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Miedo me dan



Ayer tarde, mientras los y las peques esperaban la hora de empezar cobijados en el atrio, el cielo se despejó y dejó ver un arco iris doble, que, según me comentó luego un abuelo, fue triple un poco más arriba, en Vallsur.
Embobados los mayores, los menores parecían no darle importancia. Y yo, pensativo, recordaba lo arrobado que contemplaba en mi niñez ese fenómeno atmosférico que tan bien reflejado está en la biblia, y que en el catecismo explicado nos decían que era señal de la misericordia de Dios, que dejaba a un lado su cabreo y declaraba la paz universal.
¡Qué hermoso me parece siempre! En la ciudad, en el campo y sobre todo en la montaña. ¡Cuántos he disfrutado!
Sin embargo, en ese momento mi ánimo estaba alicaído y no logré alcanzar el punto de gozo deseado. No sólo tenía reciente el fiasco en mi opinión de un sínodo que pareció prometía demasiado, sino que estaba a la espera de unos padres que planteaban una situación tan personal que resultaba imposible atender.
El canto compartido en cada grupo con que siempre empieza nuestra catequesis me devolvió un tanto esa paz que el arco iris quiso transmitirme. No lo consiguió por completo porque llegué al final del día rumiando las reacciones tan extrañas de las que tuve constancia al leer escritos y comentarios en internet.
¡Madre del amor hermoso! ¡Cómo es posible que exista tanta gente que desee ver a otros pudriéndose de por vida! ¡Más les valdría alzar la mirada y dejar abajo sus míseras  consideraciones! No les sirve de nada tener un corazón tan “recto”, cuando el que creó todo de la nada y es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de cuanto existe, insiste de manera tan hermosa en hacerlo todo nuevo (Apocalipsis 21, 1-8).
Sí, cada vez que contemplo el arco iris, embelesado recuerdo estas palabras escritas hace mucho tiempo:
Dijo Dios: «Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo anuble de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne Pues en cuanto esté el arco en las nubes, yo lo veré para recordar la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra».

Y dijo Dios a Noé: «Esta es la señal de la alianza que he establecido entre yo y toda carne que existe sobre la tierra»” (Génesis 9, 12-17).
Y reconozco que me siento agradecido, es decir, “agraciado”.

Sindiós



Esta palabra no es lo mismo que “sin Dios”, y está en uso aunque el diccionario no la considere. La he oído bastante y leído alguna vez.
En la mayoría de las ocasiones se refiere a un desorden total, a desbarajuste, descontrol y caos absolutos, incluso a un “cachondeo generalizado” donde nadie sabe si la vergüenza murió definitivamente o está desaparecida de momento.
Pero yo la he visto escrita para referirse a aquella persona que perdió el norte, de manera que no tiene referencia alguna hacia la cual orientarse o de la cual alejarse.
Y no sé si este último significado puede ser de aplicación a nuestro entorno patrio, tras leer una información que dice que “el 20% de los españoles se declaran ateos” según WIN/Gallup International.
A las personas que conozco que afirman no tener fe, no creer, no las tengo por ateas. Simplemente consideran que el asunto Dios no les interesa. No les sirve, no lo necesitan, no lo echan en falta.
Hay quienes se consideran engañados y adoptan una postura displicente: Dios les han fallado y no quieren saber nada de él. También ocurre que han visto incoherencia y mal hacer en quienes nos decimos creyentes, y rechazan aquello que decimos creer. En fin, me he encontrado con diversidad de posturas, pero propiamente con ateos, no.
Cuando me entero que este/esta, aquel o aquella milita activamente por echar a Dios de donde se le supone que está, veo que será lo que quiera ser, pero no precisamente una persona atea.
¿Qué hay ateos? Pues claro que habrá. Pero no suelen decirlo ni manifestarse como tales. Quienes sí dan la nota, y sobradamente, son quienes dicen, incluso lo pregonan, pero no se les nota nada, nada, nada, que creen en Dios.

No lo busques, que te encuentra




Hubo un tiempo en este país, y creo que en otros muchos de nuestro entorno, en que ni dando rodeos conseguías evitar encontrarte con Dios. Estaba en todas partes. Te lo encontrabas en lugares abiertos como las plazas y las calles, y en cerrados como oficinas y escuelas. Lo percibías en el saludo, ¡Dios te bendiga! Y en las despedidas, ¡vete con Dios! Incluso desde pequeñitos éramos aleccionados a hacerlo presente conscientemente en los momentos que jalonaban nuestra vida más diaria: al levantarnos de la cama, al salir de casa, al pasar delante de una iglesia, al empezar la clase, al sentarnos a comer… y finalmente al apagar la luz de la mesilla.
No había ningún problema en hacerlo, como no lo teníamos con reconocer que de vez en cuando respirábamos para no morirnos por asfixia. Lo malo era otra cosa.
Lo malo es que en la mayor parte de las ocasiones hacer o sentir presente a ese Dios nos metía miedo. Mira que te mira Dios, nos decían. Mira que te está mirando… Porque, y esto se daba ya por supuesto, puede que en ese preciso momento estés haciendo algo que está mal y le vas a hacer enfadar o cuando menos a entristecer. Y mira tú que si es muy malo lo que haces y te mueres de repente, te condenas irremediablemente.
En fin, que no es que molestase que Dios ocupase todos los espacios y estuviese en todas las partes. Lo que no gustaba es que te vigilara los pasos y te mirara enfadado; el castigo podía llegar de un momento a otro.
Y solía llegar. Claro que no era Dios directamente quien te lo aplicaba. Era el prefecto, en el cole; tu papá en casa; el guardia en la calle; el señor cura en la parroquia… y así.
Resulta que Dios lo veía todo, pero quienes actuaban eran unos intermediarios. Y por el trato que recibíamos de estos asalariados o simples voluntarios, al fin y al cabo unos trabajadores por cuenta ajena, íbamos haciéndonos de Dios una idea poco grata. Era un presencia constante y agobiante. Ni escondiéndonos conseguíamos eludirla.
Afortunadamente llegó la democracia. Y pudimos entrar en el ayuntamiento como en nuestra propia casa. Incluso yo he tenido la satisfacción de sentarme en un escaño de concejal. Con dos. Ya sólo me falta que me cedan la palabra, y es posible que no tarde.
En esto otro he tardado un poco más, pero también he logrado normalizarme.
Claro que Dios está en todas partes. Nada se le oculta de mi vida y milagros. Incluso lo que pienso calladamente es para él patente y claro. Pero no más. Es como el aire que respiro o la fuerza del sol que me calienta; como el agua de la piscina en la que nado o la luz de la luna que ilumina. Ahí está, y aquí estoy. Ni me niega respirar, ni me quema si no quiero; no me ahoga ni me ciega… En fin, no sé cómo explicarme mejor.
Yo me siento bien sabiendo que respiro a Dios, que me calienta Dios, que me sostiene Dios y que me ilumina Dios. Y que si yo no le tengo miedo, él no pretende amedrentarme.
Pero es que además, igual que disfruto inspirando el aire fresco de la mañana, o sintiendo sobre mi piel el cálido abrazo del astro rey; del mismo modo que me relajo en el agua o salgo al patio a dejar que la luz me bañe a pesar de la nocturnidad; de una manera análoga me encuentro feliz de saber que desde que nací no he dejado de estar en el ámbito de Dios, en una especie de atmósfera que me cobija y sostiene, me acompaña y me cuida, me acuna y me susurra… Y que yo soy yo, y nunca he dejado, ni nadie me ha impedido, serlo.
Hoy es la Santa Trinidad. Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu. Todo un Dios que se me da del todo. Y estoy feliz de estar así y de saberlo. Aunque he de reconocerlo: no lo tengo presente siempre, sólo de vez en cuando.
Algo de esto es lo que hablaron en cierta ocasión un tal Nicodemo y Jesús de Nazaret. Lo cuenta el evangelio de San Juan (3, 1-21) y lo relata con bastante gracia este texto que pongo a continuación:


EL GEMIDO DEL VIENTO


Santiago - ¡A acostarse pronto, muchachos, que mañana hay que madrugar!
Pedro - ¡Ay, mis pies! ¡Esas tres jornadas de camino no se las deseo ni a mi suegra!
María - Pues quédense un par de días más. En la taberna hay sitio. Y más ahora que la gente comienza a regresar a sus pueblos.
Pedro - Que no, María, que ya tenemos que volver a Galilea. ¿Y sabes por qué? Porque se nos acabó el dinero. No tenemos ni un cobre.
María - Bah, si es por eso, no se preocupen. Mi hermano Lázaro se ha encariñado con ustedes. Si no pueden pagar ahora, se lo apunta para cuando vuelvan por acá. Porque ustedes volverán, ¿verdad que sí?

Estábamos recogiendo las cuatro baratijas que compramos durante la fiesta de Pascua en Jerusalén y despidiéndonos de Marta y María. Era ya de noche cuando Lázaro, el tabernero, llegó corriendo.

Lázaro - ¡Psst! ¿Alguno de ustedes lleva contrabando al norte?
Pedro - ¿Contrabando? ¿Estás loco? Las aduanas están muy vigiladas en estas fechas. ¿Por qué lo preguntas?
Lázaro - Porque tienen visita. Un pez gordo. Uno de los setenta magistrados del Sanedrín.(1) Está ahí fuera, con un par de guardaespaldas, preguntando por ustedes. Yo pensé que llevaban contrabando.
María - ¡Si lo llevan, disimulen bien, que para eso son galileos!
Lázaro - ¡Arriba, muchachos, alguno tiene que salir y dar la cara!
Santiago - Bueno, iré yo, a ver qué quiere. ¿Me acompañas, Juan?

Mi hermano Santiago y yo salimos a ver quién nos buscaba. En la puerta de la Palmera Bonita estaba esperándonos un hombre alto, con una larga barba canosa y envuelto en un manto de púrpura muy elegante. Lo acompañaban dos etíopes, con la cabeza rapada y una daga en la cintura.

Santiago - Vamos a ver, ¿en qué podemos servirle, señor?
Nicodemo - Quiero hablar con el jefe de ustedes.
Santiago - ¿Con el jefe? Aquí nadie es jefe de nadie. Somos un grupo de amigos.
Nicodemo - Me refiero a ese tal Jesús, el de Nazaret. E1 que hace las “cosas”.
Santiago - ¿El que hace qué “cosas”? Explíquese mejor.
Nicodemo - No vine a hablar con ustedes sino con él. Vayan y llámenlo.

Santiago y yo entramos nuevamente en la taberna…

Jesús - ¿Que quiere hablar conmigo? ¿Y qué buscará ese tipo?
Santiago - No me huele bien esto, Jesús. Es un fariseo importante, ¿sabes? Y me resulta muy raro que haya venido hasta aquí y a estas horas… Algo debe traerse entre manos…
Jesús - Bueno, vamos a ver de qué se trata.
María - No te demores mucho, Jesús. ¡Tienes la historia de los tres camellos por la mitad!

Jesús salió al patio donde lo esperaba el misterioso visitante.

Nicodemo - ¡Caramba, al fin te encuentro, nazareno! Quiero hablar unos minutos contigo, a solas.
Jesús - Sí, está bien. Pero si viene buscando contrabando, creo que perdió su tiempo. Lo único que me llevo de Jerusalén es un pañuelo para mi madre, que aquí los hay muy baratos.
Nicodemo - No, no se trata de eso, muchacho. Ahora te explicaré. Ustedes dos, espérenme allá.

Los dos etíopes se alejaron como a un tiro de piedra…

Nicodemo - Algún rincón habrá por aquí para conversar, digo yo.
Jesús - Debajo de aquella palmera estaremos bien. ¡Vamos!

Desde el fogón vimos a Jesús alejarse hasta una esquina del patio. Las nubes corrían rápidas en el cielo, empujadas por el viento de la noche que gemía entre los árboles.

