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La guerra continúa, pero ¿a quién le importa?

Desde el pasado 17 de marzo estamos en guerra con Libia. Poco faltó para que se tiraran cohetes y se descorcharan botellas como en año nuevo. Al domingo siguiente, día 20, cuando dije a mi gente en la homilía si éramos conscientes de que habíamos declarado la guerra a otro país, y que por lo tanto podíamos ser, y de hecho éramos, un objetivo militar, nadie resolló; no lo suelen hacer, es la verdad; pero creo que tampoco tenían nada que argumentar, a la vista de que al cuarto día de bombardeos aún no había llegado lo que se cantó una victoria fulgurante.
Entonces me declaré abierta y decididamente en contra. Y puse en la esquina superior izquierda de este blog mi pancarta de protesta. Ahí sigue, y ahí seguirá hasta que esta absurda tontería termine. La guerra no es solución para nada. La guerra sólo mata. La guerra también destruye y deja todo empobrecido. La guerra sólo beneficia a quien trafica y negocia con armas, vida y riqueza ajenas. La guerra es el más tenebroso caballo de los cuatro. La guerra es un asco.
127 días suman muchas toneladas de metralla. ¿Cuántas víctimas?

Poema leído en el Congreso de los Diputados por José Antonio Labordeta con motivo de la comparecencia de Aznar sobre la posición del Gobierno ante el ataque a Irak.

Pleno, 5 de febrero de 2003

Mataos,
Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Invadid con vuestro traqueteo los talleres, los navíos, las universidades,
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece.
Triturad toda rosa, hollad al noble pensativo.
Preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte…
Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas,
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.
Asesinaos si así lo deseáis,
Exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
Que jamás asiréis un fusil de bravura.
Asesinaos pero vosotros los inquisitoriales azuzadores de la matanza…

Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,
Al campesino que nos suda la harina y el aceite,
Al joven estudiante con su llave de oro,
Al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
Y al hombre gris que coge los tranvías
Con su gabán roído a las seis de la tarde.
Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos
Y entre todos aspiran a vivir / tan solo esto.
Y de ellos ha de crecer
Si surge una raza de hombre y mujeres con puñales de amor inverosímil hacia
otras aventuras más hermosas.

MIGUEL LABORDETA

Ayer fue la Ascensión

Cavilando a ratos en esta tarde pasada, en la que el sol brilló con toda intensidad, le daba yo al asunto de la “ida” de Jesús.
Cuando alguien se va, algo se rompe en el alma. Eso dice la canción. Toda partida tiene su tristeza, aunque quien se vaya lo haga para mejorar.
Pero tengo yo mis dudas en este caso concreto. Porque ¿quién se puede sentir satisfecho/a de que Jesús se nos marche?
Y, como digo, cavilando, fui haciendo un pequeño, y por lo demás superficial que de otra cosa no soy capaz, análisis de quienes estamos implicados en este asunto. Vayamos, pues, por partes:
1) Jesús había dicho muchas veces que tenía que marcharse. Que era del todo necesario. Lo había dicho mirando a sus amigos, que necesitaban crecer y madurar; no podían seguir agarrados a la teta, ni depender siempre y para todo de lo que el Maestro dijera o hiciera en cada caso. Lo mismo le requerían para resolver un problema de intendencia, “no hay comida”, que para atender un ruego, “mira que su siervo está enfermo”, que para arreglar un desaguisado por su propia torpeza, “no hemos podido curar a nadie”, que para llenar la barca de peces cuando ellos no habían sido capaces de pescar ni una carpa, “toda la noche hemos faenado y no hemos cogido nada”.
También lo había dicho pensando en sí mismo. “Tengo que marcharme porque he de ir a prepararos una casa donde todos quepais y estéis conmigo”. Se conoce que aquí no había encontrado la manera.
Lo dijo contando con que el Espíritu tuviera espacio para venir. Estando él, no lo había; todo estaba ocupado. Había que hacerle hueco.
Y lo dijo, digo yo, pensando en el Abba. Le había dado una encomienda. La había llevado a cabo y punto. Ahora todo volvía a estar en manos del Jefe. Lo mejor era quitarse de la vista.
O sea, Jesús pensaba que debía largarse de aquí.
2) Muchas personas necesitan que Jesús no estuviera.
Empleo adrede este tiempo verbal, en lugar del que sería correcto. Se acabó eso de que uno sude y el resto aplauda o pitorree. ¿Se acabó? ¿De veras?
No lo tengo yo nada claro. Dejo de ver el partido de Roland Garros, porque no puedo aguantarme la testosterona, digo la adrenalina. El público aplaude y jalea los fallos, en lugar de los aciertos. Lo mismo que en la cosa pública, igual que en la cosa religiosa. Demasiados mirando y tan pocos trabajando.
Me voy a nadar un poco, a competir contra mí y con el reloj. El agua será mi aliado.
Vuelvo de nadar. Nadal ha ganado, lo cual significa un triunfo también para sus seguidores. Se lo merecía(n), por saber sufrir. Aunque Federer era mejor.
También encuentro un resumen de la asamblea de Sol de las 12:00. Está puesta en su página. Estos chavales lo están haciendo muy bien.
Fe no és esperar,
fe no és somniar.
Fe és penosa lluita per l'avui i pel demà.
Fe és un cop de falç,
fe és donar la mà.
La fe no és viure d'un record passat.

No esperem el blat
sense haver sembrat,
no esperem que l'arbre doni fruits sense podar-lo;
l'hem de treballar,
l'hem d'anar a regar,
encara que l'ossada ens faci mal.

