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Recolocando, puede considerarse alguna forma particular de adopción

 

     No son propiamente “juguetes rotos”, como se titulaba cierta peli de mis años mozos, y es seguro (con toda seguridad) que no les convenga ni el sustantivo ni el calificativo, pero han llegado a mí como objetos en desuso. No tiene nada de extraordinario su presencia en este sitio, en el que casi la totalidad del contenido, además del propio continente, está en su segundo, tercer, o… enésimo uso. Todo es reciclado, todo rescatado del olvido, todo resignificado. Y algunas piezas muy concretas y particulares gozan de un destino privilegiado: estar en exposición permanente, sea para el culto, sea para la contemplación, sea sencillamente para ocupar ese espacio dignamente.

     Su existencia me provoca cierta pena, algo de cabreo pero ningún gramo de nostalgia.

     Se trata de símbolos religiosos que atendían sentimientos muy arraigados en los domicilios familiares y que, superada la generación que los mantuvo, sobran por falta de espacio, ausencia de sentido o nula sintonía con la ética y la estética que ahora se requiere.
 
   

     Tengo algunas piezas colocadas aquí o allá, en lugares no públicos aunque no cerrados, y el resto aguarda almacenado en espera de otro emplazamiento o destino mejor. Se trata de imágenes del Niño Jesús en su cuna o sin ella, crucifijos desclavados de féretros que presidieron dormitorios y recuerdan a seres muy queridos pero ya olvidados, un cuadro de la Virgen de Guadalupe obsequio de la Asociación de Damas de Santa María de Guadalupe, un san Cristóbal, etc.

   

     Pero uno, puede que tenga suerte y viaje hasta Galicia. Es una imagen en escayola, pero muy digna, de un Corazón de Jesús sedente, podríamos decir “entronizado”.

     Como ya hay uno bien colocado, este otro aquí no tiene lugar, y será una suerte que viaje donde se le desea, en San Lourenzo de Oliveira.

   

     Ya está saliendo. Buen viaje y feliz aterrizaje…



¡Dónde voy yo con esto!


El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás. Pero además le crece la hierba. Y está bien, o no, según. Quiero decir que debe ser el único de toda esta zona que está en tierra, de modo que cuando está mojado hay barro, y cuando está seco, polvo. Eso es lo que no está nada bien. Ni el barro ni el polvo.

La hierba es el tercer elemento de mi patio. Sólo crece cuando hay tierra, aunque sea tan poca como la que cabe en las junturas de las baldosas de las aceras, o en las grietas del firme de las calzadas.

La hierba es bonita cuando está cuidada, pero es un incordio cuando hay que regarla, segarla, acariciarla…

La hierba de mi patio es más bien broza, casi rayando en maleza. Por eso la tengo a raya desde los principios. Y ¿cómo se la mantiene a raya? No regándola es la primera manera; si no se alimenta, no crece. Pero claro, las nubes también están ahí, y de vez en cuando descargan. Ese agua es bendición para las plantas… y también para las hierbas.

Este año ha llovido bastante, y la maleza de mi patio ha crecido lo que le ha parecido, o sea, hasta arriba del todo.

Normalmente para este problema tengo yo una solución, que es la segunda manera de mantenerla a raya: cortarla. Durante años, más bien décadas, me valí de una hoz, vieja y herrumbrosa, que para el efecto cumplía.

Los años fueron pasando, y también sobre mí. Llegó un momento en que dije, se acabó, ya no me agacho más. Y fui y me compré por 20€ una máquina de fabricación china que a trancas y barrancas iba sometiendo a la invasora hasta dejarla de muy pocos centímetros sobre el nivel del suelo. Ni cuento las paradas por calentamiento, averías y substitución del hilo, porque sería una historia sin sustancia ni interés. Sólo digo que fueron seis años de diálogo de tontos: con eso no puedes hacerlo, se te va a quemar, ese cacharro no sirve para eso, así aguantas muy poco, etc. Al fin, claro, se rompió.

