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Tú presi y nosotros con estos pelos…


Tierra de Campos



Buenos días. Ya estaréis informados de que Luis, nuestro prelado, es ahora el presidente de los obispos de España. Menuda carga le ha sobrevenido. Ya le he dado el pésame, solo a título individual, porque no sé cuál es vuestro sentir y la opinión que os merece.

Digo esto ahora porque estoy dando una vueltecita por la calle de internet, y hay opiniones y manifestaciones de todo tipo. Quien le alaba y quien le denigra. Hay incluso quien le pone como el muro español frente al que el papa Francisco se va a dar de cabeza.

Este es el panorama que ofrecemos como sociedad y también como Iglesia. Y en este medio, el lema del sínodo de la sinodalidad, CAMINANDO JUNTOS, es una realidad pero al mismo tiempo un sueño ilusorio.

Esta tarde nos reunimos en la parroquia para ofrecer el último testimonio que se nos pide antes de elevar todo el mogollón de aportaciones de la Iglesia Mundial a la consideración de los señores obispos en octubre próximo. Afortunadamente no es nuestra última palabra definitiva, es solo la de este momento. Por delante habrá otros muchos momentos en los que tendremos oportunidad de decir "últimas palabras".

Y ante esto se me ocurre una reflexión, que posiblemente ya la he expresado anteriormente, casi con toda seguridad que sí, pero ahora no recuerdo cuándo y cómo. Y es esta: sea lo que sea lo que el futuro nos depare, esta hora es la nuestra; quien calle, habrá callado, y nunca sabremos qué pudo haber dicho y por qué no lo dijo; quien se exprese, ahí estará lo que diga, y será para todo el conjunto, para bien o para mal, yo pienso que siempre será constructivo. Pablo dijo aquello de que uno aró, otro sembró, aquella regó y esta otra escardó… pero fue el Espíritu quien animó todo el proceso y el auténtico sujeto generador de esperanza. El Espíritu también actúa en el silencio, pero el suyo es atronador.

Habrá, por supuesto, quien quisiera mucho más, pero exigiéndoselo a otros. Y no faltará, y posiblemente sean multitud, una mayoría orante, que no se atreva ni a levantar la mirada, aunque la vista la tenga puesta en el horizonte, que le de igual lo que se exprese o se omita en este revolcón de ideas que pudiera terminar siendo el sínodo, porque su realidad es la que es y seguirá siendo en tanto habitemos este valle de lágrimas. Aceptará lo que se concluya, y le dará lo mismo: sabe que nada es definitivo hasta que el caminar concluya donde corresponde.

Si hay quien reza por el papa, para que se lo lleven pronto al cielo, hay también quien reza para que viva muchos años en la tierra. Pero nadie duda que a Francisco le seguirá otro, parecido, similar, diferente… que como todos recibirá el encargo de confirmar la fe de sus hermanos y hermanas. Sea como sea, una cosa, solo una es segura: Se nos examinará en el amor.

Ah, que con el rollo que acabo de escribir me olvidaba del motivo de esta entrada en el blog. Que sí, que aquel chaval que conocí en un pueblo de Tierra de Campos, estudiante universitario en Valladolid, ahora es el nuevo presi de los obispos. ¿Qué quedará en él de aquel zagal de los setenta? Es lo que dentro de muy pocos días podríamos comprobar, -si tuviéramos algún interés en ello-, en mi parroquia, porque tiene cita desde septiembre.

Luis, el arzobispo de Valladolid, viene a lo que viene, y no tiene que pasar ningún examen, al menos con nosotros. Gozosos celebraremos su presencia y aprovecharemos lo más posible lo que de él recibamos. Estoy seguro de que será mucho más de lo que merecemos.

Y ¿ahora qué? ¿El real Madrid otra vez campeón?




En una entrevista de Francisco papa con Antonio Spadaro s. j., de La Civiltà Cattolica el 19 de agosto de 1913 dijo: «Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar¡ Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental».
Ha llovido, ha escampado y ha sobrevenido sobre el mundo entero una tormenta de dimensiones sobreplanetarias de la que tardaremos mucho tiempo en liberarnos. Con todo patas arriba, la Iglesia no tiene más alternativa que reinventarse para seguir, no sólo al Papa y el Evangelio; para responder a las necesidades y expectativas del mundo y ser coherente con lo que se decidió hace cincuenta y cinco años en el Concilio Vaticano II: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia». (Constitución Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1)
Tras sesenta días, dos meses muy largos, con las puertas abiertas o cerradas pero impracticables para la totalidad del pueblo de Dios, se nos permite acceder, eso sí con cuentagotas y muchas prevenciones, al interior de nuestros templos ¿para qué?
Si fuera para volver al culto de antes, el de siempre, el que aprendimos desde pequeñines y “hemos ejercido” a la largo de nuestra vida, es muy posible, casi seguro, que nos equivocaríamos y no sólo defraudaríamos a quienes pretendemos servir, sino que ofreceríamos a nuestro Dios un culto, si no vacío, inútil.
Toca reinventarnos para ser otra Iglesia, la Iglesia que ya estaba inventada en el Evangelio porque Jesús soñó y propuso, y que la cristiandad hemos ido olvidando a lo largo de los siglos y la acomodación interesada a los usos y provocaciones del mundo ha hecho real e inamovible.
Puede parecer “recurrente” la cita, pero a mí no se me ocurre otra que el capítulo 25 del evangelio de Mateo, en su totalidad, pero especialmente los versículos 31-46:
«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.
Entonces los justos le contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
Y el rey les dirá:
“En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
Entonces dirá a los de su izquierda:
“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.
Entonces también estos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.
Él les replicará:
“En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.
Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
No será fácil por los mimbres con los que hay que contar— en exceso endurecidos y resecos—, pero no me diga nadie que la ocasión no es propicia. Ahora o nunca. Hasta morir en el intento.
«Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros». (Juan 14, 16-18)

