Supone encontrarte con lo de siempre y/o pillar algún detalle no por
archiconocido menos hermoso. A veces miramos y parece que no lo hacemos, aunque
veamos. Pero si fijamos el detalle, si acercamos el plano y lo destacamos del
conjunto, podremos encontrar lo que enriquece el todo sin pretenderlo.
¡Bah! ¡Amapolas!
¡Uf! ¡Maleza!
¡Puaj! ¡Pecina!
¡Puf! ¡Ceniza!
¡Mmm!
¿Hay alguien?
¿Se puede pasar?
¡No hay nadie!
Volver del campo no siempre resulta tener sentido. Tal vez no
encontremos lo que dejamos al salir…
No todo está perdido: de las cenizas vuelve a brotar la vida.
Murió porque la vida
busca siempre la mejor manera de hacer las cosas. Estaba completado el ciclo, y
ahora tocaba otro. Había que poner broche final al primero, que es el único que
está en nuestras manos; el segundo ya no nos pertenece.
Caía en domingo. En
el pueblo, porque la tierra tira mucho. ¿Por qué a esa hora? Se me ocurrió preguntar. Me venía
fatal, tras una mañana muy completa, y un viaje de casi una hora para hacer los
sesenta y nueve kilómetros; e intuía que me pedirían que lo presidiese, como en
otras ocasiones. Ir en ayunas, como que no; pero con la comida en la boca, no
me apetecía. No se puede hacer a otra, me dijeron. Queríamos por la mañana, en la misa, pero
no se puede. Además
nos dijo que tenía que ser por la tarde y a las cuatro, que luego anochece
pronto. Esto lo
añadieron a modo de explicación no solicitada por mi parte, como tratando de
justificarlos. Aquí usaron el plural y añadieron, son nuevos y además majos. ¡Sí se puede! rebatí. Eso dicen los curas. Concluyeron dócilmente.
Acaban de llegar, dos
“in solidum”*, que atienden diez núcleos de población casi despoblados. Me
figuro que se las ven y se las desean para atender todas las atenciones, todos
los servicios, todas las necesidades…
Seguro que andan
pilladísimos, comenté.
Esta noche llamo y veo qué se puede hacer. Al teléfono me contesta una voz lejana. Me
presento, me ofrezco y recibo por respuesta: Si tú haces un funeral en
domingo nos hundes. Sabemos que se puede, pero la gente no entiende que otras
veces no se pueda, y hemos decidido que no hay funerales en domingo. Se puede hacer en otro día, que
es lo mismo. Mi
respuesta: No da igual.Y si creéis que no lo entienden, ¿por qué no se lo explicáis?**
Me mordí la lengua
porque intuí que al otro lado del teléfono la impaciencia empezaba a aflorar. Bien,
nos veremos el domingo en la tarde.
Media hora antes de
la cita está el cortejo fúnebre a la puerta de la iglesia. La orden es que aún
no es la hora y hay que esperar afuera. El féretro en el atrio y todo el mundo
a su alrededor, mientras alguien va y viene, prepara cosas y de vez en cuando
echa miradas hacia el pórtico desde un templo parroquial vacío, salvo él y yo,
que decidí ponerme en los primeros bancos. En un momento dado, desde detrás del
altar hace señas de que hay que comenzar. Y todos se desplazan hasta allí,
féretro incluido.
Comienza y discurre
todo seguido una liturgia pulcra pero despegada, ajena al domingo y distante de
los participantes, mejor diría asistentes, porque no se les dejó otra cosa que
unirse a los cantos que se entonaban. No hubo misa, fue otra cosa.
