardín hasta el templo. Luego cada quien se lo lleva a casa y hace con ello lo que quiere. Unos lo reparten por la casa… y otros lo aprovechan en la cocina.
Que sea laurel y no otra cosa se debe a que es el que hasta ahora teníamos más a mano, tanto si la fecha cae tardía como ahora, como si se hace tempranera. Es un árbol de hoja permanente, o sea que no caduca, tenga más o tenga menos.
Cuando todo lo que nos rodea era campo y huertos, abundaban los laureles. Y un poco de aquí, otro poco de allá, y otra pizca de acullá, nos apañábamos divinamente.
Ahora que todo está baldío o construido, y los regadíos han sido reemplazados por jardines de pitiminí, la cosa se pone chunga.
De modo y manera que mañana salimos a la caza y captura de lo que sea que pueda servir como ramos para el próximo domingo.
En tanto hacemos lo que buenamente podamos, aquí dejo esto para ir abriendo boca.
 
¡VIVA EL HIJO DE DAVID!

Era el día nueve del mes de Nisán. Jerusalén,(1) en vísperas de fies­ta, estaba abarrotada con más de cien mil peregrinos venidos desde todas las ciudades de Judea, desde Galilea y la Decápolis, desde las colonias judías dispersas a lo largo y ancho del imperio ro­mano. Como todos los años al despuntar la primavera, los hijos de Israel acudíamos en masa a celebrar la Pascua dentro de las murallas de la ciudad de David.(2)

Aquella mañana, mientras nos desperezábamos en la taberna de nuestro amigo Lázaro, en la aldea vecina de Betania, llegaron Judas, el de Kariot, y Simón, el pecoso. Venían de Jerusalén y traían prisa en los ojos.