Una buena noticia





Esta no me la estropean ni analistas políticos, ni  vaticanistas de medio pelo, ni siquiera puntillosos tradicionalistas tonsurados. Que el Vaticano, o sea la Iglesia Católica, termine dialogando y concordando con el gobierno de China es lo mejor que podría ocurrir para bien de los católicos de aquel país asiático.
Pensar que Francisco Javier y Matteo Ricci están en el origen inmediato de la fe de unos millones de habitantes del país más hermético del planeta, cuando se navegaba a vela y los viajes duraban una eternidad, y que por suspicacias hacia lo extranjero durante los últimos casi setenta años se ha privado de libertad, perseguido y maltratado a un colectivo cuya única pretensión es ser fiel a sus creencias, solamente con el nuevo acuerdo establecido considero satisfecho todo el esfuerzo que durante decenios han desarrollado los diplomáticos del papa.
Sin embargo, esto no acaba sino de empezar. Porque toca ahora que las dos comunidades enfrentadas, la “patriótica” y la “romana”, construyan la comunión entre sí, se perdonen y se acojan, reconstruyan o edifiquen lo que mejor les convenga, no renuncien a nada por su fe sino que sumen o multipliquen, y gocen de saberse abrazadas por el resto de iglesias de tradición romana.
Ya estoy imaginando que llega cómo vivir el Evangelio según el método chino*, y estoy convencido de que, como en los todo a cien, muchas parroquias van a verse implementadas por ideas y modos nuevos que no podremos desdeñar. No hará falta que ponga “made in China”, porque todos adivinaremos de donde procede.
Nota
*En pleno renacimiento, hace quinientos años, los jesuitas que evangelizaban en China se preocuparon por “inculturar” el Evangelio en lugar de imponerlo. Difícil lo tuvieron con Roma, y sólo se les entendió con el concilio Vaticano II.
Considero muy interesante la lectura de este enlace:

¡Uf! ¡Menos mal que tiene explicación!




A uno que está lejos de viejas historias, no le sonaba nada bien que el papa Francisco regalara una rosa de oro, fuera a quien fuera, y menos a la Virgen en su advocación de nuestra señora de Fátima. Pero una bondadosa persona se lo ha explicado y así le parece que suena menos mal.
Resulta que es una tradición en la Iglesia, que se inició en el siglo XI, eso de regalar rosas de oro.
La costumbre se remonta a la Edad Media, cuando los papas llevaban esa flor durante las procesiones del cuarto domingo de Cuaresma, el llamado domingo Laetare. El Papa Eugenio III puso en relación este hecho con la pasión de Cristo: el oro como símbolo de la resurrección y las espinas como símbolo del sufrimiento.
En otros tiempos, esas rosas se conferían también a dignatarios de la Iglesia, para distinguirlos, pero también para recordarles las responsabilidades asociadas al ser cristiano. El círculo de los que recibían rosas de oro se fue ampliando a reyes, príncipes, abadías y santuarios. Actualmente, solo los santuarios son objeto de esa predilección.
La rosa de oro es una condecoración otorgada por el Papa a personalidades católicas preeminentes, usualmente reinas. También la han recibido algunas advocaciones de la Virgen María. Fue creada por León IX en 1049. Como su nombre indica, consiste en un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche de oropel con el escudo papal. El Papa la bendice el cuarto domingo de Cuaresma. La unge con el Santo Crisma y se la inciensa, de modo que es un sacramental.
Con ésta, Fátima tendrá ya tres rosas de oro. La primera la envió Pablo VI, el 28 de marzo de 1965, durante la tercera sesión del Concilio Vaticano II. La segunda la entregó Benedicto XVI, durante su visita a Fátima, el 12 de mayo de 2010.

La tercera acaba de entregarla hoy mismo Francisco. A él le gustan mucho más las naturales, pero el protocolo es el protocolo. Y así estamos.
Y por la misma razón mi obispo, que además es cardenal, está ausente de los actos protocolarios en honor del patrono de mi ciudad, San Pedro Regalado; ha de acompañar a la comitiva papal en su visita a Fátima. De esta forma ha dado al traste con el programa de las fuerzas vivas ciudadanas que le asignaban el puesto principal en la ceremonia que en esta fecha se celebra en El Salvador. En mi pequeñez, recuerdo asomarme desde el mirador de la casa de mis abuelos para contemplar el revuelto que tal que hoy se organizaba en la coqueta plaza. Era tal el gentío que se convocaba que solo cabezas distinguía; sin reconocer a nadie, por supuesto. Pero mi abuela Jesusa sí lo conseguía, y daba gritos de alegría nombrando a personas por ella conocidas, de manera que aquella mañana era una fiesta también familiar.
Aprovecho la ocasión para rendir mi tributo particular a nuestro paisano Pedro Regalado.
“Saliendo San Pedro Regalado del convento del Abrojo para Valladolid, sin saber que hubiese fiesta de toros,
se escapó uno de la plaza y le acometió furioso, el santo después de implorar al cielo, le mandó se postrase y lo ejecutó rendido.
Quitóle el Santo las garrochas y echándole la bendición le mandó que se fuese sin que hiciese mal a nadie, lo que ejecutó el bruto”.

