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Le están saliendo cardenales



Y duelen. Al menos a mí. Supongo que a él también.
Mi madre era muy propensa a los hematomas. Se daba un golpecito de nada con cualquier mueble, por ejemplo, con la cama al hacerla, y tenía ya lo morado en las piernas o en los brazos para tiempo.
Parece que es cosa del sistema vascular; las venitas son muy frágiles y se rompen fácilmente. También hay quien dice que no es eso, que es que están demasiado superficiales, desprotegidas, y por eso se lesionan con frecuencia.
Yo no sé cuál será la razón. Pero me descubro de vez en cuando con una de esas manchas en cualquier parte de mi cuerpo, y si me toco ahí, me duele.
Otras veces no; quiero decir que son producto de una buena costalada. Pues anda que no me las he dado buenas yendo en bici. O andando, como el otro día que Gumi me enreató con la cuerda y di de narices contra el suelo. Rompí el pantalón y magullé la rodilla.
Supongo que a Francisco, papa, le ocurrirá lo mismo. Seguro que se aguanta o lo disimula, pero veo que ya tiene  unos cuantos. Lo malo es que tienen nombre y apellidos, y patas, quiero decir piernas; o sea que se mueven, están vivitos y coleando. Y también boca, o sea por donde “echan”.
Vamos a identificarlos y enumerarlos:
1º Cardenal en breve Fernando Sebastián Aguilar, que se acredita además como cronista rosa y médico entendido en problemas de salud al afirmar:
«Todas las mujeres que quieren abortar lo que buscan es quitarse del medio a sus hijos para disfrutar de la vida».
La homosexualidad es «una manera deficiente de manifestar la sexualidad». «Yo tengo hipertensión, ¿me voy a enfadar porque me lo digan? (…) Muchos casos de homosexualidad se pueden recuperar y normalizar con un tratamiento adecuado. No es ofensa, es estima. Cuando una persona tiene un defecto, el buen amigo es el que se lo dice».
Por cierto, habla y escribe en español. Se le entiende todo; otra cosa diferente es que uno alucine escuchándole o leyéndolo.
2º  Cardenal Juan Luis Cipriani, peruano, se defiende también en su idioma pero habla castellano. Tiene para varios gustos. Desde llamar “sinvergüenza” al árbitro del partido Perú-Uruguay, hasta “herejes” a los teólogos Gustavo Gutiérrez y Teresa Forcades, pasando por tildar de “ingenuo” al prefecto de la congregación de la defensa de la fe, y de paso al propio papa Francisco.
3º Cardenal Herhard Ludwig Müller, alemán, aunque se defiende en castellano. De él son estas palabras:
En la Iglesia «el poder jurisdiccional está en las manos de los ministros ordenados». Por lo cual la mujer no puede presidir Congregaciones, aunque sí dirigir Pontificios Consejos.
4º Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, dominicano. También hispanoparlante. Este señor ha dicho muchas cosas, que no considero reproducirlas en mi blog. Pero estas que pongo a continuación, dichas en medio de una celebración eucarística, son de especial significación:
«Tengo dentro una profunda laguna, fui educado por los jesuitas, quise y quiero a los jesuitas, pero con este sinvergüenza no me interesa nada. Que se ha dedicado, con unos grupos izquierdistas, a hacer lo que a él le da la gana. ¡A mí hay que respetarme en este país, aunque ese señor se crea que es el supremo pontífice! Yo estoy muy incómodo, molesto. No acepto que un sacerdote ande diciendo tonterías públicamente. Aquí está el superior de los jesuitas, dígale: ‘cállese y punto'. ¿Quién es usted para andar hablando tonterías?» Todo esto refiriéndose a un cura jesuita, Mario Serrano, que dirige el centro Bonó en defensa de los descendientes de los antiguos inmigrantes haitianos en Santo Domingo que, por sentencia del tribunal supremo dominicano acaban de ser declarados “personas extranjeras en tránsito”, no importa que hayan nacido y crecido en aquel país desde hace más de ochenta y cinco años.
5º Cardenal no, simple obispo,  Juan Antonio Martínez Camino, español. Habla mi idioma, pero qué poco le comprendo. Acaba de decir en Valencia:
Una mujer que ha sido violada tampoco debe poder abortar porque «ser objeto de una injusticia no justifica cometer otra».
Es verdad que los cardenales se curan ellos solitos, aunque duelan mientras tanto. Estos cuatro señores dejarán algún día de doler, pero curarse… ese es otro cantar.
Dado que no hay tratamiento ni curativo ni paliativo, no merece la pena discutir razonando ni porfiar insultando. Sólo aguantarse. 
Como me aguanto el cardenal que mantengo en el alma desde hace exactamente un año. Moli se me fue. Y no tengo consuelo.
Quisiera ser poeta, y escribir versos esta noche; porque me lo pide el cuerpo, porque mis tripas me lo exigen. Pero no sé hacerlo. Pido las palabras, mejor dicho, las robo, de uno que es maestro en estas cosas, y aunque él miraba a "Sirio", yo las repito mirándote a ti, Moli.