Judas - ¡Ea, compañeros, la paz con todos!
Todos - ¡Salud, Judas! ¡Paz, Simón!
Judas - Caracoles, pero ¿qué hacen ustedes aquí bebiendo leche? ¿A qué esperan? ¡La ciudad está reventando de peregrinos!
Simón - ¡Ahora es el momento, Jesús! La gente pregunta por ti. Todos están esperando.
Judas - El pueblo está contigo, moreno. ¡Ahora o nunca! ¿Qué dices tú?
Jesús - Yo digo lo mismo que dije cuando salimos de Cafarnaum. Hoy comienza la semana de preparación de la Pascua. ¡Hoy comenzaremos a despertar a Jerusalén de su letargo y a anunciarle que Dios viene a cumplir el Año de Gracia!
Todos - ¡Eso, eso! ¡Todos iguales, todo para todos! ¡Como al principio!
Judas - Los grupos de la capital están avisados, Jesús. Ayer Simón y yo estuvimos hablando con algunos dirigentes, Barrabás y otros del movimiento. Nos apoyan. Tienen confianza en ti.
Jesús - Sí, Judas. Pero confían más en sus puñales. Y para lo que vamos a hacer hoy no hace falta otro filo que el de la Pala­bra de Dios. Escuchen, compañeros, nuestro plan debe ser el mismo que Dios le ordenó a Moisés: ir delante del faraón y decirle que ya no soportamos el yugo de ningún tirano.(3)
Todos - ¡Así se habla, moreno!
Jesús - Nuestros abuelos pedían que los dejaran salir de Egipto para ir a la tierra prometida. Nosotros pedimos que se vayan ellos, que nos dejen vivir en paz en la tierra que el Dios de Israel nos regaló. El faraón era antes aquel egipcio de corazón duro. Ahora los faraones son gente que lleva nuestra misma sangre, pero que han traicionado al pueblo.
Pedro - ¡Sí, señor! ¡Y ésos son los que se hacen llamar representantes de Dios! ¡Mira a ese Caifás, el sumo sacerdote, vendido como una ramera al gobernador romano! ¡Y su suegro, el viejo Anás, el mayor ladrón de toda Jerusalén!
Felipe - ¡Y el gordo Herodes, el rey más corrompido que haya puesto el trasero en el trono de Galilea!
Jesús - ¡Pues nosotros iremos a tocar en las puertas de sus pala­cios y también en las cancelas de bronce de la Torre Antonia, donde se esconde ese romano sanguinario que se llama Poncio Pilato, y a todos ellos les echaremos en cara sus crímenes, uno por uno, tal como Dios los tiene anotados en su libro! Porque Dios ha visto el sufrimiento de su pueblo: ha escuchado el clamor que nos arranca el látigo de los capataces. Y Él viene a liberarnos de la mano de los que nos oprimen. Les diremos: Dios nos envía ante ustedes con el mismo nombre de su alianza con Moisés. Y ese nombre es: “Yo Soy. ¡Ahora sabrán quién Soy!”(4) A ustedes, los que nunca contaron con nosotros, los pobres de la tierra, ve­nimos a decirles nuestro nombre: “Aquí estamos Nosotros. ¡Ahora sabrán quiénes Somos!”
Todos - ¡Bien, bien!
Jesús - Compañeros: ése es el plan. ¿Qué dicen ustedes?
Susana - Yo digo que es la cosa más descabellada que he oído en toda mi vida. Pero, moreno, ¿qué malas pulgas te han picado? ¿En qué cabeza cabe ir delante de esos señorones a cantarles la verdad así, a bocajarro?
María - ¡Jesús, hijo, por favor, no seas loco! ¿Tú crees que los jefes de este país te van a hacer caso a ti, un campesino con las sandalias rotas, eh, dime?
Simón - Por eso no, doña María, que a Moisés tampoco le hizo caso el faraón la primera vez. Pero tanto da la gota de agua en la piedra hasta que le hace un agujero. Moisés fue un día y otro y otro más, y primero se cansó el faraón de Moisés que Moisés del faraón.
Jesús - Y eso es lo que nosotros haremos: ponernos más tercos que la burra de Balaán. Ir de palacio en palacio y de faraón en faraón una y otra y otra vez, hasta que las piedras se rompan. ¿Están de acuerdo?
Natanael - No, yo no estoy de acuerdo. Lo siento, pero no es­toy de acuerdo.
Felipe - Ya salió el Nata con sus miedos…
Natanael - No es miedo, Felipe. Es que ese plan es un desvarío. No habrá segunda ni tercera vez. Nos aplastarán como cucarachas en cuanto salgamos.
Jesús - Si vamos solos sí, Natanael. Pero iremos con todos los vecinos de Betania, con los de Betfagé…
Judas - La gente de la capital se unirá a nosotros, ténganlo por seguro. ¡En cuanto oigan la bulla, irán al Cedrón a esperarnos!
Simón - ¡Cuando tú, Jesús, levantes el brazo, se levantarán mil brazos contigo!
Felipe - ¡Formaremos un ejército, Nata, un ejército inmenso!
Natanael - Sí, Felipe, ¡un ejército de andrajosos! ¡El batallón de los muertos de hambre!
Jesús - El mismo ejército y el mismo batallón que tenía Moisés cuando cruzó el mar Rojo. El mismo que tenía Débora cuando reunió a los israelitas al pie del Tabor. El mismo que tuvieron los hermanos Macabeos.
Simón - Pero los Macabeos iban con armas, Jesús. Y nosotros no tenemos ni dos espadas viejas.
Pedro - ¿Y qué tenía David cuando salió al encuentro del gigante Goliat, eh?
Simón - ¡Por lo menos tenía piedras, caramba! ¡Y nosotros, ni eso!
Jesús - La piedra que vamos a poner nosotros en la honda, la pedrada que vamos a sacudirles en la frente, es nuestra palabra. Y todos unidos, codo con codo, levantaremos una muralla más compacta que las de Jerusalén. ¡Formaremos un cuerpo inmenso, el cuerpo del Mesías, más grande que Goliat, tan grande y tan fuerte como la esperanza de los pobres de Israel!
Felipe - ¡Yo estoy con Jesús! Ea, compañeros, ya está todo dicho. El que tenga miedo, que se quede. ¡Pero este cabezón se pondrá en primera fila, junto a la bandera!
Natanael - ¡Qué bandera ni bandera, Felipe! ¡Si por tener, no tenemos ni eso!
Felipe - ¡Pues llevamos el pañuelo de Judas, que era de un nieto de los macabeos! ¡Y cortamos una rama de palmera, lo amarramos en la punta, y listo!
Pedro- Jesús, moreno, ¿por dónde vamos a comenzar?
Jesús - Por el hueso más duro de roer. Por el Templo. La familia del sacerdote Anás lo ha ensuciado con sus negocios y sus trampas. Vamos allá. ¡Por ahí comenzaremos a limpiar el país!
María - Hijo, por el amor de Dios, ¿quién te ha calentado la cabeza? ¿Quién te ha metido esta fiebre en el cuerpo?
Jesús - ¡Dios, mamá! Esto es asunto de Dios. ¡Iremos al Templo en el nombre del Dios de Israel!
Judas - ¿Cuándo salimos, Jesús?
Jesús - Ahora mismo, Judas. ¿A qué esperar más? Lo que hay que hacer, se hace pronto. Ea, compañeros, vamos todos. Lázaro, cierra la taberna. Mamá, Susana, María… vengan ustedes también, mujeres y hombres, todos hacen falta. ¡Hasta los niños gritarán con nosotros y romperán las piedras con sus gritos!