Jesús - Usted dirá…
Nicodemo - Me llamo Nicodemo, Jesús.(2) Soy magistrado en el Tribunal Supremo de Justicia. Mi padre fue el ilustre Jeconías, tesorero mayor del templo.
Jesús - ¿Y qué quiere de mí un hombre tan importante?
Nicodemo - Comprendo que te extrañe mi visita. Aunque ya te habrás imaginado a lo que vengo.
Jesús - Debo tener poca imaginación porque, francamente, no tengo ni idea de lo que usted quiere de mí.
Nicodemo - No quiero nada de ti. En realidad, vengo a ayudarte.
Jesús - ¿A ayudarme?
Nicodemo - Digamos que será una ayuda mutua. Un beneficio mutuo, ¿comprendes?
Jesús - Como no hable más claro, no me entero de nada.
Nicodemo - Jesús, sé muchas cosas de ti. Mira, lo que hiciste en la piscina de Betesda ha corrido ya por toda la ciudad. Sí, no pongas esa cara. Lo del paralítico que echó a andar, así por las buenas. Sé también que has hecho otras cosas parecidas por allá, por Galilea: un loco, un leproso… hasta dicen que levantaste una niña muerta en mitad del velorio. También al Sanedrín han llegado estos rumores.
Jesús - Uf, qué pronto corren las noticias en este país, ¿eh?
Nicodemo - Como ves, te he seguido bien la pista. Y te felicito, Jesús.
Jesús - Sigo sin entender de dónde viene usted y a dónde quiere ir a parar.
Nicodemo - Vamos, vamos, no disimules. Reconozco que para ser trucos están muy bien hechos. No me dirás que son milagros… tú no tienes cara de santo. Está bien, está bien. Comprendo que desconfíes de mí. Pero vamos al grano. A fin de cuentas, a mí me da lo mismo que sean trucos tuyos o milagros de Dios o si es la cola del diablo la que está metida en esto. Para el caso es igual. El pueblo no distingue una cosa de otra. La gente sufre demasiado y necesita ilusionarse con algo. Y en eso tú eres un maestro, en el arte de entusiasmar al pueblo. En fin, te propongo un negocio, Jesús de Nazaret. Podemos asociarnos y las ganancias irían a medias. O también, si prefieres, puedo darte una cantidad fija, por ejemplo… cincuenta denarios. ¿Te parece poco? Sí, no es demasiado, pero… Digamos setenta y cinco… ¿Más todavía? Me parece exagerado tanto dinero para un campesino porque después se lo beben en las tabernas, pero, en fin, porque me has caído simpático, podría subir hasta cien denarios. Trato hecho. Ahora te explicaré lo que quiero que hagas… Oye, ¿de qué te ríes?
Jesús - De nada. Es que me hace gracia…
Nicodemo - Sí, ya sé, ustedes los galileos tienen el colmillo retorcido como el jabalí. Está bien. A mí parece que cien denarios es un buen salario para un mago, pero… está bien, pon tú mismo el precio. ¿Cuánto quieres? Créeme, muchacho, tu asunto me interesa más que ninguno.
Jesús - Sí, sí, ya veo, pero… pero no me sirves para este asunto, Nicodemo.
Nicodemo - ¿Cómo? ¿Por qué? Te digo que te puedo dar mucho dinero y no miento.
Jesús - No, no es por eso.
Nicodemo - Entonces, ¿qué?
Jesús - Bueno, que… que eres muy viejo.
Nicodemo - Por eso mismo, muchacho. Dicen que hasta el diablo sabe más por viejo que por diablo. Con mi experiencia y tu habilidad podremos llegar muy lejos.
Jesús - No, Nicodemo. Te digo que necesito gente joven.
Nicodemo - Bueno, yo tengo ya unos cuantos años en las costillas, ésa es la verdad, pero… de salud no estoy tan mal. Todavía me defiendo.
Jesús - Nicodemo: necesito niños.
Nicodemo - ¿Niños? Vamos, vamos, Jesús, deja los niños en la escuela y hablemos de cosas serias.
Jesús - Te estoy hablando en serio, Nicodemo. Me hacen falta niños. Si quieres meterte en este asunto tendrías que… que nacer otra vez. Eso, volver a ser niño.
Nicodemo - Ya me habían dicho que eras muy chistoso, nazareno. Bueno, como tú te sabes tantos trucos, a lo mejor puedes hacerme entrar otra vez en el vientre de mi madre para que me vuelva a parir. En fin, volvamos a nuestro negocio. Como te iba diciendo, se trata…
Jesús - Te has hecho viejo amasando dinero, Nicodemo. Y te ha salido un callo en el corazón y otro en las orejas. Por eso no comprendes. Por eso no oyes el viento.
Nicodemo - Oye, yo estoy viejo, pero no sordo. El viento si lo oigo. Pero a ti no te entiendo ni una palabra. ¿Qué es lo que me quieres decir? ¿Que el dinero no te interesa? ¿Es eso? Ah, ustedes los jóvenes no tienen arreglo. Todos dicen lo mismo. Claro, cuando tienen a papá detrás: “el dinero, ¿para qué?, el dinero es lo de menos”… Después, cuando madura la fruta, se dan cuenta de que con el dinero se consigue casi-casi todo en esta vida… Pero, en fin, si eres tan poco ambicioso, me guardo mis denarios. Peor para ti.
Jesús - No, no, no te los guardes, no dije eso.
Nicodemo - Ah, pícaro, ya sabía yo que acabarías mordiendo el anzuelo. Estaba seguro que este negocio te interesaría. Verás, podríamos comenzar con una presentación en el teatro… o en el hipódromo, que cabe más gente… o también… Pero, bueno, ¿qué te pasa? ¿Estás alelado, o qué?
Jesús - Nicodemo, ¿no oyes el viento? Él trae la queja de todos los que sufren, de todos los que mueren llamando a Dios para que haga justicia en la tierra. ¿Cómo puedes guardar tu dinero y hacerte sordo al quejido que trae el viento? Escucha… Es como el grito de una mujer que da a luz… Está naciendo un hombre nuevo, un hombre que no vive para el dinero sino para los demás, que prefiere dar a recibir.
Nicodemo - Ahora sí que no entiendo un comino.
Jesús - Claro, para entender tendrías que elegir.
Nicodemo - ¿Elegir? ¿Elegir qué?
Jesús - No se puede servir a dos señores a la vez. Elige entre Dios y el dinero. Si escoges a Dios, entenderás el quejido del viento y el viento te llevará hasta donde ahora no puedes imaginarte. Si escoges el dinero, te quedarás solo.
Nicodemo - De verdad, no sé de qué me hablas.
Jesús - Tú deberías saberlo. Tú que tienes tantos títulos, ¿no entiendes lo que está pasando? El pueblo está reclamando su derecho. Queremos ser libres como el viento. Queremos ser felices. Queremos vivir.
Nicodemo - Jesús de Nazaret, ya sé lo que eres: ¡un soñador! Pero ese mundo con que sueñas nunca llegará.
Jesús - Ya ha llegado, Nicodemo. Dios quiere tanto al mundo que ha puesto manos a la obra. ¡El Reino de Dios ha comenzado ya!
Nicodemo - Bájate de las nubes, muchacho, sé realista, muchacho. Te lo digo yo, que ya tengo los dientes amarillos. Piensa en primer lugar en ti y en segundo lugar también. Después de ti, el diluvio. Las cosas son como son. Y seguirán siendo así.
Jesús - No, Nicodemo. Las cosas pueden ser distintas. Ya lo están siendo. Allá en Galilea hemos visto a gente muy pobre compartiendo lo poco que tenía con los demás. ¿Tú no querías ver milagros? Pues baja de tu cátedra de maestro y ve allá a nuestro barrio. Te aseguro, Nicodemo, que aprenderás a hacer el milagro más grande de todos, el de compartir lo que uno tiene.
Nicodemo - Sí, desde luego, estás chiflado. No me cabe duda. Pero reconozco que oyéndote hablar…
Jesús - Mira arriba, Nicodemo… ¿no la ves?

