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Con prefacio propio


María Magdalena anuncia la Resurrección a los Apóstoles. Icono ortodoxo


La Iglesia católica, –y en general todas las Iglesias–, tiene un muy particular modo de hacer, y más parece que no hace, aunque en realidad cose, vaya si cose, sólo que con puntadas invisibles.
Esto es que acaba de llegarme por conducto oficial “el prefacio propio” para la recién estrenada “fiesta” de Santa María Magdalena. Ha pasado de ser una simple “memoria obligatoria” a “fiesta”. Y eso es importante.
El “regalo” viene acompañado de su correspondiente explicación: un documento para justificar el cambio de consideración del día dedicado a La Magdalena y la conveniencia de asignarle el prefacio nuevo que a partir de la fecha de hoy hay que utilizar.
En el documento se dice que, «en la actualidad, cuando la Iglesia es llamada a reflexionar más profundamente sobre la dignidad de la mujer, la nueva Evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina, ha parecido bien que el ejemplo de Santa María Magdalena fuera propuesto también a los fieles de un modo más adecuado». Y el prefacio no expresa nada que ya no supiéramos sobre este pedazo de mujer: o sea, lo justo:
El cual (Cristo, Nuestro Señor) se apareció visiblemente en el huerto
a María Magdalena,
pues ella lo había amado en vida,
lo había visto morir en la cruz,
lo buscaba yacente en el sepulcro,
y fue la primera en adorarlo
resucitado de entre los muertos;
y él la honró ante los apóstoles
con el oficio del apostolado
para que la buena noticia de la vida nueva
llegase hasta los confines del mundo.
No quisiera cavilar más allá de lo que dicen los textos suministrados, porque me atrevería a decir que resulta oportunista esta decisión y como un “hasta aquí, no os vayáis a imaginar otra cosa”. Porque si alguien pensara que es un paso positivo hacia la total equiparación de los sexos en la Iglesia, que considere que ya tendría que bastar con la figura de la Madre, que Jesús no nació por generación espontánea. Añadir ahora a Magdalena no nos da una suma aritmética, como se pudiera sospechar, sino lo mismo.
Porque si del número se tratara, no ya en la actualidad que es patente, sino en toda nuestra historia, son muchas más ellas que ellos, a las claras y sobre todo trajinando quedamente, las que han puesto en pie este edificio y las que lo están manteniendo. Supuesto, faltaría más, la piedra angular, el Señor, sobre quien todo se sostiene y hace Cuerpo.
Me parece que se honre de esta manera a María la de Magdala, pero sobra ese acento sobre lo femenino, que hace muchos siglos debiera estar más que resuelto.


Llorar como una magdalena

María Magdalena llorando. Anónimo Flamenco (s XVI)

Es decir, llorar. Porque no siempre ocurre que se llore de verdad. Se hace también de mentirijillas. Lágrimas de cocodrilo, suele decirse. Llorar tiene su superlativo cuando las lágrimas son de sangre, como también su ínfima expresión cuando a los pucheros no le sigue absolutamente nada.
A La Magdalena se le atribuyen lágrimas en exceso, según el relato evangélico, y tal vez por eso sirva ese dicho para quien llora y llora sin pausa ni consuelo. Así, que yo recuerde, y porque la tradición en esto también juega, María Magdalena enjugó a Jesús los pies con sus lágrimas, lloró junto a otras en el camino del Calvario, en el Descendimiento la sitúan también al pie de la cruz llorosa, y luego en el huerto, junto a la tumba vacía, vuelve a llorar, de manera que un a modo de hortelano la pregunta ¿por qué lloras? Luego, el resto de su vida, y tal como la describen pintores de tronío, lloró y lloró a más no poder, no debió hacer otra cosa. La pecadora arrepentida. Pues eso.
Sin embargo, no creo yo que eso la haga justicia. No me imagino así a María la de Magdala. Si Jesús se fijó en ella, y si ella tal vez se fijara antes en Jesús, tuvo que ser por otra cosa. Esta persona, de sexo femenino, a buen seguro no era de lágrima fácil, ni abundante; incluso yo diría que era de llorar en seco. Casi como las Dolorosas de mi tierra, con el llanto en los adentros.
Tal vez llorara al modo de Jesús en la muerte de su amigo Lázaro, con el corazón en la garganta, o ante Jerusalén y su terrible destino, o en el diálogo tenso con el Abba al decir de la carta a los Hebreos. A Jesús nadie lo consideró llorón pero sí de tener entrañas que se conmovían ante el dolor ajeno. También el relato evangélico lo dice.
Sí, Magdalena llora y lo hace de verdad. Llora como cualquier ser humano puede hacerlo cuando es feliz, cuando se le han roto todas las esperanzas, cuando ve a la persona querida maltratada, cuando se enfrenta a la decisión fundamental de su existencia, cuando el corazón se le ha inundado de paz. Llora por el vacío, por la injusticia, frente al sinsentido y la barbarie, por pura misericordia.
Pero hoy no se trata de eso. Hoy, que es su fiesta, lo que Jesús le repite, luego de habérselo preguntado los ángeles, es que es bobada llorar, que ni es momento ni hay razón; que lo único que cabe en ese encuentro es el mutuo reconocimiento:
- ¡María!
- ¡Rabbuni!