Estábamos enardecidos. A pesar del miedo y del riesgo, salimos fuera de la taberna. Eramos una docena de hombres, seis mujeres y Jesús. En dos zancadas llegamos a la pequeña plaza de Betania donde estaba el pozo de agua. Jesús se trepó en el brocal y desde allí llamó a los vecinos.

Jesús - ¡Amigos de Betania! ¡Vengan todos, vengan todas, y escuchen nuestras palabras! ¡Les anunciamos una buena noticia para todo el pueblo! ¡Ha llegado el Reino de Dios y la justicia de su Mesías! ¡Dios viene a reunir a los que estábamos dispersos! ¡Él nos abre un camino y sube delante de nosotros! ¡Dios va en cabeza y nos regalará la victoria!
Simón - ¡Así se habla! ¡Que viva el Mesías!
Todos - ¡Que viva!
Susana - ¡Que viva el Hijo de David!
Todos - ¡Que viva!
Jesús - ¡Amigos de Betania, Dios está con nosotros! ¡Los que tengan fe, sígannos! ¡Los pobres, los que lloran, los que pasan hambre, los humildes de la tierra, vengan con nosotros!
Todos - ¡Libertad, libertad, libertad, libertad!

La aldea de Betania se puso en movimiento. La gente aplaudía y vociferaba y, en pocos minutos, todos los vecinos se apiñaron en torno a nosotros y echaron a andar por el atajo de las datileras, rumbo a Betfagé.

Pedro - ¡Arriba el que viene en el nombre del Señor!
Todos - ¡Arriba! ¡Hosanna!

Los peregrinos galileos que acampaban en las posadas del camino, cuando oyeron aquel alboroto, dejaron las jarras de vino y los dados y se unieron al grupo. Las mujeres se asomaban a las ven­tanas y nos saludaban con los pañuelos y las escobas en alto. Varios muchachos cortaron ramas de laurel y hojas de palmera y las agitaban en el aire como si fueran espadas. El griterío era ensordecedor.

Felipe - ¡Eh, Jesús, aquí nadie oye nada! ¡Habla más fuerte!
Jesús - ¿Y qué hago, Felipe? ¡Tendría que subirme en una datilera para poder hablarle a tanta gente!
Felipe - ¡En una datilera no, pero en un caballo sí! Eh, paisano, ¿nadie tiene un caballo por acá?
Susana - ¡Los caballos los tienen los soldados y los centuriones!
Felipe - ¡Pues un burro entonces, caramba! ¡El Mesías de los pobres irá montado en un burro!
Pedro - ¡Tú, muchacho, corre a la aldea y desata el primer burro que encuentres y tráelo acá! ¡Ve, anda, que Jesús lo necesita!

Cada vez nos seguía más gente. Nosotros, los doce, íbamos con Jesús, abriendo la marcha. María, su madre y las otras mujeres habían olvidado ya el miedo del primer momento y ahora gritaban a voz en cuello, mezcladas con todas las vecinas de Betania y de las posadas. Un campesino le prestó su burra a Jesús y él se montó en ella para hablarle mejor a la gente.

Jesús - ¡Amigos, ha llegado el día grande del Señor! ¡Queremos justicia hoy, no mañana! ¡Queremos libertad hoy, no mañana!
Todos - ¡Hosanna, hosanna, justicia hoy, no mañana!(5) ¡Hosanna, hosanna, justicia hoy, no mañana!

Cuando llegamos a Betfagé, todo el pueblo estaba en la calle. Al­gunos, en un entusiasmo desbordado, tiraban los mantos sobre las piedras del camino por donde Jesús iba a pasar. Otros levan­taban ramas de olivo vitoreando al Mesías.

Judas - ¡Arriba el profeta de Galilea, hosanna!
Todos - ¡Hosanna, hosanna! ¡Justicia hoy, no mañana!

