¡Qué grande es la Catedral y qué pequeños parecemos los católicos!
Una de las señas de identidad de nuestra época es escoger a las personas menos apropiadas para ocupar las responsabilidades más altas, y me temo que este pregonero no es una excepción. Entre más de trescientos mil vallisoletanos, se encarga un discurso largo a aquel cuya única habilidad notoria es la de expresarse cada día con la mayor brevedad posible, en apenas una frase más o menos ingeniosa. Qué disparate.
Por otra parte, de entre todas las personas reunidas en nuestra Santa Iglesia Catedral esta tarde no encontrarán ustedes un aficionado a la Semana Santa más torpe: miope en la observancia, pobre en devociones, superficial en la erudición incluso para pasar por periodista; reacio a los actos sociales incluso para ser de Valladolid; católico mezquino en la piedad y espléndido solo en el pecado.
Pero ¿qué vallisoletano en su sano juicio rehusaría una encomienda semejante? Además el alcalde y la junta de cofradías tendrán sus razones si han pensado en un simple dibujante de periódicos, así que acepto el encargo y les prometo a ustedes el pregón más humilde y el más breve desde que Francisco de Cossío leyó el primero hace ya setenta y ocho años.
Apelo a la benevolencia de todos ustedes, —benevolencia que será la única moneda con la que pagarán “los cuartos al pregonero”— y saludo al excelentísimo y reverendísimo señor arzobispo de la archidiócesis de Valladolid; al excelentísimo señor alcalde de la muy noble, muy leal, heroica y laureada ciudad de Valladolid; al señor presidente de la Junta de cofradías; a los presidentes de las cofradías y hermandades de la ciudad; al ilustrísimo señor deán de esta Santa Iglesia Catedral; miembros de la corporación municipal y de la diputación provincial; de la Junta de Castilla y León; de la subdelegación del Gobierno de España; parlamentarios, mandos de nuestros queridos Cuerpos de seguridad del Estado, de las Fuerzas Armadas y de la Policía Municipal, que cumple ahora doscientos años; compañeros periodistas —de los de verdad, no como yo— y sobre todo a los cofrades y al pueblo fiel de Valladolid; préstenme todos ustedes atención unos minutos, por favor, que he de pregonar algo importante:
Por orden del señor alcalde, se hace saber:
Que Nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios, por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras. Estos hechos asombrosos, fundacionales de la fe católica, se conmemoran anualmente en Valladolid, al menos desde finales del siglo XV por cofradías que salen en procesión por las calles, portando esculturas de gran valor artístico, en la semana de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera, fenómeno astronómico que acontece hoy.
Ya está. El “mínimo pregón posible”, escueto y riguroso, constaría de esas siete frases. Siete frases, de las cuales las tres primeras fueron redactadas en el Concilio de Nicea hace mil setecientos un años. Tengo la convicción de que sin incluir estas frases del Credo, todo lo que se pueda decir de la Semana Santa es palabrería insustancial; con ellas, en cambio, todo se colma de sentido.
Pero no tiene gracia. La cruz que arrastra un pregón de humorista gráfico es la casi total ausencia de humor en el relato de la pasión de Cristo y en los oficios con que la celebramos. El único chiste explícito que recogen los Evangelios lo hicieron los romanos como escarnio de Jesús, momento que vemos reflejado en el paso “Sed Tengo” (de la cofradía de las Siete Palabras), con ese sayón que subido en una escalera le coloca un rótulo burlón al ajusticiado: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”. Ese rectángulo de papel es casi una viñeta. Además, como todos los buenos chistes, dice la verdad. Lo cuentan los cuatro evangelistas, pero Juan especifica que lo redactó el propio Poncio Pilato, y añade que la ironía no gustó a los sacerdotes.
El mismo humor sarcástico estaba detrás de la ocurrencia de los soldados de adornar a Nuestro Señor con una corona de espinas, un manto rojo y un cetro de caña, disfraz que también tenemos representado en otro maravilloso paso de Gregorio Fernández, el Ecce Homo que sale con la Hermandad del Cristo de los Artilleros. No hay más risas que las de los torturadores. El espacio del humor en los tex- tos de la Pasión lo protagonizan la burla y el tormento, no puede negarse.