No somnien passats
que el vent s'ha emportat.
Una flor d'avui es marceix just a l'endemà.
Cal que neixin flors a cada instant.

Fe no és esperar...

Enterrem la nit,
enterrem la por.
Apartem els núvols que ens amaguen la claror.
Hem de veure-hi clar,
el camí és llarg
i ja no tenim temps d'equivocar-nos.

Cal anar endavant
sense perdre el pas.
Cal regar la terra amb la suor del dur treball.
Cal que neixin flors a cada instant.

Bien por los alemanes. Acaban de enterarse de que al enemigo lo tenían en su propia casa. Pero resultó más práctico disparar primero contra el vecino.
3) Está. Ni buscarle, ni echarle en falta. Simplemente, no estorba.
Termina la tarde con tormenta. La gente se recoge, que el lunes hay curro y cole. Todo parece funcionar. Bien, mal o regular, cada quien tiene su opinión. Es natural.
Si no van mejor las cosas, no será cuestión ni de mirar al cielo ni de echar la culpa al vecino. Tal vez sea que nos toca ahora la parte baja de la onda. Cuando nos toque la alta, ¿nos acordaremos?
En mi asociación tocan a rebato. Hay que celebrar el 35º aniversario. Faltan muchos que ya no están. Otros simplemente lo dejaron. Quedamos muy pocos. Lo que hay que hacer, a prorrateo. Mucho o poco, lo que sea. Ojalá fuéramos muchos más.
¿Cómo contagiar entusiasmo? ¿Cómo animar y enamorar? ¿Dónde están los jóvenes? ¿Se fueron todos a la acampada?
Tal vez nos falten profetas. “Ya no hay locos, compañeros, ya no hay locos”.
Está claro el mensaje, no podría estar más a la vista. Lo dijo aquel aragonés de voz fuerte y mirada huraña:
No cojas las acerollas
déjalas para el verano,
toma el camino de casa
que allí te espera tu hermano
y entre los dos hay que levantar (bis).

Una arboleda en el río,
una huerta en el secano
y al amigo que está lejos
atraelo de la mano
y entre los tres hay que levantar (bis).

Sobre la cueva una casa,
sobre el erial un paisaje
y al que se va a la vendimia
pagarle el último viaje
y entre los cuatro hay que levantar (bis).

Una esperanza segura
de que todo va adelante
y si alguien queda parado
decirle que es caminante
y entre los cinco hay que levantar (bis).

De toda la tierra entera
un lugar en donde quepan
los que caminan y esperan,
los que vuelven y se quedan,
y entre todos hay que levantar (bis).

Así ha sido siempre, o casi siempre. Al menos así me lo parece. Lo dijo muy bien un alemán que vivió en España, Dietrich Bonhoeffer, “etsi Deus non daretur”. Esto es la Ascensión:
“Dios, como hipótesis de trabajo, ha sido eliminado y superado en moral, en política y en ciencia…; pero también en filosofía y religión (¡Feuerbach!). Es pura honradez intelectual abandonar esa hipótesis de trabajo, es decir, descartarla hasta donde ello sea posible. Un médico o un científico edificante, piadoso, es un híbrido, un hermafrodita.
¿Dónde queda, pues, un sitio para Dios?, se preguntan ciertas almas acongojadas, y como no dan con ninguna respuesta, condenan toda evolución que les ha acarreado semejante calamidad… Ya te escribí sobre las distintas salidas de emergencia, que conducen fuera de este espacio que tanto se ha angostado… Cabría añadir aún el salto mortal para volver a la edad media. Pero el principio de la edad media es la heteronomía en forma de clericalismo. El retorno a este sistema sólo puede ser un acto de desesperación, que únicamente puede lograrse a costa de sacrificar la honestidad intelectual.
Y nosotros no podemos ser honestos sin reconocer que hemos de vivir en el mundo etsi deus non daretur. Y esto es precisamente lo que reconocemos… ¡ante Dios!; es el mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento. Así nuestro acceso a la mayoría de edad nos lleva a un veraz reconocimiento de nuestra situación ante Dios. Dios nos hace saber que hemos de vivir como hombres que logran vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona (Mc 15,34)!
El Dios que nos hace vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo Dios, es el Dios ante el cual nos hallamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios, clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8,17 (Para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias) indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por sus sufrimientos.
Esta es la diferencia decisiva con respecto a todas las demás religiones. La religiosidad humana remite al hombre, en su necesidad, al poder de Dios en el mundo: así Dios es el deus ex machina. Pero la biblia lo remite a la debilidad y al sufrimiento de Dios; sólo el Dios sufriente puede ayudarnos. En este sentido podemos decir que la evolución hacia la edad adulta del mundo, de la que antes hemos hablado, al dar fin a toda falsa imagen de Dios, libera la mirada del hombre hacia el Dios de la biblia, el cual adquiere poder y sitio en el mundo gracias a su impotencia. Aquí es donde deberá entrar en juego la “interpretación mundana”.
¿Quién soy yo? Ellos me dicen a menudo
que salgo de mi celda
sereno, risueño y fuerte,
como un noble de su palacio.
¿Quién soy yo? Me dicen a menudo
que hablo con los carceleros
libre, amistosa y francamente,
como si mandase yo.
¿Quién soy yo? Me dicen también
que soporto los días de infortunio
con indiferencia, sonrisa y orgullo,
como alguien acostumbrado a vencer.
¿Soy realmente lo que otros dicen de mí?
¿O bien sólo soy lo que yo mismo sé de mí?
Intranquilo, ansioso, enfermo, cual pajarillo enjaulado,
hambriento de colores, de flores, de cantos de aves,
sediento de buenas palabras y de proximidad humana,
temblando de cólera ante la arbitrariedad y el menor agravio
agitado por la espera de grandes cosas,
impotente y temeroso por los amigos en la infinita lejanía,
cansado y vació para orar, pensar y crear,
agotado y dispuesto a despedirme de todo.
¿Quién soy yo? ¿Éste o aquel?
¿Seré hoy éste, mañana otro?
¿Seré los dos a la vez? ¿Ante los hombres un hipócrita,
y ante mí mismo un despreciable y quejumbroso débil?
¿O bien, lo que aún queda en mí semeja al ejército batido
que se retira desordenado ante la victoria que le ha sido arrebatada?
¿Quién soy? Las preguntas solitarias se burlan de mí.
Sea quien sea, tú me conoces, tuyo soy,
¡oh Dios!