(De la vida del santo vallisoletano, patrono de su Ciudad y de los Toreros.)
 Lienzo pintado por fray Diego de Frutos.
San Pedro Regalado fue un monje franciscano que vivió en el S. XV y fue canonizado por sus acciones de caridad, su dedicación a los pobres y sus obras milagrosas. Nació en la calle de la Platería en 1390, hijo del hidalgo Pedro Regalado y Doña María de Costanilla. Muy pronto fue bautizado en la actual iglesia de San Salvador, que por aquel entonces se llamaba iglesia de Santa Elena.
Dicen que desde pequeñito ya mostraba verdadera devoción por las causas religiosas, y que se le podía ver cada día con su madre camino del convento de San Francisco (ya desaparecido y que entonces estaba en la Plaza Mayor) y que durante la misa, llamaba la atención siempre de las gentes por su disposición y colaboración durante las celebraciones.
Cuando contaba con tan solo 14 años, ocurrió algo que le influiría de manera decisiva en su vida: llega a Valladolid Francisco Pedro Villacreces, Maestro en Teología por París, Tolosa y Salamanca. Este religioso quería reformar la Orden Franciscana de Castilla y buscaba seguidores de su causa. Pedro decide unirse a él y parte hacia La Aguilera (cerca de Aranda de Duero) dejando Valladolid y despidiéndose de su madre para dedicarse a la vida regular.
En La Aguilera Pedro vivió dedicado a rezar durante doce horas diarias, a trabajar y recoger limosna y estudiar para ser ordenado sacerdote. En 1412 ofició por fin su primera Misa y a partir de entonces predicó la palabra de Dios por distintos lugares y empezó a ser conocido entre las gentes por realizar diferentes obras y realizar varios milagros de bilocación (es decir que testigos de la época indican que le vieron en dos lugares al mismo tiempo).
El milagro más importante por el que se le conoce está recogido en su proceso de canonización, y describe como Pedro, durante la madrugada de la fiesta de la Anunciación de la Virgen María, está rezando maitines en el convento de El Abrojo y al sentir añoranza de honrar a María en La Aguilera, se transporta y aparece en La Aguilera, que estaba a ochenta kilómetros, y tras honrar a la Virgen María, regresa de vuelta.
Su fama cobró tal importancia después de su muerte, que incluso la Reina Isabel la Católica visitó su tumba en el Monasterio de La Aguilera.
En el año 1746 el Papa Benedicto XIV decide declarar Santo a Pedro Regalado. Esta noticia tuvo gran impacto en la época en Valladolid y se celebró con gran júbilo y por eso ese mismo año se decidió nombrarlo  patrón de Valladolid.
Y además es el patrón de los toreros…
Uno de los milagros que se le atribuyen tiene que ver con ¡un toro!
Cuentan que saliendo San Pedro Regalado del convento de El Abrojo (cerca de Laguna de Duero) hacia Valladolid iba rezando con un compañero y les sorprendió un toro que se había escapado de la plaza mientras se celebraba una corrida.
Pedro se acercó al toro y tras clamar al cielo, le ordenó agacharse y el animal se sometió a él. Pedro le quitó los hierros, lo bendijo y le mandó partir sin hacer daño a nadie y así ocurrió.

Que viene el señor obispo


El obispo suele acudir a sus citas parroquiales, tanto si se trata de la visita pastoral como si de conferir el sacramento de la confirmación, acompañado de alguien, que le acolita en las celebraciones. Los párrocos poco tenemos que preocuparnos por el ritual suyo, salvo en los preparativos. Así me ha sucedido siempre. De los tres que me han visitado a lo largo de mi vida el más puntilloso ha sido don José Delicado Baeza y el que menos don Braulio Rodríguez Plaza.
Aún recuerdo cómo le pedíamos a don José que se desprendiera de la mitra y del báculo cuando oficiaba en la pequeña capilla. Pegaba con ambos en el techo. Por respeto a vosotros, nos respondía. No puedo celebrar en vuestra casa sin ser y aparentar lo que soy, vuestro obispo.
Don Braulio era menos exigente. Incluso un día prescindió de la estola cuando se dio cuenta de que se había puesto ya la casulla. Sin embargo era de crismar sentado y con el báculo en la mano, como mandan las rúbricas.
Las últimas seis veces ha venido Luis Argüello, siendo vicario general. Y no ha sido necesario tener en cuenta tanto ese ritual.
Al venir de nuevo, pero ya de obispo, no digo que vaya a perder frescura y espontaneidad; pero sí tendremos que agarrarnos al ritual de los obispos, que para eso está.
Esto me da pie para lanzar una queja cariñosa y con respeto a quien corresponda. Pase que en las Eucaristías estacionales se observe con todo detalle el ceremonial. El obispo en su sede y con su clero catedralicio y el resto diocesano, debe ejercer de tal con todas las cláusulas y consecuencias. Pero cuando se acerca a las parroquias, la liturgia debiera ser más cercana, con signos y gestos que no necesiten explicación porque se entienden a la primera. La gente normal y sencilla no necesita tantas cosas a las que no está acostumbrada ni entiende.
Con harta frecuencia la visita del obispo significa que la celebración se alarga sobremanera y se llena de ritos completamente desconocidos en la vida ordinaria. Al final, lo que queda es si ha mostrado cercanía en el trato, sencillez y claridad en su homilía, y no sale pitando diciendo que tiene prisa. Y si no ha corregido ni llamado la atención sobre pequeñas irregularidades que suelen darse en las parroquias.
Don José, por ejemplo, nos riñó porque no nos poníamos en pie ni de rodillas durante la plegaria eucarística. Isabel “la Chepuda” le hizo caer en la cuenta de que ni podemos movernos durante toda la misa de lo encajados que estamos en estos asientos aprovechados de un viejo cine desmantelado. Háganos una más grande, y verá como nos levantamos. No hubo réplica. Tampoco iglesia nueva… hasta que la hicimos nosotros. Cuando la visitó ni siquiera nos preguntó por el confesonario; a la vista estaba que no lo había.
En cierta ocasión, durante unos ejercicios espirituales, me tocó por turno concelebrar con un obispo, don Juan María Uriarte. Al terminar la Eucaristía, ya en la sacristía, a los cuatro que le acompañábamos nos recriminó que hubiésemos besado el altar, y nos aconsejó que consultáramos el manual. En efecto, sólo el obispo celebrante debe hacerlo, y los sacerdotes acompañantes hacen reverencia únicamente. Recuerdo aquel gesto con escozor. Fue innecesaria aquella regañina.
Luego he podido comprobarlo cuando he participado en la catedral en las pocas ocasiones en que me persono allí al cabo del año. Pero es que entonces estoy situado bastante lejos del presbiterio, y no hay ocasión propicia para ello. A distancia parece que no te sale el beso.
En fin, que el ritual de los obispos es asaz enmarañado y carente de significado para la mayoría de las personas que asisten a sus celebraciones muy de vez en cuando. Ejemplo de ello es esto que he encontrado, preparándome para recibir a Luis, obispo, en mi parroquia.

