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La conciencia, ese último reducto





La última novela de Shusako Endo que he leído, no sé si será su mejor obra, ha dejado paz en mi ánimo. Lo contrario que las dos anteriores, Silencio y Escándalo, cuya lectura me perturbó. Ni siquiera La vida de Jesús me ha dejado tan buen sabor de boca.
Porque lo que se narra en El samurai (1980) es, en primer lugar, la historia real de la embajada con que el gobierno japonés pretendió entablar negociaciones comerciales con Nueva España en el siglo XVII. Pero también, el proceso interior de un samurai de baja categoría, la rural, que desde su mundo cerrado y limitado se abre a la universalidad de aquel siglo y a una nueva manera de entenderse y comprender al ser humano.
Hasekura Rokuemon, el samurái, vive clavado en un espacio físico y social del Japón feudal en que nació, y todo le hace suponer que ahí discurrirá el resto de su existencia. Obediente a su señor, a quien denomina Su Señoría, es también fiel a sus vasallos que dependen de él en todo. El encargo de capitanear una embajada comercial con el rey de Nueva España le arranca de su pequeña realidad, le lleva a atravesar el Pacífico y el Atlántico, le hace conocer unas culturas que hasta entonces no sabía que existieran, a entrevistarse con el rey de España Felipe III y con el Papa y a bautizarse para facilitar el fin de su encomienda.
Todo parece indicar que la vuelta a su tierra tras fracasar en la misión va a devolverle al mismo punto desde donde partió. Pero en el viaje ha ido haciendo acopio de una información y una experiencia que ni él mismo es capaz, en principio, de asimilar.
Cuando la trama oculta que lo urdió todo, y en la que él ha sido un simple muñeco, se desvela, algo empieza a bullir en su interior. Pero sólo al final, acierta a verlo todo claro.
Y es entonces cuando se descubre a sí mismo como persona capaz de pensar con autonomía, libre de los lazos sociales, culturales y religiosos que le ataron de por vida, y, en el sigilo de la noche, oculto a todas las miradas incluso de sus propios familiares, reconoce qué profunda huella le ha dejado un sentimiento religioso extraño que no consigue comprender.

“Del fondo de la caja sacó una pequeña pila de papeles. Se los había dado aquel japonés de Nueva España, cuando se despedían junto a la laguna de Tecali. ¿Se habría marchado con los indios ese hombre, a otra parte? ¿O habría muerto en la calurosa orilla de la laguna? El mundo era inmenso; pero en cualquier parte del inmenso mundo, exactamente como en la llanura, la gente vivía aplastada por el peso de sus penas.
Él siempre está a nuestro lado.
Siente nuestra agonía y nuestro dolor.
Llora con nosotros y nos dice:
«Benditos sean quienes
lloran en esta vida
porque sonreirán en el reino del cielo».
«Él» era el hombre de la cabeza caída hacia un lado, ese hombre delgado como un alfiler, clavado a una cruz con los brazos inertes extendidos. Nuevamente el samurai cerró los ojos e imaginó al hombre que lo había mirado todas las noches desde los muros de las habitaciones de Nueva España y de España. Por alguna razón, ya no sentía el mismo desdén que había sentido antes. En realidad, le parecía que aquel ser desventurado se parecía bastante a él mismo.
Cuando Él estaba en el mundo, hizo muchos viajes; pero jamás visitó a los altaneros ni a los poderosos. Sólo visitaba a los pobres y afligidos, y no hablaba con los demás. Las noches en que la muerte visitaba a los afligidos, Él se sentaba a su lado hasta el alba, cogiéndoles las manos, y lloraba con los deudos… Decía que había venido al mundo para asistir a los hombres…
Y he aquí que había una mujer que durante muchos años se había ganado la vida vendiendo su cuerpo. Cuando supo que Él había venido, corrió adonde estaba. y se acercó a su lado, y no dijo una palabra sino que lloró y sus lágrimas bañaron los pies del Señor. Y Él le dijo: «Con esas lágrimas tus pecados han sido perdonados, tu Padre que está en el cielo conoce tu angustia y tu pesar; por lo tanto nada temas».
En alguna parte un pájaro chilló una vez y otra más. El samurai partió una rama seca y la echó al hogar, y las llamitas empezaron a morder las hojas marchitas.
El samurai pensó en ese hombre, con el pelo recogido en una coleta, escribiendo esas palabras en su cabaña de Tecali. Probablemente las noches eran tan oscuras y profundas junto a la laguna de Tecali como en la llanura. El samurai pensó que tenía ahora una vaga idea del motivo que había impulsado a ese hombre a escribirlas. Quería expresar su propia idea. No quería al Cristo adorado por ricos sacerdotes en las catedrales de Nueva España, sino a un hombre que estaba a su lado, al lado de los indios y de todos los abandonados. «Está siempre a nuestro lado. Siente nuestra agonía y nuestro dolor. Llora con nosotros… ». El samurai casi veía el rostro del compatriota que había escrito con mano torpe esas palabras”.

Su servidor Yozo, que siempre caminó detrás de él tanto en la paz como en la guerra, da entonces un paso hacia adelante y deja de ser un simple siervo para manifestarse como su más fiel compañero. No es difícil ahora que se expresen ambos con sinceridad y en libertad.

“—Siempre creí que me convertí al cristianismo como una mera formalidad. Este sentimiento no se ha modificado. Pero desde que aprendí algo acerca del gobierno, a veces pienso en ese hombre. Creo comprender por qué en todas las casas de esos países hay una patética figura que lo representa. Supongo que en alguna parte del corazón de los hombres está el anhelo de que alguien nos acompañe durante toda nuestra vida, aunque sólo sea un perro sarnoso. Ese hombre se convirtió en un perro por el bien de la humanidad. —El samurai repitió esas palabras como si hablara consigo mismo—. Sí. Ese hombre se convirtió en un perro que nos acompaña. Eso escribió el japonés de Tecali. Que cuando estaba en la Tierra, dijo a sus discípulos que había venido al mundo para asistir a los hombres.
Yozo alzó la mirada por primera vez. Desvió los ojos hacia la laguna, meditando en lo que había dicho su amo.
—¿Crees en el cristianismo? —preguntó serenamente el samurai.
—Si —respondió Yozo.
—No se lo digas a nadie.
Yozo asintió.
El samurai rió deliberadamente, tratando de cambiar de tema.
—Cuando llegue la primavera, las aves se irán. Pero nosotros no abandonaremos la llanura. Éste es nuestro hogar. Habían recorrido muchos países.
Habían atravesado vastos océanos. Pero habían retornado a esa región de suelo árido y pueblos empobrecidos. El samurai lo sentía con gran intensidad. Era como debía ser. Un mundo inmenso, muchos países, grandes océanos. y sin embargo, adondequiera que fuesen, las personas eran iguales. Iguales las disputas, la manipulación y las intrigas. Tanto en el castillo de Su Señoría como en el mundo sectario de Velasco. Lo que el samurai había visto no eran ciudades, tierras y naciones sino el karma desesperado del hombre. Y sobre el karma del hombre flotaba esa figura fea y consumida con las manos y los pies clavados a una cruz y la cabeza caída de lado. «En este valle de lágrimas lloramos y Te llamamos». El monje de Tecali había escrito esas palabras al fin de su manuscrito. ¿En qué se diferenciaba del resto del mundo esa desventurada llanura? El samurai quería decirle a Yozo que la llanura era el mundo y que era ellos mismos; pero no pudo encontrar palabras que expresaran lo que sentía”.

El proceso interior apresura su ritmo a partir de la memoria, pero ya venía de lejos la reflexión callada y nunca reconocida que le había ido haciendo mella durante todo ese tiempo.

“Cuando cerraba los ojos, las escenas de Nueva España desfilaban una tras otra por su mente como si estuviera montando su caballo junto a Nishi y a los otros. El ardiente disco del sol, el desierto donde sólo crecían cactos y agaves, los rebaños de cabras, los indios con coleta que cultivaban los campos. ¿Había visto realmente esas escenas? ¿O todo había sido un sueño? ¿Aún estaba soñando? En las paredes de todos los monasterios donde se había alojado, aquel hombre feo y consumido estaba colgado de una cruz con los brazos abiertos y la cabeza inclinada.
Mientras partía ramas secas el samurai pensaba: «He cruzado dos grandes océanos para ir a España a ver a un rey. No he visto a ese rey. Sólo he visto a ese hombre».
El samurai recordó que en el extranjero a ese hombre se le llamaba «Señor» y que nunca había podido comprenderlo. Pero sabía que su destino lo había unido no a un rey de este mundo sino a un hombre que se parecía mucho a los vagabundos que a veces pedían limosnas en la llanura…”.

En su mente japonesa, sujeta a un ciego destino, una pequeña rendija se abre y la luz que se le cuela, lejos de atemorizarle, le ilumina. No necesita abrirse las entrañas, seppuku, porque no es un derrotado ni tiene que acatar el bushidō, el código ético de los samuráis. Que hagan con él lo que quieran, porque le ha sido revelada otra norma y ya nunca estará solo.

“La nieve crujía en el techo y rodaba hasta el suelo. El ruido recordó al samurai el crujido de la jarcia. En el mismo momento había oído ese crujido, el grito agudo de las gaviotas y el golpeteo de las olas contra el casco, y el galeón había iniciado la travesía del ancho océano; y en ese momento también había quedado establecido que éste fuera su destino. El largo viaje llegaba finalmente al último puerto.
Cuando alzó la mirada vio por la puerta a Yozo en el jardín nevado, con la cabeza baja. Sin duda el mayordomo le había revelado la noticia. Parpadeando, el samurai miró unos momentos a su fiel servidor.
—Todas las penurias que has sufrido... —Las palabras se ahogaron en su garganta.
Yozo no sabía si su amo le agradecía su compañía durante esas penurias o si murmuraba su resentimiento por ellas. Aun con la cabeza baja advirtió que su amo y el mayordomo estaban de pie y se disponían a salir.
El samurai vio que nevaba sobre el techado. Los copos giraban como los cisnes de la llanura. Aves de paso que venían desde algún país lejano y luego volvían a él. Aves que habían visto muchos países, muchas ciudades. Como él mismo, que ahora partía hacia otro país desconocido…
—De ahora en adelante…, Él estará a vuestro lado.
Oyó de pronto la voz contenida de Yozo detrás de él.
—Desde ahora en adelante…, Él os esperará.
El samurai se detuvo, miró atrás, y asintió con energía. Luego se dirigió por el frío pasillo brillante hacia el fin de su viaje”.

Sebastián Rodrigo, el protagonista de “Silencio”, apostató movido a misericordia hacia aquellos cristianos cuya vida estaba puesta como condición. Tranquilizó su conciencia haciendo decir, o queriendo escuchar, al Cristo del “fumie” «Písame, que para eso he venido».
Hasekura Rokuemon camina sin vacilar al matadero, y su conciencia le guía sin consentir componendas.
Este era un ser simple, un bienaventurado. Aquel sabía latín.
Aquel vivió solo el resto de su vida. Este, sin embargo, tuvo a Yozo para mucha compañía.
El hombre feo y esmirriado, que colgaba retorcido de una cruz, y que tanto enamoró a Sebastián, cautivó a Yozo liberándole e impresionó tan hondamente a Hasekura, no se desentendía de ninguno de ellos.