Nos dirigimos al
cementerio, distante unos quinientos metros del casco urbano. Me uno al crucero
que encabeza la comitiva, siquiera por dar acompañamiento visible, en tanto el
resto de la tropa camina ágil tras el furgón; hace un frío terrible, y la
lluvia nos azota sin piedad. A la puerta del camposanto está esperándonos el
cura. Ha ido por sus medios, con él no parecía ir el asunto. Entramos y
esperamos. No hay gesto previo, hay que meterlo en la fosa. Son sus órdenes. Ya
situada la caja en su lugar, el que parece presidir, mejor dicho dirigir, abre
el libro y apenas recita leyendo una oración que habría quedado mucho mejor si
la improvisa desde el sentimiento y la piedad. Sin apenas devoción, aviamos la
losa y fuimos saliendo en silencio casi.
Palabra que no
pretendíamos cambiar las costumbres. Respetamos, sin embargo, a quien recién
llegado quiere imponernos su criterio. Por si fuera poco alejar los tanatorios
a los extrarradios, ¿además tendremos que vivir y celebrar la muerte con
asepsia y disciplina?
Si no hubiera sido
por las miradas y la cercanía que creamos, triste entierro fuera aquel, en mi
Tierra de Campos tan querida.
_______________
Notas explicativas:
* In solidum es un término que indica que
quienes están así nombrados tienen el mismo rango y se ocupan con igual
responsabilidad de cuantos centros parroquiales o conventuales atiendan.
** Según el ordenamiento litúrgico de la
Iglesia Católica, La Misa de las exequias o funeral se puede celebrar todos los
días, incluidos los Domingos de Navidad y del Tiempo Ordinario, las
solemnidades no de precepto y los días de la Octava de Navidad. Y no está permitida en las solemnidades de precepto, el Jueves Santo, el
Triduo Pascual y los Domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua.
Sin embargo, servidor no comprende esta
normativa que parece estar diciendo que la presencia del cadáver de la persona
difunta en según qué días señalados puede confundir a los fieles cristianos
sobre la “precedencia” de las celebraciones, como si no supiéramos distinguir
quienes formamos el pueblo llano donde está realmente el centro de nuestra fe.
En muchas parroquias rurales aplican estas
normas litúrgicas con manga ancha, habida cuenta de que entre la gente del
campo un funeral y el cuerpo de la persona difunta están estrechamente
relacionados, y es preceptivo pasar antes por la iglesia, camino del
cementerio.
A lo que se ve, en algunos otros lugares, se
aplica la manga estrecha, cortando por lo sano y no haciéndolo si es domingo.
Ayer por la mañana estaba
avisada reunión de arciprestazgo, y tocaba precisamente celebrarla aquí. Estuve
dándole dónde tenerla, en el despacho, en la biblioteca o en el hogar. Como era
a las doce, ya que a continuación comíamos juntos, pensé que el mejor sitio
sería el hogar, con el sol ya alto y entrando por las ventanas y la calefacción
funcionando. Todo hay que mirarlo, porque la peseta, –el euro quiero decir–, es el euro,
y estamos en tiempos de crisis. Calentar una sala para un ratejo no compensa; y
si hay que calentarla, que dure tanto como el sol, por lo menos.
Salón de plenos del Ayuntamiento de Valladolid
Sillería del coro de la catedral de Sevilla
Total, que fui a
acondicionar el lugar. Los miércoles, o sea antes de ayer, las señoras terminan
sus actividades y lo limpian. Luego me dejan a mí que recoja los artilugios de aseo y cierre ventanas, baje persianas, etece… Por la noche aún seguía
una pizca húmedo el suelo y lo dejé para el día siguiente, o sea ayer. Por la
mañana, todo recogido y aderezado, con las sillas vueltas a su posición y
bajadas de las mesas, (creo que es viceversa, pero se me entiende), presentaba
un magnífico aspecto, una pulcritud acrisolada y un orden milimétrico. No pongo
más adjetivos para que no se note demasiado que tomé parte, siquiera pequeña,
en todo ello.
