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El Papa ora por todos





«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.
Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

Oraciones para usar


Hoy en la Eucaristía había aire de fiesta, pero también un silencio especialmente significativo. Familias completas, personas solas, jóvenes por una parte y mayores por otra. Tocaba hablar de la familia y nadie quería romper ese silencio engorroso al tiempo que claramente expresivo. ¿Qué decir? ¿Qué expresar que no fueran meras palabras? ¿Alguien tenía a mano una guía a modo vademecum para acertar? “Así es la vida”, dicho por la madre que abandonó a sus tres hijas en un lugar de Asturias, ante el juez y como única explicación, nos había dejado, o ya lo estábamos desde antes de empezar, mudos ante la realidad tozuda e innegable.
Alguien dijo que leyera unas oraciones que una vez comentamos en esta misma fecha. Fue hace más de veinte años. Entonces a todos nos parecieron apropiadas. Hoy, según parece, era el único recurso. No las tengo aquí, repliqué. Y continuamos. A la salida se me indicó que las colgara en Internet, para que estuvieran disponibles.
He buscado por la red, y no parece que estén, al menos tal como yo las recogí. Las coloco ahora, indicando que no sé su origen, pero que por lo menos datan de 1992. Agradezco a quien o quienes las pusieron a mi alcance, dándome la oportunidad de publicarlas en libertad.

Oración de unos padres
Señor, queremos formar unos hijos valientes,
decididos y llenos de pundonor.
Danos, Señor, unos hijos humildes y sencillos,
conscientes de que sin Ti nada son.
Que sepan oír consejos;
que no les cueste descubrir sus fallos;
que acepten sugerencias;
que sepan que muchas veces van a estar equivocados;
que sepan que nunca van a ser poseedores de toda la verdad
y que, por eso, muchas veces deberán pedir perdón.
Unos hijos, Señor, que sean honrados, eficientes.
Que aspiren a ser libres;
que jamás callen ante las injusticias;
y que no permitan que pisoteen sus derechos.
Pero que, jamás, por defender sus intereses,
pasen por encima de los derechos de los demás;
y que por amor estén siempre dispuestos a perdonar.
Queremos unos hijos escrupulosos en el manejo de los bienes ajenos;
que sepan padecer pobrezas
antes de hacer mal uso de lo que no les pertenece.
Unos hijos con mentalidad de adultos, pero con ojos y corazón de niños;
abiertos a ideas y tiempos nuevos, nunca acomodados, siempre inquietos.
Que encuentren la alegría en las cosas sencillas de la vida
y que sepan mantener el espíritu en alto aun en los momentos difíciles.
Queremos unos hijos que comprendan
que deben formarse lo mejor posible,
no para lograr dinero o para incorporarse a la sociedad de consumo,
sino para servir a sus hermanos.
Unos hijos que sepan poner el interés de los demás antes que el propio
y para quienes el ideal sea lograr el bienestar y la felicidad del prójimo.
Queremos, Señor, unos hijos que sepan compartir las alegrías de los otros
y también sus fracasos, tristezas y sufrimientos.
Señor, soñamos con tener unos hijos que confíen en los demás;
que crean en los demás;
que sepan tomar decisiones,
pero que sepan también delegar responsabilidades.
Queremos inculcar en nuestros hijos el deseo,
no de ser socios de clubes ni de empresas comerciales,
sino de ser parte de una sociedad más justa, sin clases ni divisiones,
en donde todos tengan acceso a los beneficios propios de los seres humanos.
En resumen, ayúdanos, Señor, a formar unos hijos que se parezcan a Ti,
capaces de llegar hasta el sacrificio
con esperanza en tu triunfo y tu resurrección.
Hay algo que te queremos pedir especialmente
y es tu Gracia para nosotros, sus padres.
Danos tu ayuda, tu fuerza, tu amor, tu humildad,
tu entrega, tu esperanza, tu alegría, tu constancia:
ya que sólo pareciéndonos a Ti,
viviendo todo eso que queremos y soñamos para nuestros hijos,
seremos capaces de despertar en ellos estos ideales;
sólo así seremos capaces de formar estos hombres nuevos
capaces de construir un mundo nuevo.