Eso otro que hay en mí



Esta vez fue también “circunstancial” y como con “Silencio”; con “Escándalo” hubo una coincidencia temporal entre el argumento y el momento: lo empecé con carnavales y lo terminé ya en cuaresma.
Entremedias de ambas obras, “La vida de Jesús”, también de un tirón y sin peaje, ocupó la parte central del mes corto y dejó en mi paladar buen sabor, pero sin adrenalina que llevarme a la boca. Nada que resaltar, y alguna que otra cosilla para discutirla entre amigos bien avenidos. Lástima que no volviera sobre el tema por falta de tiempo, no por ganas. Entonces, tal vez hubiera añadido algo que echo de menos en su trabajo.
Shūsaku Endō, el autor de las tres “novelas”, me ha ganado a su causa, a pesar de ser él un japonés “metido en un traje no hecho a su medida”, —descripción que él hace de sí mismo—, y yo, lo que está a la vista, un occidental sin pretensiones.
El protagonista de Escándalo (1986), Shuguro, es un escritor japonés y católico, que percibe próximo el final de su vida; a pesar del enorme éxito de sus publicaciones vive discretamente y conservando en sus manos el ritmo de su existencia. Cree que así terminará, y considera inapropiado introducir cualquier cambio, aunque no está nada conforme con el trato que dispensa a su esposa, un alma pura que le acompaña con docilidad y confianza.
Tras el descubrimiento de que él no es la persona que pensaba, todo se le pone en cuestión. La novedad de su “yo oculto” irrumpe amenazante, poniendo en grave riesgo su prestigio como escritor y su honorabilidad como católico declarado.
Lo “aparecido”, lo “salido a la superficie”, ha estado ahí siempre. Y le horroriza.
La trama está muy bien urdida, el lector progresa en la lectura con intriga y también con temor. No es desastroso el final, tampoco milagroso. No hay condena, cada ser ha de labrarse su propia salvación.
Eso sí, ayuda y mucho la compañía. Si existen enemigos poderosos, no faltan sin embargo, pero hay que buscarlos, los amigos generosos y desinteresados. Shuguro los tiene y termina firmemente decidido a conservarlos y cuidarlos.
Como dije al principio, mi lectura coincidió con los carnavales. Autores de peso consideran que los carnavales no son un canto a la vida, sino a la muerte. Pensar que son simplemente una provocación frente a la cruda realidad y un poner en solfa temporalmente los poderes fácticos es no penetrar la capa externa de unas coplas, unos disfraces, unas tradiciones. «“Lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible”, escribe Rilke en Elegías del Duino. El carnaval es la personificación de esa fuerza desconocida, que no tiene nombre, la expresión de un deseo sin límite, un universo sin reglas anterior a la conciencia y a la capacidad de arbitrio. El lado oscuro, que no tiene rostro, que no aparece en cuanto tal en ningún sitio ni nunca, lo domina todo y hace que cada yo no sea uno sino varios».
Esto y esto más: «Los enmascarados que estos días recorren plazas y calles, y entran en casa ajena sin ningún tipo de autorización, sin darse cuenta, ignorándolo por completo, disfrutan de la libertad de los únicos que pueden ser libres, los antepasados que vuelven. Los muertos no se sienten afectados por una serie de normas que regulan la convivencia de los vivos; por esta razón, aquellos disfrutan de muchas libertades que a éstos se les niegan».
Para terminar: «El sujeto del carnaval es la masa, el abismo indiferenciado, el mundo dionisíaco. El carnaval expresa, canaliza, vehicula esa fuerza, al mismo tiempo que protege de ella en la medida en que la exterioriza. Sirve sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, de pieza gregaria en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el individuo da rienda suelta a sus instintos».
Esa “fuerza”, “eso irracional”, “ese dejarse ir por los instintos”, es el descubrimiento —la novedad conocida bruscamente en el atardecer de su vida— de Shuguro, el protagonista de Escándalo, del que (y no contra el que) angustiosamente trata de  zafarse.
Provechosa lectura que me ha dispuesto a la cuaresma. Si esto es el carnaval, bienvenido y bendito sea.
Nota:
Las obras traducidas de Endo pueden descargarse en Internet en versión digital, además de adquirirlas en papel en las librerías de confianza.

Un ser humano completamente necesario, a pesar de todo


Sebastián y Kichijirô en Chinmoku (Silencio), 1971, de Masahiro Shinoda



Terminé la novela justo al amanecer el 6 de febrero, día en que la Iglesia Católica celebra a los mártires de Japón santos Pablo Miki y compañeros*. Silencio (Chinmoku) de Shūsaku Endō, una historia novelada, o una novela cuasi histórica, que relata un episodio concreto ficticio, —pero más que posible, probable— de aquella terrible época en el país del sol naciente en que se prohibió el cristianismo, siglo XVII. Apagué la luz y tardé demasiado tiempo en conciliar el sueño. ¡Qué difícil relajarse con la tensión acumulada!
Dejé de pensar en Sebastián Rodrigo, el jesuita protagonista, muerto en vida antes de morir definitivamente tras su gesto de apostasía simulada o real, allá él y sus circunstancias. Ocupó su lugar un personajillo descrito en la novela con muy peyorativos adornos: “En la habitación entró tambaleándose un borracho cubierto de harapos. Su nombre, Kichijirô. Su edad, veintiocho o veintinueve años. Por lo que respondió a las breves preguntas que le hicimos, supimos que era pescador, de la región de Hizen, cerca de Nagasaki, y que, antes de la rebelión de Shimabara, fue recogido por una nave portuguesa cuando flotaba a la deriva sobre el mar. Borracho y todo, era un hombre de mirada ladina. Durante nuestra conversación, con frecuencia desviaba la vista”.
Lejos de resultar un ser ocasional —y providencial— para que los jesuitas penetraran en la inexpugnable isla, Kichijirô va a ser permanente, tanto si está como si no. Su presencia ocupa toda la narración y densa la trama hasta extremos para mí insoportables. La mala impresión inicial del personaje no mejora con la acción, aunque hay pinceladas que le dulcifican en algún momento, y es el contrapunto que una y otra vez ha de enfrentar el protagonista en su lento progreso hacia su destino final. Aquel ser ignominioso, cobarde, mendaz, remolón y borracho va a convertirse en el yo de Sebastián cuando todo acaba:
“Aguzando el oído evocaba el rumor de la brisa tiempo atrás, cuando estuvo encerrado en el calabozo, el rumor de la brisa meciendo el follaje. Esa noche, como todas las noches, evocaba en su alma el rostro de aquel hombre. El rostro del hombre que había pisoteado.
—Padre, padre…
Se quedó mirando con ojos hundidos hacia la puerta, de donde venía aquella voz conocida.
—Padre, soy yo, Kichijirô…
—Yo ya no soy un padre —respondió en voz baja, abrazado a sus rodillas—. Márchate inmediatamente. Si te descubre el «otoña» vas a meterte en un lío…
—Pero usted puede oír todavía mi confesión…
—Qué sé yo… —el padre dobló la cabeza—. Soy un apóstata, un sacerdote apóstata.
—En Nagasaki lo llaman a usted el apóstata Pablo. No hay quien no sepa el nombre.
Abrazado como estaba a sus rodillas, el padre rió tristemente. Sin que nadie viniera a contárselo, sabía de tiempo atrás que le habían puesto ese mote. A Ferreira le llamaban el apóstata Pedro y a él, el apóstata Pablo. A veces venían los niños a la puerta y le daban la cencerrada gritándoselo.
—Por favor, escúcheme. Si puede oír confesiones, aunque sea el apóstata Pablo, déme la absolución de mis pecados. Por favor…
«¿Quién es el hombre para juzgar? ¿Quién mejor que el Señor conoce nuestra debilidad?», pensaba el padre en silencio.
—Yo vendí al padre. Y pisé también el «fumie»… —la voz llorona de Kichijirô seguía sonando en sus oídos—. ¿Sabe, padre? En este mundo hay débiles y hay fuertes. Los fuertes no se rinden al tormento y podrán ir al paraíso, pero los cobardes de nacimiento como yo, cuando los llevan al sitio del «fumie» y les dicen los guardias: «¡Pisa!», y les empiezan a dar tormento…
«Yo también puse mi pie sobre el «fumie». Este pie mío pesó sobre el rostro hundido de aquel hombre... El rostro en que soñé cientos de veces. El rostro en que no dejé de soñar errante por los montes y después en el calabozo.
Sobre el rostro del hombre al que quise amar toda mi vida. El rostro estaba vuelto hacia mí desde la tabla. Un rostro gastado, hundido, con aquellos ojos tristes. Y aquellos ojos tristes me dijeron: “Písame... Sí, písame. Tienes los pies doloridos como tantos otros que me han estado pisando hasta el día de hoy… A mí me basta que los pies os duelan. Yo participo de vuestro dolor, vivo vuestro sufrimiento. Para eso estoy en el mundo…”».
—Señor, me dolía que estuvieras siempre en silencio…
—No estaba en silencio. Estaba sufriendo contigo.
—Pero tú le dijiste a Judas: «Vete… ». Le dijiste: «Vete y haz lo que tienes que hacer». ¿Qué fue de Judas, Señor?
—Yo no le dije eso. Le dije a Judas «hazlo» como te he dicho a ti «pisa». Porque Judas tenía dolorido el corazón como tú tienes los pies…
Fue entonces cuando puso él su pie sobre el «fumie», sucio de sangre y de polvo. Los cinco dedos de su pie cubriendo el rostro del hombre que amaba. Aquel gozo violento, aquella emoción, no la podría él explicar a Kichijirô…
—No existen fuertes y débiles… ¿Quién asegura que los débiles no han sufrido menos que los fuertes? —Se puso a hablar atropelladamente, vuelto hacia la puerta—.
—Si no quedan padres en este país que puedan oír tu confesión, tendré que hacerlo yo. Di al final las oraciones de después de confesar… Vete en paz.
En Kichijirô la tensión había desaparecido. Lloraba ahora ahogando sus sollozos. Por fin se arrancó de la puerta. Él, Sebastián Rodrigo, había tenido la arrogancia de conferir a aquel hombre un sacramento que sólo los sacerdotes en activo podían dar. Sus compañeros le atacarían violentamente, le dirían que era un sacrílego; pero aunque a ellos los traicionase, sabía muy bien que a aquel hombre no le traicionaba. Le seguía queriendo de manera muy distinta que hasta ahora. Para llegar a ese amor todo lo sucedido hasta ahora había sido necesario”.
A lo largo de su apresurado proceso de acercamiento a la nueva realidad hasta ahora sólo contemplada desde la lejanía, Sebastián había lanzado antes esta queja al “vacío”:
“En tales ocasiones le hervía en el pecho la desesperación: «¿Por qué esto a mí?». No sabía si los misioneros de Macao y Goa se habrían enterado ya de su apostasía. Pero muy probablemente los comerciantes holandeses, a quienes se permitía residir en Dejima, junto a Nagasaki, habrían llevado ya la noticia hasta el mismo Macao y a estas horas habría sido expulsado de su orden misionera. y no sólo eso, quizá había sido despojado de sus derechos como sacerdote y lo miraría el clero como una lacra de la que había que avergonzarse. «Pero, ¿a qué viene eso? ¿Qué significa eso? El único que me puede juzgar por dentro es el Señor, no son mis compañeros… ». Se lo decía a sí mismo, mordiéndose los labios, sacudiendo la cabeza.
Y sin embargo, a veces a media noche, el fantasma de sus compañeros le desvelaba de repente y sentía sus uñas afiladas arándole el pecho por dentro. Entonces se le escapaba un alarido y saltaba de la cama. Tenía ante sus ojos un cuadro de la inquisición, la escena del juicio final que describe la Apocalipsis.
«¿Lo podréis entender? Sí, vosotros, los superiores de Europa y de Macao… » —y en las tinieblas se volvía a sus compañeros abogando por su propia causa. «Vosotros vivís tan felices misionando en sitios tranquilos y seguros, en sitios en que no azota asoladora la tormenta de la persecución, de las torturas... Os quedáis en la otra orilla y la gente os venera como a ministros de Dios fuera de serie… Generales que mandan a la tropa a un frente de combate y se quedan en la tienda de campaña al amor de la lumbre, eso sois vosotros. y, ¿cómo pueden esos generales censurar a un soldado que ha caído prisionero? Pero no. Todo esto son excusas tontas. Me estoy engañando a mí mismo» —se repetía negando lánguidamente con la cabeza. «¿Por qué estas disculpas degradantes? He apostatado, de acuerdo, y sin embargo, Señor, tú sabes muy bien, tú lo sabes, que yo no he renunciado a mi fe. El clero se estará preguntando por qué he apostatado. ¿Porque me aterraba el tormento de la fosa? Pues sí, eso es. ¿Porque no pude soportar los gemidos de los campesinos colgados de la fosa? Eso es. ¿Porque cedí a la tentación de Ferreira y pensé que si yo apostataba, aquellos pobres campesinos se salvarían? Exacto, eso es. Claro que a lo mejor ese ceder por amor era sólo una excusa para justificar mi propia debilidad… »”.
Kichijirô, por su parte, sólo se mira a sí mismo, no se engaña al verse como es, su escusa no le da más que para una queja lastimera, fatalmente inevitable, una disculpa que a pesar de ello le duele demasiado:
“Día nueve. Desde la mañana caía una lluvia menuda como neblina. El bosque que había frente a nuestra cabaña perdía sus contornos envuelto en la llovizna. Los tres cristianos subieron por el bosquecillo. Mokichi parecía un poco agitado. Ichizo, como siempre, fruncidas las cejas y el gesto reservado. Detrás de ellos, Kichijirô nos miraba con aire resentido, con los ojos tristones de un perro apaleado por su amo.
—Padre, y si nos mandan pisar el Cristo del «fumie»… —dijo Mokichi en un susurro, hundida la cabeza como si hablase consigo mismo. Si no pisamos, no sólo nosotros, todo el pueblo sufrirá el mismo interrogatorio. ¿Qué hacemos entonces, padre?
Sentí que el pecho me iba a estallar de pena y, sin más, le di una respuesta que ustedes probablemente por nada del mundo darían. Cruzaron por mi imaginación las palabras del padre Gabriel, tiempo atrás, en la persecución de Unzen, cuando le pusieron delante el «fumie»: «Prefiero que me corten la pierna antes que pisarlo». Sabía yo muy bien que muchos padres y cristianos japoneses habían sentido lo mismo, al verse frente a la santa imagen puesta ante sus pies. Y, sin embargo, ¿cómo iba a poder exigir eso mismo de estos tres pobres hombres?
—¡Pisadlo, podéis pisarlo! —grité, y al punto comprendí que había dicho algo que, como sacerdote, jamás debió asomar a mis labios. Garpe me dirigió una mirada de reproche.
Kichijirô seguía con los ojos empañados en lágrimas.
—Padre, ¿por qué nos manda «Deus» tantos sufrimientos? Si nosotros no estamos haciendo nada malo…”
...
“Por la rejilla del ventanuco podía ver a los guardias dando voces y más voces a un hombre embozado en su capote de paja. Debido al embozo no podía saber quién era, pero estaba seguro de que no pertenecía al grupo de los presos. Algo les suplicaba, pero los guardias se lo negaban con la cabeza y trataban de quitárselo de encima. No parecían hacerle caso. Sin embargo, de pronto:
—Si sigues así de pelma, te ganas un golpe, ¿oyes?
El guardia levantó en alto una estaca y el otro escapó hacia el portón como un perro callejero. Después volvió al patio y allí seguía inmóvil en medio de la lluvia.
Al anochecer volvió a mirar otra vez por la rejilla, y allí seguía el hombre del capote sin el menor desmayo, inmóvil en medio de la lluvia. Los guardias parecían haberse resignado; ya no salían de la garita. Cuando el intruso se volvió hacia él, se encontraron mirada y mirada. Miraba él hacia el padre con gesto amedrentado y reculando dos o tres pasos:
—Padre... —le dijo con una voz que más parecía el aullido de un perro—. Padre, escúcheme, por favor. Tómelo como confesión: escúcheme por favor…
El padre retiró el rostro de la ventana, cerró sus oídos a aquella voz. No podía olvidar el sabor del pescado seco, la sed que entonces le abrasaba la garganta. Aunque tratase de perdonar de corazón a ese hombre, el resentimiento, la ira, no se borraban de su memoria.
—¡Padreee… ! ¡Padreee… !
Continuaban las súplicas lastimeras, lo mismo que el niño que se agarra a las faldas de su madre.
—Yo, padre, le he estado engañando todo el tiempo. ¿No me quiere escuchar un rato? Pensando que a lo mejor el padre me despreciaba, le he estado odiando a usted y a los cristianos. He pisado el «fumie», sí, lo he pisado. Mokichi e Ichizo eran fuertes. Yo no tengo esa fuerza…
Los guardias perdieron la paciencia y salieron fuera estaca en mano.  Kichijirô seguía gritando mientras escapaba:
—Pero mire, yo tengo mi excusa. También los que pisan el «fumie» tienen su excusa. ¿O es que se cree usted que lo hice por gusto? Estos pies míos me dolían al pisarlo. Sí, me dolían. Dios me hizo cobarde de nacimiento y ahora me manda que imite a los valientes. ¿No es eso absurdo?
Eran verdaderos alaridos que se iban cortando, entrecortando más y más; después sólo una súplica; al final, la súplica se fundió en llanto.
—Padre, un cobarde como yo, ¿qué hace? ¿Qué puede hacer? Si entonces le denuncié, no fue por dinero, fue porque me amenazaron los alguaciles…
—Pero, ¿no te irás de una vez? Oye, largo, fuera —le gritaban los guardias asomando la cabeza por la garita—. Vamos, ya está bien de abusar…
—Padre, escúcheme. He hecho una cosa mala. He hecho algo que no tiene remedio. Guardias, ¡yo soy cristiano! ¡Encerradme en la cárcel… !
El padre cerró los ojos y se puso a recitar el credo. Realmente, sentía cierta satisfacción en abandonar a su suerte a aquel hombre que lloraba a gritos en medio de la lluvia. Aunque Cristo rezase, ¿sería por Judas por quien rezaba, cuando Judas se ahorcó en el «campo de la sangre»? Nada de eso estaba en la Escritura, pero aun suponiendo que estuviera, él, en estos momentos, no podría asumir con sinceridad la misma actitud. No sabía hasta qué punto podría creer uno a aquel hombre. Sí, es verdad que estaba pidiendo perdón; pero él se inclinaba a creer que esos gritos se debían a una emoción pasajera.
Poco a poco los gritos de Kichijirô se fueron calmando hasta extinguirse. Miró por la rejilla y vio cómo los guardias, malhumorados, se lo llevaban a empellones al calabozo”.

