Pero no me importa. Y
me importa un pito si todo quedara en nada; al menos he vuelto a escuchar el
grito de la selva, aquel que decía: Seamos realistas, pidamos lo imposible.
Lo gritó un esclavo
de Roma, y metió el miedo en el cuerpo del imperio.
Lo gritaron los
poberellos, y Roma, la eclesiástica, volvió a temblar.
Ese fue el grito que
desde los arrabales de París gritó la muchedumbre, y la Bastilla cayó.
Se escuchó en el
sesenta y ocho, y tras un pequeño revolcón, ¿todo volvió a su ser o empezó algo
distinto?
Sí, sé que todo puede
volver a ser lo mismo, lo de siempre: los de arriba más arriba, los de abajo,
abajo del todo. Y los del medio, en el mismo sitio, pero con más miedo que
antes.
¿Volverá el silencio
de los corderos, de los estómagos satisfechos y el pensamiento anulado?
Pero este momento de
gloria queda ahí, ahí está. Aunque lo olvidemos más pronto que tarde.
¿Y si en vez de decir
“pidamos” decidimos ir a por todas y lo cambiamos por “hagamos”?
Qué bien queda el
grito de esta manera:
Somos realistas, ¡ya
estamos haciendo lo impensable!
En la Cena ecológica del Reino, Máximo Cerezo Barredo
Son luminosos los
misterios que en jueves contempla el rosario, y no sé por qué me los salté
ayer. (Tal vez esté viviendo tiempos algo oscuros, me sugiero, y necesitaba
algo ilusionante). Los inventó el anterior del anterior papa, Juan Pablo II.
Osó modificar la tradición en este punto, dejando otros bien importantes atados
y bien atados. No creo que duren mucho en ese estado, habida cuenta de que
Reino de Dios y nudos gordianos no casan en absoluto. Al tiempo. Yo que él
habría colocado lazadas en su lugar. Sujetan, pero permiten con un simple gesto
deshacer conflictos y recuperar libertad. Pero, claro, esto es otra insensatez
que se me ocurre. Y van…
Uno, en su
ingenuidad, en la que no se ve en solitario, cree aún que son posibles los
imposibles; a pesar de tener enfrente la terca realidad. Predica, predica,
pienso que dicen algunos, cuando me ven insistir, por ejemplo, en que canten,
en que hablen, en que estén; opinar sí opinan, muchos de manera ausente; no vuelven
y ya está; o siguen estando, pero pasivos, meros espectadores. Es que mi niño
no entiende, o no se ve implicado; se aburre. No consigo convencerlo para que
vaya contento. Dice alguna mamá; los papás, suelen encogerse de hombros y, a lo
más, sonríen.
Ahora las cosas deben
ser entretenidas, hay que pasárselo bien para que interesen. La comida, diver;
el cole, diver; los deberes, diver; todo guay del paraguay.
Mientras tanto, se
crean situaciones nuevas al margen de lo organizado. En cada lugar de una manera.
Eso es puro relativismo, concluyen los de siempre. Y desaniman, por si hiciera
falta. Entre estos y los otros, que amedrentan, el personal se asoma pero no se
lanza, no rompe, no se desata. Y ¡ay que ver cómo molan las melenas al viento,
las trenzas deshechas y los pelos revueltos!
Yo sigo impertérrito,
sin ceder al desaliento. Algo surge, de vez en cuando. Y entonces suspiramos
satisfechos.
De repente se cubre
el cielo y te enteras de que, por ejemplo, vuelve la guerra fría, que se ha
mantenido callada en el viejo arcón congelador de la historia. O el osco gesto
de la adusta cara centroeuropea que avisa rechazar a los más pobres, porque
afean y además cuestan dinero. O ves que amenazan con volver los grises y la
orden terminante en medio de la plaza: ¡circulen, disuélvanse!
¡Ay si Gorbachov,
levantara la cabeza!
¿Qué diría Konrad
Adenauer a la Anguela Merkel: gracias por unificar las alemanias o si llego a
saber esto ni dimito ni me muero?
¿Habrá resucitado
Manuel Fraga para gritar que la calle sigue siendo suya?
¡Ahí está lo nuevo!
¡Mirad que se aproxima!
Contentos, sí.
