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Primeras Comuniones



Cada año inventaba algo. Un gesto, una construcción, una pequeña escena, unas palabras…, con explicación si era necesario, sin ella si no lo necesitaba. Me decía que igual que no somos todos iguales, tampoco lo es cada grupo, y por lo tanto había que darles la oportunidad de expresarse.
Una y otra vez me esforzaba. Así fueron saliendo cosas, qué sé yo, soltar una paloma en medio de la celebración, construir un edificio con cajas de cartón en el presbiterio, accionar ante el respetable una máquina futurista que transformaba los problemas en cosas resueltas, ir presentando herramientas de trabajo o útiles de cocina… Creo que lo primero de todo fueron ladrillos de diversos tamaños y texturas con palabras pintadas, y que de allí fue surgiendo lo demás, pero la memoria ya no me alcanza.
Pasado el tiempo, una catequista propuso que el grupo cantara solo, algo que ya había intentado Alicia mucho tiempo atrás sin lograr gran cosa. Pero esta vez sí, tal vez por la canción que sugirió, que había escuchado en algún lugar. Aceptada la idea, vino lo de aprender la letra y la melodía, todo en plan artesanal porque no había partitura ni grabación ni texto de fiar; todo era de oídas.
Salió bien la primera vez, gustó, y repetimos. Y volvió a salir bien, y volvimos a repetir. Así ya no sé durante cuántos años. Hasta ahora.
Este año no hemos ensayado lo suficiente porque los puentes de fin de semana se han multiplicado y hemos dedicado los días disponibles a los asuntos más importantes. En vista de lo cual, con la canción cogida con alfileres pretendí salvar la situación ayudándonos con música de fondo; pero ¡dónde encontrarla!, ¡quién tendría una grabación o una partitura! Ni corto ni perezoso la grabé con mi voz. Era un auténtico estropicio y no me atreví a mostrarla. La deseché. Empecé a buscar, y di en internet con la canción original. Se trata de un disco pequeño de acetato, de los de 45 rpm, publicado en la editorial San Pablo en los años finales setenta, por el grupo infantil Canta con nosotros, y la canción “Deseos de un niño” entre diez que componen el conjunto.
Me faltó tiempo para descargarme todo lo que pude, y así a toda prisa hilvané música que sirviera de guía en una especie de karaoke.
Lo probamos con el primer turno, y no me gustó. Tampoco al resto de catequistas. Con el segundo volvimos a nuestro estilo, y gustó más. Con el tercero casi nos sacan a hombros. Así que con los tres que faltan ya tenemos claro cómo hay que hacerlo: como siempre.
Pero ha sido interesante la experiencia, porque nos ha servido para comprobar que, aunque son útiles las nuevas tecnologías, las clásicas siguen funcionando.
Total que con los restos hemos generado una herramienta que resultará práctica en los ensayos y además, que es lo más importante, tenemos una base fiable de la canción original, que ya se encontraba algo deteriorada a base de transmitirla de memoria y sólo de oreja.
Se trata de que el grupo que acaba de hacer su primera comunión, y cuando todo está en silencio porque el momento lo requiere, se exprese cantando. No se pretende una actuación en y para el público asistente, sino de que las niñas y los niños que forman el grupo eleven una plegaria que además pueda ayudar a quienes les acompañamos. Durante los ensayos hay que animarles porque se avergüenzan y repetir, y repetir, y repetir… hasta la saciedad. Pero llegado el momento, la vergüenza desapareció, la memoria funcionó perfectamente y sus voces dejaron de ser un murmullo para convertirse en un coro de pajaritos.
¿Qué decir de la canción? Poca cosa. La usamos y parece que gusta. Está adaptada a quienes la cantan y ojalá también sirva a quienes la escuchan. En el fondo y en la forma una Eucaristía de primera comunión ha de tratar de mantener la fidelidad al hacer habitual de la Iglesia, y al mismo tiempo ofrecer sentido a quienes se acercan a ella por las circunstancias, que son las que son, y ya están de vuelta o aún no han empezado. Así, pues, es hacer equilibrios sobre una alambre, y debajo no hay red que valga. Hay quien sale diciendo que qué larga y quien opina que ha durado lo justo; quien se entusiasma con la libertad litúrgica en que va expresada, y quien se disgusta por ello; y hay también quien ni siente ni padece, porque o se ha quedaba fuera o ha estado dentro obligado.
En fin, mamá, esto es lo que tengo que contarte, nada del otro mundo, en este día en que emocionado te recuerdo. Un beso para papá, que para ti ya sabes que uno solo me sabe a poco.

