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Hablando de dinero


Porque el dinero anda siempre entre las cosas, se hable de él o se silencie su presencia. Salvo que volviéramos a la edad de las cavernas, o un poco más cerca a las economías de subsistencia o de trueque, porque entonces hablaríamos de otra cosa; del gobierno, por ejemplo.
Pues es que hoy toca hacerlo del maldito dinero. Maldito porque por él sufrimos hasta dar la vida. Aunque bendito sea, ya que nos facilita mucho demasiadas cosas.
El caso es que en la parroquia me han dado un aviso. Oye, tú, el servicio que haces a las residencias que asistes, ¿lo haces desde la parroquia, no? Pues entonces que se note que también esas empresas son parroquia. Que apoquinen con los gastos generales que les correspondan.
Me quedé en suspenso. Nunca he cobrado por nada. Sólo mi sueldo. Los seiscientos y pico euros. Y ahora, que soy pensionista, la pensión a cargo del estado. Además disfruto, es verdad, de casa, luz, lumbre y teléfono; garaje, patio y jardín; todo ello para cuidarlo y también disfrutarlo. En total salgo bien, demasiado bien. No necesito más. Incluso tengo para dar y tomar. Por eso el aviso que me dan me plantea dilemas…
Sin embargo reconozco que cuando me apalabré, dije que debían colaborar con las necesidades de la parroquia. Y eso pareció bien. Pero se quedó en nada. Reconozco que no les vendrá mal un toque.
Y el toque que me parece oportuno es el siguiente. Un carro de comestibles, más o menos, viene a costar cien euros. Puede oscilar entre sesenta y los doscientos cincuenta, según mi experiencia en comprar para repartir. Así que hemos fijado que la residencia más grande, contribuya con ciento cincuenta euros al mes; es decir, un carro de alimentos más variados. Y las otras dos, que son más pequeñas, con cien euros; o sea, un carro algo más pequeño, por ejemplo, que contenga 50 kilos de pasta, 30 kg. de harina, 30 kg. de azúcar y otros 30 de legumbre.
Que nadie se lleve las manos a la cabeza, porque tengo aquí la factura de mi última compra y además de eso, llevaba latinas de atún y tomate frito en paks de tres, sopa de carne en tetrabrik y creo que también metí sardinas en lata. ¿Que cómo pude? Pudiendo. Y el corsa lo trajo a casa.
Acabo de presentar la oferta, y ahora estoy esperando la respuesta de los gestores correspondientes.
Lo malo es si me contestan que así no vale. Que nones.
¿Cómo salgo entonces de este atolladero?

Ni una, ni dos. ¡Tres!


Alguien desde los negocios interesantes calculó que estos espacios libres de edificios, aunque fueran agrícolas desde tiempos inmemoriales, podrían albergar recoletos complejos residenciales para las personas ancianas. Tentó a la administración local, y acertó.
Así, junto a urbanizaciones de adosados y bloques de pisos, empezaron a construirse residencias para la tercera edad. El primero, el más humilde, aprovechó las naves de la antigua fábrica de botones que existía en el camino viejo de Simancas. Es La Arbolada, de la que ya he tratado en este blog.
Posteriormente, en el callejón de la Alcoholera, en lo que fue una quinta de recreo, se construyó Raíces IV, que, como ese número indica, hace el cuarto complejo de una red que está repartida por toda la ciudad, con preferencia en la zona sur, o sea, bien cerquita.
Pero fue la urbanización Santa Ana la que propició las mejores condiciones de instalación de hospedaje, temporal o permanente, para este tipo de empresas.
Brotó de nueva planta El encinar del Rey, promovido por empresas locales, que tal vez previendo que la albañilería tenía límites, diversificaron su gestión hacia fines y objetivos aún en ciernes, pero con expectativas de futuro. Más que residencia es macro. Enorme.
Al calor del nuevo fuego acudió otra empresa ya con solera, que probó en Valladolid, tras tener asegurado el negocio en otras partes del estado. Así llegó Sanyres. Más enorme aún que la anterior.
Y finalmente, en plan cooperativa o similar, y por iniciativa de los propios interesados, acaba de llegar Profuturo. Es un estilo de vida diferente, en camino hacia lo previsible pero aún no. De modo que de momento viven juntos, pero separados.
Todos estos complejos para personas mayores han pasado por la rectoral para presentarse y pedir auxilio. A todos, en primera instancia dimos la bienvenida, pero excusamos la atención concreta que solicitaban. Hasta que ha llegado lo inevitable.
Así empecé por La Arbolada, tras un tiempo en que fueron atendidos por un jesuita. Ya he contado algo de esto, no me repito.
Ahora continúo por Sanyres y Raíces IV, cuyo capellán marianista emigra. Hoy empiezo. Ya iré contando cómo va la cosa.
Los otros dos, de momento se defienden. Cuando tenga que llegar, llegará, y los sumaré para que sean, no tres, cinco.