Íbamos subiendo la ladera del Monte de los Olivos.(6) Era cerca del mediodía y el sol caía de lleno sobre nuestras cabezas, abrasándonos. Fue entonces, en un recodo, cuando apareció extendida a nuestros pies, como una enorme colmena, apretada de casas, rebo­sando gente, la ciudad de Jerusalén, encerrada en sus cuatro mu­rallas que brillaban como el oro. Y, en medio de ella, sobre la Colina baja del Moria, el Templo con sus escalinatas repletas de vendedores y comerciantes.

Pedro - ¡Que viva Jerusalén y que se larguen de ella todos los sinvergüenzas!

Jesús se detuvo y, sin desmontarse de la burra, se quedó mirando la ciudad. Recuerdo que, en aquel momento, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Jesús - Jerusalén, ciudad de la paz, si por lo menos hoy comprendieras cómo se consigue la paz, ¡la verdadera! ¡Padre, ayúdanos! ¡Vamos a hablar en tu nombre! ¡Ábrele los oídos a los sordos que no quieren oír el grito de justicia de los pobres de Israel! ¡Llévanos en alas de águila como llevaste en otro tiempo a tu pueblo cuando lo liberaste de la esclavitud de Egipto!
Pedro - ¡Mira, moreno, la gente está saliendo de la ciudad y vie­nen a juntarse con nosotros! ¡La victoria es nuestra! ¡Nadie podrá detenernos!
Judas - ¡Levanta una rama, Jesús, y que todos te vean! ¡El pue­blo está esperando esa señal!

Entonces, Jesús tomó una rama de olivo, la agarró con las dos manos y la alzó como un estandarte en medio de todos.

Jesús - ¡Hermanos, Jerusalén nos espera! ¡Dios está con nosotros! ¡Adelante, en el nombre de Dios!

Como una roca que se desprende y lo arrastra todo, así nos lanzamos por la cuesta de los Olivos, levantando una polvareda in­mensa y batiendo las ramas. Atravesamos el torrente Cedrón y enfilamos hacia la Puerta Dorada, la que da a la explanada del Templo. Los soldados romanos, apostados sobre la muralla, nos miraban con desprecio. Uno de los centuriones, cuando vio aquel tumulto, dio orden de cerrar la puerta, y ya dos guardias estaban maniobrando los cerrojos. Pero los que íbamos delante avanzamos precipitadamente y nos lanzamos como un solo hombre contra los batientes de madera de la puerta a medio cerrar. El griterío de la multitud enardecida se desbordó bajo el doble arco de la Puerta Dorada y, arrastrados por la avalancha, entramos en la gran explanada del Templo de Jerusalén.(7)

Mateo 21,1-11 y 23,37-39; Marcos 11,1-11; Lucas 13, 34-35 y 19,29-38; Juan 12,12-18.(8)

Comentario

1. Para las fiestas de Pascua, en primavera, se congregaban en Jerusalén miles de peregrinos, israelitas venidos del resto del país y judíos de las colonias del extranajero, triplicándose la población de la capital. Como la ciudad no podía absorber tal can­tidad de personas, éstas se hospedaban, según sus lugares de origen, en las aldeas vecinas, que en los días de Pascua formaban lo que se llamaba el «Gran Jerusalén». Betania y Betfagé, aldeas situadas al este de la capital, acogían a miles de pere­grinos. El ambiente de Jerusalén en estos días de fiesta multitudinaria era de llamativa alegría. Durante todo el año, los peregrinos ahorraban para los gastos extraordinarios de aque­llos días. Se comía mejor, se bebía mucho, se compraban regalos. Para el pueblo, eran días de respiro y de expansión en medio de una vida de continuas privaciones.

2. Los días de Pascua ponían al rojo vivo las expectativas políticas del pueblo, su esperanza mesiánica. La Pascua conmemoraba anual­mente la liberación del pueblo de Israel. Esclavos en Egipto duran­te siglos, los israelitas, conducidos por Moisés, habían alcanzado una tierra propia. Eso era lo que celebraban en aquellos días. La dominación imperial romana, que Israel soportaba desde hacía más de veinticinco años, exaltaba los sentimientos nacionalistas del pueblo. La Pascua era una ocasión para movilizaciones populares de todo tipo.

3. Para ocupar el Templo de Jerusalén, Jesús se inspiró en las palabras y gestos de Moisés, el Liberador de Israel. Así como Moisés fue enviado por Dios al palacio del faraón para exigir que dejara en libertad al pueblo (Éxodo 3, 16-20), Jesús quiso repetir ese mismo gesto profético ante los palacios de los «faraones» de su tiempo. Y así como Dios le dijo a Moisés cuál era su nombre para que lo llevara como bandera ante el opresor, Jesús proyectó ir también ante ellos con ese nombre.