Complicados, también. ¿Implicados? Esa es otra canción.
A mi gente casi la
tengo convencida de que utopía, lejos de ser algo imposible por más que
deseable, es aquello que aún no está al alcance de la mano pero bien podría
estarlo si, convencidos y decididos, nos proponemos alcanzarlo realizándolo.
Mi trabajo me está
costando, porque, dada la circunstancia actual y la anterior y la que se
sospecha llegará mañana, suena sinceramente a música celestial.
En esas estoy y me
llega otra palabra complicada, que desconocía hasta ahora: distopía.
Tiro de diccionario y
veo que no la reconoce. Indago un poco más y compruebo que tiene su lugar,
aunque no es demasiado extenso. La mejor definición de esta palabra que me
encuentro es: La distopía, el antónimo de la utopía, es un género que da mucho juego para
criticar, en clave de ficción, situaciones actuales.
O sea,
dicho de otro modo, si utopía es aquel futuro idílico universalmente deseable,
distopía se refiere a un horizonte apocalíptico del que más nos conviene huir.
Parece
ser que la palabra positiva, utopía, la acuñó Tomás Moro en su libro Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia, en el siglo XVI. La negativa,
distopía, tiene por autor a John Stuart Mill, que se apoyó para crearla en otra
de Bentham, cacotopía, allá por el siglo XIX. Y no quiero remontarme más,
porque entonces llegaríamos a Platón, y no es plan.
Menudo follón se me
presenta a partir de ahora. ¿Peor aún que esto? ¡Dios nos coja confesados!
Este mayo llegó, y nada hacía sospechar que lo que empezó como el rosario de la aurora, podría terminar como una aurora de rosarios. Me explico. La realidad es como es, y no hay manera de cambiarla, pero a veces salta el milagro.
Recién beatificado el papa anterior, nos enteramos de la muerte de un terrorista mundial, ajusticiado por la vía rápida, con dos. Todo el mundo seguía aplaudiendo, que ya había empezado a hacerlo en Roma.
Luego, o durante, o antes-durante-y-después, tuve primeras comuniones por ración séxtuple, que es mucho. Realidad con una pizca de esperanza apuntando a que puedan ser las cosas mejores.
A continuación murió Camino, que estaba tan claro como el agua, a pesar de que su coraje y entereza nos hizo creer a muchos que con ella eso era imposible. Alrededor de Camino se vivió claramente que el futuro no es gratis, pero existe. Y este presente para allá apunta.
El 15M y su grito Democraciarealya fue real, ahí aún se puede ver, en Sol y en mil plazas más. Y que dure, para que tenga consecuencias.
El 22M no ha sido sino un golpe seco de realidad. Esto es lo que hay.
No podía terminar así este mes, el florido y hermoso, el de los nublados sin avisar y “chapoteros”, el que ha reventado este año con una vegetación por doquier. [Tengo el jardín hecho un auténtico mar de flores].
Termino, pues, y lo hago lo mejor que puedo. Con palabras de Eduardo Galeano, que ya le he cogido el gusto, y me apetece un montón.
«Estando en Cartagena de Indias, en la Universidad, dando unas charlas junto a Fernando Birri, un gran amigo mío, director de cine argentino, un estudiante le preguntó para qué sirve la utopía. Yo lo miré con lástima; dije ¡huy!, qué lío ahora. Y él contestó estupendamente, de la mejor manera. Dijo que la utopía está en el horizonte. Y dijo: Yo sé muy bien que nunca la alcanzaré. Que si yo camino diez pasos, ella se alejará de mí diez pasos. Cuanto más la busque menos la encontraré, porque ella se va alejando a medida que yo me acerco.
Buena pregunta, ¿no? ¿Para qué sirve? Pues la utopía sirve para eso, para caminar.»
¿Qué tal si deliramos por un ratito? ¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible?
El aire estará limpio de todo veneno que no provenga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.
En las calles, los automóviles serán aplastados por los perros.
La gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por el ordenador, ni será comprada por el supermercado, ni será tampoco mirada por el televisor.
El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas.
Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir no más, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega.
En ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo.
Nadie vivirá para trabajar, pero todos trabajaremos para vivir.
Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas.
Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas.
Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos.
Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas.
La solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie, nadie, tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo.
La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero.
La comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos.
Nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión.
Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle.
Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla y la policía no será la maldición de quienes no pueden comprarla.
La justicia y libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda.
En Argentina, las locas de plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La Santa Madre Iglesia corregirá algunas erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo.
La Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: "amarás a la naturaleza, de la que formas parte".
Serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma.
Los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos se desesperaron de tanto esperar y ellos se perdieron por tanto buscar.
Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de belleza y voluntad de justicia, hayan nacido cuando hayan nacido y hayan vivido donde hayan vivido, sin que importe ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo.
Seremos imperfectos. Porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses, pero en este mundo, en este mundo chambón y jodido, seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero y cada noche como si fuera la última.
P.D. Felizmente puedo decir y digo que este texto sí pertenece a Eduardo Galeano. Y lo afirmo sin sombra de duda alguna porque él mismo lo recitó un día en TV3 y yo lo escuché.
Si lo dice alguien tan importante, no hay la menor duda. Veré en manos de quien me pongo, para no perder tiempo.
Tengo que reconocer que la frase en redonda, y está de plena actualidad. Es ésta:
"Cualquiera que se pregunte si Bin Laden no ha recibido lo que se merecía, que se lo haga mirar". Y no cabe discusión posible, es el Jefe quien lo dice. Sí, Barack Obama, salvo que mientan los mensajeros.
¿Merece la pena volver a la comparanzas? Me refiero a medir a éste con el otro. ¡El sueño de Luther King hecho realidad!, se dijo entonces.
¿Para qué vamos, pues, a discutir? Quién afirmó rotundo “Sí, podemos”, ahora se planta desafiante ante quien le lleve la contraria. Y vaya si puede, a la vista está.
Nada nuevo, a lo que parece. Porque también este otro se las trae: “El cristianismo no es una ideología ni una utopía”, Benedicto XVI, en Venecia el 8 de mayo de 2011.
Tampoco es original, porque copia de esto, o eso creo yo: “El voluntariado no es una ideología ni una utopía”, Juan Luis Cipriani, Cardenal Arzobispo de Lima, el 11 de agosto de 2009.
En realidad el Papa desea que entendamos que el cristianismo, -y Cipriani el voluntariado-, es una realidad. Pikaza lo explica bastante bien. Lo malo es que también Obama expresa la realidad. Que lo del King de las narices al fin y al cabo era sólo un sueño.
Y yo concluyo: el Jesús del Evangelio, un tonto ingenuo, que se creía todo lo que predicaba. Otro que estaba loco de atar…
Ya ni me molesto en ver qué decía Ernst Bloch; total, para qué.
«¿A quién compararte en tu grandeza? Mira: a un cedro del Líbano de espléndido ramaje, de fronda de amplia sombra y de talla elevada. Entre las nubes despuntaba su copa. Las aguas le hicieron crecer, el abismo le hizo subir, derramando sus aguas en torno a su plantación, enviando sus acequias a todos los árboles del campo. Por eso su tronco superaba en altura a todos los árboles del campo, sus ramas se multiplicaban, se alargaba su ramaje, por la abundancia de agua que le hacía brotar. En sus ramas anidaban todos los pájaros del cielo, bajo su fronda parían todas las bestias del campo, a su sombra se sentaban numerosas naciones. Era hermoso por su talle, por la amplitud de su ramaje, porque sus raíces se hundían en aguas abundantes. No le igualaban los demás cedros en el jardín de Dios, los cipreses no podían competir con su ramaje, los plátanos no tenían ramas como las suyas. Ningún árbol, en el jardín de Dios, le igualaba en belleza. Yo le había embellecido con follaje abundante, y le envidiaban todos los árboles de Edén, los del jardín de Dios».
(Ez 31, 2-9)
Tempus fugit, es decir, el tiempo corre veloz como una liebre…
Ricardo Cantalapiedra
Marana tha
Para escuchar, presiona en la punta de flecha de la izquierda; si quieres silencio, presiona en ‖ o 1▢
El Cabo de Gata
-
No está en el fin del mundo, pero lo parece. Llegar hasta allá supone
atravesar valles y desiertos, llanuras y perdidos, pasar pueblos y rodear
montañas...