Fui a por otra máquina similar. No era igual, sino parecida. Se quemó en media hora. Me dieron otra, pero avisándome, necesitas una desbrozadora, no una recortadora de bordes…

Lo pensé esa noche, antes de iniciar la nueva. Por la mañana ya tenía la desbrozadora que tanto me habían insistido yo necesitaba.

Aquí está.


El caso es que ahora que miro mi patio, con la hierba seca porque es julio, y miro a la máquina, con el depósito lleno de gasolina, me pregunto si no habré pretendido matar pulgas a cañonazos.

¿Deshaciendo el lío?




La necesidad obliga, la conveniencia aconseja. Y si la obligación no admite contemplaciones, lo que convenga es discutible y resulta interesante.
Este virus nos ha recluido en el más duro confinamiento que la historia recuerda. Han sido unos meses de perplejidad e impotencia, que nos ha incapacitado para llevar la vida que siempre hemos conocido. La práctica totalidad de la población ha observado escrupulosamente las indicaciones de la autoridad y mal que bien hemos ido salvando la gravísima situación en que esta pandemia nos metió allá por el mes de marzo. Ahora, en junio, empezamos a ver un poquito de luz al otro extremo del túnel. O ¿sólo son figuraciones?
El caso es que tras los primeros momentos de incertidumbre y agobio, en los que no supimos desenvolvernos con un mínimo de soltura, fuimos poco a poco reorganizándonos en todos los aspectos y órdenes de la vida personal y comunitaria.
No sé cómo, en el primer día de encerrona se me ocurrió unir a un grupo variado de personas de la parroquia a través de WhatsApp, con el fin de romper el aislamiento. Fue un acierto. Supongo que en aquellos días surgiría una pléyade de colectivos similares, desde la familia, la vecindad, el trabajo, las aficiones y un sinfín más. Me consta que en parroquias rurales también se establecieron conexiones a través de las redes sociales. Ha sido todo un descubrimiento.
Tras unas semanas de intercambio de saludos, reenviados y comentarios del más variado espectro, en el chat “Guadalupe liando en casa” iniciado en la tarde del domingo 15 de marzo, a las 20:35, se empezó a hablar de la conveniencia de emitir de alguna manera las celebraciones litúrgicas paralizadas y que iban a reanudarse a puerta cerrada (aunque aquí se mantuvo abierta) con motivo de la semana santa. Fue así como surgió @guadalupeliandoencasa, de Instagram que, tras setenta días emitiendo en directo, cede el puesto a “Emisión en directo de la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, de Valladolid –Youtube”, cuyas transmisiones de prueba han superado con éxito las expectativas iniciales. La webcam y el ordenador toma el relevo del móvil. Pero éste deja un resultado que será difícil superar por muchos medios materiales que se añadan. 

Decididamente han venido para quedarse, que diría el otro. No son el ideal. No lo son. La tele de siempre con El día del Señor es, era y será, una alternativa para muchas personas confinadas e imposibilitadas de acercarse a los templos. Estos medios de comunicación que cada quien organiza, algunos como yo en plan artesanal y en cierta manera chapucera, no. No son una alternativa. Y es más, espero que nunca lo sean.
Pero eso sí, no queda otra. Habrá que ir desliando lo que hemos confinado en casa para que sea el lío que hay que poner en el medio de este mundo desvencijado y desnortado por mor de un maldito bichito al que entre todos hemos dado alas y campa a sus anchas por todo el universo conocido. Y ese lío tan necesario requiere romper el aislamiento, superar los miedos irracionales, y, con prudencia y cabeza, detectar cuanto favorece esta situación demencial y erradicarlo/transformarlo, recolocar las cosas necesarias en su lugar correspondiente y empezar a respirar con libertad los nuevos aires de una normalidad que empecemos entre todos a crear.