Oración de unos hijos
Hoy, Señor, te damos gracias por nuestra familia.
Gracias por nuestros padres:
Siendo jóvenes quisieron complicarse la vida
y nos trajeron al mundo.
Nos han colmado de amor
y nos han enseñado a amar;
han llenado nuestra vida de besos,
de caricias, de cuidados, de regalos…
Y nos acompañan dando seguridad en nuestros años.
Gracias por nuestros abuelos y tíos.
Ellos también nos han ayudado a crecer,
nos han soportado y nos han entregado su cariño.
Queremos también pedirte algo para nosotros, los hijos:
Ayúdanos, Señor,
a crecer en el amor y repartirlo,
a crecer en experiencia y compartirla.
Conserva nuestras familias unidas en el amor,
para que entre todas
construyamos el mundo sobre la solidaridad.
Ni que decir tiene que aquí faltan otras oraciones. Una por ejemplo, por los esposos. Otra por los hijos que sufren la ruptura de sus padres. Otra por quienes no han podido, no han sabido o no han querido conservarse como esposos. Y otra… En fin, ya se ve que la lista puede ser interminable.

¡Qué cosas publicas!



No lo dicen, pero sé que lo piensan. No me importa. Ni que piensen eso, ni que lo callen. Y si decidieran pensar otra cosa, y además expresarla, tampoco me importaría. Es el juego de la libertad, cuyo límite es enorme y sólo ajustado al espacio donde reside la libertad ajena. Hay, por tanto, mucho margen.
Ya sé que hay quien ocupa mucho, demasiado. Bastante más de lo que realmente necesita y sería razonable. No siempre tiene con qué rellenarlo y lo ostenta vacío o casi. Pero lo reclama para sí, y lo defiende como propio.
También hay, menos mal, quien no necesita sino una pequeña parcela, y le sobra para tener lo suyo bien recogidito.
Si se da un tira y afloja, –si llegara el roce o la intromisión–, yo abogo por ceder espacio y recoger velas, antes que lo contrario. No es buena la confrontación, porque tampoco es tanto lo que vale verdaderamente.
Es así que acaba de llegarme una versión novedosa, no nueva, de la oración más entrañable que tenemos los creyentes en Jesús. Me la ofrecen como alternativa superior a la que uso. La llamada “oración dominical”, el Padrenuestro, así todo junto, es, en lo que conozco, la oración más universal que se reza y se ha rezado nunca jamás. Si a partir de ahora hubiera que cambiarla, o emplear las supuestas palabras exactas que utilizó Jesús, me lo pondrían difícil, porque ya tengo la memoria floja y en idiomas nunca he logrado destacar.
Pongamos que Jesús utilizó estas palabras, escritas tal y como dicen que están en algún lugar escritas:

Y supongamos también que su traducción más completa fuera esta:
Padre-Madre, Respiración de la Vida.
¡Fuente del sonido, Acción sin palabras, Creador del Cosmos!
Haz brillar tu luz dentro de nosotros, entre nosotros y fuera de nosotros, para que podamos hacerla útil.
Ayúdanos a seguir nuestro camino respirando tan sólo el sentimiento que emana de Ti.
Nuestro Yo, en el mismo paso, pueda estar con el Tuyo, para que caminemos como Reyes y Reinas con todas las otras criaturas.
Que tu deseo y el nuestro, sean uno sólo, en toda la Luz, así como en todas las formas, en toda existencia individual, así como en todas las comunidades.
Haznos sentir el alma de la Tierra dentro de nosotros, pues, de esta forma, sentiremos la Sabiduría que existe en todo.
No permitas que la superficialidad y la apariencia de las cosas del mundo nos engañen, y nos libere de todo aquello que impide nuestro crecimiento.
No nos dejes caer en el olvido de que Tú eres el Poder y la Gloria del mundo, la Canción que se renueva de tiempo en tiempo y que todo lo embellece.
Que Tu amor esté sólo donde crecen nuestras acciones.
¡Qué así sea!
Yo no lo discutiría, porque es sabido que las lenguas antiguas, como el hebreo y el arameo, eran más para hablar que para escribir. Además no tenían vocales, lo cual daba pie para que usando las mismas grafías e incluso parecidos sonidos, expresaran mucho más de lo que quienes procedemos del griego y el latín, por cultura y exceso de racionalismo, logramos entender.
Sin embargo, sí me permito discrepar en cuanto que no me imagino a las gentes paisanas de Jesús, la inmensa mayoría pobladores del campo e iletrados que no incultos, aprendiéndose de corrido esta plegaria, que no está hecha para ser escrita en piedra.
Yo pienso que Jesús, más que palabras concretas, mostró un estilo, un a modo de orar desde lo que él y su gente vivía y tenía entre manos.
De mismo modo que parece que dijo «Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos, porque así te ha parecido bien» (Mt 11, 25-26),  diría «Cuando oréis decid: Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. El pan de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal» (Mt 6, 9-14). Con palabras sencillas y las justas; ni más ni menos, porque él también había dicho «Cuando oréis, no uséis muchas palabras, como hacen los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso» (Mt 6, 7).
No somos semitas, y no podemos orar como si lo fuéramos. Tal vez por momentos nos sirva adoptar cosas buenas de otras culturas, sean de oriente, sean de occidente. Fijémonos en Jesús y, a nuestro modo, hagamos como él hizo.
Y de ninguna manera repitamos, como suele hacerse, la materialidad de las palabras si no va acompaña de una disposición y unos sentimientos que se asemejen, aunque sea de lejos, a los de Jesús.
Lo último que he oído esta mañana: “Como no me pusiste penitencia el otro día, he rezado tres rosarios”. Ya le dije que menuda penitencia se buscó en lugar de pensar en lo que había hecho y mirar a ver cómo no volvía  a repetirlo.