La luna llena del mes de Nisán, redonda como una moneda, esparcía su luz blanquísima sobre el patio de la taberna.

Jesús - Mírala… Brilla como tu dinero. Pero, ¿sabes lo que hizo Moisés, allá en el desierto? Tomó el bronce de las monedas y con él fabricó una serpiente y la levantó en mitad del campamento. Y los que la miraban quedaban curados de la mordedura de las culebras. La culebra del dinero te ha picado, Nicodemo. Tienes el veneno dentro. Si tú quisieras curarte…

Nicodemo se quedó en silencio, mirando aquella luna de bronce. El puñado de monedas que llevaba en el bolsillo le pesaba ahora como un fardo. Se sentía más viejo y más cansado que nunca, como si toda su vida no hubiera sido más que un poco de agua que se les escurría entre las manos.

Nicodemo - ¿Tú crees que para un hombre viejo como yo… todavía… todavía hay esperanza?
Jesús - Sí, siempre hay esperanza. El agua limpia y el espíritu renueva…(3) Si tú quisieras…

El viento siguió soplando entre los árboles. Venía de muy lejos y arrastraba las palabras de Jesús muy lejos también, hasta más allá de las montañas. Cuando Nicodemo dejó la taberna y se puso en camino hacia Jerusalén, el viento lo acompañó en su regreso.



Juan 3,1-21




1. El Sanedrín era el órgano supremo del gobierno judío. Funcionaba también como Corte de Justicia. Interpretaba el significado de la Ley. Estaba compuesto por 71 miembros, que debían tener un conocimiento profundo de las Escrituras para dar las sentencias. Los sanedritas del grupo fariseo habían copado los puestos administrativos del organismo y tenían dentro de él una gran influencia. También la tenían los saduceos. Los sanedritas eran personas privilegiadas dentro de la sociedad como dueños del saber y de todo el poder que les daba el interpretar las leyes. Eran generalmente muy ricos. Cuando en el evangelio de Juan se habla de “los jefes de los judíos”, se hace referencia a hombres que ocupaban cargos político-religiosos en el Sanedrín. En tiempos de Jesús, el Sanedrín era un órgano de poder político, social y económico muy corrompido.

2. Nicodemo es nombrado únicamente en el evangelio de Juan. Es una de las pocas personas integrantes de la institución religiosa que estableció una relación amistosa con Jesús. Pertenecía a la clase adinerada de la capital y al grupo fariseo del Sanedrín, del que actuaba como consejero.

3. En el diálogo entre Jesús y el influyente fariseo Nicodemo, que solamente recoge el cuarto evangelio, Juan emplea varios temas teológicos: agua y Espíritu, lo que viene de arriba y lo que es de la tierra, luz y tinieblas. También emplea símbolos: la serpiente de Moisés, el viento. Esto  indica que, más que de una conversación real, se trata de un esquema teológico. A Nicodemo, Jesús le habla de renacer, de transfomarse en un “hombre nuevo”. En el bautismo cristiano se ha empleado tradicionalmente la fórmula que Jesús empleó con Nicodemo: renacer por el agua y el Espíritu. El agua, símbolo de la vida, y el espíritu -en hebreo, espíritu y viento se dicen con la misma palabra: “ruaj”-, símbolo de libertad, hacen nuevos al hombre y a la mujer. El tema del hombre nuevo es frecuente en las cartas de Pablo (Colosenses 3, 9-11; Efesios 8, 2-10 y 4, 20-24).

[«Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 1, págs. 417-424]





Ocurre, sin embargo, que hoy ya peino canas, que hace 39 años que me ordenaron de cura, y que sigo en lo mismo mientras el cuerpo… y el alma aguanten.
No sé si Teilhard de Chardin tenía razón y Dios es todo el Universo, o sólo rellena los espacios vacíos, o qué.
Si Dios está ahí fuera, sé que también lo llevo dentro. Y estoy más con San Agustín, que decía: «Tú, Señor, eres lo más interior de lo más íntimo mío y lo más superior de lo más supremo mío» (Confesiones VII, 11).

 

Además de con tirantes, también con cabeza y corazón



Así sería el título con el que yo, si fuera periodista, publicaría la entrevista que Eugenio Scalfari, escritor y periodista del diario italiano La República, ha realizado a papa Francisco.
Pero como ni soy escritor ni soy periodista, tampoco entiendo de titulares. Y pongo lo primero que se me ocurre.
Tal vez sea así mejor, no poner titulares, ni textos resaltados, ni frases entresacadas. Que cada quien lea y opine. Y si quiere, luego, diga lo que quiera, o simplemente reflexione.

Me dice el Papa Francisco: «El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted: ¿se puede vivir aplastado en el presente? ¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar».

-Santidad, le digo, es un problema sobre todo político y económico, relacionado con los estados, los gobiernos, los partidos, las asociaciones sindicales.
-«Cierto, tiene razón, pero también está relacionado con la Iglesia, incluso, sobre todo con ella, porque esta situación no hiere solo a los cuerpos sino a las almas. La Iglesia debe sentirse responsable tanto de las almas como de los cuerpos».

-Santidad, usted dice que la Iglesia debe sentirse responsable. ¿Debo deducir que la Iglesia no es consciente y que la incita a ir en esa dirección?
-«En gran medida esta conciencia existe, pero no basta. Yo quisiera que fuera más grande. No es el único problema que tenemos por delante pero es el más urgente y el más dramático».