Nosotros, yo incluido, de momento seguimos improvisando dando pasos adelante.

Santos y santas hay a patadas, técnicos y especialistas también

En estos tiempos raros hay cosas también raras. Una de ellas es que empezamos a ver a gente que nos recuerda en su manera de realizar su trabajo, ejercer su profesión, tratar a las personas, características, no diré cualidades ni valores, que antes sólo entendíamos en personas relacionadas con la religión. Así, por ejemplo, entendemos que el personal sanitario, sin distinción desde la cima hasta el valle, ha encarnado a lo largo de estos dos últimos meses lo que entendíamos siempre que hacían en tierras lejanas y en circunstancias extremas de penuria y sufrimiento quienes vocacionalmente se fueron a misiones. A poco extendimos esta forma de ver y en el grupo fuimos introduciendo a los miembros de cuerpo de bomberos, la policía, de los transportistas, del personal que trabaja en los supermercados, en correos, en los servicios de limpieza, en el ejército… y ya al final, y como coletilla, a quienes acompañaban en soledad y silencio los cuerpos de las personas que no lograron superar la enfermedad.
No se ha utilizado ni la palabra martirio, tampoco el vocablo santidad. Pero no me diga nadie que no han estado ambas flotando en el ambiente.
Bien. Nos han dado unas normas para poder comportarnos durante la pandemia de la covid 19. Y las hemos seguido, no digo que a pies juntillas, con una valoración de suficiencia alta cuando no de casi notable o excelencia. Ahora que se afloja algo la exigencia primera, tendemos a la “nueva normalidad” que conlleva, por fuerza de nuestra condición perversa, al olvido o incluso al rechazo. Santos? Mártires? Simples profesionales que para eso les pagamos. Que bien cobran. Y así…
Baja un poco el ritmo, y nos avisan que no bajemos la guardia, que esto va a durar y sigue siendo muy serio. Y llega, como no, el tiempo de la resistencia. Y cuando esto ocurre, vuelve a suceder lo mismo que antes: pero de un modo diferente. Si hay que ingeniárselas no se puede esperar a que sólo lo hagan los especialistas, todo urge y exige.
Pienso que de esa manera se inventaron la croquetas y los filetes rusos. Así se crearon bonitos cobertores de vistosos dibujos y llamativos colores, que ahora conocemos como creaciones de patchwork. Y así también mi mamá me tejió  jerseys, chalecos y diversidad de bufandas con hilos y lanas de sobras de aquí y de allá.
Mirando al pasado nos maravillamos que las sobras del pollo, las peladuras de los huesos o un revoltijo multicolor de hebras de lana tuvieran un mejor fin que el montón de la basura en el medio del corral. Y no nos cortamos un pelo de comer esas delicatessen en el chiringuito de moda o de traer de una tienda del centro unos cojines para ver el futbol de la tele.
Pero fueron fruto de ejercicios de resistencia frente a la adversidad más fea, la pobreza más extrema, la amenaza más temible.
Exactamente como ahora, entonces nuestros mayores dijeron: Que viene a por nosotros, que nos quiere matar, lucharemos, nos defenderemos, lo derrotaremos.
Tras la defensa numantina empieza la batalla. No nos arredraremos, no bajaremos la cara, no seguiremos encogidos por el miedo. Con miedo pero no impotentes ni incapaces. Mucho menos apáticos y abúlicos.
Y con estas ideas tan lustrosas, esta tarde tras la siesta me he puesto a resolver el asunto de cómo empezar a entrar en nuestro templo sin prisas pero sin pausa. Hay que sacudirse el miedo y hay que animar al personal. Eso sí, con cabeza en cualquier “filicustancia”.

Streaming es un gerundio muy raro


Reconozco que esta imagen me impresionó cuando el otro día, 27 de marzo, viernes, el Papa Francisco apareció en mi pantalla caminando torpemente por la rampa de acceso al "sagrado" de San Pedro del Vaticano con la plaza totalmente vacía.


