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Temeridad, negligencia; ¿qué cosa son?




Lo pregunto porque, si lo supiera, ¡a buenas horas habría hecho muchas de las cosas en que me he empeñado a lo largo de mi vida! Pero no lo sé, y presumo que soy afortunado; por no saberlo y por no haber dejado nada o casi nada, –pecando con toda seguridad de soberbia, (o sea contra la humildad)–, de cuanto me ha tocado en suerte.
Esto es que a un señor juez de mi ciudad se le ha ocurrido condenar a un millón de euros (menos unos céntimos) a una parroquia vallisoletana porque, en un campamento de verano con la chiquillería, a un pibe le sucedió una penosa enfermedad, una meningitis, de la que se le han derivado graves secuelas de por vida. El señor de la toga no aprecia mayor delito que el de haber organizado tal evento en descampado, lejos de la civilización, el norte de Palencia, corriendo un serio riesgo la salud de los pequeños acampados.
Puedo afirmar que en las muchas actividades en las que me ha tocado participar en suelo rústico o urbano, si había que tener permiso oficial, se nos exigía cumplir tantos requisitos, y tan exagerados, como no los tuvieron nunca las personas que habitaban de siglos esos lugares. Ya quisieran los habitantes de Santa María de Redondo, en la montaña palentina, gozar tan siquiera de algunos de los “servicios” que la oficialidad del sistema requiere de quien sólo pretende sacar al aire libre por unos pocos días a su prole o asimilados: certificado de potabilidad del agua de consumo, certificado de no presencia de epizootias transmisibles al ser humano, certificado de idoneidad del personal responsable, certificado de capacitación en la manipulación de alimentos, certificado de contar con persona titulada sanitaria, certificado de tener seguros, certificado de la procedencia de los alimentos que se han de consumir, certificado de su conservación in situ… Permisos, otra lista: del ayuntamiento, de la propiedad o propiedades, del facultativo médico, del facultativo veterinario…
Si vivir es saber que hay riesgos, prevenirlos, sobrellevarlos, e incluso superarlos, la temeridad negligente (o no) o la negligencia temeraria (o tampoco), sean lo que sean, lo mismo o cosas diferentes, estarán ahí, y no hay manera de evitarlas según y quien juzgue, tal vez desde una cómoda posición y a distancia.
Lo que le dije en un mensaje al responsable del asunto, mi arcipreste: “¡Estoy sorprendido! Leyendo lo que sale en el periódico se entiende que ya no va a ser posible llevar a la chavalada ni a por pipas al kiosco de la esquina. Espero que recurráis y salgáis de ésta”. Su respuesta no me ha llegado, aún; tal vez esté hecho un lío dándole vueltas al follón que le ha dejado su antecesor en el cargo. ¿Fui temerario o fui negligente?, estará pensando. Voy a mandarle otro mensaje, porque no se merece un verano de incertidumbre quien tiene buena voluntad y motivos más que suficientes para haber superado la ingenuidad primera.
¡Força, Alfredo!


¡Ya están colgadas todas las fotos de los campamentos!



Nunca he sido un as en nada reseñable, pero con una máquina de fotos creo que no hay ser mortal que funcione peor que yo. Aún así, durante muchos años he sido el maquinista oficial. Siempre, claro, que no estuviera presente Luis, que era un profesional de categoría; pero eso sólo ocurría en eventos bien señalados, como bodas, bautizos y similares, incluidas las primeras comuniones. Tenía que avisarle que no retocara a nadie, que mejor si eran fotos al natural. Trabajo me costaba contenerlo. Pero era el mejor.
Al campamento no iba Luis, de modo que era yo el que fotografiaba algunas cosillas, según me lo permitía mi responsabilidad, que era múltiple y variopinta. No llegaba más que a lo que buenamente podía, y sacaba lo que sacaba. A la vuelta del verano, solíamos convocarnos los que habíamos participado en el campamento del barrio, monitores y acampados, para proyectar las fotos y pasar un buen rato descubriéndonos y cachondeándonos los unos de los otros. Siempre eran diapositivas. Y no había orden ni concierto, porque editarlas resultaba del todo imposible, salvo que se hiciera un guión surrealista. En cualquier caso, con los medios que por entonces teníamos, no fui capaz de hacer más.
Así pues, resultaba una sesión gallineril, entre risas, gritos, comentarios y dedos asaltando la pantalla para señalar una cara, un cuerpo, una tienda o una montaña, a través de fotos faltas de luz, movidas o con la distancia mal escogida. También las había claras, luminosas, perfectas. Un solo defecto: trataban de evitar las individualidades.
Con la creación de la página web de la parroquia se me apuntó que las publicara, para que se pudieran disfrutar urbi et orbe. Y lo empecé a hacer. Digitalicé unos cientos, y dejé en ello muchos euros. Esperaba encontrar una forma más barata para el resto, más de quinientas, pero hasta ahora no he podido.
Aproveché la tarde de la fiesta de Santiago para proyectarlas y fotografiarlas. El resultado es pobrísimo, pero de momento no hay otra cosa. Cuando la encuentre o me la presten, trataré de mejorar su calidad.
Aviso, pues, al público interesado, que ya están completos todos los álbumes de fotos de los campamentos, incluidos los dos últimos que tuvieron una dinámica particular al ser de familias.
En https://sites.google.com/site/laparroquiadeguadalupe/los-campamentos-de-verano están visibles y disfrutables. Este es el remate que avisé en el post de ayer.