Ayelet Shaked y María Magdalena


Ambas son mujeres y las dos, judías. Ahí se acaban las similitudes. Todo lo demás indica que no tienen más cosas en común. Y eso, a pesar de que sus nombres parecen significar lo mismo. María, “la que se elevó”; Ayelet, “la elevada”.
Ayelet es miembro del parlamento israelí, diputada del partido Hogar Judío, que ha ocupado últimamente titulares en los medios por estos mensajes que ha dejado en facebook el pasado día 7 de julio:
"Tienen que morir y sus casas deben ser demolidas. Ellos son nuestros enemigos y nuestras manos deberían estar manchadas de su sangre. Esto también se aplica a las madres de los terroristas fallecidos".
"Detrás de cada terrorista hay decenas de hombres y mujeres sin los cuales no podría atentar. Ahora todos son combatientes enemigos, y su sangre caerá sobre sus cabezas. Incluso las madres de los mártires, que los envían al infierno con flores y besos. Nada sería más justo que siguieran sus pasos".
Noli me tangere. Fra Angelico. Museo Nacional de San Marcos. Florencia
La Magdalena vivió hace más de veinte siglos, no consta que dejara algo escrito y tampoco tenemos fotos para saber qué cara tenía.
Sólo el azar ha hecho que yo las ponga en relación, precisamente hoy, día de Santa María Magdalena.
En su nombre no me está permitido juzgar a la de ahora, por más que sus palabras duelan, y hayan levantado polvareda de unos y de otros. Pero sí quiero decirle a Ayelet, la aguerrida luchadora sionista, que se modere y mire, que piense y reflexione: –si aún no es madre, o si ya lo es qué más da–, que Magdalena, la de entonces y de siempre, no consta que lo fuera, pero estuvo henchida de amor –«porque tiene mucho amor» (Lucas 7, 47)– y por eso perdura a pesar del tiempo. Si ella quiere también durar, y no ser una simple flor pasajera, tiene que dejarse henchir de amor. Entonces tal vez no consiga mantener ese bello rostro en el que no hay rastro de entrega ni de acogida, pero adquirirá otro tipo de hermosura que no se valora en votos y titulares. Que se ponga a los pies de las que sufren en carne propia y ajena los horrores de esa guerra; que deje de azuzar a los violentos; que busque callar a los cañones y, si puede, que llore por la sangre, tanta sangre derramada en esa hermosa tierra maltratada a lo largo de los siglos.
Yo le sugeriría a Ayelet Shaked que aprendiera de María de Magdala, cuyo día celebramos los cristianos, a ponerse en camino hacia Gaza, para abrazar a tantas madres que lloran por sus hijos, porque se los han matado y no quieren ser consoladas porque ya no existen (cfr. Jeremías 31, 15; Mateo 2, 18). Que lea a Jeremías y entienda que la promesa dice que aquellos son también hijos e hijas, y volverán, siempre lo han hecho, a ocupar su tierra.
Que recuerde, finalmente, estas palabras que alguien dijo mirando a Jerusalén con amor: «Llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque si esto hacen con el leño verde, con el seco ¿qué harán?» (Lucas 23, 28-31), y entienda que si no construyen la paz, entre todos, la guerra les destruirá y no quedará piedra sobre piedra.
Deja, pues, Ayelet de cargar con tus palabras las armas que matan. Son tus hermanas y hermanos los que están muriendo. Te lo digo en nombre de María Magdalena, cuyos muchos pecados fueron perdonados porque fue capaz de amar.
Ama, mujer, ama.