El 2 de diciembre



El 2 de diciembre de 1023, en la mezquita de Córdoba (España), es elegido como nuevo califa Abderramán V (hermano del difunto Muhammad II al-Mahdi), quien toma el título de al-Mustazhir bi-llah (‘el que implora el socorro de Alá’).
El 2 de diciembre de 1409, en Alemania, se abre la Universidad de Leipzig.
El 2 de diciembre de 1617, en Madrid, se inician las obras de la Plaza mayor.
El 2 de diciembre de 1697, en Londres, (Inglaterra) se consagra la Catedral de San Pablo.
El 2 de diciembre de 1755 en Cornualles (Inglaterra), un incendio destruye el segundo Faro de Eddystone.
El 2 de diciembre de 1763, en Newport (Rhode Island), se consagra la sinagoga Touro, la primera en el territorio americano.
El 2 de diciembre de 1804, en París, en presencia del papa católico Pío VII, Napoleón Bonaparte, que hasta este momento había sido «cónsul de la República Francesa», se autocorona «emperador de Francia».
El 2 de diciembre de 1805, en Slavkov u Brna, las tropas francesas de Napoleón derrotan a las aliadas de Austria y Rusia en la Batalla de Austerlitz.
El 2 de diciembre de 1811 en Chile, el general republicano José Miguel Carrera disuelve el Congreso y proclama la dictadura.
El 2 de diciembre de 1852, en Francia, gracias a un golpe de Estado se restaura la monarquía con el reinado de Luis Bonaparte o Napoleón III.
El 2 de diciembre de 1873, en Palo Seco (Cuba) en el marco de la Guerra de los Diez Años, las tropas cubanas, acaudilladas por Máximo Gómez, vencen al ejército español.
El 2 de diciembre de 1875, en España, Antonio Cánovas del Castillo es nombrado presidente del Consejo de Ministros.
El 2 de diciembre de 1897, España concede la autonomía a Puerto Rico (pero meses después será invadido por Estados Unidos, hasta la actualidad).
El 2 de diciembre de 1901, King Camp Gillette patenta la primera máquina de afeitar de hojas desechables.
El 2 de diciembre de 1906 firma del acta delimitatoria de fronteras entre España y Portugal.
El 2 de diciembre de 1908 en China, el niño de dos años Puyi es nombrado emperador.
El 2 de diciembre de 1913, en Roma, Italia, el papa San Pío X crea la Provincia Eclesiástica de Nicaragua, que hasta entonces era una sola diócesis con sede en León, creando la Arquidiócesis de Managua, las Diócesis de León y Granada y el Vicariato Apostólico de Bluefields.
El 2 de diciembre de 1915, Albert Einstein publica la teoría general de la relatividad.
El 2 de diciembre de 1917, en Villalón de Campos, naciste tú.

Por lo tanto esta puerta te era conocida; de la Iglesia de San Miguel. ¡Entrarías y saldrías por ella tantas veces! La primera, casi seguro, te pasaron por ella en brazos para bautizarte.
Era muy antigua y estaba muy vieja. Posiblemente alguien, en los siglos que median entre el califato cordobés de Abderramán V y la creación en Alemania de la Universidad de Leipzig, la mandó construir y colocar sin pensar que durara tanto tiempo.
El 2 de diciembre de 2017, cien años después de que abrieras tus ojos a la luz de la vida, otro alguien ha pensado que una puerta tan vieja y tan antigua no era digna de una iglesia de un pueblo que se precie.
En su lugar ha ordenado poner ésta:

Al tal más le valdría que le hubieran puesto de nombre al-Mustazhir bi-llah, y Alá no le habría permitido cometer tal tropelía. Pero como es cristiano, a nadie se lo ocurrió la idea.
¡Ya ves si lo tiempos están cambiando, incluso en Villalón!
Sabes que te quiero. Besos para ti y para papá.

