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El pasado…



O lo olvidas o tratas de vivir con él.
No es una frase que se me haya ocurrido a mí. Acabo de escucharla por la tele, en boca de el mentalista.
El caso es que he recogido la cama de campaña en que Solita me acompañaba por las noches. Yo arriba y ella abajo. Sólo la usaba si yo utilizaba la mía. Durante el resto del día no pisaba el dormitorio; se quedaba en cualquier parte, menos allí.
Visto que ni Berto ni Gumi tienen el menor interés por esa cama, la he retirado. Me han hecho un favor sin saberlo, así no tengo ya que vivir con el pasado de Sola. No viendo, no recuerdo.
No ocurre así con otras cuestiones. En cualquier momento te encuentras con alguien que te recuerda alguna circunstancia de la que preferirías no volver a tener noticia. Y te hacen la puñeta.
No siempre ocurre por mala fe o ganas de fastidiar. Sucede incluso inocentemente, con la mejor de las voluntades. Así te reconcilias, vienen a decirte. Mecagüenlosrecordadoresdelasnarices, bien podían irse con su buena voluntad a otra parte.
Tengo un amiguete de los tiempos juveniles. Nos vemos… cada diecitantos años. El muy asqueroso siempre, siempre, me recuerda cómo tartamudeaba entonces cuando me ponía de los nervios. Y lo hace riéndose. El canalla…
Hay pasados que están olvidados, y punto. Otros, sin embargo, no; pero casi es mejor no hacer mención de ellos. Duelen.
Sola aún me duele. Y no digamos Moli. No quiero recordarlas.
Pero las estoy tan agradecido…
[No me ocurre lo mismo con la historia cuando vuelve a recordarnos lo de Constantino, los estados pontificios, la guerra de las investiduras, las beatificaciones y canonizaciones, el "36", y alguna otra cosilla más…
Y que nadie me lo eche en cara, ya sé que he sido yo el que ha sacado a colación a Pío IX, Victor Manuel II y Napoleón III en mi última entrada. Mea maxima culpa.]

Un jueves que parece lunes

¡Qué sensación más extraña he tenido hoy! No sólo por levantarme casi media hora antes de la habitual para acercar al hospital a una vecina que tenía consulta en cirugía a primera hora; ni por tratarse de un jueves que sigue a un miércoles festivo; ni por tener enfrentados, en cuanto cedió la noche al día, una luna plateada y un sol rojo brillante y deslumbrante; ni siquiera porque Gumi hoy se ha tomado sus libertades haciéndome correr tras de él, sorteando montes y morenas, vadeando arroyos, driblando postes, saltando vallas y aguantando cardos borriqueros zurrándome las piernas a arañazos, antes de esperarme en una vaguada tranquilamente echado cuan largo es. (Le he dado tantos azotes, que se relamía de gusto. Menudo perillán, tunante y bandido es el buen perrito).
No. No ha sido por eso, ni todo junto ni de una en una circunstancia.
Ha sido porque hoy he vuelto a sentir el pasado acercarse desde lejos.
Un paisano bloguero ha publicado sobre la primera emisión de radio que se dio en mi ciudad, Valladolid. Parece ser que fue por el año 1934. De ello daba cuenta el periódico local, hoy decano de la prensa escrita, “El Norte de Castilla”.
Yo por entonces debía andar por los espacios siderales, ni siquiera llegaba a ente de razón, era simple futurible.
Pero crecí, y, como los chavales de mi edad, probé una radio galena, enganchada al jergón de la cama para que sirviera de antena. Oye, no necesitaba enchufarse, sólo coger los auriculares y colocarlos en las orejas. Entre ruidos, chasquidos, pitidos y graznidos, la voz humana me llegaba como si estuviera al otro lado de la cama, aunque no.
Era elemental, sólo una cosa había que comprar, y ahora no sé qué era ni qué forma y aspecto tenía. El resto era puramente artesanal, y salía adelante copiando e imitando de unos y de otros, porque aunque la audición era personal, el complot era en sociedad. Y sólo en horas nocturnas, bajo las sábanas y con la luz apagada, lo que le daba un aura de clandestinidad, intrepidez y rebeldía.
Me ha dado por buscar y lo he encontrado. Recordando tiempos pasados, he aquí la radio galena de mi adolescencia, donde oí por primera vez en mi vida Radio Pirenaica:

¡Quién me ha visto y quién me ve!

 
Acabo de recibir esto y me ha dado un pronto. En lugar de enviarlo a amigos y enemigos por correo, lo dejo aquí colocadito para disfrute del personal.
Pero antes digo que he modificado con la libertad que me caracteriza el original, que por cierto no tiene firma. Así que he quitado, he puesto y he movido lo que me ha parecido.
Porque si no lo hago… reviento.