Sol y luna de julio


Noli me tangere, Correggio, hacia 1525. Museo del Prado
Hoy, veintidós de julio, me apetece escribir sobre dos asuntos que no sé de qué manera pueden estar relacionados, si es que hay entre ellos alguna conexión: María Magdalena y la luna llena. Porque hoy es la fiesta de la Magdalena, y la luna se colmata de luz a las 20,16 horas en Acuario.
Una cosa tengo clara: no voy a ser original en ningún sentido y sobre ninguna de estas dos cuestiones; hay tanto escrito, tanto comprobado y tantísimo inventado, que no me considero capaz de aportar novedad alguna. Sólo en este lugar, María Magdalena: ¿Santa, esposa o prostituta?, hay suficiente material como para acercarse a él con el fardel bien repleto de viandas, cepillo de dientes, orinal y saco de dormir. ¡Ah! y nada de pensar en poder mirar luego a la luna, porque ni tiempo, oye tú, ni siquiera un ratito.
De modo que me voy a poner un poquito en plan poético, comparando al sol y la luna, con Jesús y Magdalena. Sí, El Señor como el sol de julio en el centro del firmamento, y María de Magdala como luna llena que recibe su luz y la proyecta. ¿Que puede resultar noña esta pretensión? ¡Por supuesto! Y no sólo eso, sino también y además inútil, intrascendente, vacía, pueril y hasta meliflua. Por añadir adjetivos que no quede.
El caso es que estando de por medio Jesús y Magdalena, no queda otra que mostrarse trasgresor. Con ellos dos no van las formas políticamente, –ni religiosamente–, correctas. Quien se cargó el sábado y el templo, quien cantó las cuarenta a los mandones, quien miró de tú a tú a toda mujer, no sólo a su madre María, quien liberó de la marginación a leprosos y tullidos, quien rescató para la dignidad a pecadores y banqueros, quien a la hora de la verdad miró cara a cara al poder embrutecido del imperio sin dejar por ello de ser humilde cordero llevado al matadero; por un lado. Y por el otro, la otra; la que no esperó que la llamara, la que se coló sin atender si había o no venia para hacer lo que la salía de las tripas, la que se mantuvo siempre fiel y consecuente, la primera en recibir la gran noticia, la que luego consintió, (o permitió, qué más da), que se la tergiversara, manipulara, vituperara y finalmente ninguneara.
Con ese pedazo de hombre y esa enormidad de mujer, tejióse el Evangelio del Reino de Dios, la Buena Nueva, la auténtica, la que anda por ahí escondida, pero que sigue calentando tanto como este sol de julio, iluminando tanto como esta luna llena de hoy.

No lo entiende mal Joquín Sabina, tampoco lo canta deficientemente al ritmo que le pone Pablo Milanés. Que nadie nos oculte el sol, aunque sea el mismísimo Alejandro Magno; que tanta iluminación nocturna y tanta morralla no apague esa luna descarada. ¡Fuera estorbos!
Esta confesión de María Magdalena a sus compañeros varones en lo de ser Apóstoles de Jesús no consta en ninguna parte, pertenece al magín de una teóloga que me entusiasma, Dolores Aleixandre; bien pudiera ser reflejo de lo que en realidad pasó:
«Vosotros sabéis de mí que soy de Magdala y yo sé que conocéis los rumores que circulan allí sobre mi pasado. También imagino que, cuando no estoy presente, habréis preguntado al Maestro por qué ha aceptado en su seguimiento a alguien como yo.
A mí él no me ha llamado como a vosotros, pero yo vivía desgarrada y rota en mi interior, entregada a poderes extraños, y el encuentro con Jesús fue para mí el momento en el que mi vida comenzó a pertenecerme y en el que conseguí firmeza y seguridad. Sentí que por fin podía existir sin más, sin que el peso del juicio de otros me aplastara y sin que mis propios temores me retuvieran encadenada.
Vosotros le habéis seguido porque él os ha llamado, yo le sigo porque no existe ningún otro lugar en el mundo en el que yo pueda vivir, y lo sé con el mismo instinto que enseña a las golondrinas a seguir al verano».

María de Magdala, La Magdalena. Santa por la gracia de Dios


Jesús resucitado y María Magdalena. Tiziano
 
Así, tal como lo pintó Tiziano lo relatan los evangelios. Sí, María de Magdala, – La Magdalena–, fue la primera persona a la que Jesús resucitado se dirige para darse a conocer y para convertirla en la primera testigo de su victoria sobre la muerte.
Este hecho tan sencillo fue sin embargo transcendental, aunque la historia y sobre todo los manejos poco ortodoxos, tratan de aparcarlo a un lado.
No fue casualidad, ni una suerte de lotería que le tocara a María. Fue elegida, pero ella también puso de su parte. Para entenderlo hay que empezar a mirar las cosas con perspectiva y desde mucho antes.
Hoy, que es su día, Santa María Magdalena, bien merece la pena entretenerse un poco y repasar cosas ya leídas y tal vez olvidadas.

LAS PROSTITUTAS VAN DELANTE

Comenzaba el mes de Nisán, el de la primavera. La llanura de Esdrelón amaneció vestida de margaritas amarillas y lirios silvestres. Todo el campo olía a tierra húmeda esperando los nuevos brotes. En dos días dejamos atrás Galilea y Samaria. Íbamos hacia Judea, la tierra seca.

Al tercer día de camino, vimos aparecer allá al fondo la silueta de Jerusalén, la ciudad santa, preparándose ya para la próxima fiesta de Pascua.

María - Jesús, hijo, tengo miedo.
Jesús - ¿De qué, mamá?
María - De Jerusalén. Otras veces, cuando veía de lejos las murallas de la ciudad, me parecía la corona de una reina. No sé, ahora me parecen muchos dientes de piedra, como si fuera una gran boca abierta, amenazando.
Jesús - Jerusalén es una reina, sí, pero una reina asesina. Cuando un profeta levanta la cabeza para denunciarla, esa gran boca se cierra y muerde.
María - ¡Ay, hijo, por Dios, no hables así, que me asustas más todavía!