Por si alguien quiere a pesar de todo aprenderse el texto y recitarlo alguna vez, aquí está en arameo el padrenuestro según la versión más probable, no en vano la defiende John P. Meier en el volumen 2-1, pág: 357, de Un Judío Marginal (Editorial Verbo Divino, 4ª edición 2008), que corresponde al evangelio de Lucas (11, 2-4):

’abba’                                                           Padre,
yitqaddash shemak                                       santificado sea tu nombre;
te’teh malkutak                                             venga tu reino;
lajman’ di misteya’ hab                                nuestro pan de cada día
lanah yoma’ denah                                       dánoslo hoy;
ushebuq lanah jobayna’                               y perdónanos nuestras deudas
kedi shebaqna’ lejayyabayna’                      como nosotros perdonamos a nuestros deudores;
we’al ta’elinnana’ lenisyon                          y no nos lleves a la prueba

Entra el verano


Trigal con segador a la salida del sol. Van Gogh. Óleo sobre lienzo, 1889. Museo Nacional Van Gogh

Son las 12:51 y, según el taco, es el momento. ¡Bienvenido sea! Salvo disfrutar del momento, con un cielo azul y retazos de nubes amistosas, el sol calienta pero no quema y la temperatura es inmejorable.
Así deberían ser todas las cosas para que las consideráramos buenas. Ni hurañas ni agresivas. Al contrario: dulces y placenteras.
Sea como sea, este verano que comienza podrá ser otra oportunidad más que se no abre al agradecimiento y a la confianza.
 


Oración en verano
Autor: Francisco Cerro Chaves


Ahora que aprieta el calor,
déjame decirte, Señor,
cuánto te quiero.

Déjame descansar
mi cabeza cansada
sobre tu pecho abierto de Amor.

Déjame en esta mañana de verano,
que te diga al oído
que eres
lo mejor de mi vida.

Que conocerte a Ti,
ha sido una fiesta continua.

Que quiero vivir siempre
a tu lado…

Amén.


 

¿Cuántos de nosotros deberíamos ir al infierno?


