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Si se calla el cantor




Conforme me acercaba vi el arco iris, pero como iba al volante no pude sacarlo. Tras aparcar lo intenté, pero ya no estaba. Aún así, por el camino de acceso al nuevo hospital, tiré la foto. A simple vista algo se apreciaba, pero la máquina no lo refleja. Creedme si os digo que entre esas nubes, hay algo.
Salí de la piscina de Parquesol satisfecho. Tras once años de asistir diariamente a mi sesión de natación, lograr treinta series en cuarenta minutos es para nota. Por eso pensé en pasarme a ver a Ladis, mi “sacristán” de La Arbolada, que está recién operado. Seguro que le alegro la tarde, me dije. Y así fue, no se lo esperaba y me demostró, a su manera, su satisfacción. Luego estuvimos charlando, en realidad él fue quien llevó toda la carga, y así me enteré de parte de su vida.
Nos interrumpieron para acostarle, y cuando me despedí de él ya estaba completamente esponjado. [Le estaba obrando el enema que necesitaba, porque desde el jueves en que le intervinieron estaba seriamente estreñido].
Los seres humanos, pensaba cuando ya volvía al corsa, somos así de simples. Un simple atasco intestinal nos desarbola y nos lleva a pensar incluso en la cercanía de la muerte. Ladis aún es joven para su edad, ochenta y tantos, (en realidad creo que desde que lo conozco no ha envejecido absolutamente nada), y el más activo espécimen humano de la residencia. Si él se para, no sé qué será del resto de nosotros, cura-capellán incluido.
El cielo estaba ya completamente cubierto, y el arco iris, si aún estaba por ahí, no quería dejarse ver. O tal vez ya no estuviera. En cualquier caso ya da igual, porque es de noche. Ladis dormirá a pierna suelta, sin próstata dañina y aliviado, y, no importándole una higa el arco iris, soñará con volver pronto a ocupar su lugar en donde es alguien importante y querido.

Gato blanco, gato negro



El otro día pasé un rato enchufado a la máquina y dejé unos centímetros cúbicos de plasma. Pura rutina, incluido el hecho de que mi tensión se dio a notar en los prolegómenos. Es el efecto bata blanca, también rutinario. Salí tras el reposo del guerrero y me zambullí en el trajín de la ciudad, sin notar el frío ni percatarme de la prisa que llevaba el personal. Regresé a casa después de unos cuantos recados que tenía pendientes y tiré el apósito del brazo, inútil ya porque se había desprendido. No hubo problemas, mi vena está bien.
Hoy salí de la piscina y caminé bajo un sol de invierno que irradiaba luz sin arrugas. Entré en el corsa, caldeado por la espera, y Luna me recibió moviendo el rabo y mirándome tras sus ojos chispeantes. Pensé en la comida que me esperaba, y me relamí. Arranqué y me dirigí sin prisas. ¡Qué siesta más rica voy a disfrutar!
Sé que en la máquina estoy ejerciendo de solidario, de persona generosa que da a los demás. Reconozco que en la piscina soy egoísta, que voy a disfrutar de un gozo solitario y que nadar no beneficia a nadie más que a mí.
Salí de hemodonación sin sentir pena ni alegría. Esta mañana, sin embargo, aún con el pelo húmedo casi palpo la felicidad.
¡Paradojas de la vida! El otro día la recepcionista del centro me dio las gracias. Hoy nadie me saludó al cerrar la puerta del complejo deportivo.
No es cierto que la felicidad se manifieste llamando la atención.



Esta tarde voy a probar


Me dije después de siesta, tras hojear por internet lo que se dice y comenta.
He terminado la prueba… y he despejado mis dudas. Me explico.
Yo tenía ya asentada una manera de nadar que me servía: mezclaba estilos, a ratos apretaba y a ratos aflojaba sin dejar de bracear y patalear, terminaba casi siempre en el mismo tiempo y salía del agua relajado y los deberes hechos.
Desde que cambié, no. Durante dos meses he practicado sólo un estilo, el crol, la w la omito por innecesaria. Y el resultado es que he ido más rápido, pero me he cansado mucho al comienzo, en las primeras vueltas, y nunca he podido saber cuántas he dado porque siempre me perdía en la numeración. Y lo que es peor, sólo nadaba. No había lugar para divagar…
Decididamente eso no me hace feliz. Y yo quiero serlo mientras nado. Con vuelta americana o con vuelta a la remanguillé, no ansío competir, sino divertirme. Y de paso hacer el ejercicio físico adecuado a mi edad y condición.
Así pues, volveré a lo acostumbrado.
Quien no se ha movido un ápice de lo que acostumbra es el que acaba de pontificar que en el espectro político español no hay partido político que pueda ser votado coherentemente por una persona católica. Incluso se pregunta si “es coherente que los católicos se integren en partidos políticos que acogen en sus programas propuestas diametralmente contrarias a los valores evangélicos”. Y claro, no encuentra ninguno libre del estigma.
Tampoco se ha salido de lo habitual aquel otro que, con palabras bastante más ofensivas, ha definido al partido en el gobierno como un nido de liberales e infectado por radicalismos perniciosos.
Hay un tercero que también es de piñón fijo. Con una diferencia respecto a los dos de antes: éste sí puede mover molino. Le he escuchado unos trozos de entrevista y lo he dejado. ¿Estará convencido de lo que dice? No me lo puedo creer.
Yo he probado cambiar, y no me conviene. Estos tres personajes no. Tal vez ellos no lo quieran, puede que ni les interese. Pero no se hacen ni idea de a cuántas personas nos gustaría que lo hicieran… o se callaran.
Pero no, que sigan hablando. Así sabremos dónde están.