Pero vengo hoy aquí a proclamar una verdad que tampoco puede negarse: a la luz de la fe, todo tiene gracia.
Gracia con mayúscula y con minúscula.
Jesús hace su entrada triunfal en Jerusalén no en un caballo de conquistador, sino en una humilde borriquilla. Lo hizo muy cons- ciente del sentido paradójico de la situación. El Domingo de Ramos celebramos una broma divina. Ese humor del Dios cristiano que juega a confundirnos con lo grande y lo pequeño está en el paso más antiguo de nuestra Semana Santa; un paso ni siquiera de madera; de humilde papelón, que sale con la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz, rodeado de niños con palmas y de fotógrafos que hacen fotos a los niños con palmas.
A la luz de la fe, todo tiene gracia. Jesús fue a Jerusalén a celebrar la Pascua desde Betania, pero al mismo tiempo en Valladolid sabemos que Jesús viene a celebrar la Pascua desde Laguna de Duero. (Tiene gracia además porque al Cristo de los Trabajos lo acompaña la Cofradía de las Siete Palabras, a la que ya he citado dos veces, cuando me faltan aún otras 17 cofradías por nombrar; socórreme, Virgen Santísima).
A los humoristas gráficos siempre nos ha gustado publicar viñe- tas sobre las procesiones de Semana Santa llegadas estas fechas. Lo hacemos con un humor blanco y costumbrista que saca punta, si me permiten la redundancia, a los capirotes puntiagudos de los capu- chones (esto siempre dejaba fuera, dicho sea de paso, a la cofradía de mi barrio, la del Santísimo Cristo Despojado, Cristo Camino del Calvario y Nuestra Señora de la Amargura, que procesiona a cara descubierta y en un alarde de valentía no viste capirote).
Pero he de reconocer que en los últimos años cada vez dibujamos menos viñetas de capuchones. Lo he comentado en alguna ocasión con Sansón, maestro y compañero y el otro vallisoletano que se dedica a este extraño oficio de llenar de monigotes los periódicos. La corrección política —que divide a la sociedad en grupos identitarios, siempre enfrentados y siempre ofendidos— hace sospechoso el humor, dando por bueno que solo existe la risa en forma de afrenta sarcástica de los legionarios romanos. Tal vez, dándole la vuelta a mi aserto, en estos tiempos sin fe ni piedad, nada pueda tener gracia.
En estos tiempos polarizados provocan incomodidad la gracia con minúscula y la Gracia con mayúscula. Las celebraciones públicas de fe y devoción popular resultan molestas para el mundo. “Ya están los capillitas paseando muñecos” mascullan con desdén los laicistas mientras pergeñan sus liturgias ateas.
La fe provoca un rechazo sordo. Se aprecia hasta en los textos eruditos que insisten en dejarnos muy claro que la nuestra es una tradición “inventada”. Será que hay dos tipos de tradiciones: las auténticas, que hablan del ser profundo de los pueblos, y las inventadas en determinados contextos ideológicos o circunstancias históricas. ¡Qué mala suerte! A nosotros siempre nos tocan las tradiciones inventadas. Permítanme tomarme a guasa esta artimaña intelectual que quiere teñir de impostura la revitalización de nuestra Semana Santa: toda la cultura humana es inventada, y toda tradición viva se nutre a sí misma de su propio pasado. Comencé citando el Credo redactado en el Concilio de Nicea, convocado en el siglo IV por Constantino. Este emperador tiene una relación íntima con la Semana Santa de Valladolid: Una estatua suya preside la fachada de la Iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, sede de la primera de nuestras cofradías. No nos hace falta inventar nada, porque somos la civilización occidental. Nos asiste un equipo de asesores imbatible: tiene mucha gracia saberse contemporáneo de todo el santoral y hasta de ese hijo de Santa Elena que fue emperador romano y símbolo de la Iglesia triunfante.
Me he venido arriba y había prometido humildad. Con humildad debemos preguntarnos si tal vez tengan parte de razón quienes se irritan ante nuestro entusiasmo devoto. Al fin y al cabo defendemos el significado profundo de lo que celebramos en Semana Santa más allá de su valor cultural o turístico, para acto seguido afirmar que ese significado profundo no es un argumento o un conjunto de ideas, sino un “misterio”. Es paradójico, y una vez más, resulta gracioso.