Ayer planté este olivo




Por si el día de ayer no hubiera tenido la agenda completa, aún saqué un ratejo para pillar en La Arbolada un pequeño brote del enorme olivo que adorna su entrada para plantarlo cabe los lilares, a la espera de que arraigue y le encuentre el lugar que se merece.
Eso fue después, porque antes celebramos en la sala de estar la Eucaristía, y la pongo con inicial mayúscula porque estrenamos lectora, la muy cándida al decir ella de sí misma, y conseguimos que entre la concurrencia fueran añadiendo las “preces” que otros días inventaba yo. También el canto fue más participado, tal vez porque busqué cosas facilitas, quizás porque todos estaban más atentos. Aún así tuve que despertar a dos o tres para darles la Comunión.
Al final de la mañana, con la capilla a rebosar, inauguramos la catequesis. Ángel nos acompañó y quedó presentado oficialmente como “el adscrito”, que no sé qué significa, pero es lo que ponen para oficializarlo. El caso es que se acabaron las existencias, como dije yo al final no como chanza sino con la satisfacción del ama de casa que agradece a los comensales la buena cuenta que dieron a la comida. Pero el “adscrito” no resaltó esto, sino la forma en que todo el mundo participó en el canto. Y cantamos… a ver si recuerdo;
Ten piedad, con la música de Kumbayá, en el Kyrie
Gloria, gloria aleluya en el Gloria
Viva la gente entre las Lecturas
Credo nicaragüense en el Credo
Alabaré  en el Santo
Palomas de la paz y Cristo te necesita en la Comunión
Él se encargó de nombrar a buena parte de las nuevas adquisiciones, precisamente las de más edad; pero no quiso coger mis gafas, y mal se vio para terminar su recitado. Luego espabiló y al leer el evangelio usó los lentes y todos respiramos.
Como ya es habitual en mí, olvidé nombres e incluí a quien no debía. Me lo echaron en cara, pero no fue a mayores. Al final todo se perdona, o casi. Claro que también tuve aciertos, pero esos ni se dicen, ni se comentan.
Fue una fiesta, y nadie se atreva a discutirlo.
Una fiesta fue todo Valladolid, con el centro cortado para la marcha contra el cáncer. Seis mil participantes, y eso que era estreno. El año que viene, más.
Y nadie levantó la voz porque viniera Teresa Forcades a departir, aunque hubo quejas desde fuera, un tal cigoña; pero aquí no tiene nido, ni se le espera. Tampoco se le quiere.
¡Y mira que nos gustan las cigüeñas!
Pues eso, que ayer planté un olivo, y estoy contento.
¿El cambio de hora? me preguntas; que ¿qué tal lo soporté? Malamente. Me desperté con el sol donde siempre, así que me levanté para desayunar a oscuras, y esperé una hora para ir al pinar con mis amigos. Luego la recuperé con creces en la siesta. ¡Qué gran invento!