Acabo de levantarme de la siesta y, con los ojos a medio abrir, leo en la pantalla esta frase que dicen pertenece a papa Francisco. Restriego mis párpados y vuelvo a leer. Como no termino de entender, busco para confirmar la exactitud de la letra y la autoría. Confirmado, es textual y la ha dicho el papa.
Y ¿ahora qué? Pues ahora nada. Bueno, sí; me sale ¡me cachis con la teología que está en la base!
No me cuesta decir con el militar, “no soy digno de que entres en mi casa”, que aparece en el evangelio. No la tengo como para recibir visitas, ni puedo exigir a quien venga que se aguante con lo que encuentre. Bienvenido a mi casa quien no tenga que descender de ninguna altura, ni ascender para alcanzar el dintel de mi puerta. Por eso, entre otras cosas, vivo en una vivienda a ras del suelo. Y tan feliz.
Si Dios estuviera en el cielo, mal lo tendríamos para que cupiera por el hueco. Si un ser humano viviera en el inframundo, no me saldría invitarle a venir, para no avergonzarme(le); sería (debería ser) yo el que se aproximara a él.
Así las cosas, creo con mi paisana Teresa de Jesús, la Santa Andariega, que Dios está entre mis cacharros de cocina, junto a mi mesa camilla, al borde de mi estrecha cama de noventa por ciento ochenta centímetros (niquelada y la que usó mi mamá en su juventud en la casa paterna), e incluso pedalea cuando me muevo de acá para allá por la gran ciudad, haciendo silencio en medio del tumulto del tráfico, pero eso sí, con un ojo atento a la circulación.
Un Dios así no puede dejar que yo piense de semejante manera. Ni siquiera cuando meto la pata y me pregunta ¿qué estás haciendo con tu hermano? No puedo imaginar qué infierno pueda él tener dispuesto para mandarme a mí o a quien sea para siempre jamás.
Hace mucho que he renunciado a nombrar ese lugar. Y si existiera, me niego a pensarlo como destino de nadie. Aquí la doble negación no afirma, niega dos veces.
Si papa Francisco lo ha usado ayer en Santa Marta, él sabrá por qué. Si ha querido aleccionar a alguien, sus motivos tendrá. A mí, no. Incluso me apena que haya echado mano de semejante herramienta.
Humildemente creo que yo no debería ir al infierno. En realidad, nadie que yo conozca o haya conocido. Ni hablar. Suficientes infiernos hay en este mundo de nuestros pecados como para encima disponer de este otro, dilatado en la duración y henchido de sufrimientos inimaginables.
Si al infierno no, ¿entonces tal vez al purgatorio o al limbo? Dado que ya está dicho que el limbo no existe, ¿purgatorio para qué? ¿No es suficiente con este valle de lágrimas?
Con los recursos catequéticos hay que tener mucho cuidadín. Si no se tiene, alguien puede coger el rábano por las hojas y se arma. A papa Francisco yo le recordaría, con perdón, un soneto de nuestro más ingenioso y prolífico escritor, don Lope de Vega, que dice
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Los de mi generación lo conocemos desde muy pequeños, y aunque no lo recitemos en voz alta, este soneto está tan metido en las entrañas que nos sale de natural mientras vivimos.
Llegando al final de este escrito, veo en Internet que no está claro quién fuera el escribano de estos versos. Si Santa Teresa, si San Juan de la Cruz, si el agustino Miguel de Guevara, si el P. Torres, capuchino, o el P. Antonio Panes, franciscano. Yo me aferro a mi niñez y aprovecho que Montoliú lo dice para seguir creyendo que don Lope fue su autor. Y sin más, publico y me voy a la cama, recitándolo, por supuesto, y creyéndome sincero al rezarlo.

Es que en nochevieja me pongo siempre melancólica

 

Lo acaba de decir mi vecina favorita para justificar la necesidad que tenía de darme un achuchón. Se lo he “consentido” y me he dejado apretujar, porque el último día del año da ocasión y también justificación para realizar lo que ha quedado en el deseo o en el tintero. Hay que hacer balance, ¿no? Pues cerrémoslo ajustando las partidas.
Claro que tampoco hay que pasarse, no todo es posible ni sería conveniente. Hay que dejar alguna cosa en el debe, para tener ocupaciones con qué iniciar la siguiente jornada. Si empezáramos con la pizarra limpia, ¿por dónde cogeríamos el hilo?
Lo que no debe permanecer al empezar de nuevo con 2014 es precisamente melancolía. ¿Echar de menos algo del 2013? De un año tan aciago, mejor no recordar absolutamente nada.
Supongamos, pues, que acabamos a cero. Así, empezamos por abajo. A nivel.
Y pongamos que si el profeta afirmó:
Ahora te hago saber cosas nuevas,
secretas, no sabidas,
7que han sido creadas ahora, no hace tiempo,
de las que hasta ahora nada oíste,
para que no puedas decir: “Ya lo sabía.” (Isaías 48, 6b-7)
Y el que manda porque puede dice:
-«He aquí que hago nuevas todas las cosas». (Apocalipsis 21, 5)
¿Vamos a ser menos nosotros? Puesto que solos no podemos gran cosa, contemos con la Fuerza de Quien Es, nos sostiene y en el que somos, en expresión que ahora tanto se lleva, porque hay que estar a bien con las cosas del momento.
Yo soy mucho más simple y digo con quien sea que escribió esta plegaria, y aprovechando que he encontrado lo que dicen que es su versión original:

Seigneur, faites de moi un instrument de votre paix.
Là où il y a de la haine, que je mette l’amour.
Là où il y a l’offense, que je mette le pardon.
Là où il y a la discorde, que je mette l’union.
Là où il y a l’erreur, que je mette la vérité.
Là où il y a le doute, que je mette la foi.
Là où il y a le désespoir, que je mette l’espérance.
Là où il y a les ténèbres, que je mette votre lumière.
Là où il y a la tristesse, que je mette la joie.
Ô Maître, que je ne cherche pas tant à être consolé qu’à consoler,
à être compris qu’à comprendre,
à être aimé qu’à aimer,
car c’est en donnant qu’on reçoit,
c’est en s’oubliant qu’on trouve,
c’est en pardonnant qu’on est pardonné,
c’est en mourant qu’on ressuscite à l’éternelle vie.



La Oración de san Francisco de Asís, también llamada Oración simple, u Oración franciscana por la paz, es un poema escrito probablemente a principios del siglo XX pero atribuido hasta fines de ese siglo al fraile italiano Francisco de Asís (1182-1226). Investigaciones posteriores realizadas por el académico francés Christian Renoux permitieron entrever los verdaderos orígenes de la oración, cuya autoría continúa siendo incierta. Con todo, la oración fue objeto de análisis y predicación por personalidades contemporáneas de variada extracción, y fue integrada en el programa de «los doce pasos» de recuperación del alcoholismo por parte de Alcohólicos Anónimos. Esta oración es hoy una de las devociones más populares dentro del cristianismo, reconocida como una síntesis -hasta el presente anónima- del ideario vivido por el «santo de Asís».

Padre Nuestro de la Deuda Externa




 

Padre Nuestro, de todos nosotros, hombres y mujeres:
sabemos que sufres viendo desde el cielo
que aquí, en nuestra tierra, el rico
ejerce su imperio sobre el pobre.
Oye nuestras voces, oye nuestro ruego.

Tú estás caminado, de nuevo,
con los pueblos que, por el desierto,
caminan buscando que se haga tu Reino.

Sé tú nuestra fuerza y nuestro aliento.
Que no desfallezca nunca nuestro empeño en luchar buscando
ese mundo nuevo de tu voluntad,
donde lo importante ya no sea el dinero
con sabor a sangre, obtenido de los pobres pueblos,
sino el ser humano pleno en su dignidad.

Danos tú el aliento.
Mira que nos roban cada día el pan de nuestros esfuerzos
diciendo que debemos lo que no debemos
pues son nuestros hermanos, tus hijos pequeños,
los que sin arroz, sin casas, sin médicos,
crecen como árboles carentes de riego,
en tierra agrietada como troncos resecos.

Nosotros queremos saber perdonar lo que ellos nos deben;
que ellos nos condonen lo que, según dicen, nosotros debemos.

Líbranos, Señor, de este mal que
es cerco que aprieta y asfixia.

Que todos los pueblos te santifiquemos siendo solidarios.

Este es nuestro anhelo y también el tuyo.

Amén, Padre Nuestro.







Un rey sin corona, un reino sin fronteras


Pantocrator de Taüll



En este día en que la Iglesia celebra a Cristo Rey, me debato entre la teoría y la práctica. Teorías hay muchas, y prácticas más aún. Y no todas me convencen, incluso algunas no me gustan absolutamente nada.
Por citar sólo dos teorías, empiezo por Teilhard de Chardin, que presenta a Cristo como cabeza del cosmos, a partir de la doctrina paulina del himno de la carta a los Colosenses:
Cristo Jesús es imagen de Dios invisible,
nacido antes que toda criatura,
pues por su medio se creó
el universo celeste y terrestre,
lo visible y lo invisible,
ya sean majestades, señoríos,
soberanías o autoridades.
Él es el modelo y fin del universo creado,
él es antes que todo
y el universo tiene en él su consistencia.
Él es también la cabeza del cuerpo
que es la Iglesia.
Él es el principio,
el primero en nacer de la muerte,
para tener en todo la primacía,
pues Dios, la Plenitud total,
quiso habitar en él,
para por su medio reconciliar consigo el universo,
lo terrestre y lo celeste,
después de hacer la paz con su sangre
derramada en la cruz. (1, 12-20)