No sé si Martin Escorsese (Queens, Nueva York, 17 de noviembre de 1942) ha atinado al traducir la obra de Shūsaku Endō (Tokio, 27 de marzo de 1923 – Keio University Hospital, Japón, 29 de septiembre de 1996) al celuloide. Tampoco si en 1971 lo logró Masahiro Shinoda (Gifu, Japón, 9 de marzo de 1931). No he visto ninguna de las dos películas. He leído la novela. He pasado muy mal rato. Tengo que volver a ella. Necesito releerla.

* Paulo Miki nació en el seno de una familia rica. Fue bautizado a los cinco años con el nombre de Pauro (‘Paulo’). Fue educado por los jesuitas en Azuchi y Takatsuki. Entró en la Compañía de Jesús y predicó el evangelio entre sus conciudadanos. El poder japonés temió la influencia de los jesuitas y los persiguió. Paulo Miki fue apresado junto con otros compañeros cristianos, conocidos como los 26 mártires de Japón; dos de ellos eran también jesuitas, el erudito Juan de Soan de Gotó y Diego Kisai, y los 23 franciscanos. Para servir de escarmiento a la población, fueron forzados a caminar casi 1.000 kilómetros, desde Kioto hasta Nagasaki, por ser la ciudad más evangelizada de Japón, y allí fueron crucificados el 5 de febrero de 1597. Paulo predicó desde la cruz su último sermón y se afirma que perdonó a sus verdugos, diciendo: «Yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio». Todos los mártires fueron canonizados por el papa Pío IX en 1862 junto con el religioso trinitario Miguel de los Santos, el santo bajo cuya protección me puso mi mamá al bautizarme y darme su nombre.

Acaban de regalarme un libro



Su autor es Andrés C. Bermejo González y ya es conocido en este blog. El libro aún no está publicado, pero sí terminado. Concluido. Redondo. Cuidado. Disfrutado. Y ahora es expuesto a amigos y conocidos, en tanto se gestiona su publicación.
Andrés es maestro de escuela. Jubilado. Jubiloso. Bulle proyectos de esto y de lo otro, aquí y acullá, con estos y consigo mismo. Y no para. Y mejor que no lo haga.
Es salmantino, y se le nota incluso cuando no está presente.
Es un libro de poemas y dibujos. O de dibujos y poemas. No sé por qué lado se inclina más Andrés. Él piensa que por la literatura, pero habrá lectores que opinen lo contrario. Yo… no lo tengo nada claro y me abstengo. Dibuja y escribe a dos manos, y eso significa equilibrio.
El libro, consta de cuatro partes,
Cosas grandes, cosas pequeñas (10)
Para la vida, para los sueños (14)
La tierra, siempre la tierra… (31)
No vayas a pedir a la verdad, mentiras; a la humildad, sentencias (15)
Encierra 70 poemas y 70 dibujos.
E incluye este hermoso texto que presta título al conjunto, y que me permito publicar en auténtica primicia:

[Hacer click en la imagen para leer mejor]

En cuanto a su firma, en el libro no aparece, pero aquí sí

Fui uno de los tres millones y medio


Según El Norte de Castilla, en la noche de reyes, viendo la peli El curioso caso de Benjamin Button, con Brad Pitt, Cate Blanchett, Taraji P. Henson, Tilda Swinton, Jason Flemyng y otros, dirigida por David Fincher, con guión de Eric Roth, sobre el relato original de F. Scott Fitzgerald, llegamos a ser tres millones y medio telespectadores.
Confieso que me perdí el principio, porque me pilló cenando y anduve trasteando con los cacahuetes y mis amiguitos Moli, Berto y Gumi, que son golosos zampones de frutos secos. Pero en cuanto me centré, me la tragué.
Disfruté, me gustó, me relamí. Tanto, que me fui a Internet a pillar el relato original.
No es lo mismo. Y ya lo siento, pero aún así me lo leí también de un tirón.
Aquí lo pongo por si alguien tiene también la misma curiosidad que yo.