En capilla



Escribo mientras Youtube sube el vídeo que acabo de terminar. Ha resultado un trabajo gratificante, porque como estaban ya las imágenes en casa sólo he tenido que ordenarlas un poco, añadir cosillas y seleccionar la música. Y qué mejor que el folclore de mi tierra, que es todo campo. Y como Carlos y VallaRna estaban tan a mano, pues me he aprovechado.
VallaRna es una palabra con historia al decir de estos chavales que hacen música además de otras muchas cosas:
“A medio camino entre la Ribera del Duero y la Montaña, un pequeño río atraviesa los campos. No es un lugar especial, es sólo un cruce de carreteras donde nadie para, pero donde has de pasar si viajas de Castilla a Campóo o viceversa. Desde antes de los romanos, se llama Vallarna. Hacer música es estar a medio camino, llegar al cruce y no renunciar a ninguna de las direcciones. Ahí sigue Vallarna, miles de años después en el punto exacto entre Valladolid y Reinosa: el kilómetro 90”.
Perdón por lo de chavales… Carlos precisamente ha cumplido treinta y cinco. ¡Felicidades! ¡Va por ti!
Y en esta espera pesada que supone subir un vídeo al ciberespacio, pienso en que tal noche como esta, hace ya años, algunas personas no dormíamos, o la pasábamos en duermevela. De madrugada salíamos con toda la impedimenta cargada en un camión hacia el prado donde, tras montar todo el tinglado, pasaríamos quince días de campamento con la chavalada del barrio.
Siempre salíamos en lunes, primero o segundo del mes de julio. Cayera como cayese, teníamos hasta el día quince de plazo para dejarlo todo preparado. Justo en la mitad del mes llegaría un autocar vociferante repleto de criaturas desde los ocho hasta… ¡la verdad! no sabría qué poner, porque más de uno cumplió los catorce por lo menos siete veces. Ese era el tope, pero ya se ve que no se respetaba.
Y habría sido bien fácil comprobar la edad, con sólo exigir el carné. Pero ni ellos tenían ganas, ni a nosotros nos apetecía. Con lo bien que lo pasábamos, qué más daba que tuviera catorce o veintiuno.
Justamente a mediodía me ha llamado Isabel, desde Barcelona. Ahora está allí porque tiene trabajo, y me ha pillado en una de mis web donde he puesto fotos de algunos de los campamentos. Hacía que no escuchaba su voz por lo vemos… ¿quince años? Que se acuerda mucho, que lo pasó muy bien, ha dicho. Y que ya es abuela. Pues nada, Isabel, enhorabuenaaaaaaaaaa.
Y termino ya, que parece que Youtube está finalizando.
Esto es lo que quiero poner, siguiendo la cariñosa sugerencia de una perrita muy sagaz… o perro, perdón, que fuma en cachimba.