[Carta a un amigo, Tegel 16 de julio de 1944. Resistencia y sumisión. Cartas y escritos desde la prisión. Libros del Nopal. Ediciones Ariel. Madrid 1971, pág. 209-210]

Fin de programa

     Hoy acaba septiembre, que sólo tiene treinta días. Ya enseguida se nos mete octubre, con treinta y uno, y nos encontraremos de lleno con el sol de membrillo, que ojito con él, mucho ojito.

     No me gusta nada hacer balance, eso de mirar para atrás y luego para adelante y decir que el saldo es… lo que hay. Pero hoy pasa una cosa que tengo que relatar.

     Con agosto me entró una idea que he intentado llevar a cabo: editar una entrada diaria, por lo menos, durante dos meses seguidos. Me lo propuse porque soy de natural perezoso, aunque lo oculto con toda maestría, y doy precisamente la impresión de ser exactamente lo contrario. Esto me pasa en muchos órdenes de la vida. Lo subsano con disciplina, con cabezonería, con rudeza. Desde fuera resulto extreño, ya me lo han dicho demasiadas veces algunas personas. Yo no sé si sonrío al escuchar sus apreciaciones, pero desde luego para mis adentros replico “si supierais la verdad, qué diríais”.

     Nunca he escrito un diario, ya me repito al decir esto; cartas tampoco envío, dejé hace mucho de escribirlas; por no escribir tampoco mis homilías. Sólo últimamente, y para limitarme, que es que uno coge la palabra y luego no sabes cómo rematar; y claro, el tiempo corre y la gente se incomoda.

     Este blog me sirve de algún modo de terapia ocupacional. A ver si me domo y lo que pienso, lo escribo.

     Pues eso fue lo que me propuse el uno de agosto: ejercitarme diariamente con la escritura. Y plasmar lo que me interesa, bueno-malo-regular, sin pensar en quienes, pretendida, aleatoria y anónimamente puedan llegar a leer. No es, pues, mi pretensión decir nada a nadie distinto de mí, escribo para mi persona. Tampoco quiero ser políticamente correcto. Nada oculto, soy quien y como soy, y me niego a dejarme encajar en un estereotipo, en un corsé externo a mí y supuesto de obligatorio cumplimiento.

     Hoy acaba el programa que me impuse. Mañana empieza otra cosa, y aún no tengo pensado qué, cómo y cuándo. Cuando me despierte en octubre me pondré a ello.

     Pero hay algo que no me puedo callar, ya para terminar. Hace casi un año elaboré un vídeo con una canción de Labordeta que estuvo en Youtube, pero que su dueño retiró sin avisar. Como no quería que faltara, fui y la puse. El tal vídeo pasó sin pena ni gloria con apenas quinientas visitas hasta el día de su muerte. Ahora tiene más de once mil, en diez días. Ojalá no haya sido un momento de explosiva emotividad, y "Banderas rotas" siga escuchándose y cantándose aquí y en todas partes mucho tiempo más.

José I. González Faus corrige a José Antonio Labordeta. Y es un pena.

"Porque no lo quiere una minoría de desalmados"

No habrá un día en que todos...

"Para vergüenza nuestra, ese cambio es posible, por difícil que parezca"