El Curioso Caso de Benjamin Button. F. Scott Fitzgerald – 1922

Introducción
Fue difícil vender El curioso caso de Benjamin Button (aparecido en la revista Collier el 21 de mayo de 1922). Fitzgerald le escribiría mas tarde a su agente Harold Ober: ‘Ya se que las revistas solo quieren mis relatos sobre chicas a la moda; los problemas que has tenido para vender Benjamin Button y Un diamante tan grande como el Ritz lo demuestran’. Benjamin Button fue su segundo relato (le había precedido The Cut-Glass BowL en 1920) de coret fantástico o superreal, un estilo en el que escribió algunos de sus cuentos mas brillantes y que quizá le atraía por su tensión entre romanticismo y realismo, por el desafío que la fantasía plantea: convertir lo imposible en verosímil. Fitzgerald explicó la génesis de Benjamin Button cuando lo incluyó en sus Cuentos de la era del jazz: ‘Me inspiró el cuento un comentario de Mark Twain: era una lástima que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al rpincipio y el peor al final. He intentado demostrar su tesis, haciendo un experimento con un hombre inserto en un ambiente absolutamente normal. Semanas después de terminar el relato, descubrí un argumento casi idéntico en los cuadernos de Samuel Butler’.
I.
Hasta 1860 lo correcto era nacer en tu propia casa. Hoy, según me dicen, los grandes dioses de la medicina han establecido que los primeros llantos del recién nacido deben ser emitidos en la atmósfera aséptica de un hospital, preferiblemente en un hospital elegante. Así que el señor y la señora Button se adelantaron cincuenta años a la moda cuando decidieron, un día de verano de 1860, que su primer hijo nacería en un hospital. Nunca sabremos si este anacronismo tuvo alguna influencia en la asombrosa historia que estoy a punto de referirles. Les contaré lo que ocurrió, y dejaré que juzguen por sí mismos. Los Button gozaban de una posición envidiable, tanto social como económica, en el Baltimore de antes de la guerra. Estaban emparentados con Esta o Aquella Familia, lo que, como todo sureño sabía, les daba el derecho a formar parte de la inmensa aristocracia que habitaba la Confederación. Era su primera experiencia en lo que atañe a la antigua y encantadora costumbre de tener hijos: naturalmente, el señor Button estaba nervioso. Confiaba en que fuera un niño, para poder mandarlo a la Universidad de Yale, en Connecticut, institución en la que el propio señor Button había sido conocido durante cuatro años con el apodo, más bien obvio, de Cuello Duro.
La mañana de septiembre consagrada al extraordinario acontecimiento se levantó muy nervioso a las seis, se vistió, se anudó una impecable corbata y corrió por las calles de Baltimore hasta el hospital, donde averiguaría si la oscuridad de la noche había traído en su seno una nueva vida.
A unos cien metros de la Clínica Maryland para Damas y Caballeros vio al doctor Keene, el médico de cabecera, que bajaba por la escalera principal restregándose las manos como si se las lavara, como todos los médicos están obligados a hacer, de acuerdo con los principios éticos, nunca escritos, de la profesión.
El señor Roger Button, presidente de Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, echó a correr hacia el doctor Keene con mucha menos dignidad de lo que se esperaría de un caballero del Sur, hijo de aquella época pintoresca.
—Doctor Keene —llamó—. ¡Eh, doctor Keene!
El doctor lo oyó, se volvió y se paró a esperarlo, mientras una expresión extraña se iba dibujando en su severa cara de médico a medida que el señor Button se acercaba.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó el señor Button, respirando con dificultad después de su carrera—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Cómo está mi mujer? ¿Es un niño? ¿Qué ha sido? ¿Qué...?
—Serénese —dijo el doctor Keene ásperamente. Parecía algo irritado.
—¿Ha nacido el niño? —preguntó suplicante el señor Button.
El doctor Keene frunció el entrecejo.
—Diantre, sí, supongo... en cierto modo.
—Y volvió a lanzarle una extraña mirada al señor Button.
—¿Mi mujer está bien? —Sí.
—¿Es niño o niña?
—¡Y dale! —gritó el doctor Keene en el colmo de su irritación—. Le ruego que lo vea usted mismo. ¡Es indignante! —La última palabra cupo casi en una sola sílaba. Luego el doctor Keene murmuró—: ¿Usted cree que un caso como éste mejorará mi reputación profesional? Otro caso así sería mi ruina... la ruina de cualquiera.
—¿Qué pasa? —preguntó el señor Button, aterrado—. ¿Trillizos?
—¡No, nada de trillizos! —respondió el doctor, cortante—. Puede ir a verlo usted mismo. Y buscarse otro médico. Yo lo traje a usted al mundo, joven, y he sido el médico de su familia durante cuarenta años, pero he terminado con usted. ¡No quiero verle ni a usted ni a nadie de su familia nunca más! ¡Adiós! Se volvió bruscamente y, sin añadir palabra, subió a su faetón, que lo esperaba en la calzada, y se alejó muy serio.
El señor Button se quedó en la acera, estupefacto y temblando de pies a cabeza. ¿Qué horrible desgracia había ocurrido? De repente había perdido el más mínimo deseo de entrar en la Clínica Maryland para Damas y Caballeros. Pero, un instante después, haciendo un terrible esfuerzo, se obligó a subir las escaleras y cruzó la puerta principal.
Había una enfermera sentada tras una mesa en la penumbra opaca del vestíbulo. Venciendo su vergüenza, el señor Button se le acercó.
—Buenos días —saludó la enfermera, mirándolo con amabilidad.
—Buenos días. Soy... Soy el señor Button.
Una expresión de horror se adueñó del rostro de la chica, que se puso en pie de un salto y pareció a punto de salir volando del vestíbulo: se dominaba gracias a un esfuerzo ímprobo y evidente.
—Quiero ver a mi hijo —dijo el señor Button.
La enfermera lanzó un débil grito.
—¡Por supuesto! —gritó histéricamente—. Arriba. Al final de las escaleras. ¡Suba!
Le señaló la dirección con el dedo, y el señor Button, bañado en sudor frío, dio media vuelta, vacilante, y empezó a subir las escaleras. En el vestíbulo de arriba se dirigió a otra enfermera que se le acercó con una palangana en la mano.
—Soy el señor Button —consiguió articular—. Quiero ver a mi...
¡Clanc! La palangana se estrelló contra el suelo y rodó hacia las escaleras. ¡Clanc! ¡Clanc! Empezó un metódico descenso, como si participara en el terror general que había desatado aquel caballero.
—¡Quiero ver a mi hijo! —el señor Button casi gritaba. Estaba a punto de sufrir un ataque. ¡Clanc! La palangana había llegado a la planta baja. La enfermera recuperó el control de sí misma y lanzó al señor Button una mirada de auténtico desprecio.
—De acuerdo, señor Button —concedió con voz sumisa—. Muy bien. ¡Pero si usted supiera cómo estábamos todos esta mañana! ¡Es algo sencillamente indignante! Esta clínica no conservará ni sombra de su reputación después de...
—¡Rápido! —gritó el señor Button, con voz ronca—. ¡No puedo soportar más esta situación! —Venga entonces por aquí, señor Button. Se arrastró penosamente tras ella. Al final de un largo pasillo llegaron a una sala de la que salía un coro de aullidos, una sala que, de hecho, sería conocida en el futuro como la «sala de los lloros». Entraron. Alineadas a lo largo de las paredes había media docena de cunas con ruedas, esmaltadas de blanco, cada una con una etiqueta pegada en la cabecera.
—Bueno —resopló el señor Button—. ¿Cuál es el mío?
—Aquél —dijo la enfermera.
Los ojos del señor Button siguieron la dirección que señalaba el dedo de la enfermera, y esto es lo que vieron: envuelto en una voluminosa manta blanca, casi saliéndose de la cuna, había sentado un anciano que aparentaba unos setenta años. Sus escasos cabellos eran casi blancos, y del mentón le caía una larga barba color humo que ondeaba absurdamente de acá para allá, abanicada por la brisa que entraba por la ventana. El anciano miró al señor Button con ojos desvaídos y marchitos, en los que acechaba una interrogación que no hallaba respuesta.
—¿Estoy loco? —tronó el señor Button, transformando su miedo en rabia—. ¿O la clínica quiere gastarme una broma de mal gusto?
—A nosotros no nos parece ninguna broma —replicó la enfermera severamente—. Y no sé si usted está loco o no, pero lo que es absolutamente seguro es que ése es su hijo.
El sudor frío se duplicó en la frente del señor Button. Cerró los ojos, y volvió a abrirlos, y miró. No era un error: veía a un hombre de setenta años, un recién nacido de setenta años, un recién nacido al que las piernas se le salían de la cuna en la que descansaba.
El anciano miró plácidamente al caballero y a la enfermera durante un instante, y de repente habló con voz cascada y vieja:
—¿Eres mi padre? —preguntó.
El señor Button y la enfermera se llevaron un terrible susto.
—Porque, si lo eres —prosiguió el anciano quejumbrosamente—, me gustaría que me sacaras de este sitio, o, al menos, que hicieras que me trajeran una mecedora cómoda.
—Pero, en nombre de Dios, ¿de dónde has salido? ¿Quién eres tú? —estalló el señor Button exasperado.
—No te puedo decir exactamente quién soy —replicó la voz quejumbrosa—, porque sólo hace unas cuantas horas que he nacido. Pero mi apellido es Button, no hay duda.
—¡Mientes! ¡Eres un impostor!
El anciano se volvió cansinamente hacia la enfermera.
—Bonito modo de recibir a un hijo recién nacido —se lamentó con voz débil—. Dígale que se equivoca, ¿quiere?
—Se equivoca, señor Button —dijo severamente la enfermera—. Este es su hijo. Debería asumir la situación de la mejor manera posible. Nos vemos en la obligación de pedirle que se lo lleve a casa cuanto antes: hoy, por ejemplo.
—¿A casa? —repitió el señor Button con voz incrédula.
—Sí, no podemos tenerlo aquí. No podemos, de verdad. ¿Comprende?
—Yo me alegraría mucho —se quejó el anciano—. ¡Menudo sitio! Vamos, el sitio ideal para albergar a un joven de gustos tranquilos. Con todos estos chillidos y llantos, no he podido pegar ojo. He pedido algo de comer —aquí su voz alcanzó una aguda nota de protesta— ¡y me han traído una botella de leche!
El señor Button se dejó caer en un sillón junto a su hijo y escondió la cara entre las manos.
—¡Dios mío! —murmuró, aterrorizado—. ¿Qué va a decir la gente? ¿Qué voy a hacer?
—Tiene que llevárselo a casa —insistió la enfermera—. ¡Inmediatamente!
Una imagen grotesca se materializó con tremenda nitidez ante los ojos del hombre atormentado: una imagen de sí mismo paseando por las abarrotadas calles de la ciudad con aquella espantosa aparición renqueando a su lado.
—No puedo hacerlo, no puedo —gimió.
La gente se pararía a preguntarle, y ¿qué iba a decirles? Tendría que presentar a ese... a ese septuagenario: «Éste es mi hijo, ha nacido esta mañana temprano». Y el anciano se acurrucaría bajo la manta y seguirían su camino penosamente, pasando por delante de las tiendas atestadas y el mercado de esclavos (durante un oscuro instante, el señor Button deseó fervientemente que su hijo fuera negro), por delante de las lujosas casas de los barrios residenciales y el asilo de ancianos...
—¡Vamos! ¡Cálmese! —ordenó la enfermera.
—Mire —anunció de repente el anciano—, si cree usted que me voy a ir casa con esta manta, se equivoca de medio a medio.
—Los niños pequeños siempre llevan mantas.
Con una risa maliciosa el anciano sacó un pañal blanco.
—¡Mire! —dijo con voz temblorosa—. Mire lo que me han preparado.
—Los niños pequeños siempre llevan eso —dijo la enfermera remilgadamente.
