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Nunca es tarde, si la dicha es buena



Lanuza antes de su renacimiento
Aquella noche, bajo la lona de la tienda y más arriba las estrellas sobre las montañas, la música de Lanuza tapó el cantar del Gállego. Estábamos acampados en un perdido de El Pueyo de Jaca, junto al embalse de Búbal, en el que nos dejaban a quienes aún teníamos prevención hacia los campings organizados. Lo nuestro era ir por libre. El año anterior lo habíamos descubierto, así que fuimos derechos y llegamos ya anochecido tras un viaje agobiante bajo un sol de justicia.
La sorpresa fue la música amplificada por el eco del valle, que duró hasta que el cansancio nos venció. Cuando, a la mañana siguiente, emprendimos el camino del Respumoso y los Arrieles, vimos a lo largo de la carretera el anuncio a todo cartel del Festival de los Pirineos Sur; luego descubrimos allá abajo el escenario flotante en Lanuza, y en Sallent pasamos junto al variopinto mercadillo que dejamos para visitar a la vuelta.
En años sucesivos, ya advertidos del evento, hacíamos parada en Escarrilla, lejos de los amplificadores y el bullicio. Así fue como recorrimos Panticosa, los Baños, y sus numerosos ibones, a derecha y a izquierda de la vertical que conduce tras del Portalet al Midi d'Ossau. No, ni lo intentamos. Lo nuestro era sólo ver. Y en este caso, ver de cerca, porque ese pico puede ser contemplado desde muchos kilómetros a la redonda, basta con que te asomes a cualquiera de los innumerables miradores del Pirineo de Huesca.
Hoy me entero de que, al celebrarse el XXV Festival de los Pirineos Sur, quieren recordar la música de entonces, en homenaje a quienes lo inauguraron. Demasiado tiempo ha pasado para encontrar algo en internet, salvo la promoción de la página web oficial; esto y que a ti nunca te gustaron los sones modernos, me desanima de forzar poniendo un refrito musical que no es original y del que sólo oí su rebote en las altas paredes de las montañas, de noche, cansado y con ganas de dormir para madrugar.
Nunca entendiste mi tardía afición por el Pirineo, pero como en tantas otras cosas, discretamente callaste. ¿Cómo me aguantabas?
¡Once años ya! Te añoro, papá.
Moli 1ª soportaba por mí aquellas alturas

Tiempo para meditar



Esta mañana Gumi se libró del collar y se fue a su bola entre los pinos. Durante bastante tiempo no se alejó, incluso se acercaba lo suficiente como para que no le pudiera echar mano. Ya te cogeré, me dije. Pero no. Y en un momento dado, se perdió en el bosque de encinas que hay en medio del pinar. No volvió y tampoco pudimos esperarlo. Volví a media mañana, y armado de santa paciencia y con el kindle entre las manos, comencé a caminar al tiempo que rezaba maitines. La primera lectura, muy apropiada al momento, no me desanimó a pesar de su “consistencia”. Esta es:
Luego me dije: «Voy a probar con la alegría y a gozar de los placeres». Pero también esto resultó puro vacío. Llamé a la risa «locura», y dije de la alegría: «¿Qué se consigue?». Exploré atentamente, guiado por mi mente con destreza: traté mi cuerpo con vino, me di a la frivolidad, para averiguar cómo puede el hombre disfrutar durante los contados días de su vida bajo el cielo.
 Me puse a examinar la sabiduría, la locura y la necedad. ¿Qué hará el hombre que me suceda como rey? Sin duda lo que otros ya han hecho. Así observé que la sabiduría es más provechosa que la necedad, como la luz aprovecha más que las tinieblas.
 El sabio lleva los ojos puestos en la cabeza, pero el necio camina en tinieblas.
Si, pero comprendí que una suerte común les toca a todos. Así que me dije: «La suerte del necio será mi suerte: ¿qué saqué en limpio siendo tan sabio?». Y concluí que hasta eso mismo era vanidad. En realidad, nadie se acordará jamás del necio ni del sabio, ya que en los años venideros todo se olvidará. ¡Tanto el sabio como el necio morirán! Y así aborrecí la vida, pues encontré malo todo lo que se hace bajo el sol; que todo es vanidad y caza de viento.
 Y aborrecí todo el trabajo con el que me fatigo bajo el sol, pues se lo tengo que dejar a un sucesor. ¿Y quién sabe si será sabio o necio? Él heredará lo que me costó tanta fatiga y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Y acabé por desengañarme de todos mis trabajos y fatigas bajo el sol. Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave dolencia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar; de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.
 El único bien del hombre es comer y beber, y regalarse en medio de sus fatigas. Pero he visto que aun esto es don de Dios, pues ¿quién come y goza sin su permiso? Al hombre que le agrada le concede sabiduría, ciencia y alegría; al pecador le proporciona la tarea de juntar y acumular, para dejárselo después a quien agrada a Dios. También esto es vanidad y caza de viento. (Eclesiastés 2, 1-3. 12-26)
Y al tiempo que leía y rezaba me acordaba de ti, Camino, y de muchas cosas que vivimos. Terminé maitines y luego laudes. Entonces a mi grito apareció Gumi y no sin alguna resistencia pude engancharlo. De vuelta con el ramal en la mano, sin prisas porque la mañana ya estaba destrozada, pensé en lo de vanidad y calculé a bulto quiénes nos juntaríamos por la tarde, y no logré una cantidad suficiente. Hace cinco años no cabíamos todos dentro. Hoy estaremos en familia. No hay vanidad que valga cuando las cosas en común son importantes.