Me apeteció sacar una
instantánea, y, ya ampliada y visionada en la pantalla del ordenador, me parece
ahora conveniente resaltar algunos aspectos que no se dan en otras “sillerías”
ni en muchos “hogares”. Una primera ojeada manifiesta que en sillas hay
variedad, y que con tal de que sirvan para sentarse o apoyar sobre ellas lo que
tenga que apoyarse, cuatro patas son suficientes; al margen de la forma, el
color, o las medidas que tengan; estén fabricadas con madera, hierro o material
plástico; y no importa si la fecha de caducidad está más que olvidada o si no
pasaron por ventanilla a la hora de consignar quién fue su diseñador a quien
deber por usarlas las royalties correspondientes.
Pasados unos
instantes, y realizado un pequeño recorrido visual por la estancia, se puede
concluir que no existe, no sólo otra silla igual a una cualquiera, sino que ninguna
de ellas puede parecer un grado, o medio siquiera, superior a cualquier otra;
son en puridad democracia pura; por sí mismas, ninguna hace a quien se siente
en ellas persona más alta, más ancha, más súper.
Avisaron temporal,
pero no nos importó; ya lo teníamos decidido: el miércoles, en lugar del pinar,
el monte; cambiamos ciudad por pueblo.
Conforme amanecía,
aparecía el cielo claro y el sol potente, pero hacía un frío de narices. Mucho
tráfico y prisas al salir de la ciudad, calma a partir de Villanubla.
Enfundados en gorro,
plumífero y bufanda, empezamos a andar valle arriba, luego subimos al páramo y
vuelta de nuevo al valle hasta alcanzar “el prao”. Una hora.
La primera en
recibirnos fue esa oveja y su cordero. Esquiva, como madre recién parida, se
mantuvo lejos; y cuando Moli quiso olisquear a su cría, se la enfrentó cabeza
en ristre. Se enteró la perrilla lo que es ser envestida a cabezazos. Nosotros
decimos a eso “amochar”.
Otra fue la manera de
recibirnos de Carlota. En cuanto grité su nombre se vino a nosotros y dejó que
la atusara la frente, justo entre los ojos. Es muy lamigosa la potrilla.
El huerto está
talmente dormido. La caseta, pintada de verde, aparece limpia de hierbajos;
estamos en invierno. Y la tierra espera, mientras las cebollas apenas apuntan.
Madurarán con el tiempo.
Nótese que hay
novedades. Ese expositor de diversidades agrícolas, restos de pasadas batallas
y laboriosas penalidades. Un brocal a medio
hacer para un pozo de mentira. Polea de verdad y arco en hierro trabajado muy
finamente por Elesio, que es un artista con la eléctrica.
Y ya para rematar,
cebollas buenas, ajos mejores y patatas superiores.
¿Se podría pedir más
a una simple escapadita? Fue un viaje bien aprovechado. Ahora, ¡a guisar!
Y una cosa más: Berto y Gumi ni se perdieron ni se rezagaron.
Con motivo de mi
ordenación sacerdotal, un grupo de activos cristianos y activistas
platajunteros [1] me obsequiaron en junio de 1975 un paquete de cintas de audio
y unos cuantos libros.
De los libros que
recibí por aquel entonces sólo recuerdo dos: El Capital de Karl Marx, y En el
jardín perfumado, que me llegaron por otro camino. Pero de aquel cupo musical
guardo las tres casettes: Paco Ibáñez en el Olimpia volumen I, Obras inmortales
de Albert W. Ketelbey, y Te recuerdo Amanda de Víctor Jara.
Aún las conservo,
pero en conserva; su delicada situación no permite reproducirlas sin que se
terminen de romper. No me importa, porque ahora tengo otros medios para
escuchar la música que contienen; y aquí duermen el sueño de los justos y
mantienen la vela de una fecha: 15-VI-75.