El malentendido


 
Miguel Ángel, tengo que hacerte una pregunta, dijo la directora del centro por teléfono. Dispara, dije. Parece que nos dejas¿¡Perdón!? ¿Cómo dices? Ladis me ha dicho que tú has dicho a Nieves que en septiembre ya no vas a venir; y me ha preguntado que por dónde empezar a buscar quien te sustituya. No sé qué me estás diciendo; no he dicho nada parecido, volví a decir. ¿Entonces no es verdad? El próximo domingo nos vemos, y si hay pan y vino, celebraremos la Eucaristía.
Esta fue la conversación telefónica que mantuve el jueves pasado con Elvira.
Hoy todo está aclarado.
Durante todo el mes de agosto, y a la vista del exiguo remanente que había en la pequeña sacristía del entrañable centro residencial, avisé repetidamente que había que hacer acopio de material, porque en septiembre empezaríamos a cero si no había repuesto, y así no podía haber Eucaristía. El vino, aunque esté embotellado, disminuye en cada consumición; y el pan, aunque sea ácimo y en forma de obleas redondas, también va desapareciendo en cada comida. Dicho en román paladino, se estaban agotando el vino de consumir y las hostias.
Pero indefectiblemente cada domingo respondían todos a la vez y algunos de uno en uno que se habían olvidado. Así que el siguiente domingo volvía yo a la carga.
Así llegamos al día 26, último domingo de agosto, y terminamos con todo. No quedó ni gota de vino ni miga de pan. Volví a recordarles el asunto y para despedirme dije hasta el mes de septiembre.
Nieves, que es valenciana pero afincada en la ciudad, se hizo un lío e imaginó que me estaba despidiendo para los restos. Y ahí comenzó el malentendido. Que Miguel Ángel ya no va a volver. ¿Estará molesto con alguien? ¿Ahora quien va a venir a decirnos misa? ¿Será porque no le hemos hecho caso en lo que nos pedía?
Forman un colectivo enternecedor. No me doblan en edad, pero han entrado en esa etapa de la vida en que todo lo tienen que recibir, ya poco pueden por sí mismos. Están muy bien atendidos, eso me parece a mí que asomo una vez a la semana y justo para celebrar con ellos y poco más, total una hora; pero no me es posible despegarles una como sensación que me dan de desvalimiento, de orfandad, de viudedad, de soledad, de individualidad… En ese mundo pequeño y encerrado, cerrado sobre sí mismo, una palabra cualquiera recibe un eco desproporcionado, para terminar totalmente deformada.
Volvimos a nuestra rutina, les hice reír a algunos, al resto no pude sacarles de su sopor. Canté por ellos, recé con ellos, les di la comunión a la mayoría y para terminar les deseé la paz. Me despedí, como siempre, hasta el próximo domingo.
Ya no volveré a jugar con las palabras, ni en bromas.

Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Amén.
Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en la enfermedad. Amén.


 
Mañana haré con la gente de la parroquia lo mismo que hice el domingo pasado con los residentes de La Arbolada: administrar a quien lo desee el Sacramento de la Unción de Enfermos. Fue la Pascua del enfermo celebrada a nuestro estilo.
No quise narrarla entonces porque me pareció que podría caer una vez más en sensiblería; y lo pospuse. Ahora, con más sosiego y un poco distante, lo digo. Sólo eso.
Me impresionó la docilidad que mostraron, la quietud con que lo recibieron y la resignación con que me ofrecieron su frente y sus manos para que se las ungiera. Sólo al terminar la celebración se permitieron romper el silencio. Nadie me acompañó en el canto de la Comunión.
Ahora tomo prestado esto del que firma más abajo:

¿DÓNDE ESTÁ LA ABUELA?
Buenos días, mamá,
¿dónde está la abuela?
Hija, en la residencia.
Pero, madre,
no te das cuenta
que me dejas sin abuela,
sin mimos,
sin caricias,
sin recuerdos;
sin rosquillas,
sin propinas.
Hija, qué cosas tienes;
con lo bien que la cuidan,
con lo bien que la lavan,
con lo bien que la peinan.
Por qué no la cuidas tú,
en vez de tanto paseo,
tantas cenas con amigas,
tanto gato y tanto perro.
Tu perro, es un perro;
tu gato, es un gato;
tu madre, es mi abuela
¡y la quiero tanto!
No te enfades, cariño,
y no compares
al culo del perro
con el de mi madre.
Además…
allí tiene médicos,
farmacia siempre abierta,
juega a la cartas,
se echa la siesta;
enfermeras y enfermeros
día y noche la velan;
¡ah!… y todos los meses
iremos a verla.
A mí no me engañas,
ni la engañas a ella,
que el día que se muera,
se morirá de tristeza.
Luego, no le lleves
flores a la iglesia,
ni le encargues misas
ni digas: qué buena era.
Lo que yo quiero,
lo que quiere mi padre,
lo que quiere mi abuela
es estar en casa
con su hija
y su nieta;
y servir para algo
hasta que se muera.