Ya estaba oscureciendo cuando, muy cansados y con los pies llenos de ampollas, cruzamos por la Puerta que llaman del Pescado y entramos en Jerusalén. Teníamos que pasar cerca del muro de los asmoneos, donde todas las noches, en hilera y muy pintarrajeadas, se exhibían las prostitutas de Jerusalén.

Salomé - ¡Oye a esas mujerzuelas cantando! Pero, ¿es que no tienen vergüenza?
Felipe - Bueno, doña Salomé, si la mercancía no se anuncia, no se vende. Cuando yo iba con mi carretón hacía lo mismo.
Salomé - No seas indecente, Felipe.
Felipe - Además, ahí donde usted las ve, esas mujeres son unas infelices.
Salomé - Para ver ya tengo bastante con nuestra “magdalenita”. Mírala, fíjate cómo se le van los ojos hacia allá.
Filomena - ¡María, María!

Cuando nos dimos cuenta, María, la de Magdala, ya había echado a correr para saludar a aquella amiga suya que le hacía señas desde el muro.

Salomé - ¿No te lo dije yo, Felipe? ¡La cabra tira al monte!

En el muro, Filomena recibió a María con abrazos y besos.

Filomena - Caramba, Mariíta, ¿y qué vientos te traen por acá, muchacha?
Magdalena - Eso digo yo, Filomena, ¿qué haces tú aquí en Jerusalén? ¿Qué se te perdió en esta ciudad de locos?
Filomena - Se me perdió la vergüenza. Pero, aparte de eso, nada más. María, muchacha, tú estás joven todavía, pero yo doblé ya la curva de los treinta. Antes los clientes corrían detrás de mí. Ahora soy yo la que corro detrás de ellos, ¿comprendes?
Magdalena - ¡Y tanto corriste que llegaste a Jerusalén!
Filomena - Así mismo, compañera. Pero, por lo visto, tú también te mudas a la capital. ¿Qué? ¿Te fueron mal las cosas en Cafarnaum?
Magdalena - No, Filomena, lo que pasa es que ya dejé el negocio.
Filomena - ¿Cómo? ¿Qué oigo? ¿Nos has traicionado? ¡No te lo creo, María!
Magdalena - Pues créemelo, Filo. Desde hace un par de meses no le echo sebo a la lámpara.
Filomena - ¿Y qué haces ahora, muchacha, dime?
Magdalena - Me metí en otro negocio, Filo.
Filomena - ¿Qué? ¿Contrabando de púrpura? ¿Amuletos de cocodrilo?
Magdalena - No, nada de eso. Reino de Dios.
Filomena - ¿Reino de Dios? ¿Y con qué se come eso?
Magdalena - Parece que Dios se cansó de todo esto y sacó la jeta por entre las nubes y dijo: ¡Aprendan a nadar los que no sepan porque ahí les va otro diluvio peor que el primero!
Filomena - Pero, María, ¿qué estás diciendo?
Magdalena - ¡Pssh! Aquí se va a armar un lío grande, Filomena. ¡Los de arriba para abajo y los de abajo para arriba! Yo, por si acaso, ya me apunté en el Reino de Dios.
Filomena - Por el prepucio de Sansón, ¿pero tú te has metido en política, María? ¡Esto es lo último que me faltaba por oír! ¡Ay, qué gracia! Bueno, claro, al fin y al cabo, la política y nuestro negocio tienen mucho parecido. Pero dime, ¿y a quién apoyan ustedes, a los zelotes, a los saduceos o a quién?
Magdalena - ¡Y qué sé yo, Filomena! Yo de eso no entiendo nada. Pero yo voy a donde él va.
Filomena - Pero, ¿de quién me estás hablando?
Magdalena - De Jesús.
Filomena - ¿Y quién es ése?
Magdalena - El mejor tipo que he conocido en mi vida.
Filomena - ¡Ah, ya, ahora caigo de la mata! Ese tipo se enamoró de ti. Y te trajo a Jerusalén.
Magdalena - No, Filo, nada de eso.
Filomena - Bueno, te enamoraste tú de él, que para el caso es lo mismo.
Magdalena - Te digo que no. Esto es otra cosa. Jesús es un tipo especial. ¡Está un poco chiflado, eso sí, pero es un profeta! No, un profeta no. ¿Sabes lo que te digo, Filo? ¡Que Jesús es el mismísimo Mesías!
Filomena - No me extraña. Por este muro pasan todas las noches una docena de Mesías con espada y todo.
Magdalena - Este moreno es distinto, Filo. Cuando habla, cuando te mira así de frente…
Filomena - Tú eres la que estás distinta, María.
Magdalena - Y tú también si lo conocieras. Ea, Filo, ven un momento a saludarlo, ¡anda, ven!
Filomena - Espérate, María, que aquí, a donde va una, van todas. ¡Eh, muchachas, escondan un poco la mercancía y vengan a verle la nariz a un profeta! ¡No se pierdan esto, vengan!