     Sí, querido Labordeta, ahora lo sabes aunque ya lo sabías: no habrá un día en que todos veremos una tierra que ponga libertad. Sólo podremos ver los islotes de siempre, ocupados por unos pocos desalmados que levantaron allí su bandera privada a la que llaman libertad. Y no vendrá ese día no porque no sea posible, sino porque nosotros no queremos. O mejor: no lo quiere una minoría de desalmados, pero que cuentan con nuestra complicidad gracias a un sistema perverso que nos induce a ella.
     Porque para que venga ese día es indispensable que los que pertenecemos al veinte por cien de privilegiados de la humanidad (y nos creemos ser todo el género humano), bajemos claramente nuestro nivel de vida. Bajar no en lo necesario, pero sí en lo superfluo que tanto nos inunda a nivel personal y estructural.
     Y ese descenso de nivel es imposible por dos razones: a) como dijo Voltaire, uno de los padres de nuestra modernidad, lo superfluo nos es lo más necesario. Y b) si descendemos y dejamos de consumir, se hunde nuestro sistema asentado todo él en nuestro consumo. Así nos hemos encerrado en un laberinto sin salida, más cruel que el de Creta.
     Algunos ilusos intentan decirnos que, si seguimos creciendo mucho, habrá un día en que pueda llegar a todos esa libertad del pan, el agua, la salud y la educación. Pero también es falsa esa salida por dos razones: a) nuestro sistema sólo sabe crecer a condición de no distribuir: con un crecimiento que produzca ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más relativamente pobres. Y b) si seguimos con esos ritmos de crecimiento nos cargaremos el planeta (al que ya hemos puesto bastante enfermo) antes de que la libertad pueda llegar a todos.
     Así estamos José Antonio. Tú lo sabías. Por eso seguiste cantando que no te ibas a rendir, que eras "como esos viejos árboles batidos por el viento que azota desde el mar" y que "hemos perdido compañeros, paisajes y esperanzas en largo caminar", pero buscabas el modo de "echar nuevas raíces"... Por eso habías cantado antes que era posible que esa hermosa mañana de la libertad "ni tú ni yo ni nadie la lleguemos a ver" (aquí corrijo tu letra que decía "el otro" en lugar de nadie).
     Pero seguías empeñado en que forjar esa mañana "como un viento que arranque los matojos diciendo la verdad". Esa verdad que intento proclamar en homenaje a ti: la hermosa mañana no vendrá porque nuestro sistema la impide; y sus guardianes (desde Bill Gates a Amancio Ortega) tienen suficientes armas de destrucción masiva para acabar con todos los que intenten el cambio.
     Para vergüenza nuestra, ese cambio es posible, por difícil que parezca. Y para vergüenza de esta Cataluña desde la que te escribo, parte de esa alternativa ha sido elaborada aquí en Barcelona. Pero nos interesa menos que Messi o Espargaró y Ferrán Adriá. Y si no ¿quiénes conocen el libro Demcràcia económica. Vers una alternativa al capitalisme, elaborado aquí "a casa nostra", según tesis de D. Schweickart (Against capitalism, al que algunos calificaron como "El Capital" del siglo XX)?
     ¿Quién se preocupa de esas cosas, no ya entre los drogados por el volteriano "¡lo superfluo, tan necesario!", sino incluso entre los profesores de escuelas de negocios "católicas", o entre políticos que saben que perderán votos si abordan de esos asuntos?
     Pero tú habías decidido que, aunque fuera a mano y sin maquinaria, ibas a seguir "limpiando los caminos de siglos de despojos contra la libertad". Gracias. Por eso evoco en homenaje a ti, que pocos días después de que te dieran no sé qué medalla de mérito oficial, un jesuita buen amigo tuyo y mío, Jesús Mari (el que nos presentó cuando coincidimos por el Paseo de Pamplona), fue a verte ya en tu enfermedad, para contarte que en El Salvador, habían sido recibidos en la casa presidencial los supervivientes y víctimas de una de tantas matanzas del ejército; y allí mismo comenzaron a cantar: habrá un día en que todos, al levantar la vista...
     Me contó Jesús Mari que, cuando viste el correo electrónico de Jon Sobrino que contaba esa anécdota, le habías dicho con una lágrima en los ojos: "esto me consuela más que la medalla que me dieron el otro día".
     Recordarás (o ya no necesitas recordarlo, porque ahora estás fuera del tiempo) cómo Jesús Mari mandó un correo a Jon Sobrino contándole lo que le habías dicho y cómo Jon, (que estuvo con los campesinos salvadoreños en la casa presidencial), te narró la anécdota en un correo que comenzaba simplemente: "querido Labordeta", y terminaba comentando así el episodio: "por supuesto no eran Pavarotti ni Caballé; pero la verdad es que sonaba bastante bien".
     En fin: tú decías que estabas "regular, gracias a Dios". Nosotros seguimos "mal gracias al Capital". Pero hoy podemos unir tus versos a los del profeta Amós cuando cantaba: " venden al pobre por un par de hipotecas..., convierten los derechos en veneno y la justicia en amargura... Pero (Dios) jamás olvidará vuestras canalladas".

A solas con mis banderas rotas



Me lo descubrieron en Madrid, allá por los mediados setenta, unos cristianos movidos con quienes hicimos una juerga estatal bajo el título Encuentro de CCP. Con ellos aprendí el "habrá un día en que todos". Con ellos lo canté por primera vez.

A partir de entonces, tomé mi propio paso. No intenté acompasarlo al de Labordeta, que vete a saber cuál sería. Yo lo probé con mi gente, y resultó, vaya si resultó. Enseguida llegó lo de “entre todos hay que levantar” porque pusimos arboledas en el río, casa en el secano, hicimos volver a much@s amig@s, nos agarramos muy fuerte de las manos. Aprendimos a "caminar" al grito del aragonés, y nos reconocimos a nosotros mismos como viejos árboles que "somos".

Lo metí en todas partes. Estuvo, y está, hasta en la liturgia.  Cientos de niños y niñas se marcharon a la cama tras "cantar a la libertad" que seguro que lograrán algún día.  Pero antes rieron con las chusquedades del "arremójate la tripa que ya llega la calor". Nadie se quejó, salvo aquel cura misionero que volvía de sus luchas y dijo que la teología de la liberación ya no estaba de moda. Si le digo a José Antonio que le confunden con un teólogo, se parte de la risa y me manda directamente a la mierda.

Labordeta nos sabe a comunitario, así le cantamos, con él lo hacemos. El domingo, mientras comulgábamos con Jesús, entonamos su Canto a la Libertad, y qué vocerío, daba emoción oírlo. Nos emocionamos cantando juntos. Alguien nuevo comentó que había un ambiente especial, que no lo había visto en otras partes.