Esta vez, sin liebre



Ni falta que hacía. Sólo ha bastado con mantener el ritmo y mirar al fondo, siguiendo la línea azul. Y contar, mientras braceaba, al tiempo que pensaba en si faltaba algo por organizar. No es fácil tener el hilo al tiempo que se nada, pero he adquirido experiencia, y la maña suficiente, para que mi rato de piscina sea algo más que estar en el agua y con bañador.
Al final, 35 minutos las 29 series, un record. Y dos notas preocupantes.
El record es menor, porque llevo una semana nadando sólo a croll, y, aunque he aumentado en dos las series, así no hay comparanza respecto de la rutina habitual con cambio de estilo en cada vuelta. Aún así estoy satisfecho. Me mantengo.
La preocupación venía de que pensé que había cosas en el aire,  que no debían quedar a la improvisación. ¿O sí? Mientras me duchaba decidí hablar con ellos y ver qué les parecía.
En cuanto llegué a casa, les envié un correo. Ahora mismo acabo de recibir su contestación. Todo está hablado y cada papel tiene su correspondiente asignación.
No hay liebre, ni ha hecho falta. He nadado contra mí mismo y he empatado. Ahora voy a preparar sólo mi papel, que los demás ya tienen el suyo, y espero también quedar en tablas. Al fin y al cabo, yo seré un simple comparsa, y ellos los protagonistas.

Carpe diem


No puedo por menos de colgar la foto. Es el membrillo, que rebosa de flores. De momento es lo que hay, y disfrutarlo. Si allá en octubre resulta que queda en mucho menos o en nada como en 2013, pelillos a la mar. Ahora toca ver y oler. Y es lo que hago.
Como haré dentro de muy poco cuando los lilares, las cuatro variedades, revienten a través de las fragrantes y menudas florecillas.
Va a ser una Pascua florida de verdad la de este año. Y aromatizada.
De un tiempo a esta parte tengo la ligera impresión que pienso mucho menos en el futuro, y me detengo sin prisas en el presente. Dura muy poco, la verdad. En cuanto lo tengo, creo que agarrado, percibo que se me fue. ¡Es que es de resbaladizo!
Ayer noche terminé muy tarde. Aún así me fui con la mochila siquiera a dar unas cuantas brazadas. Cuarto de hora solamente, grité a la socorrista. Anda, anda, nada y sé feliz, me contestó la alegre moza. Conseguí robar al reloj veinte minutos, y no me echaron. No querían hacerlo, y en mi honor, yo solo en la enorme piscina, iluminaron el recinto y me cuidaron con paciencia.
Claro, era su obligación, puede pensar alguien. Sí, y un detalle cariñoso, añado yo.
Hace calor esta noche. Si no lo estropea el nublado que se anuncia, hoy será un buen día. Tal vez vuelva a encontrarme con Héctor y sus tres vástagos camino del colegio. Mira tú si irían contentos que Adrián ni me miró. Noa y Leo sí, y sonrieron. No me extraña, es que es tan bonito su cole… que no lo parece.

Grité ¡adelante!

 

E inmediatamente me di cuenta de dónde estaba: el resto de ocupantes del vestuario se cubrieron sus partes con lo que buenamente pudieron. Si dijeron algo no lo recuerdo, sólo sus miradas hacia mí, reprobadoras.
Tuve que disculparme. ¡Qué remedio!
Es que tengo una mala costumbre heredada de los tiempos del seminario. Que luego mantuve en los diversos colegios mayores y residencias en que he vivido. Y que, por supuesto, gozo de seguir usando en mis tiempos de cura, primero de pueblo, luego de centro de enseñanza y ahora de barrio de ciudad. Mi puerta nunca tiene echada la llave o el cerrojo. Basta apretar el picaporte y cede. Si alguien habla diciendo ¡se puede! o toca el timbre, desde dentro y sin moverme digo ¡adelante! o similar.
Lo sabe todo el mundo. Y los que no, me hacen levantarme no sin antes haberme oído varias veces ¡pase! o ¡sí! o ¡entre!, en progresión sonora imperativa. Como yo sigo a lo que estaba, alguna vez se me ha presentado alguien justo a mi lado diciéndome no grites más que ya he entrado.
Últimamente voy a la piscina tarde, porque me gusta tener la calle para mí. Cuando ya no están los cursillistas ni los jóvenes que se entrenan bajo la batuta de un enérgico monitor,  ni los papás con sus retoños, dispongo casi en solitario de todo aquello, incluido el cuidado de la socorrista. Lo mismo ocurre luego con las duchas y el vestuario. Todo para mí.
El caso es que anteanoche, tras la rutina natatoria, casi a la hora de cierre de las instalaciones, estábamos terminando de secarnos para vestirnos, excepcionalmente, tres varones, dos en pelotas. La limpiadora golpeó la puerta como acostumbra, por si había alguien dentro. Como va un poco arreada por el trabajo, empieza antes de que todo esté vacío. Sin percatarme de que no estaba solo, y ante la sorpresa de mis acompañantes, fui yo el que gritó. No pasó nada, porque nada había. Tras el ejercicio físico, y sobre todo con la mojadura, lo que pudiera ser interesante estaba o chorreando o reducido a su mínima expresión.
Ni que decir tiene que no vuelvo a meter la pata y que en adelante voy a estar mucho más atento.
Anoche, la limpiadora ha vuelto a entrar porque se lo he permitido, me llegaba ya a los calcetines; y al tiempo que recogía la saca de la papelera me ha dicho algo que sonaba a chascarrillo. No la entendí, pero asentí con una sonrisa. Ese suele ser nuestro saludo, a esa hora solitaria en que ya nadie serio sigue aún en aquel sitio.
Como cuando era niño, y me tenían que reñir hasta tres veces porque no quería salir del agua.
Puedo ser más viejo, tener canas y muchas arrugas. Pero hay hábitos que ahí siguen…