Al poco rato, estábamos rodeados de mujeres mal vestidas, con mucha pintura en la cara y oliendo fuertemente a jazmín.

Magdalena - Bueno, este moreno es Jesús, el que les dije. Y todos éstos son sus amigos. Esta es Filomena, una colega de allá de Magdala y todas estas, sus amigas y…
Filomena - Y para presentaciones ya está bien, ¿no? Vamos, paisano, desembucha, ¿qué lío es ése del Reino de Dios que se traen ustedes? María ya me estuvo contando algo.
Prostituta- ¡A mí me interesa más el rey que el reino, a ver si le caigo simpática! Dime tú, galileo, ¿quién va a sentarse en el trono cuando canten victoria? ¿Tú mismo?
Jesús - No, qué va. En el Reino de Dios ya no habrá tronos ni reyes ni jefes que opriman a los de abajo. Nadie por encima de nadie. Todos hermanos.
Filomena - ¡Me gusta eso, caramba, a ver si yo también puedo librarme de unos cuantos que vienen a babearme encima! ¡Demonios, ésos también te oprimen, ja, ja, ja!

Mi madre Salomé no pudo contenerse…

Salomé - Mira, muchacha, no seas desvergonzada. Para limpiarte esa baba, no tienes que esperar al Reino de Dios. Deja hoy mismo la mala vida que llevas y arrepiéntete.
Filomena - ¿Ah, sí, verdad? Qué facilito lo pinta usted, ¿verdad? Yo no sabía que el arrepentimiento servía para hervir una sopa. A ver, paisana, dígame, ¿cuántos hijos tiene usted?, y perdone el atrevimiento.
Salomé - Tengo dos, a Dios gracias.
Filomena - Pues yo tengo ocho, al diablo las gracias. Al diablo y a mi marido, que debe ser primo hermano de Satanás, porque me dejó ocho veces preñada y ahora se largó y no me ha dado ni un céntimo para criar a mis ocho hijos. ¿Y qué quiere usted que haga, señora? Usted se cree muy señora porque no enseña el ombligo en la calle, ¿verdad? ¡Tampoco Eva enseñó el ombligo porque no lo tenía y mira lo que hizo!
Magdalena - Vamos, Filomena, no te pongas así que se te corre la pintura.
Filomena - ¡Es que me da rabia, María! ¡Caramba con la señora!
Prostituta- Pues a mí lo que me da es ganas de que venga pronto ese Reino de Dios, a ver si mejora la situación, porque a este paso ni con ombligo ni sin ombligo!
Muchacha - ¡Sí, hombre, que sacudan la mata de una vez y tumben a todos los parásitos que están trepados en las ramas!
Felipe - ¡Pshh! No grites tanto, greñuda, que por aquí tiene que haber muchos guardias!
Filomena - ¡Bah, si es por eso! Escuchen, galileos, y tú, Jesús, que debes ser el de la cabeza más caliente: cuando den el golpe, vengan a esconderse aquí con nosotras. Es el sitio más seguro, de veras te lo digo. ¡Nadie va a buscar al Mesías en el burdel de Filomena!
Prostituta- ¿No dicen que fue una colega nuestra la que le salvó la vida a nuestros abuelos cuando pusieron la primera pata en esta tierra? Pues ya saben, cuando empiecen los puñetazos, aquí tienen un buen sitio donde refugiarse.
Jesús - Y cuando empiece el Reino de Dios, ustedes también tendrán un buen sitio, Filomena, un sitio seguro para ti y para tus compañeras. Te lo prometo.
Prostituta- Bueno, bueno, no hablemos de cosas tristes, que la noche la hizo Dios para descansar y alegrarse. Eh, tú, la de los lunares, tú que sabes entonar, échale alguna copla de bienvenida a estos paisanos, ¡que todavía traen encima tierra galilea porque ni las pantorrillas se han lavado!
Muchacha - Pues ahí va mi copla:
A ustedes los galileos
les dedico esta canción
si alguno es mejor coplero
que salga de respondón.
Filomena - ¡Vamos, ahora les toca a ustedes!
Jesús - Arriba, Felipe, tú ahora…
Felipe - Eres muchacha bonita
pero de cabeza loca
eres como una campana
que cualquiera llega y toca.
Filomena - ¿Ah, sí, verdad? ¿Con que campana, verdad? ¡Respóndele a ésa, Monga!
Prostituta- Dicen que el ají chiquito
pica más que la pimienta
más pica tu mala lengua
que sin permiso me mienta.
Filomena - ¡Vamos, vamos, otra! ¡A ver quién gana!
Pedro - Bueno, ahí va una para echar aceite en la herida…
Si yo fuera cantador
mi vida yo te cantara
por ese par de lunares
que tú tienes en la cara.
Salomé - ¡Pedro, no seas fresco, que si se lo cuento a Rufina te va a poner un lunar, pero en otro lado!