El encuentro con el Papa Francisco se dio el pasado martes [24 de septiembre de 2013] en su residencia de Santa Marta, en una pequeña habitación vacía, solo con una mesa y cinco o seis sillas y un cuadro en la pared. Este encuentro fue precedido por una llamada telefónica que no olvidaré en mi vida. Eran las dos y media de la tarde. Sonó mi teléfono y se oyó la voz nerviosa de mi secretaria que me dice: "Tengo al Papa en línea, se lo paso inmediatamente".

Me quedé estupefacto, mientras la voz de Su Santidad se escuchaba al otro lado del hilo telefónico diciendo:

-«Buenos días, soy el Papa Francisco».

-Buenos días, Santidad -digo yo y después: Estoy conmocionado, no me esperaba que me llamase.

-«¿Por qué conmocionado? Usted me escribió una carta pidiéndome conocerme en persona. Yo tenía el mismo deseo y por tanto le llamo para fijar una cita. Veamos mi agenda: el miércoles no puedo, el lunes tampoco ¿le vendría bien el martes?»

Respondí:  -¡Perfecto!

-«El horario es un poco incómodo, ¿a las 15 le va bien? Si no, cambiamos el día».

-Santidad, a esa hora me va fenomenal.

-«Entonces estamos de acuerdo, el martes 24 a las 15. En Santa Marta. Debe entrar por la puerta del Santo Oficio».

No sé como terminar la conversación y me dejo llevar diciéndole:

-¿Le puedo abrazar por teléfono?

-«Claro, le abrazo también yo. Ya lo haremos en persona. Hasta luego».

Ya estoy aquí. El Papa entra y me da la mano, nos sentamos. El Papa sonríe y me dice:

-«Alguno de mis colaboradores que lo conoce me ha dicho que usted intentará convertirme».

-Es un chiste -le respondo. También mis amigos piensan que usted querrá convertirme.

Sonríe de nuevo y responde:

-«El proselitismo es una solemne tontería, no tiene sentido. Es necesario conocerse, escucharse y hacer crecer el conocimiento del mundo que nos rodea. A mí me pasa que después de un encuentro quiero tener otro porque nacen nuevas ideas y se descubren nuevas necesidades. Esto es importante, conocerse, escuchar, ampliar el cerco de los pensamientos. El mundo está lleno de caminos que se acercan y alejan, pero lo importante es que lleven hacia el "Bien"».

-Santidad, ¿existe una visión única del Bien? ¿Quién la establece?
-«Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal. Nosotros debemos animar a dirigirse a lo que uno piensa que es el Bien».

-Usted, Santidad, ya lo escribió en la carta que me mandó. La conciencia es autónoma, dijo, y cada uno debe obedecer a la propia conciencia. Creo que esta es una de las frases más valientes dichas por un Papa.
-«Y lo repito. Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo».

-¿La Iglesia lo está haciendo?
-«Sí, nuestras misiones tienen ese objetivo: individualizar las necesidades materiales e inmateriales de las personas y tratar de satisfacer como podamos. ¿Usted sabe lo que es el ágape?»

-Sí, lo sé.
-«Es el amor por los otros, como nuestro Señor predicó. No es proselitismo, es amor. Amor al prójimo, levadura que sirve al bien común».

-Ama al prójimo como a ti mismo.
-«Es exactamente así».

-Jesús en su predicación dice que el ágape, el amor a los demás, es el único modo de amar a Dios. Corríjame si me equivoco.
-«No se equivoca. El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de hermandad. Todos somos hermanos e hijos de Dios. Abba, como Él llama al Padre. "Yo marqué el camino", dijo, "Seguidme y encontraréis al Padre y seréis sus hijos y se complacerá en vosotros". El ágape, el amor, de cada uno de nosotros hacia los demás, desde el más cercano al más lejano, es el único modo que Jesús nos indicó para encontrar el camino de la salvación y de las bienaventuranzas».

»Sin embargo, la exhortación de Jesús, la recordamos antes, es que el amor por el prójimo sea igual al que sentimos por nosotros mismos. Por tanto lo que muchos llaman narcisismo se reconoce como válido, positivo, en la misma medida del otro. Hemos discutido mucho sobre este aspecto.

»A mí -decía el Papa- la palabra narcisismo no me gusta, indica un amor desmesurado hacia uno mismo y esto no va bien, puede producir daños en el alma de quien lo sufre y también en la relación con los demás, incluso en la sociedad en la que vive. El verdadero mal es que los más afectados por esto que en realidad es un tipo de desorden mental, son personas que tienen mucho poder. A menudo los jefes son narcisistas.

-También muchos jefes de la Iglesia.
-«¿Sabe qué opino sobre esto? Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisistas, halagados y exaltados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado».

-La lepra del papado, ha dicho exactamente esto. ¿Pero qué corte? ¿Se refiere a la curia? Pregunto.
-«No, en la curia puede haber cortesanos, pero en su concepción es otra cosa. Es lo que en los ejércitos se llama intendencia, gestiona los servicios que sirven a la Santa Sede».

»Pero tiene un defecto: Es vaticano-céntrica. Ve y atiende los intereses del Vaticano, que son todavía, en gran parte, intereses temporales. Esta visión vaticano-céntrica se traslada al mundo que le rodea. No comparto esta visión y haré todo lo que pueda para cambiarla.

»La Iglesia es o debe volver a ser una comunidad del Pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos, los obispos que tienen a su cargo muchas almas, están al servicio del Pueblo de Dios. La Iglesia es esto, una palabra distinta, no por casualidad, de la Santa Sede que tiene una función importante pero está al servicio de la Iglesia. Yo no podría tener total fe en Dios y en su Hijo si no me hubiese formado en la Iglesia, y tuve la fortuna de encontrarme en Argentina, en una comunidad sin la cual yo no hubiera tomado conciencia de mí mismo y de mi fe.

-¿Usted sintió su vocación desde joven?
-«No, no muy joven. Tendría que haber tenido otra ocupación según mi familia, trabajar, ganar algún dinero. Fui a la universidad. Tuve una profesora de la que aprendí el respeto y la amistad, era una comunista ferviente. A menudo me leía o me daba a leer textos del Partido Comunista. Así conocí también aquella concepción tan materialista. Me acuerdo que me dio el comunicado de los comunistas americanos en defensa de los Rosenberg que fueron condenados a muerte. La mujer de la que le hablo fue después arrestada, torturada y asesinada por el régimen dictatorial que entonces gobernaba en Argentina».