A MI PERRO

Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.
Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes... Oh, yo te escucho.
Allí oigo tu ronco decir y saber desde el mismo centro infinito de tu presente.
Tus largas orejas suavísimas, tu cuerpo de soberanía y de fuerza,
tu ruda pezuña peluda que toca la materia del mundo,
el arco de tu aparición y esos hondos ojos apaciguados
donde la Creación jamás irrumpió con una sorpresa.
Allí, en tu cueva, en tu averno donde todo es cénit, te entendí, aunque no pude hablarte.
Todo era fiesta en mi corazón, que saltaba en tu derredor, mientras tú eras tu mirar entendiéndome.
Desde mi sucederse y mi consumirse te veo, un instante parado a tu vera,
pretendiendo quedarme y reconocerme.
Pero yo pasé, transcurrí y tú, oh gran perro mío, persistes.
Residido en tu luz, inmóvil en tu seguridad, no pudiste más que entenderme.
Y yo salí de tu cueva y descendí a mi alvéolo viajador y, al volver la cabeza, en la linde
vi, no sé, algo como unos ojos misericordes.


Aleixandre, Vicente. "Retratos con nombre", en Poesía y prosa. Edición de Leopoldo de Luis. Madrid: Bruguera, 1985, p. 321.

El perro que me cuida


Gumi a las 00:48 horas del 12/10/13

Tras Moli y Sola, es Gumi quien ahora me acompaña por las noches. Me concebí como solterón de por vida, y así he vivido durante muchos años. Pero desde que Moli decidió invadir mi casa, hube de cambiar.
Con ella conviví casi doce años, y me acostumbré a no tener intimidad. En el sentido de que ya no podía hacer lo me apeteciera sin tener que contar con nadie. Salir, entrar, ir, venir, estar ausente, ya no pudo ser. Me voy corriendo que tengo que sacar a Moli. O, no puedo ir ahora, están tirando cohetes y Moli se vuelve loca. A ese lugar no voy, no dejan que entren animales. En fin, esas cosas que suelen suceder.
Sola fue mi compañera unos meses, los suficientes. No la busqué, ella me encontró. Y no me dejó de su mano ni un solo segundo. Siempre supo dónde estaba, y me esperaba, bien a la puerta de casa, bien en la calle junto a la verja. Me seguía como un perrillo o se tumbaba a mis pies, y tuve la sensación de que aunque parecía dormir, de día o de noche, vigiló mi persona constante y permanentemente.
Ahora es Gumi quien ha decidido pasar aquí las noches. No duerme como Moli en el sofá. Ni como Sola al pie de mi cama. Ocupa el sillón, junto a la ventana. Y no está pendiente de mí, como lo estuvieron Moli y Sola. Sólo por la mañana, justo cuando estoy terminando de desayunar, se me acerca espurriéndose, y se frota contra mis piernas, esperando que le abra la puerta para echarse unas carreras por el jardín.
Es curioso, pero a ninguno de los tres me tocó elegirlos. Sólo aceptarlos. Llegaron sin más. Tal vez alguien decidió por mí.
Esto me hace pensar, ahora que justo al irme a la cama, e igual que hacía con Moli y con Sola, me acerco a Gumi para hacerle una carantoña. ¡Cuántas cosas, –personas, animales, situaciones…– me han sobrevenido sin yo buscarlas ni escogerlas! Tal parece que han ido llegando por sí mismas, o que una mano misteriosa las ha puesto en mi camino de manera que me tocara sólo decir ¡bueno, vale!
Va a resultar que carezco de iniciativa.
No es esto lo que dice Eloy Roy en su blog, con el título de Perro pastor. Que no sé por qué lo saco aquí a relucir; aunque trate también de animales, él seguro que está pensado en otra cosa. Sabe mucho, ha vivido mucho y ahora dice todo lo vivido y sabido como si no tuviera importancia. Ha sido leerlo y me ha dado el gusanillo de escribir.

