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¡Animales!

¡Carlota! ¡Carlota! ¡CARLOTAAAAA!
Ni caso, por más que la gritaba. No es que no me oyera, no. Los otros tres, me lo estaban diciendo con su mirada y con sus orejas tiesas. Entérate, no quiere hacerte caso. Y es que Carlota es muy suya. Si hubiera estado sola habría venido a mí a dejarse acariciar en la frente. Pero a ella la gusta darse a notar, y ciertamente estando los otros al lado, ella como que no.
 
Al fin levantó  la mirada, no podía persistir en su tozudez, pero ya avisando con sus apéndices auriculares a media asta. Tienes que tenerme más consideración, me está diciendo. Delante de extraños no me agradan esos modales, no me grites que te oigo perfectamente.
Y lo entendí. Carlota para mí es mucho, no volverá a ocurrir. Así se lo dije.

Pero modales los que mostró el señor oca. Mientras llamaba a Carlota, él me embistía por la espalda con agresividad y alevosía. Aguanté lo que pude sus picotazos, pero cuando me volví entendió que no estaba para juegos. No le llegué a dar, pero ya se alejaba…
Hay momentos que no se me dan bien, ni con las amistades, ni con los otros.

Una bellota


¡¿Truco o trato?! Oí gritar en la puerta desde la cocina donde estaba preparándome la cena. Salí secándome las manos y los vi en el dintel. No puede haber trato, no tengo ni un solo caramelo. Lo siento. Y mientras trataba de ingeniarme alguna otra explicación, mis dedos la descubrieron en el fondo del bolsillo de la zamarra. ¿Os vale esta bellota? Es muy dulce.
Uno de ellos la tomó y ambos respondieron ¡gracias!
No me la había comido por la mañana del puñado que cogí de la encina más bonita que haya visto en mi vida. Ella sola, al borde del acantilado que forma el monte con el valle, representa el último reducto que las labores agrícolas han dejado de lo que fuera un bosque impenetrable de robles, encinas, quejigos, atestado de conejos, ardillas, raposos y comadrejas.
No me cansaré nunca de hacer fotos a esta preciosidad.


Claro que poco más saqué, entretenido en escuchar el sonido de las hojas al caer sobre la hierba. Apenas hacía viento, y se desprendían sin prisas, como si fueran una lluvia mansa de mariposas en este otoño cálido, que más parece primavera.

Sólo una pincelada:


¡Es truco! Las verdaderas son estas otras, menos mágicas y mucho más entrañables:

 



Les llamé…



A gritos, como acostumbro. Carlota se hizo la esquiva y me ofreció su trasero, poderoso entre los poderosos.
El resto, salvo el señor oca, ni se molestó. Ahí está la muestra de su desplante hacía mí.
Visto que no estaba la tarde a mi favor, cambié de objetivo y me dirigí hacia el mundo vegetal. Ahí tuve suerte y pude explayarme. Así estaban las cosas según fui caminando:



Ya de vuelta, volví a probar; y, si no respuesta, al menos Carlota no me rechazó. Incluso “el blanco” amagó aproximarse. 
Lo mejor estuvo luego. Es sabido que en el corral el gallo es el amo. Y ese en concreto, además es belicoso. Trabajo me costó evitarlo. Convencido de que conmigo no hacían falta palos intimidatorios, terminó por refugiarse en el interior de la tenada, donde le esperaban las gallinas. Después que inspeccioné el lugar y recogí los huevos, salió rodeado de su tropa, no sé si a despedirme o a volver a chulearme.
Si sus intenciones no eran amigables, una gallina al menos se le iba de las plumas. Ahora, mientras me como este huevo fresco, frito con puntillas, untando golosamente el pan en la yema, me río recordando su porte altivo y el engallamiento con el que me recibió en cuanto me vio aparecer por su territorio.
Un gallo que se precie, no sólo tiene que serlo, también parecerlo.

Un traspiés lo da cualquiera…



¡Pero hombre, el día de tu cumple…! ¡Mira que romperte un pie!
¡Eso no lo hago ni yo, que dice el míguel que soy un patosón!
Pues nada, majo, que lo cures con salud, –lo del huesecillo–, y lo celebres por muchos años, –lo del cumple.
Y que yo te pueda felicitar otras muchas veces más. Pero a Pamplona ya no vuelvo, que te conste.

El otro día me vi con Carlota y me sopló que hace tiempo que no la visitas. Está deseando verte y darte un paseo por el valle. También te felicita y espera que tú la felicites, que es también su día.