La fascinación ante el misterio intensifica todo en tal manera que estos días en Valladolid si una cosa es pura, es purísima, si es santa, es santísima, y si es preciosa, es preciosísima. ¡Cómo no se van a estomagar con nosotros!
Y otra paradoja que tiene su gracia es que todo rezuma significa- do en el misterio; ejemplo de ello es la afición a los números impares: Tres son las caídas de nuestro Señor, las negaciones de Pedro y los días del tríduo; Tercera es la Venerable Orden Franciscana; cinco son las cinco llagas del Cristo de la Cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo; siete los Dolores de nuestra Madre, de los que la Angustia más terrible es la Quinta; Siete son las siete palabras del Sermón en la Plaza Mayor; resulta casi de mal gusto que las estaciones del Vía Crucis sumen catorce, así que la Cofradía de Jesús Nazareno guarda el icono de una decimoquinta estación en el columbario de su sede, y quince son también las estaciones del Vía Crucis de la Cofradía de la Orden Franciscana Seglar.
Y tiene su gracia que se diga que con las procesiones las calles se vuelven templos, porque a ras de suelo se convierten en hogares: bajo la luz solemne de los hachones el asfalto se transforma en dormitorio, cocina y baño al paso tierno de los pies descalzos.
Por otra parte, si las calles se convierten en templos los cofrades de Nuestra Señora de la Piedad pueden decir que en su caso fue al revés: su templo se convirtió en calle, ya que donde estaba su histórica iglesia penitencial hoy pasa la calle de López Gómez.
Se me ocurre que también la misma catedral se hizo calle aquellos años convulsos en los que hubo que cobijar en su interior todas las procesiones. A lo mejor se metió también todo el frío de Valladolid, y ese relente nocturno persiste desde entonces entre estos arcos herrerianos, para recordarnos que en muchos lugares del mundo hoy también hay una iglesia perseguida que esconde sus procesiones.
Es innegable el carácter callejero de estas celebraciones. Tenemos hasta calles figuradas, como la calle de la Amargura en la que se encuentran el Martes Santo las cofradías de nuestra Señora de las Angustias y la del Santísimo Cristo Despojado, con sus respectivos pasos. O el Vía Crucis, que organiza la Cofradía de Jesús Nazareno el Miércoles Santo, convirtiendo en vía única las calles del centro, delimitando una ZBE que no es Zona de Bajas Emisiones, sino Zona de Benditas Emociones. Zonas donde el bullicio y el desorden cotidiano se suspenden y dejan que se abra un paréntesis de solemnidad, lentitud ritual, recogimiento y silencio.
Del mismo modo que hay calles muy procesionales en nuestra ciudad hay calles por las que nunca pasa una cofradía, y calles por las que parece que pasan todas, como si el ángulo en que brilla el sol en los tejados, la exposición a los vientos o la manera en que circu- lan las aguas subterráneas hiciesen más o menos beatos a los calle- jones, plazuelas, paseos y correderas. “San Ignacio, Encarnación, Santo Domingo de Guzmán, Expósitos, San Quirce...”. En la mesa del dibujante del periódico, hasta un listado de calles leído en un fax borroso sonaba a letanía. “Cánovas, Regalado, Cascajares, Plaza de la Universidad, Cardenal Cos, Arribas...”.
Durante mis años como infografista del periódico local trasnochaba en la redacción vacía dibujando los recorridos de las procesiones para los folletos de Semana Santa, con textos casi siempre de Javier Burrieza, sobre planos callejeros del centro de Valladolid en nocturnos y piadosos tonos morados. Cada procesión, una línea de 1,41 milímetros de grosor, de brillante color naranja, verde, rojo o azul, sin ninguna relación con las cofradías que salían, que tampoco había que complicarse demasiado. Para el Jueves Santo se hacía necesario dibujar dos planos, pues de otro modo el laberinto de rayas de colores sería ilegible. “Plaza de los Arces, Guadamacileros, Platerías, Ochavo, Lonja”. Nadie piensa en los dibujantes de mapas cuando da nombre a las calles. A quién se le ocurriría llamar Guadamacileros a una calle tan corta; no hay forma humana de que quepan las letras. Y si encima pasan varias procesiones por ella ni te cuento. Había que añadir flechitas negras, indicando el sentido de la procesión, aunque nunca sabía uno si esa información tendría alguna utilidad real.