—Bueno —dijo el anciano—. Pues este niño no va a llevar nada puesto dentro de dos minutos. Esta manta pica. Me podrían haber dado por los menos una sábana.
—¡Déjatela! ¡Déjatela! —se apresuró a decir el señor Button. Se volvió hacia la enfermera—. ¿Qué hago?
—Vaya al centro y cómprele a su hijo algo de ropa.
La voz del anciano siguió al señor Button hasta el vestíbulo:
—Y un bastón, papá. Quiero un bastón.
El señor Button salió dando un terrible portazo.
II
—Buenos días —dijo el señor Button, nervioso, al dependiente de la mercería Chesapeake—. Quisiera comprar ropa para mi hijo.
—¿Qué edad tiene su hijo, señor?
—Seis horas —respondió el señor Button, sin pensárselo dos veces.
—La sección de bebés está en la parte de atrás.
—Bueno, no creo... No estoy seguro de lo que busco. Es... es un niño extraordinariamente grande. Excepcionalmente... excepcionalmente grande.
—Allí puede encontrar tallas grandes para bebés.
—¿Dónde está la sección de chicos? —preguntó el señor Button, cambiando desesperadamente de tema. Tenía la impresión de que el dependiente se había olido ya su vergonzoso secreto.
—Aquí mismo.
—Bueno... —el señor Button dudó. Le repugnaba la idea de vestir a su hijo con ropa de hombre. Si, por ejemplo, pudiera encontrar un traje de chico grande, muy grande, podría cortar aquella larga y horrible barba y teñir las canas: así conseguiría disimular los peores detalles, y conservar algo de su dignidad, por no mencionar su posición social en Baltimore.
Pero la búsqueda afanosa por la sección de chicos fue inútil: no encontró ropa adecuada para el Button que acababa de nacer. Roger Button le echaba la culpa a la tienda, claro está... En semejantes casos lo apropiado es echarle la culpa a la tienda.
—¿Qué edad me ha dicho que tiene su hijo? —preguntó el dependiente con curiosidad.
—Tiene... dieciséis años.
—Ah, perdone. Había entendido seis horas. Encontrará la sección de jóvenes en el siguiente pasillo.
El señor Button se alejó con aire triste. De repente se paró, radiante, y señaló con el dedo hacia un maniquí del escaparate.
—¡Aquél! —exclamó—. Me llevo ese traje, el que lleva el maniquí.
El dependiente lo miró asombrado.
—Pero, hombre —protestó—, ése no es un traje para chicos. Podría ponérselo un chico, sí, pero es un disfraz. ¡También se lo podría poner usted!
—Envuélvamelo —insistió el cliente, nervioso—. Es lo que buscaba.
El sorprendido dependiente obedeció. De vuelta en la clínica, el señor Button entró en la sala de los recién nacidos y casi le lanzó el paquete a su hijo.
—Aquí tienes la ropa —le espetó.
El anciano desenvolvió el paquete y examinó su contenido con mirada burlona.
—Me parece un poco ridículo —se quejó—. No quiero que me conviertan en un mono de...
—¡Tú sí que me has convertido en un mono! —estalló el señor Button, feroz—. Es mejor que no pienses en lo ridículo que pareces. Ponte la ropa... o... o te pegaré. Le costó pronunciar la última palabra, aunque consideraba que era lo que debía decir .
—De acuerdo, padre —era una grotesca simulación de respeto filial—. Tú has vivido más, tú sabes más. Como tú digas.
Como antes, el sonido de la palabra «padre» estremeció violentamente al señor Button.
—Y date prisa.
—Me estoy dando prisa, padre.
Cuando su hijo acabó de vestirse, el señor Button lo miró desolado. El traje se componía de calcecines de lunares, leotardos rosa y una blusa con cintutón y un amplio cuello blanco. Sobre el cuello ondeaba la larga barba blanca, que casi llegaba a la cintura. No producía buen efecto.
—¡Espera!
El señor Button empuñó unas tijeras de quirófano y con tres rápidos tijeretazos cercenó gran parte de la barba. Pero, a pesar de la mejora, el conjunto distaba mucho de la perfección. La greña enmarañada que aún quedaba, los ojos acuosos, los dientes de viejo, producían un raro contraste con aquel traje tan alegre. El señor Button, sin embargo, era obstinado. Alargó una mano.
—¡Vamos! —dijo con severidad.
Su hijo le cogió de la mano confiadamente.
—¿Cómo me vas a llamar, papi? —preguntó con voz temblorosa cuando salían de la sala de los recién nacidos—. ¿Nene, a secas, hasta que pienses un nombre mejor?
El señor Button gruñó.
—No sé —respondió agriamente—. Creo que te llamaremos Matusalén.
III
Incluso después de que al nuevo miembro de la familia Button le cortaran el pelo y se lo tiñeran de un negro desvaído y artificial, y lo afeitaran hasta el punto de que le resplandeciera la cara, y lo equiparan con ropa de muchachito hecha a la medida por un sastre estupefacto, era imposible que el señor Button olvidara que su hijo era un triste remedo de primogénito. Aunque encorvado por la edad, Benjamin Button —pues este nombre le pusieron, en vez del más apropiado, aunque demasiado pretencioso, de Matusalén— medía un metro y setenta y cinco centímetros. La ropa no disimulaba la estatura, ni la depilación y el tinte de las cejas ocultaban el hecho de que los ojos que había debajo estaban apagados, húmedos y cansados. Y, en cuanto vio al recién nacido, la niñera que los Button habían contratado abandonó la casa, sensiblemente indignada.
Pero el señor Button persistió en su propósito inamovible. Bejamin era un niño, y como un niño había que tratarlo. Al principio sentenció que, si a Benjamin no le gustaba la leche templada, se quedaría sin comer, pero, por fin, cedió y dio permiso para que su hijo tomara pan y mantequilla, e incluso, tras un pacto, harina de avena. Un día llevó a casa un sonajero y, dándoselo a Benjamin, insistió, en términos que no admitían réplica, en que debía jugar con él; el anciano cogió el sonajero con expresión de cansancio, y todo el día pudieron oír cómo lo agitaba de vez en cuando obedientemente.
Pero no había duda de que el sonajero lo aburría, y de que disfrutaba de otras diversiones más reconfortantes cuando estaba solo. Por ejemplo, un día el señor Button descubrió que la semana anterior había fumado muchos más puros de los que acostumbraba, fenómeno que se aclaró días después cuando, al entrar inesperadamente en el cuarto del niño, lo encontró inmerso en una vaga humareda azulada, mientras Benjamin, con expresión culpable, trataba de esconder los restos de un habano. Aquello exigía, como es natural, una buena paliza, pero el señor Button no se sintió con fuerzas para administrarla. Se limitó a advertirle a su hijo que el humo frenaba el crecimiento.
El señor Button, a pesar de todo, persistió en su actitud. Llevó a casa soldaditos de plomo, llevó trenes de juguete, llevó grandes y preciosos animales de trapo y, para darle veracidad a la ilusión que estaba creando —al menos para sí mismo—, preguntó con vehemencia al dependiente de la juguetería si el pato rosa desteñiría si el niño se lo metía en la boca. Pero, a pesar de los esfuerzos paternos, a Benjamin nada de aquello le interesaba. Se escabullía por las escaleras de servicio y volvía a su habitación con un volumen de la Enciclopedia Británica, ante el que podía pasar absorto una tarde entera, mientras las vacas de trapo y el arca de Noé yacían abandonadas en el suelo. Contra una tozudez semejante, los esfuerzos del señor Button sirvieron de poco.
Fue enorme la sensación que, en un primer momento, causó en Baltimore. Lo que aquella desgracia podría haberles costado a los Button y a sus parientes no podemos calcularlo, porque el estallido de la Guerra Civil dirigió la atención de los ciudadanos hacia otros asuntos. Hubo quienes, irreprochablemente corteses, se devanaron los sesos para felicitar a los padres; y al fin se les ocurrió la ingeniosa estratagema de decir que el niño se parecía a su abuelo, lo que, dadas las condiciones de normal decadencia comunes a todos los hombres de setenta años, resultaba innegable. A Roger Button y su esposa no les agradó, y el abuelo de Benjamin se sintió terriblemente ofendido.
Benjamin, en cuanto salió de la clínica, se tomó la vida como venía. Invitaron a algunos niños para que jugaran con él, y pasó una tarde agotadora intentando encontrarles algún interés al trompo y las canicas. Incluso se las arregló para romper, casi sin querer, una ventana de la cocina con un tirachinas, hazaña que complació secretamente a su padre. Desde entonces Benjamin se las ingeniaba para romper algo todos los días, pero hacía cosas así porque era lo que esperaban de él, y porque era servicial por naturaleza.
Cuando la hostilidad inicial de su abuelo desapareció, Benjamin y aquel caballero encontraron un enorme placer en su mutua compañía. Tan alejados en edad y experiencia, podían pasarse horas y horas sentados, discutiendo como viejos compinches, con monotonía incansable, los lentos acontecimientos de la jornada. Benjamin se sentía más a sus anchas con su abuelo que con sus padres, que parecían tenerle una especie de temor invencible y reverencial, y, a pesar de la autoridad dictatorial que ejercían, a menudo le trataban de usted.
Benjamin estaba tan asombrado como cualquiera por la avanzada edad física y mental que aparentaba al nacer. Leyó revistas de medicina, pero, por lo que pudo ver, no se conocía ningún caso semejante al suyo. Ante la insistencia de su padre, hizo sinceros esfuerzos por jugar con otros niños, y a menudo participó en los juegos más pacíficos: el fútbol lo trastornaba demasiado, y temía que, en caso de fractura, sus huesos de viejo se negaran a soldarse.
Cuando cumplió cinco años lo mandaron al parvulario, donde lo iniciaron en el arte de pegar papel verde sobre papel naranja, de hacer mantelitos de colores y construir infinitas cenefas. Tenía propensión a adormilarse, e incluso a dormirse, en mitad de esas tareas, costumbre que irritaba y asustaba a su joven profesora. Para su alivio, la profesora se quejó a sus padres y éstos lo sacaron del colegio. Los Button dijeron a sus amigos que el niño era demasiado pequeño.
Cuando cumplió doce años los padres ya se habían habituado a su hijo. La fuerza de la costumbre es tan poderosa que ya no se daban cuenta de que era diferente a todos los niños, salvo cuando alguna anomalía curiosa les recordaba el hecho. Pero un día, pocas semanas después de su duodécimo cumpleaños, mientras se miraba al espejo, Benjamin hizo, o creyó hacer, un asombroso descubrimiento. ¿Lo engañaba la vista, o le había cambiado el pelo, del blanco a un gris acero, bajo el tinte, en sus doce años de vida? ¿Era ahora menos pronunciada la red de arrugas de su cara? ¿Tenía la piel más saludable y firme, incluso con algo del buen color que da el invierno? No podía decirlo. Sabía que ya no andaba encorvado y que sus condiciones físicas habían mejorado desde sus primeros días de vida.
—¿Será que...? —pensó en lo más hondo, o, más bien, apenas se atrevió a pensar.
Fue a hablar con su padre.
—Ya soy mayor —anunció con determinación—. Quiero ponerme pantalones largos.
Su padre dudó.
—Bueno —dijo por fin—, no sé. Catorce años es la edad adecuada para ponerse pantalones largos, y tú sólo tienes doce.
—Pero tienes que admitir —protestó Benjamin— que estoy muy grande para la edad que tengo.
Su padre lo miró, fingiendo entregarse a laboriosos cálculos.
—Ah, no estoy muy seguro de eso —dijo—. Yo era tan grande como tú a los doce años.
No era verdad: aquella afirmación formaba parte del pacto secreto que Roger Button había hecho consigo mismo para creer en la normalidad de su hijo. Llegaron por fin a un acuerdo. Benjamin continuaría tiñéndose el pelo, pondría más empeño en jugar con los chicos de su edad y no usaría las gafas ni llevaría bastón por la calle. A cambio de tales concesiones, recibió permiso para su primer traje de pantalones largos.