El pasado…



O lo olvidas o tratas de vivir con él.
No es una frase que se me haya ocurrido a mí. Acabo de escucharla por la tele, en boca de el mentalista.
El caso es que he recogido la cama de campaña en que Solita me acompañaba por las noches. Yo arriba y ella abajo. Sólo la usaba si yo utilizaba la mía. Durante el resto del día no pisaba el dormitorio; se quedaba en cualquier parte, menos allí.
Visto que ni Berto ni Gumi tienen el menor interés por esa cama, la he retirado. Me han hecho un favor sin saberlo, así no tengo ya que vivir con el pasado de Sola. No viendo, no recuerdo.
No ocurre así con otras cuestiones. En cualquier momento te encuentras con alguien que te recuerda alguna circunstancia de la que preferirías no volver a tener noticia. Y te hacen la puñeta.
No siempre ocurre por mala fe o ganas de fastidiar. Sucede incluso inocentemente, con la mejor de las voluntades. Así te reconcilias, vienen a decirte. Mecagüenlosrecordadoresdelasnarices, bien podían irse con su buena voluntad a otra parte.
Tengo un amiguete de los tiempos juveniles. Nos vemos… cada diecitantos años. El muy asqueroso siempre, siempre, me recuerda cómo tartamudeaba entonces cuando me ponía de los nervios. Y lo hace riéndose. El canalla…
Hay pasados que están olvidados, y punto. Otros, sin embargo, no; pero casi es mejor no hacer mención de ellos. Duelen.
Sola aún me duele. Y no digamos Moli. No quiero recordarlas.
Pero las estoy tan agradecido…
[No me ocurre lo mismo con la historia cuando vuelve a recordarnos lo de Constantino, los estados pontificios, la guerra de las investiduras, las beatificaciones y canonizaciones, el "36", y alguna otra cosilla más…
Y que nadie me lo eche en cara, ya sé que he sido yo el que ha sacado a colación a Pío IX, Victor Manuel II y Napoleón III en mi última entrada. Mea maxima culpa.]

Domesticando al salvaje oeste




Recordando cómo era el camino del Pesquerón encontré esta foto, con Moli en lo alto del puente sobre la ronda exterior y Berto a punto de llegar arriba que mira expectante. Tiene fecha, porque las digitales son así, del día 11/06/11. Habíamos vuelto a andar este camino después de que un guarda muy correcto y escrupuloso, recién llegado de Covaleda según dijeron, me advirtiera de que los perros sueltos no se permiten en el pinar. Sin discutir ni realizar más trámites, recuperamos este otro recorrido que ya estaba estropeado por completo. Para qué decirle a este buen señor que Moli fue siempre suelta por campos de Castilla, de Aragón y hasta de las Vascongadas. Incluso por Francia nadie jamás le colocó el ramal, no lo habría aguantado.
El camino del Pesquerón era nuestro ruta de verano, junto con el canal, porque entonces el pinar se hace inhabitable e “irrecorrible” de puro seco y caluroso. Así que según qué días, unos íbamos junto al agua y otros bajo él; los aspersores no tenían con nosotros ninguna consideración.
Fuimos testigos, Moli y yo, porque entonces los paseos eran un dueto, de cómo el camino se iba transformando conforme avanzaban las obras de aquel mastodóntico proyecto. Cómo se abrieron enormes zanjas para enterrar enormes colectores que recogieran y recondujeran las aguas freáticas. Cómo se explanó el terreno, se rellenaron los bajos, se achataron las lomas y se pusieron unos enormes pilares que tardaron un año en fraguar para sostener ese puente que ahora Moli “disfruta” sin poner en ello ni una pizca de entusiasmo. Mucho tiempo después descubrí que para visitar a su amigo “El Moro” de El Cuartelillo, lo utilizaba a modo de atajo a la vuelta del pinar, cuando desaparecía y llegaba a casa más de mediada la mañana.
Si al principio podíamos atravesar malamente entre las obras (y era una auténtica gozada en plan explorador, porque cada día encontrábamos aquello diferente, con zanjas y montones de tierra, tubos de tamaño natural y máquinas que parecían moverse solas), llegó el momento en que no, porque se levantaron vallas a ambos lados de aquel doble vial que rodea por el sur la ciudad, conectando la autovía de Castilla –que conecta Irún con Tarifa– con la autovía de Pinares que conduce a Segovia.
Llegó un día en que andar aquel camino dejó de resultar gratificante, y recuperamos el pinar. Yo tardé en volver a usarlo, Moli de vez en cuando y a escondidas.
Este verano hemos demorado pisarlo porque la rutina tiene a veces esa fuerza, a pesar de que las muchas lluvias del invierno y la fiereza del sol en estos últimos meses han convertido al pinar en un infierno de maleza seca y áspera. No acabábamos de resituarnos al nuevo escenario andariego cuando hete aquí que entra una máquina y lo deja tal que así:

Será difícil que este tramo, justo el que discurre tras el Casetón, que aún conserva parte de su fisonomía original se mantenga durante demasiado tiempo. Mucho me temo que esto sea un simple aviso de lo que se nos avecina.


Nunca es tarde si se trata de Pepe Velicia



A Velicia le han hecho ayer un homenaje. En su pueblo, Traspinedo, han organizado una exposición sobre su persona, “Memoria agradecida”, que durante dos meses va a recordarlo ante sus paisanos y gentes de los alrededores, porque en otros lugares ya le conocieron y disfrutaron de las Edades del Hombre que él se encargó de dirigir y administrar como comisario que fue.
A José le conocí tarde; fue a su tío a quien traté, porque don Enrique era el párroco de San Ildefonso, mi parroquia, cuando yo era un niño de la calle en la Plaza de las Tenerías. Entonces era parroquia de postín, con dos coadjutores y sacristán de toda la vida. Pero necesidades pastorales forzaron el destino de uno, José Ramos, a la parroquia de La Rubia; y la muerte del otro, Bernabé, aconsejó poner junto al anciano párroco a su sobrino como coadjutor. Así fue como José Velicia se hizo cargo de darle un aire nuevo a la histórica parroquia de San Ildefonso. Empezó por el templo y terminó por la pastoral del postconcilio. Luego vinieron otras tareas de responsabilidad, como Vicario de la Ciudad y Comisario de Las Edades del Hombre.
Por entonces Facundo Simón, Domicio Cuadrado, Miguel Ángel Baz y servidor –el Junior– nos juntábamos para reflexionar y dar forma a nuestras celebraciones y homilías dominicales en su misma casa, pero él curiosamente no asistía. Luego nos pedía alguna ayudeja, que no sé si aprovechaba o no, porque en eso no soltaba prenda.
El caso es que poco después me cedió los trastos de La Cañada que él había iniciado pero que no podía atender desde el momento en que le encomendaron desde las diócesis de Castilla y León muy serias responsabilidades.
Luego nuestra relación fue resultando variable sin flojear nunca a pesar de la distancia. Compartimos despacho con tabique de por medio cuando él me hizo asumir la Oficina de Obras de la Diócesis, más que nada para poner en orden el archivo de planos y fotos de los templos de los pueblos, que estaban manga por hombro, y orientar (?) a los curas cuando debían acometer alguna reparación en sus casas o en las iglesia a su cargo.
Finalmente, estuvo aquí con la papela de la mano, cuando se erigió esta parroquia oficialmente y a mí me nombraron párroco por cinco años prorrogables. Fue exactamente el 15 de agosto de 1984. De cuando vino a decirme que pusiera teléfono sólo puedo decir que llegó pronto y se marchó muy tarde. Y nos quedamos helados, porque el calor en esta casa entonces no se estilaba. Si ahora viera que nadamos en la abundancia, se echaría una sonrisa mientras mantendría la pipa a un lado de la boca.
El aviso de su enfermedad nos llegó a través de Laura, la recadera, la misma que también llegó con la noticia de la muerte de Nacho.
Ahora en el pueblo le homenajean a Pepe Velicia. No digo que sea un poco tarde, pero anda que no han tenido tiempo de hacerlo en los últimos dieciséis años…
Voy a aprovechar la tacada, y también contribuyo con mi aportación. Bueno, en realidad no es mía, sino de Toñi y Roberto. Me explico.
En el Pirineo que conozco, mayormente el de Huesca, hay tropecientos mil valles, y muchas más montañas. Pero si me pidieran que resaltara uno sólo, sin sudarlo diría: ¡Remuñe!
Es el que más me ha gustado, y en el que he disfrutado como un auténtico cosaco. Difícil, incómodo, agreste, no contaminado, empinado, y termina en el Portal de Remuñe con una panorámica que a mí siempre me corta la respiración y no me acuerdo ni del tiempo empleado ni si hay que volver a casa o reponer fuerzas o abrigarse. Desde allá arriba, en aquel paso entre montañas dividido en dos por una enorme roca, si miras para un lado ves el ibón blanco de Literola; si te das la vuelta toda la Maladeta y la enorme oquedad del ibón de Cregüeña. ¡Y siempre hay hielo por todo alrededor. A Moli no le gustaba nada estar allá arriba, aunque siempre que lo paseó de abajo arriba y viceversa disfrutó como sólo ella sabía corriendo tras las marmotas y demás animalillos. Nunca pudo con ellos, pero eso a nadie nunca le ha importado.
Sea esta mi pequeña contribución, gracias Roberto y Toñi por consentírmela, a mi amigo José Velicia. Él fue el ideólogo, inspirador, organizador, ensamblador, ejecutor y pedagogo de Las Edades del Hombre, antes de que se contaminaran y pasaran a ser objeto de consumo, de estrategias e intereses, de economía de altos vuelos y padrinazgos de aves de corral.