Recuerdo el empeño que ponía en reducir el tamaño del plano para que me cupiese entera la procesión del Santo Entierro, que por aquellos años cruzaba la Huerta del Rey y subía hasta la plaza Porticada del Barrio Girón, por las calles Vicente Mortes y José Luis Arrese (que ya no se llaman así), y mi jefe me decía “no es tan importante; corta el plano y que se vean bien las procesiones del centro”, pero es que era la procesión que más me gustaba, precisamente porque recorría en silencio calles desiertas y oscuras, y aquella madrugada yo seguía discretamente esa hilera de faroles oscilantes escuchando el susurro de las túnicas de terciopelo negro hasta que comenzaban a ascender por el cerro, así que antes me daba la satisfacción de reducir el plano para dibujarla entera, con una línea larga de color verde. Hoy se tiende a concentrar todos los recorridos en esa ZBE (Zona de Benditas Emociones) del centro, abandonando los barrios periféricos y añadiendo aquellos superlativos (Santísimo, Purísimo y Preciosísimo), a lo que ahora decimos del centro: el centro está carísimo.
De todos los oficios relacionados con la Semana Santa, el de dibujante de planos callejeros de las procesiones tal vez sea el más humilde. Si la corrección política reduce las oportunidades del dibujo humorístico, la inteligencia artificial está volviendo residual el trabajo de delinear planos y mapas, y habrá que referirse a los dibujantes como hoy nos referimos a los guadamacileros, curtidores, pasamaneros, plateros, sombrereros, roperos de nuevo y viejo y tantos otros oficios que pasaron a la historia, pero que durante siglos estuvieron vinculados, a través de las propias cofradías, a la Semana Santa de nuestra ciudad.
He citado a la única procesión que —si no me traiciona la memoria— cruzaba el Pisuerga, y esto me recuerda que de las procesiones vallisoletanas se ha dicho de forma poética que semejan ríos que caminan, con arboledas de cofrades silenciosos en sus orillas. Es una imagen hermosa, incluso en este invierno de ríos desbordados, pero a mí me parece más sugerente comparar las procesiones a un huerto urbano, que en endecasílabos podría definirse así:
Tengo entendido que trabajar este huerto, es decir, ser cofrade, conlleva beneficios espirituales en forma de indulgencias; que procesionar acorta la estancia en el purgatorio. Por desgracia para mí, mi cofradía carece de estas ventajas, porque sepan ustedes que yo pertenezco a la segunda cofradía más antigua de todas las que existen: la de los cofrades de acera.
No me creen, pero cuando la primera cofradía salió por primera vez, inmediatamente se formó una agrupación espontánea de fieles en aceras y balcones, hermanados en la fe. No se puede negar la continuidad de la hermandad penitencial de los cofrades de acera desde el comienzo mismo de nuestra Semana Santa. Les puedo decir que esta cofradía se rige por su propia regla, si bien se trata de una regla no escrita:
Primera norma de la regla de los cofrades de acera: una vez se encuentra el sitio desde el que asistir a una procesión no se cambia bajo ningún concepto.
La búsqueda puede ser larga, pero el hallazgo es definitivo. Por ejemplo, yo siempre espero frente al Hospital Clínico la Procesión de Penitencia y Caridad cada Jueves Santo, en un lugar concreto donde puedo ver al personal sanitario y a los pacientes mientras ofrecen un ramo de flores a la Quinta Angustia, que hace escala allí con su cofradía. La puerta de un hospital es el lugar perfecto para cantar la Salve Popular, “A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Y el Clínico es el lugar perfecto incluso para morirse: cruzas la calle y, a la vuelta de la esquina, estás en Paraíso. Si ya les digo yo que a la luz de la fe todo tiene gracia.
He encontrado mi lugar definitivo como cofrade de acera en esa procesión, pero en otras a las que habitualmente asisto todavía no lo he conseguido. Esa misma mañana deambulo penosamente por la plaza de Santa Cruz, año tras año, maldiciendo mi baja estatura, buscando un bordillo libre desde el que divisar la salida del Cristo de la Luz, a hombros de la Hermandad Universitaria. Si hay suerte y en el momento que aparece el Cristo sale el sol, es el momento más bello no de toda la Semana Santa, sino de todo el año. Tal vez ese exceso de belleza me impide serenarme y encontrar mi sitio en esa procesión, porque el buen cofrade de acera no es un turista, sino que mira hacia dentro.