Pero a solas con el cantautor yo escuchaba y entonaba sus Banderas rotas. Eso era sólo para mí. Con él recontaba los jirones de mis pendones, y los miraba con cariño puestos sobre la mesa.

No conocí a Labordeta. Nunca le traté, ni siquiera le saludé. Si nos hubiéramos encontrado alguna vez, posiblemente no hubiéramos congeniado, éramos diferentes. Sin embargo él me enseñó a querer a mi tierra y también a la suya. De él copié, aunque ya tenía mi entrenamiento previo, a no callarme ante nadie; a hablar alto y sin miedo, a pesar de mi timidez. A cantar ante quien fuera, las cuarenta o las que fueran, no importa mi mala voz y afine desajustado. A mirar de frente, cuando estoy convencido de lo que pienso y digo, así se me suba el arrebol o sude junto a la nariz.

Él fue muchas cosas, yo una y más bien deficiente. En su mochila cabía todo un país, la mía es sólo una mochila de colores. Ya digo, muy diferentes.

Pero él estuvo cuando despedimos a Millán y a Ventura, porque al cantar habrá un día en que todos nos sentimos una sola cosa con tanta cabra mochales y tanto severino el sordo, utópicos gilipollas que sueñan que sí es posible, que lo haremos realidad, que nadie nos lo va a impedir, y que por encima de esta roma y terca realidad late un solo corazón y tod@s sentimos en el mismo tono. Y esto a pesar de las diferentes sensibilidades, de pieles de pitiminí y de corazas de rinoceronte.


Hoy deseo estar solo con mis banderas. Quiero volver a mirarlas y sentir que, aunque rotas, están, las sigo teniendo, y que puedo enarbolarlas porque son mías, y las amo, y no me avergüenzo de ninguna de ellas, porque en cada una y en todas he ido poniendo mi vida, y mi sangre se ha ido cayendo en el sudor de mis empeños, cabezonerías y derrotas.

Y José Antonio está ahora conmigo, cuando contemplo estas enseñas rasgadas, que tengo junto a mí, que no sé para qué valen, pero que son mías, mis banderas rotas.

Me han sacado las castañas del fuego: Caminaremos, por José Antonio Labordeta


     ¡Uf! Menos mal. Digo esto, me refiero a la exclamación, porque hace unos meses me cuadraba -debería decir con más propiedad me apetecía- en mi escrito de aquel día poner la canción de José Antonio Labordeta "Caminaremos". No la encontré por ningún sitio, y entonces fui y la grabé desde Photo Booth, (regalo que viene incluido con el mac y que tiene una webcam incorporada que te saca muy natural). Tuve que extraer el audio, porque este aparatejo produce video. Usé una herramienta regalada en internet que se titula Audacity. En absoluto quería que se me viera cantando al son de mi guitarra en bata de estar en casa. El audio correspondiente lo pequé a una fotos que tenía en conserva, al buen tun tun,  (esto lo hice con otra herramienta que venía junto con mi mac, iPhoto), y lo colgué en youtube (otra cosa gratuita que te ofrecen por el simple hecho de tener un blog en bloger). Luego, fui y puse el video resultante incrustado en este blog.

     Pero, hete aquí que hoy, zanganeando por la red, encontré al Labordeta original cantando esta canción. Es el resultado de un trabajo de la JOC. Se lo agradezco desde este humilde lugar. Estaba ya empezando a agobiarme pensar que era la mía la única versión que colgaba en el espacio sideral. Ya veo que no es así y al fin puedo descansar, e incluso eliminar mi procaz atrevimiento.

     Me recuerda esto que una vez Labordeta en una entrevista a no sé  qué pregunta que le hacían, respondía que sus canciones no habían alcanzado notable audiencia, que tampoco le importaba. Y que en cierta ocasión, de visita en Las Canarias, al pasar ante una iglesia oyó que cantaban su Canto a la Libertad. Y terminaba diciendo que si al final algunos grupos cristianos conservaban sus letras y melodías, pues que tampoco estaba tan mal.

     Pues que sepa don José Antonio Labordeta que en mi parroquia cantamos, y con mucha frecuencia, algunas de sus canciones, y que lo hacemos desde siempre, o sea más o menos treinta y tantos años. Y que sepa también que nos han llamado la atención desde la superioridad por utilizar música no religiosa ni litúrgica. Pero que aún así, de ahí no han pasado, o sea, que es como si nos lo permitieran.

     A la vista, mejor dicho al oído, de lo bien que suena su poderosa y armoniosa voz, brindo a la concurrencia la audición de esta pieza de su creación. Sírvanse parar el audio de la música ambiental para poder disfrutarla en su justa medida. Va por ustedes, Labordeta cantando Caminaremos:


     Y si, ya puestos, tienen el interés malsano de hacer comparaciones, pásense por este lugar para ver qué pobre versión le salió a este su seguro servidor de ustedes, pero qué entusiasmo, qué ardor, qué embeleso… Vean, vean, son los videos 3 y 4, contando desde la izquierda, que aparecen en pantalla al finalizar el video.

¿Quién dijo que no podía ser?