IV
No me extenderé demasiado sobre la vida de Benjamin Button entre los doce y los veinte años. Baste recordar que fueron años de normal decrecimiento. Cuando Benjamin cumplió los dieciocho estaba tan derecho como un hombre de cincuenta; tenía más pelo, gris oscuro; su paso era firme, su voz había perdido el temblor cascado: ahora era más baja, la voz de un saludable barítono. Así que su padre lo mandó a Connecticut para que hiciera el examen de ingreso en la Universidad de Yale. Benjamin superó el examen y se convirtió en alumno de primer curso. Tres días después de matricularse recibió una notificación del señor Hart, secretario de la Universidad, que lo citaba en su despacho para establecer el plan de estudios. Benjamin se miró al espejo: necesitaba volver a tintarse el pelo. Pero, después de buscar angustiosamente en el cajón de la cómoda, descubrió que no estaba la botella de tinte marrón. Se acordó entonces: se le había terminado el día anterior y la había tirado.
Estaba en apuros. Tenía que presentarse en el despacho del secretario dentro de cinco minutos. No había solución: tenía que ir tal y como estaba. Y fue.
—Buenos días —dijo el secretario educadamente—. Habrá venido para interesarse por su hijo.
—Bueno, la verdad es que soy Button —empezó a decir Benjamin, pero el señor Hart lo interrumpió.
—Encantando de conocerle, señor Button. Estoy esperando a su hijo de un momento a otro.
—¡Soy yo! —explotó Benjamin—. Soy alumno de primer curso.
—¿Cómo?
—Soy alumno de primero.
—Bromea usted, claro.
—En absoluto.
El secretario frunció el entrecejo y echó una ojeada a una ficha que tenía delante.
—Bueno, según mis datos, el señor Benjamin Button tiene dieciocho años.
—Esa edad tengo —corroboró Benjamin, enrojeciendo un poco.
El secretario lo miró con un gesto de fastidio.
—No esperará que me lo crea, ¿no?
Benjamin sonrió con un gesto de fastidio.
—Tengo dieciocho años —repitió.
El secretario señaló con determinación la puerta.
—Fuera —dijo—. Váyase de la universidad y de la ciudad. Es usted un lunático peligroso.
—Tengo dieciocho años.
El señor Hart abrió la puerta.
—¡Qué ocurrencia! —gritó—. Un hombre de su edad intentando matricularse en primero. Tiene dieciocho años, ¿no? Muy bien le doy dieciocho minutos para que abandone la ciudad.
Benjamin Button salió con dignidad del despacho, y media docena de estudiantes que esperaban en el vestíbulo lo siguieron intrigados con la mirada. Cuando hubo recorrido unos metros, se volvió y, enfrentándose al enfurecido secretario, que aún permanecía en la puerta, repitió con voz firme:
—Tengo dieciocho años.
Entre un coro de risas disimuladas, procedente del grupo de estudiantes, Benjamin salió.
Pero no quería el destino que escapara con tanta facilidad. En su melancólico paseo hacia la estación de ferrocarril se dio cuenta de que lo seguía un grupo, luego un tropel y por fin una muchedumbre de estudiantes. Se había corrido la voz de que un lunático había aprobado el examen de ingreso en Yale y pretendía hacerse pasar por un joven de dieciocho años. Una excitación febril se apoderó de la universidad. Hombres sin sombrero se precipitaban fuera de las aulas, el equipo de fútbol abandonó el entrenamiento y se unió a la multitud, las esposas de los profesores, con la cofia torcida y el polisón mal puesto, corrían y gritaban tras la comitiva, de la que procedía una serie incesante de comentarios dirigidos a los delicados sentimientos de Benjamin Button.
—¡Debe ser el Judío Errante!
—¡A su edad debería ir al instituto!
—¡Mirad al niño prodigio!
—¡Creería que esto era un asilo de ancianos!
—¡Que se vaya a Harvard!
Benjamin aceleró el paso y pronto echó a correr. ¡Ya les enseñaría! ¡Iría a Harvard, y se arrepentirían de aquellas burlas irreflexivas!
A salvo en el tren de Baltimore, sacó la cabeza por la ventanilla.
—¡Os arrepentiréis! —gritó.
—Ja, ja! —rieron los estudiantes—. Ja, ja, ja!
Fue el mayor error que la Universidad de Yale haya cometido en su historia.
V
En 1880 Benjamin Button tenía veinte años, y celebró su cumpleaños comenzando a trabajar en la empresa de su padre, Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas. Aquel año también empezó a alternar en sociedad: es decir, su padre se empeñó en llevarlo a algunos bailes elegantes. Roger Button tenía entonces cincuenta años, y él y su hijo se entendían cada vez mejor. De hecho, desde que Benjamin había dejado de tintarse el pelo, todavía canoso, parecían más o menos de la misma edad, y podrían haber pasado por hermanos.
Una noche de agosto salieron en el faetón vestidos de etiqueta, camino de un baile en la casa de campo de los Shevlin, justo a la salida de Baltimore. Era una noche magnífica. La luna llena bañaba la carretera con un apagado color platino, y, en el aire inmóvil, la cosecha de flores tardías exhalaba aromas que eran como risas suaves, con sordina. Los campos, alfombrados de trigo reluciente, brillaban como si fuera de día. Era casi imposible no emocionarse ante la belleza del cielo, casi imposible.
—El negocio de la mercería tiene un gran futuro —estaba diciendo Roger Button. No era un hombre espiritual: su sentido de la estética era rudimentario—. Los viejos ya tenemos poco que aprender —observó profundamente—. Sois vosotros, los jóvenes con energía y vitalidad, los que tenéis un gran futuro por delante.
Las luces de la casa de campo de los Shevlin surgieron al final del camino. Ahora les llegaba un rumor, como un suspiro inacabable: podía ser la queja de los violines o el susurro del trigo plateado bajo la luna.
Se detuvieron tras un distinguido carruaje cuyos pasajeros se apeaban ante la puerta. Bajó una dama, la siguió un caballero de mediana edad, y por fin apareció otra dama, una joven bella como el pecado. Benjamin se sobresaltó: fue como si una transformación química disolviera y recompusiera cada partícula de su cuerpo. Se apoderó de él cierta rigidez, la sangre le afluyó a las mejillas y a la frente, y sintió en los oídos el palpitar constante de la sangre. Era el primer amor.
La chica era frágil y delgada, de cabellos cenicientos a la luz de la luna y color miel bajo las chisporroteantes lámparas del pórtico. Llevaba echada sobre los hombros una mantilla española del amarillo más pálido, con bordados en negro; sus pies eran relucientes capullos que asomaban bajo el traje con polisón.
Roger Button se acercó confidencialmente a su hijo.
—Ésa —dijo— es la joven Hildegarde Moncrief, la hija del general Moncrief.
Benjamin asintió con frialdad.
—Una criatura preciosa —dijo con indiferencia. Pero, en cuanto el criado negro se hubo llevado el carruaje, añadió—: Podrías presentármela, papá.
Se acercaron a un grupo en el que la señorita Moncrief era el centro. Educada según las viejas tradiciones, se inclinó ante Benjamin. Sí, le concedería un baile. Benjamin le dio las gracias y se alejó tambaleándose.
La espera hasta que llegara su turno se hizo interminablemente larga. Benjamin se quedó cerca de la pared, callado, inescrutable, mirando con ojos asesinos a los aristocráticos jóvenes de Baltimore que mariposeaban alrededor de Hildegarde Moncrief con caras de apasionada admiración. ¡Qué detestables le parecían a Benjamin; qué intolerablemente sonrosados! Aquellas barbas morenas y rizadas le provocaban una sensación parecida a la indigestión.
Pero cuando llegó su turno, y se deslizaba con ella por la movediza pista de baile al compás del último vals de París, la angustia y los celos se derritieron como un manto de nieve. Ciego de placer, hechizado, sintió que la vida acababa de empezar.
—Usted y su hermano llegaron cuando llegábamos nosotros, ¿verdad? —preguntó Hildegarde, mirándolo con ojos que brillaban como esmalte azul.
Benjamin dudó. Si Hildegarde lo tomaba por el hermano de su padre, ¿debía aclarar la confusión? Recordó su experiencia en Yale, y decidió no hacerlo. Sería una descortesía contradecir a una dama; sería un crimen echar a perder aquella exquisita oportunidad con la grotesca historia de su nacimiento. Más tarde, quizá. Así que asintió, sonrió, escuchó, fue feliz.
—Me gustan los hombres de su edad —decía Hildegarde—. Los jóvenes son tan tontos... Me cuentan cuánto champán bebieron en la universidad, y cuánto dinero perdieron jugando a las cartas. Los hombres de su edad saben apreciar a las mujeres.
Benjamin sintió que estaba a punto de declararse. Dominó la tentación con esfuerzo.
—Usted está en la edad romántica —continuó Hildegarde—. Cincuenta años. A los veinticinco los hombres son demasiado mundanos; a los treinta están atosigados por el exceso de trabajo. Los cuarenta son la edad de las historias largas: para contarlas se necesita un puro entero; los sesenta... Ah, los sesenta están demasiado cerca de los setenta, pero los cincuenta son la edad de la madurez. Me encantan los cincuenta.
Los cincuenta le parecieron a Benjamin una edad gloriosa. Deseó apasionadamente tener cincuenta años.
—Siempre lo he dicho —continuó Hildegarde—: prefiero casarme con un hombre de cincuenta años y que me cuide, a casarme con uno de treinta y cuidar de él.
Para Benjamin el resto de la velada estuvo bañado por una neblina color miel. Hildegarde le concedió dos bailes más, y descubrieron que estaban maravillosamente de acuerdo en todos los temas de actualidad. Darían un paseo en calesa el domingo, y hablarían más detenidamente.
Volviendo a casa en el faetón, justo antes de romper el alba, cuando empezaban a zumbar las primeras abejas y la luna consumida brillaba débilmente en la niebla fría, Benjamin se dio cuenta vagamente de que su padre estaba hablando de ferretería al por mayor.
—¿Qué asunto propones que tratemos, además de los clavos y los martillos? — decía el señor Button.
—Los besos —respondió Benjamin, distraído.
—¿Los pesos? —exclamó Roger Button—. ¡Pero si acabo de hablar de pesos y básculas!
Benjamin lo miró aturdido, y el cielo, hacia el este, reventó de luz, y una oropéndola bostezó entre los árboles que pasaban veloces...
VI
Cuando, seis meses después, se supo la noticia del enlace entre la señorita Hildegarde Moncrief y el señor Benjamin Button (y digo «se supo la noticia» porque el general Moncrief declaró que prefería arrojarse sobre su espada antes que anunciarlo), la conmoción de la alta sociedad de Baltimore alcanzó niveles febriles. La casi olvidada historia del nacimiento de Benjamin fue recordada y propalada escandalosamente a los cuatro vientos de los modos más picarescos e increíbles. Se dijo que, en realidad, Benjamin era el padre de Roger Button, que era un hermano que había pasado cuarenta años en la cárcel, que era el mismísimo John Wilkes Booth disfrazado... y que dos cuernecillos despuntaban en su cabeza.
Los suplementos dominicales de los periódicos de Nueva York explotaron el caso con fascinantes ilustraciones que mostraban la cabeza de Benjamin Button acoplada al cuerpo de un pez o de una serpiente, o rematando una estatua de bronce. Llegó a ser conocido en el mundo periodístico como El Misterioso Hombre de Maryland. Pero la verdadera historia, como suele ser normal, apenas tuvo difusión.
Como quiera que fuera, todos coincidieron con el general Moncrief: era un crimen que una chica encantadora, que podía haberse casado con el mejor galán de Baltimore, se arrojara en brazos de un hombre que tenía por lo menos cincuenta años. Fue inútil que el señor Roger Button publicara el certificado de nacimiento de su hijo en grandes caracteres en el Blaze de Baltimore. Nadie lo creyó. Bastaba tener ojos en la cara y mirar a Benjamin.