4. Yahveh es el nombre de Dios en la Biblia. Significa literalmente: «Él es». Yahveh es la forma en tercera persona del nomb­re que en primera persona se traduce por «Yo soy el que soy». Este enigmático nombre del Dios de Israel puede traducirse también como «Yo soy el que hace ser» (el Dios creador) o «Yo soy el que verán que soy» (el Dios liberador, el  que actúa en la historia haciendo cosas nuevas).

5. La palabra Hosanna con la que Jesús fue aclamado unos días antes de su muerte significa literalmente: “¡Sálvanos, por favor!” Con ella se pedía a Dios ayuda para la victoria (Salmo 118, 25). Poco a poco, el pueblo la fue usando como señal de aclamación, tanto a Dios como al Rey. El empleo del Hosanna fue una confesión popular y masiva de que Jesús era el Mesías anhelado por el pueblo de Israel.

6. Al llegar a la altura del Monte de los Olivos, por el camino de Betania, se contemplan las murallas orientales de Jerusalén. En la hondonada, el torrente Cedrón. Enfrente, la Puerta Dorada que daba acceso directo al soberbio edificio del Templo. Esta puerta, una de las más hermosas de las que se abrían en las murallas, está hoy tapiada. Las viejas tradiciones judías dicen que volverá a abrirse solemnemente cuando llegue el Mesías y entre por ella a Jerusalén. Sectores del pueblo judío continúan todavía espe­rando la llegada del Mesías. En lo alto del Monte de los Olivos, y frente a esta hermosa panorámica de Jerusalén, se construyó una pequeña capilla llamada «Dominus Flevit» (el Señor lloró), en recuerdo de las lágrimas derramadas por Jesús días antes de ser asesinado al contemplar desde allí la capital de su patria.

7. El llamado tradicionalmente “domingo de Ramos”, con el que se iniciaron los últimos días de la vida de Jesús fue un acontecimiento en nada parecido a una procesión ordenada, con palmas que se agitan pacíficamente al ritmo de cánticos religiosos. Los hechos ocurridos ese día fueron una auténtica manifestación popular en la que una multitud enardecida expresó sus más profundos sentimientos patrióticos y religiosos.

8. «Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 830-838

¡Cosas de mujeres!

Hoy hemos proclamado una preciosidad de evangelio, de Juan, por supuesto. Es Juan el que dice las cosas más bellas, aunque digan que lo escribió a su bola.
Lo voy a poner para que leáis quienes entréis:

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
- «Mujer, ¿por qué lloras?»
Ella les contesta:
- «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
- «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
- «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»
Jesús le dice:
- «¡María!»
Ella se vuelve y le dice:
- «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»
Jesús le dice:
- «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."»
María Magdalena fue y anunció a los discípulos:
- «He visto al Señor y ha dicho esto.»


El caso es que hoy estaba solo, acompañado, pero solo. Junto a mí había 20 mujeres. ¿No es fabuloso? El día en que se proclama que María es la primera testiga del Jesús resucitado, que es una mujer, ella, María, la que recibe el encargo de anunciárselo a los discípulos, todos varones por supuesto, junto a mí sólo estaban ellas.

Cualquier comentario que haga a partir de ahora podría ser censurado, moderado al menos; no lo hago pues. Pero sí hago constar cómo fue, 20 parroquianas oyeron ese evangelio, ningún parroquiano. ¿Cómo vamos a pedirles a los santos varones que cedan espacio a las varonas, santas también por supuesto, si ellos no estaban y por lo tanto no se enteraron?

Seguiremos estando, pues, en la inopia. El que no está no se entera; el que no se entera, no sabe; el que no sabe, es como si no estuviera. Y así estamos, como si no estuviéramos pisando la tierra, sino surcando los espacios siderales.

La pena es que mientas tanto la tierra sigue girando, sobre su eje y alrededor del sol.

Pero tranquilos todos: ellas sí que estaban; oyeron; y ellas siguen y seguirán estando.

¡Que felicidad!