-¿El comunismo lo sedujo?
-«Su materialismo no tuvo ninguna influencia sobre mí. Pero conocerlo, a través de una persona valiente y honesta me fue útil, entendí algunas cosas, un aspecto de lo social, que después encontré en la Doctrina Social de la Iglesia».

-La teología de la liberación, que el Papa Wojtyla excomulgó, estaba bastante presente en América Latina.
-«Sí, muchos de sus exponentes eran argentinos».

-¿Usted piensa que fue justo que el Papa la combatiese?
-«Ciertamente daban un seguimiento político a su teología, pero muchos de ellos eran creyentes y con un alto concepto de humanidad».

-Santidad, ¿me permite contarle algo sobre mi formación cultural? Fui educado por una madre muy católica. Con 12 años gané un concurso de catecismo entre todas las parroquias de Roma y recibí un premio del Vicariado, comulgaba el primer viernes de cada mes, en fin, practicaba la liturgia y creía. Pero todo cambió cuando entré en el Liceo. Leí, entre otros textos de filosofía que estudiábamos, el "Discurso del Método" de Descartes, y me afectó mucho la frase que hoy se ha convertido en un icono: "Pienso, luego existo", el yo se convirtió en la base de la existencia humana, la sede autónoma del pensamiento.
-«Descartes, sin embargo, nunca renegó de la fe en el Dios trascendente».

-Es verdad, pero puso la base de una visión totalmente distinta, y a mí me encaminó a otro camino que, corroborado por otras lecturas, me llevó al otro lado.
-«Usted, por lo que he entendido, no es creyente pero no es anticlerical. Son dos cosas muy distintas».

-Es verdad, no soy anticlerical. Pero me convierto en eso cuando me encuentro con un clerical.

Sonríe y me dice:

-«Me pasa a mí también, cuando tengo enfrente a un clerical, me convierto en anticlerical de repente. El clericalismo no tiene nada que ver con el cristianismo. San Pablo fue el primero en hablarle a los Gentiles, a los paganos, a los creyentes de otras religiones, fue el primero que nos lo enseñó».

-¿Puedo preguntarle, Santidad, cuáles son los santos que usted siente más cercanos a su alma y sobre los que se formó su experiencia religiosa?
-«San Pablo fue el que puso los puntos cardinales de nuestra religión y de nuestro credo. No se puede ser un cristiano consciente sin San Pablo. Tradujo la predicación de Cristo a una estructura doctrinaria que, ya sea con las actualizaciones de una inmensa cantidad de pensadores, teólogos, pastores de almas, resistió y resiste después de dos mil años. Después Agustín, Benito, Tomás e Ignacio. Y naturalmente Francisco. ¿Debo explicarle el porqué?»

Francisco -me sea permitido llamar al Papa así porque es él mismo el que te lo sugiere por como habla, como sonríe, por sus exclamaciones de sorpresa o de corroboración- me mira como para animarme a plantearle las preguntas más escabrosas o más embarazosas relacionadas con la Iglesia. Así que le pregunto.

-De Pablo me ha explicado la importancia del papel que desarrolló, pero quisiera saber entre los que ha nombrado a quien siente más cercano a su alma.
-«Me pide una clasificación, pero las clasificaciones se pueden hacer si se habla de deportes o de cosas parecidas. Podría decirle el nombre de los mejores futbolistas de Argentina. Pero los santos...»

-Se dice que se "bromea con los bribones" ¿Conoce el dicho?
-«Exacto. Sin embargo, no quiero evitar la pregunta porque usted no me ha pedido una lista sobre la importancia cultural o religiosa sino quién está más cerca de mi alma. Le contesto: Agustín y Francisco».

-¿No Ignacio, de cuya orden proviene?
-«Ignacio, por comprensibles razones, es el que conozco mejor que los demás. Fundó nuestra orden. Le recuerdo que de esa orden venía también Carlo María Martini, muy querido para usted y para mí. Los jesuitas fueron, y siguen siendo todavía, la levadura -no la única pero quizás la más eficaz- de la catolicidad: cultura, enseñanza, testimonio misionero, fidelidad al Pontífice. Pero Ignacio que fundó la Compañía era también un reformador y un místico. Sobre todo un místico».

-¿Piensa que los místicos son importantes en la Iglesia?
-«Han sido fundamentales. Una religión sin místicos es una filosofía».

-¿Usted tiene una vocación mística?
-«¿A usted qué le parece?»

-Me parece que no.
-«Probablemente tenga razón. Adoro a los místicos; también Francisco por muchos aspectos de su vida lo fue, pero no creo tener esa vocación, y después es necesario comprender bien el significado profundo de la palabra. El místico consigue despojarse del hacer, de los hechos, de los objetivos y hasta de la pastoralidad misionera y se alza para alcanzar la comunión con las bienaventuranzas. Breves momentos pero que llenan toda la vida».

-¿A usted le ha sucedido alguna vez?
-«Raramente. Por ejemplo, cuando el cónclave me eligió Papa. Antes de la aceptación pedí poder retirarme algún minuto en la sala que está al lado de la del balcón sobre la plaza. Mi cabeza estaba vacía completamente y me había invadido una gran inquietud. Para hacerla pasar y relajarme cerré los ojos y desapareció todo pensamiento, también el de rechazar esta carga, como además el procedimiento litúrgico permite. Cerré los ojos y ya no sentí ningún ansia o emotividad. En un cierto punto me invadió una gran luz, duró un segundo pero me pareció larguísimo. Después la luz se disipó y me levanté de repente y me dirigí a toda prisa a la estancia donde me esperaban los cardenales y hacia la mesa donde me esperaba el acta de aceptación. Lo firmé, el cardenal Camarlengo también y después en el balcón se dio el ‘Habemus Papam´».

Permanecemos un poco en silencio, después dije:

-Hablábamos de los santos que usted siente como más cercanos a su alma y nos quedamos en Agustín. ¿Quiere decirme por qué lo siente cercano?
-«También mi predecesor tiene a Agustín como punto de referencia. Ese santo pasó por muchas cosas en su vida y cambió muchas veces su posición doctrinal. Tuvo también palabras fuertes contra los judíos, que nunca compartí. Escribió muchos libros y el que me parece más revelador de su intimidad intelectual y espiritual son las "Confesiones"; contienen algunas manifestaciones de misticismo pero no es, como opinan muchos, el continuador de Pablo. Incluso, diría que vio la fe y la Iglesia de una forma profundamente distinta a la de Pablo, quizás porque pasaron cuatro siglos entre uno y otro».

