Este año los
crisantemos por los santos vinieron en plan económico. Salen a buen precio y
duran más, dijeron.
Y aparecieron dos macetas hermosotas. Humildes crisantemos con olor a muerto.
Han durado, sí;
exactamente treinta días. El mes entero de las ánimas benditas.
Ahora ya no los
quiere nadie. Puedes tirarlos, están feos.
Los he recortado y
voy a cuidarlos para ver si en primavera…
Ser pobre no es
ninguna bicoca. Ayer pude constatarlo. Estaba la nave a reventar. ¡Qué caras!
Se podía cortar el aire, porque hasta el silencio pesaba. Mendigar comida es lo
último que me podía suceder. La pobreza humilla.
Pobre, pero
decente. Por
supuesto. Y también limpia. Faltaría más. Y honrada a carta cabal. ¡Qué remedio!
Pero nadie quiere
serlo. Incluso se huye de los pobres. Damos un rodeo para no encontrarnos cara a
cara con una persona pobre. Y cuando nos vemos en algún apuro y alguien exclama
¡pobre!,
enseguida replicamos ¡oiga usted, un respeto!
No lo tiene fácil Francisco. Se lo van a
poner muy difícil. Ya se dice por ahí que han empezado a ponerle palitos en los
radios de las ruedas de su bicicleta.
¿Que no usa bici?
¡No me digas!
Jesús Visa, Hernando
de segundo para más señas pero poco útil, acaba de marcharse. Un pobre cura.
Más bien un cura pobre. Y humilde. ¿Quiso ser así o así lo nacieron? No he podido ir a despedirle. Tampoco era necesario.
Cuando me hizo falta, allí lo tuve.
Ahora también está, y
no precisamente como los crisantemos que he pelado esperando vuelvan a
resucitar. La primavera de Visa está en presente, aunque el invierno ya nos
avise que llega.

