En la piscina



Con el tiempo justo para nadar mi serie antes de que cerraran la piscina, va el tío y me pregunta si nado rápido. ¿Yo? Normal. Es que esta calle es de nado rápido. Pero estás solo y en las demás calles hay dos o más, respondí. Pues a ver cómo lo haces. En ese momento no entendí si iba en bromas o en serio. Es que yo no compito con nadie, vengo a nadar y sólo me mido conmigo mismo. Pues yo sí compito, arguyó; soy campeón nacional de ochocientos metros. Pues qué bien, le respondí. Y continuó hablando de que estaba en un grupo con entrenador, que todos los días se metían en el cuerpo una paliza y luego se iban juntos a tomar café; que había ido a nadar a Castellón, a Barcelona y a Ámsterdam. Le seguí escuchando un buen rato, hasta que, de una mirada al reloj, entendí que o me tiraba o no nadaba. Lo hice y braceé a mi ritmo habitual, con los estilos que acostumbro, mientras él empezó a hacerlo a crol. Se fue distanciando, pero sin alejarse demasiado. Al llegar por mi cuenta a la veinte, le pillo; nada a espalda y parece que ya se había quedado sin fuelle. Giro en la pared y ya no le vuelvo a ver.
En la siguiente estaba solo en la calle cuatro, la de nado rápido, y así seguí hasta la veintisiete, mi cupo. Podría haber seguido nadando un par de horas más, pero tenía hambre y cerraban. Otro día me daré ese gustazo, pensé.
En la ducha me lo encuentro secándose. Nadas bien y mucho, me dice. Normal, respondí. Y además giras muy bien. Le tuve que decir que era autodidacta, y explicarle que aprendí la vuelta americana para no dañarme más el pie izquierdo, por apoyarme mal en la pared. Con los dos al mismo tiempo es más difícil fallar.
Seguimos hablando en el vestuario y, como tenía prisa por la comida, allí le dejé con la palabra en la boca.
Ya no volvió a sacar ni la competición ni su campeonato. ¡Anda que si me dejo liar! Ha sido la vez que más me han hecho hablar en la piscina, normalmente sólo hola y adiós. Bueno, de vez en cuando, entre conocidos nos decimos alguna gracia del tipo ¿no me habrás dejado seca la piscina, verdad? O, ahí te dejo con los buzos, trata de que no te arreen un golpe con las botellas. Y también, no te metas que hoy está helada.
Lo de hoy en la piscina ha sido rarísimo.

Mientras braceaba




Curiosamente he sentido fresca el agua de la piscina. Ha sido por contraste con el exterior, que abrasaba. Así que me he dejado llevar indolentemente, y no tengo ni idea de las que he hecho ni del tiempo que he empleado. Simplemente he nadado. Y cuando me vi solo en la piscina, decidí salir. Miré al reloj y creo que más o menos como siempre, treinta siete minutos.
Disfrutando de la buena temperatura en la que estaba inmerso, han ido pasando por mi mente las horas del día, quizás el más tórrido del año según dicen, no por orden, sino a saltos. Así, por ejemplo me vi en los bautizos, tres, hablando de los nombres. Qué curioso, Sofía, Leyre y Ariadna. ¿Por qué los habéis escogido? Porque son diferentes. ¡Diferentes! Tras preguntarles si tenían prisa, me demoré hablando de ellos. Así que empecé por Grecia, pasé por Navarra y terminé por Creta. Y no me olvidé de Estambul ni de la plataforma contra la recrecida del embalse de Yesa, pero a los toros ni nombrarlos. Estuvo bien la ceremonia y las niñas salieron bautizadas, como era de esperar.
Luego, por la tarde, un aviso me hizo saber que un vídeo que había tomado prestado para una entrada antigua había desaparecido. Lo busqué en vano, lo habían borrado de videos google. Me entretuve en apañar algo para salir del paso y dejar aquella entrada lista para el pase; con unas cuantas fotos de linces y una musiquilla prestada de unos amiguetes lo solucioné. Merecía la pena, porque aquel escrito de hace más de cuatro años lleva la friolera de mil cuatrocientas visitas. Esta vez youtube estuvo ágil, a pesar del calorazo. Lo que pensaba luego en la piscina es si debería decirles a Jaime y a Carlos que he usado su pieza “Seguidillas tempranas”, o dejarlo estar y que sirva de promoción de su último disco “Para volver”…
También pasaron bajo el agua los dos apretones al costado de Gumi, dolorosos ambos, pero sanadores. Ahora por la noche está más ágil y hasta más alegre. Desde aquí oigo sus ladridos a la calle. Y ha descubierto el muy bribón que el antibiótico envuelto en queso fundido está rico y me espera a la cada toma mirándome de frente y salivando descaradamente. Mañana creo que no hará falta estrujarle más.
Y la encíclica del nuevo papa, bueno firmada por él y pensada y escrita por el anterior, “Lumen fidei”. Me llego a la mitad y aún estoy pensando si dirá algo nuevo. Menos mal que es corta y fácil de leer. No me gustan los documentos de este tipo, y si están escritos como se dice “a cuatro manos” menos aún. ¡Qué despropósito para achacar las cosas a qué mano! Es posible que continúe hasta terminarla, pero no que haga una valoración personal; ya he visto por ahí cosas a favor y cosas en contra. Que cada quien saque sus propias conclusiones.
Y por fin constaté que mi vuelta americana no tiene ningún pero. Ahora ya no. Es más, se me hace difícil girar en la pared de otro modo. Sin embargo, el empeine de mi pie izquierdo, razón por la que empecé a aprenderla y placticarla, sigue molestándome a pesar del tiempo transcurrido. O me hice daño de verdad, o ya mis huesos y articulaciones están seriamente envejecidas y reacias a regenerarse.
En fin, esto es lo que ha dado de sí el día, y lo que pensé mientras nadaba. Y no quise sacar conclusiones de la última frase que me soltó una de las madrinas, abuela para más señas, de una recién bautizada: “Hacía mucho tiempo que no estaba en una misa tan entretenida”.
Lo dicho, ni palabra. Sólo unas pocas para quejarme ante el socorrista, porque como he estado ensimismado todo el tiempo, me he dado varios golpes contra la corchera que separa las calles. ¿No existe otro material más blando en lugar de este plástico rígido? Porque duele… Sí, respondió el hombretón, las de la pequeña son más suaves. Pero allá no voy ni harto de vino.