Luna llena


Así se ve la luna ahora desde el jardín. La foto no es mía, porque mi máquina no es tan capaz. Por eso la he buscado en Internet, y no ha sido fácil,  ya que otras que se parecían mucho más a lo que estoy mirando ahora tienen reservado el derecho de admisión, y no me han permitido tomar una copia. Esto me da ideas para escribir alguna cosa cualquier otro día. Hoy no estoy de humor.
He seguido el lento crecer de nuestro satélite natural, desde casi una fina línea curva hacia la izquierda hasta un buen gajo de naranja, porque hemos gozado en mi ciudad de unas noches claras, limpias de nubes, y más bien fresquitas.
Y algo que ha sucedido millones o trillones de veces desde que surgió todo de la nada, cada vez que vuelve a repetirse y consigo ser testigo de ello en el silencio de la zona donde vivo, vuélvome a maravillar, y quédome bobaliconamente absorto, mirando y mirando, mirando y mirando, hasta que me harto y entro en casa.
Propiamente no le busco significado. Sucede y ya está. Lo veo, lo disfruto y, sabiendo que no merece la pena sacar la máquina porque no lo consigo aprehender, me encojo de hombros y me conformo con la imagen grabada en mi retina y en mi memoria.
Ya sé que hay mucho escrito sobre ello. No de ahora sólo; desde la antigüedad se han venido estudiando las estrellas, sus movimientos, sus coincidencias, sus interrelaciones, y, de todo ello, su influencia en los seres humanos. Aunque soy Aries o quizás precisamente por ello, nunca me he preocupado de mirar mi horóscopo, y en mis cosas tanto me da qué día sea para hacer o decidir hacia mí mismo, como hacia los demás.
Pero el espectáculo es de tal grandeza, es tan bonito mirar al cielo oscuro y ver cómo la luna se va desplazando en toda su redondez plateada siguiendo su derrota, me gratifica tanto verla de madrugada aún viva en tanto que el sol puja por sacarla del horizonte, que no me cuesta nada aceptar cuanto de mágico, exotérico1 o astrológico se diga. Si se dice, bien dicho estará; si se escribe, por algo se dirá. Pero aunque se diga o se escriba, no me importa.
Que sea luna llena implica dos cosas, y no son igual de gratas. La primera consecuencia es que estamos a mitad del mes de julio, o sea, ya se fueron quince de los buenos. Habrá que aprovechar los quince restantes. Este mes es, para mí, el mejor, no sólo del verano, del año entero.
La segunda es tentadora. En las noches claras julianas será una gozada ver una vez más cómo el cielo se plaga de estrellas que, al ir apagándose la señora de la noche, destacan en su multitud y colorido contra el negro azulado de la inmensidad celeste.
Este es el recuerdo que tengo de tantos años de vivirlo en pleno campo, durmiendo al raso, en medio de las tiendas, atento al cielo y a cualquier ruido que de ellas procediera. Fueron muchos, nunca demasiados.
Hoy, día quince de julio, oficialmente empezaba nuestro campamento de verano. Fuéramos pocos o muchos, eso era así. Y bien entrada la mañana, los que habíamos currado el prado para ponerlo a tono, estábamos todo nerviosos esperando la llegada de la chavalada, que con sus mochilas y pertrechos, no tardando, invadirían la pradera al grito de ¡que llega la infantería!
Y todo el mundo tan feliz. ¡Qué quince días!






(1) Avisado por una voz amiga de posible falta ortográfica, compruebo que exotérico y esotérico podrían caber en el contexto:

exotérico, ca.
(Del lat. exoterĭcus, y este del gr. ἐξωτερικός).

1. adj. Común, accesible para el vulgo, en oposición a esotérico.
2. adj. Dicho de una cosa: Que es de fácil acceso para la mente.
3. adj. Se dice por lo común de la doctrina que los filósofos de la Antigüedad manifestaban públicamente.

esotérico, ca.
(Del gr. ἐσωτερικός).

1. adj. Oculto, reservado.
2. adj. Dicho de una cosa: Que es impenetrable o de difícil acceso para la mente.
3. adj. Se dice de la doctrina que los filósofos de la Antigüedad no comunicaban sino a corto número de sus discípulos.
4. adj. Dicho de una doctrina: Que se transmite oralmente a los iniciados.

Mi primera intención fue hablar de lo oculto, por lo que cuadraría mejor la segunda, es decir, con "s". Pero al releerme, compruebo que lo oculto para mí tal vez sea claro y diáfano para la mayoría, en cuyo caso la "x" no estaría tan mal.

No obstante, reconozco mi culpa y mi falta, porque quise decir una cosa, y la escribí mal.