Pasos Para Acolitar Con Obispo

Ritos Iniciales:
1. Al iniciar la misa, el obispo después de besar el altar se le recoge el báculo y la mitra.

Liturgia de la palabra:
1. Cuando el obispo se sienta para escuchar las lecturas al igual que el pueblo, se le da la mitra.
Momento del Evangelio:
1. Una vez terminada la segunda lectura, el obispo le hecha incienso al incensario, después el diácono o sacerdote le pide su bendición para proclamar el evangelio, después se le recoge la mitra y se le da el báculo.
2. Una vez proclamado el evangelio, antes de que el sacerdote o diácono llegue hacia el obispo para que éste bese el evangeliario o el leccionario, se le quita el báculo. Una vez que besó el evangeliario se le da la mitra.

Momento del sacramento de la confirmación (cuando se realiza el sacramento de la confirmación)

1. Presentación (mitra)
2. Homilía (mitra)
3. Renovación de las promesas bautismal (mitra)
4. Imposición de manos (se le quita la mitra)
5. Unción del Santo Crisma (se le da la mitra y el báculo) una vez que terminó de
Imponer el Santo Crisma, se recomienda recoger el báculo y la mitra para poder lavarse bien las manos el obispo.
6. Oración universal (sin mitra)
Ofrendas
1. Una vez terminado la oración universal, el obispo va y se sienta para que el diácono o sacerdote preparen el altar con los dones, al momento de sentarse se le da la mitra. Una vez terminado el diácono o sacerdote de preparar los dones, éste invita al obispo para hacer oración sobre los dones, en este momento se le da el báculo y se le recoge cuando llegue al altar (es un movimiento rápido por ser a veces breves la distancia), una vez recogido el báculo se le recoge también la mitra.

Liturgia Eucarística:
1. Después de la oración sobre las ofrendas, se le quita el solideo (el Señor esté con ustedes…)

Ritos Finales:
1. Cuando ya se hay terminado de administrar la comunión, se guarda un momento de silencio (obispo sentado) en este momento se le da el solideo.
2. Al terminar la oración después de la comunión, se le da la mitra y el báculo, esto lo conserva hasta que llegue a la sacristía.

Ya me gustaría que se me explicara el sentido y razón de tanto coger báculo, quitarse mitra y ponerse bonete. O su contraria, que tampoco la entiendo.