Por lo que se refiere a las dos personas a quienes más concernía el asunto, no hubo vacilación alguna. Circulaban tantas historias falsas acerca de su prometido, que Hildegarde se negó terminantemente a creer la verdadera. Fue inútil que el general Moncrief le señalara el alto índice de mortalidad entre los hombres de cincuenta años, o, al menos, entre los hombres que aparentaban cincuenta años; e inútil que le hablara de la inestabilidad del negocio de la ferretería al por mayor. Hildegarde eligió casarse con la madurez... y se casó.
VII
En una cosa, al menos, los amigos de Hildegarde Moncrief se equivocaron. El negocio de ferretería al por mayor prosperó de manera asombrosa. En los quince años que transcurrieron entre la boda de Benjamin Button, en 1880, y la jubilación de su padre, en 1895, la fortuna familiar se había duplicado, gracias en gran medida al miembro más joven de la firma.
No hay que decir que Baltimore acabó acogiendo a la pareja en su seno. Incluso el anciano general Moncrief llegó a reconciliarse con su yerno cuando Benjamin le dio el dinero necesario para sacar a la luz su Historia de la Guerra Civil en treinta volúmenes, que había sido rechazada por nueve destacados editores.
Quince años provocaron muchos cambios en el propio Benjamin. Le parecía que la sangre le corría con nuevo vigor por las venas. Empezó a gustarle levantarse por la mañana, caminar con paso enérgico por la calle concurrida y soleada, trabajar incansablemente en sus envíos de martillos y sus cargamentos de clavos. Fue en 1890 cuando logró su mayor éxito en los negocios: lanzó la famosa idea de que todos los clavos usados para clavar cajas destinadas al transporte de clavos son propiedad del transportista, propuesta que, con rango de proyecto de ley, fue aprobada por el presidente del Tribunal Supremo, el señor Fossile, y ahorró a Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas, más de seiscientos clavos anuales. Y Benjamin descubrió que lo atraía cada vez más el lado alegre de la vida. Típico de su creciente entusiasmo por el placer fue el hecho de que se convirtiera en el primer hombre de la ciudad de Baltimore que poseyó y condujo un automóvil. Cuando se lo encontraban por la calle, sus coetáneos lo miraban con envidia, tal era su imagen de salud y vitalidad.
—Parece que está más joven cada día —observaban. Y, si el viejo Roger Button, ahora de sesenta y cinco años, no había sabido darle a su hijo una bienvenida adecuada, acabó reparando su falta colmándolo de atenciones que rozaban la adulación.
Llegamos a un asunto desagradable sobre el que pasaremos lo más rápidamente posible. Sólo una cosa preocupaba a Benjamin Button: su mujer había dejado de atraerle.
En aquel tiempo Hildegarde era una mujer de treinta y cinco años, con un hijo, Roscoe, de catorce. En los primeros días de su matrimonio Benjamin había sentido adoración por ella. Pero, con los años su cabellera color miel se volvió castaña, vulgar, y el esmalte azul de sus ojos adquirió el aspecto de la loza barata. Además, y por encima de todo, Hildegarde había ido moderando sus costumbres, demasiado plácida, demasiado satisfecha, demasiado anémica en sus manifestaciones de entusiasmo: sus gustos eran demasiado sobrios. Cuando eran novios ella era la que arrastraba a Benjamin a bailes y cenas; pero ahora era al contrario. Hildegarde lo acompañaba siempre en sociedad, pero sin entusiasmo, consumida ya por esa sempiterna inercia que viene a vivir un día con nosotros y se queda a nuestro lado hasta el final.
La insatisfacción de Benjamin se hizo cada vez más profunda. Cuando estalló la Guerra Hispano-Norteamericana en 1898, su casa le ofrecía tan pocos atractivos que decidió alistarse en el ejército. Gracias a su influencia en el campo de los negocios, obtuvo el grado de capitán, y demostró tanta eficacia que fue ascendido a mayor y por fin a teniente coronel, justo a tiempo para participar en la famosa carga contra la colina de San Juan. Fue herido levemente y mereció una medalla. Benjamin estaba tan apegado a las actividades y las emociones del ejército, que lamentó tener que licenciarse, pero los negocios exigían su atención, así que renunció a los galones y volvió a su ciudad. Una banda de música lo recibió en la estación y lo escoltó hasta su casa.
VIII.
Hildegarde, ondeando una gran bandera de seda, lo recibió en el porche, y en el momento preciso de besarla Benjamin sintió que el corazón le daba un vuelco: aquellos tres años habían tenido un precio. Hildegarde era ahora una mujer de cuarenta años, y una tenue sombra gris se insinuaba ya en su pelo. El descubrimiento lo entristeció.
Cuando llegó a su habitación, se miró en el espejo: se acercó más y examinó su cara con ansiedad, comparándola con una foto en la que aparecía en uniforme, una foto de antes de la guerra.
—¡Dios santo! —dijo en voz alta. El proceso continuaba. No había la más mínima duda: ahora aparentaba tener treinta años. En vez de alegrarse, se preocupó: estaba rejuveneciendo. Hasta entonces había creído que, cuando alcanzara una edad corporal equivalente a su edad en años, cesaría el fenómeno grotesco que había caracterizado su nacimiento. Se estremeció. Su destino le pareció horrible, increíble.
Volvió a la planta principal. Hildegarde lo estaba esperando: parecía enfadada, y Benjamin se preguntó si habría descubierto al fin que pasaba algo malo. E, intentado aliviar la tensión, abordó el asunto durante la comida, de la manera más delicada que se le ocurrió.
—Bueno —observó en tono desenfadado—, todos dicen que parezco más joven que nunca.
Hildegarde lo miró con desdén. Y sollozó.
—¿Y te parece algo de lo que presumir?
—No estoy presumiendo —aseguró Benjamin, incómodo.
Ella volvió a sollozar.
—Vaya idea —dijo, y agregó un instante después—: Creía que tendrías el suficiente amor propio como para acabar con esto.
—¿Y cómo? —preguntó Benjamin.
—No voy a discutir contigo —replicó su mujer—. Pero hay una manera apropiada de hacer las cosas y una manera equivocada. Si tú has decidido ser distinto a todos, me figuro que no puedo impedírtelo, pero la verdad es que no me parece muy considerado por tu parte.
—Pero, Hildegarde, ¡yo no puedo hacer nada!
—Sí que puedes. Pero eres un cabezón, sólo eso. Estás convencido de que tienes que ser distinto. Has sido siempre así y lo seguirás siendo. Pero piensa, sólo un momento, qué pasaría si todos compartieran tu manera de ver las cosas... ¿Cómo sería el mundo?
Se trababa de una discusión estéril, sin solución, así que Benjamin no contestó, y desde aquel instante un abismo comenzó a abrirse entre ellos. Y Benjamin se preguntaba qué fascinación podía haber ejercido Hildegarde sobre él en otro tiempo.
Y, para ahondar la brecha, Benjamin se dio cuenta de que, a medida que el nuevo siglo avanzaba, se fortalecía su sed de diversiones. No había fiesta en Baltimore en la que no se le viera bailar con las casadas más hermosas y charlar con las debutantes más solicitadas, disfrutando de los encantos de su compañía, mientras su mujer, como una viuda de mal agüero, se sentaba entre las madres y las tías vigilantes, para observarlo con altiva desaprobación, o seguirlo con ojos solemnes, perplejos y acusadores.
—¡Mira! —comentaba la gente—. ¡Qué lástima! Un joven de esa edad casado con una mujer de cuarenta y cinco años. Debe de tener por lo menos veinte años menos que su mujer.
Habían olvidado —porque la gente olvida inevitablemente— que ya en 1880 sus papás y mamás también habían hecho comentarios sobre aquel matrimonio mal emparejado.
Pero la gran variedad de sus nuevas aficiones compensaba la creciente infelicidad hogareña de Benjamin. Descubrió el golf, y obtuvo grandes éxitos. Se entregó al baile: en 1906 era un experto en el boston, y en 1908 era considerado un experto del maxixe, mientras que en 1909 su castle walk fue la envidia de todos los jóvenes de la ciudad.
Su vida social, naturalmente, se mezcló hasta cierto punto con sus negocios, pero ya llevaba veinticinco años dedicado en cuerpo y alma a la ferretería al por mayor y pensó que iba siendo hora de que se hiciera cargo del negocio su hijo Roscoe, que había terminado sus estudios en Harvard.
Y, de hecho, a menudo confundían a Benjamin con su hijo. Semejante confusión agradaba a Benjamin, que olvidó pronto el miedo insidioso que lo había invadido a su regreso de la Guerra Hispano-Norteamericana: su aspecto le producía ahora un placer ingenuo. Sólo tenía una contraindicación aquel delicioso ungüento: detestaba aparecer en público con su mujer. Hildegarde tenía casi cincuenta años, y, cuando la veía, se sentía completamente absurdo.
IX
Un día de septiembre de 1910 —pocos años después de que el joven Roscoe Button se hicera cargo de la Roger Button & Company, Ferreteros Mayoristas— un hombre que aparentaba unos veinte años se matriculó como alumno de primer curso en la Universidad de Harvard, en Cambridge. No cometió el error de anunciar que nunca volvería a cumplir los cincuenta, ni mencionó el hecho de que su hijo había obtenido su licenciatura en la misma institución diez años antes.
Fue admitido, y, casi desde el primer día, alcanzó una relevante posición en su curso, en parte porque parecía un poco mayor que los otros estudiantes de primero, cuya media de edad rondaba los dieciocho años.
Pero su éxito se debió fundamentalmente al hecho de que en el partido de fútbol contra Yale jugó de forma tan brillante, con tanto brío y tanta furia fría e implacable, que marcó siete touchdowns y catorce goles de campo a favor de Harvard, y consiguió que los once hombres de Yale fueran sacados uno a uno del campo, inconscientes. Se convirtió en el hombre más célebre de la universidad. Aunque parezca raro, en tercer curso apenas si fue capaz de formar parte del equipo. Los entrenadores dijeron que había perdido peso, y los más observadores repararon en que no era tan alto como antes. Ya no marcaba touchdowns. Lo mantenían en el equipo con la esperanza de que su enorme reputación sembrara el terror y la desorganización en el equipo de Yale.
En el último curso, ni siquiera lo incluyeron en el equipo. Se había vuelto tan delgado y frágil que un día unos estudiantes de segundo lo confundieron con un novato, incidente que lo humilló profundamente. Empezó a ser conocido como una especie de prodigio —un alumno de los últimos cursos que quizá no tenía más de dieciséis años— y a menudo lo escandalizaba la mundanería de algunos de sus compañeros. Los estudios le parecían más difíciles, demasiado avanzados. Había oído a sus compañeros hablar del San Midas, famoso colegio preuniversitario, en el que muchos de ellos se habían preparado para la Universidad, y decidió que, cuando acabara la licenciatura, se matricularía en el San Midas, donde, entre chicos de su complexión, estaría más protegido y la vida sería más agradable.
Terminó los estudios en 1914 y volvió a su casa, a Baltimore, con el título de Harvard en el bolsillo. Hildegarde residía ahora en Italia, así que Benjamin se fue a vivir con su hijo, Roscoe. Pero, aunque fue recibido como de costumbre, era evidente que el afecto de su hijo se había enfriado: incluso manifestaba cierta tendencia a considerar un estorbo a Benjamin, cuando vagaba por la casa presa de melancolías de adolescente. Roscoe se había casado, ocupaba un lugar prominente en la vida social de Baltimore, y no deseaba que en torno a su familia se suscitara el menor escándalo.