No es la muerte, sino la vida.
la que viene a nuestro lado
al final de nuestra existencia.
No, no es esa bruja huesuda de la guadaña
la que puede recoger este hermoso fruto
que ella no sembró, ni regó, ni floreció.
Es la Vida,
es el Dios de la Vida el que viene a coger con su fuerte mano
el fruto de nuestra vida,
para ponerlo en su Mesa,
en el banquete del Reino de los Cielos.
El Viernes Santo no es el fin;
es el comienzo
de una realidad infinitamente más grande que nuestros sueños y nuestros trabajos,
pero que ha nacido en el mismo curso de nuestros trabajos y nuestros sueños,
de nuestros sudores y nuestras esperanzas.
Siempre que luchamos por una sociedad mejor,
donde se camine hacia el ideal de Dios manifiesto en toda la Sagrada Escritura,
hacia una sociedad en la que vivamos como hermanos que trabajan unidos,
que comparten los frutos de la tierra según verdaderas necesidades,
no según sus falsas ambiciones,
estamos sembrando el mundo que no será vencido por la muerte,
sino que,
como un agua viva que se filtra por la tierra,
traspasará sus muros por entre los cimientos,
y aflorará al otro lado
en la tierra de la vida verdadera,
de la vida permanente,
en la Tierra Prometida.



Todavía, muchos cristianos,
un poco despistados,
ponen su máximo interés en prepararse durante la Cuaresma
para celebrar el Viernes Santo,
donde todo acaba,
donde el silencio y la muerte
tienen, prácticamente, la última palabra,
aunque no nieguen, en teoría, la resurrección.
Pero no:
Sin que eso esté mal, es incompleto.
La verdad es que la fiesta cristiana más importante del año
va de la Noche de Pascua al día de Pentecostés.
Todos esos días son para la comunidad cristiana como una única fiesta,
en la cual celebramos al Dios de la Vida,
que hizo florecer de nuevo las ramas del Arbol muerto de Cristo,
y que ya en nosotros, por su Espíritu, va infundiendo su nueva savia de vida,
por la que saboreamos ya la vida futura mientras estamos aún en camino,
y esperar que llegaremos a ella como ciudadanos del cielo que somos,
aunque todavía en la «Dispersión».
Por eso, no nos extrañéis los hombres no creyentes
de que, a veces, los cristianos añoremos la llegada a la Patria,
y, en ocasiones, hasta nos impacientemos por llegar,
aunque aceptamos con toda paz y empeño vivir aquí todos los días que hagan falta,
y realizar aquí todas las tareas que podamos y debamos cumplir.
Más bien creo que los no cristianos deberían extrañarse
si diciendo esperar lo que esperamos
manifestamos muy poca prisa por llegar a la meta.
La postura más coherente del cristiano es la de los versos teresianos:
«Vivo sin vivir en mí,
pues tan alta vida espero
que muero porque no muero.»

Hay que confesar que esta hermosa tensión que nos da la esperanza cristiana
ha sido tan deshonestamente manipulada para convertirla en adormidera del pueblo,
en calmante de sus dolores y opresiones,
que se necesita aclarar urgentemente algunas cosas:
No deseamos el cielo porque queramos huir de los hombres,
sino porque queremos acercarnos a una sociedad verdaderamente humana y fraternal.
No deseamos el cielo porque nos creamos hombres perfectos, acabados y buenos,
sino precisamente porque tantas veces sentimos no dar la medida que deberíamos,
que no somos de verdad hijos de Dios y hermanos de los hombres,
que no somos todavía más que medio-hombres,
y allí esperamos llegar a ser hombres hechos y derechos,
hijos de Dios y hermanos de todos, de verdad y para siempre.
No deseamos el cielo porque queremos huir las tareas de la tierra,
sino que nos aplicamos aquí con todas nuestras fuerzas el tiempo necesario,
pero nos alegra saber que cada día estamos más cerca
de la sociedad perfecta a la que caminamos
y que la Biblia llama la Jerusalén Celestial.



No deseamos el cielo porque queramos estar ya, al fin, solitos
mientras quedan fuera todos los demás,
sino que nuestra fe cristiana permite mirar con optimismo la salvación
de todos los hombres de buena voluntad
por caminos y vericuetos que la Iglesia no puede controlar,
pero que el Espíritu sabe conducir en el fondo de sus corazones.
Y, desde luego, nuestro deseo y alegría sería ver que toda la humanidad
podemos cantar por diversos motivos
el amor, la compasión y la comprensión
del Dios de la bondad, del Dios Padre de todos, Dios del amor y de la vida.
Finalmente, quiero advertir que el hombre que realmente ha puesto en el cielo
su esperanza,
no solamente no es un alienado,
sino un buen colaborador en la lucha por mejorar este mundo.
Porque al que ama el cielo con toda su alma, ya no le importa la muerte,
que en realidad no es para él más que la puerta de la vida.
Y si no le importa la muerte,
menos aún le pueden importar los fracasos o los éxitos, la persecución o la espada,
porque todo ello,
poco a poco o de un tajo,
le acerca a la Casa de la Vida.
El que ha vencido el miedo a la muerte, ha vencido a la muerte y es libre.
Porque sabe que cuanto más entregue su vida en servicio a los hermanos
y a sus nobles causas,
más plenamente encontrará una vida nueva.
«El que pierda su vida, la ganará.»
Es Palabra de Dios,
del Dios que no habló sólo con palabras,
sino que en Viernes Santo se jugó la vida por nosotros.
La perdió.
Y en esa muerte a lo muerto reapareció para el Hombre la vida plena
que ya no lleva como esta nuestra ningún germen de mortalidad,
la única que puede recibir verdaderamente y sin contradicción ese amado nombre:
¡VIDA!


