Como a todo “perro pichichi”, a mí también se me han subido a la chepa personas que además de captar mi atención, me han maravillado por su hacer y de alguna manera se han convertido en, -no un modelo a imitar, ¡pobre de mí!-, un cierto ideal que me gustaría, si pudiera, alcanzar.
Eso ocurrió durante un tiempo, tampoco demasiado largo, lo normal. Enseguida descubrí que el ser humano es humano, o sea, es lo que es, nada menos y nada más.
A partir de entonces admiro a personas, pero no las idealizo. Relativizo, pudiéramos entender, e intento tener en cuenta el aspecto que “me cuadra” descuidando los que no me molan en absoluto. O sea, puro utilitarismo.
Viene esto a cuento de Baltasar Garzón, el juez estrella, que por estar en el candelero dicen los que dicen que vende su alma al diablo.
Allá con lo que digan los que siempre están diciendo.
Baltasar Garzón, y junto a él el juez Emilio Calatayud, para mí, es -son- quien me reconcilia con esa cosa tan excelsa, tan inalcanzable, tan lejana y tan inmaterial que, desde los tiempos más antiguos, representa la diosa de los ojos tapados, la balanza y la espada.
No digo más, porque mucho mejor que yo lo expresan estos blogs amigos cuyos textos deseo que leáis:
- Fuensanta M. Clares en Asuntos Propios
- Fernando Manero en Campos abiertos