Un campamento de verano pasado por agua y secado al natural


Campamento 1983. Vegacervera (León)
Lo comprometido es sagrado y lo prometido, deuda;  así que ahí va la segunda parte de la foto de antesdeayer. La salida de las Cuevas de Valporquero.
Corría el año de gracia del Señor de 1983. Como era nuestra costumbre, durante el invierno y la primavera recorrimos diversos parajes de la autonomía buscando lugar donde realizar nuestro campamento de verano. Aquel año elegimos la provincia de León. Tras varios viajes, nos fijamos en la localidad de Vegacervera. Charlando con la gente, nos indicaron varias posibilidades, pero ninguna nos gustó. Finalmente, el alcalde señaló una pradera allende el río, que los naturales denominaban “la ranera” (eso lo supimos mucho más tarde). Fuimos, la inspeccionamos, y la acogimos. Ya sólo faltaba gestionar los trámites administrativos de rigor: permisos municipales, certificados sanitarios diversos, toma de muestras y otras menudencias que llevaban engorrosamente un tiempo largo.
La campa, por llamarla de alguna manera, era una ladera, en la margen izquierda del río Torío, toda llena de escobas, y sombreada sólo junto al río por los árboles de la otra orilla. O sea, que sólo y apenas habría protección contra el sol a partir del mediodía. Situada justo a la entrada del desfiladero que se conoce como “las hoces”, tenía acceso por un camino que salía del pueblo por un puente kilómetro y medio más atrás.
Pero cuando llegamos en julio a instalarnos resultó que el camino era una acequia, que el río no venía tan bajo de agua como nos dijeron y que de las hoces, por un extraño fenómeno de compensación térmica, salía un viento huracanado, que no pasaba por el pueblo pero sí por “la ranera”. Con todo el equipaje esparcido por la campa, descubrimos que no habíamos elegido precisamente el mejor lugar del mundo.
Hicimos de tripas corazón, y empezamos a dejar volar la imaginación para situar cada cosa en su lugar: abajo el comedor, la cocina y el fregadero; arriba las tiendas; en medio, el campo de juegos y el fuego de campamento; en la zona más apartada y abrupta, la letrina. Al cabo de una semana todo tenía apariencia normal, y estaba dispuesto más o menos para recibir a la chavalada. El día 15 llegó puntualmente el autocar, gracias a Laura, que sacó de la cama al chofer que se había olvidado del recado. Eran aproximadamente 50, que con monitores añadidos sumábamos 70 cuerpos y almas.
Tras los primeros instantes de desconcierto general y generalizado, en cónclave reunidos, vimos que no se podía hacer allí gran cosa, y que había que cambiar de planes: estar lo menos posible en casa, y sacar al personal de paseo por el monte o por donde fuera.
Es así que fue, pues, un campamento habitado durante el día por enfermos, que los hubo, y por cuerpos empapados los muchos días de lluvia, que también los hubo. Las noches fueron tranquilas, es un decir, porque al caer la tarde aflojaba el viento y nos dejaba en cierta calma.
Paseos a tutiplén: a Rodillazo, a Valporquero, monte arriba, monte abajo, al pueblo, a Tabanedo, a Coladilla…
Una excursión al mar, destino Gijón.
Una obsesión que duró exactamente quince días: sanar los vientres revenidos. Fue aquella como una peste que nos atacó y de la que conseguimos salir sin mayores consecuencias. Por ella pasamos todos, unos más y otros menos.
Y una permanente ocupación: secar lo mojado y recomponer/sujetar lo arrancado. Agua y viento se confabularon para hacernos la vida imposible.
El último día, tras cargar personas y enseres en sus correspondientes carruajes y remitirlos con destino al origen, me deshice de mis botas totalmente podridas tirándolas quéséyodónde y cenándome en León capital un bocata de calamares grasientos a las tantas de la madrugada; no había otra cosa.

P.D. Es necesario aclarar algunas cosas. Éramos más pobres que las ratas. Lo hacíamos todo sin dinero, transporte incluido. Enfrentábamos las situaciones según nos sobrevenían, y casi siempre teníamos aliados a nuestro favor. Pero con todo y con eso, enemigos siempre surgían acá o acullá. Aquel año fueron el viento, el agua, la cadena alimentaria que se rompió por alguna argolla, el agua del pueblo que posiblemente no estaría demasiado bien higienizada, la falta de sombra en la zona de tiendas… o nuestros cuerpos que llegaron más débiles y desprotegidos que en otras ocasiones.

Saliendo de la Cueva



Tenía muchas ganas de poner esta foto, aunque no he encontrado hasta ahora la forma de hilvanar el relato que la acompañe.
Las ganas, pues, las gasto ahora. La hilvanadura la dejo para otro momento.
Sólo un apunte sobre la imagen. Es la salida de las Cuevas de Valporquero, León. En primer lugar, de espaldas y ocupando mucho espacio, Anastasia.
Esta historia, empieza aquí. Tendrá su continuación.