Un ser humano completamente necesario, a pesar de todo


Sebastián y Kichijirô en Chinmoku (Silencio), 1971, de Masahiro Shinoda



Terminé la novela justo al amanecer el 6 de febrero, día en que la Iglesia Católica celebra a los mártires de Japón santos Pablo Miki y compañeros*. Silencio (Chinmoku) de Shūsaku Endō, una historia novelada, o una novela cuasi histórica, que relata un episodio concreto ficticio, —pero más que posible, probable— de aquella terrible época en el país del sol naciente en que se prohibió el cristianismo, siglo XVII. Apagué la luz y tardé demasiado tiempo en conciliar el sueño. ¡Qué difícil relajarse con la tensión acumulada!
Dejé de pensar en Sebastián Rodrigo, el jesuita protagonista, muerto en vida antes de morir definitivamente tras su gesto de apostasía simulada o real, allá él y sus circunstancias. Ocupó su lugar un personajillo descrito en la novela con muy peyorativos adornos: “En la habitación entró tambaleándose un borracho cubierto de harapos. Su nombre, Kichijirô. Su edad, veintiocho o veintinueve años. Por lo que respondió a las breves preguntas que le hicimos, supimos que era pescador, de la región de Hizen, cerca de Nagasaki, y que, antes de la rebelión de Shimabara, fue recogido por una nave portuguesa cuando flotaba a la deriva sobre el mar. Borracho y todo, era un hombre de mirada ladina. Durante nuestra conversación, con frecuencia desviaba la vista”.
Lejos de resultar un ser ocasional —y providencial— para que los jesuitas penetraran en la inexpugnable isla, Kichijirô va a ser permanente, tanto si está como si no. Su presencia ocupa toda la narración y densa la trama hasta extremos para mí insoportables. La mala impresión inicial del personaje no mejora con la acción, aunque hay pinceladas que le dulcifican en algún momento, y es el contrapunto que una y otra vez ha de enfrentar el protagonista en su lento progreso hacia su destino final. Aquel ser ignominioso, cobarde, mendaz, remolón y borracho va a convertirse en el yo de Sebastián cuando todo acaba:
“Aguzando el oído evocaba el rumor de la brisa tiempo atrás, cuando estuvo encerrado en el calabozo, el rumor de la brisa meciendo el follaje. Esa noche, como todas las noches, evocaba en su alma el rostro de aquel hombre. El rostro del hombre que había pisoteado.
—Padre, padre…
Se quedó mirando con ojos hundidos hacia la puerta, de donde venía aquella voz conocida.
—Padre, soy yo, Kichijirô…
—Yo ya no soy un padre —respondió en voz baja, abrazado a sus rodillas—. Márchate inmediatamente. Si te descubre el «otoña» vas a meterte en un lío…
—Pero usted puede oír todavía mi confesión…
—Qué sé yo… —el padre dobló la cabeza—. Soy un apóstata, un sacerdote apóstata.
—En Nagasaki lo llaman a usted el apóstata Pablo. No hay quien no sepa el nombre.
Abrazado como estaba a sus rodillas, el padre rió tristemente. Sin que nadie viniera a contárselo, sabía de tiempo atrás que le habían puesto ese mote. A Ferreira le llamaban el apóstata Pedro y a él, el apóstata Pablo. A veces venían los niños a la puerta y le daban la cencerrada gritándoselo.
—Por favor, escúcheme. Si puede oír confesiones, aunque sea el apóstata Pablo, déme la absolución de mis pecados. Por favor…
«¿Quién es el hombre para juzgar? ¿Quién mejor que el Señor conoce nuestra debilidad?», pensaba el padre en silencio.
—Yo vendí al padre. Y pisé también el «fumie»… —la voz llorona de Kichijirô seguía sonando en sus oídos—. ¿Sabe, padre? En este mundo hay débiles y hay fuertes. Los fuertes no se rinden al tormento y podrán ir al paraíso, pero los cobardes de nacimiento como yo, cuando los llevan al sitio del «fumie» y les dicen los guardias: «¡Pisa!», y les empiezan a dar tormento…
«Yo también puse mi pie sobre el «fumie». Este pie mío pesó sobre el rostro hundido de aquel hombre... El rostro en que soñé cientos de veces. El rostro en que no dejé de soñar errante por los montes y después en el calabozo.
Sobre el rostro del hombre al que quise amar toda mi vida. El rostro estaba vuelto hacia mí desde la tabla. Un rostro gastado, hundido, con aquellos ojos tristes. Y aquellos ojos tristes me dijeron: “Písame... Sí, písame. Tienes los pies doloridos como tantos otros que me han estado pisando hasta el día de hoy… A mí me basta que los pies os duelan. Yo participo de vuestro dolor, vivo vuestro sufrimiento. Para eso estoy en el mundo…”».
—Señor, me dolía que estuvieras siempre en silencio…
—No estaba en silencio. Estaba sufriendo contigo.
—Pero tú le dijiste a Judas: «Vete… ». Le dijiste: «Vete y haz lo que tienes que hacer». ¿Qué fue de Judas, Señor?
—Yo no le dije eso. Le dije a Judas «hazlo» como te he dicho a ti «pisa». Porque Judas tenía dolorido el corazón como tú tienes los pies…
Fue entonces cuando puso él su pie sobre el «fumie», sucio de sangre y de polvo. Los cinco dedos de su pie cubriendo el rostro del hombre que amaba. Aquel gozo violento, aquella emoción, no la podría él explicar a Kichijirô…
—No existen fuertes y débiles… ¿Quién asegura que los débiles no han sufrido menos que los fuertes? —Se puso a hablar atropelladamente, vuelto hacia la puerta—.
—Si no quedan padres en este país que puedan oír tu confesión, tendré que hacerlo yo. Di al final las oraciones de después de confesar… Vete en paz.
En Kichijirô la tensión había desaparecido. Lloraba ahora ahogando sus sollozos. Por fin se arrancó de la puerta. Él, Sebastián Rodrigo, había tenido la arrogancia de conferir a aquel hombre un sacramento que sólo los sacerdotes en activo podían dar. Sus compañeros le atacarían violentamente, le dirían que era un sacrílego; pero aunque a ellos los traicionase, sabía muy bien que a aquel hombre no le traicionaba. Le seguía queriendo de manera muy distinta que hasta ahora. Para llegar a ese amor todo lo sucedido hasta ahora había sido necesario”.
A lo largo de su apresurado proceso de acercamiento a la nueva realidad hasta ahora sólo contemplada desde la lejanía, Sebastián había lanzado antes esta queja al “vacío”:
“En tales ocasiones le hervía en el pecho la desesperación: «¿Por qué esto a mí?». No sabía si los misioneros de Macao y Goa se habrían enterado ya de su apostasía. Pero muy probablemente los comerciantes holandeses, a quienes se permitía residir en Dejima, junto a Nagasaki, habrían llevado ya la noticia hasta el mismo Macao y a estas horas habría sido expulsado de su orden misionera. y no sólo eso, quizá había sido despojado de sus derechos como sacerdote y lo miraría el clero como una lacra de la que había que avergonzarse. «Pero, ¿a qué viene eso? ¿Qué significa eso? El único que me puede juzgar por dentro es el Señor, no son mis compañeros… ». Se lo decía a sí mismo, mordiéndose los labios, sacudiendo la cabeza.