«Vela por tus pensamientos cuando estés solo…



Y por tus palabras cuando estés con los demás».
Esta frase, atribuida a Epicteto, me ha acompañado durante todo el día de ayer, desde que de madrugada el taco me lo dejó en el buzón de correos. De tal manera que, por ejemplo, durante la mañana mientras segaba la hierba que cubre la zona libre del patio parroquial con una hoz de hace mil años, pensaba en si merecería la pena tener ese aparato eléctrico que se cepilla la broza en un santiamén, y que cuesta muy pocos euros. Total, me contestaba, para un rato que le das a la hoz enseguida piensas en abreviar y tirar por el camino del medio; ¡si sólo es media hora cada dos meses!
Así que enseguida me he puesto a hacer otra cosa, pero no he dejado de pensar en la desbrozadora.
Luego, por la tarde, mientras las señoras hacían sus labores en el hogar, entré para reparar una silla que tenía el asiento desportillado. ¡Hay culos y culos! Y algunos consiguen desmontar el mundo entero en sus cimientos. Tú siempre trabajando, me dijo alguien. Quiá, es sólo para entretenerme. Pero me callé que antes había pasado revista a los retretes y los había provisto de papel higiénico. Hay cosas que fuera de casa no se cuidan.
Así que me callé algunas cosas y lo que dije tampoco comprometió a nadie.
Luego, al final del día, dándole a la braza y al crowl, pensando me pasé de vueltas y tuve que frenarme para no ser echado fuera por la bocina. ¿Cuántas he hecho? ¡Ni idea! Mañana cumplo nueve años de piscina. Decididamente soy muy terco y un pesao. ¡Y cómo lo disfruto!
En lo que no pensé ni un segundo fue en la peli “Un Dios prohibido”, a cuya premier estaba invitado por ser vos quien sois. No quise ir. No me apetecía nada volver al tema, aunque fuera en plan bien.
Sí, ayer fue un día de pensamientos desbocados y palabras medidas. ¡Vaya con Epicteto!


El taco es el taco del calendario del Corazón de Jesús, de la editorial Mensajero. Y Epicteto fue un sabio griego que vivió hace casi dos mil años, exactamente nació en el año 55. En cuanto a Un Dios prohibido es una película a punto de estrenarse que relata el martirio de un grupo de religiosos nada más estallar la guerra incivil. De la silla a reparar creo que no debo dar ninguna explicación, sobran las palabras.

Anteayer fue martes y trece; pero el miércoles estuve atareado


Como ayer fue la huelga, por la mañana la dediqué a repasar el ajuar doméstico. Trescientas diecinueve sillas al uso, utilizadas por culos de los más diversos tamaños, formas y texturas, dan un trabajo de mantenimiento que entretiene. Esta vez sólo tuve que reponer un asiento. Me valió el de las sillas del cine de los koskas que nos trajimos del derribo. Solucionado.
Quedaba, es decir faltaba aún, un buen rato hasta la hora de comer, así que recogí la cosecha de membrillos y casi estaba a punto de tirarlos a la basura cuando llegó V con esta cesta:
Bueno, me dije, tendré que hacer conserva. Y me puse a ello. No hace falta que explique lo que a la vista está:


Por la tarde, a pesar de los pesares, tuve que ir a mi dentista. Hizo reparaciones diversas y ajustó los dos últimos implantes de mi máquina masticadora. Y van siete. Me citó para después de Navidades. Creo que antes nos veremos, he de llevarla turrón y mantecados de iborra.
De vuelta a casa pasé por los ultramarinos de Severo Fraile a por unas botellas de vino de misa. Saludé al personal, me contestaron: ¡Hola Serrano! Usted siempre evangelizando con la bici. Si lo hiciera como pedaleo la cosa iría sobre ruedas; pero no es el caso. Eso respondí. De propina J me regaló un puñado de caramelos.
Al pasar por la piscina entré a ver si estaba abierta. Me dijeron que casi hasta el amanecer. Dije que me esperaran, que en cuantito estuviera libre volvería.
A las ocho, tras la eucaristía, terminé de envasar el membrillo, dejé la cocina recogida, la cena preparada y me fui con los bártulos a nadar.
Terminé la jornada como es habitual, fumándome un tercio de pitillo y leyendo a Dolores.