Con cariño, Berto

Carlota


El pasado mes de abril, creo que el día 7, Carlota cumplió cuatro años. En realidad no hubo fiesta ni celebración ni nada. Pero como tengo unas cuantas fotos de ella, y estoy haciendo un experimento con Picasa [1], pongo aquí esta secuencia, para que se vea cómo se ha desarrollado la potranca.


12/04/2008


04/05/2008


10/08/2008


05/04/2009


02/11/2010


06/12/2011


15/04/2012


Perdón, Carlota. Ejem, ejem. Ya eres toda una señora yegua. ¡Y haz el favor de no mirarme así!


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[1] El experimento en cuestión consiste en que he subido estas fotos de Carlota a un album de Picasa y le he ordenado que sólo sea visible para mí. Compruebo, sin embargo, que las fotos de ese álbum se visibilizan si las utilizo en el blog.

Hoy es lunes de pascua, pero ayer fue Pentecostés

Vi desde arriba del camino que pastaban en la parte baja del prado, junto al río. Grité ¡Carlota!, y levantó la cabeza. Volví a gritar y se arrancó. Se trajo al resto. Bajé por el sendero, abrí y cerré portilleras, hasta llegar a ellos.
Carlota se adelantó y me metió el morro por el alto vientre, o bajo pecho según como se mire, y me apretó contra el pastor eléctrico. La sacudida me sobresaltó y ella pegó un respingo. Duró poco. Dejóme atusarla la grupa, rasparla el costado y la barriga, y terminé frotándola entre los ojos con el dedo. Le espanté las moscas de los ojos y ella permitió que le abrazara la cabeza, quieta, hasta que se me pasó.
La muy tunanta se dejaba hacer. Luego se apartó un poco y fue entonces cuando tiré las fotos.

Ya es mayor. El Jefe la ha enjaezado y ella, dejándose hacer, le ha llevado por donde ha querido. No ha hecho falta más historias. Cuarenta meses han hecho de aquella potrilla todo patas, una yegua hecha y derecha, con unas poderosas ancas que igual porta un jinete que tira de una montaña.
Fue uno de los mejores momentos de la tarde.
Otro fue ver cómo Gumi corría despavorido al sonar el primer cohete. Empezaba la procesión. No se alejó, qué va, fue a buscar refugio donde sabía que lo había: al coche. Y en su lugar, al prado, donde siempre encuentra abrigada.

Otro tunante que ya empieza a ser mayor.
Tras una mañana plena de gozo celebrando con mi gente la Fiesta del Espíritu, Pentecostés, una tarde no menos sabrosona de campo y pueblo, valle y prado, mesa y sobremesa.
Al anochecer, abro el libro Oraciones de vida, de Karl Rahner, el teólogo, el místico, el poeta, el hombre; y leo despacio, desgranando las palabras, buceando por encontrar el sentido profundo que encierran y ofrecen:

ESPÍRITU SANTO

Señor Jesucristo, Hijo del Padre, sacramento de la vida, pan de los peregrinos, viático y término, camino y patria, seas adorado, amado y loado en tu sacramento.
Señor, hoy es pentecostés. Hoy celebramos el día en que Tú, levantado sobre todos los cielos, sentado a la derecha del Padre, derramaste sobre nosotros el Espíritu prometido, a fin de permanecer Tú con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos, y por Él continuarás en nosotros tu vida y muerte para gloria del Padre y salud eterna nuestra.
Señor, mira los espíritus que nos oprimen y danos el carisma de discernimiento de los espíritus. ¡Qué propio de pentecostés sería este don!
Danos el conocimiento, que se abona en el diario quehacer de que, cuando te buscamos y deseamos, el espíritu de tranquilidad, de paz y confianza, de libertad y sencilla caridad es tu Espíritu, y todo espíritu de inquietud y de angustia, de estrechez y de plúmbea amargura es, a lo sumo, espíritu nuestro o de la oscura profundidad.
Danos tu Espíritu consolador. Sabemos que también en el desconsuelo, sequedad e impotencia psíquica debemos y podemos serte fieles; sin embargo, nos es lícito pedirte el espíritu de consuelo y fuerza, de alegría y confianza, de crecimiento en fe, esperanza y caridad, de generoso servicio y alabanza de tu Padre, el espíritu de tranquilidad y paz. Destierra de nuestro corazón la desolación espiritual, las tinieblas, la confusión, la inclinación a las cosas bajas y terrenas, la desconfianza sin esperanza, la tibieza, tristeza y sentimiento de abandono, la disensión y el sofocante sentimiento de estar lejos de ti.
Pero si a ti te pluguiere llevarnos también por esos caminos, déjanos, te pedimos, por lo menos en esas horas y días, tu santo espíritu de fidelidad, de firmeza y constancia, a fin de que, con ciega confianza, prosigamos el camino, mantengamos la dirección y permanezcamos fieles a los propósitos que hicimos cuando tu luz nos iluminaba y tu gozo dilataba nuestro corazón. Sí, danos entonces, en medio de tal abandono, más bien el espíritu de animoso ataque, de pertinaz «a pesar de todo» en la oración, en el vencimiento propio y en la penitencia. Danos entonces la incondicional confianza de que, ni aun en esos momentos de abandono, somos abandonados de tu gracia; de que, sin sentirte, entonces sobre todo estás con nosotros, como la fuerza que saldrá victoriosa en nuestra impotencia. Danos el espíritu del fiel recuerdo de tus amistosas visitas pasadas y del otear las pruebas sensibles de tu amor, que vendrán. Haznos confesar en esas horas de desconsuelo nuestro pecado y miseria, sentir y reconocer humildemente nuestra flaqueza y que Tú sólo eres la fuente fiel de todo bien y de todo consuelo celestial.
Cuando tu consuelo nos visite, haz que venga acompañado del espíritu de humildad y del propósito de servirte aun sin consuelo.
Danos siempre el espíritu de fortaleza y de resolución animosa, para reconocer el ataque y la tentación, no disputar con ella ni entrar en componendas, sino decir rotundamente que no, pues ésta es la más sencilla táctica de combate. Danos la humildad de pedir consejo en las situaciones oscuras, sin falsa locuacidad y espejismo roto, y también sin la necia soberbia que nos dice debiéramos arreglárnoslas siempre solos. Danos el don de la sabiduría del cielo, para conocer los puntos flacos de nuestro carácter y de nuestra vida y velar y luchar con la máxima fidelidad allí donde somos más vulnerables.
Danos, en una palabra, tu Espíritu de Pentecostés, los frutos del Espíritu, que, según tu apóstol, son: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia. Si tenemos este Espíritu y sus frutos no somos ya siervos de la ley, sino hijos libres de Dios. Entonces el Espíritu grita en nosotros: Abba, Padre. Entonces intercede por nosotros con gemidos inexpresables; entonces es unción, sello y arras de la vida eterna. Entonces es la fuente de agua viva que brota en el corazón y salta hasta la vida eterna y susurra blandamente: «Ven al Padre».
¡Oh Jesús, envíanos tu Espíritu! No te canses de darnos tu don de Pentecostés. Aclara el ojo de nuestro espíritu y afina nuestra capacidad espiritual para que podamos discernir tu Espíritu de todos los otros. Danos tu Espíritu para que de nosotros se pueda decir: «Si mora en vosotros el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos, Él resucitará también vuestro cuerpo mortal para la vida por medio de su Espíritu que mora en vosotros». Es Pentecostés, Señor: tus siervos y siervas te piden con la audacia que Tú les mandas: Haz que también en nosotros sea Pentecostés. Ahora y para siempre. Amén.
[Karl Rahner. Oraciones de vida. Publicaciones Claretianas. Madrid 1986, págs. 105-107]

A, ante, cabe, con, hacia, hasta, para, por, según, sobre, ¡tras! Carlos




Naciste un ocho de abril, igual que Carlota.
Te pusieron nombre de emperador, como a Carlota.
Fuiste el tercero, el de la vencida. Aquí Carlota ya no pinta nada.
Creciste rápido y lucido, estudioso y jaranero. Fue culpa del deporte, y de otras muchas cosas.
Buena persona, buen hijo, buen compañero, buen amigo…
No se te vaya a subir; creéte sólo lo justo.
Te inclinaste por la medicina, que algo probaste en casa.
Dejaste el nido familiar y viviste de prestado; pagando, por supuesto.
Me adoptaste para no sentirte solo y me alojaste.
Muchas horas te ocupaban los estudios, vaya si las llevé por cuenta.
Pero cuando volvías me paseabas y me mimabas.
Me acostumbraste mal, y desde entonces mucho me gusta la cama. Pero no pa solo, bien lo sabes.
Hoy te licencias de médico, y preparas una fiesta.
Nos invitamos, te acompañaremos, lo disfrutaremos, te honraremos.
No me pidas que me quede a tu lado, no lo hagas. No podría hacerlo, ahora ya no.
Volveré con los míos, y tú continuarás con lo tuyo.
Pero sábete que te quiero, y que cuantas veces nos juntemos recordaremos que fuimos tú mi amo y yo tu perro.


Hoy por tu culpa madrugo, pero con gusto. Salgo p’allá corriendo. Enseguida llego.
Con cariño, Berto

¡Qué bonito es crecer!