El pueblo en que tú naciste




Como a ti el tiempo te da igual, porque ya estás por encima de él, vengo a ofrecerte este pequeño regalo desandando en mi vida para llegar al día en que festejarías tu llegada a este mundo hace 98 años. Escribo, pues, a toro pasado, y publico cuando se me antoja.
Ha querido la suerte que me topara con un recorrido completo y bello por el pueblo en el que naciste, Villalón de Campos. Buscaba una foto del rollo, y di con todo lo demás.
Se trata de un reportaje de alguien que ha realizado una visita a Villalón, tal vez porque le tocó en suerte, tal vez porque le picó la curiosidad a partir de cierta noticia que le llegó. El caso es que parece que se tomó su tiempo y dedicó lo suficiente para hacer una amplia, casi completa, visita a tu pueblo. Muestra detalles y da explicaciones que no son frecuentes en una simple jornada turística.
Me llama la atención, por otra parte, la casi ausencia de animación. Una voz femenina, dos personas que pueden ser la misma, y el ruido de fondo de los vehículos a motor destacan sobre un paisaje deshabitado, casi un escenario vacío previo a la representación. Retrato fiel de la mayoría de los pueblos de nuestra tierra de Campos, que otrora fueran bulliciosos y variopintos en gentes de aquí y de allá.
La casa donde tú naciste ahí sigue, remozada. La calle de tu abuelo, también, aunque confundido el nombre. San Miguel, San Juan, el Rollo, la Rúa… Hay fuentes que no se parecen en nada a los caños de tu infancia, y no tienen agua. Y una estatua, la Quesera, que te hace memoria. Hubieras expuesto tus maravillosos quesos artesanos en el museo en que han convertido las antiguas escuelas, si aquel viajante no hubiera comprometido toda tu producción, para regocijo de papá que iba al mercado con toda la carga vendida, holgar por la villa en lugar de exponer, comer opíparamente en la fonda y volver a casa con la faltriquera henchida en el carro de varas.
Carros, eso es lo que falta. Y mujeres con cántaro en la cadera. Y labriegos con pantalones de pana. Y niños y niñas jugando en la plaza. Y el señor cura dirigiéndose a sus obligaciones, en sotana y con dulleta, bonete en la cabeza y el libro de las horas en las manos.
Faltan otras muchas cosas más, que tú detectarás en cuanto lo mires. Ya no mueven molino, como el agua que pasó. Es lo que tiene la vida, que es demasiada corta y entraña demasiados cambios. Tantos que tu pueblo no es el que yo conocí, mucho menos el que te vio nacer.
He envuelto todo ello en papel de fantasía y te lo presento aquí, donde estoy, y ahora, día 11 de diciembre, nueve días después de tu onomástica. Que esté situado en la fecha que aparece es simpleza disculpable; no todas las placas informativas expresan la fecha de su instalación, que llevó su tiempo. ¡Ay si se pusieran de acuerdo decididores, grabadores e instaladores!
Mi rúbrica la pongo tras celebrar a nuestra Patrona, la Virgen de Guadalupe, que ha querido el calendario que también la celebremos antes de su día, el doce. A ella no le importa, lo mismo que a ti que te escriba desde el futuro; el discurrir del tiempo algún día cesará, y entones todos seremos mucho más jóvenes.
Como tú, que te conservas en mi memoria en la más preciosa madurez. Besos para papá, y para ti lo que prefieras, beso o abrazo. A mí me es indiferente.



Este año sí que tengo lilas



Y puedo ofrecerte un mogollón de ellas. Temí que las lluvias largamente anunciadas –sabes qué, ahora te dicen cómo va a ser el tiempo con dos semanas de adelanto– y una primavera un tanto extraña lograran un año más impedirme hacer siquiera un manojo de lilas que poner en la capilla. Pero quiá, ha llegado mayo con sus calores y ahí están los lilares hechos una hermosura. Hay para dar y tomar. El próximo domingo, la Ascensión, me luzco de florista.
Han tenido que pasar once años para que se diera la conjunción de fechas. Decididamente es tu día, feliz ascendida. Pero también es mi día, no sólo por mi primera comunión en 1955, sino porque cada vez que llega esta fiesta experimento, como una necesidad innata, no pertenecer a esta tierra, estar pisando suelo sin necesitarlo, y notar que la mirada se me escapa más allá de donde acaba el horizonte.
Como no encontraba ángulo para la foto, subí y me asomé por la ventana. Entonces estuve tentado de tirarla hacia adentro, pensando que tal vez querrías ver cómo han dejado el interior de remozado y rebonito. Con las vigas a la vista, las paredes pintadas a gotelé blanco y el techo a la altura adecuada, estas viejas naves han vuelto a nacer. Pero me contuve y seguí a la que iba, a las lilas.
Al bajar por la escalera exterior no pude menos que fijarme en el acebo de la esquina. Tuve que podarlo inmisericordemente para dejar espacio, ya que por ahí han tenido que subir a catequesis durante las obras. Aún así, ha florecido y de qué manera.
Para terminar el día, ya en la tarde me pilló una nube justo cuando estaba de paseo con mis perrillos. No me importó la mojada porque vi un arco iris de película. Lástima no llevar la máquina para ponértelo.
Me apetece despedirme con esta miniversión de Los Sitios de Zaragoza al piano, que tantas veces te escuché pasándote las páginas.

Te quiero. Besos también para papá.