Si no lo digo, reviento


Aún no me lo creo. Y supongo que resultará difícil fiarse de mi palabra si digo que he tenido el honor de nadar solo en esta maravillosa piscina durante treinta y siete minutos, desde las 21:12 hasta las 21:49 horas, confiando en que el reloj de la pared marque la hora como es debido.
 Y bien que me temía no poder ni entrar en ella, habida cuenta de que tuve que aparcar casi a un kilómetro; estaba Parquesol imposible. Las ferias, los fuegos artificiales y el partido de la roja pusieron en movimiento a todo el mundo, pero no lo acercaron a las instalaciones del Complejo Deportivo Parquesol de la FMD de Valladolid.
De verdad que lo siento por los que le temen al agua o no saben moverse en él. Les está vedado disfrutar como yo lo he hecho.
Pero tiene remedio: ni el agua tiene por qué dar miedo y a nadar se aprende.
En fin, espero que entre los recortes por venir no esté el de privarnos a mí y a cuantos somos usuarios empedernidos o esporádicos de este pequeño placer. De momento sólo nos lo ponen un poco distante.

La liebre



Tal que así era la liebre que esta mañana nos sobresaltó de madrugada. Cuando quisimos darnos cuenta, ya tenía puestas sus patas en polvorosa. Tardaron en reaccionar mis amiguitos; Moli giró sobre sí misma como una peonza y dudó hacia dónde dirigirse; Berto y Gumi levantaron la cabeza, movieron sus rabos con frenesí y tiraron del ramal con todas sus fuerzas; pero la liebre se perdió en la lejanía, con Moli al fin persiguiéndola, más por oficio que por convicción. Al poco rato volvió la quietud al pinar, y el paseo prosiguió placidamente, como es habitual.
Por la tarde volvióme a suceder, esta vez en la piscina. Braceaba indolentemente por la calle siete, vacías la seis y la ocho; o sea, casi en solitario. En esto una cosa negra me adelanta por mi izquierda; estoy en la vuelta ocho. Sigo a mi ritmo y al cambiar a crol -se escribe crawl- distingo unas piernas blancas que patalean a buen ritmo sin conseguir despegarse. Acelero una pizca porque la siguiente me toca espalda y voy mucho más lento. Por supuesto al llegar a la pared y virar resulta que me ha sacado medio largo de ventaja. Mantengo el ritmo y cuando vuelvo a la braza ya no está tan lejos. Lo que le gano en crol ella me lo recupera cuando voy pa’trás. No desespero, pero tampoco me relajo.
En la dieciséis ya vamos parejos, porque en los múltiplos de cuatro nado de espalda pero a dos brazos, y así avanzo casi tanto como a crol. A partir de ahí ya voy en cabeza.
En la veintisiete le he sacado más de un largo. Me paro, salgo del agua y de reojo la veo llegar a la pared.
No voy a la piscina a competir, sino a disfrutar. Sin embargo nadando en solitario me entretengo mucho menos que haciéndolo en compañía, como en el resto de las cosas de la vida.
Tener una liebre resulta interesante. Te permite medir tus fuerzas, te saca de la abulia, te exige y hasta te dirige.
¡Benditas liebres que tiran de uno sin pedírselo!
La de esta mañana, grande como un caballo, nos hizo pasar un buen rato. La de esta tarde, no la vi la cara, tenía un cuerpo precioso y batía las piernas maravillosamente. Además me hizo bajar a casi treinta y cuatro minutos, todo un record. No me extrañaría nada que me citaran para Río, al tiempo.
Pero ya que hablo de sobresaltos, tengo que hacer mención del que recibí ayer viendo a esforzados sindicalistas mangando comida de un super; era para una ong. No quedó ahí la cosa, que enseguida salieron defensores en nombre de la justicia que dijeron que aquello estaba bien, coño, bien. Que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, y cosas por el estilo. Hay quien habla en nombre de la doctrina social de la Iglesia, y quien lo hace desde la “humanidad”. Empieza a distinguirse entre lo legal y lo legítimo, y ya no se mira igual, o eso creo, la lista de los personajes más ricos del planeta.
Bien. Esta liebre está ahí, agazapada, en su cama de momento. No quiero ni pensar qué ocurrirá cuando salte y nos sorprenda.
Personalmente tengo que escribir que no me parece nada serio que unos varones con toda la barba amedrenten a las muchachas del mercadona de turno por unos kilos de legumbre y unos paquetes de macarrones. Vienen por aquí y se los doy sin más historias. Salvo que hayan querido dar la nota, y entonces sí, como en la estanquera de Vallecas, han quedado retratados.
Si querían de verdad dar el campanazo podían haber reventado la caja de caudales de alguna Company que yo me sé. Aunque tal vez los vigilantes de la playa fueran demasiado para ellos.
Desde luego no sería mi ong la que aceptara tamaña captura. Y no es que ande sobrado, pero si doy, doy de lo mío, no de lo robado.
Esas no son maneras. Pero hemos de agradecerles a todos ellos que nos hayan avisado. Sí. Porque ahora sabemos lo que puede llegar a ocurrir si las cosas siguen como hasta ahora.
Demos gracias, cada quien a quien bien le parezca, de que aún podemos doblar cualquier esquina sin que nos atraquen. Pero ojito al parche, que eso puede cambiar, y no tardando. De momento han sido tres carritos de comida, total unos cien euros o poco más.
Hay demasiados hambrientos y desesperados, y están viendo colmada su paciencia. Y razón no les falta.