Andrés C. Bermejo González

El patrimonio artístico-religioso de La Arbolada


Según se entra…
El otro día apareció un señor por la parroquia y se me presentó, con documento oficial y todo, como un encargado de Patrimonio Diocesano. Quería hacer un reportaje gráfico de lo que había aquí. Le dije que no me enseñase ningún papel, y que era libre para fotografiar lo que le pareciera. También le indiqué que en la página web parroquial, de cuya dirección ya tenían constancia en las oficinas diocesanas, estaba todo cuanto era menester y que si faltaba algo, con preguntar lo tendría al momento.
Dejó apuntar la url para después, creo que al final se olvidó de ella, y se dispuso a tirar de máquina. Acabó rápido. Me dejó claro que no teníamos nada reseñable, vamos que éramos más pobres que las ratas.
Eso sí, alabó que el templo estuviera abierto y la entrada franca. Menos mal que nos dijo algo interesante, en lo que salimos bien parados en términos relativos; en los absolutos, creo que tampoco.
Olivo, Capilla, invernadero
El caso es que en La Arbolada, además del cuadro de la Purísima del que escribí aquí hace unos días, hay más cosas y me gustaría darlas a conocer, no por su valor sea el que sea, sino porque no se piense que allí no lo tienen en consideración. La verdad es que han mostrado interés en dotar a la pequeña capilla con todo lo que han encontrado a mano.
Para empezar, hay que decir que es lo primero que se ve según se entra: un edificio exento, unido al cuerpo central por un túnel, tipo invernadero, que resulta ser un solarium energético y rejuvenecedor. Al final, como si fuera un “palomarcico”, -Teresa de Jesús dixit-, una construcción de planta cuadrada, al más viejo estilo eremita, resulta ser el lugar de oración y recogimiento.
No hay pared libre de añadidos, y se diría que alguien porfió por meter de todo, en una mezcla que aunque parezca intencionada, sólo resulta un recogedero de restos de naufragios.
La Virgen del Buen Consejo en tríptico, que se abre y se cierra

Crucificado resucitado

Sagrada Familia de alto copete

Sagrada Cena en metal, todo un clásico

Corazón de Jesús. Tal vez de un cuarto de estar o de un recibidor

La sede está suficientemente señalada

Catorce relieves como este circunvalan el interior del recinto. Es el Vía Crucis

San Pancracio. Todo lo consigue

Virgen de estilo románico, pero de antesdeayer
Aún así, según entras no te resulta molesto, más poco acogedor.
Por eso nosotros en lugar de hacerlo ahí, tomaremos la ceniza de este miércoles en este otro lugar, menos sagrado tal vez, más hogareño seguro: es la sala de estar, donde pasan la mayor parte de su tiempo las personas residentes en este centro. Sirve para todo, tanto roto como descosido.
 
Esto es como un tren de los de antes, aunque falte primera y segunda. La tercera es la más diver. ¿Quién se apunta?
¡Pasajeros al tren!

Un cuadro de vuelta


 
¿Ya está el cuadro en casa?, pregunté esta mañana nada más entrar. ¡Sí!, con lo feo que es, no sé ni cómo lo han vuelto a traer, respondió una residente.
En efecto, el cuadro está en su sitio. Esta vez sí que lo he mirado, y me ha gustado. Un murillo, pensé.
Luego, indagué un poco más y, salvo que lo ha traído la directora por sus medios (con la ayuda de su padre), no he podido enterarme de cómo ha sido la negociación. Porque ni ella llamó al vicario, ni yo le convencí. O lo hizo él solito o alguien ha movido ciertos hilos.
El caso es que en dirección me agradecen la gestión, y en vicaría me afirman que fue el centro residencial quien lo solicitó.
Allá pelines con lo que haya ocurrido. El cuadro está de nuevo en la pequeña capilla, y eso es lo que interesa.
Volviendo al murillo. Después de mirar con más detenimiento la pintura, me fijé en que encima de la Inmaculada aparece una paloma, y creo que al de Sevilla no le corresponde, que él representaba al Espíritu Santo, la tercera de la Trinidad, de otra manera.
Buceo en Internet, y encuentro que Claudio Coello también pintó inmaculadas. Y con la paloma en su sitio.
Así, pues, me pregunto: ¿Murillo o Coello? Quien lo sepa que lo diga. Servidor apuesta por Don Claudio, el madrileño.
Por supuesto, una copia, faltaría más que fuera un original…


En cuanto a lo de feo, me he permitido “iluminar” un poco el rostro de María. Y de feo… nada en absoluto. He aquí qué preciosidad de cara, angelical.