Claro de luna


El otro día pasé por casa y quité el polvo al piano. Le hacía falta. También pasé la fregona por encima del piso y regué los tiestos. Las plantas siguen vivas, unas allí, otras aquí. Ni siquiera reparé en la mesita del rincón, donde están tus partituras, porque la cortina sigue recogida sobre ella.
Ya no conservo casi ninguna. Sólo las manuscritas y algunas más que no recuerdo, pasodobles y música ligera. Claro de luna, entre otras clásicas, se la di a Roberto; me las pidió para tener historia viva en su biblioteca particular, ahora que anda dando conciertos por el mundo entero. Lo mismo está en Friburgo, que en Roma o Barcelona, o al otro lado del Atlántico, donde participa en una labor de acercamiento de la infancia a la música…
Esta noche hay luna, pero está tapada por la niebla. Es menguante, y aún así me apetece ofrecerte esta impecable versión de la obra de Beethoven. En el día de tu cumple, escucha la «Sonata Quasi una Fantasia per il Clavicembalo o Piano-forte composta e dedicata alla Damigella Contessa Giulietta Guicciardi da Luigi van Beethoven, Opera 27 No. 2. In Vienna presso Gio. Cappi Sulla Piazza di St. Michele No. 5», según figura en la primera edición de la obra, publicada en marzo de 1802.

Tu ejemplar no es tan antiguo, pero sí una pequeña joya que tal vez viaje por encima de las nubes, bajo una luna esplendorosa.
Ya sabes que te quiero. Besos para ti y para papá.


Posdata:
No te escribo nada de mí, porque ya lo sabes todo.
Vale

¡Ya han pasado diez años!


Y han volado. Esta parte de mi vida ha cogido un ritmo de vértigo, imposible de dominar. Noto que el tiempo se me escurre entre voy a hacer esto, he de ir a tal sitio, tengo que hablar con tal persona, y no recuerdo qué he venido a recoger a la cocina, se me pasó decirte, dónde habré metido mi rosario. En fin, esas cosas de la edad que necesitaría que los días tuvieran veinticinco horas, las semanas diez jornadas y los meses duraran medio año (y alguien al lado que dijera ahora toca esto y luego, lo otro).
Pero no es mi edad la que requiere eso, son las cosas que quiero embutir en un espacio que les viene muy pequeño. Se diría que conforme crezco, o menguo, deseara abarcar más, llegar a otras cosas, estar en nuevas experiencias sin dejar ninguna de las ya vividas.
¡Cómo me gustaría estar fuera del tiempo! Estoy seguro de que es la mejor de todas las sensaciones, congelar el momento, atraparlo y exprimirlo hasta las heces.
Te imagino sonriendo y murmurando “¡qué cosas tienes! ¡No cambiarás nunca!” Pero sí he cambiado, y sigo haciéndolo. Lo percibo cuando me encuentro con personas a las que hace tiempo no veía; lo primero que me dicen es que dónde paro ahora, y que estoy muy delgado. Se extrañan de que esté en el mismo lugar y de que no me duela nada. A mi edad ya debería haber emigrado y tener males propios de la tercera edad.
¡Tercera edad! Es lo que me toca.
Tú también tardaste en aceptarlo. Tuvimos que hacer asamblea familiar para convencerte, cedieras y consintieras en que alguien viniera a quitarte cargas y trabajos. No te gustó, y tampoco te quedabas conforme de cómo lo hacía. Yo, entonces, te sacaba de paseo y así, no viendo, como que no ocurría.
Esta mañana, mientras adecentaba el jardín que está muy descuidado desde que se fue Felipe, pensaba si conseguiría hacerlo durante mucho más tiempo y si lograría hacerlo tan bien como él. Lo primero no está en mi mano y no me preocupa; lo segundo no lo voy a alcanzar. Así discurre ahora mi vida, entre lo que es porque es así, y lo que nunca será porque ni siquiera me lo planteo.
Sabes que no soy conformista, que no me vale cualquier cosa, que termino por lograr lo que me propongo. Pero me conoces, no suelo perseguir quimeras. Solo me interesa aquello que pueda alcanzar por mis fuerzas, obtener de mis amigos, realizar porque es posible.
No puedo ofrecerte lilas, que han sido pocas y de escasa calidad. Rosas tampoco, que vienen muy atrasadas. Ayer, justo ayer, se abrieron las margaritas del campo, y hoy he visto muchas amapolas. Esta vez se ofrezco una muestra de lo que el domingo que viene será un gran ramo de florecillas silvestres.
Una última cosa, mamá. Diez años han pasado, que me parecen demasiados. No sentí dolor por tu partida, incluso llegué a desearla para verte libre. No tuve luto por ti, supe donde ibas. Con alegría y esperanza. No he pasado un solo día sin recordar detalles, palabras y silencios tuyos. Con ellos vivo, son mi mochila de colores, aparte del armario que tengo lleno de tus jerseis en tonos imposibles, y un físico que cada vez se iguala más a la foto de tu padre, el abuelo Marceliano en pose cazadora, que cuelga en el pasillo de casa.
Termino con un capricho que me ha dado ya en la madrugada. Esta canción de Luis Mariano que tanto te gustaba y que ahora puedo rescatar del pasado gracias a la técnica y a una buena persona que la ha colocado disponible para mí y también para ti.
Besos y hasta la próxima.

