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Ortega y Gasset, los toros y yo

Don José toreando en Azpeitia


“La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda.”
Esta frase es suya, como otro montón de ellas que se pueden ver en Internet, allá donde se habla de toros y la afición taurina pretende ser reconocida también por su faceta erudita y culta.
Los dos Ortega, mano a mano
Don José fue adicto a la fiesta e incluso llegó a torear. Participó en reuniones y charlas sobre el tema, y dejó bastante escrito, pero no publicado, sino pendiente; una extraña carpeta, aparecida luego de su muerte, encierra mucho, y seguro que ya está investigado o en vías de serlo.
El Jefe y servidor, oteando el panorama; o sea, en plena faena
Como el que sabe de toros es el Jefe, dejaremos que sea él quien se explique aquí, si le parece, o en otra parte que escoja de las muchas en que tiene predicamento y se le escucha con interés.
Mi señor abuelo; taurino no lo sé; cazador, ¡seguro!
Mi padre nunca gustó de la fiesta. Al contrario que mi madre, que no se dejaba ninguna corrida televisada y a ser posible compartida con su madre, mi abuela. Si fue alguna vez a la plaza, tuvo que hacerlo antes de que yo llegara a la vida consciente, es un decir. Incluso en sus últimos meses, tragándose la pantalla por su falta casi total de visión, disfrutó los sanfermines del 2004 en vivo y en directo.
Mi abuela Jesusa, taurina porque sí
Con esa herencia yo fui fan del Viti, su majestad, y enemigo acérrimo del Cordobés, salto de la rana incluido, y del bando que le jaleaba. Hacíamos dos mitades siempre enfrentadas, jamás reconciliadas. Acabó aquella etapa de mi vida, y se acabó también mi afición. Pero, aunque jamás pise un coso, tampoco nunca gritaré por enterrar el arte del toreo,  de Cúchares dicen los finolis, y consentiré que lo disfruten libremente los amantes del tendido de sol y de la barrera.
Mi mamá, en la época en que quizás pisó la plaza
Ahora me limito a colgar este texto del ilustre pensador y filósofo, y al parecer, más que aficionado, también entendido.

La intuición de los terrenos -el del toro y el del torero- es el don congénito y básico que el gran torero trae al mundo. Merced a él sabe estar siempre en su sitio, porque ha anticipado infaliblemente el sitio que va a ocupar el animal. Todo lo demás, aun siendo importante, es secundario: valor, gracia, agilidad de músculo. (…)

Ese componente primario de la intuición tauromáquica no es geométrico, sino llamémosle psicológico: es la comprensión del toro. No me refiero con ello al conocimiento de las varias propensiones que los toros manifiestan en sus comportamientos. Este conocimiento no es nativo. Se adquiere en larga experiencia, en suma, se hace.

Lo que llamo "comprensión del toro", lo que en ella se comprende cuando se comprende, es su condición genérica de toro. Ahora bien, el toro es el animal que embiste. Comprenderlo es comprender su embestir. Esto es lo que sonará a desesperante perogrullada, porque se da por supuesto que todo el mundo "comprende" la embestida del cornúpeta. Mas el aficionado que en un tentadero se ha puesto alguna vez delante de un becerro añojo saliendo casi indefectiblemente atropellado, si reflexiona un poco sobre su fiasco caerá en la cuenta de que la cosa no es tan perogrullesca. Porque sabe muy bien que no fue el miedo la causa de su torpeza. Un añojo no es máquina suficiente para engendrar temblores. La frustración fue debida a que no "comprendió" la acometida de la res. La vio como el avance de un animal en furia y creyó que la furia del toro es, como la del hombre, ciega. Por eso no supo qué hacer y, en efecto, si el embestir fiel del toro fuera ciego, no habría nada que hacer, como no sea intentar la huida.

Pero la furia en el hombre es un estado anormal que le deshumaniza y con frecuencia suspende su capacidad de percatarse. Mas en el toro la furia no es un estado anormal, sino su condición más constitutiva en que llega al grado máximo de sus potencias vitales, entre ellas la visión. El toro es el profesional de la furia y su embestida, lejos de ser ciega, se dirige clarividente al objeto que la provoca, con una acuidad tal que reacciona a los menores movimientos y desplazamientos de éste. Su furia es, pues, una furia dirigida, como la economía actual en no pocos países. Y porque es en el toro dirigida se hace dirigible por parte del torero.