Cuando rinda cuentas de mi vida, si nuestro Señor me pregunta ¿me buscaste? Le podré responder: sí, Jesús mío, lo hice: poniéndome de puntillas en los bordillos de la plaza de Santa Cruz.
Otras de las normas no escritas de los cofrades de acera nos exhortan a socorrer pacientemente a los turistas despistados. Mirar con gesto de reproche a los transeúntes que cruzan por el medio de las procesiones. Sonreír a los abuelos que explican a sus nietos lo que pasa. Dejar pasar a esos niños a la primera fila. Pero la norma más importante, para mí, es ir del brazo de mi esposa, que tiene mucha mejor memoria que yo y me saca de dudas con esas cofradías con hábitos fáciles de confundir. Me van a perdonar ustedes pero los cofrades son como las setas. Quien no confunde a la Oración en el Huerto con la Vera Cruz, por ir ambos de verde, confundirá a los de la Preciosísima Sangre con los de la Hermandad Universitaria, por ir de negro y rojo, o a los del Santo Entierro con los de la Piedad ambos de negro, estos últimos con su cruz escalonada. O los nazarenos con los de las Angustias, de ese azul turquí tan profundo que juraría que es morado, o a los de la Sagrada Cena, el Descendimiento, los de Jesús Atado a la Columna y los de Jesús de Medinaceli, Nuestra Señora de la Divina Misericordia y Discípulo Amado, que coinciden en sus capas claras. Por pudor no les diré cuántas de esas cofradías son las que yo no consigo distinguir de memoria por su atuendo, pero cada año repito en voz baja sobre la acera la misma conversación con mi esposa, preguntándole siempre lo mismo y hasta en los mismos términos, en esa dinámica conyugal que tanto se parece a la oración: Hablar sin saber realmente si el otro escucha; preguntar sin prestar atención a la respuesta.
Tiene su gracia que contemplar los pasos nos ayude a tener una actitud contemplativa y a la vez nos distraiga. El hombre que reza divaga, como divago yo continuamente en este pregón que a ratos quiere volverse oración también.
Ya sea con una actitud más pía o más curiosa, el centro de nuestra atención en las procesiones está siempre en los pasos, en esa colección formidable de cristos azotados, cargando con la cruz, crucificados pero aún vivos; crucificados y ya fallecidos; cristos que casi no se mueven y cristos que hasta vienen de Zaratán, de Bercero o, lo dije antes, de Laguna de Duero. Cristos muertos recién exhalado el último suspiro, desenclavados, en brazos de su madre y yacentes. Es extenuante la minuciosidad con que nuestra colección de tallas explora todos los pormenores de la Pasión. La espina que atraviesa el párpado; los coágulos de sangre en la espalda; incluso la huella de una bofetada. Los imagineros no nos ahorran ni un detalle. Por el contrario, el final feliz de esta historia, la Resurrección, está resuelta casi como por obligación, con una cofradía creada de las últimas, la de Nuestro Padre Jesús Resucitado, y con pasos recién estrenados que hasta parece —perdónenme— que Ricardo Flecha los talló con prisa. ¿A qué se deberá que hayamos preferido recrearnos más en la parte trágica? Decía José Jiménez Lozano en la Guía Espiritual de Castilla que “en una tierra como esta los cristos parecen morir todo el año y de siglo en siglo, sin esperanza alguna; Cristos del Barroco que son de tierra y mueren eternamente en las iglesias castellanas, en capillas oscuras, al lado de virgenes llorosas y enlutadas con el corazón traspasado de cuchillos” o como dice el poema de Unamuno: “Este Cristo inmortal como la muerte no resucita; ¿para qué? No espera sino la muerte misma”.
Uno se rebela ante este tremendismo literario aferrado a una Castilla yerma, donde la ternura de la tierra está demasiado honda, la luz del cielo demasiado alta, donde, como decía Justo González Garrido, “Plantáis un árbol y se seca, abrís una fuente y se agota, cuidáis un pájaro y se muere”.