Ya es hora de contártelo


http://www.zoomnews.es/sites/default/files/images/201401/escribir_una_carta_getty_170113.jpg


Papá, prometo ser breve esta vez, que ya sé que no te gusta que me extienda. Con pocas palabras es suficiente. Tampoco necesito muchas para decirte lo siento. Tuviste que pasar muy mal año, aquel en que me “birlaste” una carta que no te quise enseñar. Me llegó en verano, mientras estábamos cosechando, o sea, en Castromocho. Ni me acordaba de que los jesuitas, que son muy previsores, me habían pedido la dirección de mi residencia en vacaciones. Por eso me extrañó recibirla allí, y tras leerla, la guardé. Pero tú, quizás sospechando por mi comportamiento, te hiciste con ella. Y la copiaste. Sí, la transcribiste de tu puño y letra. Lo recordarás.
Cuando al verano siguiente, tú en el hospital operado del cáncer de laringe, Roberto quiso encontrar las cosas que previsoramente pudieran hacernos falta por si tú no salieras en buenas condiciones, dio con los cachos en que tú la habías convertido antes de ingresar. La recompuso, finalizó el complejo puzzle y me la enseñó. Él no la conocía y tuve que explicarle cosas que me había callado. En Comillas me habían sentenciado, no me consideraban candidato apto ni para seguir allí cursando teología ni para continuar como seminarista. Eso tuvo que llenarte de inquietud, incluso de seria preocupación sobre mi futuro. Y tal vez, digo sólo tal vez, fuera un factor más a tener en cuenta en el origen y/o desarrollo del tumor que casi te deja mudo de por vida.
Pero ni el tumor pudo contigo, ni aquella carta conmigo. Tú, porque viviste treinta años más parlando –y fumando– lo que te plugo; yo, porque han pasado más de cuarenta, me ordenaron y continúo en lo mío.
Y aquí es donde viene lo de “lo siento”. Tenía que habértela enseñado y leído juntos para que entendieras y no te preocuparas lo que no te merecías. Fue un verano muy extraño aquel. Incluso publicaron una lista de nombres de alumnos comillenses como participantes en un curso en El Escorial, todos subversivos y revolucionarios, y claro allí estaba yo, aunque no me moviera de tu lado en los dos meses que duró la faena. Me sacaron en más ocasiones y por motivos igualmente peregrinos, estábamos en el ojo de gentes que nos miraban con desconfianza, no nos consideraban trigo limpio… Nada dije, supongo que de nada te enterarías. ¿O sí?
Al finalizar aquel año decidí no volver más por el colegio de la calle Écija, que me ahogaba como antes lo hiciera el seminario de Valladolid. Resultó muy difícil para mí compaginar unos estudios en los que empezaba a encontrarme bien, habitando en un lugar en el que me resultaba imposible vivir. ¿Sería ilusorio compaginar teoría y práctica? ¿Así iba a ser mi vida en adelante? Pasé a la residencia de Cadarso y empecé a respirar. Pero tú, no creo que entendieras porque yo tampoco me explicaba. Como tampoco lo hice mucho después, cuando te llegaron ecos de lo que pasó en el pueblo donde me estrené. Ocasión que volvimos a desperdiciar ambos, yo por callar, tú por no preguntar. De ambas situaciones salí sobreviviendo, pero para nada triunfador. Son pasado, aunque dejaron huella que llevo con resignación y persistencia. Sigo siendo, no igual está claro, rebelde con causa.
Los dos somos de pocas palabras, casi ninguna. Y tímidos. Nos cuesta abrirnos, no nos atrevemos a entrar. La intimidad propia y ajena es para nosotros terreno sagrado e inviolable, nos paralizamos justo en el umbral y damos la impresión de no querer saber, no estar dispuestos a mostrar. Ya ves, han tenido que pasar diez años para que me atreva a recordarlo… y expresarlo.
Siempre confiaste en mí. Te estoy agradecido. Te quiero papá.

¡Ya han pasado diez años!