Esto es tan sencillo de decir como de entender y se ha dicho incontables veces y se ha entendido otras tantas. Pero con ello no se ha hecho sino entender unas palabras y absorber una definición, cosas ambas que nada sirven prácticamente delante de una res brava. Lo que hace falta es comprender la embestida en todo momento conforme va efectuándose, y esto implica una compenetración genial, espontánea y valdría decir que instintiva entre el hombre y el animal.

Eso es lo que llamo comprensión del toro y no me parece un error considerarla como el don primigenio que el torero de gran fondo encuentra dentro de sí, sin saber cómo, apenas comienza a capear. Como todo lo que es elemental, suele ser dejado a la espalda cuando se intenta esclarecer el misterio de la tauromaquia, pero es evidente que sólo ese don hace posible, de un lado, la intuición de los terrenos, y de otro, el valor del torero. Aquélla, porque sólo entonces tienen para el hombre los movimientos furiosos del toro una dirección precisa y una ley que permiten anticipar su desarrollo y acomodar a éste el propio movimiento o la propia quietud.

El valor en el gran torero no tiene nada que ver con la inconsciencia de cualquier mozo insensato, sino que en todo instante se halla bien fundado, como diría Leibniz, a saber, fundado en la lúcida percepción de lo que el toro está queriendo hacer. Como la furia del astado es clarividente, lo es también el valor del diestro ejemplar. Ni pueden ser las cosas de otra manera para que se produzca esa sorprendente unidad entre los dos antagonistas que toda suerte normalmente lograda manifiesta. Ante la furia del bravío animal el aficionado o el mal torero se limitan, cuando más, a articular un ensayo de fuga. El torero egregio, en cambio, se apoya en esa furia como en un muelle y es ella quien sostiene su actuación. (…)

Dígaseme si la doctrina expuesta por Domingo Ortega no puede resumirse así: torear bien es hacer que no se desperdicie nada en la embestida del animal, sino que el torero la absorba y gobierne íntegra.

[Texto que escribió don José Ortega y Gasset, -uno de los más interesantes, y conocido como “La embestida del toro”-, como epílogo para el libro de Domingo Ortega “El arte del toreo”, y que luego fue publicado en su libro “La caza y los toros”, Colección "El Arquero", Editorial de Occidente, Madrid 1960; editado en 1962 por Espasa-Calpe, en su Colección Austral; y actualmente publicado por Alianza Editorial con el título “La caza, los toros y el toreo.]