Las últimas, las que están peor sacadas, son de mi colección, y tienen fecha de agosto de 2001.

Recordar es pasar de nuevo por el corazón…




 
Hay cientos de fotos del Auñamendi, Pic d'Anie para los franceses, en Internet mejores. Pero no me importa, porque esta es mía; la he sacado yo.
He visitado ese lugar tres veces. Y para mí ya es caso cerrado.
Moli se portó aquel día como una jabata; nos salvó.
Estamos en el portal de Remuñe, y tampoco aquello la gustó. Pero cedió y nos acompañó hasta divisar el ibón blanco de Literola.

Esto es una animalada, lo comprendo



El otro día, al regresar del monte nos desviamos para fotografiar el túmulo donde está enterrada Moli.

Antes almorzamos en el prado. El oca, o sea la oca macho, estaba suelto y solitario. También se ha quedado sin su pareja, y lejos de agredirme o asustarme, como hiciera en otro tiempo, se me acercó mimosón y con ganas de cariño.
Sí, fue un miércoles de pascua frío y sin embargo sentí una extraña calidez apacible.
En mi descargo, por si a alguna persona se le ocurriera pensar que esto mío es chochez, diré que he encontrado estas dos cosas, sin buscar demasiado:
1. Un poema de Pablo Neruda*:
UN PERRO HA MUERTO

Mi perro ha muerto.

Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.

Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.
Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.

Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero,
que para mí jamás fue un servidor.
Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba sobre mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.
No, mi perro me miraba
dándome la atención que necesito,
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.

Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas
del mar, en el invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasado de pájaros glaciales,
y mi perro brincando, hirsuto, lleno
de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.

Alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más, con el absolutismo
de la naturaleza descarada.

No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.


2. Un portal de internet donde se pueden colocar rendidos homenajes a perros perdidos sin collar:

* Late and Posthumous Poems: 1968-1974. Fundación Pablo Neruda. Edición bilingüe. Grove Press, 841 Broadway, New York 1988

No lloraré por ti




Esta mañana, Moli salió de paseo pero no estaba para ello; no se hizo camas, porque fuerzas ha tenido hasta el final. No tenía humor, se le estaba escapando la vida; por eso dio muestras claras de que las marchas camperas, cortas o largas, las haríamos mucho mejor sin ella. Había cumplido su ciclo, tenía que dejarnos.


Y así se ha hecho. Ahora reposa en lo alto del páramo, y podrá seguir soñando que corre tras los conejos, persigue a los zorros, se excita con los tiros de los cazadores, y tal vez, sólo tal vez, se alíe con Pancho y juntos se atrevan con algún jabalí. Pues bueno es el Pancho.


No viene a rellenar un lugar vacío, ni a usurpar un hueco nuevo, que Sola lo tiene propio desde que se lo inventara hace más de cuatro años. Pero ya que vuelve, bienvenida.


Tendrá, eso sí, que respetar los espacios que ya tienen en propiedad Gumi y Berto. Su enorme perrunidad tendrá que ver la manera de cohabitar pacíficamente, no deberá comerse todo el pienso, no agotará el agua y en el corsa ella verá cómo se encoge, porque en él todos tenemos que entrar. Esto dicho, que pase y tome posesión con sus reales y disformes posaderas.