Esta paramera de hombres inclinados con el arado sobre terrones polvorientos ya no existe. Si acaso, ahora Valladolid es más esa ciudad en la que en cada patio de vecindad brilla cada noche una luz en la ventana de un opositor. La esperanza siempre busca una luz en una ventana. No me extrañaría que se crease una cofradía de vallisoletanos que preparan oposiciones, y tendría su gracia resignificar al Cristo de la Luz llevándolo de la mañana a la noche, a la luz del flexo.
La preferencia barroca de la Semana Santa de Valladolid por centrarse en el sufrimiento se estiliza, se sofistica y se sublima en la representación del dolor supremo de la madre de Dios. “Piedad, Angustias, Dolorosa, todas son la misma rosa”, dijo De Pablos, y es imposible escapar del hecho de que a la rosa siempre le acompaña un tallo cuajado de espinas.
Permítanme detenerme un rato ante la imagen de Nuestra Señora de las Angustias, este trozo de madera de pino de Soria tallado por Juan de Juni, vaciado por dentro y pintado con estuco de cola de conejo y yeso, que cualquier día llueve y se los lleva el agua. Sabemos que el gran escultor Gregorio Fernández admiraba la obra de Juan de Juni, que había vivido antes que él. Como todos los escultores tienen ojos de dibujante siempre he sospechado que el gran maestro Gregorio Fernández, artista dotadísimo y exquisito, vivió obsesionado con ese momento de inspiración total que tuvo Juan de Juni al dejar caer todo el peso del cuerpo de la Virgen de las Angustias sobre su brazo izquierdo, la espalda ya desmayada, el hombro por delante de la cabeza. Esto no se aprecia en las fotos; ni siquiera en el bello cartel que ha pintado este año mi admirado Augusto Ferrer-Dalmau; hay que estar delante de la imagen para darse cuenta. Ese hombro adelantado y esa mandíbula descolgada concentran más sufrimiento que la talla de cualquier crucificado. Yo quiero creer que Gregorio Fernández siempre tuvo presente ese hombro forzado mientras componía sus esculturas, como una obsesión, y por eso cuando hizo su obra más perfecta, nuestro Cristo atado a la columna que es la mejor escultura de la historia de la humanidad, y no hay obra de Fidias, de Praxíteles, ni de Miguel Ángel que se la igualen, Gregorio Fernández giró la cabeza y el torso del Señor, pero hizo que sus manos no se apoyasen realmente sobre la columna, sino que se quedasen en el aire, dando la réplica perfecta y el mejor homenaje posible a Juan de Juni, y una lección inmortal a cualquier artista de cualquier disciplina: La única manera de superar una obra maestra es hacer todo lo contrario.
¿Será una coincidencia? Veo ahora que las manos del Ecce Homo que preside este acto, talla igualmente apabullante, también se cruzan sobre el pecho sin tocarlo. Tal vez todas estas reflexiones son solo fantasías de un dibujante, y me he venido arriba otra vez; perdónenme. Pero cómo no dejarse arrebatar por la belleza de estas tallas. Comparen los pasos de nuestros imagineros con la Semana Santa de otras ciudades. No tienen parangón. Es tanto el valor de nuestras imágenes que sorprende que sigan procesionando las esculturas originales. No tardarán las autoridades en obligarnos a sustituirlas por réplicas perfectas, posiblemente con razón, así que aprovechemos el privilegio que nos da el tiempo que vivimos. Diremos: Yo vi al auténtico Cristo del Perdón, el del imaginero pobre Bernardo del Rincón, arrodillado, saliendo de San Quince y Santa Julita con la cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo. En cierta ocasión a ese Cristo lo tuvieron que cobijar en su casa los cofrades de la Pasión; si hubiese pasado hoy lo haríamos patrón de los “inquiocupas”.
Diremos, yo vi un Lunes Santo al auténtico Cristo del Olvido, que se le distinguen hasta las venas, encontrarse con la Virgen de la Vulnerata en el Colegio de los Ingleses. La Vulnerata es una talla especial. Ya hace cuatrocientos veintiséis años que la guardamos mutilada y así continúa —récord absoluto de la lista de espera quirúrgica en Valladolid—, con esa extraña belleza de las esculturas rotas. Doliente estatua sin manos, por si fuese poco tener a la Dolorosa siempre con los brazos abiertos.