Lucus a non lucendo


...Lucus a non lucendo...
La frase inicial del texto de Ortega y Gasset que en la entrada anterior ofrecí para consideración general de las personas que visitan este blog, me ha estado rondando todo el día de ayer. Se trata de Lucus a non lucendo.
En una primera aproximación he comprobado que se trata de un refrán latino que podría traducirse por Una selva que no se ve. [http://www.refranesyfrases.com]
No me convenció que Don José iniciara de esa manera su prólogo al libro del conde de Yebes, y seguí buscando. Encontré esto otro:
Lucus a non lucendo. Lat. - «La palabra lucus (arboleda) viene de lucere (resplandecer) porque los rayos del sol supone que raras veces penetran su ramaje. La frase se aplica a observar algún absurdo ó discordante etimología.
[Diccionario citador de máximas, proverbios, frases y sentencias escogidas de autores clásicos latinos, franceses, ingleses e italianos. Escrito por David Evans Macdonnel y traducido por D. José Borrás, Cónsul de los E.U. de A. en Barcelona. Imprenta de Indar. Barcelona 1836]
Expresar que parece un absurdo que a él, nada cazador, se le solicite un prólogo para un libro dedicado a la caza, y aún así escribir un texto tan bello y tan profundo sobre esa actividad humana que él mismo categoriza como felicitaria, ya me parece con mucho más sentido.
No me conformé, no obstante, y seguí investigando. Por el camino me topé con Quintiliano, con Isidoro de Sevilla, con Heidegger y… con Manuel Mantero. De este último es el texto que copio a continuación y que me ha parecido, si no sublime, ciertamente muy bonito.
¿Qué es lo que el deseo destruye? Porque el deseo funciona en la oscuridad, porque sólo en la oscuridad puede constituirse en acto, porque en el deseo aparece la muerte como terminación de la propia identidad y aparición de lo otro, porque el umbral del deseo es el lugar del rapto para el poeta, el lugar de pérdida y caída, el deseo es en cierto sentido el anuncio de la refracción absoluta, un locus a non lucendo donde lo que se va es precisamente lo real. Pero por otro lado, el deseo es también el anuncio de lo real como lo absolutamente estable, lo desconocido que nomina, la presión que es disolvente sólo porque también es constituyente: en el umbral de lo otro nace el nombre, y nace también la posibilidad de nominación, la actividad poética. Es esta doble cara del deseo la que, si por un lado permite afirmar que en el sueño «toda intención se constituye en acto», permite también decir que, en la creación poética, intención y acto están radicalmente separados. Y que es ese separación, esa fractura originaria, la que crea un umbral, un lugar para la vinculación, un ombligo entendido como memoria y como traza de la posibilidad de apropiación en lo real.
[Encontrado en Una poética indagatoria de la Otredad, Anthropos, Revista de Documentación Científica de la Cultura]
A pesar de bonito que no sublime, sin embargo, no me aclaró el motivo por el que el ilustre pensador iniciara así,  Lucus a non lucendo, su conocido prólogo. Por ello volví a las autoridades que siempre lo han sido, tal que San Isidoro.
Y esto es lo que encontré:
Lucus: «eo quod minime luceat», «por el hecho de que no luce en absoluto»; explicación paradójica, por cierto, y que ya Quintiliano ponía en cuestión, al preguntarse si es posible derivar una palabra e contrario, como, por ejemplo, derivar lucus del hecho de que, opaco debido a la sombra, «apenas luzca», «quia umbra opacus parum luceat». Se trataría en tal caso de una etimología per antiphrasim, un tropus que Isidoro de Sevilla caracterizaba como «sermo e contrario intellegendus», y al que ejemplificaba justamente con el término que nos ocupa: «La antífrasis se da en aquella palabra que debe entenderse en sentido contrario, como locus (bosque), por carecer de luz debido a la espesa sombra de la arboleda». Tal es, en efecto, la etimología que el mismo Isidoro propone expresamente para lucus: «densitas arborum solo lucem detrahens», «un bosque tan poblado de árboles, que no permite que la luz llegue al suelo», aunque dada la dificultad manifiesta que presenta tal explicación, Isidoro deja abierta la posibilidad de que el origen de este nombre tenga que ver directamente con la luz y no con su sustracción, a saber: con las luces que se encendía en el bosque durante las prácticas religiosas de los paganos.
La evidente perplejidad frente a la etimología de esta palabra la ha convertido así en el ejemplo más típico de una antífrasis, de manera tal que, por una especie de metonimia, tomando el singular por el universal, en vez de «antífrasis» se pueda decir simplemente «lucus a non lucendo», para indicar que se está nombrando una cosa por lo contrario de lo que es. Sin embargo, las investigaciones lingüísticas ulteriores han conducido a buscar la solución por otro lado, en el hecho de que el término «lucus» en su origen no significaba simplemente «bosque», en sentido amplio, sino más concretamente un «claro» en el bosque, dedicado a los dioses y, por lo tanto, «bosque sagrado».
[Heidegger y el problema del humanismo. Ernesto Grassi, Anthropos]
Me quedó diáfana la intención de Ortega y Gasset. La felicidad puede que esté en algún lugar de lo más profundo del bosque, allá donde no consiguen penetrar los rayos del sol. No es sin embargo eso lo importante, ni mucho menos lo que la define. La felicidad es aquello que atesoran los dioses, lo que sólo puede encontrarse en un claro del bosque sagrado. Y ya se sabe que los paganos era en esos lugares donde celebraban sus ritos. Si ellos la alcanzaron, está a la mano de cualquiera.
Y esto, tanto se hable de la caza como don José o de la Patafísica, que es ciencia de la que habla Thomas M. Scheerer, de la Universidad de Augsburgo.