El crucifijo de la Michel


El crucifijo que llevo colgado de mi cuello me lo trajo la Michel. Sólo me lo quito para nadar. Sólo por ese motivo no lo llevo puesto. Y no es que yo sea muy de crucifijos de colgar. Creo que si me pongo a contar, tengo suficientes con los dedos de una mano.

De pequeño algo llevé, pero ahora no recuerdo si fue medalla o crucifijo. Lo perdí. Creo que era de plata, seguro que regalo de primera comunión o de algún cumpleaños. Ya no sé. Y desde entonces no hubo cruz de mi colgada hasta que me hicieron cura, mucho tiempo después, cuando al salir de la ceremonia solemne de ordenación llegaron unos cuantos y me colgaron esta que ahora pongo:




Era demasiado importante, y también excesivamente grande para llevarla bajo la ropa, y algo ostentosa para llevarla por fuera, así que desde el principio pende encima de mi cabeza cuando duermo en mi cama. Ese es su sitio, y ahí la quiero tener.

Volvió a pasar el tiempo, mucho, mucho tiempo, y llegó esta cosa, que me trajo Alicia de El Salvador. Recuerdo de los mártires de la UCA, año 1989:


La llevé hasta que se deshizo, y luego fue reemplazada por otra igual, que volvió a traerme Alicia del mismo sitio, y que duró casi lo mismo que la primera; están juntas ahora, encima de mi cabecera de la cama.

Pasó otro tiempo sin tener nada, que tampoco es que me esfuerce demasiado por tener ahí colgante alguno. Hasta que llegó la Michel y me regaló esto:


Hace puede que dos años que me la dio. Y ahí sigue, que parece que es más consistente y está hecha para gente como yo, descuidada y descreída (es broma, pero algo iconoclasta sí que debo ser).

Esto me da pie para recordar a la Michel. El artículo que la acompaña se lo pusimos en el barrio, que ella vino sin él: Michel.

Michel era una jovencita, leonesa, del páramo, alegre como unas castañuelas, dispuesta para todo, valiente y atrevida que más parecía osada. Llegó para regentar la pequeña escuela del barrio, y para colaborar en lo que hiciera falta: conducir, guisar, escribir, hacer encargos, organizar actividades y excursiones, animar a la asociación, dar catequesis, llevar, traer… y para cumplir aquí su tiempo obligado de noviciado. Michel es monja.

Hizo sus primeros votos, -y creo que fue la primera y en lo que parece la última en hacer esta cosa en La Cañada-, en la campa que existía en las inmediaciones, ante vecinos, familiares y allegados. Yo fui quien canónicamente los recibí. Tuve ese honor. Hicimos fiesta, por supuesto. Y la gente, encantada de que Michel hubiera dicho lo que dijo, aquello de aceptar los tres votos de castidad, pobreza y obediencia. En lo que sé y a lo que parece, sigue en ello.

El caso es que la Michel nos sorprendió un día con que se quería ir a misiones. No dio pie para discusión alguna. Lo dio por hecho, y lo aceptamos como tal. La cosa parece que estaba ya muy madura, con destino final y todo, así que sólo nos cupo organizar la despedida y llenarle la mochila con lo mejor que nos pareció, lo necesario y mucho más, hasta reventar.

Quiso, sin embargo, el diablo que, cumplida debidamente una despedida a su nivel y categoría, y estando ya en el aeropuerto de Barajas dispuesta para embarcar, alguien vio que la mochila estaba demasiado llena, y la birló. Michel tuvo que volar al otro lado de la mar con lo que sus compañeras y compañeros de despedida se quitaron para que siquiera tuviera algo que ponerse, ya se sabe quita y pon. Michel llegó al viejo Nuevo Mundo con una mano delante y otra detrás. Como si volviera a nacer.

Ha pasado mucho tiempo. La Michel ya sólo es la Michel aquí y para nosotros, que allá tiene nombre propio. Ha hecho allá muchas cosas, ha sufrido también penalidades, pero se ha curtido en la brega. Y la reclamaron para cumplir otra tarea, esta vez en África y en puesto de mucha responsabilidad. No me está permitido decir más.

Si de América me traía cada vez que venía pequeñas cosillas de artesanía popular, venía con algo para cada persona que ella conocía, qué capacidad esta muchacha; de África esta vez que vino me trajo este crucifijo, justo el que llevo puesto:


Y ya digo, no me lo quito nada más que para nadar.

Como es posible que la Michel alguna vez pueda tener acceso a internet y visitarme en el blog, le voy a hacer un guiño cariñoso, y recordarle sólo una pequeña anécdota, de las muchas que me tocó vivir con ella.