Pasimisí, pasimisá



Esto es que han colocado una máquina automática para acceder a vestuarios. Y de los vestuarios, a la piscina. Tiene una barra que se baja cuando tú colocas la tarjeta en el lector óptico. Sí, como en la caja del super; lee el código de barras. Y cada usuario/usuaria llevamos uno, por lo visto.
La cosa funciona + ó -. Y  digo esto porque según cómo hayas salido, así será la entrada. Me explico. En mi ciudad hay siete piscinas cubiertas que tienen el mismo sistema para entrar y para salir. Sólo puedes entrar si no estás ya dentro; es decir, si figuras como estando en el interior, no te deja entrar, aunque estés fuera. Y lo mismo a la recíproca.
Los domingos, por ejemplo, me gusta ir a última hora; al salir, pasada la hora de cierre que son las 20:00 horas, el personal ha dejado la barra bajada porque sólo queda el que apaga las luces y cierra las puertas, por lo que paso sin enseñar la tarjeta; con lo cual el sistema no capta que yo ya no estoy dentro. Al día siguiente, al querer entrar en la misma o en otra cualquiera de las piscinas municipales, el sistema me tiene fichado como ya “entrado”, o como “no salido”; y no baja la barra para que pueda pasar. Y así.
Un sistema chachi piruli. Pero es lo que tenemos.
Esto es que desde hace unos días cuando entro, el de la cabina me dice que pase sin más, que el sistema está roto y no funciona. Entro en charleta con él, y me dice que el técnico está avisado, pero que en julio y agosto sólo trabaja por las mañanas. En plan de chanza, le dije ayer que como poco hasta septiembre no lo arreglan, porque tengo experiencia.
Hoy la cosa estaba exactamente igual. ¿Ha venido el técnico a mirarlo? No, pero mañana se lo cuento; me respondió el cabinero. Nado mi sesión de costumbre, me ducho y me peino. Y cuando ya salía con las manos en los bolsillos, me encuentro con la barra subida, impidiéndomelo. Desde dentro voy y le grito al conserje de turno ¿No me digas que ha venido el técnico, el que no trabaja más que por las mañanas, a arreglar el aparato a las nueve y media de la noche? ¡Qué va!, me responde; tuve que encender el ordenador para mirar unas fichas y se puso el chisme en marcha; funciona.
Luego me comentó más ampliamente que por las mañanas no hay problemas; ni tampoco por la tarde a primera hora; sólo ocurre al final del día. Él piensa que es por culpa de la temperatura o de la humedad.
Total, que pude salir. Pero sólo porque el sistema me tenía en su memoria como “entrado”, que si no, aún estoy allá esperando al técnico mañanero.
Por lo demás, bien. Se nota que el personal se ha ido de vacaciones a la playa, porque apenas están ocupadas la mitad de las calles. Donde más gente se mete es en la piscina pequeña, la que está como para escaldar a la gallina antes de desplumarla. Y luego, ahí un mogollón, sobre el césped al solazo, tostándose y cogiendo algo malo en la piel. Así que me espera un agosto a lo rodríguez, pero en bien.
¿Las baldosas? Los azulejos que faltaban en la calle dos siguen faltando, sólo que ahora dejan que nos metamos sin más. Por supuesto ha desaparecido la cinta, pero han dejado los chirimbolos. Digo yo que así se quitan de encima cualquier queja si alguien se raspa contra el cemento.
Por cierto, me ocurre una cosa rara que no termino de explicarme. Si alguien sabe, que lo diga. Es que cuando entro, será por el calor, voy cansado y como con las bolas de las piernas doloridas; pero cuando salgo, lejos de haber aumentado, han disminuido ambos, cansancio y dolor. ¿Será este agua milagrosa o es cosa general en el resto de piscinas?
Piscina de agua milagrosa de Tirtha Empul antes de que bajen la barrera, o sea cerrada
Piscina de agua milagrosa de Tirtha Empul a primera hora
Piscina de agua milagrosa de Tirtha Empul a la hora sexta

Tirta Empul star : La opinión de la guía Michelin

El dios Indra hizo brotar este manantial al golpear una roca, cuando sus tropas cayeron en una trampa tendida por su enemigo, el rey Maya Denawa… Hizo manar un elixir de inmortalidad que salvó a los suyos. Meta de una peregrinación anual (en el plenilunio del cuarto mes), Tirta Empul, el manantial de propiedades mágicas, alimenta también unos baños públicos; hermoso templo con tres patios y cálidos colores construido cerca de allí. 

Gruta de Massabielle, Lourdes
Fuente de donde mana el agua de Lourdes

Lourdes star : La opinión de la guía Michelin

Es el centro de peregrinación más importante de Occidente: desde Semana Santa hasta el 1 de noviembre, 6 millones de fieles (entre ellos 70.000 enfermos) acuden a orar ante la famosa gruta de Massabielle. En el límite del Bearne y de la Bigorra, puede ser una excelente base de salida para descubrir los alrededores.

Informe 202 barra 12


Bañándonos en el Alto Tormes, año 1980

Como esto es un blog personal, no es extraño que se deslicen por él cosillas que a nadie importe, y de las que el propietario, o sea yo, no de explicaciones.
Sin embargo, en realidad no tengo secretos, es decir, no existe en mi vida y en mi persona nada que sea o deba ser invisible. Si se ve, se ve; si no, pues tal vez no exista.
Así que lo que está a la vista, se puede ver; insinuaciones incluidas.
Hay sin embargo cosas que si no se dicen, no se saben; porque nadie las mira. Y eso es lo mismo que no verse.
Por ejemplo: mi vuelta americana.
Hace más de un año lo conté aquí, y hoy lo recuerdo. Por un accidente, del que todavía siento algún dolor en el empeine de mi pie izquierdo, empecé a aprender dar la vuelta americana en mis ejercicios natatorios.
Esta es la fecha en que puedo decir y digo que me sale con toda naturalidad, y que, sin llegar a perfección alguna, me doy a mí mismo notable.
Como es de comprender, tengo que decirlo en alguna parte, porque en la piscina cada quien va a lo suyo, y allí el diálogo no existe, salvo el hola y adiós que nos decimos al reconocernos los habituales.
Y este es tan buen lugar como otro cualquiera.
Aprovecho la ocasión para ensalzar las bondades del ejercicio físico, sea andar, correr, saltar, escalar o bucear. Yo de momento ando y nado. Lo de andar en bici es por necesidad, y para ahorrar tiempo. De paso ahorro pasta, o sea, el completo.