La felicidad según Ortega y Gasset, o de cómo cualquiera puede hacer un borratajo




Resultaría algo difícil encontrar en el mundo conectado a Internet una persona siquiera que no hubiera recibido por email o haber tenido acceso de la forma que fuere a este texto, firmado por Ortega y Gasset:
«Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación».
En forma de felicitación, de gesto amistoso de buenos días al comenzar la jornada laboral, como postal navideña, en formato pps adobado con fotos de acá o del allá, e incluso como despedida de quien jubilosamente se jubila, no importa si aparece sin firma o atribuido a cualquier otra persona
Alguien tal vez se atrevió a sustituir la palabra “hombre” por las de “ser humano” para aparentar lo políticamente correcto, o bien entrelazó frases sueltas de la misma autoría, formando un a modo de puzzle, o mosaico, muy agradable a la vista y gratificante para el corazón.
Si pretendiéramos jugar a las adivinanzas, podríamos tratar de pulsar el parecer del estimado público visitante preguntando por la ocupación u ocupaciones en las que, en su opinión, cualquier ser humano o encontraría la felicidad o lograría encauzarla y desarrollarla a su antojo y voluntad. Previamente y por el mismo procedimiento, así a votación por simple mayoría, no estaría de más tratar de adivinar las intenciones que el autor, o sea Ortega y Gasset, perseguiría con su discurso.
He realizado por mi parte un pequeño experimento, y no voy a declararme para no ponerme en evidencia. Pero puedo asegurar que muchos autores, y con nombre harto conocido, han utilizado estas palabras para, como cita de autoridad manifiesta, ensalzar las más variopintas y particulares actividades humanas, todas ellas felicitarias y por consiguiente dimanantes de una vocación claramente recibida.
Dejando de lado aquellas tres que durante un tiempo fueron indudables e indiscutibles vocaciones de cualquier hombre de pro, sacerdote-militar-maestro, podría pensarse que el ilustre pensador y literato se estaría refiriendo a por ejemplo: el estudio, la lectura, la meditación, la oración, la escritura, la oratoria, la disertación, la predicación, la imaginación, la divagación, la pintura, la escultura, el teatro, la lírica, la ópera, la conversación, la corrección, la arquitectura, la alquimia, la…
Frío, frío, frío.
Quien tenga interés en saber a qué actividad humana don José Ortega y Gasset, nacido en Madrid el ocho de mayo de mil ochocientos ochenta y tres, y conocido por su obra La rebelión de las masas, se está refriendo, ha de comenzar a leer… Porque sólo al final se encontrará con el título que él mismo puso a sus palabras, y el destino para el que las enjaretó.