Ponedme donde haga falta. Andanzas de una caseta

Sólo puedo deciros que soy metálica, que se me descompone en piezas que se sujetan con tornillos, y que me debieron fabricar en algún lugar del Principado de Asturias. Que fui diseñada para ocupar algún rincón en obras y similares, y servir de almacén, o de vestuario, o de retrete, o qué sé yo qué otras ocupaciones se podrían imaginar. Pero que jamás he pisado una obra. Sólo he sido instalada en verdes prados y bajo sombras gratificantes. Que no ha entrado en mí cemento, herramientas o planos de constructoras. Que tampoco ha caído sobre mí nieve en invierno, heladas de primavera ni hojas otoñales. Mi tiempo ha sido el verano.

Vayamos por pasos.

Fui encargada por una gentecilla muy animosa allá por 1981, que se fiaron de un boceto más que plano, de lo que sobre mí alguien había ideado. Corría mucha prisa, que la gentecilla tenía fecha fijada para comenzar su actividad de no sé qué.

A prisa y corriendo me hilvanaron como pudieron, con remaches, que es más rápido, y luego colocaron tornillos por aquí y por allá, para dar el pego, digo yo, pero a ellos, a la gentecilla, les hicieron la pascua.

Total, que lo que de mí recibió la gentecilla aquella fueron cuatro monstruosas piezas de chapa galvanizada que para moverlas hacía falta estar bien comidos y bebidos, y hasta una pizca beodos. Se reventaron los pobres para subirme a la camioneta, para luego bajarme de ella, y para intentar adivinar cómo enjaretar las bestiales piezas en que me encontraba dividida. Eso sin contar las ocho chapas del tejado, las cerchas, los frontales y la cumbre, que remataba el conjunto dándole armonioso empaque.

Aquella mañana nos despabiló el sol abrasándoles a ellos las manos al tocarme, y a mí calentándome hasta más allá de lo que una caseta de chapa puede aguantar. Me movieron como pudieron, me desplazaron tirando de mí hasta extenuarse y con sudor y mucho discurrir al fin me ordenaron y ajustaron bajo una sombra; así quedé fijada en un lugar paradisíaco, entre los chopos del prado de la señora de los gallos, en Sopeña de Curueño, León, España.

Fue la primera vez que me montaron y que serví de utilidad, y lo tengo tan vivo en mi recuerdo,  que no puedo sino mostrarlo en fotos.
Entonces empecé a enterarme de cuál era la tarea que a partir de entonces iba realizar. Aquella gentecilla me quería para que fuera casa y castillo, cocina y hogar, cuartel y refugio, bandera y negocio, atalaya, luz y lumbre. O sea, todo en poco, y nada en uno.
Así pues entró dentro de mí todo lo imaginable. Y serví para cuanto fue necesario.

Apenas probaba un lugar, ya me desmontaban y me llevaban al encerradero. Once largos meses parada, y luego, hala, a trotar, otro mes de campo. Y así una y otra vez, no sé cuántas, ya he perdido la cuenta.

Haciendo un esfuerzo con mi memoria… estuve, luego de Sopeña, en Trefacio, provincia de Zamora; en Vegacervera, provincia de León; en Ventanilla, Palencia.

Vuelvo a las imágenes, que dicen más que las palabras:


Junto a mí todo aquello discurría sin contar conmigo. Pero vaya si estaba, claro que estaba. Tanto que sin mí no hubieran podido hacer nada. Porque todo lo que hacían, comían, compraban, usaban y tenían, lo contenía yo. Y tras mi puerta con cerradura, guardado y bien guardado.

Pero aquello se acabó. Dio lo que tenía que dar de sí, y simplemente fue muriendo… El último desmontaje fue algo triste. Había salvado de la quema, pero quedó más que claro que ya no se podía volver a las andadas de ir por libre, creyendo que todo el monte es orégano, y resulta que no, que es orgasmo del señor marqués, por supuesto, la máxima autoridad que manda lo que manda, o sea mucho.

Total, que desde 1990, me dejaron aparcada y no volví a ver la luz. Debidamente aseada y colocada me he pasado veinte años de mi vida adormecida, sin saber qué iba a ser de mí y si a alguien podría interesar.