Y allá va la despedida, la que echan los castellanos, y allá va la despedida.
Sin palabras, sin adioses, sin rencores, con agradecimiento.
Siempre en el recuerdo, Moli, pero ni una sola lágrima. Esta vez, no.


¿Qué estás mirando, Moli?
 

Pues no, no me da vergüenza



Veo a éste que anda últimamente preocupado. Cuando me toca, casi no me toca. Cuando hago lo que quiero, tampoco se enfada. Si me grita, en realidad me susurra. Sí, le veo algo tocado del ala.
Es verdad que ya no me alargo como antes, que es que me recorría el campo entero mientras ellos daban sólo un paseito. Ahora tampoco me voy de picos pardos, y si salgo, vuelvo al poco rato; sólo una vuelta hasta la esquina.
Tengo trece años y medio, y me considera anciana. Estoy llena de canas, y me mira como si él no las tuviera. Tengo bultos por arriba y por abajo, y piensa que un mal cáncer me está comiendo las tetas. Y cada mañana, como no muestro prisas por salir, se me acerca para ver si aún sigo estando viva.
Sí, le descubro mirándome mientras reposo; como ahora, que aquí estoy, despierta viéndole darle al ordenador. Y de vez en cuando se le escapa un suspiro…
¿Pensará que me estoy muriendo? ¡Pues lo tiene claro!
Yo no le dejo solo con esos dos machos que ahora le han endosado, por muy melosos que sean. ¡Si empalagan!
Tan preocupado está de mí que un día se trajo a Pedro, el cura de Simancas, cazador con perro desde que le salió la dentición. Me miró por todas partes, y luego le soltó: “Ésta te vive hasta los quince o dieciséis. Tienes perra para rato”.
Pero no se le ha quitado la mosca de detrás de las orejas. Me duele verle tan preocupado, pero no lo puedo remediar. Me pirro por su ternura.

De oca a oca

 

Antes que el parchís o la lotería, aprendí a saltar de puente a puente y me lleva la corriente o de oca a oca y tiro porque me toca. Y batiendo bien el cubilete, para que el dado no me hiciera caer en el pozo o en la cárcel, porque entonces el juego se me fastidiaba. Así que hasta le soplaba por abajo, o por arriba, según lo viera y estuviera de nervioso.
Luego llegaron las ocas del Campo Grande, que si no les dabas pan te podían arrear un picotazo. Nadaban dándose importancia en el Estanque, o se paseaban aristocráticas por la Pérgola junto a la Fuente del Cisne.
Fuera de esto mi relación con estos animales no llegó a más. Con sus hermanos menores, los patos, sí que tuve mayor y mejor trato. Hasta los incubamos en casa, y tuve patitos y patitas, y jugué con ellos, no a base de dados y casillas, sino viéndolos nadar en un pozal o en la acequia de riego.
Y cuando me hice un poco más mayor, dejé de jugar, y me volví muy serio.
Ahora, cuando paseo por el campo y entre las charcas, si veo patos dejo de armar jaleo o me paro en silencio, para que no se espanten y poder así verlos surcar el agua, zambullirse para pinzar con su pico plano bichitos en el fondo de pecina, o elevarse pesadamente en el aire para alejarse haciendo ese sonido tan conocido y plástico: cuá, cuá, cuá…
Esto es que al Jefe le han llevado una pareja de ocas. Y el otro día me las presentaron. Desconozco su nombre, o si están por recibirlo. De modo que para salir del paso digamos que se llaman Las Ocas.
Tengo entendido que son muy valientes y aguerridas, y que sirven de guardianes de jardines, huertos y haciendas. Yo sólo puedo decir que por un descuido de la Moli, la de más tamaño, -será hembra, será macho-, se puso hecha un basilisco, y la muy energúmena por poco me la desgracia.
Moli es tranquila y pacífica, y se retiró muy discretamente. La cosa no pasó a mayores, afortunadamente. Dudo mucho que la perrilla vuelva a acercarse a las ocas, así vayan de una en una; preferirá antes caer en la cárcel o en el pozo, o jugar al solitario, que es mucho más relajante.