Esto era que tuvimos que desplazarnos a Gijón para participar en un curso de jefes de campamento, porque nos obligaban a tener titulación para hacer nuestras actividades con la gente del barrio. Era el curso que mejor nos venía por cuestión de fechas, que no de cercanía. Y allí nos fuimos. Dejando a un lado el follón que montamos con nuestras particularidades en un contexto de recato, obediencia, sumisión y pocas ideas, en un momento de relajo quisimos visitar el puerto. La Michel, ni corta ni perezosa, conducía la cirila con garbo, como lo hacía todo. Callejeamos por la ciudad sin mayor problema. Yo, como mayor y con más experiencia en la conducción, de vez en cuando le pedía un poco de más despacio, pero ella era muy suya. Avistamos el puerto y para allá enfiló el cacharro sin dejar de pisar. Michel, para que eso es aduana. Pero ella a lo suyo. Cuando llegamos a la garita la pava siguió como si nada, hasta que la pegué un grito como los que suelo dar, y frenó; frenó por fin, y a tiempo, porque ya salía el civil con la metralleta en ristre. Michel, mujer, que ahí tienes que parar, que esa señal es aduana, ¡¡¡A-D-U-A-N-A!!! Y ¿qué es eso?, me pregunta la buena de ella. Pues que tienes que parar en seco. O nos ametrallan.

El susto fue lo que fue. El civil muy serio nos pidió documentación y referencias, pero nos dejó seguir en paz. Y en paz, aunque con nervios, visitamos el puerto de Gijón.

La Michel era así. Ahora seguirá siendo una buena pieza, esté donde esté, y viéndome, si es que tiene la oportunidad.

¿Este está parado o simplemente lo parece?

     Desde hace mucho tiempo mantengo en la columna de la derecha, entre los blogs que sigo, uno que hace más de un año que no se menea. Y es raro, porque el asunto que trata es de importancia. Me refiero a "Causas pendientes de la humanidad”.

     Es un proyecto colectivo, con vistas a publicar un libro, si resulta. Consta de un prólogo y 85 capítulos, susceptibles de modificación, agrupando temas o relacionándolos como mejor se tercie.

     Ya el sólo título entromete, promete y compromete. Y no añado también somete, porque harto humillados nos tiene el tener tantas causas pendientes.

     Entromete. Leyendo el listado enseguida se aprecia que ocurren dos cosas: o sabes lo que tienes entremanos y es motivo de gozo el intento; o no lo sabes, y te estás metiendo donde no tienes ni idea y eres un insensato.

     Promete. El listado es muy completo. Lo escrito en cada apartado, sin ser original, que está tomado de aquí y de allá, es de momento un buen comienzo. A poco que quien se sume al proyecto aporte con su investigación y estudio, puede resultar algo digno.

     Compromete. El listado, sin ser exhaustivo, resulta suficientemente indicativo de los múltiples males que nos aquejan y de la ingente labor que queda por realizar. Quedarse de brazos cruzados pudiendo hacer algo sería una pena.

     Contrasta, a mi parecer, la euforia publicista que me ha entrado en el pasado mes de agosto, frente al silencio ominoso de este blog, a pesar de ser mucho más transcendente lo que en él se plantea que lo que en este se trata.

     Bien pudiera entenderse que es mucho más fácil, y también más evasivo, hablar del pasado, contar historias, rescatar viejas cosas, que encarar el presente y sus cuitas y proyectar un futuro en el que no repitamos lo que ya reconocimos como fallo.

     «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», gritó Arquímedes en la antigüedad. Anda que no ha llovido y escampado desde entonces. Él buscaba un punto. Pero este otro buscaba un hombre, era Diógenes. Colón mucho más tarde se alió con Isabel de Castilla para buscar otra ruta que le llevara al tesoro. Y así, la humanidad ha seguido buscando de todo, un cambio, una idea, una ilusión, la felicidad, la paz, el fin del hambre, un atajo, entrar el primero en la sala, hacerse con el premio gordo, pillar la gran ganga en rebajas…

     En fin, lo dicho; seguiremos, a pesar de todo, en busca del tiempo perdido… Es lo que más nos duele.

[Y ahora, Julia, no me vengas diciendo que esto tampoco lo pillas, eh, cuidadín.]

Mientras se mea hay esperanza




Esto estaba en la entrada de nuestra casa. Eran otros tiempos. Meábamos muy alto. Y juntos. Y fuerte. Y en cantidad.

Recuerdo el 23F. Allí lo pasé. Allí lo pasaron muchos por miedo, por solidaridad, por miccionar y defecar juntos mientras pasaba el temporal (cagalera auténtica sufríamos), por reafirmar lo que parecía peligrar, por comprobar hasta dónde serían capaces de llegar, por esperar el amanecer…

Primero fue en el Paseo del Cid. Sí, junto al Pisuerga; al pie de aquella arboleda con el cesped desvaído y maltratado. Tropecientos; era el principio, variedad y río revuelto, cantidad exuberante más que serio y discreto discernimiento, sin ascensor porque sobraba entusiasmo, tampoco calefacción ¡qué falta hacía!