Concretamente la de
Víctor Jara contiene las siguientes piezas, y cito de memoria, pero sin temor a
equivocarme [2]:
01. Te recuerdo Amanda
02. Juan sin Tierra
03. Preguntas por Puerto Montt
04. A Luis Emilio Recabarren
05. Abre tu ventana
06. A la Molina no voy más
07. Plegaria a un Labrador
08. La partida
09. El niño yuntero
10. Vamos por ancho camino
11. A desalambrar
12. Duerme, duerme Negrito
No puedo concretar en
cifra cuántas veces di vuelta a las pobres cintas; ahora están hechas unos
zorros la de Ibáñez y la de Jara y pasable la de Ketelbey.
Sí mantengo en la
memoria quienes cantaron conmigo las canciones de ambos; en mi casa y en el
campo, en plena calle y ante los aturdidos paisanos de aquel pueblo de Campos.
Supe de Víctor Jara
ex auditu; vibré con su canto; reflexioné con sus letras; aprendí historia,
sociología, política, psicología… a fuerza de repetir una y mil veces sus
canciones. Crecí y maduré cantándolas en unos años difíciles de mi vida, en los
que supe de soledades, quebrantos e incomprensiones.
Conservo también, he
de decirlo, un viejo cuaderno con la transcripción literal de sus letras y los
acompañamientos; también, y pegado a cada una de sus hojas, el sudor añejo de
mi juventud. ¡Y la guitarra! aunque asaz desfigurada por los viajes y los malos
tratos recibidos a lo largo de la ya nada corta vida que ha vivido.
Mantengo una canción
suya en el cancionero parroquial: Plegaria a un Labrador [3]. No la cantamos, está para ser
rezada desde la no violencia convencida a pesar de pedir “¡limpia como el
fuego el cañón de mi fusil!”. Y espero y deseo que los peques -unos y otras- que conmigo
cantaron sus canciones en aquellos fuegos de campamento durante los veranos de
su infancia, ahora le mantengan en algún rincón de su memoria y aún caliente
una pizca siquiera sus corazones de adultos.
Aquel Chile de
septiembre de 1973 me ha perseguido durante mucho tiempo. Y luego de un período
de reposo, vuelve a ponerse delante de mis ojos y de mi alma con la noticia de
que los verdugos del cantautor están siendo llevados ante la justicia [4].
Casi cuarenta años
después; ni el conde de Montecristo habría tenido tanta paciencia. Larga vida a
la justicia si es capaz, ahora, de poner las cosas en su sitio.
TE RECUERDO AMANDA O JARA EN EL CORAZÓN [5]
Félix Población
Acabamos de saberlo, 31 años después. El nombre del
responsable ya está a disposición de los archivos de la consternación y el
espanto. Acaban de revelarlo los jueces de un tiempo nuevo en Chile. Así de
largo ha sido el plazo que se ha tomado la justicia frente a la fácil y
burladora acechanza de ese fantasma devorador de las afrentas que llaman
olvido.
No podía ser de otra forma. Habían silenciado al cantor pero
no la vida de su canto. Pervivía ésta en la razón y sentir de sus versos entre
quienes le profesaron cariño y escucha, firmes valedores de su memoria y
tenaces retadores de la impunidad criminal y alevosa que acabó con su
biografía.
El cantor había dejado la semilla y la huella de su paso en
la voz del viento. Decía León Felipe que los vientos fuertes llevan a cada cual
a su sitio. El de los poetas afincados en la entraña popular está en la
permanencia de su soplo para hacer más respirables los paisajes de la
existencia:
Si se calla el cantor muere la vida,
porque la vida misma es todo un canto.
Nada ni nadie acallará jamás a los poetas, a menos que
acabemos con nuestra más cabal certidumbre de humanidad, ese código fundamental
de ser libres a través de la palabra. Si eso ocurriera, el hombre perdería su
más alto sentido de habitar la tierra con la disensión y el acuerdo, clave de
nuestra cultura y suma proscripción en la que se basa la sinrazón del
pensamiento único:
Que no calle el cantor porque el silencio,
cobarde apaña la maldad que oprime.