Y han volado. Esta parte de mi vida ha cogido un ritmo de vértigo, imposible de dominar. Noto que el tiempo se me escurre entre voy a hacer esto, he de ir a tal sitio, tengo que hablar con tal persona, y no recuerdo qué he venido a recoger a la cocina, se me pasó decirte, dónde habré metido mi rosario. En fin, esas cosas de la edad que necesitaría que los días tuvieran veinticinco horas, las semanas diez jornadas y los meses duraran medio año (y alguien al lado que dijera ahora toca esto y luego, lo otro).
Pero no es mi edad la que requiere eso, son las cosas que quiero embutir en un espacio que les viene muy pequeño. Se diría que conforme crezco, o menguo, deseara abarcar más, llegar a otras cosas, estar en nuevas experiencias sin dejar ninguna de las ya vividas.
¡Cómo me gustaría estar fuera del tiempo! Estoy seguro de que es la mejor de todas las sensaciones, congelar el momento, atraparlo y exprimirlo hasta las heces.
Te imagino sonriendo y murmurando “¡qué cosas tienes! ¡No cambiarás nunca!” Pero sí he cambiado, y sigo haciéndolo. Lo percibo cuando me encuentro con personas a las que hace tiempo no veía; lo primero que me dicen es que dónde paro ahora, y que estoy muy delgado. Se extrañan de que esté en el mismo lugar y de que no me duela nada. A mi edad ya debería haber emigrado y tener males propios de la tercera edad.
¡Tercera edad! Es lo que me toca.
Tú también tardaste en aceptarlo. Tuvimos que hacer asamblea familiar para convencerte, cedieras y consintieras en que alguien viniera a quitarte cargas y trabajos. No te gustó, y tampoco te quedabas conforme de cómo lo hacía. Yo, entonces, te sacaba de paseo y así, no viendo, como que no ocurría.
Esta mañana, mientras adecentaba el jardín que está muy descuidado desde que se fue Felipe, pensaba si conseguiría hacerlo durante mucho más tiempo y si lograría hacerlo tan bien como él. Lo primero no está en mi mano y no me preocupa; lo segundo no lo voy a alcanzar. Así discurre ahora mi vida, entre lo que es porque es así, y lo que nunca será porque ni siquiera me lo planteo.
Sabes que no soy conformista, que no me vale cualquier cosa, que termino por lograr lo que me propongo. Pero me conoces, no suelo perseguir quimeras. Solo me interesa aquello que pueda alcanzar por mis fuerzas, obtener de mis amigos, realizar porque es posible.
No puedo ofrecerte lilas, que han sido pocas y de escasa calidad. Rosas tampoco, que vienen muy atrasadas. Ayer, justo ayer, se abrieron las margaritas del campo, y hoy he visto muchas amapolas. Esta vez se ofrezco una muestra de lo que el domingo que viene será un gran ramo de florecillas silvestres.
Una última cosa, mamá. Diez años han pasado, que me parecen demasiados. No sentí dolor por tu partida, incluso llegué a desearla para verte libre. No tuve luto por ti, supe donde ibas. Con alegría y esperanza. No he pasado un solo día sin recordar detalles, palabras y silencios tuyos. Con ellos vivo, son mi mochila de colores, aparte del armario que tengo lleno de tus jerseis en tonos imposibles, y un físico que cada vez se iguala más a la foto de tu padre, el abuelo Marceliano en pose cazadora, que cuelga en el pasillo de casa.
Termino con un capricho que me ha dado ya en la madrugada. Esta canción de Luis Mariano que tanto te gustaba y que ahora puedo rescatar del pasado gracias a la técnica y a una buena persona que la ha colocado disponible para mí y también para ti.
Besos y hasta la próxima.

La primera noticia del día



Como despertador se me enciende la radio y lo inmediato que oigo es cómo va a ser el encierro y cuántos los corneados.
Tú pasabas de ello, y de los toros en general. Al contrario que mamá, que se tragaba todito el recorrido, primero en la radio y luego por la tele.
No eras de toros y vacas, sí de caballos y yeguas. Y de galgos, por lo que me contaron de tus tiempos jóvenes. En los campos llanos de Moral tuviste fama de cazador, mejor dicho, de perseguidor de liebres.
Pero nunca competiste, ni apostaste, así tuvieras los mejores lebreles de la zona. Por eso también pasaste del fútbol, que en cuanto empezaba el partido te cansabas y volvías a la novela que tenías entre manos.

Una sola afición en este sentido te conocí: el Atlético de Bilbao, el Atleti. Y le fuiste fiel mientras él también lo fue. Luego, simplemente lo dejaste.
Por eso mismo, anoche te habrías dedicado a leer en lugar de mirar a la pantalla. Ni una sola jugada mereció la pena. Suele ocurrir, decías, que cuanto mayor expectación, mayor decepción.
Ya sabrás que los nuestros se volvieron pronto a casa. También habíamos levantado demasiadas ilusiones. Es nuestro sino: grandes proezas, terribles fracasos.
Como lo de este verano. Ni lo es, ni lo parece. Los campos estaban secos antes de concluir mayo, y hasta el mediterráneo está dejando de ser atractivo.

Por cierto, hablando de cosecha; el otro día me enteré de que ya no se siembra “aragón”, “rojo basto”, “rojo fino”, aquellos trigos duros que a ti te gustaban tanto porque hacían tan buen pan. Ahora se estilan otras variedades que a ti te sonarían a chino como a mí a novedosas. Atento que va la lista.
En trigos duros: alfaro, anton, artimon, astigi, attila, bolenga, cannizzo, canyon, capri, carioca, claudio, concadoro, debano, delton, don pedro, don rafael, dorondon, durtres, llanos, mellaria, nefer, quijano, simeto y vitron.
En trigos blandos: alicante, altria, amarok, apache, atijo, autan, berdun, bokaro, bologna, cezanne, chatelet, chaklin, candhi, guru, indor, isengrain, kalango, kumberri, legion, marius, orion, ornicar, pistolero, plethore, positano, provinciale, royssac, soissons, subtil, terron, y trocadero.

Si vieras qué migas más oscuras se comen ahora, y qué cortezas se estilan en los panes que se ofrecen, renegabas del oficio que te encadiló la vida entera.
En fin papá, en nueve años que han pasado mucho han cambiado las cosas. Y mucho más aún habrán de cambiar, porque está todo globalizado y esto avanza a un ritmo que es una barbaridad.
Por cierto, hemos hecho obras en casa. Ahora, con un portal resplandeciente, salir y entrar, subir y bajar, las veces que hagan falta. Ninguna pereza.
Yo estoy bien. Dale besos a mamá.

