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Estas uvas están para comerse




No podían faltar a su cita en este blog. Sí, son las uvas de mis parras. A punto de concluir su periplo, la “jerez” presenta lo mejor de sí misma: el fruto maduro.
Y, oh milagro, este año en abundancia y no tropezadas por el pajarerío.
Ignoro cuál sea la razón. Salvo la primera en madurar, allá por el mes de julio, de cuya cosecha la mitad se lo llevaron los plumíferos a pesar de las precauciones que tomé, de las otras tres parras he podido disfrutar de sus uvas sanas y salvas, sin que haya tenido que tocar la campana o amenazar con tirachinas a mis vecinos del patio.
Y no es que hayan desaparecido los gorriones, las urracas y a mayores las palomas. Es que ni se han acercado, a pesar de seguir habitando este lugar, anidando y llenándolo de trinos.
Que nadie venga ahora diciendo que están envenenadas con pesticidas, insecticidas y pestilentes. De eso nada. Sólo un azufre antes de cerner [1]. Y la sequía [2], claro, que este año ha sido larga.
Lo dicho. Estas uvas son para ser comidas, como este racimo con el que voy a almorzar en cuanto vuelva del pinar.

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1. Cerner: Dicho de la vid, del olivo, del trigo y de otras plantas: Dejar caer el polen de la flor.
2. Mis parras no prueban las lluvias desde el mes de junio. No las riego nunca.


¡Esto es la guerra!

Vivir en la tierra y de la tierra imprime carácter. Y yo soy de pueblo. Tanto, que mi casa era también de tierra: tapial, adobe y barro -crudo o cocido. Nacíamos en casa, humanos y animales, y moríamos también, si llegaba el momento, en casa. A los animales se les llevaba al campo y los buitres lo agradecían. A las personas, tras el velatorio en la parte más noble de la vivienda y a donde acudía todo el pueblo, al camposanto, a criar malvas en espera de la resurrección final de toda carne.
Todos vivíamos. Las personas, del sudor del propio trabajo. Los animales de tiro de su esfuerzo, y bien que se ganaban su porción de cebada y paja. El resto de ganado a cambio de lo que fueran capaces de ofrecer: huevos, jamones, leche, pichones… Y los silvestres, de lo que ofrecía la tierra.
Y había armonía, al menos dentro de un orden. El raposo, también llamado zorro, y el lobo, no eran bienvenidos, porque sólo estropeaban y destruían matando. A los conejos se les consentía porque servían en la caza, lo mismo que las codornices, perdices, tórtolas y demás. Y a los pajarillos, siempre que no se propasaran, se les dejaba en paz. Bueno, los más pequeños también íbamos a nidos y con mil artilugios caseros conseguíamos que en casa nos hicieran una fritada de ellos de vez en cuando. Eran otros tiempos y no había prohibiciones al respecto.
Recuerdo que de niño, cuando de las mallas de los carros cargados de mies caían espigas y yo me agachaba para recogerlas, mi padre me decía, sólo de vez en cuando, déjalas que también los pájaros tienen que vivir. Y cuando, ya un poco más mayor, llevaba el volante del tractor segando, y dejaba por inexperiencia "cabras" (espigas que no se cortaban y permanecían tiesas en medio del segado), mi papá, además de gritarme para que estuviera atento, volvía a repetir lo de que también los pájaros tienen sus derechos.
Digo, pues, que había un convenio no escrito de cohabitación y convivencia, aunque nadie haría un funeral por un pájaro que muriera a dientes o a garras de los gatos domésticos. Estos también estaban, que las ratas asolaban las paneras si se les dejaba de la mano.
El caso es que mi papá recibió en herencia, y por derecho de mayorazgo, una feraz huerta, grande donde las haya, ¡tenía dos norias! Eran tiempos en que ya no se podía mantener, porque el cultivo extensivo se lo comía todo, y atender a los tomates, las lechugas y los fréjoles precisamente cuando había que emplearse a fondo con el trigo y la cebada, pues como que no era plan. Así que mi papá fue y aró la huerta y la sembró como cualquier otra tierra.
El primer año no cogió nada. No porque no lo diera, que era fértil y estaba más que abonada; sino porque las avecillas que anidaban en el arbolado que circundaba a la huerta se apimplaron con el grano en verde y la arrasaron, así, totalmente.
Mi papá era paciente, pero con un ten. Así que el segundo año, y justo antes de sembrar prendió fuego a toda aquella arbolada. Apenas se levantó un poco de humo hacia el cielo, apareció la pareja de la benemérita, mosquetón al hombro, a interesarse por el incendio. No iban a apagarlo, que no les correspondía. Querían informarse de quién era el responsable, y si tenía capacidad para ello. Charlaron, dijeron no se qué, y al final mi papá les remachó: ustedes no van a decir nada a los pájaros que se me comen la cosecha, de modo que no me vengan ahora a decirme lo que puedo o no puedo hacer con lo que es mío. Y no replicaron. Eran otros tiempos, claro. Yo llevaba pantalón corto. Además creo que mi papá era por entonces juez de paz, y eso marcaba, vaya si marcaba.
El caso es que mi papá tenía otra pieza pequeñita, como cinco obradas pegadas a la era, que siempre, es decir, todos los años, la sembraba de trigo. Casi ni la segaba. Era para los pájaros, que tan cerca del caserío lo tenían bien fácil. Al final, lo que quedaba lo terminaban de rebañar las ovejas, que también eran de Dios.
Quiero con esto decir que no soy enemigo de los pajaritos y las avecillas del cielo, y que colaboro para que estas criaturas puedan cumplir con aquello de que Dios las alimenta, aunque ni aren, ni siembren, ni cosechen. Así lo aprendí en mi casa, y así lo vivo ahora. Pero una cosa es colaborar y otra que me tomen por el pito de un sereno.
La tarde dominical no puede acercarme a las parras, porque tuve obligaciones. En la mañana, ya se supone que tampoco. Pero cuando volví de la piscina, allá sobre las 8 de la tarde, me encontré tal espectáculo que no me pude aguantar. Mirad y comprobad cómo estaba el panorama.