-¿Cuál es la diferencia, Santidad?
-«Para mí dos aspectos fundamentales. Agustín se siente impotente frente a la inmensidad de Dios y a los deberes que un cristiano y un obispo deben afrontar. Sin embargo él no lo fue en absoluto, pero su alma se sentía siempre por debajo de todo lo que habría querido y debido. Es la gracia dispensada por el Señor como elemento fundamental de la fe. De la vida. Del sentido de la vida. Quien no es tocado por la gracia puede ser una persona sin mancha y sin miedo, como se dice, pero no será nunca como una persona a la que la gracia ha tocado. Esta es la intuición de Agustín».

-¿Usted se siente tocado por la gracia?
-«Esto no puede saberlo nadie. La gracia no forma parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no la de sabiduría o de razón. También usted, sin su conocimiento, puede ser tocado por la gracia».

-¿Sin fe? ¿Sin creer?
-«La gracia está relacionada con el alma».

-Yo no creo en el alma.
-«No cree, pero la tiene».

-Santidad, se ha dicho que usted no tiene intención de convertirme y creo que no lo conseguiría.
-«Esto no se sabe, pero no tengo ninguna intención».

-¿Y Francisco?
-«Es grandísimo porque es todo. Un hombre que quiere hacer, quiere construir, funda una orden y sus reglas, es itinerante misionero, es poeta y profeta, es místico, se dio cuenta de su propio mal y salió de él, ama la naturaleza, los animales, la brizna de hierba del prado y los pájaros que vuelan en el cielo, pero sobre todo, ama a las personas, a los niños, a los viejos, a las mujeres. Es el ejemplo más luminoso del ágape del que hablábamos antes».

-Tiene razón, Santidad, la descripción es perfecta. ¿Pero por qué ninguno de sus predecesores eligió su nombre? Y yo creo que, después de usted, ningún otro lo hará.
-«Esto no lo sabemos, no hipotequemos sobre el futuro. Es verdad, nadie antes que yo lo eligió. Aquí afrontamos el problema de los problemas. ¿Quiere beber algo?»

-Gracias, quizás un vaso de agua.

Se levanta, abre la puerta y le pide a un colaborador que está en la entrada que le traiga dos vasos de agua. Me pide si prefiero un café, respondo que no. Llega el agua. Al final de nuestra conversación mi vaso está vacío pero el suyo continúa lleno. Se aclara la garganta y comienza.

-«Francisco quería una orden mendicante y también itinerante. Misioneros en busca de encontrar, escuchar, dialogar, ayudar, difundir la fe y el amor. Sobre todo amor. Y quería una Iglesia pobre que atendiese a los demás, que recibiese ayuda material y lo usase para sostener a los demás. Han pasado 800 años desde entonces y los tiempos han cambiado mucho, pero el ideal de una Iglesia misionera y pobre sigue siendo válido. Esta es, por tanto, la Iglesia que predicaron Jesús y sus discípulos».

-Ustedes, los cristianos, son una minoría ahora. Incluso en Italia, que se define como el jardín del Papa, los católicos practicantes están, según algunos sondeos, entre el 8 y el 15%. Los católicos que dicen serlo pero que de hecho lo son poco son un 20%. En el mundo existen mil millones de católicos y con las otras Iglesias cristianas superan los mil quinientos millones, pero el planeta tiene entre 6.000 y 7.000 millones de personas. Son muchos ciertamente, especialmente en África y en América Latina, pero siguen siendo minoría.
-«Lo hemos sido siempre pero este no es el tema que nos ocupa. Personalmente creo que esto de ser una minoría es además, una fuerza. Debemos ser semilla de vida y de amor, la semilla es una cantidad infinitamente más pequeña que la cantidad de frutos, flores y árboles que nacen de ella.

»Me parece haber dicho antes que nuestro objetivo no es el proselitismo sino la escucha de las necesidades, de los deseos, de las desilusiones, de la desesperación, de la esperanza. Debemos devolver la esperanza a los jóvenes, ayudar a los viejos, abrirnos hacia el futuro, difundir el amor. Pobres entre los pobres. Debemos incluir a los excluidos y predicar la paz.

»El Vaticano II, inspirado por el papa Juan y por Pablo VI, decidió mirar al futuro con espíritu moderno y abrirse a la cultura moderna. Los padres conciliares sabían que abrirse a la cultura moderna significaba ecumenismo religioso y diálogo con los no creyentes. Después de entonces, se hizo muy poco en esa dirección. Yo tengo la humildad y la ambición de querer hacerlo».

-También porque -me permito añadir- la sociedad moderna en todo el planeta atraviesa un momento de crisis profunda y no solo económica sino social y espiritual. Usted, al comienzo de nuestro encuentro describió una generación aplastada por el presente. También los no creyentes sentimos este sufrimiento casi antropológico. Por esto nosotros queremos dialogar con los creyentes y con los que mejor les representan.
-«Yo no sé si soy el que mejor les representa, pero la Providencia me ha puesto en la guía de la Iglesia y de la diócesis de Pedro. Haré todo lo posible para cumplir el mandato que se me ha confiado».

-Jesús, como usted ha recordado, dijo: ama a tu prójimo como a ti mismo. ¿Le parece que esto se ha hecho realidad?
-«Por desgracia no. El egoísmo ha aumentado y el amor hacia los demás ha disminuido».

-Este es el objetivo que nos une: al menos igualar estos dos tipos de amor. ¿Su Iglesia está preparada para aceptar este reto?
-«¿Usted que cree?»

-Creo que el amor por el poder temporal es todavía muy fuerte entre los muros vaticanos y en la estructura institucional de toda la Iglesia. Creo que la Institución predomina sobre la Iglesia pobre y misionera que usted quiere.
-«Las cosas están así, de hecho, y en este tema no se hacen milagros. Le recuerdo que también Francisco en su época tuvo que negociar largamente con la jerarquía romana y con el Papa para que se reconociesen las reglas de su orden. Al final obtuvo la aprobación pero con profundos cambios y compromisos».

-¿Usted deberá seguir el mismo camino?
-«No soy Francisco de Asís, ni tengo su fuerza y su santidad. Pero soy el obispo de Roma y el Papa de la catolicidad. He decidido como primera cosa nombrar a un grupo de ocho cardenales que constituyan mi consejo. No cortesanos sino personas sabias y animadas por mis mismos sentimientos. Este es el inicio de esa Iglesia con una organización no vertical sino horizontal. Cuando el cardenal Martini hablaba poniendo el acento en los Concilios y en los Sínodos, sabía que largo y difícil es el camino que hay que recorrer en esa dirección. Con prudencia, pero con firmeza y tenacidad.