¡Hagamos lo imposible!



A vosotros que seguís con entusiasmo
sin saber muy bien hacia dónde vamos;
a vosotros que os pesan las normas y leyes
y habéis empezado a desprenderos de ellas;
a vosotros que no tenéis miedo a ser libres
y amáis de corazón a toda persona;
a  vosotros os llamo amigos.


A vosotros que escucháis mis palabras
y les dais crédito aunque os suenen extrañas;
a vosotros que acogéis mi Espíritu y proyecto
y con esmero buscáis su crecimiento;
a vosotros que os habéis sacrificado
sin esperar recompensa ni reconocimiento;
a vosotros os llamo amigos.


A vosotros que os reunís en mi nombre
y evocáis mi presencia, vida y sueños;
a vosotros que a pesar de dudas y cansancio
dejáis la tranquilidad de la tierra conocida;
a vosotros que transitáis fronteras con temor
pero despiertos y en mi compañía;
a vosotros os llamo amigos.


A vosotros que no hacéis ascos a lo desconocido
y os adentráis hasta sus entrañas para conocerlo;
a vosotros que dais la cara, arrimáis el hombro
y echáis una mano a quienes aparecen en las aceras;
a vosotros con quienes se puede contar
para toda causa buena, justa y humana;
a vosotros os llamo amigos.


A vosotros que exploráis y cuidáis la realidad
e intentáis transmitirla mejorada;
a vosotros que no os dejáis pervertir
a pesar de vivir en orillas y fronteras;
a vosotros que habiendo salido de vuestra tierra
os negáis a ser extranjeros y a vivir explotados;
a vosotros os llamo amigos


A vosotros que a pesar de vuestra debilidad
no cejáis en vuestro anhelo de caminar;
a vosotros que os mantenéis firmes
y cultiváis  experiencias de solidaridad;
a vosotros que no renunciáis  a la utopía
y camináis siguiendo mis huellas hacia el Reino;
a vosotros os llamo amigos.

Florentino Ulibarri



Mi canario ha vuelto a sus trinos

A mi compa "Pichurri", el canario que ocupa mi cuarto de estar y comparte conmigo ruidos, cantos, voces y suciedad, le han vuelto las ganas de gorjear.

Ha sido esta mañana, hacia las 11:00 horas, tras todo un largo período de mutismo producto del cambio de plumas, que a su edad cada vez se alarga más y más.

Pero si le abandonó el canto, no le faltó nunca la alegría; que hay que ver cómo saltaba en la jaula cada vez que yo entraba y le decía piropos, o cambiaba la música ambiental que siempre, o casi siempre, tengo puesta en mi casa.

Tentado he estado de sacarle aquí, en foto; me he contenido, no obstante, porque él también tiene su intimidad y su derecho de imagen. Y como no me ha dado su permiso, yo chitón.

En su honor, y también en su lugar, pongo este vídeo pachanguero, producto de remezclar fotos y música que bien pudiera servir como acompañamiento a esta hora del día en que todo ser viviente está enfrascado en las labores domésticas.


No es gran cosa, ya lo sé; pero es que no doy pa más, que "esto" es así y sólo así.

Quien canta es Labordeta, y alguien más con él, y la canción, "A callejear".

Posibilidades que ofrece un Blog (II)

No lo prometí, pero aquí vuelvo a lo que ayer empecé.

Pocas veces he intentado publicar algo en la prensa local de mi ciudad. Si las cuento me sobran dedos de las manos. Siempre fue de algo referido a la colectividad que represento, o creo representar, y en asuntos que me parecían trascendentes.

Salvo una carta al Director, allá por junio de 1977, que me la publicaron íntegra, ya que las palabras estaban medidas, eran consistentes y el asunto de suma gravedad, las demás veces o han mutilado el texto o simplemente lo han archivado en ese lugar que todos y todas suponemos.

Pero la ocasión que más cabreo [otro motivo para tener blog, expresarlo y airearlo; lo anoto para no olvidarlo] me produjo tuvo lugar hace algo más de una década. Habíamos penado durante un montón de años mi gente y yo en locales insuficientes, manifiestamente mejorables (por no decir directamente impresentables), pequeños e incómodos. Tras larga espera y de muchos ruegos y suplicatorios (alguna amenaza, también hay que decirlo), al fin con alguna ayudeja de la institución principal nos trajinamos una nave y la transformamos en algo amplio, cómodo y presentable. Nuestro trabajo y buenas pesetas nos costó, -que los euros llegaron poco después-, aunque no tantas como se gastaron con dineros comunes en otras partes.

Llega el día y la hora de que la autoridad competente en la materia se acerque para la ceremonia de inauguración, que en términos propios se llama Dedicación. Y va y se me ocurre llamar a la prensa, que vengan y lo publiciten, tal y como suele hacerse en una ciudad de provincias en la que cada templo parroquial ha sido inmortalizado con foto y crónica.

Se conoce que estos barrios no estaban en la mente del redactor que atendió el aviso, o que quien avisaba no tenía la altura, la anchura, la profundidad y el rango suficiente, que por única respuesta dijo que para eso no iba a desplazar a un reportero con fotógrafo, que eso costaba una pasta. Al tipo ni se le ocurrió mandar a alguien que supiera escribir y sacar fotos, todo en el mismo pack.

Posiblemente si hubiera sido el comité central quien hubiera hecho la llamada, habría sido atendida, porque favor con favor se paga. Pero que fuera un mindundi como el menda, parece que no tenía consistencia.