De modo que me puse manos a la obra y convertí a mis hermosas parras en unos adefesios. Ya lo siento mucho, pero no me quedaba otro remedio si es que quiero probar las uvas de la cosecha de este año.

De estos tres pobrecillos, que si estuvieran sanos pasaría cada uno del medio kilo, apenas quedan unas pocas uvas. Las utilizaré esta noche en la cena. Ya os contaré si me entra la dentera por no estar aún maduras.

Comerás las uvas con sudor

Me las prometía muy felices cuando limpié de follaje mis parras y la zurré bien de azufre. Sus racimos, enormes, prometían, vaya si prometían.
Pero las promesas se pueden ir por el desagüe si las cosas se ponen a malas, el oidio se atrinchera y los pájaros, esos vecinos tan molestos, dicen que eso es suyo y lo quieren desde ya.
Veamos cómo anda la cosa. Por partes.

Este jerez se ha echado a perder. Tal vez creí que era suficiente, tal vez tuve miedo de quemarlas, tal vez… Mañana me levanto con la fresca y capo de racimos la parra entera. Me han dicho que cuanto antes lo haga, antes evito la fortaleza del mal. Probaré a ver si me sale. El año que viene vengo y lo cuento.

Si el oidio da guerra, las avecillas de mi jardín no la dan menos. Esos racimos tan lustrosos y tan tempraneros ya están probados. Ahí se ven los restos del banquete. Y esto es sólo el principio. Si no me doy prisa en protegerlos, el domingo ya no quedan ni los rampojos. Tengo que espabilarme, que ellos ya lo están haciendo.
Esto me sugiere varias reflexiones, y presumo que alguna o todas ellas no sean políticamente correctas, y que por lo tanto no vayan a ser del agrado del personal que me visita. No obstante, allá van, desordenadas y según me van saliendo.
1. La naturaleza no es tan pacífica como parece. Aquí se da la guerra y lo de “sálvese quien pueda”. O comes, o te comen. Y si quieres comer, tienes que matar. Así de claro. El oidio, ese bichito, sea hongo sea flor, es ciertamente maligno, y no vale sino para ser exterminado. Aún recuerdo de cuando mis estudios de estructura económica el daño que hizo en los viñedos de toda España, arruinándolos. Hubo que volverlos a plantar, trayendo cepas de la enorme France. Tiempo ha que ocurrió, pero sucedió. Y a la vista está que aún sigue aconteciendo.
2. El trabajo no ennoblece, hace sudar, fastidia y a veces no sirve para nada. ¡La de veces que me he dicho “mañana, cuando me levante, cojo el serrucho y liquido todas las parras! Muerto el perro…”
3. Las apariencias, engañan. Los pajaritos no son unas cosas bellas, que alegran con sus trinos la mañana ni adornan las choperas con sus nidos. No. Manchan las fachadas con sus asquerosos detritus, se comen las primicias de las cosechas, y si no se les pone coto, se te meten en casa y te echan de ella. Hitchcock no fue un cantamañanas con su peli; bien lo vio venir, y aunque nos metió miedo en el cuerpo, algo sabía él, vaya que sí, y hasta nos avisó de lo que podía llegar a ser.
4. En esa guerra contra el enemigo, sean pájaros sean hongos, vale todo. Pero cuidadín, porque te juegas la vida. Tampoco venenos, insecticidas, herbicidas y otras menudencias son inocuos para quien los utiliza. Ahí tenemos un buen lío. El producto que manejas se puede volver contra ti. Ya lo dicen los prospectos: “Manéjese con cuidados, protéjase los ojos, la boca, las narices, los oídos…”. Si hasta los genitales peligran, ¡qué contendrán!, ¡de qué estarán fabricados! Miedo me da usarlos.