Dejé de escuchar risas de niños, gritos de mayores. Dejé de oler a guisos, a dulce de membrillo con un tropezón de queso, a leche recién ordeñada, a pan de horno rústico. Dejé de ser cobijo en las tormentas, caja de caudales y despensa improvisada. Dejé igualmente de ser el botiquín, la sala de consulta y el cuarto de curas de aquel hospital de campaña bajo el sol. Ya no volví a figurar en ningún programa de trabajo, ni de ocio, ni de disfrute compartido; ni a recorrer distancias cargada en un camión a la ida y a la vuelta, para ser bajada y subida al llegar o al regresar, y otra vez almacenada con cariño y cuidado, que a saber el año próximo qué podrá ocurrir y dónde terminaremos…

Ofertas sí que hubo, demandas, casi ninguna. A nadie le interesaba un armatoste como yo, tan pesado, tan laborioso de montar y desmontar, tan poco práctico frente a edificios relamidos de colonias y usos múltiples, con canchas de tenis y caballos mansos de paseo, con cursos de inglés y aventuras sin cuento en parques y jardines de la costa levantina.

Yo sólo servía para hacer campamentos a lo llano, en praderas de heno sin segar, ríos de curso ilegal y arboledas salvajes por desbrozar. A eso me acostumbraron y otra cosa no probé. Y no estuve mal, mientras se me usó, di la talla con suficiencia más que aprobada.

Ahora me proponen otra cosa, y voy a decir que sí. Que vale, que me lleven, que me monten y que me usen. Volveré a hollar una pradera, con río de aguas vivas justo al lado. Y habrá también un huerto, y un rebaño y perros por doquier y también caballos.

Y volveré a tener qué encerrar y proteger, y me utilizarán de cuarto de los trastos, herramientas, bombas de agua, tomates por madurar y cebollas que orear. Y hasta es posible que me rodeen de árboles crecederos, para que me protejan del sol, me preserven de la lluvia y el granizo, y me hagan invisible, porque soy tan discreta…
Y me pondrán, seguro, un título en alguna parte, que diga
TRASPALACIOS



Y si ahora te apetece ver más cosas, pincha en el vídeo y mira, no llega a tres minutos. Apaga, ya lo sabes, la música ambiental del blog.

El fuego y yo. Uno


      Mi infancia corresponde con el ocaso de la cocina de paja. Es natural, pues, decir que, primero, soy de pueblo; y, segundo, que entonces el fuego era lo que calentaba al tiempo que también alumbraba.
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     Si para cocinar era la paja trillada en la era el combustible habitual de todo hogar en mi tierra, para calentarnos teníamos la gloria y los manojos que las viñas aportaban.
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     De modo y manera que mis primeros pasos los di guiado por quinqués y candiles, pues la electricidad ya hacía mucho que estaba inventada, pero eso en mi pueblo no contaba demasiado visto la de veces que no llegaba o lo hacía con tan poca fuerza que las bombillas pelonas que entonces se usaban apenas alumbraban.


     Las hogueras son otra circunstancia que recuerdo. En tiempos de la matanza, al cerdo se le churruscaba al fuego de una hoguera. Había que hacerlo así para que la piel quedara limpia de las cerdas, esos pelillos molestos que le salen por todas partes, una depilación a lo bestia, pero socorrida y necesaria. Y ya que le agarrábamos del rabo, las orejas tostadicas qué ricas estaban.
http://fotos.ideal.es/200909/saltando.jpg
     Por San Juan también se hacía fuego, para saltarlo, unos a pie, otros en burro y los menos a caballo. Menuda juerga.


     Luego me hice urbanita y pasé al gas ciudad y a la calefacción de carbón. O sea que lo de las hogueras como que pasó página.


     Tiempo después volví al campo. Con la chavalada nos fuimos de campamento. Esto es, se coge un prado, con arroyo cerca, y también con baño. Se plantan las tiendas, se cavan letrinas, se monta el comedor y la cocina y, en el mismo centro, se apaña la plaza con su fuego.



     Pero eso es por las noches, ya cansados de jugar y de correr. Es el momento de las confidencias, las narraciones, los cuentos, las representaciones de teatro, los disfraces y los cantos. Y el fuego se eleva imponente, y todos, cautivados por las llamas que se mueven vivarachas, vamos terminando el día y llamando a las estrellas para que no hagan ruido mientras nos adormecemos.
     Muchas cosas llenaban los quince días en la pradera, para contar y no acabar. Pero de todas ellas, ahora sólo recordamos los fuegos del campamento. Siempre los terminábamos, con ascuas ya mortecinas, al canto de “Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”. Y no se admitían excepciones.

     Ahora me conformo con hacer una hoguera en la noche de pascua, y en torno a ella aún se canta, también se narran historias y leyendas, no se salta pero se vibra con el crepitar de las llamas y se celebra a la vida que renace de sus propias cenizas.

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