"Ustedes saben mejor que nadie que en el conocimiento y la cultura no sólo hay esfuerzo sino también placer: llega un punto donde estudiar, o investigar, o aprender, ya no es un esfuerzo y es puro disfrute. ¡Qué bueno sería que estos manjares estuvieran a disposición de mucha gente! Qué bueno sería si en la canasta de la calidad de la vida que el Uruguay puede ofrecer a su gente hubiera una buena cantidad de consumos intelectuales. No porque sea elegante sino porque es placentero. Porque se disfruta, con la misma intensidad con la que se puede disfrutar un plato de tallarines. ¡No hay una lista obligatoria de las cosas que nos hacen felices! Algunos pueden pensar que el mundo ideal es un lugar repleto de shopping centers. En ese mundo la gente es feliz porque todos pueden salir llenos de bolsas de ropa y de cajas de electrodomésticos. No tengo nada contra esa visión, sólo digo que no es la única posible. Digo que también podemos pensar en un país donde la gente elige arreglar las cosas en lugar de tirarlas, elige un auto chico en lugar de un auto grande, elige abrigarse en lugar de subir la calefacción. Así que amigos, vayan y contagien el placer por el conocimiento. Y amigos, el puente entre este hoy y ese mañana que queremos tiene un nombre y se llama educación y las inversiones en educación son de rendimiento lento, no le lucen a ningún gobierno, movilizan resistencias y obligan a postergar otras demandas. Pero hay que hacerlo. Se lo debemos a nuestros hijos y nietos. El milagro tecnológico de Internet abre oportunidades nunca vistas de acceso al conocimiento. A mí con Internet se me agotó la capacidad de sorpresa. Me siento como aquellos humanos que vieron una rueda o el fuego por primera vez. Se están abriendo las puertas de todas las bibliotecas y de todos los museos; van a estar a disposición todas las revistas científicas y todos los libros del mundo. Y probablemente todas las películas y todas las músicas del mundo. Es abrumador. Por eso necesitamos que todos los uruguayos y sobre todo los uruguayitos sepan subirse a esa corriente y navegar en ella como pez en el agua. Nos obliga a ir más lejos y más hondo en la educación. No hay tarea más grande delante de nosotros".
Esto es lo que ha dicho el señor que aparece en la foto de arriba. Yo diría que esa cara podría ser muy bien la de cualquier abuelete con el que me cruzo al volver de mis paseos matutinos con mis politos llevando a su nietez al cole recién estrenado que han puesto en mi barrio. O de los que pasean lenta y armoniosamente bajo el sol de membrillo de este octubre ya casi mediado. Pero no. Pertenece a Pepe Múgica, presidente de Uruguay.
De él acabo de recibir esta semblanza, de la mano de mi admirada y gustosamente leída Dolores Aleixandre:
«Es el presidente de Uruguay desde hace pocos meses y, a sus 74 años, ha pasado de militante de los Tupamaros a presidente del “paisito”. Ha vivido quince años de su vida en prisión y dos en el fondo de un pozo, completamente incomunicado y sin ver la luz del sol, alimentando con miguitas de pan a siete pequeñas ranas y suspirando por encontrar como papel higiénico pedazos de diarios viejos para saber qué pasaba fuera. A pesar de eso dice: “Puede parecer una monstruosidad, pero doy gracias a la vida por todo lo que viví; si yo no hubiese pasado por esos años y aprendido el oficio de galopar hacia dentro de mí mismo, habría perdido lo mejor de mí”.»
Dolores termina su aportación con estas palabras que reflexiona:
«De pronto me he puesto a pensar en cómo reaccionaríamos si recibiéramos una carta así de algún obispo y casi ni soy capaz de imaginármelo. Una carta que nos invitara a galopar hacia dentro de nosotros mismos y a vivir el Evangelio no como una obligación, sino como algo que puede llegar a ser placentero. Una carta en la que, en vez de hablar de todo aquello a lo que tenemos que oponernos, nos animara a ir más lejos y más hondo para descubrir alternativas de felicidad y a vivir más sobriamente para poder compartir. Una carta que despertara nuestra inquietud por el modelo de Iglesia que vamos a dejar a nuestros hijos y nietos. Una carta que nos impulsara a zambullirnos como peces en las corrientes del Espíritu y que terminara con algo parecido a esto: “Así que, amigos, vayan y contagien la alegría de ser cristianos”.
A lo mejor alguien va a escribirnos una carta así pero es todavía monaguillo en una parroquia. O es una niña y nos dan la sorpresa. Mientras, nosotros tranquilos, recordando el consejo de aquel graffiti de Managua: “Dejen el desánimo para tiempos mejores”.»
Yo ni quito ni pongo rey. Pero ya quisiera que las personas que de la manera que sea nos gobiernan en la cosa pública, en la economía, en lo eclesiástico y religioso, en fin, en cualquiera de los muchos espacios comunes en los que convivimos (
pasen y lean lo que Anna tiene dicho en su blog), además de tener un aspecto tan saludable y afectuoso, tuvieran una cabeza como la que adorna a este venerable caballero, al que parece querer
salírsele el corazón por esos
ojillos pizpiretos, o por esa boca tan
bigotudamente risueña.
¿Quién dijo que nuestros viejos están de más? Yo ahora mismo lo enmarco y lo pongo en la pared de mi despacho-cuarto de estar-salón de recibir-lugar donde convivo con mis politos, justo enfrente de mi silla, para que me sonría y yo le pueda guiñar cómplicemente mi ojo izquierdo.
Pues no, muy señora mía, que uno también tiene a sus ancestros debidamente colocados, pero no los saca en Internet así como así, salvo que la causa sea de razón y justa, por supuesto.
Yo hoy he sacado a Pepe
Múgica, que no es mi abuelo, tampoco podría
serlo, pero desde ya le pido permiso para añadirle a mi galería personal de personajes entrañablemente ilustres.
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(1)
vividor, ra.
1. adj. Que vive. U. t. c. s.
2. adj. vivaz (‖ que vive mucho tiempo).
3. adj. Dicho de una persona: Laboriosa, económica y que busca modos de vivir. U. t. c. s.
4. adj. Que vive a expensas de los demás, buscando por malos medios lo que necesita o le conviene. U. t. c. s.
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Con este artículo quiero manifestar que participo en el concurso de
mariajesus paradela, alegando en mi descargo que no deseo entrar en liza con nadie ni optar a premio alguno, mayormente porque aquí el mérito no es mío, sino de don Pepe
Múgica y de su mentora Dolores
Aleixandre. Y hago constar, item más, que los textos ajenos, que son la mayoría, los he tomado sin permiso de la revista
Alandar, de información social y religiosa, a la que subscribiéndoos os haríais un gran favor.