Y así pasó. Creo que ha sido la única iglesia construida en los últimos cien años, cuya fiesta de dedicación no ha aparecido ni consta en los anales y crónicas de esta villa sin corte.

Razón tiene Juan Navarro; si yo hubiera tenido este blog, habría podido publicitar el evento sin contar con nadie más, que aquí uno es el director, el redactor jefe, el consejo de administración, la taquillera del metro y el chico de los recados; y además, por si las moscas, el primer lector o lectora, por si no aparece nadie más.

¿No es ésta una buena razón para tener un Blog: publicar lo que me pete sin contar con nadie más?

Para hacer efectivo este segundo servicio que tengo en mi beneficio, voy a colgar un vídeo que acabo de terminar  con fotos de la pasada primavera, nieve y amistades incluidas.

Va por ustedes, y tranquilos, que es cortito, aunque la excursión duró 6 horas.



Como habéis podido comprobar, el que canta es Labordeta, y su canción, "Somos".

Y tampoco lo prometo, pero aviso, que no quiero ser traidor: como tengo fotos de la dedicación de mi iglesia, no os extrañe si cualquier día voy y las pongo, que para eso esto es mi blog.

Y ahora, una película… o dos, por el mismo precio

Voy a explicar, razonándolo, el motivo de este artículo.

Hace medio año, más o menos, coloqué un vídeo tomado en Youtube de la canción Banderas rotas de José Antonio Labordeta, para ilustrar el tema de aquel día. Aunque era público, el video tenía dueño. Un buen día, sin avisar, decidió suprimirlo; de ese modo, me dejó a mí sin ilustración. Y eso me molestó, aunque él tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo.

Lo mismo me ha ocurrido con otras cosillas; se toman de la calle, que es de todos, y como resulta que es en préstamo, pues te puedes encontrar que ya no lo tienes, porque en la calle ya no está. Así hemos perdido todos la peli “El club de los poetas muertos”, que debía tener algún problema de legalidad.

De modo y manera que me he conjurado a que no me vuelva a ocurrir.  A partir de ahora cosa que ponga aquí, tomada de otro lugar, tendrá su copia de seguridad a buen recaudo.

He decidido reconstruir por mi cuenta el video sobre esta canción de Labordeta, porque más me interesa la canción, letra y música, que las imágenes que puedan acompañarla, ya que aquellas son de Labordeta, en tanto que las imágenes serán de quien quiera imaginarlas. Y puestos a imaginar, tampoco yo tengo por qué ser manco. Digo yo.

Para no depender del capricho de otros he tenido que aprender, primero, a hacer un vídeo y, segundo, a colocarlo en algún sitio que me lo permita, tal que así:


Os explico los pasos que he dado.

Construir un video: Trabajo con mac, y casi todo me lo pone en bandeja. (Ignoro qué pasará en otras plataformas, aunque digo yo que será muy similar).
Arrejunto unas cuantas fotografías, las ensamblo tipo pase de diapositivas y le adjunto una pieza musical. Pido a iPhoto que las grabe en iDVD, y ya tengo un video casero.
Con la digital también se puede hacer un barrido y coger escenas de la realidad en vivo, que luego el mismo cacharro este lo gestiona como en el caso de las fotografías.

Luego viene lo de buscar dónde colocarlo. Tengo cuenta en Google, que ha comprado Youtube; con la cuenta en aquél abro otra en éste, y ya estoy preparado para subir videos, hasta de 10 en 10, y hasta el momento sin límite de espacio.

Una pega, la subida es lenta, así que se deja trabajando la ordenata durante la noche, si es preciso, y al día siguiente ya lo tienes disponible.

El del Bierzo ha tardado casi siete horas en colocarse, porque pesa más de cuatrocientos megas. Este otro, la razón de esta historia, sólo tres, porque es más pequeño, sólo ciento veintitantos. Lo he titulado "Banderas rotas. Labordeta", y contiene la música de la canción y 66 fotos diversas del autor, tomadas de lo público.


Y espero que, a partir de este momento, no vuelva a aparecer aquí el maldito letrero: «Vídeo retirado del lugar por su propietario».

Fue en jueves

Jueves Santo



Mantener siempre atentos los oídos
al grito de dolor de los demás
y escuchar su llamada de socorro,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.

Mantener la mirada siempre alerta
y los ojos tendidos sobre el mar
en busca de algún náufrago en peligro,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.

Sentir como algo propio el sufrimiento
del hermano de aquí y del de allá,
hacer propia la angustia de los pobres,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.

Llegar a ser la voz de los humildes,
descubrir la injusticia y la maldad,
denunciar al injusto y al malvado,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.

Dejarse transportar por un mensaje
cargado de esperanza, amor y paz,
hasta apretar la mano del hermano,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.

Convertirse uno mismo en mensajero
del abrazo sincero y fraternal
que unos pueblos envían a otros pueblos,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.

Compartir los peligros en la lucha
por vivir en justicia y libertad,
arriesgando en el amar hasta la vida,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.

Entregar por amor hasta la vida
es la prueba mayor de la amistad,
es vivir y morir con Jesucristo,
es solidaridad, solidaridad, solidaridad.


Monseñor Leónidas Proaño


Pincha en el botón de la música del blog para quitarla y pincha en esa flechita del medio para escuchar esta otra música.





Han suprimido a Labordeta, en su lugar pongo a Rosana, no es lo mismo, pero…

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