Y sin embargo, a veces a media noche, el fantasma de sus compañeros le desvelaba de repente y sentía sus uñas afiladas arándole el pecho por dentro. Entonces se le escapaba un alarido y saltaba de la cama. Tenía ante sus ojos un cuadro de la inquisición, la escena del juicio final que describe la Apocalipsis.
«¿Lo podréis entender? Sí, vosotros, los superiores de Europa y de Macao… » —y en las tinieblas se volvía a sus compañeros abogando por su propia causa. «Vosotros vivís tan felices misionando en sitios tranquilos y seguros, en sitios en que no azota asoladora la tormenta de la persecución, de las torturas... Os quedáis en la otra orilla y la gente os venera como a ministros de Dios fuera de serie… Generales que mandan a la tropa a un frente de combate y se quedan en la tienda de campaña al amor de la lumbre, eso sois vosotros. y, ¿cómo pueden esos generales censurar a un soldado que ha caído prisionero? Pero no. Todo esto son excusas tontas. Me estoy engañando a mí mismo» —se repetía negando lánguidamente con la cabeza. «¿Por qué estas disculpas degradantes? He apostatado, de acuerdo, y sin embargo, Señor, tú sabes muy bien, tú lo sabes, que yo no he renunciado a mi fe. El clero se estará preguntando por qué he apostatado. ¿Porque me aterraba el tormento de la fosa? Pues sí, eso es. ¿Porque no pude soportar los gemidos de los campesinos colgados de la fosa? Eso es. ¿Porque cedí a la tentación de Ferreira y pensé que si yo apostataba, aquellos pobres campesinos se salvarían? Exacto, eso es. Claro que a lo mejor ese ceder por amor era sólo una excusa para justificar mi propia debilidad… »”.
Kichijirô, por su parte, sólo se mira a sí mismo, no se engaña al verse como es, su escusa no le da más que para una queja lastimera, fatalmente inevitable, una disculpa que a pesar de ello le duele demasiado:
“Día nueve. Desde la mañana caía una lluvia menuda como neblina. El bosque que había frente a nuestra cabaña perdía sus contornos envuelto en la llovizna. Los tres cristianos subieron por el bosquecillo. Mokichi parecía un poco agitado. Ichizo, como siempre, fruncidas las cejas y el gesto reservado. Detrás de ellos, Kichijirô nos miraba con aire resentido, con los ojos tristones de un perro apaleado por su amo.
—Padre, y si nos mandan pisar el Cristo del «fumie»… —dijo Mokichi en un susurro, hundida la cabeza como si hablase consigo mismo. Si no pisamos, no sólo nosotros, todo el pueblo sufrirá el mismo interrogatorio. ¿Qué hacemos entonces, padre?
Sentí que el pecho me iba a estallar de pena y, sin más, le di una respuesta que ustedes probablemente por nada del mundo darían. Cruzaron por mi imaginación las palabras del padre Gabriel, tiempo atrás, en la persecución de Unzen, cuando le pusieron delante el «fumie»: «Prefiero que me corten la pierna antes que pisarlo». Sabía yo muy bien que muchos padres y cristianos japoneses habían sentido lo mismo, al verse frente a la santa imagen puesta ante sus pies. Y, sin embargo, ¿cómo iba a poder exigir eso mismo de estos tres pobres hombres?
—¡Pisadlo, podéis pisarlo! —grité, y al punto comprendí que había dicho algo que, como sacerdote, jamás debió asomar a mis labios. Garpe me dirigió una mirada de reproche.
Kichijirô seguía con los ojos empañados en lágrimas.
—Padre, ¿por qué nos manda «Deus» tantos sufrimientos? Si nosotros no estamos haciendo nada malo…”
...
“Por la rejilla del ventanuco podía ver a los guardias dando voces y más voces a un hombre embozado en su capote de paja. Debido al embozo no podía saber quién era, pero estaba seguro de que no pertenecía al grupo de los presos. Algo les suplicaba, pero los guardias se lo negaban con la cabeza y trataban de quitárselo de encima. No parecían hacerle caso. Sin embargo, de pronto:
—Si sigues así de pelma, te ganas un golpe, ¿oyes?
El guardia levantó en alto una estaca y el otro escapó hacia el portón como un perro callejero. Después volvió al patio y allí seguía inmóvil en medio de la lluvia.
Al anochecer volvió a mirar otra vez por la rejilla, y allí seguía el hombre del capote sin el menor desmayo, inmóvil en medio de la lluvia. Los guardias parecían haberse resignado; ya no salían de la garita. Cuando el intruso se volvió hacia él, se encontraron mirada y mirada. Miraba él hacia el padre con gesto amedrentado y reculando dos o tres pasos:
—Padre... —le dijo con una voz que más parecía el aullido de un perro—. Padre, escúcheme, por favor. Tómelo como confesión: escúcheme por favor…
El padre retiró el rostro de la ventana, cerró sus oídos a aquella voz. No podía olvidar el sabor del pescado seco, la sed que entonces le abrasaba la garganta. Aunque tratase de perdonar de corazón a ese hombre, el resentimiento, la ira, no se borraban de su memoria.
—¡Padreee… ! ¡Padreee… !
Continuaban las súplicas lastimeras, lo mismo que el niño que se agarra a las faldas de su madre.
—Yo, padre, le he estado engañando todo el tiempo. ¿No me quiere escuchar un rato? Pensando que a lo mejor el padre me despreciaba, le he estado odiando a usted y a los cristianos. He pisado el «fumie», sí, lo he pisado. Mokichi e Ichizo eran fuertes. Yo no tengo esa fuerza…
Los guardias perdieron la paciencia y salieron fuera estaca en mano.  Kichijirô seguía gritando mientras escapaba:
—Pero mire, yo tengo mi excusa. También los que pisan el «fumie» tienen su excusa. ¿O es que se cree usted que lo hice por gusto? Estos pies míos me dolían al pisarlo. Sí, me dolían. Dios me hizo cobarde de nacimiento y ahora me manda que imite a los valientes. ¿No es eso absurdo?
Eran verdaderos alaridos que se iban cortando, entrecortando más y más; después sólo una súplica; al final, la súplica se fundió en llanto.
—Padre, un cobarde como yo, ¿qué hace? ¿Qué puede hacer? Si entonces le denuncié, no fue por dinero, fue porque me amenazaron los alguaciles…
—Pero, ¿no te irás de una vez? Oye, largo, fuera —le gritaban los guardias asomando la cabeza por la garita—. Vamos, ya está bien de abusar…
—Padre, escúcheme. He hecho una cosa mala. He hecho algo que no tiene remedio. Guardias, ¡yo soy cristiano! ¡Encerradme en la cárcel… !
El padre cerró los ojos y se puso a recitar el credo. Realmente, sentía cierta satisfacción en abandonar a su suerte a aquel hombre que lloraba a gritos en medio de la lluvia. Aunque Cristo rezase, ¿sería por Judas por quien rezaba, cuando Judas se ahorcó en el «campo de la sangre»? Nada de eso estaba en la Escritura, pero aun suponiendo que estuviera, él, en estos momentos, no podría asumir con sinceridad la misma actitud. No sabía hasta qué punto podría creer uno a aquel hombre. Sí, es verdad que estaba pidiendo perdón; pero él se inclinaba a creer que esos gritos se debían a una emoción pasajera.
Poco a poco los gritos de Kichijirô se fueron calmando hasta extinguirse. Miró por la rejilla y vio cómo los guardias, malhumorados, se lo llevaban a empellones al calabozo”.