Un 2 de diciembre


Este año estoy seguro de que no os habríais venido y lo hubiéramos celebrado vía telefónica, aunque ya sabes que a mí me gustaba mucho más la carta, larga y pormenorizada, tanto que papá se quejaba de que escribíamos demasiado. Un verano largo y un otoño suavecito a buen seguro os retendría por allá al menos hasta reyes. Ni la gota fría os habría devuelto antes.
A ti te estimulaba el calor. A mí es el frío el que me espolea. Por eso llevo esta temporada tan floja. Tal vez con la Inmaculada las heladas y las nieblas me pongan a tono. El caso es que Santa Bibiana amanece cálido, tengo mi motor a bajas revoluciones y no se me ocurren cosas que decirte. Esto pienso mientras paseo, ahora solo con Gumi tirando de mí, callejeando por el barrio, que empieza a despertar lentamente.
Los acontecimientos de estos últimos días no me dejan ver con claridad, y tengo la vista empañada, o es la realidad la que no consiente ser bien enfocada, no lo sé.
En una esquina, unos niños esperan a otros para ir juntos al instituto. ¿Dónde está Berto? Ya no está. Y empezamos a charlar sobre los gatos salvajes que empiezan a ser ya plaga, y alguien ha decidirlo exterminarlos. Tiran comida envenenada. No vayáis por ahí, ni por allá, ni por aquella otra parte, terminan aconsejando. Y nos vamos en la única dirección que no desaconsejan.
Seguimos caminando por aceras, cubiertas de hojas que a saber qué disimilan. Tal vez la apatía del servicio municipal o la desidia de los residentes, o la indiferencia de que ya da todo igual, porque al fin y al cabo qué importa eso si lo otro anda como anda y nadie se preocupa por lo más importante, las personas, que pueden hasta morir a la vista del gentío que, horrorizado sí, es incapaz de parar una tropelía.
Si ya nadie barre su portada, ni pinta sus rejas; si ni siquiera se asoma a la ventana para no saludar al que pasa… Si vamos todos corriendo, no importa lo cerca que estemos, para sin bajarnos del coche hacer la gestión vía ventanilla, es que habitamos un mundo inhóspito y el prójimo no es afín. Ni flores en la puerta, ni corros en la acera, ni perros que te ladren, ni canarios colgados de las ventanas…
Cantaba ayer en catequesis “un barrio sin flores no es un barrio de verdad”. Esto ya no es barrio, es urbanización. Puro desierto, con hermosos jardines públicos que provee el ayuntamiento. Los particulares están vedados tras altos muros y cierres bajo llave.
Ya siento, mamá, tener estos pensamientos en este tu día de cumpleaños. Espero que no me duren demasiado.
Ya sabes, besos para ti y besos para papá.

Flores y espinas



Casi no son flores, y casi tampoco espinas. Hojas en ambas, ásperas y tiesas en ésta, suaves y olorosas en aquélla. Es la malvarrosa florecida, y es la encina renovada. Cada una a su manera, dulzura y rudeza, manifiestan ante mis cuidados la vida que late en ellas. Variedad y misterio de una misma realidad, en la que estoy y por la cual me dejo llevar. ¡Qué cosas dices, miguelangel! pareces estar diciendo.
Ayer vino a verme la mamá de Diego. Está, la pobre, en pleno duelo. ¡Y lo que va a durarte!, susurré piadosamente. Y me acordé de ti. Pero sólo para hacerla ver que, igual que tú no me has abandonado, Diego no se ha alejado de ella, aunque tenga esa impresión de ausencia y de vacío.
Habló todo lo que quiso y necesitó. Y tras escucharla, y decir lo que te digo, la vi marcharse, no sé si más tranquila, algo confortada.
Y es que si a mí me corresponde la malvarrosa, a ella le ha tocado en suerte la encina. Tu partida para mí fue suavemente olorosa, luminosa en tonos malva. La partida de su hijo, para ella ha sido dura como una pedrada, negra como una noche ciega.
Al pronto, ya ves, me inspiró lástima; pero sólo un poco, muy poquito. Tengo la seguridad de que Diego va a entrar en acción no tardando. Si te lo encuentras, –es alto y joven, dice chistes tontos y es muy buena persona–, avísale que no se demore, que aquí lo están necesitando.
Recibe este beso que te mando.