A Víctor Jara lo detuvieron los frenéticos sicarios del
general Augusto al día siguiente de que éste acabara a tiro limpio con el
régimen democrático de Salvador Allende. Encarcelado en el Estadio Chile, donde
se consumaría una de las páginas criminales más espeluznantes de la historia
del país, fue golpeado y torturado. Sus manos, sobre todo, sufrieron el sadismo
bestial de sus verdugos, obcecados sin duda con la idea de silenciar para
siempre la música de sus dedos. Pero aunque apagaron su corazón con 34 balazos,
el corazón de esa música no ha dejado de sonar desde entonces:
Debe el canto ser luz sobre los campos,
iluminando siempre a los de abajo.
Por eso sabemos hoy que el director general de aquel
concierto de barbarie en aquel estadio de muerte tiene identidad y rango.
Confiado sin duda en que su retiro como militar de alta graduación le sería
plácido y apacible hasta el final de sus días, el teniente coronel Mario
Manríquez acaba de encontrarse con la voz del cantor, que le acusa desde la razón,
el sentimiento y la fidelidad de sus deudos, seguidores y amigos -contra el
tiempo y el olvido- en el mensaje de justicia y libertad que proclamaba su
música:
No saben los cantores de agachadas,
no callarán jamás de frente al crimen.
Entre todos ellos estará Amanda, hija de Víctor y de Joan
Turner, y nieta de Amanda, la modesta abuela lavandera que aupó en el recuerdo
de su hijo una de sus más enternecedoras e inolvidables canciones. Por eso, en
estas horas de reencuentro con la verdad perseguida y la justicia anhelada, mi
recuerdo para las dos Amandas, pues si la una dio razón y vida al canto de
Jara, en la otra ha de progresar sin duda la sazón de su ejemplo y todos sus
frutos:
Si se calla el cantor muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría. [6]
1
Platajunta: Organismo unitario constituido en marzo de 1976 por la fusión
deJunta Democrática de España y
Plataforma de Convergencia Democrática. Para más información ver wikipedia
2 El contenido de esta cinta
de audio es una selección del LP “Pongo en tus manos abiertas…”, su cuarto
album de estudio, publicado en 1969, según he podido comprobar.
3 La chavalada la titulaba El Padre nuestro de
Víctor Jara, que me pedían repetirla una y otra vez, enardeciéndose todos con los
amenes finales; y su letra es:
Cojo cuatro cosas
y me voy corriendo; comemos rápido, que nos vamos para el pueblo, en Salamanca;
ya sabes, el cementerio…
Así empezó nuestra
conversación, que luego, y sin prisas, discurrió por otros derroteros hasta llegar
a… En fin, para otra vez. Estábamos en medio de una gran superficie, no cito
para no publicitar, y al parecer sin agobios, no importa qué excusa expresaran sus palabras.
Entre lo que él decía
que iba a hacer y lo que yo callaba que ya había hecho, resultaba que como que
ya estuviéramos en noviembre, estando aún a treinta y uno. Por eso es el
título de esta entrada.
Y un pretexto para
presentar al público la última reliquia que el Jefe ha puesto en uso.
Todo limpio,
rescatado del polvo y del olvido, está a la vista de quien pase por aquel
camino tanto tiempo relegado a las afueras y ahora tan bien adecentado que ni
barro, oye, aunque llueva o nieve. Fui con botas, pero pude ir en playeros. Así
da gusto pasear el pueblo.
Mirándolo por todas
partes, pude constatar la consistencia de los materiales con que lo hicieron.
Que ha durado y aún dura, aunque ya no tenga más utilidad que ser mirado y
admirado.
Por un momento pensé
en el animal de tiro que lo arrastró. Fuese mula, macho, yegua o caballo, cómo
le costaría llevarlo cargado si vacío mete miedo. Y eso que le falta el
tablero, que ¡dónde parará!
Mejor así, de puro
adorno, que los tiempos que este carro viene a recordar no fueron buenos ni
para las personas ni para los animales.
Pero no había otros.