La sensación de pequeñez se me aumentó en esta imagen de Francisco acariciando suplicante la talla del Cristo de San Paolo al Corso.


Esta bella composición reconforta mi alma y la caldea: sabemos en manos de quien estamos.


Pero no era de esto de lo que hoy quería escribir, sino de un gerundio que me ha llegado de sopetón y me ha obligado a improvisar a marchas forzadas.
Se escribe “streaming” pero yo lo leo “estoy con vosotros estando”, porque he descubierto que puedo meterme en casa de mis amigos sin entrar por la puerta, y si se me apura sin moverme de mi casa.
La peste del siglo XXI que provoca el coronavirus, covid 19, nos ha confinado al pequeño recinto de nuestra intimidad, pero ni nos ha mutilado las ganas de hablar ni las de reunirnos. Y a mí, en particular, tampoco me ha mermado el afán de hacer lo que esté en mi mano para suplir las carencias que esta situación sobrevenida nos está acarreando. Y ya que Mahoma no puede ir a la montaña, será la montaña la que se desplace hacia Mahoma.




Con la ayuda de un vecino mató mi padre el cochino. Con la ayuda de mis feligresas he sabido transmitir en directo la celebración de la Eucaristía. Así ya puedo hacerlo, porque yo solito no quería.


(Se me estaba olvidando un detalle. Emitimos a diario desde guadalupeliandoencasa de Instagram)

En estricto cumplimiento de nuestros deberes cívicos




Esta Comunidad no expondrá a ninguna persona al contagio, ni participará en una celebración presencial  de la Eucaristía desvirtuada por las condiciones en que habría de realizarse de acatar el Real Decreto por el que se declara el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19:  no permitir la asistencia de personas en situación de riesgo, mantener una distancia mínima de un metro entre las personas presentes y hasta sólo un tercio de la capacidad del recinto.
Unido el arciprestazgo entero, se han suspendido las actividades propias de la parroquia, incluso las celebraciones de la Eucaristía.



Hay quien opina que no se va a entender esta determinación, y que a muchas personas no les va a gustar quedarse sin misa, o que no haya misas en las parroquias. Por supuesto que a quienes hemos tomado esta decisión tampoco nos gusta. Como tampoco nos gusta que un virus venga a fastidiarnos la vida, la economía y hasta la salud.
Esta medida temporal, aunque sea incierto el período que dure, no va a menguar nuestra fe, ni debiera impedirnos vivirla con la intensidad que la cuaresma solicita. Incluso pudiera ayudar a hacerla más lúcida y fecunda. Pudiera resultar provechoso sentir carencias reales y comprobar que con frecuencia ganamos si, en vez de más, tenemos o podemos menos; y tanto voluntarias como forzosas pero asumidas, esas disminuciones nos colocan en un mismo plano y nos dan el nivel de solidaridad suficiente y necesario para mirar a los ojos de los demás sin avergonzarnos ni engreírnos.
Por supuesto que ya tenemos la dispensa de la autoridad competente para “las misas a las que no podamos asistir” y que podremos suplir por los diversos medios de comunicación: televisión, radio e internet. Hay cantidad y variedad.
Yo coloco este enlace de información sobre misas en diversos horarios e idiomas y que cada quien haga su plan.

Y por lo demás, tranquilidad, porque no todo está en nuestras manos, pero Él siempre está con nosotros.

Un hito del año que termina, 2019:
La Cruz de Lampedusa


Quiso el destino… (!Pero qué estoy escribiendo!)

!Gracias a Dios¡ la Cruz de Lampedusa no pasó de largo por mi ciudad, y tuvo a bien hacer parada y fonda en la parroquia de Guadalupe, cuando, enviada por papa Francisco a recorrer mundo, llamó a las puertas de esta diócesis mesetaria, donde bien viene que de vez en cuando nos recuerden que de aquí salieron los almirantes de Castilla a "descubrir" surcando aguas inmensas y repletas de temibles desafíos.