Aunque estábamos muy cansados después del viaje, la alegría de aquellas mujeres nos contagió y comenzamos a dar palmadas y a responder a sus coplas. En medio de aquella algarabía, no nos dimos cuenta de lo que pasaba a nuestra espalda.

Fariseo - ¡Mira quién está ahí! ¡Jesús, el galileo! ¡Así lo quería ver yo, arrimado a las prostitutas!
Colega - ¡Parece mentira! ¡Y ése es el que se llama profeta de Dios! ¡Indecente!
Jesús - ¡Eh, ustedes! ¿No quieren venir a cantar y bailar con nosotros?

Los ojos de Jesús se habían cruzado con los de aquellos fariseos, cumplidores de la Ley.

Jesús - Ya que estamos echando coplas, les voy a dedicar ésta a ustedes. Escuchen:
Un padre tenía dos hijos
y a los dos los invitó
a trabajar en su finca
desde que saliera el sol.
El primero dijo no
pero luego le hizo caso
fue a la finca y trabajó.
El segundo dijo sí
pero luego no dio un paso
y no se movió de allí.
Felipe - ¿Y esa copla tan rara, Jesús? Yo no la entendí.
Jesús - Pues aquellos parece que sí la entendieron, porque se han ido. Ellos son los que dicen sí y luego no hacen nada. ¡Hipócritas! Todas estas mujeres valen más que ellos y entrarán primero en el Reino de Dios.
Felipe - Olvídate de eso ahora, Jesús.
Filomena - Sí, déjalos que se vayan. ¡Vamos, Magdalena, échate otra copla y que se alegre el ambiente!
Magdalena - Pues allá va…
Escuchen bien, fariseos
que se creen tan importantes
en este Reino de Dios
las putas van por delante.
Todos - ¡Bien dicho! ¡Otra, otra!

Nos quedamos todavía un buen rato cantando junto al muro de los asmoneos. Jesús estaba muy contento, igual que David cuando bailó en presencia del Señor con las criadas de Jerusalén el día que llevó a la ciudad santa el Arca de la Alianza.



Mateo 21,28-32


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En Jerusalén, ciudad con gran tráfico de comerciantes, lugar de paso de caravanas, peregrinos y «turistas», abundaban las prostitutas. Con ocasión de las fiestas, las posibilidades de trabajo de estas mujeres aumentaba considerablemente. La mayoría de ellas era –como aún sucede generalmente en nuestros países­– de clase social muy baja. Eran mujeres abandonadas por sus maridos, a veces con hijos a los que tenían que alimentar con su esfuerzo o muchachas –como la Magdalena– metidas en el oficio desde muy jóvenes por necesidades económicas, sin posibilidad ya de romper con ese mundo, al que terminaban por acostumbrarse.

Jesús tuvo predilección por las prostitutas. Y esto debe ser interpretado como un signo de profundidad teológica. No fue una predilección paternalista, del maestro puro que se acerca por compasión a la mujer descarriada. Fue una honda simpatía, que le hacía ver en estas mujeres –uno de los estratos más pobres de la sociedad de su tiempo y por eso más necesitado de liberación y esperanza– a las preferidas de Dios. Por mujeres y por prostitutas, ellas eran quizá lo más marginado que uno podía encontrar en Israel. Jesús, sensible a su situación, llegó a decir algo auténticamente escandaloso: Ellas, las rameras, serías las primeras en entrar en el Reino de Dios, junto con los tramposos y mal vistos colaboradores de impuestos. Aquello fue una subversión de toda la moral de su tiempo y por eso produciría una reacción escandalizada ya no sólo entre las clases dirigentes, sino entre gente como Salomé o algunos de los discípulos.

Es pura novela hacer de María Magdalena una mujer enamorada de Jesús. No hay que acudir a este tópico barato para explicar la conversión de aquella pobre mujer. Jesús, al relacionarse con ella de igual a igual, al admitirla en el grupo de sus amigos, al confiar en ella, le devolvió su dignidad perdida. Esto la puso en pie y la hizo cambiar, le hizo intuir cuál era la justicia que Jesús anunciaba cuando hablaba del Reino. La justicia que a ella, pobre entre los pobres, nunca nadie le había hecho, iba a llegar también para las mujeres de su clase, que no tenían en la sociedad más puesto que el de una total dependencia de los caprichos de los varones. Por la esperanza puesta por Jesús en las prostitutas, por su actitud con ellas, Magdalena entendió quién era Dios y cómo era su Reino. Todo esto basta para explicar lógicamente el entusiasmo de María por la causa de Jesús y su cariño por él, sin tener que acudir a ningún romanticismo.