Exactamente once días



Ese tiempo me ha durado el maimón que Tere me trajo por mi cumple. “Para que desayunes”. Hoy lo acabé. Justo cuando celebro el 66º aniversario de mi bautizo. Que coincide con el cumple de mi padre, que habría hecho… Son tantos que he de hacer un cálculo mental: ¡98!
Extraño este lunes de pascua. Día de cole. Es decir. Vuelta a la normalidad. Sin tiempo para un respiro, darme un garbeo por la región, recorrer algún paraje pintoresco, visitar monumentos del románico o del gótico, saludar a los amigos, recoger las cosas de estas ajetreadas jornadas de liturgias, viacrucis y horassantas… Ni siquiera para ir a regar las plantas de mi madre.
21:04:2014:09:58:53
En su lugar la malvarrosa florece. Un almendro / de tres / se mantiene vivo y ese plantón de olivo (de cuatro) parece que quiere no morir.
En fin, once días no son muchos. Suficientes, sin embargo, para entrar de lleno a disfrutar la pascua, que viene cargada de emociones.
De momento lo primero, que es aviar todo para esta tarde, que llega la chavalada. Luego pasarme por la pisci, –ayer me trabajé una hora completa–, y no descuidar la reunión de última hora, que por ser la primera de este trimestre postrero debería salir bordada.
Once días no son nada, apenas una semana estirada. Para mi mamá, entonces, un mundo. Ni estar pudo. Sí asistió mi papá, con treinta y dos años recientitos. ¡Un chaval!

Mi bufanda



Esta mañana, al embozarme en la bufanda blanca, pensé en ti. Te pedí otra bufanda que fuera larga, y blanca. La marrón, aquella que tejiste cuando me dejaste ir a Madrid, sigue estando al uso, pero hace mucho tiempo que dejó de abrigar. Ésta, sin embargo, conserva todo, absolutamente todo lo que se necesita para envolverme en ella todo entero y sentirme dentro de ella acobijado.
Pero ya no es blanca. Ahora tira a ceniza. Como esa nieve que tras pisarla una y otra vez sigue estando fría pero ya no relumbra, casi parece barro. Tengo que lavarla, me dije mientras dejaba llevarme por los tirones de Gumi. ¿Conseguiré que resplandezca? Sin embargo, como en esos momentos aún el sol estaba oculto, la luz del amanecer se reflejaba sobre ella y la hacía resaltar. No lo vi, sólo imaginé. Luego, dejó de preocuparme su blancura, su limpieza, y si alguien con quien me cruzara pudiera pensar que soy un descuidado y hasta un poco cerdo. No hubo ocasión, porque el paseo fue solitario tanto a la ida como a la vuelta.
Te escribo esto porque necesito decir que ahora existe una cosa que se mete por la cabeza y se ciñe al cuello, permitiendo una variedad de posiciones que hacen las veces de pasamontañas, gorro, fular, bufanda, cuello alto, cuello abierto y otras cien mil cosas más. Hay quien se ofrece a regalármela. Sin embargo quiero seguir con mis bufandas. La blanca para enroscarme en ella cuando voy en bici o ando por el campo. La marrón y amarillo para fardar de progre. Como entonces, cuando con veinte años me largué a Madrid, y no quería parecer un muchachito de provincias.
Como si el reloj hubiera dejado de marcar el tiempo, al volver a casa miro en el armario la colección de jerséis que llevan tu marca y que uso muy de vez en cuando. No aguanto el calor que dan, y duermen a la espera de que por mi cuerpo la sangre corra más despacio y los necesite.
Hoy es tu onomástica, y sigues con la misma edad de siempre. Yo sí avanzo en el tiempo, mientras que mi espacio parece haberse reducido hasta encogerse en este poquitín. Aún así doy toda la impresión de que retrocedo en lo primero –estás más joven, cuánto has adelgazado, te mantienes en forma, no tienes la barriga propia de tu edad– y me extiendo en lo segundo –te llamé y no contestaste, no estabas en casa, no dimos contigo, nadie pudo dar explicación de  ti.
Pero ni lo uno ni lo otro. Estoy bien, que es decir mucho. Hago lo que puedo, o casi, que no es decir demasiado.
Y como ya se me acaban las palabras, termino como siempre: oyéndote decir que no te bese, que tienes la cara muy arrugada. Pero como a mí eso no me importa, aguántame, que soy tu hijo.