No sé si Martin Escorsese (Queens, Nueva York, 17 de noviembre de 1942) ha atinado al traducir la obra de Shūsaku Endō (Tokio, 27 de marzo de 1923 – Keio University Hospital, Japón, 29 de septiembre de 1996) al celuloide. Tampoco si en 1971 lo logró Masahiro Shinoda (Gifu, Japón, 9 de marzo de 1931). No he visto ninguna de las dos películas. He leído la novela. He pasado muy mal rato. Tengo que volver a ella. Necesito releerla.

* Paulo Miki nació en el seno de una familia rica. Fue bautizado a los cinco años con el nombre de Pauro (‘Paulo’). Fue educado por los jesuitas en Azuchi y Takatsuki. Entró en la Compañía de Jesús y predicó el evangelio entre sus conciudadanos. El poder japonés temió la influencia de los jesuitas y los persiguió. Paulo Miki fue apresado junto con otros compañeros cristianos, conocidos como los 26 mártires de Japón; dos de ellos eran también jesuitas, el erudito Juan de Soan de Gotó y Diego Kisai, y los 23 franciscanos. Para servir de escarmiento a la población, fueron forzados a caminar casi 1.000 kilómetros, desde Kioto hasta Nagasaki, por ser la ciudad más evangelizada de Japón, y allí fueron crucificados el 5 de febrero de 1597. Paulo predicó desde la cruz su último sermón y se afirma que perdonó a sus verdugos, diciendo: «Yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio». Todos los mártires fueron canonizados por el papa Pío IX en 1862 junto con el religioso trinitario Miguel de los Santos, el santo bajo cuya protección me puso mi mamá al bautizarme y darme su nombre.