Y con todo y con eso cómo recuerdo cuando me llevaban y me traían montado en el
carro de varas. No había mp3, ni aire acondicionado, ni airbag, ni
limpiaparabrisas. Tampoco había prisas más allá de lo que el sol dibujara en la
esfera del cielo, y casi siempre se iba cantando, aunque se llorara por dentro.
Pues eso, que aún
estamos en octubre, aunque empiece el personal el puente de los santos.
En días como hoy,
cuando era niño, en el pueblo se mascaba el aire calentorro y sólo se dejaban
oír el croar de las ranas en la charca y la voz seca del segador arreando al
ganado desde la gavilladora. Bueno sí, y también el vuelo sordo y molesto de
los tábanos.
Luego, en la era, a
la sombra de algún carro repleto de bálago hasta arriba y junto al brocal del
pozo, mientras cada quien masticaba lentamente lo que iba sacando de su fardel,
algún chascarrillo provocaba una carcajada general, pero tan poco entusiasta
que generalmente nadie repetía.
Se sucedían
lentamente las horas mientras el sol aplanaba toda la existencia. Hasta el
momento de aparvar la parsimonia era total; no se alteraba mientras no llegara
el cierzo para espantar la galbana.
Luego, por la noche,
cuando lo de acarrear, se cambiaban las tornas, a pesar del sueño; el traqueteo
del carro en los baches del camino espabilaba ganado y agosteros, y avivaba el
ojo de más de un avispado que cargaba las morenas del vecino; de noche todos
los gatos son pardos y una tierra se parece a otra tierra, más si son próximas
y están alejadas del caserío.
La siega, la
recolección, por aquel entonces, ocupaba todas las horas del día, y no se
hacían veinticinco porque no las tenía la jornada. Pero en llegando el
dieciocho de julio había que parar por orden gubernativa. Era celebración
nombrada, aunque aburrida. Ese día sí que era largo, sin nada que hacer y
mirando al cielo por si alguna nube aparecía en el firmamento. Ya sería cosa
del demonio que en día tan vacacional se fuera todo al traste por un mal
pedrisco. Un año entero suspirando por la cosecha, para que en un instante
malhadado todo quedara en las tierras.
Así que en este día,
hace ya muchos años, los de pueblo nos aburríamos jugando al mus o al tute en
el sindicato y para terminar en el patio emparrado, quien lo tuviera, esperando
que el fresco de la noche aliviara una pizca siquiera los calores. Ponerse el
traje de domingo para no tener que ir a misa hacía que en este día, de obligado
cumplimiento, lo de fiesta no encajara, y se pasara más o menos a la fuerza.
Mis recuerdos de
aquella época son de los que yo llamo “en blanco y negro”, planos. Con el polvo
de la cebada pegado a mi piel, malamente tocando cualquier otra cosa que lo
referente a las labores propias de aquellos días, subido en lo alto del
remolque, aventando trigo en la panera, repasando la máquina engrasadora en
ristre, apartando granzas o amontonando paja, sólo rompía la monotonía del
discurso una avería y la tensa espera al mecánico de turno, o el viaje rápido
al herrero de Capillas, o de Fuentes, según lo complicado del asunto o el lugar
donde se diera la ruptura de la pieza.
Este rosario de
cosuchas, recordadas sin orden ni concierto, tal vez incluso pertenecientes a
épocas diferentes y alejadas algunos años unas de otras, con el nexo común del
calor y la cosecha, mi pueblo y mi padre, mi infancia, adolescencia y juventud,
concluyen de pronto con mi jubilación anticipada para toda faena agrícola, sin
derecho a pensión por supuesto ni a ningún otro reconocimiento oficial,
extraoficial o simplemente económico.
¿Que qué fue de las
tierras familiares? Se las quedó todas mi hermano. A mí la tierra me gusta si
puedo recorrerla y pasearla. Hacerla producir, sinceramente, no me interesa.