De celebración



Se trataba de reunirnos quienes fuimos colegiales en el lejano 1964, año en que precisamente dejamos de serlo para empezar otros proyectos.
Hace seis años intentamos un a modo de festejo, inventándonos el 44º aniversario. Pero ha sido ahora, en el 50º, cuando lo hemos hecho como dios manda.
Sólo asistí a la primera parte, la más oficial por decirlo de alguna manera: Saludo del director del Colegio, Eucaristía y Concierto a cargo de la Coral Valparaíso.
A partir de ahí, sin mi presencia, el colectivo de exalumnos y las parejas acompañantes procedieron a pasar el resto de la jornada rememorando viejas historias, contemplando con derecho al toque libros y utensilios pasados de época, riendo con las fotos en blanco y negro, y comiendo en amigable camaradería. No creo que al final se animaran a echar un partidillo, porque con la tripa llena eso sienta fatal.
De modo que tal vez dieran un paseo suavecito por el colegio, aunque ya no se parece casi nada. El jardín de junto al río, ocupado por una mega construcción deportiva, sólo conserva la gruta de la Virgen y poco más, o sea que si decidieron pasearlo no tuvieron que esforzarse.
Un día tranquilo, algunas emociones, –una contenidas y otras dejadas al albur–, y ahora en pensar si podremos algún día volvernos a juntar para decir que han pasado… ¡tantos años!
De lo que participé doy fe. El director estuvo cariñoso y acogedor, la Eucaristía fue participada con la ayuda inestimable de la Coral Valparaíso, y del concierto posterior aquí hay algo a modo de cata:


Una consideración final: Ante esa fachada coronada por la estatua de la Virgen de Lourdes, y con sola la bandera central porque entonces no había más, comenzábamos a diario la jornada escolar entonando briosos himnos. En esa capilla apenas remozada, sonaban también cantos piadosos al compás del órgano que manejaba con estilo el hermano Jorge.
Nosotros, en esta celebración, sólo cantamos al final de la Eucaristía el Salve Regina, en latín por supuesto. Ya no estamos para hacer gorgoritos.

Relevo

Pero ¿no te habían puesto compañía? Es Tomás, mi profe de primaria, que esta tarde vino a verme. Es curioso cómo en la infancia parecíamos tan distantes en edad, dignidad y gobierno, y cómo ahora en la ancianidad parecemos tan cercanos. Va a ser cierto que al final los ríos se aproximan, no importan dónde nazcan.
Tomás de cuerpo entero. Ángel, tapado por una mano inoportuna. Año 2008
Traía el programa de actos para el 50º aniversario de mi promoción colegial. Y lo dejó. También venía con la lista de los pueblos de España. Aquella rimada que nos aprendímos de memoria y que aún recitamos en trío él, Ángel y yo:
Úbeda, Martos, JAÉN,        LEÓN, Murias, Ponferrada,      VALLADOLID, Peñafiel,
Baeza, Cazorla, Andújar,     Sahagún, Astorga, Mansilla,     Valoria, Olmedo, Medina,
Huelma, Linares, Bailén,     Valencia, Bañeza y Riaño,         Rioseco, Nava del Rey,
La Carolina y Porcuna.        Villafranca y La Vecilla.            Villalón y Tordesillas.
Fue una visita interesada. Se llevaron mi Astete y el cancionero. ¡Con vuelta, eh! Quieren hacer una muestra de nuestras cosas de entonces, libros, plumieres, carteras, en fin, lo que usábamos y ahora son reliquias…

Coincidimos precisamente hoy, que hacíamos honor a Camino. Arropados por la elección de Matías, –“Echaron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles” (Hech 1, 26)–, asumimos que nos toca tomar el testigo y mantenerlo, a pesar de encontrarnos del otro lado de la raya. Ángel decide continuar, a mí no me queda otra y Tomás sigue siendo necesario.
Camino, tú ya estás jubilosamente jubilada. Pero no consigo imaginarte mano sobre mano. Algo andarás maquinando.

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.

En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón
.

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada.

Antonio Machado. Yo voy soñando caminos

Flores y espinas



Casi no son flores, y casi tampoco espinas. Hojas en ambas, ásperas y tiesas en ésta, suaves y olorosas en aquélla. Es la malvarrosa florecida, y es la encina renovada. Cada una a su manera, dulzura y rudeza, manifiestan ante mis cuidados la vida que late en ellas. Variedad y misterio de una misma realidad, en la que estoy y por la cual me dejo llevar. ¡Qué cosas dices, miguelangel! pareces estar diciendo.
Ayer vino a verme la mamá de Diego. Está, la pobre, en pleno duelo. ¡Y lo que va a durarte!, susurré piadosamente. Y me acordé de ti. Pero sólo para hacerla ver que, igual que tú no me has abandonado, Diego no se ha alejado de ella, aunque tenga esa impresión de ausencia y de vacío.
Habló todo lo que quiso y necesitó. Y tras escucharla, y decir lo que te digo, la vi marcharse, no sé si más tranquila, algo confortada.
Y es que si a mí me corresponde la malvarrosa, a ella le ha tocado en suerte la encina. Tu partida para mí fue suavemente olorosa, luminosa en tonos malva. La partida de su hijo, para ella ha sido dura como una pedrada, negra como una noche ciega.
Al pronto, ya ves, me inspiró lástima; pero sólo un poco, muy poquito. Tengo la seguridad de que Diego va a entrar en acción no tardando. Si te lo encuentras, –es alto y joven, dice chistes tontos y es muy buena persona–, avísale que no se demore, que aquí lo están necesitando.
Recibe este beso que te mando.