A vueltas con un cuadro

Virgen de la leche o Virgen con el Niño. Francisco de Zurbarán. Museo Pushkin
 
Habrás echado en falta el cuadro, me soltó mientras me desvestía. ¿Cuadro?, pregunté. El de la Virgen que llenaba la pared. Pues no, ni lo había visto.
Ese soy yo, y mi despiste.
Un enorme cuadro ocupaba la pared principal de la pequeña capilla de La Arbolada, justo detrás del altar y encima del pequeño mueble que hace de sagrario. Y no he sido capaz de retener en la memoria lo que mis ojos tienen a la fuerza que haber visto; mi cerebro lo habrá almacenado en algún rincón oscuro e inaccesible.
El caso es que el cuadro ya no está. Se lo llevaron.
Intentó el buen hombre explicarme una historia que él tampoco conocía, y me quedé in albis. Pero me aseguró que el cuadro se lo había llevado el señor obispo, porque era suyo.
A media semana me llama la directora del centro y me lo cuenta. Una residente llegó y lo trajo con ella. Lo tuvo en su habitación hasta que murió. A su fallecimiento, lo dejó en donación para que fuera honrado en la capilla, ese fue su gusto. Y se hizo como dispuso.
Pero había una hermana que no quiso saber de esta historia, y en su testamento había señalado que el tal cuadro fuera entregado a la diócesis. A su muerte, un sobrino se presentó a reclamar la pintura para cumplir con los trámites notariales y poder hacerse heredero de la difunta. Una furgoneta y dos hombres trasladaron la obra de arte a las oficinas diocesanas.
Así quedó desnuda la pared.
Lo tienen en el arzobispado, me dijeron. ¿Qué podemos hacer? ¿Ante quien rezaremos a partir de ahora el rosario?
Me vi obligado a decir, veré qué es del cuadro, y qué pretenden hacer con él. No creo que pongan dificultades.
Una simple llamada telefónica ha sido suficiente para aclarar las cosas y calmar los ánimos. Ayer domingo por la mañana, a primera hora, pillé a Luis, el vicario, por el móvil, tal vez en casa antes de salir o ya en camino hacia sus obligaciones. Me dijo que ya había conectado con él la directora y le había transmitido los deseos de la colectividad; que ni la diócesis ni el arzobispado tenían pretensiones con el cuadro, y que qué mejor sitio para él que La Arbolada; que sentía mucho que su coche fuera pequeño para las dimensiones de la tela, pero que estaba disponible; y que podíamos ir a recogerla.
Esta semana nos buscamos un transporte y volvemos a llenar el vacío en la pared con la imagen de la Virgen.
A partir de ahora voy a proponerles a las señoras y señores residentes rebautizar a esa Virgen como La viajera. No creo que me lo acepten. Pero seguro que me sacan viejas historias de vírgenes y santos disputados por pueblos y aldeas contiguas, y de cómo pactaron un final feliz.
En mi pueblo, sin ir más lejos, la tradición dice que a la Virgen de los Ángeles, patrona del lugar, se la encontraron unos pastores en pleno campo. En el grupo, unos eran de mi pueblo y otros de un pueblo vecino; porfiaron, amenazaron, apostaron… y los del mío la ganaron por c.j.nes. Y sin usar la fuerza. Sólo mostrando.
Y como de momento no recuerdo cómo es la foto en cuestión, he puesto allá arriba una que me gusta, y que además tiene firma de categoría.