-¿Y la política?
-«¿Por qué me lo pregunta? Ya le he dicho que la Iglesia no se ocupará de política».

-Pero hace poco usted hizo un llamamiento a los católicos a comprometerse civil y políticamente.
-«No me dirigí sólo a los católicos sino a todos los hombres de buena voluntad. Dije que la política es la primera de las actividades civiles y que tiene un propio campo de acción que no es el de la religión.

»Las instituciones políticas son laicas por definición y obran en esferas independientes. Esto lo han dicho todos mis predecesores, al menos desde muchos años hasta ahora, aunque sea con matices distintos. Creo que los católicos comprometidos en la política tienen dentro valores de la religión pero también una conciencia madura y una competencia para llevarlos a cabo. La Iglesia no irá nunca más allá de expresar y defender sus valores, al menos mientras que yo esté aquí».

-Pero no siempre ha sido así la Iglesia.
-«No, casi nunca ha sido así. Muy a menudo, la Iglesia como institución ha sido dominada por el temporalismo y muchos miembros y altos exponentes católicos tienen todavía esta forma de pensar.

»Pero ahora, déjeme que le haga una pregunta: Usted, laico no creyente en Dios, ¿en qué cree? Usted es un escritor y pensador. Creerá en algo, tendrá algún valor dominante. No me responda con palabras como honestidad, la búsqueda, la visión del bien común; todos principios y valores importantes, pero no es esto lo que le pregunto. Le pregunto qué piensa de la esencia del mundo, del universo. Se preguntará ciertamente, todos lo hacemos, de dónde venimos, a dónde vamos. Se las plantea hasta un niño ¿Y usted?

-Le agradezco esta pregunta, la respuesta es ésta: Creo en el Ser, es decir en el tejido del cual surgen las formas, los Entes.
-«Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser. ¿Le parece que estamos muy lejos?»

-Estamos lejos en el pensamiento, pero similares como personas humanas, animadas por nuestros instintos que se transforman en pulsiones, sentimientos, voluntad, pensamiento y razón. En esto somos parecidos.
-«Pero lo que ustedes llaman el Ser, ¿lo define como lo piensa?»

-El Ser es un tejido de energía. Energía caótica pero indestructible y en eterno caos. De esa energía emergen las formas cuando la energía llega al punto de explosión. Las formas tienen sus leyes, sus campos magnéticos, sus elementos químicos, que se combinan casualmente, evolucionan, finalmente se apagan pero su energía no se destruye. El hombre es probablemente el único animal dotado de pensamiento, al menos en nuestro planeta y sistema solar. He dicho que está animado por instintos y deseos pero añado que tiene dentro de sí una resonancia, un eco, una vocación de caos.
-«Bien. No quería que me hiciese un resumen de su filosofía y me ha dicho bastante. Observo por mi parte que Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos».

-Sí, lo recuerdo bien, dijo "toda la luz será en todas las almas", lo que, si puedo permitirme decir, da más una imagen de inmanencia que de trascendencia.
-«La trascendencia permanece porque esa luz, toda en todos, trasciende el universo y las especies que en esa fase lo pueblen.

»Pero volvamos al presente. Hemos dado un paso adelante en nuestro diálogo. Hemos constatado que en la sociedad y en el mundo en el que vivimos el egoísmo ha aumentado más que el amor por los demás, y que los hombres de buena voluntad deben actuar, cada uno con su propia fuerza y competencia, para hacer que el amor por los demás aumente hasta igualarse e incluso superar el amor por nosotros mismos.

-Por tanto también la política está llamada a la causa.
-«Seguramente. Personalmente pienso que el llamado capitalismo salvaje no hace sino volver más fuertes a los fuertes, más débiles a los débiles y más excluidos a los excluidos. Hace falta gran libertad, ninguna discriminación, nada de demagogia y mucho amor. Hacen falta reglas de comportamiento y también, si fuera necesario, intervenciones directas del Estado para corregir las desigualdades más intolerables.

-Santidad, usted ciertamente es una persona de gran fe, tocado por la gracia, animado por la voluntad de relanzar una Iglesia pastoral, misionera, regenerada y no apegada a los tiempos. Pero según habla y yo le entiendo, usted es y será un papa revolucionario. Mitad jesuita, mitad hombre de Francisco, un maridaje que quizás nunca se había visto. Y después, le gustan "Los Novios" de Manzoni, Holderlin, Leopardi y sobre todo Dostoyevski, el film "La Strada" y "Prova d´orchestra" de Fellini, "Roma cittá aperta" de Rossellini y también las películas de Aldo Fabrizi.
-«Esas me gustan porque las veía con mis padres cuando era un niño».

-Así es. ¿Puedo sugerirle que vea dos películas estrenadas hace poco? "Viva la libertad" y las películas sobre Fellini de Ettore Scola. Estoy seguro de que le gustarán. Sobre el poder le digo: ¿sabe que a los veinte años hice un mes y medio de ejercicios espirituales con los jesuitas? Estaban los nazis en Roma y yo había desertado del reclutamiento militar. Podríamos ser castigados con la pena de muerte. Los jesuitas nos acogieron con la condición de que hiciéramos los ejercicios espirituales durante todo el tiempo que estuvimos escondidos en su casa, y así fue.
-«Pero es imposible resistir un mes y medio de ejercicios espirituales -dice él estupefacto y divertido. Lo contaré la próxima vez».

Nos abrazamos. Subimos la breve escalera que nos separa del portón. Pido al Papa que no me acompañe pero él lo rechaza con un gesto. «Hablaremos también del papel de las mujeres en la Iglesia. Le recuerdo que la Iglesia es femenina».

-Y hablaremos si usted quiere también de Pascal. Me gustaría saber qué piensa usted de esta gran alma.
-«Lleve a todos sus familiares mi bendición y pídales que recen por mí. Piense en mí, piense a menudo en mí».

Nos estrechamos la mano y él se queda quieto con los dos dedos en alto en signo de bendición. Yo lo saludo desde la ventanilla.

Este es el Papa Francisco. Si la Iglesia se vuelve como él la piensa y la quiere habrá cambiado una época.

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