Nota explicativa: Para quien no lo sepa, el dieciocho de julio se celebraba el alzamiento nacional, de cuando en el 36 empezó la incivil guerra que nos asoló para los restos.
Cuando llegó el
melenas y fue recibido por las autoridades del lugar, allí estaba él. Bien que
discretamente. De oscuro, siempre de oscuro, y con su boina. Y el cigarro entre
los dedos más que amarillos.
Y allí estuvo
siempre. Se diría que le cogió cariño desde el primer momento.
Fue pastor toda su
vida, incluso cuando ya no podía ni con los pantalones, y caminaba torpemente
embotado por el morapio. Esa fue su desgracia. O su dicha.
Vivía junto al
castillo, en una casa demasiado grande para él solo. Claro que su lugar natural
era el campo, el monte, el valle, el páramo. Allí se sabía señor y dueño. Por
allá se perdía cuando nadie sabía dónde paraba.
Le cogió cariño y le
cuidó. En realidad, se cuidaron mutuamente.
Pastor ya sin ovejas,
sin más objetivo en la vida que seguir tirando malamente, era el pobre de
solemnidad del pueblo, motivo de escarnio para unos, persona entrañable para
otros. Para el recién llegado, una sombra que se le pegó desde el principio y
no le abandonó más que cuando las cosas se hicieron imposibles y hubo que poner
tierra de por medio.
Café y cigarrillos,
setas y pollos, apenas algunas pocas provisiones para asegurar su subsistencia,
el tiempo pasaba entre los dos como si no tuviera ganas de correr, como si no
tuviera prisa, como si no hubiera otra cosa de por medio.
¡Cuántas noches, ya
tarde, llegaba el advenedizo de la gran ciudad, con el cuerpo roto de unas y
otras cosas, y se encontraba su casa caldeada porque Régulo había atizado la
gloria con amor y con ganas! Y el melenas se enternecía y casi lloraba de
agradecimiento.
A Régulo le hicieron
malas pasadas en primer lugar él mismo, que fue un calamidad; pero luego, y
también al mismo tiempo, aquel pueblo endiabladamente puñetero, donde uno de
fuera siempre era un extraño, aunque resultara buena gente. Osco hasta la
saciedad, el vecindario era tan poco hospitalario y acogedor con los de sangre
ajena como contemporizador e indulgente con los del propio linaje.
Pero Régulo era de
ellos, no tenía otras raíces. Y los conocía, vaya que los conocía. Por eso le
aconsejaba al de los pantalones lila que tuviera mucho cuidadín, que ojito con
lo que hacía y decía, que nunca se sabía por dónde iban a llegar los tiros.
Y también cuidó el
jardín. Sí, una nadería de rincón, dentro del patio encementado, donde dieron
en poner tierra y alguna que otra planta, siquiera por mostrar que aquella
vieja y enorme casa rectoral tenía alma.
Hombre de campo,
curtido en mil batallas, se movía silencioso. Conejos, pájaros de toda clase,
espárragos trigueños o lechuguillas silvestres, qué se yo, siempre tenía
aderezada una comida que qué mala pinta tenía, pero olía… divinamente.
A Régulo no le
faltaron en su tiempo pequeños donativos derivados de la matanza, que aún se
practicaba regularmente. No faltó quienes con él compartieron pequeñas
cosillas, en honor a los viejos tiempos. Pero era el cura el que, por oficio y
menester, ostentaba la plena autoridad en lo que a su cuidado se refiere.
Pero en realidad fue
un intercambio, más bien un mutuo y recíproco sostenimiento, del que ahora,
mientras espero que me extraigan el tercer molar, dicho sea cordial, puñetera
muela del juicio, hago recordatorio, porque se me ha venido a la memoria
aquella persona sencilla, callada, entrañable, bienaventurada, y siempre
cariñosa hacia mí que fue Régulo.
Mi infancia corresponde con el ocaso de la cocina de paja. Es natural, pues, decir que, primero, soy de pueblo; y, segundo, que entonces el fuego era lo que calentaba al tiempo que también alumbraba.