¡68!



El año pasado, entre los recuerdos cargados de nostalgia al trajinar con mis diapositivas para pasarlas a digital y el Facun que se fue, olvidéme de ti; pero sólo aquí; hablamos por teléfono, que es una forma de comunicarse más discreta.
Pero no soy discreto, según parece. De modo que ahora quiero resultar tempranero y he buscado de víspera fotos y palabras. No tengo mucho donde escoger, porque eras tú el que manejabas siempre la máquina, así que tengo lo que tengo, o sea casi nada.
Recuerdo que en mi treinta y tres cumpleaños tu regalo, un libro que guardo en mi cabecera, llevaba de tu puño y letra sólo eso, ¡33! Ahora soy yo el que escribe la cifra que te corresponde por cronología, que no por otros motivos. Y al hacerlo compruebo que hubo un período de tres años del que sólo tengo información visual sobre ti condensada en estas dos simples fotografías.
Esta es de tu bautizo. Tal parece que atravesaste el pueblo entero para llegar desde casa a la parroquial de San Esteban en brazos de tu aya, porque mamá aún estaba convaleciente. Es manifiesta la expectación que causó tu paseo por las calles polvorientas, porque agosto por allá es muy seco y los carros convertían el piso en polvorín. Diviso al fondo a nuestra abuela Paz, detrás al abuelo Marceliano y junto a él a tío Marce. Del resto no tengo nada que decir, no reconozco a nadie.
En esta otra estás con mamá, en tu reluciente cochecito que contrasta con el adobe pelado del gallinero viejo y no digamos con el resto del corral. Tienes la cara ancha, igual que ahora. Hubo un tiempo en que se hizo más estrecha… Si tú pareces muy jovencito, mamá está preciosa.
Dejando correr el tiempo resulta que esta otra foto corresponde precisamente al año en que tú me dedicaste aquel libro, Cuentos y decires de la Vieja Castilla, de José González Torices. Y estamos de bautizo en La Cañada.
Siempre has tenido mano para eso, al contrario que yo, que nunca he sabido qué te podría interesar. Cuando creía acertar, tú ya lo tenías, o lo habías leído hacía demasiado tiempo, o sencillamente ya estabas de vuelta. Si en la lectura me aventajas, no digamos en la música. Me iniciaste con los Beatles cuando yo estaba apenas en los Brincos. Ahora tú estás en la ópera, mientras yo sigo anclado en el rock sinfónico. En fin, así estamos.
Tanto insistir, al final conseguiste enviciarme con la informática. Y luego, con Internet. Ahora tengo blog, que tú no lees, por supuesto. Pero esta entrada sí, porque te la voy a mandar a tu correo para que la mires cuando te parezca, junto con esta foto que te saqué en tu casa cuando estrené la sony.
Roberto, ¡feliz cumpleaños!

Presencia


                     

Hoy no quiero expresarme con palabras; no me salen, no las tengo o no las encuentro.
Hoy sólo tengo necesidad de traer estas flores recién abiertas en el jardín. Han estado hablándome desde que las descubrí. Es tu presencia que me acompaña. Al contrario que en la casa familiar, a donde sólo voy a echar un vistazo, dar un repaso, regar las plantas y recoger el correo. Allí sólo encuentro ausencia.
En estos últimos ocho años no has dejado mi vida ni un instante. Por eso no me importa que ya no estés en casa. Ni falta que hace. Ya estás conmigo todo el tiempo. Permanentemente.


¿De qué planta se trata?


 
Esta planta tiene gemela. La otra ya está bien, esta de momento va tirando. Cuando las recibí en herencia de mi madre no conseguí conservarlas en optimas condiciones. Al contrario, fueron decayendo y casi terminan por morir. Sin embargo,  tuve suerte y logré evitarlo.
He dejado a la otra donde estaba y me he traído la aún enferma para tenerla cerca y seguir al detalle su convalecencia.
Soy de las personas que hablan con todo, se mueva o no. Necesito poder dirigirme a ella con un sonido que signifique más que sólo “planta”. Así que si hay alguien que la reconoce y sabe de qué espécimen vegetal se trata, agradecería lo comunicara por este medio o por cualquier otro.