I

Me llamo Pilar, pero también Astou. Mis papás querían mantener en mí los dos orígenes que debo tener, así que hicieron esto conmigo, ponerme Astou Pilar. Pero soy Pilar, porque nací aquí. Ya soy mayor, porque voy a cumplir tres años dentro de poco, casi en Navidad.

Ya me conocéis, porque Miguel Ángel os ha hablado de mí más de una vez. No sé si os ha contado lo más interesante, porque a mí no me preguntó. Por eso, aunque a lo mejor repita cosas, voy a poneros al día.

Mi papá es de otro país. Y se vino porque allí no podía vivir con su trabajo, y él quería casarse con mi mamá, y encargarme a mí en cuanto pudiera. Pero allí no quería hacerlo. El caso es que se vino y luego trajo a mi mamá, y luego me encargaron a mí. No me preguntéis, que yo no entiendo nada, sólo repito lo que me ha contado mi papá, y mi papá es muy listo.

A mi papá sólo lo tengo desde el viernes hasta el domingo, porque se marcha muy lejos. Dice que está trabajando.

El caso es que ya soy mayor, ya voy a la escuela y bien pronto voy a hacer tres años.

Y sabéis qué, este verano mi papá y mi mamá me llevaron a un sitio donde conocí a Carlota. Es muy chuli, y me dejó que me pusiera encima de ella. Con lo que debo pesar, ella se estuvo muy quietecita, se ve que está acostumbrada a esas cosas. Y cuando ya me cansé, -en realidad no me cansé, sino que fue por educación-, le dije al señor amigo de mi papá que me bajara.

Jo, que bien se estaba encima de Carlota.

II

Hola, me llamo Carlota. Y también este ser blancuzco y con pelos en la cara, que siempre me acaricia entre los ojos cuando va al prado, y me da azotitos en mi grupa, os ha hablado ya de mí, según me ha contado mi amo. No sé qué sabréis de mi vida, pero yo ya soy muy mayor, porque voy a hacer tres años muy pronto. Antes de que desaparezcan las heladas y vuelvan a brotar las yemas de los árboles, tendré tres años y ya podré ir con los otros a pasear llevando a alguien, porque hasta ahora estoy sin estrenar. Dice mi amo que antes de los tres, ni hablar de ello. Y como es él el que manda… Así que algunas veces salgo con ellos, y me llevan del ramal, pero eso no es nada diver.

El caso es que este verano me he estrenado antes de tiempo. Y no es para tanto como dicen los otros. La cabezada, una cosa rara que te ponen y que te enjaula desde el morro hasta las orejas, ya me la han puesto muchas veces. Pero eso otro que va encima, que se ata por la barriga y que te aprieta, eso no. Pero como vino Pilar, entonces dijeron que aunque era pronto no pasaba nada.

Me pusieron una manta y encima la otra cosa más. Y cuando comprobaron que estaba bien firme, subieron a Pilar y así estuvo un buen rato.

Yo me mantuve quieta, casi sin respirar, no se fuera a caer y se hiciera daño. Y como soy ya mayor aguanté y hasta me sacaron fotos.

Estoy deseando ser mayor del todo, para poder caminar sin ir del ramal. Voy a demostrar a mi amo que tengo mucha fuerza, y que le puedo llevar a dónde el quiera. Y si el de las barbas me lo pide, también le llevo a él.

¡Tengo unas ganas de ser ya mayor!
III

Yo soy Miguel Ángel y también ya soy mayor. No tanto como estas dos cosas tan bonitas que hoy me tienen ocupado, pero ya mismo me pongo a llegar a su edad en un plis plás. 

Astou Pilar y Carlota estaban destinadas a encontrarse. Era su destino. Todas las fuerzas de la madre naturaleza se habían coaligado para que así sucediera. Y por fin, ocurrió.

La niña que nació en España en lugar de hacerlo en Senegal, y la potrita que nació de una yegua condenada al matadero y salvada por la campanada que dio el Jefe llevándosela a tiempo a casa, ambas nacidas en invierno, este verano por fin se encontraron, se saludaron y firmaron un pacto eterno de amistad y de juegos.

Seguirán creciendo y jugando felices juntas porque tienen toda la vida por delante, y un futuro que no se torció porque, como ocurre tantas veces en la vida, sonó a tiempo la campana.





Me he entretenido en barajar unas cuantas fotos de su corta existencia, desperdiciando los últimos metrajes de estas vacaciones veraniegas, y las he adobado con música para que resulten más atractivas. Doy fe de que todo es artesanal, sin mezcla de artificio, y que las imágenes  que se exponen concuerdan plenamente con los originales.

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