La vida que nos es dada tiene sus minutos contados y, además, nos es dada vacía. Queramos o no, tenemos que llenarla por nuestra cuenta; esto es, tenemos que ocuparla de este o del otro modo. Por ello la sustancia de cada vida reside en sus ocupaciones. Al animal no sólo le es dada la vida, sino también el repertorio invariable de su conducta, Sin intervención suya, los instintos le dan ya resuelto lo que va a hacer y evitar. Por eso no puede decirse del animal que se ocupa en esto o en lo otro. Su vida no ha estado nunca vacía, indeterminada. Pero el hombre es un animal que perdió el sistema de sus instintos o, lo que es igual, que conserva de ellos sólo residuos y muñones incapaces de imponerle un plan de comportamiento. Al encontrarse existiendo se encuentra ante un pavoroso vacío. No sabe qué hacer, tiene él mismo que inventarse sus quehaceres u ocupaciones. Si contase con un tiempo infinito ante sí, no importaría mayormente: podría ir haciendo cuanto se le ocurriese, ensayando, una tras otra, todas las ocupaciones imaginables. Pero la vida es breve y urgente; consiste sobre todo en prisa, y no hay más remedio que escoger un programa de existencia, con exclusión de los restantes; renunciar a ser una cosa para poder ser otra; en suma, preferir unas ocupaciones a las demás. El hecho mismo de que nuestras lenguas emplean la palabra "ocupación" en ese sentido revela que los hombres vieron desde muy antiguo, tal vez desde el principio, la vida como un "espacio” de tiempo que nuestros actos van llenando, incompenetrables los unos con los otros, lo mismo que los cuerpos.
Con la vida, claro es, nos es impuesta una larga serie de necesidades ineludibles, que hemos de afrontar so pena de sucumbir. Pero no nos han sido impuestos los medios y modos de satisfacerlas; de suerte que, aun en este orden de lo inexcusable, tenemos que inventarnos cada uno por sí o aprendiéndolo en los usos y tradiciones el repertorio de nuestras acciones. Más aún: ¿hasta qué punto esas que llamamos necesidades vitales lo son, rigurosamente hablando? Se nos imponen en la medida en que queramos pervivir, y no querremos pervivir si no inventamos a nuestra existencia un sentido, una gracia, un sabor que por sí no tiene. Por eso últimamente he dicho que nos es dada vacía. La vida es de suyo insípida, porque es un simple "estar ahí". De modo que existir se convierte para el hombre en una faena poética, de dramaturgo o novelista: inventar a su existencia un argumento, darle una figura que la haga, en alguna manera, sugestiva y apetecible.
Ello es que para casi todos los hombres la mayor porción de la vida está llena de ocupaciones forzosas, de faenas que por su gusto no ejecutarían. Parecería natural que siendo tan antiguo y permanente este sino hubiese ya logrado el hombre adaptarse a él y, en consecuencia, hallarlo encantador. Pero no lleva trazas de conseguirlo. Aunque la continuidad del enojo nos haya encallecido un poco, siguen pareciéndonos penosas esas ocupaciones impuestas por la necesidad. Gravitan sobre nuestra existencia, magullándola, triturándola. Por eso las llamamos "trabajos", palabra que significó primero un atroz tormento (trepalitum). Y lo que más nos atormenta en los trabajos es que al llenar el tiempo de nuestra vida nos parece que nos lo quitan o, dicho de otro modo, que la vida empleada en el trabajo no nos parece ser la verdaderamente nuestra, la que debía ser, sino, al contrario, la aniquilación de nuestra auténtica existencia. Con reflexiones secundarias que intentan ennoblecer a nuestros ojos el trabajo y construirle una especie de leyenda hagiográfica procuramos animarnos; pero el fondo insobornable que actúa siempre en nuestro interior no abandona jamás la protesta y confirma la terrible maldición del Génesis. De aquí el mal sentido que con frecuencia insuflamos en el vocablo "ocupación". Cuando alguien nos dice que "está muy ocupado", suele darnos a entender que tiene en suspenso su verdadera vida, como si realidades extranjeras hubiesen invadido sus ámbitos y la hubiesen desalojado. Hasta tal punto es así, que quien trabaja lo hace con la esperanza, más o menos tenue, de ganar con ello un día la liberación de su vida, de poder en su hora dejar de trabajar y… comenzar de verdad a vivir.
La cual manifiesta que, sumergido penosamente en sus trabajos u ocupaciones forzosas, el hombre proyecta con su fantasía, a ultranza de ellos, otra figura de vida consistente en ocupaciones muy distintas, en cuya ejecución no le parecería perder su tiempo, sino, al revés, ganarlo, llenándolo satisfactoria y debidamente. Frente a la vida que se aniquila y malogra a sí misma la vida como trabajo erige el programa de una vida que se logra a sí misma, la vida como delicia y felicidad. Mientras las ocupaciones forzosas se presentan con el cariz de imposiciones forasteras, a estas otras nos sentimos llamados por una vocecita íntima que las reclama, desde secretos y profundos pliegues yacentes en nuestro recóndito ser. Este extrañísimo fenómeno de que nos llamamos a nosotros mismos para hacer determinadas cosas es la "vocación".
Hay una vocación general y común a todos los hombres. Todo hombre, en efecto, se siente llamado a ser feliz; pero en cada individuo esa difusa apelación se concreta en un perfil más o menos singular con que la felicidad se le presenta. Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación. Metido en ellas, no echa de menos nada; íntegro le llena el presente, libre de afán y nostalgia. Ejercitamos las actividades trabajosas, no por estimación alguna de ellas, sino por el resultado que tras sí dejan, en tanto que nos entregamos a ocupaciones vocacionales por complacencia en ellas mismas, sin importarnos su ulterior rendimiento. Por eso deseamos que no concluyan nunca. Quisiéramos perennizarlas, y, en verdad, que absortos en una ocupación feliz sentimos un regusto, como estelar, de eternidad.