La piscina está triste



No ha podido ir esta mañana como solía. Esta mañana no. Se murió de madrugada, con la aorta reventada.
Pero ayer sí que fue, por la mañana. Era su hora. La tarde la dedicaba a hacer recados para Dolores o para sus hijos. Y a pasear, como ayer. Se le truncó el paseo justo en Los castaños cuando atardecía.
Juan era de Jatar y ella de Alhama, pero se vinieron para el norte, a pasar frío y a buscarse la vida. Juntos levantaron la casa y formaron la familia, seis hijos. Trabajos en el campo y la ciudad, de jardinero, hortelano, cachicán y lo que fuera. Lo último, cuidar piscinas ajenas. Mirar mientras otros se bañaban.
Pues soy socio de ésta desde que la inauguraron, me dijo hace ocho años, cuando yo también me asocié, por estricta prescripción médica. O sea, que Juan llevaba nadando… trece años.
Porque Juan sabía nadar. Mal, pero sabía. Ocupaba toda la anchura de la calle, tan lento que desesperaba a quien se metiera con él. No se te ocurra ponerte conmigo, que nado muy mal, me decía tantas veces cuando coincidíamos. Dicho, claro, con ese acento del sur que nunca perdió, y entre risas y medias palabras.
Claro que Juan era lento siempre. Cuando en bici, mismamente parecía que iba a caerse. Pero no. Era capaz de llevar en el transportín cargas imposibles. Era lo único que sabía conducir.
Si entrábamos juntos en las instalaciones, cuando yo ya salía, él aún podía estar en las duchas… antes de zambullirse.
Si te lo encontrabas por la calle, más te valía no tener prisa, él tampoco.
Sin embargo no perdía el tiempo. Iba sobre seguro.
La de cosas que hizo en su vida, no caben aquí; ni lo intento.
Ochenta y cinco años bien llenos, eso es lo que Juan tiene ahora como hacienda, nada más y nada menos.
Mañana le despediremos. Y ojalá no nos sintamos vacíos; sólo, tristes.
Esta tarde, mientras braceaba, veía a Juan compartiendo calle conmigo, y palabra que no me estorbaba; siempre me lo encontraba de cara.

A vueltas con la vuelta americana

El plazo que me di el otro día para practicar la vuelta americana decidí ampliarlo, y de siete lo aumenté a diez días. Este cambio de criterio ha estado motivado porque el fin de semana pasado cerraron la piscina del Matadero; una competición organizada por la federación regional de natación con atletas -resulta que también existe que no me la invento- nos desplazó a usuarios de todos los sexos, edades y condición a donde mejor nos viniera. A mí me interesó ir a la de Huerta del Rey, que es más pequeña y en según qué momentos las seis calles están ahítas de braceadores. En esas circunstancias tratar de ejercitarte en algo que requiera estar relajado y sin miedo a dar ni a que te den se hace un poquillo complicado.
Esa fue la razón para cambiar el programa. Y ha resultado muy bien. La primera semana apenas conseguía hacer alguna vuelta correcta. O me quedaba lejos de la pared y no llegaba con los pies para apoyar el empuje; o me quedaba corto, y el culo quedaba justo pegado a ella y los pies por encima del agua. En fin, un desastre.
Pero a partir del jueves empezó la cosa a rodar algo mejor. Conseguía acercarme despacito al muro y calcular al poco más o menos donde meter la barbilla contra el pecho para que el giro fuera sin esfuerzo, suavecito. Aún tenía que mover algo los brazos a modo de molinete para girarme.
Hoy puedo decir que en el décimo día de estar intentándolo, y tras… esperad que calculo… 534 veces girando, puedo decir y digo que estoy preparado para un examen de ingreso en la escuela popular de natación. Ya me sale.
Pero eso no es todo, qué va. He comprobado que realizando la vuelta americana, incluso deficientemente, se gana tiempo, mucho. Un ejemplo: mi serie diaria de 25 largos dobles me llevan casi treinta y cinco minutos, realizándola con el apoyo en la pared que dios me daba a entender. Con la vuelta americana en ese mismo tiempo realizo 28. Es decir, recorro nadando 150 metros más.
Y hay más: no se pierde para nada el sentido de continuidad, el giro se realiza sobre la marcha, y la sensación de que el agua misma te lleva es alucinante. No quiero decirlo, me niego siquiera a pensarlo, porque ¿qué opinaría la gente de mí si me oyera decir que tengo sensaciones de pez? ¡Pues las tengo, en especial cuando salgo bajo el agua como un torpedo rebotado en la pared!
Por supuesto que esto no es más que el principio y que, por lo que veo que hacen chavalillos y chiquillas, aún me falta muuuuuucho para aproximarme a lo que debería ser. Pero me miro y me digo: “A qué vienen esas prisas, tienes toda la vida por delante. Tú nada y disfruta, y todo llegará, si es que ha de llegar”.
Y en esas estoy.
Desde aquí saludo a Emejota, que también goza en y con el agua, y a Anna, que decía que no pero va a ser que sí, y en el agua y con ella estoy seguro que va a encontrar una posible solución, y bien fácil y placentera, a algunos de sus problemas. Al tiempo.