Luego ya en Nueva del Carmen, cerca de la vía, a la otra punta de la ciudad, entre el mundo laboral, vecinal y reivindicativo. Al margen del Esgueva, cuando era arroyo y vertedero, y Ventura aún pisaba polvo y barro. Muchos menos, más orden, más sensatez, más diálogo, mayor exigencia.

Era mesa abierta, cama segura, libertad incondicional, desparpajo contenido, familia consensuada, referente y paso obligado en tiempos de autodefinición y resituación personal y colectiva, contenedor de posibilidades, azotea donde otear iniciativas y novedades, cocedero de realidades, parada y fonda, lugar de encuentro y punto de partida…

Muchos años permaneció en aquella pared, junto a la entrada, el cartel. Hacía sonreír a los amigos, extrañarse a la visitas, mirar al bies a los formales y congeniar a los juramentados. Desapareció y desconozco dónde fue a parar una vez que, ya todo ordenado y muy compuesto, hubo decisión general de adecentar la casa, darle una mano de pintura y poner cada cosa en su lugar.

Sí, el lugar lo fue encontrando cada quien; a partir de algo que no fue un sueño, ni una fugaz experiencia, sino una bofetada a la idiotez, una auténtica patada a los buenos juicios según regla, un guiño de libertad desentumida, un canto improvisado, un rezo confiado, una sonrisa de inquietud genuina e ingenua.

Mientras se meó en libertad y todos juntos, no faltó esperanza, ni alegría, ni procaz atrevimiento.

Fue "la comuna", en la que viví, donde conviví y comulgué unos años de mi vida, antes de aterrizar en otro lugar, estación término quizás, tal vez sólo de paso, donde sigo meando, solo y junto a, y con la esperanza metida en mi mochila de colores.

Ya no meo tan fuerte ni tal alto, pero lo hago muchas más veces y en cantidades suficientes. Ingenuidad y genuinidad, tampoco faltan. Desparpajo y procacidad, lo justo.

Posibilidades que ofrece un Blog (IV)

Cuando dices que una cosa ofrece posibilidades,  además de expresar que ese objeto tiene valor por lo que a simple vista aparenta, estás queriendo aludir a algunas concretas acciones que pueden ser llevadas a cabo con él.

En el caso más simple, lo usual es referirse a una concreta, la que tememos o ansiamos. Por ejemplo: ¿Tengo posibilidades de estar embarazado si mantuve anoche relaciones sexuales y no tomé precauciones? La respuesta es obvia; pero como ejemplo podría valer si estuviera expresado en otro género.

Vamos a por otro: ¿si se me ocurriera ir por lana, podría volver trasquilado? Aquí se admiten varias posibilidades, como todo el personal puede comprender.

Pero si digo: Si salgo solo de casa por la noche, ¿qué posibilidades tengo de que me contraten para un puesto de directivo en una empresa pionera en el mercado de abastos? El abanico de posibles respuestas se abre tanto cuantos síes condicionales se nos ocurra poner.

Es el caso que un blog tiene posibilidades, vaya si las tiene. Pero a uno, limitado y finito, no se le ocurren sino un pequeño número de utilidades, la mayoría de las cuales no salen de su imaginación, sino de la experiencia concreta, de lo cotidiano, de lo que ocupa su existencia más que estrecha, escuchimizada.

Pero si dejáramos libre a la imaginación, ah, entonces la cosa cambiaría y entraríamos en un campo aún no explorado.

Sin embargo, lo mejor de lo mejor es que te echen una manita, que alguien desde la concha te sople o directamente salga desde detrás de las bambalinas y vaya llenando el escenario en la que tú balbuceas un texto aún por determinar.

Metido ingenua y temerariamente a analista de blogs (nótese este ablativo absoluto tan finamente construido por quien no sabe ni latín), me encuentro con que Fuensanta M. Clares, -de Murcia, nada que ver con Fuencisla, de Segovia-, sitúa en medio de la escena una maravilla: resulta que un blog también sirve para viajar, para soñar, para visitar, incluso para volver al pasado y recorrer la historia.

Si tenéis algo de tiempo, entrad aquí y disfrutad con este recorrido, virtual sí, pero tan real que estaréis tentados de preguntar a cualquiera por el restaurante más cercano para almorzar a la salida, de temer pisar en el resbaladizo empedrado, de haceros con uno de tantos ciriales (Fernando Manero avisa), o de curiosear lo que hay allá tras de aquella puerta tan cerrada.

Y, aunque a la salida todo siga igual, la muchacha del bolso negro siga con él, dando el mismo paso, y el caballero del niqui burdeos siga dándoos la espalda, habréis pasado un buen rato, os lo aseguro.




Y este otro lugar también merece un rato que tengáis disponible:

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