Filomena, la amiga de María, al invitar a Jesús a esconderse en su burdel, está evocando a Rajab, la prostituta de Jericó que salvó a los dos exploradores israelitas que prepararon el camino del pueblo de Israel hacia la Tierra Prometida (Josué 2, 1-24). La carta a los Hebreos alabará la fe de esta ramera (Hebreos 11, 31) y Mateo la incluirá, precisamente por su gesto de solidaridad, en la genealogía del mismo Jesús, más que por fidelidad histórica, como un signo de la cercanía que tienen de Dios estas mujeres a quienes todos rechazan. La copla que Jesús canta contiene el tema de la parábola de «los dos hijos». Es una idea que Jesús repite a lo largo del evangelio, para mostrar cómo los que sólo tienen palabras con las que justificarse y están seguros de sí mismos, satisfechos con lo buenos que son –esos doctores que le escuchan y todos los dirigentes de Israel– se quedarán fuera. Y los otros, los pobres, los señalados con el dedo como inmorales, entrarán en la fiesta de Dios.

La escena de Jesús, cantando con las prostitutas de Jerusalén, está inspirada en el gesto del rey David cuando a la entrada en Jerusalén, acompañando el arca de la alianza, bailó con las criadas y mujeres del pueblo (2 Sam 6, 1-23). En aquella ocasión, la actitud de libertad del rey causó escándalo y le dijeron que se comportaba como «un cualquiera». Iguales críticas se hicieron contra Jesús. Resultaba un escándalo que un profeta se mezclara con aquella ralea, y sobre todo, que se mostrara tan a gusto entre ellas. Tanto en el gesto de David como en el de Jesús, hay un signo que nos revela quién es Dios: El que se hace «uno de tanto entre sus hijos más despreciados».

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 742-749]

¡Pedazo de ser humano!


Aquella mañana, bien temprano, allí estaban ellas, dispuestas a terminar la faena. Como siempre, cuidando los detalles, atentas al momento y saliendo al quite de lo que hiciera falta. Haciendo, en suma, eso que a los varones nos parecen ¡cosas de mujeres!
María Magdalena. Gregorio Fernández. Valladolid
Quienes iban a honrar a un cadáver se encontraron con El Que Vive; las que pretendían cumplir una piadosa costumbre se vieron comprometidas a ser apóstoles de lo nuevo; las furtivas que casi a oscuras, en la penumbra del amanecer, se acercaron ahogando los sollozos fueron constituidas voceras oficiales de la Verdad que había que pregonar a plena luz del día: Abba ha hecho definitivamente justicia y ha declarado que la Vida vence a la muerte.
María, natural de Magdala, gozó de un trato de favor. Nadie lo sabe explicar, -en unas coordenadas histórico-culturo-sociales que lo hacían tan escandaloso que resultaba inaceptable, irreal, imposible-; y ante la imposibilidad de negarlo, se ha intentado ningunear disfrazándolo de cualquier cosa. Y ahí está, aunque duela, a pesar de las tergiversaciones y manipulaciones de entones y de ahora, siempre tan interesadas.
María Magdalena. Castillo Lastrucci. Sevilla
María Magdalena no es el alter ego de Jesús. Tampoco es su par. Pero es la primera entre sus pares, varones y mujeres. Ni feminismo ni machismo, mucho menos androginia o misandria, androfobia o ginefobia; humanidad simple y pura.
Hoy es su día, Santa María Magdalena, y nadie sabe desde cuándo pero ¡a quién le importa!

¡Cosas de mujeres!

Hoy hemos proclamado una preciosidad de evangelio, de Juan, por supuesto. Es Juan el que dice las cosas más bellas, aunque digan que lo escribió a su bola.
Lo voy a poner para que leáis quienes entréis:

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
- «Mujer, ¿por qué lloras?»
Ella les contesta:
- «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
- «Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
- «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»
Jesús le dice:
- «¡María!»
Ella se vuelve y le dice:
- «¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»
Jesús le dice:
- «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: "Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."»
María Magdalena fue y anunció a los discípulos:
- «He visto al Señor y ha dicho esto.»


El caso es que hoy estaba solo, acompañado, pero solo. Junto a mí había 20 mujeres. ¿No es fabuloso? El día en que se proclama que María es la primera testiga del Jesús resucitado, que es una mujer, ella, María, la que recibe el encargo de anunciárselo a los discípulos, todos varones por supuesto, junto a mí sólo estaban ellas.

Cualquier comentario que haga a partir de ahora podría ser censurado, moderado al menos; no lo hago pues. Pero sí hago constar cómo fue, 20 parroquianas oyeron ese evangelio, ningún parroquiano. ¿Cómo vamos a pedirles a los santos varones que cedan espacio a las varonas, santas también por supuesto, si ellos no estaban y por lo tanto no se enteraron?

Seguiremos estando, pues, en la inopia. El que no está no se entera; el que no se entera, no sabe; el que no sabe, es como si no estuviera. Y así estamos, como si no estuviéramos pisando la tierra, sino surcando los espacios siderales.

La pena es que mientas tanto la tierra sigue girando, sobre su eje y alrededor del sol.