Déjame, mamá, que me pregunte




Déjame, mamá, que me pregunte aunque no tenga aún qué responderme. Sigo siendo el mismo que quería saber qué había dentro de las cosas; cómo se armaban tras haberlas desarmado; cuánto cuesta hacer el camino de salir y volver a casa, por qué el sol sale cada día; para qué la luna, si no calienta.
Déjame, mamá, que me pregunte, aunque no espere la respuesta. Ya la sé, como sabía cada dos de diciembre que papá aparecería con una bandeja de pasteles y en silencio me indicara, ése es el de mamá. Y señalaba un ladrillo enorme de merengue. Era tu cumpleaños.
Déjame, mamá; que hacer preguntas lo aprendí de ti. Por eso supe en qué momento te marchabas, porque dejaste de hacerlas; para qué, si ya tenías claro cuál era la estación término.  Sólo y apenas balbuciste, ¡ayúdame!
Déjame, mamá, que preguntar me hace falta, me viene bien. Necesito sentirte viva tras la corteza que me envuelve; saber que hay riqueza al otro lado; que esta pobreza sólo es pasajera; y la frontera no es inexpugnable, sólo es la puerta.

¿Y si este mundo es sólo la corteza,
y el mundo de verdad está escondido?
¿Y si los que se fueron no se han ido,
sino que han penetrado en la riqueza?

Que nuestro mundo es sólo la pobreza
de ser y de no ser; de haber tenido
sin tener; de pasar; de haber vivido.
¿Y si ellos han llegado a la certeza?

¡Qué chasco cuando estalle esta envoltura
y salte por los aires en pedazos
la cáscara que envuelve la hermosura!

¡Qué gozo al verte viva toda entera
bebiendo plenitudes, no retazos!
¡Qué engaño si amé sólo la frontera!

Patxi Loidi. La corteza. En la muerte de mi madre. Mar adentro

Con la música a otra parte





 
Y me la dejaste conmigo. Así te fuiste. Ahora el piano calla.
Ya no suenan pasodobles en el hueco de la escalera. Y la vecina ha dejado de tararear al tiempo que hace sus labores. Dice que nunca lo había hecho hasta que se convirtió en “la de enfrente” tuya.
No sólo la vecina y el piano te echan de menos. También en la parroquia, donde armonizabas las misas de las doce. En el centro de Puente Colgante ya ni se acuerdan del “Olé” y de cómo te ponías de seria cuando abrías el armonio y dabas las notas iniciales de cualquier popurrí de ambientación, mientras cantoras y cantores se preparaban para actuar; ya no queda nadie de los de entonces.
Las partituras que con tanto detalle manuscribiste reposan en la pequeña estantería del rincón. Y la llave para afinar hace tiempo que no trabaja. Hasta el polvo que espera, ha perdido la esperanza.
Pero la música que te llevaste sigue por aquí.
Parte de ella la tengo yo. No hay día que no cante mientras barro y friego, cavo el jardín o preparo y organizo salas. Sabes que me acompaña siempre que celebro lo que sea: una eucaristía, un bautizo… un funeral.
Me la diste y la acepté. Te cogí toda la que pude.
Mucho te enseñó aquel sacristán y organista de tu pueblo, Villalón de Campos, para hacer de ti “la señora que toca el piano” sin haber pisado un conservatorio. Y mira que insistimos Roberto y yo para que te apuntaras, cuando ya empezamos a no ser tan dependientes y te fuimos dejando tiempo para tus cosas. Te juzgaste ya mayor para empezar, y no lo hiciste.
Aún así te defendías bien. Pillabas al vuelo las melodías y las transcribías en el primer papel que tuvieras a mano. Así fuiste creando tu archivo particular, variopinto donde los haya; papel de envolver, de estraza, en el reverso de un sobre, en aquel folio que tiré a la papelera, en una hoja de propaganda escrita sólo por un lado, en el margen de una hoja de periódico… Y no ponías pentagrama y notas, que decías llevaba mucho tiempo, no. Ni clave. Lo hacías a la vieja usanza, poniendo do, re, la… en un galimatías que sólo tú podías comprender. Luego, al interpretarlo, sonaba tan bien… que qué importaba de dónde y cómo lo leyeras.
Hace ya más de siete años que no te oigo tocar; puede que sean casi diez. Los últimos años de tu vida te alejaron de la música, en realidad de cualquier sonido, y te sumieron en un silencio cruel. A ti, que te gustaba hablar hasta por los codos. A ti, que con la música nos amansabas a todos. A ti, que lo mismo te metías con un pasodoble, que con un bolero, que con los Sitios de Zaragoza de Cristóbal Oudrid. ¡Cómo me gustaba escucharte esta pieza! Y pasarte torpemente las páginas…

 
Ahora, cada vez que entro en casa miro instintivamente a la derecha, por si te veo sentada frente al viejo piano, las manos sobre el teclado, y el pie apoyado en el pedal…





 
No. Está cerrado. Tal cual lo dejaste. Así seguirá.













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