Quien canta, sus males espanta

 
¿Usted sabe música, verdad? Yo también. Y soltó la retahíla completa y de corrido: redonda, blanca, negra, corchea, semicorchea, fusa y semifusa.
Desde hace un mes asisto a una residencia de personas mayores, yendo los domingos a celebrar con ellos la eucaristía. Me lo habían propuesto cuando se creó, hace ya unos cuantos años, pero no acepté. Ahora que el religioso que lo llevaba ya no puede desplazarse por razones de salud y también de edad, me he visto comprometido; también esas personas tienen derecho y yo puedo sin grave quebranto y contratiempo. Hemos encontrado un horario que nos viene bien a todos, y de momento ahí estamos.
La frase que encabeza este escrito me lo saltó un señor al terminar. Y no tenía otra pretensión, digo yo, que soltar una gracieta y hacerse de notar.
Yo soy de los que cantan hasta en la ducha. Ahora no lo hago, porque uso la pública de la piscina donde nado, que es municipal. Claro que la chavalería pega gritos al entrar y al salir, al tirarse y al subirse, al patalear y al bracear; pero un señor como yo no parece que sea muy normal que bajo el chorro del agua berree como a mí me gusta. Por eso lo dejo para cuando me pongo el mandil de la limpieza o voy solo con mis perros por el campo; también cuando pedaleo por las calles. Ahora en plan fino, sólo en lo litúrgico.
Todos los domingos y festivos canto con los vejetes en misa. Tal vez ellos y ellas no lo hagan más que en ese momento, porque no tengan oportunidad, porque les de vergüenza, o porque no tengan ninguna gana de hacerlo. Cantar no siempre sale; a veces hay que forzarlo a salir, casi echarlo pa’fuera.
Ya sabía lo que me iba a encontrar. Antes sólo ver por fuera el edificio ya me abajaba el humor. Entrar dentro, directamente me lo desaparecía.
“Cuando te parezca nos llevas a tu madre y a mí a una residencia, y terminas”. Así me espetó un día mi padre que no estaba de buen humor precisamente. No recuerdo qué le respondí, algo le diría. Todo siguió igual, hasta que él se cansó de vivir o se le acabaron las fuerza y… simplemente se durmió en su sillón de toda la vida.
No, no me gustan nada las residencias. No se lo merecen. No quieren estar. No son felices. Tal vez no tengan otro sitio, quizás sea el menos malo, puede ser que allí se les atienda más y mejor; incluso, y te lo dicen a veces, dicen que gozan de más libertad que si estuvieran con nietos y parentela. ¡Qué se yo!
Os voy a decir lo que pienso hacer para la Pascua. Directamente voy a ir con la guitarra y, bailar no, pero cantar, vayan si cantamos a coro aquello de ¡Resucitó…!

Jueves después de Ceniza



Ya se calmó todo. Cada oveja con su rebaño, los niños y niñas en el cole, como Dios manda; los disfraces al baúl o a la basura; y con la ceniza sobre la cabeza o con la cabeza sin ceniza, porque total para qué, proseguimos avanzando por este marzo soleado y sereno; así ocurre aquí en mi tierra, porque dicen que por otras no.
Hoy ha sido para mí un buen día. Empecé por la mañana, celebrando con los ancianos de La Arbolada un rito entrañable y sosegado; ellos recordando sus tiempos mozos, yo acompañando su presente e intentando darles una palabra de cariño y unos gestos casi rituales pero menos, que enseguida se ponen a rememorar cosas y terminan dándose a la penitencia.
A todo esto he de decir que me he encargado de una residencia de personas ancianas, cuyo pater ya no puede hacerles el servicio porque también él pasó la edad de ejercer. Así que ahora soy yo su capellán asistente.
Lo curioso del caso es que la tal residencia está emplazada en lo que antes, cuando yo iba y venía del Pino a dar mis clases a la gente agraria, era una fábrica de botones, y así era conocida por todos aquellos contornos. Eso sí, sólo trabajo femenino; creo que no hubo moza de mi barrio que no pasara por allí una buena temporada, haciendo botones, por supuesto.
Fui en coche, pero no puedo asegurar que no lo haga en bici, en cuanto le coja la medida al tiempo de llegar, hacer ambiente, cumplir lo estipulado y rematar la faena con saludos, besos y abrazos. Uno no deja de ser lo que es, y genio y figura, hasta la sepultura.
Claro que habrá que tener el cuenta la climatología…
Luego ya en la tarde, y antes de entrar propiamente en la cuaresma, me largué a la piscina a relajarme y a estirar las vértebras lumbares y cervicales, o a encogerlas, que no sé muy bien si es lo uno o lo otro lo que cura.
Y ya, para terminar la jornada, mi gente vino a recoger su alícuota parte de ceniza, a la que también ella tiene su derecho, que para eso ellos son feligreses y yo su párroco.
Total, que me pilló la madrugada recogiendo en mi ordenador lo que me faltaba de cuando se me rompió la máquina. Recuperé los correos, que estaban en gmail; y al bajarlos me aterrorizó su cantidad: en apenas tres años de vida internáutica he recibido o mandado la friolera de 6.432 mensajes. Si esto no es prodigalidad, que baje San Pedro y me diga que no con el dedo.
Hoy, o sea ayer, miércoles, amaneció un buen día, el sol apareció por la raya mientras desayunaba, y cuando me puse a caminar ya estaba sobre el horizonte unos cuantos palmos.
Espero que mañana, o sea hoy, cuando amanezca, haga otro tanto de lo mismo.
Y termino haciendo publicidad. Los de INEA, unos chicos muy majetes, de la esfera jesuita, que por cierto también se dedican a la cosa de la agricultura, -no en vano las siglas corresponden al rimbombante título “Instituto Nevares de Empresarios Agrícolas”, pero en la actualidad está rebautizado como Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Agrícola- han cedido una parte de sus instalaciones docentes para que en ellas funcione la página web “Rezandovoy”, que acaba de iniciar su andadura, y de la que es posible que haga algún comentario en cuanto me entere bien de lo que ofrece. Ya contaré, ya.