Benjamin ya no era persona grata entre las debutantes y los universitarios más jóvenes, y se sentía abandonado, muy solo, con la única compañía de tres o cuatro chicos de la vecindad, de catorce o quince años. Recordó el proyecto de ir al colegio de San Midas.
—Oye —le dijo a Roscoe un día—, ¿cuántas veces tengo que decirte que quiero ir al colegio?
—Bueno, pues ve, entonces —abrevió Roscoe.
El asunto le desagradaba, y deseaba evitar la discusión.
—No puedo ir solo —dijo Benjamin, vulnerable—. Tienes que matricularme y llevarme tú.
—No tengo tiempo —declaró Roscoe con brusquedad. Entrecerró los ojos y miró preocupado a su padre—. El caso es —añadió— que ya está bien: podrías pararte ya, ¿no? Sería mejor... —se interrumpió, y su cara se volvió roja mientras buscaba las palabras—. Tienes que dar un giro de ciento ochenta grados: empezar de nuevo, pero en dirección contraria. Esto ya ha ido demasiado lejos para ser una broma. Ya no tiene gracia. Tú... ¡Ya es hora de que te portes bien!
Benjamin lo miró, al borde de las lágrimas.
—Y otra cosa —continuó Roscoe—: cuando haya visitas en casa, quiero que me llames tío, no Roscoe, sino tío, ¿comprendes? Parece absurdo que un niño de quince años me llame por mi nombre de pila. Quizá harías bien en llamarme tío siempre, así te acostumbrarías. Después de mirar severamente a su padre, Roscoe le dio la espalda.
X.
Cuando terminó esta discusión, Benjamin, muy triste, subió a su dormitorio y se miró al espejo. No se afeitaba desde hacía tres meses, pero apenas si se descubría en la cara una pelusilla incolora, que no valía la pena tocar. La primera vez que, en vacaciones, volvió de Harvad, Roscoe se había atrevido a sugerirle que debería llevar gafas y una barba postiza pegada a las mejillas: por un momento pareció que iba a repetirse la farsa de sus primeros años. Pero la barba le picaba, y le daba vergüenza. Benjamin lloró, y Roscoe había acabado cediendo a regañadientes. Benjamin abrió un libro de cuentos para niños, Los boy scouts en la bahía de Bimini, y comenzó a leer. Pero no podía quitarse de la cabeza la guerra. Hacía un mes que Estados Unidos se había unido a la causa aliada, y Benjamin quería alistarse, pero, ay, dieciséis años eran la edad mínima, y Benjamin no parecía tenerlos. De cualquier modo, su verdadera edad, cincuenta y cinco años, también lo inhabilitaba para el ejército.
Llamaron a la puerta y el mayordomo apareció con una carta con gran membrete oficial en una esquina, dirigida al señor Benjamin Button. Benjamin la abrió, rasgando el sobre con impaciencia, y leyó la misiva con deleite: muchos militares de alta graduación, actualmente en la reserva, que habían prestado servicio durante la guerra con España, estaban siendo llamados al servicio con un rango superior. Con la carta se adjuntaba su nombramiento como general de brigada del ejército de Estados Unidos y la orden de incorporarse inmediatamente. Benjamin se puso en pie de un salto, casi temblando de entusiasmo. Aquello era lo que había deseado. Cogió su gorra y diez minutos después entraba en una gran sastrería de Charles Street y, con insegura voz de tiple, ordenaba que le tomaran medidas para el uniforme.
—¿Quieres jugar a los soldados, niño? —preguntó un dependiente, con indiferencia.
Benjamin enrojeció.
—¡Oiga! ¡A usted no le importa lo que yo quiera! —replicó con rabia—. Me llamo Button y vivo en la Mt. Vernon Place, así que ya sabe quién soy.
—Bueno —admitió el dependiente, titubeando—, por lo menos sé quién es su padre.
Le tomaron las medidas, y una semana después estuvo listo el uniforme. Tuvo algunos problemas para conseguir los galones e insignias de general porque el comerciante insistía en que una bonita insignia de la Asociación de Jóvenes Cristianos quedaría igual de bien y sería mucho mejor para jugar.
Sin decirle nada a Roscoe, Benjamin salió de casa una noche y se trasladó en tren a Camp Mosby, en Carolina del Sur, donde debía asumir el mando de una brigada de infantería. En un sofocante día de abril Benjamin llegó a las puertas del campamento, pagó el taxi que lo había llevado hasta allí desde la estación y se dirigió al centinela de guardia.
—¡Que alguien recoja mi equipaje! —dijo enérgicamente.
El centinela lo miró con mala cara.
—Dime —observó—, ¿adónde vas disfrazado de general, niño?
Benjamin, veterano de la Guerra Hispano-Norteamericana, se volvió hacia el soldado echando chispas por los ojos, pero, por desgracia, con voz aguda e insegura.
—¡Cuádrese! —intentó decir con voz de trueno; hizo una pausa para recobrar el aliento, e inmediatamente vio cómo el centinela entrechocaba los talones y presentaba armas. Benjamin disimuló una sonrisa de satisfacción, pero cuando miró a su alrededor la sonrisa se le heló en los labios. No había sido él la causa de aquel gesto de obediencia, sino un imponente coronel de artillería que se acercaba a caballo.
—¡Coronel! —llamó Benjamin con voz aguda.
El coronel se acercó, tiró de las riendas y lo miró fríamente desde lo alto, con un extraño centelleo en los ojos.
—¿Quién eres, niño? ¿Quién es tu padre? —preguntó afectuosamente.
—Ya le enseñaré yo quién soy —contestó Benjamin con voz fiera—. ¡Baje inmediatamente del caballo!
El coronel se rió a carcajadas.
—Quieres mi caballo, ¿eh, general?
—¡Tenga! —gritó Benjamin exasperado—. ¡Lea esto! —y tendió su nombramiento al coronel.
El coronel lo leyó y los ojos se le salían de las órbitas.
—¿Dónde lo has conseguido? —preguntó, metiéndose el documento en su bolsillo.
—¡Me lo ha mandado el Gobierno, como usted descubrirá enseguida!
—¡Acompáñame! —dijo el coronel, con una mirada extraña—. Vamos al puesto de mando, allí hablaremos. Venga, vamos.
El coronel dirigió su caballo, al paso, hacia el puesto de mando. Y Benjamin no tuvo más remedio que seguirlo con toda la dignidad de la que era capaz: prometiéndose, mientras tanto, una dura venganza. Pero la venganza no llegó a materializarse. Se materializó, dos días después, su hijo Roscoe, que llegó de Baltimore, acalorado y de mal humor por el viaje inesperado, y escoltó al lloroso general, sin uniforme, de vuelta a casa.
XI.
En 1920 nació el primer hijo de Roscoe Button. Durante las fiestas de rigor, a nadie se le ocurrió mencionar que el chiquillo mugriento que aparentaba unos diez años de edad y jugueteaba por la casa con soldaditos de plomo y un circo en miniatura era el mismísimo abuelo del recién nacido.
A nadie molestaba aquel chiquillo de cara fresca y alegre en la que a veces se adivinaba una sombra de tristeza, pero para Roscoe Button su presencia era una fuente de preocupaciones. En el idioma de su generación, Roscoe no consideraba que el asunto reportara la menor utilidad. Le parecía que su padre, negándose a parecer un anciano de sesenta años, no se comportaba como un «hombre de pelo en pecho» —ésta era la expresión preferida de Roscoe—, sino de un modo perverso y estrafalario. Pensar en aquel asunto más de media hora lo ponía al borde de la locura. Roscoe creía que los «hombres con nervios de acero» debían mantenerse jóvenes, pero llevar las cosas a tal extremo... no reportaba ninguna utilidad. Y en este punto Roscoe interrumpía sus pensamientos.
Cinco años más tarde, el hijo de Roscoe había crecido lo suficiente para jugar con el pequeño Benjamin bajo la supervisión de la misma niñera. Roscoe los llevó a los dos al parvulario el mismo día y Benjamin descubrió que jugar con tiras de papel de colores, y hacer mantelitos y cenefas y curiosos y bonitos dibujos, era el juego más fascinante del mundo. Una vez se portó mal y tuvo que quedarse en un rincón, y lloró, pero casi siempre las horas transcurrían felices en aquella habitación alegre, donde la luz del sol entraba por las ventanas y la amable mano de la señorita Bailey de vez en cuando se posaba sobre su pelo despeinado.
Un año después el hijo de Roscoe pasó a primer grado, pero Benjamin siguió en el parvulario. Era muy feliz. Algunas veces, cuando otros niños hablaban de lo que harían cuando fueran mayores, una sombra cruzaba su carita como si de un modo vago, pueril, se diera cuenta de que eran cosas que él nunca compartiría.
Los días pasaban con alegre monotonía. Volvió por tercer año al parvulario, pero ya era demasiado pequeño para entender para qué servían las brillantes y llamativas tiras de papel. Lloraba porque los otros niños eran mayores y le daban miedo. La maestra habló con él, pero, aunque intentó comprender, no comprendió nada.
Lo sacaron del parvulario. Su niñera, Nana, con su uniforme almidonado, pasó a ser el centro de su minúsculo mundo. Los días de sol iban de paseo al parque; Nana le señalaba con el dedo un gran monstruo gris y decía «elefante», y Benjamin debía repetir la palabra, y aquella noche, mientras lo desnudaran para acostarlo, la repetiría una y otra vez en voz alta: «leíante, lefante, leíante». Algunas veces Nana le permitía saltar en la cama, y entonces se lo pasaba muy bien, porque, si te sentabas exactamente como debías, rebotabas, y si decías «ah» durante mucho tiempo mientras dabas saltos, conseguías un efecto vocal intermitente muy agradable.
Le gustaba mucho coger del perchero un gran bastón y andar de acá para allá golpeando sillas y mesas, y diciendo: «Pelea, pelea, pelea». Si había visita, las señoras mayores chasqueaban la lengua a su paso, lo que le llamaba la atención, y las jóvenes intentaban besarlo, a lo que él se sometía con un ligero fastidio. Y, cuando el largo día acababa, a las cinco en punto, Nana lo llevaba arriba y le daba a cucharadas harina de avena y unas papillas estupendas.
No había malos recuerdos en su sueño infantil: no le quedaban recuerdos de sus magníficos días universitarios ni de los años espléndidos en que rompía el corazón de tantas chicas. Sólo existían las blancas, seguras paredes de su cuna, y Nana y un hombre que venía a verlo de vez en cuando, y una inmensa esfera anaranjada, que Nana le señalaba un segundo antes del crepúsculo y la hora de dormir, a la que Nana llamaba el sol. Cuando el sol desaparecía, los ojos de Benjamin se cerraban, soñolientos... Y no había sueños, ningún sueño venía a perturbarlo.
El pasado: la salvaje carga al frente de sus hombres contra la colina de San Juan; los primeros años de su matrimonio, cuando se quedaba trabajando hasta muy tarde en los anocheceres veraniegos de la ciudad presurosa, trabajando por la joven Hildegarde, a la que quería; y, antes, aquellos días en que se sentaba a fumar con su abuelo hasta bien entrada la noche en la vieja y lóbrega casa de los Button, en Monroe Street... Todo se había desvanecido como un sueño inconsistente, pura imaginación, como si nunca hubiera existido.
No se acordaba de nada. No recordaba con claridad si la leche de su última comida estaba templada o fría; ni el paso de los días... Sólo existían su cuna y la presencia familiar de Nana. Y, aparte de eso, no se acordaba de nada. Cuando tenía hambre lloraba, eso era todo. Durante las tardes y las noches respiraba, y lo envolvían suaves murmullos y susurros que apenas oía, y olores casi indistinguibles, y luz y oscuridad.
Luego fue todo oscuridad, y su blanca cuna y los rostros confusos que se movían por encima de él, y el tibio y dulce aroma de la leche, acabaron de desvanecerse.
FIN

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