Si para cocinar era la paja trillada en la era el combustible habitual de todo hogar en mi tierra, para calentarnos teníamos la gloria y los manojos que las viñas aportaban.
De modo y manera que mis primeros pasos los di guiado por quinqués y candiles, pues la electricidad ya hacía mucho que estaba inventada, pero eso en mi pueblo no contaba demasiado visto la de veces que no llegaba o lo hacía con tan poca fuerza que las bombillas pelonas que entonces se usaban apenas alumbraban.
Las hogueras son otra circunstancia que recuerdo. En tiempos de la matanza, al cerdo se le churruscaba al fuego de una hoguera. Había que hacerlo así para que la piel quedara limpia de las cerdas, esos pelillos molestos que le salen por todas partes, una depilación a lo bestia, pero socorrida y necesaria. Y ya que le agarrábamos del rabo, las orejas tostadicas qué ricas estaban.
Por San Juan también se hacía fuego, para saltarlo, unos a pie, otros en burro y los menos a caballo. Menuda juerga.
Luego me hice urbanita y pasé al gas ciudad y a la calefacción de carbón. O sea que lo de las hogueras como que pasó página.
Tiempo después volví al campo. Con la chavalada nos fuimos de campamento. Esto es, se coge un prado, con arroyo cerca, y también con baño. Se plantan las tiendas, se cavan letrinas, se monta el comedor y la cocina y, en el mismo centro, se apaña la plaza con su fuego.
Pero eso es por las noches, ya cansados de jugar y de correr. Es el momento de las confidencias, las narraciones, los cuentos, las representaciones de teatro, los disfraces y los cantos. Y el fuego se eleva imponente, y todos, cautivados por las llamas que se mueven vivarachas, vamos terminando el día y llamando a las estrellas para que no hagan ruido mientras nos adormecemos.
Muchas cosas llenaban los quince días en la pradera, para contar y no acabar. Pero de todas ellas, ahora sólo recordamos los fuegos del campamento. Siempre los terminábamos, con ascuas ya mortecinas, al canto de “Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”. Y no se admitían excepciones.
Ahora me conformo con hacer una hoguera en la noche de pascua, y en torno a ella aún se canta, también se narran historias y leyendas, no se salta pero se vibra con el crepitar de las llamas y se celebra a la vida que renace de sus propias cenizas.
«¿A quién compararte en tu grandeza? Mira: a un cedro del Líbano de espléndido ramaje, de fronda de amplia sombra y de talla elevada. Entre las nubes despuntaba su copa. Las aguas le hicieron crecer, el abismo le hizo subir, derramando sus aguas en torno a su plantación, enviando sus acequias a todos los árboles del campo. Por eso su tronco superaba en altura a todos los árboles del campo, sus ramas se multiplicaban, se alargaba su ramaje, por la abundancia de agua que le hacía brotar. En sus ramas anidaban todos los pájaros del cielo, bajo su fronda parían todas las bestias del campo, a su sombra se sentaban numerosas naciones. Era hermoso por su talle, por la amplitud de su ramaje, porque sus raíces se hundían en aguas abundantes. No le igualaban los demás cedros en el jardín de Dios, los cipreses no podían competir con su ramaje, los plátanos no tenían ramas como las suyas. Ningún árbol, en el jardín de Dios, le igualaba en belleza. Yo le había embellecido con follaje abundante, y le envidiaban todos los árboles de Edén, los del jardín de Dios».
(Ez 31, 2-9)
Tempus fugit, es decir, el tiempo corre veloz como una liebre…
Ricardo Cantalapiedra
Marana tha
Para escuchar, presiona en la punta de flecha de la izquierda; si quieres silencio, presiona en ‖ o 1▢
El Cabo de Gata
-
No está en el fin del mundo, pero lo parece. Llegar hasta allá supone
atravesar valles y desiertos, llanuras y perdidos, pasar pueblos y rodear
montañas...