Rebuscando en el baúl de los recuerdos


He tardado en responder porque no es fácil hurgar en papeles y fotos para descubrir, que no sólo recordar, cómo fue mi infancia. Me pidieron que mostrara cómo era de pequeño y cómo soy ahora. ¿Cómo responder a esto?
Por supuesto que sólo se trata de ponerme en foto. Pero ya que ha de ser, por qué no ir un poco más allá. Y es lo que he tratado.
A quien me lo ha pedido le he hecho una sugerencia, a primera vista vanal: que mirara los apéndices auriculares de esta foto de familia colegial de la tercera clase elemental A del colegio de lourdes del año 1957. No se salva ni uno; el único que las tiene moderadas es el religioso “babero” que nos acompaña. Tiene que ser que dada nuestra condición de niños necesitábamos entonces unas orejas muy grandes, porque eran muchas, muchísimas las cosas que debían entrarnos mediante la palabra escuchada, susurrada, incluso gritada. De todo hubo, sí señores, para dar y tomar. Aquellos 45 pares de orejas de soplillo habrán oído demasiado a lo largo de su vida.
Pertenezco a la época en que la palabra dominaba sobre la imagen. Tal vez por eso, precisamente, mis ojos aparecen empequeñecidos.
De todas maneras las frentes eran todas amplias, bueno casi todas. La mía en especial.
 Ahora sigo teniendo una frente respetable que mi pelo disimula discretamente. Tampoco hay por qué andar molestando a los que lo han perdido del todo por buscarse la vida, o porque su naturaleza es de esa condición. Sin embargo ni mis cejas se bajan, ni mis párpados se abuardillan; así miro yo en la actualidad, con los ojos bien abiertos.
El secreto es que ahora llevo lentes entintados, que en cuanto les toca la luz solar, se oscurecen. Así voy protegido.

Volviendo al principio


Me obligan a recordar por qué inicié este blog hace casi seis años, y lo hacen repitiendo la jugada. Ahora se trata de celebrar el 50º aniversario de la salida del colegio. No me pregunté la razón de cuantificar entonces el motivo en cuarenta y cuatro, tampoco lo hago ahora que es cifra más redonda. En todo caso no es exacta en ambos casos, puesto que yo dejé aquel colegio mucho antes, exactamente en primero de bachillerato, o sea hace cincuenta y seis abriles. Y digo abriles, como podía decir junios o febreros.
No estoy porque tampoco estuve
Como la primera vez, en esta segunda vuelvo a ser el invitado que no puede excusarse. Empieza la convocatoria con una Eucaristía, y soy el único. Así que sobre este particular nada más que añadir.
El resto me temo que vuelva a ser más de lo mismo. O sea, repe. Y entonces no me petó. ¿Será ahora de otra forma?
Aprovecho que tengo tiempo por delante para pensarme las cosas, mucho más que hace seis años. Y no, no espero nada de Internet, ya lo dije entonces y lo repito ahora.
De quien sí espero noticias es de los organizadores. Voy a estar en vela por si se les ocurre aparecer.

Esta vez son unas fotos




Sí, papá, unas fotos de la montaña. Más o menos como tantas que intenté enseñarte de mis campamentos con la chavalada y de mis excursiones en vacaciones. Pero, hijo, otra vez os vais… Tened cuidado… y volved pronto. Me llamas cuando lleguéis a casa. Era tu rutina. No entendías que nos gustara gastar los ratos libres conduciendo lejos y andando cuesta arriba y cuesta abajo. Pero, y allí ¿qué es lo que veis? Y enseguida te soltabas a contar los tres años que pasaste en la sierra de Guadarrama, cuando la guerra, en un nido de águilas, cuidando un puesto de ametralladoras que nunca disparaste, pasando frío y bebiendo hielo y nieve derretidos, y bajando de pascuas a ramos a San Rafael a tomarte con tus compañeros de armas cualquier cosa en la posada.
Para ti la montaña era un estorbo que te impidió durante mucho tiempo estar lejos de tus tierras llanas, tu rebaño, tus gallinas, tu marrano y de poder ir a Rioseco al mercado y a cantar en la cantina con un jarro de tintorro en una mano y la fusta del caballo en la otra.
No quisiste nunca mirar fotos que yo traía para enseñar de nuestras correrías. Hoy las vas a ver, quieras o no, porque a cabezota sabes que no hay quien me gane. No son mías, son de Toñi y de Roberto, que están ahora por allá. Te voy a contar cómo es el paseo que acaban de hacer ellos dos y que expresan en estas imágenes.
Empieza un camino en la orilla derecha del río Ésera, que ahí mismo recibe como afluente al Estós. Tras un corto repecho que bordea un pequeño embalse a cuyo pie se mantiene hasta muy entrado el verano un puente de nieve, el valle se abre y se nivela, ofreciendo bosque de hayas en toda su inmensidad. Pasado un buen rato, quizás media hora o tres cuartos, sale a la izquierda un sendero que sube haciendo eses entre el bosque. Otra hora más o menos y se llega a una llanada en la que hay una preciosidad de laguna, el pequeño ibón de Batisielles. Un poco más allá hay una cascada que baja de un lago y forma otro lago, los ibones de Escarpinosa. Y bordeando por la izquierda a lo largo de toda la ladera oeste de las Agujas de Ixeya se van encontrando más lagunas hasta que la última, la más escondida, se te presenta rodeada de neveros y con algún que otro témpano flotando; es la Tartera de Perramó.
Toñi, que ha sido la maquinista, no ha querido mirar en ningún momento a su derecha, por eso no ha sacado ninguna foto ni a las Agujas de Perramó, ni a los ibones que hay justo a su lado. Tal vez en la próxima visita quiera subir al ibón alto de Batisielles y desde allí nos saque alguna buena panorámica de este valle alto de las cercanía del Llardana o Poset.
Bueno, papá, no me digas que en este tu octavo aniversario no te traigo fotos guapas. Míratelas en un ratejo que pilles sin ocupación, y le dices a mamá que también las eche una miradita.
Espero volver a recorrer esos lugares alguna vez más, aunque me lo están poniendo muy difícil; no dejan que los perros corran libremente, y llevarlos sujetos es martirizarlos y martirizarme. Prefiero no ir, a no ser que me concedan un pase especial o me aseguren que puedo dejar a mis amigos en un buen alojamiento.
Por cierto, papá, no te he contado que tenemos un Gumi; va a cumplir cuatro años y acabo de arreglarle el cuerpo limpiándole un absceso contumaz que le salió porque haciendo el bestia se dio un golpe contra una pared del jardín de la parroquia.
El muy pillín conoce la historia de tu Gumi, y te manda un gruñido cariñoso mirándote con su ojo malo, el del tercer párpado.
Besos de tu hijo.