No sólo no pasó de largo; llamó a nuestra puerta y pidió hospedaje. Ocurrió los días 26/27/28 de octubre.



Hecha con madera de los restos de los cayucos destrozados contra los acantilados de Lampedusa, cuyos ocupantes yacen en la gran fosa común en que se ha convertido el Mediterráneo, mare nostrum le decimos, carece de atractivo alguno, y su aspecto es el de un patíbulo sombrío.


El 8 de julio de 2013 el Papa Francisco hizo su primer viaje fuera de Roma a la isla italiana de Lampedusa. Días antes había naufragado un barco con refugiados de los que 349 murieron. Se calcula que en los últimos veinte años han muerto cerca de 20.000 personas entre Libia e Italia, sin contar con los que han muerto en otras zonas del Mediterráneo.
Allí el Papa Francisco dijo: “¿Dónde está tu hermano? ¿Quién es el responsable de esta sangre? ¡Ninguno! Todos responden igual: no he sido yo, yo no tengo nada que ver… Hemos caído en la globalización de la indiferencia”.
El 9 de abril de 2014, la Fundación italiana “Casa del Espíritu y de las Artes” presentó al Papa Francisco una cruz hecha con tablas de barcos naufragados frente a Lampedusa. El Papa la bendijo y les encargó: “Llevadla por todas partes”.


Esta cruz, que ha puesto en circulación Francisco tras haberla venerado con sus lágrimas para suscitar en nosotros la misma conmoción, tiene la piadosa encomienda de recordar al mundo entero la cruel realidad de una parte bien importante de humanidad que sufre el desarraigo, el miedo, la incertidumbre, el hambre, el frío, la persecución, el abuso, la violencia… Y que no importa de dónde venga y a dónde se dirija, cada ser humano que la constituye es una persona ninguneada, descartada y desechada como algo despreciable en este festín mundano y perverso en que nos estamos convirtiendo, si no corregimos a tiempo la deriva de nuestro común destino.


Ante esta cruz oramos con palabras del Papa:
Dios de Misericordia, te pedimos por todos los hombres, mujeres y niños que han muerto después de haber dejado su tierra, buscando una vida mejor.
Aunque muchas de sus tumbas no tienen nombre, para Ti cada uno es conocido, amado y predilecto. Que jamás los olvidemos, sino que honremos su sacrificio con obras más que con palabras.
Te confiamos a quienes han realizado este viaje, afrontando el miedo, la incertidumbre y la humillación, para alcanzar un lugar de seguridad y de esperanza.
Así como Tú no abandonaste a tu Hijo cuando José y María lo llevaron a un lugar seguro, muéstrate cercano a estos hijos tuyos a través de nuestra ternura y protección.
Haz que, con nuestra atención hacia ellos, promovamos un mundo en el que nadie se vea forzado a dejar su propia casa y todos puedan vivir en libertad, dignidad y paz.
Dios de misericordia y Padre de todos, despiértanos del sopor de la indiferencia, abre nuestros ojos a sus sufrimientos y líbranos de la insensibilidad, fruto del bienestar mundano y del encerrarnos en nosotros mismos.
Ilumina a todos, a las naciones, comunidades y a cada uno de nosotros, para que reconozcamos como nuestros hermanos y hermanas a quienes llegan a nuestras costas.
Ayúdanos a compartir con ellos las bendiciones que hemos recibido de tus manos y a reconocer que juntos, como una única familia humana, somos todos emigrantes, viajeros de esperanza hacia Ti, que eres nuestra verdadera casa, allí donde toda lágrima será enjugada, donde estaremos en la paz y seguros en tu abrazo.