Una historia


Moli con su ama en Peñalara

Esta mañana mi amo ha estado muy entretenido rebuscando entre sus cosas. Me parece que no estaba de muy buen humor porque hablaba entre dientes, como si lo hiciera con alguien que yo no podía ver, y de vez en cuando repetía “dónde las habré metido, macagüenenlamar”.  Y entraba en el dormitorio, y luego volvía al despacho, y subía y bajaba, y así estuvo mucho rato.
Cuando parece que se cansó de buscar lo que fuera se colocó ante el ordenador y le vi que se ponía algo melancólico mientras miraba unas fotos que acababa de meter. Vi una perrilla blanca, algo viejecilla, que en algunas aparecía junto a otro perrillo negro, muy feo él.
No me hizo ni caso, a pesar de que le tenía apoyado mi morro sobre su hombro. Cuando por fin, con un hondo suspiro, dejó de contemplar la pantalla, me miró y sin volverse hacía mí me contó una historia.
Esto era una perra, de raza braca alemana, que era muy cazadora y pertenecía al Jefe. Vino ya con nombre, Moli, y estaba muy usada, es decir, ya era viejecita. Se la dio a mi amo para que le acompañara, que por aquel entonces estaba muy, muy solo. Y la perrilla habitó en el patio, a la intemperie, atada a una cadena larga.
Llegó un momento en que mi amo pensó que era una tontería lo de la cadena, no lo de estar fuera, y se la quitó. Y la perrilla tuvo entonces libertad.
Por aquel entonces mi amo salía al pinar en bicicleta, no como ahora que se acerca en coche. Y se llevaba a Moli para que desentumeciera las patas. Sólo los domingos y fiestas de guardar, y por las tardes. Como era una perra de campo, se perdía entre los pinos y sólo la veía a lo lejos, ir corriendo en zig zag y con el morro a ras de tierra. Al acabar el paseo, volvía a engancharla con la cuerda y regresaban a casa. Así durante mucho tiempo.
En los veranos, a mi amo le gustaba irse de campamento y de excursión a la montaña. Y Moli debía cumplir con sus deberes cinegéticos –he aprendido esta palabrota esta misma mañana– y regresaba al pueblo. Pero llegó un momento en que Moli se plantó; se negó a separarse de él sabiendo que podía ser bien divertido hacer lo que fuera juntos. Y un día que estaba cargando el erreseis con la mochila, en un descuido se coló por el portón trasero y se acurrucó en el rincón más profundo. Llegó incluso a amenazar con los dientes. Así que mi amo tuvo que resignarse.
Esa fue la primera vez que Moli pisó la montaña. Fue en Gredos. Y ella sola cuidó de los más de cincuenta humanos que se ajuntaron. Según me dice había nieve hasta la rodilla y eso que era bien entrado el mes de junio.
Ese verano Moli también se negó a separarse al llegar las vacaciones. De modo que mi amo y el Jefe tuvieron que negociar lo de la caza: la perrilla podría ir de bureles a condición de que para la Virgen de agosto estuviera de vuelta para las codornices.
Y así fue a partir de entonces. Claro que Moli siempre fue atrás, y nunca durmió en la tienda; eso corresponde a la otra Moli, la sucesora, que es una privilegiada.
Esta es la historia de la perrilla Moli, que murió con las botas puestas, un día en que salían de excursión hacia Las Arribes del Duero. Está enterrada en lo alto de los acantilados, junto a la hornacina de la Virgen en el Mirador de La Code, frente a Portugal. Esto fue en la Pascua del año 1998. Creo que mi amo lloró mientras le cavaba una fosa entre los brezos.
A Moli que le quiten ahora lo bailado, y a mi amo que le den, que bien poco tardó en quitarse los lutos y dejar el duelo; un clavo saca otro clavo, y Moli sustituyó a Moli, como yo, Gumi, sustituí a Gumi. ¡Ah!, y Pol reemplazó a Pol. Pero esta historia es mejor dejarla, tal vez en otra ocasión…
Aprovecho el trabajo de mi amo para poner ahora estas fotos de aquella Moli en su devaneos montañeros.

Arriba de los Ibones Azules

Ibón de Terrabay

Descansando frente al Balaïtous

Bajando hacia Bachimaña

Ibón de la Sierra

Ibón ?

?

Con Pol en la Pedriza
Con mi amo haciendo manitas mientras el grupo subía al pico Monjes. Al fondo el Midi d'Ossau

Moli y Pol con su ama en la Pedriza



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