Aniversario





Treinta y ocho años que mi obispo Don José me ungió e impuso sus manos sobre mí para conferirme el sacramento del Orden. Treinta y ocho años que soy cura. Treinta y ocho años que sigo sin creérmelo y, sobre todo, sin haberme enterado de lo que supone para mí. Para los demás, percibo que no hay mayor problema; unas personas me aceptan tal y como soy; otras, dicen sin ambages ¡vaya cura! o ¡esto ni es cura ni es ná!
Lo que siempre me he sentido: miembro del Pueblo de Dios. Es decir, laico. Y eso ocurrió, o empezó a ocurrir, cuando me bautizaron, allá por mil novecientos cuarenta y ocho. Ese es mi mayor timbre de gloria. Esto otro lo considero un simple añadido que me orienta hacia el servicio interno, la diaconía más que el sacerdocio. Porque propiamente Sacerdos sólo El Señor. Con él se rompió el molde. El resto a su vera sanjuanera.
Pero puesto que así están las cosas, tengo que aceptarlas. Por eso me uno en la plegaria al Rahner que ora de esta manera:

ORACIÓN PARA IMPLORAR EL VERDADERO ESPÍRITU DEL SACERDOCIO DE CRISTO

Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, Verbo eterno del Padre, Sumo Sacerdote de todos los hombres:
Te damos gracias porque has tenido a bien disponernos para tu sacerdocio. Reconocemos que nos has escogido, y nosotros a ti, que somos indignos y débiles y que, sin tu gracia, no seríamos capaces de seguir tal llamamiento. Pero Tú nos has dispuesto. Debemos ser tus testigos. Te damos gracias, Ángel del Gran Consejo. Debemos proclamar tu verdad. Te alabamos, Palabra de eterna verdad. Debemos renovar tu sacrificio. Te alabamos, Sacerdote y víctima por toda la eternidad. Debemos administrar tu gracia. Te bendecimos, Gracia encarnada del Padre, y te damos gracias, solamente gracias, porque nos has llamado a tu santuario, a tus altares y a tu propia misión sacerdotal. Te damos gracias. También por nosotros hablaste al venir al mundo. También yo he venido para hacer tu voluntad; Tú me preparaste un cuerpo. También por nosotros suspirabas aquella larga noche en que rezaste por tus apóstoles, antes de elegirlos. También por nosotros fuiste manso y paciente al soportar a tus discípulos, que eran incapaces de entender. También por nuestro trabajo sentiste júbilo, cuando alababas a tu Padre, al regresar los discípulos. También por nosotros rezaste lleno de preocupación, para que no titubease nuestra fe y fuéramos robustecidos en Pedro si Satanás pretendía cribarnos como se criba el trigo. También nosotros estábamos presentes en tu espíritu, cuando Tú dabas a los apóstoles la ley de su vida en el sermón de la montaña y en el «padre nuestro», el compendio de su oración. También a nosotros se refería tu palabra, cuando decías a tus apóstoles: no se turbe vuestro corazón; no temáis, hombres de poca fe, os he puesto para que vayáis y traigáis fruto; no está el discípulo sobre el maestro; el que no renuncia a todo no puede ser mi discípulo; en tus apóstoles nos llamaste amigos, niñitos, mis hermanos, que te son tan caros como un hermano, una hermana y una madre. Tu palabra quería tocar también nuestro corazón cuando decías a tus apóstoles estas palabras y muchas más que nos ha transmitido tu Evangelio como legado destinado a tus sacerdotes y que nosotros deberíamos leer de rodillas y con lágrimas en los ojos. A nosotros te referías cuando dijiste palabras ante las que se han postrado temblorosos todos los poderes y fuerzas de la historia: «Id, enseñad a todos los pueblos y bautizadlos; haced esto en memoria mía; a quien perdonéis los pecados, le serán perdonados; lo que desatéis en la tierra será desatado también en el cielo». ¡Oh Jesús!, sacerdote y rey por toda la eternidad, Tú quieres que seamos y sigamos siendo tus sacerdotes. Seas alabado por toda la eternidad.