Hipérbole de nuestra condición humana, unos maderos que junto con su peana de acero pesan apenas 25 kilos, viajan dentro de unas hermosas cajas que hacen casi imposible su transporte (cada una de ellas pesa más que los dos travesaños de la cruz), pero dignifican lo que de otro modo pasaría de incógnito.
A esta cruz han venerado multitudes, incluso besado o abrazado (a pesar de las estrictas normas de funcionamiento que lleva en fotocopia plastificada anexa que desaconsejan expresamente tocarla), ante ella se han postrado en silencioso recogimiento, en su presencia se han celebrado un sinfín de liturgias en Italia, Francia, Portugal y España.
Nosotros tuvimos la suerte de celebrar la Eucaristía por la mañana, por la tarde el viacrucis y en la noche una vigilia que concluyó con esta plegaria tomada prestada pero hecha propia al recitarla juntos en la fe:
Te doy gracias, Dios, Padre, porque nos has creado diferentes los unos de los otros. Nuestros rostros tienen todos los colores, y tu luz se refleja en esta variedad. Te doy gracias porque nos has dado lenguas distintas que expresan la gozosa diversidad de la vida y hablan de Ti de mil maneras. Mi hermano es distinto de mí, y esto es bueno, y esto es la riqueza de todos. Y esta diferencia me obligará a esforzarme para entenderlo, y le obligará a él a esforzarse para entenderme a mí, y esto nos hará crecer a los dos. Te alabo, Señor, porque nos podemos descubrir unos a otros y podemos vivir la alegría de encontrarnos; porque podemos compartir lo que somos y ofrecernos mutuamente. Y por encima de todo te doy gracias porque Tú eres nuestra unidad. Tú estás presente en cada hombre y en cada mujer, en cada país y en cada ciudad, en cada pueblo y en cada barrio, en cada lengua y en cada color de piel. Tú eres Dios, y nos unes en Jesús, tu Hijo, hermano de cada uno de nosotros.


Y un viacrucis de papel


Estamos en Pascua, tras una Semana Santa muy normalita. Normalita aquí en casa, porque por ahí fuera, en la calle, no hay calificativo aumentativo que lo adjetivice con suficiencia, al decir de las lenguas que se publican.
Con discreción, pues, que es lo nuestro, y es de suponer que también con hondura. Lo uno y lo otro son imprescindibles en el asunto que tratamos.
Pocos y muy bien avenidos, en permanente complicidad, nos lo hemos montado a nuestra manera, como en casi todo lo demás.
Empezó la cosa con el corte de calle, justo para atravesarla ramos en ristre al canto tradicional de ¡Gloria al Hijo de David! que ya muy poquitos recuerdan, y pidiendo humildemente perdón por impedir el tránsito rodado durante unos minutos, los justos de bendecirnos a todos y empezar la procesión de las palmas.
Jueves y viernes en nuestro habitual estilo, sin tocar campanas ni redoblar tambores, y sábado de gloria, más bien ya domingo, pasando alegremente de la penumbra a la luz esplendorosa. No faltó la hoguera al principio ni la pasta con licor familiar como agasajo y despedida. Entremedias, celebramos los misterios más mistéricos de nuestra fe.
Ninguna novedad, pues, al menos reseñable. Bueno, sí, aunque carece de importancia. Para el vía crucis nos inventamos, porque lo encontramos, catorce estaciones que guiaran el camino.
En los tiempos antiguos salíamos al jardín y según quien portara la cruz fijaba cada momento estacional donde le parecía: debajo de la acacia, junto al banco adosado a la tapia, al pie del cedro, en la puerta pequeña de la calle, en el arranque de la escalera… Así desgranábamos los catorce, o los quince, pasos de nuestro itínere, que concluía dentro otra vez sudorosos o ateridos dependiendo de la climatología reinante.
Desde que pasamos al renovado edificio, no hemos tenido tampoco regla fija: unas veces hemos permanecido estáticos, otras en movimiento.
¿Hace falta algo en la iglesia, candelabros, lampadarios, floreros? Gracias, no te molestes, estamos servidos. Ha sido la respuesta habitual cada vez que alguien mostraba deseos de aportar algún detalle para un templo apenas vestido de aditamentos. Aún así, tiestos con plantas fueron llegando en cantidad, unos con motivo de alguna celebración, otros porque ya no cabían en casa, y otros porque había mudanza y había que desalojar. La de regalar un vía crucis fue de las últimas ofertas. También ésta fue amablemente declinada; no queríamos quedar supeditados de por vida, que ya sabemos que hay regalos que los carga el diablo.
Este año, pensando que indicar con un cancionero tirado en el suelo o una maceta situada estratégicamente dónde había que hacer alto resultaba poco edificante para el guía con la cruz a cuestas, buscamos y encontramos un remedio y una solución: las láminas del pintor de la liberación, en koinonía, Maximino Cerezo Barredo, asturiano de Villaviciosa afincado en el Matto Grosso.
Y lo que en principio fue pensado como detalle en precario para el momento, está a punto de terminar inmortalizado para los restos.