He ahí a los humanos colocados frente a dos repertorios opuestos de ocupaciones: las trabajosas y las felicitarias. Es conmovedor y de gran melancolía ver cómo en cada individuo combaten ambos. Los trabajos nos quitan el tiempo para ser felices, y las delicias mordisquean cuanto pueden el tiempo reclamado por el trabajo. Tan pronto como el hombre descubre un resquicio o rendija en la maraña de sus trabajos escapa por ellos al ejercicio de actividades venturosas.
Al llegar aquí sale hacia nosotros disparada, con todos los alicientes casi femeninos de que saben dotarse las grandes cuestiones, esta pregunta: ¿Qué figura de existencia venturosa ha procurado hacer el hombre en cuanto las circunstancias se lo permitiría? ¿Cuáles han sido las formas de la vida feliz? Aun suponiendo que éstas hayan sido muchas, innumerables, ¿no ha habido algunas, con claridad, predominantes? La cosa tiene la mayor importancia, porque en las ocupaciones felicitarias, repito, se revela la vocación del hombre. Sin embargo, advertimos con sorpresa y escándalo que este tema no ha sido nunca investigado. Aunque parezca mentira, falta por completo una historia de la imagen que los hombres se han forjado de la felicidad.
Si dejamos aparte las vocaciones excepcionales, nos encontramos con el hecho estupefaciente de que, mientras las ocupaciones forzosas han sufrido los más radicales cambios, el programa de la vida feliz apenas ha variado a lo largo de la evolución humana. Vemos que, siempre y dondequiera, tan pronto como los hombres gozaban de un respiro en sus trabajos acudían presurosos, ilusionados y enardecidos a ejecutar un mismo y reducido repertorio de actividades felicitarias. La cosa, repito, es extrañísima; pero, en lo esencial, me parece incuestionable. Para convencerse de ello basta con proceder un poco metódicamente y empezar por acotar la información. ¿Qué clase de hombres ha sido la menos oprimida por los trabajos y que más fácilmente ha podido vacar a ser feliz? Evidentemente, la aristocrática. Sin duda los aristócratas tenían también sus trabajos, con frecuencia los más duros de todos: guerra, responsabilidades de gobierno, cuidado de sus propias riquezas. Sólo las aristocracias degeneradas han dejado de trabajar, ocio total poco duradero, porque las aristocracias degeneradas fueron pronto barridas. Pero el trabajo del aristócrata, que tiene más bien el cariz de "esfuerzo", era de condición tal que dejaba libres para el sujeto grandes porciones de su vida. Y de esto es de lo que aquí se trata: qué hace el hombre cuando y en la medida en que es libre para hacer lo que le da la gana. Pues ese hombre máximamente liberado, ese hombre aristocrático ha hecho siempre lo mismo: correr con caballos o emularse en ejercicios corporales, concurrir a fiestas, cuyo centro suele ser la danza y conversar. Mas antes que todo esto, por encima de todo ello y con constancia aún mayor… cazar. De suerte que, si en vez de urdir tópicas suposiciones, nos atenemos a los hechos, descubrimos, queramos o no, con simpatía o enojo, que la ocupación venturosa más apreciada por el hombre normal ha sido la caza. Eso es lo que preferentemente han hecho reyes y nobles: cazar. Pero acontece que lo mismo han hecho o deseado hacer las demás clases sociales, hasta el punto de que casi, casi, podían comprimirse las ocupaciones felices del hombre normal en las cuatro categorías: caza, danza, carrera y tertulia. Secciónese por donde plazca el dilatado y continuo flujo de la Historia, y se verá que también el burgués y el miserable han sólido hacer de la caza su más feliz ocupación. Nadie representa mejor el nivel intermedio entre la nobleza y la burguesía españolas del siglo XVI declinante como el Caballero del Verde Gabán. Pues en el programa de su vida, que formalmente expone Don Quijote, hace constar ante todo que son sus ejercicios “la caza y la pesca". Hombre ya cincuentón, su caza es menos arriscada que la del conde de Yebes. Renuncia al galgo y al halcón: perdigón manso y hurón atrevido le son suficientes. Es ésta la especie menos gloriosa de la caza, y se comprende que Don Quijote poco después, en un movimiento de impaciencia que alabeó su habitual cortesía, menospreciase ambas bestezuelas en comparanza con el membrudo león marroquí servido allí por la Fortuna a la voracidad de su heroísmo.

Este largo texto lleva por título Caza y felicidad, y forma parte de un texto más amplio titulado La caza como ejercicio y como ética, escrito en Lisboa en 1942 por encargo del conde de Yebes que le pidió un prólogo para un libro suyo sobre caza, Veinte años de caza mayor.
Ya se puede ver que para don Ortega y Gasset cazar es una actividad felicitaria además de un gran placer, y pegando tiros o poniendo trampas, cualquier ser humano debidamente dotado puede alcanzar la felicidad sin sombra de duda.
Claro que puede que este preclaro humanista le tomara el pelo a su señor amigo el conde, y lo hiciera con tal finura, que el noble ni se enterara. ¿En tal caso todo lo dicho sobre la felicidad fue en vano? ¿Los eruditos que aprovecharon sus palabras como cita tampoco le entendieron?
Juzgue por sí quien tenga curiosidad y ganas de leer:

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