Mira, Señor, nosotros queremos comenzar una y otra vez a ser aquello a lo que Tú nos has llamado. Nos entregaremos de nuevo, alegres y valientes, al día cotidiano, en el que debemos madurar aún más, hasta ser apóstoles y sacerdotes de tu santa Iglesia. Tú mismo nos envías a estos caminos. A menudo son largos, pesados y monótonos para nuestro débil e impaciente corazón. Danos, por tanto, tu Santo Espíritu y, en esta nueva peregrinación nuestra, el espíritu de tu sacerdocio, el espíritu de temor de Dios, el espíritu de comprensión, el espíritu de humildad y de casto temor de poder deshonrar al Dios santo por nuestros pecados, el espíritu de fe y de amor en la oración, el espíritu de castidad y de pureza varonil, el espíritu de ciencia y sabiduría, el espíritu de amor fraternal y de unidad sin envidia ni discordia, el espíritu de alegría y de confianza, el espíritu de longanimidad y magnanimidad, el espíritu de obediencia, de paciencia y de amor a tu santa Cruz. Haz que en este camino tengamos siempre ante los ojos a Dios, tu Padre, que caminemos siempre en su presencia, trabajemos honradamente en la formación de nuestros sentimientos, nos mantengamos unidos fraternalmente, llevemos los unos las cargas de los otros, y de esta forma cumplamos tu santa ley.
Haz también que cada día seamos más semejantes a ti mediante nuestro esfuerzo fiel, sostenido, desinteresado, especial, por nuestras súplicas, ¡oh Sabiduría eterna de Dios!
Pero, sobre todo y por encima de todo, danos la gracia de la oración y del amor a ti, ¡oh Jesús! ¿Qué somos sin ti? Unos extraviados. Pero ¿cómo podríamos poseerte si no es haciendo de ti, cada día de nuevo y cada día más, el centro de nuestro corazón, sea por la oración, sea por el amor? Concédenos, Señor, si de verdad nos quieres tener por sacerdotes tuyos, aquellos dones sin los cuales no se puede ser en verdad sacerdote tuyo, otórganos la gracia de la oración, del recogimiento, de la interioridad. Sostennos, si queremos apartarnos de ti, distraídos y esparcidos; atráenos a ti, si somos insensatos, y si fuere menester con las espinas del dolor, de la amargura de corazón y de la penuria. Concédenos sólo una cosa: la gracia de ser de verdad hombres de oración y de serlo más cada día. Si somos hombres de oración, estaremos y continuaremos siempre en comunión contigo, seremos en medida creciente lo que somos según tu voluntad y lo que debemos ser: tus discípulos, tus apóstoles, tus sacerdotes, los testigos de tu verdad y los administradores de tus misterios.
Nos gloriamos y te alabamos por ser tus sacerdotes: sacerdotes, y nada fuera de ello, sacerdotes en servicio pleno. Tú nos miras, tu mirada penetra hasta nuestro corazón, tu amor nos llega al corazón. Y dices: vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando (Juan 15, 14). Y nosotros nos atrevemos a dirigir a ti nuestra mirada, con humildad y confianza, y decir: con tu gracia seremos lo que nos has mandado ser. Amén.
[Karl Rahner. Oraciones de vida. Publicaciones Claretianas. Madrid 1986, págs. 154-157]


No obstante lo anterior, insisto en que con Jesucristo el velo del templo se rasgó de arriba abajo. Y eso no es cualquier cosa, todo lo contrario. Ya no hay sagrado y/o profano, como tampoco hay judío, griego o romano, varón o mujer, excelencias y pueblo llano, que produzca diferencias a tener en consideración; todos iguales, de dignos o de indignos; para ser libres y entregar la propia libertad en el servicio a los demás, hermanos y hermanas, incluso extraños y extrañas (Cfr. Gálatas 3, 27-29).
Por eso me siento bastante más identificado con el Rahner que también ora desde esta otra orilla con no menos hondura y bastante más sencillez, claridad y brevedad:

ORACIÓN DE UN LAICO

Señor, me pongo siempre un poco nervioso cuando escucho la palabra «laico» en la Iglesia. Si alguna vez se habla de los laicos es para tildarles tácitamente de personas poco o nada entendidas en algún asunto. Sin embargo, yo tengo el derecho y el deber de entender todo cuanto sea posible acerca del mensaje de Jesús y de su Reino. No está predeterminado por nadie que sólo quienes poseen potestad ministerial posean conocimiento del Reino y tengan capacidad para encarnarlo.
Carezco de potestad ministerial y no aspiro a tenerla. Quienes la poseen son dignos de estima en la medida en que sirvan a la causa que es también mi causa: llegar a ser con radicalidad un cristiano en el que pueda actuar el Espíritu de Dios, llevando una vida comprometida en el seguimiento de Cristo. Por tanto, ser jerarca significa no estar sobre mí, sino estar junto a mí dentro de la Iglesia. Y es que la gracia de Dios nos llega no sólo a través de los signos sacramentales administrados por la jerarquía, sino que está en las manos libérrimas de Dios, el cual la otorga a quienes se la piden.
Sé bien, Dios santísimo, que la responsabilidad de mi ser cristiano crece sobre estas bases. Yo tengo que rendir cuentas de si las gracias y los carismas que configuran mi vida obran con suficiente energía hasta el punto de hacerse sensibles a los demás. No es mi cometido predicar desde el ambón. Me compete algo más difícil si cabe: dar testimonio del Evangelio a través de mi vida. En un medio ambiente que ni rechaza expresamente lo cristiano ni muestra verdadero amor hacia ello, me resulta particularmente difícil demostrar lo que soy en su justo lugar y tiempo. Me resulta complicado hacer ver que uno puede sentir únicamente la plenitud definitiva de la propia vida cuando todo el ser se cimenta, ¡oh Dios!, sobre ti y vive desde la gracia.
Ciertos cristianos más valientes y generosos que yo me demuestran con su testimonio que cuando se está dispuesto a sobrepasar ciertas barreras llega uno a liberar a otros que parecían vivir detrás de puertas cerradas a cal y canto. ¿Por qué, pues, soy tan pusilánime, tan perezoso como me veo obligado a reconocer? Palabras como «misional» y «apostólico» parecen tener hoy un sabor ya rancio. Mas ¿soy aún capaz de preguntarme por su significado? Cuando estos conceptos no se me presentan como algo obvio, ¿no tendré que pensar que he ido a parar en una existencia indigente y menesterosa?
Dios mío, concédeme valor y energía para ser un laico que merezca el nombre de cristiano. Amén.
[Karl Rahner. Oraciones de vida. Publicaciones Claretianas. Madrid 1986, págs. 162-163]

Termino. Sé muy bien de Quién me he fiado. ¿Sabrá Él a quién se ha confiado?

Entre lo que uno mismo piensa…

lo que trajina para darle expresión, lo que articula mediante la palabra dicha o escrita… y lo que otra persona entiende, puede haber una distancia sideral. Y esto no depende del lugar físico en el que se encuentren, o no sólo, ambos; aquí la geografía puede tener su importancia, pero no deja de ser algo secundario. Decisivo es el lugar mental de cada quien, tanto del agente emisor como de la parte receptora.


Digo esto a cuento de unas frases del papa Francisco que ya están recorriendo el éter. Si un día dijo «los corruptos son el anticristo», al siguiente insistió «la hipocresía es la lengua de los corruptos». Inmediatamente han empezado a utilizarse para confirmar coincidencias o desavenencias. Mientras para una porción de escuchas se trata de un juicio condenatorio contra la corrupción en la vida política y social, para otra porción no menos importante se refiere a quienes dentro del ámbito eclesial tratan de medrar buscando su propio interés; pero también hay quien considera que el papa se refiere a otros asuntillos que, –¡oh cielos, ya lo habíamos advertido y aquí todo sigue igual!–, ya fueron rechazados con anterioridad porque identifican a quienes “quieren vivir su fe desde la modernidad, respetando la autonomía del mundo y fundando su ética y su acción en el mundo «como si Dios no existiese»”.
Espero que sea él mismo, Francisco en persona, quien avisado de las posibles significaciones e interpretaciones de sus palabras, reafirme incluso con gestos su pensamiento. Es mi opinión que ya lo está haciendo. Pero claro, cada quien entiende lo que quiere… o lo que puede.
Eso mismo le pasó a Juan XXIII, cuyo 50º aniversario celebramos ayer. Y es bueno recordar que cuando a él le ocurría algo semejante, solía ser contundente. Dijo que habría concilio, y lo hubo. Dijo que pastoral, y la hubo. Dijo que universal, y lo fue. Mandó callar a la curia… (aquí no sé si le hicieron demasiado caso), y los obispos y los teólogos hablaron. Y más importante, dejó que el Pueblo de Dios se expresase. Y más cosas, que ahora resultaría prolijo enumerar.
No tengo que ir muy lejos para hablar sobre este particular. También a mí me suele ocurrir, que pensando una cosa, al traducirla a formas de expresión, se entiende de diverso modo. ¿Ha dicho blanco o negro? ¿Quiere que hablemos o que callemos? ¿Permite o no permite? Suele ser más frecuente la salida socorrida de “no le entendí”, “en ese momento estaba un niño gritando y no oí nada”, “es que me olvidé las gafas de leer”…
Por eso mismo suelo escribir lo que quiero comunicar, aunque luego levante la mirada y me salga lo que no está en el papel aunque sí en mi pensar y sentir. Por eso también, cuando me piden que dé lo que he dicho, respondo que no lo sé, tampoco lo tengo; y es la verdad.
Compruebo que también en Internet sucede algo semejante. No hay más que recorrer blogs y leer comentarios. Enseguida se comprueba cuánto difiere el texto original de quienes se acercan, leen y opinan.
Terror me produce cuando en algunas reuniones, y tras haberme expresado a mi manera, alguien interviene diciendo “estoy de acuerdo contigo…” para continuar diciendo de su cosecha algo tan diferente y alejado a mis ideas que no hay forma de medir la distancia que nos separa.
Sí, el lenguaje escrito o hablado, incluso el corporal, también sirve para separar y distanciar. Es una auténtica pena.

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