Impreso directamente desde la página web del propio autor, adorna las paredes laterales, y tal vez ayude a entender y a vivir por qué creemos lo que creemos; el cómo puede que sea manifiesto. Y si no fuera así, que Dios no nos lo tenga en cuenta.
Es un vía crucis de papel, pero ahora es Pascua de verdad, la que os deseamos a todos, feliz y renovada, florecida por fecunda y permanente, solidaria por universal y cordial en tanto que agradecida.
Aprovecho que Luis me lo manda, y lo publico:


Que la luz venza a la oscuridad





A ninguno de los tres les hacía gracia que el solar resultante de aquella vieja nave industrial a partir del cual tenían que idear el nuevo templo parroquial estuviera encajado por ambos lados, aunque libre por delante y por detrás. La parte trasera permitía algún tipo de abertura por la que dejar pasar la luz, y la delantera, ya se vería. Pero que los laterales fueran completamente opacos hacía imposible iluminar y ventilar adecuadamente. Por fin dieron con la solución, la única que quedaba: iluminar por arriba. Había, pues, que echar mano del policarbonato. Y desde el principio, esta palabra pasó a ser la incógnita número uno de una larga lista que algún día publicaré en una obra que se hacía con mi presencia pero sin mi intervención directa o indirecta.
Las placas de policarbonato pueden ser transparentes o translúcidas. Y eran éstas precisamente las que interesaba emplear, porque sólo se quería luz, no mirar al cielo. Así pues, se dotó al edificio de un techo luminoso en todo el perímetro excepto en la fachada, que sí fue transparente porque lo pedí expresamente.
Terminada la obra, a todos nos pareció estupenda. Vista ahora, tras dieciocho años, tiene sus cosillas. Por ejemplo, la limpieza. Si complicado es mantener el cristal de la fachada por culpa del tramex que lo protege, limpiar las placas del techo es tarea imposible. Sellado por el interior y cubierto por el exterior por el tejado, nadie se ha atrevido a tocarlo a lo largo de este tiempo.
El polvo que se había ido filtrando a pesar de todos los pesares y la labor de arañas y otros insectos, todo ello bien conjuntado dejó a media luz, exagerando un poquito, lo que en principio era un recinto luminoso.
Hasta que, luego de una siesta reflexiva, me subí a la escalera, pegué un empellón al policarbonato y empecé con el plumero a quitar porquería.
Ha sido laborioso no sólo por el lugar, también por las dimensiones: dieciséis metros de largo y casi metro y medio de ancho de cada lucernario. He tenido que inventarme una herramienta después de estudiar durante todo un día cómo acceder a maniobrar sobre la cara superior desde la pequeña rendija que quedaba practicable.
El proceso ha sido engorroso, pero al fin está terminado.

¿Esa mancha? No es tal, es una mosca atrapada. Alguien quiso agilizar el montaje y obvió sellar la placa por su extremo oculto. Un fallo que no tiene solución… fácil.

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