PD. Lo que no cuento también ha ocurrido, pero carece de importancia: lavado de ropa, que el lunes que es mi día de colada no puede; cocina y fregadero; limpieza rápida de casa; "resituado" de mobiliario (en casa Moly y cia. se encargan del desordenado, y en la iglesia, el personal) y pequeñas reparaciones sobre la marcha. En fín, esas cosas…

Cerrado

A la hora habitual me acerco, llamo y espero. Tardan, pero al fin se abre la puerta, y alguien en bata y al parecer recién salido de la cama me mira sorprendido. «Ya no está aquí, desde el viernes está en la residencia».

Me despido y me vuelvo a casa.

Me lo había avisado; sabía que casi con toda seguridad tendría que marchar a la residencia porque su situación personal y familiar no permitía otra salida. Sin embargo, yo, en una actitud que me es muy propia de cerrar ojos y oídos ante lo que no entiendo y quiero que no sea, no cambié y continué como siempre, con la vana pretensión de que todo siguiera siendo igual.

Otra vez volví a darme de lleno en los morros.

Esto fue la semana pasada. Volvió a repetirse el mismo gesto de ningunearme, de hacerme invisible a sus ojos. Si no me quisieron avisar cuando murió él, ahora tampoco han querido informarme de la marcha de ella.

Tal vez ahora se encuentre en mejor lugar, aunque le cueste quizás un poco acomodarse a la nuestra situación. O tal vez no.

Paso página, y sigo mi camino.

A Tea, con cariño, en el día de su partida


Tea ha dejado su casa. También ha dejado su calle, su patio y…, su huerto.

Tea ya no puede estar en donde ha estado la mayor parte de su vida.

Aquel endiablado y envidiable dinamismo que le permitía trajinar en esto y en aquello, andar de acá para allá, de la huerta a casa, de la iglesia a la calle, y de la compra al médico, se ha apagado por culpa de los años acumulados y de su cuerpo que se niega a soportar la soledad y la austeridad a que le tenía acostumbrado, que no sometido.

Desde ahora nos espera en una residencia para personas necesitadas de cuidados especializados, imposible de dispensar y de recibir en una pequeña casita molinera de hace más de 40 años…

Faltando Tea ¡qué será del huerto!, ausente la mano amiga que lo acarició y con mimo le hizo producir bellas flores y dulces ciruelas; el banco de Tea en la iglesia se ha vaciado, y el patio ha dejado de ser lugar de acogida y amable conversación; la calle también huérfana de quien por ella, antes a paso ligero, luego arrastrando los pies, tanto afanó e hilvanó conversación con unos y con otros.

Tenía que ser así, era inevitable; “así es la vida”, decimos, los hombros encogidos, cuando no sabemos o no tenemos otra cosa mejor que decir.

Pues eso, Tea, que nos dejas a todos un poco solos…

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