Pero tranquilos todos: ellas sí que estaban; oyeron; y ellas siguen y seguirán estando.

¡Que felicidad!

No me resisto a añadir esto, encontrado casualmente al revisar viejos papeles. Parece ser un texto muy antiguo, una auténtica glosa escrita al borde de un papiro que no sé cómo llegó a mis manos. Se trata de unos renglones en lengua para mí desconocida, que no hice caso en su momento, hace de esto ya la tira. Ahora he encontrado la manera a través de la Red de descifrarlo y traducirlo. Es un diálogo a tres bandas que me parece muy actual y digno de darlo a conocer.
Parece ser una conversación, o parte de ella, entre Jesús, Pedro y María de Magdala, situada más o menos cerca de Jerusalén y poco antes de la entrada solemne, al decir de la tradición. Estas son las palabras en castellano:

«Pedro, "El Picapiedra":

Si no es sólo por mí, que también están aquí las mujeres, Salomé, María de Cleofás, Magdalena, tu misma madre, María, y el resto de ellas que han estado junto a ti todos estos tiempos de caminar, y de convivir, y de anunciar. Mira, mira lo que dicen.

María, "La Magdalena":


Mira, Jesús, no hagas caso a Pedro, ya le conoces de sobra; él está muy atado a las tradiciones, se preocupa mucho del qué dirán, y como tú le has señalado con cierto acento, él mismo se ha subido a la parra y el celo le está hasta comiendo la sesera. Pero estate tranquilo que todas nosotras no vamos a seguirle la corriente, aunque a veces lo parezca. Desde tu Madre María, hasta la última del grupo, o sea yo misma, estamos convencidas de que el Reino no va a llegar de la mano de estos brutotes, aunque tampoco de los sabios, ni de los que gustan de dominar y mandar. Que te hemos entendido perfectamente que tú dices que en el amor y en el servir está la auténtica fuerza; que seguirte a ti y a Abba desde el corazón más que desde la cabeza es lo correcto. Y que no importa si en primera fila o atrás del todo, levantando la voz o susurrando, nosotras vamos a estar siempre junto a ellos, porque ellos solos no son capaces de ir demasiado lejos.


Jesús, "El Maestro":

Ya lo sé Magda, ya lo sé. Yo confío en vosotras, y bien me gustaría que ocuparais mucho más espacio, pero no quiero que se encrespen y se sientan heridos en su orgullo. Cuento con vosotras para que tiréis del carro, que ellos solos son capaces de destrozarlo discutiendo por cualquier bobada: lo importante es caminar con la carga, no que si el carro grande o pequeño, tartana o tílburi; interesa llegar, no quien manda y quien sólo puede opinar; urge atender al personal, no si es más barato pero luce menos. Los sedientos necesitan el agua que les refresque la boca y los tímidos y abatidos, el vino nuevo que haga arder su corazón; y no si lo hacemos con agua de botella o de grifo, con vino de Ribera o de Valdepeñas.

Apretaos los machos, bien apretados, las mujeres, que tenéis por delante tanto trabajo como lo habéis tenido hasta ahora.
Sí, empezó mi mamá, María, con su sí incondicional a la voluntad de Abba.
Continuó ella misma, e Isabel, mi tía, con su tesón y constancia. Y también con su buena cabeza. Ana también hizo lo suyo desde el silencio y la oración.
Habéis seguido vosotras con vuestro ejemplo, con vuestra sinceridad al expresar el amor sin añadidos y tal cual, y con no hacer caso de dimes y diretes y haber roto la hipocresía.
Me temo que, aunque os cueste, vosotras seáis las únicas que os mantendréis firmes a mi lado cuando llegue el momento de la prueba y del oprobio.
No, la muerte no os va a hundir, al contrario, seréis las primeras en anunciar que ha sido derrotada para siempre, y que la vida sin fin y en plenitud se ofrece como una realidad universal.
Y seréis también vosotras, siempre disponibles y dispuestas, las que organicéis, convoquéis, animéis, preparéis, habléis, mediéis y pacifiquéis, incluso presidáis con cariño y temple cuando sea menester; y seréis vosotras las que os ocultéis para no herir, os expreséis no con palabras sino con el gesto, construyáis sin hacer ruido y mientras ellos descansan; seréis, en fin, vosotras las que junto con los ancianos y los niños, mejor encarnéis las Bienaventuranzas del Reino de mi Padre y del Evangelio que esperan como Buena Noticia los esclavizados, los acallados, los proscritos, los violados de ahora y de todos los tiempos.
Te aseguro que por vosotras y en vosotras, el género humano no conocerá la corrupción. Mi Abba me ha asegurado que cuando me resucite, la primera en imitarme será mi Madre, y a partir de ella, todas vosotras. Bueno, esto es broma, pero cómo me gustaría que fuera realidad; os lo merecéis, de verdad que sí.
Pero dejémoslo ya, que hay que entrar en Jerusalén antes de la Pascua. Aviémonos, no se haga demasiado tarde.»

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