Los “dubia” de cuatro cardenales




Ayer me tocaba disertar ante mis compañeros curas del arciprestazgo sobre el capítulo 5 de la exhortación postsinodal Amoris Laetitia, de papa Francisco, en lo que constituye nuestra formación permanente, porque los curas se intenta que estemos al día en cuestiones que nos atañen. Se trataba de una reunión aplazada y no asistieron todos. Pero se terció el asunto y hablamos de muchas cosas, menos de lo que estaba estipulado.
Así el tema, el orden del día se fue haciendo sobre la marcha, es decir, hablamos de lo que se nos ocurrió y un poquito del documento del papa. Resultó interesante, a pesar de ello, porque de alguna manera tocamos lo del día a día, que para quienes nos dedicamos a “la pastoral” es lo que cuenta.
Entre todo ello, comentamos respecto de la oposición que Francisco papa está teniendo entre personas y grupos de algunos sectores que hasta ahora habían sido considerados firmes baluartes de la Iglesia Católica, íntegros y obedientes, libres y leales servidores. Alguno de los presentes manifestó no estar enterado de esta circunstancia y como pudimos intentamos ponerle al día.
Como entonces no tenía a mano mis apuntes, apenas pude sino darle unas pinceladas. Ahora con todo lo que necesito a la mano, puedo hablar con fundamento.
Cuatro cardenales de la Iglesia católica, los alemanes Walter Brandmüller y Joachim Meisner, el italiano Carlo Cafarra y el estadounidense Raymond Burke, han dirigido públicamente al papa estas preguntas sobre dudas que les han sobrevenido tras la lectura de Amoris Laetitia:
1- Se pregunta si, según lo afirmado en Amoris Laetitia (nn. 300-305), se ha vuelto posible conceder la absolución en el sacramento de la Penitencia y, por ende, admitir a la Santa Eucaristía a una persona que, estando vinculada por el matrimonio válido, convive more uxorio con otra, sin que se hayan cumplido las condiciones previstas por Familiaris Consortio n. 84 y después afirmadas por Reconciliatio et paenitentia n. 34 y por Sacramentum caritatis n. 29. ¿La expresión “en ciertos casos” de la nota 351 (n. 305) de la exhortación Amoris laetitia puede ser aplicada a divorciados en nueva unión, que siguen viviendo more uxorio?
2- Después de la exhortación post-sinodal Amoris laetitia (cf. n. 304), ¿sigue siendo válida la enseñanza de la encíclica de san Juan Pablo II Veritatis splendor n. 79, basada en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, respecto a la existencia de normas morales absolutas, válidas, sin excepción alguna, que prohíben acciones intrínsecamente malas?
3- Después de Amoris laetitia n. 301, ¿todavía es posible afirmar que una persona vive normalmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio (cf. Mt 19:3-9), se encuentra en situación de pecado grave habitual (cf. Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración del 24 de junio de 2000)?
4- Después de las afirmaciones de Amoris laetitia (n. 302) sobre las “circunstancias atenuantes de la responsabilidad moral”, ¿se debe considerar todavía válida la enseñanza de la encíclica de San Juan Pablo II “Veritatis splendor” n. 81, fundamentada en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, según la cual “las circunstancias o las intenciones no podrán nunca transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección”?
5- Después de Amoris laetitia n. 303, ¿se debe considerar todavía válida la enseñanza de la encíclica de san Juan Pablo II Veritatis splendor n. 56, fundamentada en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, que excluye una interpretación creativa del papel de la conciencia y afirma que la conciencia nunca está autorizada para legitimar excepciones a las normas morales absolutas que prohíben acciones intrínsecamente malas por su objeto?
He de añadir que esta forma de dirigirse al papa es normal y legítima, y ha ocurrido a lo largo de la historia de la Iglesia y seguirá ocurriendo, porque qué mejor cuando se tienen dudas que plantearlas a quien se considera sabe aclararlas y disolverlas. La publicación, sin embargo, y la misma expresión escrita de las cinco dudas, no me parecen aceptables.
Personalmente no dudo de que se hayan leído el documento íntegro los cuatro cardenales. Incluso opino que lo han entendido. Es más, me atrevo a afirmar que no tienen nada consistente en que apoyarse para hacer “estas preguntas”. Si las plantean y dan notoriedad a su gesto se trata, estoy convencido, de un gesto altanero y rebelde, que pretende atraer a su posición a quienes como ellos no están satisfechos con este papa. No quedarán aplacados con la respuesta que reciban, que no puede ser sino el mismo documento que critican, porque en él está respondida una a una las cinco dubia que tanto les agobian. Y si no se les contesta, Burke puede intentar llevar a cabo su amenaza: dirigir una “corrección formal” al papa Francisco.
¿Que es una corrección formal en la Iglesia? Dicho a lo llano: advertir a alguien de su herejía, es decir, de afirmar algo contra la doctrina firme y declarada como inamovible. En el caso de un papa como Francisco, declararlo hereje llevaría a su deposición, vulgarmente destitución.
Aclaro, para terminar, que Doctrina de la Fe que preside el cardenal Gerhard Müller ha afirmado recientemente que no hay ningún motivo para esta corrección formal. Oficialmente no hay declaraciones, sigue el silencio.

Thomas Becket



La muerte de Santo Tomás Becket”. Albert Pierre Dawant (1852-1923). Museo de Fécamp, Francia

No supe razonar por qué dentro de la octava de Navidad se celebra a este santo que, a primera vista, no encuentra fácil encaje en esta fecha, 29 de diciembre. Así lo dije, y me pesa no conocer, no saber, no poder justificar ni razonarlo.
Este noble inglés, devenido en arzobispo de Canterbury y Lord canciller de Inglaterra, murió asesinado por instigación del rey Enrique II de Inglaterra en las escaleras de la catedral durante el rezo de Vísperas.
T. S. Eliot lo inmortalizó en la literatura con la publicación en 1935 de su drama Asesinato en la catedral. Y Richard Burton lo sublimó, encarnándolo junto a Peter O’Toole, en el celuloide de 1964 Becket o El honor de Dios, dirigido por Peter Glenville.
Pero ya era inmortal desde que lo asesinaron. Europa entera se sublevó aquel año de 1170 ante la noticia de su muerte, reverenciándolo como mártir y estableciendo lugares de culto por diversos países y lugares. A tal punto se llegó que en 1173 fue canonizado por el papa Alejandro III, y en 1174 Enrique II tuvo que hacer penitencia pública ante la tumba del mártir, su enemigo.
Defensor de los derechos de Dios ante o frente a los abusos del rey me parece excesivo. Sí tenía visos de absoluto aquel rey que rescató viejos derechos y los enmarcó en sus Constituciones. Becket también defendía su parcela, la Iglesia, de la que era arzobispo, y no le faltaba altivez.
¿Dónde está el punto que necesito? El Derecho Canónico está muy bien como norma jurídica de la Iglesia, pero carece de la seducción que se requiere para dar la vida por él. No me vale, pues, este argumento. Mucho más empatizante resulta el derecho del Pueblo que movía al obispo Romero, de nuestros días, contra la oligarquía moderna.
En enfrentamiento entre los dos altos personajes, —que aún recuerdo de Burton y O’Toole—, llevó al papa Alejandro III a intervenir exigiéndoles hacer las paces. ¿Sería su obediencia la razón de su santidad?
O ¿fue lo que tuvo visos de conversión en la persona de Thomas, que de valido del rey y noble de hábitos palaciegos transmutó en líder eclesiástico de vida austera y penitente?
Las frases que la tradición le atribuye cuando le estaban asesinando “Una iglesia no debe convertirse en un castillo”, “En tus manos, Oh Señor, encomiendo mi espíritu” y “Muero voluntariamente por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia”, junto a la pila de milagros que se le atribuyeron inmediatamente, parecieron entonces razones suficientes.
Pues, que así sea.
Martirio de Santo Tomás Becket, esculpido en una clave de bóveda de la nave central de la catedral de Exeter, Península Cornualles.
Y ¿lo de la fecha? Muy simple, murió un 29 de diciembre. Nadie se molestó en buscar otra fecha teniendo esta tan a mano.

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