5. En mi inocencia empleé ortigas, que por ahí se dicen que son naturales y eficaces. Infusión de ortigas durante siete días, removidas, agitadas, coladas y difuminadas por doquier. Agua de borrajas, eso es lo que son. Ahí están las hojas del laurel todas llenas de gusanos. Y los rosales, con los mismos pulgones que entonces. Conclusión: no vale los buenos modales, no sirve de nada ser pacifista. Cuando tocan a rebato, es la guerra y hay que prepararse para ella. No hay otra forma de alcanzar la paz. Ya lo dijeron los antiguos, la guerra es cosa seria: “Si vis pacem, para bellum”. Y con el enemigo, ni agua.
Retomo la escritura, pero antes eché un ojo a la luna. Ya le falta un bocado por la parte derecha según se mira. La muy ingenua se creía que iba a estar llena de por vida, pero eso sólo ocurre en la literatura. En la vida real las cosas se devalúan, enferman, se empequeñecen y, al final, mueren. Como está muriendo ya este día, como me muero yo de simple sueño. Acabó el día 15, hoy es día 16, El Carmen.
Pero ese es otro tema, y vive Dios que es complejo y arduo. Ni entro.

Los pájaros de mi barrio


Los pájaros de mi barrio son así. Alegres, bulliciosos, tempraneros y asociativos.

Les pillé muy de mañana, según volvía de dar el paseo con mis politos, y corrí a por la máquina para inmortalizar el momento, paralizando la vida en estas instanténeas.

Lo conseguí, porque ellos, ajenos a mí, seguían en lo alto de la antena. La única que a ellos importaba, que las demás, como si no existieran. Todos en ésta, qué tendrá.


Esta vivienda tiene la culpa, tal vez sean más silenciosos que el resto los que la habitan. Quizás sean más cariñosos o tengan calor de hogar y otros… quién sabe.
Esta otra la utilizan para dormitar, porque aleros lo tienen todas las casas del barrio, claro que unas más arriba y otras más abajo, pero tener, vaya que si tienen. Y también cables, donde sujetarse bien seguros de no caer.


Por más que tuve cuidado, en cuanto se dieron cuenta de mi presencia maquinil y maquinadora, se sobresaltaron y ya no quisieron ser portada de nada, ni en foto ni en letra, y levantaron el vuelo.
Se marcharon volando, a vivir el día y a buscar el alimento de hoy, que el del mañana, ya llegará.
Se desparramaron por el cielo, cada quien con  su pareja, y alguno o alguna a solas, que también así vale.


A la noche volverán a ocupar su puesto bajo el alar, para despertar mañana al sol, que además de avisar la hora de amanecer al día, también calienta.


*  *  *  *  *

"Nadie es libre. Hasta los pájaros están encadenados al cielo." (Bob Dylan 1963)
"Deja que los pájaros vuelen sobre tu cabeza, pero jamás consientas que hagan un nido en ella." (Anónimo)
"Los bosques serían demasiado silenciosos si sólo cantaran los pájaros que mejor lo hacen." (Autor desconocido)
"Por los bosques de Internet también aletean pájaros de ternura." (Nido de poesía)

Esos malditos roedores…

-Vaya tomates, qué feos son. Dice la señora mirando con desprecio unos rojos tomates llenos de valles y montañas.
-Y esas manzanas parece que no están muy buenas. Esas manchas en la piel…

Nos ha entrado, no sé si de repente o poco a poco, un gusto por lo visualmente perfecto. Las ciruelas tersas y brillantes. Las naranjas perfectamente iguales. La lechuga no, corazón de romana. La cebolla, blanca y en botella. La acenoria (también conocida como zanahoria), sin polvo ni cartón. Y la patata, ya pelada y enlatada.