Y que está más o menos expresado en este gráfico, que no sé si es original de él, o una aproximación a su pensamiento:

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/5/58/The_Vision_of_Teilhard-de-Chardin.png

 
Y de otra parte señalo a Karl Rahner, que cree en Cristo como la plenitud de todas las cosas desde ya mismo. Lo expresa en esta oración que acabo de encontrarme:
CRISTO TODO EN TODAS LAS COSAS
Señor Jesucristo, Palabra eterna del Padre y hombre verdadero, te adoramos. Sé Tú siempre el misterio vivo de nuestra fe y de nuestra vida, que se funda en esta fe: Sacerdote eterno y oblación perenne. Sé Tú mismo nuestra adoración del Padre en espíritu y en verdad. En ti y contigo sea nuestra vida el servicio del Dios Infinito, Tú, sacramento del servicio de la divina majestad.
Vida de los hombres, fuente de la gracia, sé Tú mismo la vida de nuestra alma, la vida que nos hace partícipes del Dios Trino. En ti participamos de tu vida, sacramento de la vida sobrenatural de nuestras almas.
Salvador de los pecados, vencedor misericordioso de nuestros pecados y debilidades. En ti quisiéramos vivir para que tu amor fuerte actúe poderosamente en nosotros, el único amor que es poderoso contra todo pecado ahora y siempre. Por ti y para ti presérvanos de todo pecado, sacramento del vencimiento de todo pecado.
Vínculo de caridad, símbolo de unidad. Déjame estar unido en ti con todos aquellos que Tú me has mandado amar. Haz que todos nosotros te pertenezcamos cada vez más. Así estaremos también cada vez más unidos unos con otros por ti, sacramento de amor verdadero y de comunión.
Vencedor en el sufrimiento, Redentor crucificado. En ti queremos superar todas las horas oscuras. Haz que todo lo que nos sucede lo aceptemos como participación en tu destino, para que se convierta para nosotros en camino hacia la eterna luz de la Pascua, por ti, sacramento de la comunión en el dolor entre ti y nosotros.
Señor de la gloria eterna: haz que miremos siempre con fe y con valentía tu vida eterna. Sea tu cuerpo para nosotros, cuando te recibamos, prenda de la gloria eterna. Sacramento de vida eterna, concédenos el último deseo de nuestro corazón: el poder contemplarte sin velos tu rostro y adorarte a ti con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
Oraciones de la vida. Publicaciones Claretianas, Madrid 1986, págs. 61-62


Además tengo aún en la memoria las brutalidades de los mal llamados “guerrilleros de cristo rey”, y en la retina los excesos de la Iglesia no sólo en el Vaticano sino en otros muchos lugares, que huelen a viejos reinos y a cortes imperiales. Esto por lo que se refiere a las prácticas.
Y como no sé hacia dónde tirar, me quedo sólo y apenas con las palabras de un condenado a muerte que suplica en el último instante de su vida: «Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino»(Lucas 23, 42).
Y termino diciéndome que si alguien en su situación es capaz de pensar en algo diferente a su sufrimiento, es que lo que tiene al lado es de tal categoría que no existen palabras para describirlo. Mucho más aún si además ve respondido su ruego con esta aseveración: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23, 43).
En absoluto se me ocurre ahora citar siquiera aquel catálogo de frases que hay que ver qué bien que suenan, pero de las que muy poquita gente quiere hacer bandera. Me refiero a las bienaventuranzas. Porque van muy unidas a otra frasecita de los evangelios que se las trae: «Las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Lucas 9, 58).
Pero, ¿qué decir de un reinado que se basa en arrodillarse ante el personal para lavarles los pies y además secárselos?

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13Vosotros me llamáis “El Maestro” y “El Señor”, y decís bien, porque lo soy. 14Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: 15os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Juan 12, 13-15).
Pues eso.


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