No me resisto a añadir esto, encontrado casualmente al revisar viejos papeles. Parece ser un texto muy antiguo, una auténtica glosa escrita al borde de un papiro que no sé cómo llegó a mis manos. Se trata de unos renglones en lengua para mí desconocida, que no hice caso en su momento, hace de esto ya la tira. Ahora he encontrado la manera a través de la Red de descifrarlo y traducirlo. Es un diálogo a tres bandas que me parece muy actual y digno de darlo a conocer.
Parece ser una conversación, o parte de ella, entre Jesús, Pedro y María de Magdala, situada más o menos cerca de Jerusalén y poco antes de la entrada solemne, al decir de la tradición. Estas son las palabras en castellano:

«Pedro, "El Picapiedra":

Si no es sólo por mí, que también están aquí las mujeres, Salomé, María de Cleofás, Magdalena, tu misma madre, María, y el resto de ellas que han estado junto a ti todos estos tiempos de caminar, y de convivir, y de anunciar. Mira, mira lo que dicen.

María, "La Magdalena":


Mira, Jesús, no hagas caso a Pedro, ya le conoces de sobra; él está muy atado a las tradiciones, se preocupa mucho del qué dirán, y como tú le has señalado con cierto acento, él mismo se ha subido a la parra y el celo le está hasta comiendo la sesera. Pero estate tranquilo que todas nosotras no vamos a seguirle la corriente, aunque a veces lo parezca. Desde tu Madre María, hasta la última del grupo, o sea yo misma, estamos convencidas de que el Reino no va a llegar de la mano de estos brutotes, aunque tampoco de los sabios, ni de los que gustan de dominar y mandar. Que te hemos entendido perfectamente que tú dices que en el amor y en el servir está la auténtica fuerza; que seguirte a ti y a Abba desde el corazón más que desde la cabeza es lo correcto. Y que no importa si en primera fila o atrás del todo, levantando la voz o susurrando, nosotras vamos a estar siempre junto a ellos, porque ellos solos no son capaces de ir demasiado lejos.


Jesús, "El Maestro":

Ya lo sé Magda, ya lo sé. Yo confío en vosotras, y bien me gustaría que ocuparais mucho más espacio, pero no quiero que se encrespen y se sientan heridos en su orgullo. Cuento con vosotras para que tiréis del carro, que ellos solos son capaces de destrozarlo discutiendo por cualquier bobada: lo importante es caminar con la carga, no que si el carro grande o pequeño, tartana o tílburi; interesa llegar, no quien manda y quien sólo puede opinar; urge atender al personal, no si es más barato pero luce menos. Los sedientos necesitan el agua que les refresque la boca y los tímidos y abatidos, el vino nuevo que haga arder su corazón; y no si lo hacemos con agua de botella o de grifo, con vino de Ribera o de Valdepeñas.

Apretaos los machos, bien apretados, las mujeres, que tenéis por delante tanto trabajo como lo habéis tenido hasta ahora.
Sí, empezó mi mamá, María, con su sí incondicional a la voluntad de Abba.
Continuó ella misma, e Isabel, mi tía, con su tesón y constancia. Y también con su buena cabeza. Ana también hizo lo suyo desde el silencio y la oración.
Habéis seguido vosotras con vuestro ejemplo, con vuestra sinceridad al expresar el amor sin añadidos y tal cual, y con no hacer caso de dimes y diretes y haber roto la hipocresía.
Me temo que, aunque os cueste, vosotras seáis las únicas que os mantendréis firmes a mi lado cuando llegue el momento de la prueba y del oprobio.
No, la muerte no os va a hundir, al contrario, seréis las primeras en anunciar que ha sido derrotada para siempre, y que la vida sin fin y en plenitud se ofrece como una realidad universal.
Y seréis también vosotras, siempre disponibles y dispuestas, las que organicéis, convoquéis, animéis, preparéis, habléis, mediéis y pacifiquéis, incluso presidáis con cariño y temple cuando sea menester; y seréis vosotras las que os ocultéis para no herir, os expreséis no con palabras sino con el gesto, construyáis sin hacer ruido y mientras ellos descansan; seréis, en fin, vosotras las que junto con los ancianos y los niños, mejor encarnéis las Bienaventuranzas del Reino de mi Padre y del Evangelio que esperan como Buena Noticia los esclavizados, los acallados, los proscritos, los violados de ahora y de todos los tiempos.
Te aseguro que por vosotras y en vosotras, el género humano no conocerá la corrupción. Mi Abba me ha asegurado que cuando me resucite, la primera en imitarme será mi Madre, y a partir de ella, todas vosotras. Bueno, esto es broma, pero cómo me gustaría que fuera realidad; os lo merecéis, de verdad que sí.
Pero dejémoslo ya, que hay que entrar en Jerusalén antes de la Pascua. Aviémonos, no se haga demasiado tarde.»

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