O diremos, yo vi al Santísimo Cristo de la Exaltación descen- diendo a las profundidades con la cofradía de la Exaltación Cruz y Nuestra Señora de los Dolores, y cruzar el túnel nuevo de Panaderos bajo las vías del tren para volver a su sede del Carmen. Es una imagen extravagante ver desaparecer en un túnel de hormigón a una cofradía que vuelve a casa de madrugada, en el conticinio, ya libre del bosque de brazos con móviles en alto de los turistas, pero a la luz de la fe tiene toda la Gracia: Cristo se mete bajo tierra en Panaderos y reaparece en las Delicias, anticipando que reaparecerá al tercer día.
¿Y qué hará el domingo Nuestro Señor Jesucristo al resucitar? Lo que haría cualquier vallisoletano: quedar con su madre en la Plaza Mayor después de misa, en una u otra terraza. No es muy evangélico, aunque San Ignacio de Loyola asegura que ese encuentro se tuvo que dar necesariamente, pero no detalla lo de la terraza, claro.
Cada Domingo de Resurrección me permito abandonar la actualidad en mi viñeta en ABC, como hacía antes en El Mundo de Valladolid, y doy rienda suelta a mi Gozo Pascual dibujando una variante de la escena de las tres mujeres ante el sepulcro vacío, asombradas mientras un ángel les anuncia que Jesús no está aquí, que ha resucitado. Echo de menos un paso que muestre este momento en nuestro relato de la Pasión y Resurrección hecho de imágenes de madera, así que lo suplo con imágenes de tinta china.
Pero tenemos a los cuatro soldados durmientes apostados en las esquinas del paso del Santo Sepulcro, tan exageradamente reclinados que su postura desnucada es plenamente humorística. Provoca una risa compasiva pensar en sus cuellos acalambrados, en el dolorido despertar que espera a esos cuatro legionarios tallados con regocijo indisimulado por Alonso de Rozas. Regocijo que hoy hago mío, porque este paso discreto de nuestra Semana Santa, tan humilde, perdido y recompuesto, regala un cierre gozoso a mi lamento inicial: ¡Empezaron ellos, esos mismos soldados romanos, riéndose para escarnecer al Señor! Pero quien ríe el último ríe mejor, y nuestra carcajada alegre ante el triunfo de Jesús Resucitado es, sin duda, la risa más amplia.
A la luz de la fe todo tiene gracia con minúscula y todo es Gracia con mayúscula.
Esto es todo: Tengan ustedes bien planchados sus hábitos; saquen brillo a sus zapatos, encarguen las flores para vestir los pasos y pasen el polvo a sus sedes. Remate cada uno su cuaresma, cocine cada cuál su potaje con espinacas o sus lentejas viudas; sus torrijas y sus hojuelas. Busquen algo para estrenar el Domingo de Ramos. Prepárense para visitar exactamente siete iglesias; rieguen esos huertos urbanos del alma que son las procesiones, participando en las que mande la regla de su cofradía, o prueben a asistir a alguna que aún no conozcan. Estén listos para encender una velita y escuchar una vez más el relato de la Salvación en la Vigilia Pascual, la historia más bella jamas contada, la más misteriosa, terrible y esperanzadora.
Y todo ello háganlo como buenos vallisoletanos, sin darnos importancia; sin descomponer el gesto ni exhibir innecesariamente las emociones; en Valladolid sabemos que guardar las formas es guardar el fondo.
Un domingo por la mañana tres mujeres de Valladolid se encontrarán a un ángel vestido de blanco en el túnel de Panaderos, o en el de San Isidro, o en el de Vadillos, que les dirá “buscáis a Jesús, el Nazareno, que fue crucificado. No está aquí. Ha resucitado. Id y decid a sus discípulos que va delante de vosotros a Galilea”. Y ellas, muy serias, muy serias pero con un brillo de júbilo en el fondo de los ojos, le responderán: “A Galilea, sí; o a Laguna de Duero”.
José María NIETO GONZÁLEZ
En Valladolid. Febrero de 2026


