Ensayando, probando, aprendiendo… ridiculizándome al intentar hacer la vuelta americana

El miércoles pasado me manqué en un pie al girarme en la piscina. Pensé que me había golpeado contra la pared, y sentí un dolor muy fuerte en el empeine. Seguí nadando hasta terminar mi serie y al salir noté que esa pierna no furrulaba como la otra.
Me levanté el jueves con el pie casi inutilizado, pero tras el paseo con mis amigos mejoré y pasé el resto del día decentemente.
Por la noche una amiga blogguera me comentó que estaba practicando el giro o vuelta americana con su hijo como entrenador. Y pensé que también podía yo intentarlo.
Yo soy nadador tardío y lo que sé lo he ido aprendiendo solito, tras muchos tragos, aguadillas, sudores (sí, también se suda bajo el agua), sentido del ridículo y muchas ganas. De la braza, de toda la vida, llegué al crol ya en la piscina, o sea hace siete años. Y de hacerme el muerto a nadar de espalda hace apenas cuatro, también en la piscina.
Pero para darme la vuelta me servía cualquier maniobra de mi cuerpo, siempre mal, con un pie, con los dos sobre la pared, de medio lado, de frente, en fin, como dios me da a entender. Eso hace que la mayoría de las veces llegue a la pared desequilibrado y salga como quien se está ahogando, a lo loco.
El miércoles ocurrió, una vez más, que me apoyé mal sobre el muro, y al dar la patada en la pared se me torció el pie, y sufrí una especie de tirón en el empeine. Eso lo pensé después, porque el dolor fue ahí, y no me creo capaz de doblar mi apéndice inferior de tal manera que golpee con esta parte del cuerpo.
El caso es que me dije que si me saliera la vuelta americana, me apoyaría con las plantas de los pies a la par sobre la pared, y no volvería a sucederme lo ocurrido.
Ni corto ni perezoso busqué en Internet y encontré material adecuado, blogs y videos muy didácticos, que haciéndolo fácil, podrían ayudarme en el empeño.
Esto es lo que he seguido hasta ahora, sin perjuicio de que busque algo más en otro momento:
Los dos primeros días no he conseguido gran cosa, apenas un par o dos de giros que se aproximan; el resto, fatal.
Hoy he hecho caso al triarosario del blog y me lo he tomado con calma. Frenaba al acercarme al muro y lo encaraba despacio, echaba los brazos hacia atrás y metía la barbilla contra el pecho. Al encorvarse mi cuerpo,  la voltereta iba saliendo cada vez mejor; y lo mejor de todo, salía como un torpedo hacia adelante en dirección contraria impulsado por las dos piernas al unísono.
Ha tenido que llamarme Pilar y decirme ¡basta! en la vuelta 35. Se me había pasado el tiempo en un suspiro y no me había cansado nada. Eso sí, con unas ganas de cenar…
Me había dado de plazo una semana para aprender lo más elemental. Yo creo que en una semana llego al nivel de Mark Andrew Spitz (1950), porque el Michael Phelps (1985) es demasiado para mí, y además mucho más joven.

Una media de 353


Así dicho, no tiene ningún sentido. Una cifra más, aunque sea capicúa. Pero si digo que la media es anual, mantenida durante siete años, y que además se trata de los días con baño que he disfrutado, yo creo que es para nota.
Pues sí señor, o señora. Ayer se cumplió el séptimo aniversario de mi actividad natatoria en esta que es la última etapa de mi vida en activo. Como soy como soy, llevo cuenta de estas cosas y, con el baño del día 13 de junio, he completado un total de 2.471 desde que me apunté a esto, el 14 de junio de 2004, fecha que figura como antigüedad de servidor, al decir de la Fundación Municipal de Deportes, FMD para los amigos. Y al dividirlo por el total de años, da la cifra que figura en el título de este escrito.
La cosa no tendría mayor importancia si no fuera por lo mucho que disfruto nadando en cualquier piscina, municipal por supuesto, y lo bien que me está viniendo para el cuerpo y la salud este ejercicio diario. Hasta me ha cambiado el carácter, mire usted.
En otro orden de cosas hoy cumplen años dos personas muy cercanas. Roberto, mi médico favorito, y Rosa, mi favorita fisioterapeuta. Además, ambos dos son vecinos, amigos y parroquianos. ¿Qué más se puede pedir? Felicidades, pues, Roberto y Rosa.
Pero hay más. Pilar Tirador vino a hablarnos de la itv de edificios, más propiamente Inspección Técnica de Edificios. Lo hizo alto y claro. Lleno en la asociación de vecinos, aunque ya van quedando pocas casas que cumplan los requisitos de antigüedad y estén obligados sus dueños a realizar dicha inspección. Nos estamos convirtiendo en un barrio reconvertido. Donde había casa molineras, ahora existen adosados con jardín. Es la vida, que no hay quien la ponga coto.





Y más. Hoy es martes, y se adelanta el envío de alimentos excedentarios de la CE. Ocuparemos la calle, nadie podrá circular por ella al menos durante un buen rato. Esperamos ser ágiles y emplear el menor tiempo posible, para no incomodar excesivamente al vecindario, que tiene sus derechos.
También esto. Es Berto visto de espalda y desde arriba. Está… esperando para salir de paseo. Esa es su manera de decirme que no tenga prisa, pero que no me demore en exceso.


Y esto. El menbrillo ya apunta maneras, aunque aún es pronto para llenar los tarros.  Octubre está allá lejos, todo un verano por delante. Es cuestión de armarse de paciencia…


Y por último, 3+5+3=11. Capicúa también. Once son los minutos que voy a tardar en meterme en la cama. Buenas noches, buenos días, buenas tardes.

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