Pues que sepa esta señora que mis uvas aún no están, pero los pajaritos ya se las están comiendo. ¡Qué sería de mí si no echara de vez un cuando una mirada a las parras! Quien dice una mirada, dice otra cosa.

La moda de la huerta ecológica que nos ha llegado no quiere saber nada de produzzzzzzztos, pero tampoco de orugas, babosas, caracoles, pájaros y roedores mil, que además de comerse lo que les parece, dejan feos los racimos, pican las manzanas, apulgonan las ciruelas claudias y si cogen por su cuenta una berza, la maltratan lastimosamente.

Mirad, pues, y contemplad. ¿Puede haber un dolor como mi dolor ante lo que se me avecina?

Mis parras, los pájaros y yo


Tengo en mi patio, bueno mío no, el parroquial, unas parras preciosas. Yo las planté, yo las regué, yo las podé, yo las sulfaté, yo, yo, yo…, bueno, pues éso, que son mías porque las he criado a mis pechos.

Y en mi patio hay, además, muchos pájaros; se entiende que también pájaras, y por supuesto, pajaritos.
Con ellos me llevo bien. Ellos su vida, y yo la mía. Les veo en el invierno tomando el sol, y expulgándose las plumas en la tierra batida por el pisar de la gente y los juegos de los niños. Así me desayuno muchos días fríos y soleados, contemplándolos embelesado.
Ellos anidan aquí. En las parras, en el cedro y donde les pete. Que son muy suyos. Y ellos también me cagan la acera y los cristales. Y lo hacen sin miramientos.
Normalmente no nos molestamos, ya digo, ellos su vida y yo la mía.

Hete aquí, sin embargo, que cuando llega el verano la cosa cambia. No es sólo que se me metan en casa, que alguna vez ocurre, que luego salen y no pasa nada. No es eso sólo, no. Es que quieren comer a costa de las uvas de mis parras. Y eso es otra cosa, mariposa, harina de otro costal, porque las parras son mías. Vedlas qué guapas están con sus racimos:

Y ahora más cerca:

El caso es que estas hermosuras que cuelgan provocativamente, a poco que me descuide, desaparecen completamente; vamos que en poco tiempo, y a pesar de no estar aún en sazón, pasan directamente a ser escobajos vacíos, con algún que otro pellejito pegajoso adherido a los rampojos desnudos.

He intentado dialogar, parlamentar, incluso llegar a algún tipo de relación contractual, con los plumíferos de mi jardín, por ejemplo, ellos el 10%, incluso el 30%, y yo el resto. Pero no hay acuerdo, ellos no entran en razón, lo quieren todo. Y hasta ahí hemos llegado.

Me he plantado, he dicho ¡basta!, ¡aquí mando yo! Y después de mucho discurrir, consultar, investigar (no os podéis hacer idea de los múltiples y variados procedimientos que los hortelanos y similares utilizan para defenderse de tan bárbaros depredadores, -los pájaros-), he llegado a esta conclusión: les dejo que se coman lo que quieran, pero sólo lo que puedan; el resto será para mí y mis amistades, que también tengo.

Así que me he pasado la mañana trajinando y este es el resultado: He envuelto cada racimo -uno por uno, con paciencia y esmero para no perder ni un sólo grano- en papel de periódico. El resultado es que mis parras se han ilustrado, que ahora leen la sección local y también la internacional, los deportes y hasta los anuncios por palabras. Tienen a su disposición sociedad y participación ciudadana, cartas al director y columnistas varios. Y no creo, pero también pudiera ser que busquen piso en buenas condiciones de pago.

Esperemos que también los pajaritos de mi patio se entretengan con las noticias en lugar de comerse las uvas que, repito, son mías.

El único problema es que la vista primera de mis parras con sus frutos colgando ha desaparecido, y ahora parezco el chico del quiosco, con los noticieros en exposición.

¿Os creéis que esto es plan? Pues no me ha quedado otro remedio si para dentro de unos días quiero comer uvas de mi patio.
¡Hay que amolarse con los dichosos pajaritos!

¡Pero son tan ricos!

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