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Caballo regalado…




Y absolutamente de la tierra. Productos naturales y aborígenes. No tienen títulos, ni créditos, ni papeles que lo certifiquen.
Entonces ¿cuál es la garantía? Los ingredientes y las personas.
De las segundas, no diré sino que son conocidas.
De los primeros:
Masa madre (1) y harina de trigo candeal (2), fresas (3) cultivadas y frambuesas (4) también de huerta.
Y en la cocina y a los mandos el mismo mucho amor que en la huerta y en el horno.
O sea, con espíritu (5). ¿Se puede pedir más?

(1) La masa madre es un cultivo simbiótico de las levaduras presentes de manera natural en alimentos, como los cereales, y bacterias presentes en el medio ambiente, en especial levaduras como la Saccharomyces cerevisiae, responsable también de la fermentación del vino y la cerveza.
Tradicionalmente ha servido para hacer fermentar el pan, antes de que existiese la levadura comercial. Es el homólogo de términos como sourdough en inglés, sauerteig en alemán o levain en francés. Es por tanto un tipo de levadura, aunque el pan realizado con este método suele ser llamado “de levadura natural” o incluso “sin levadura”.
Se suele elaborar a partir de cereales como el trigo o el centeno. Los panaderos desde antiguo guardan la masa madre, ya sea en estado líquido o como un trozo de masa (separado del pan justo antes de la cocción), para la elaboración diaria del pan incorporándole harina y los demás elementos de que se vaya a componer el pan. Las cepas de levadura de la masa madre son relativamente resistentes a las bajas temperaturas (más que las de la levadura comercial) por eso se pueden almacenar “vivas” alimentándolas con harina y agua; o bien en estado pasivo, adormecidas a bajas temperaturas, por ejemplo en la nevera (siempre sobre cero).

(2) El triticum durum o triticum turgidum es una especie común del cereal triticum conocido también como trigo candeal, moruno, siciliano, semolero o fanfarrón. Pertenece a los tetraploides debido a su conformación por 28 cromosomas.

(3) Fragaria, llamado comúnmente fresa o frutilla, es un género de plantas rastreras estoloniferas de la familia Rosaceae. Agrupa unos 400 taxones descritos, de los cuales solo unos 20 están aceptados.

(4) Rubus idaeus. La frambuesa es una especie de planta del género Rubus nativa de Europa y norte de Asia. Se trata de un arbusto perenne bienal de entre 1,5 y 2,5 m de altura.

(5) El término espíritu (del latín spirĭtus) puede referirse a un principio impulsor del ánimo o esencia inspiradora, que permite obrar en armonía: espíritu de una orden, espíritu de un consejo, espíritu relajado, espíritu de un libro; a un vigor natural o fortaleza que alienta a obrar: ánimo, valor, aliento, brío, esfuerzo, vivacidad, ingenio; o a muchas otras cosas que aquí están de más considerar. En griego se dice pnéuma, y en hebreo, rúaj.
A mí me gusta usar la palabra "tripas" para referirme a él. Otras personas más refinadas y cultas prefieren la palabra "entrañas". Es cuestión de gustos.
 

¡Feliz día del trabajo!



Eso le grité hace un rato a la señora de la limpieza según salía tras la natación del complejo municipal. Sí, menuda fiesta; aquí todo el día trabajando. No lo dijo protestando, sino explicándose. Para que aquello funcione en día festivo, aunque sea en horario reducido, alguien debe estar a su cuidado. Así que mientras unos huelgan, otros curran. Es ley debida, que no de vida. Y que no se queje, dirían otros; con un canto en los dientes nos daríamos, de tener trabajo fijo en estos tiempos. Y tendrían razón.
Triste fiesta en la que una buena parte del colectivo no sabe qué celebrar. La otra parte tendría que no querer destacarse, para no herir a esta otra, que ya tiene lo que tiene: nada.
Aquellas viejas, porque se dijeron hace demasiado tiempo, teorías del trabajo compartido para que llegara a todos, aunque en tiempo recortado, han devenido en ETT. Un sistema que hace que la gente tenga que emplearse más tiempo hiendo de un lado para otro, para ser útil de verdad a ratitos. Es posible que la señora en cuestión haya de desplazarse por la mañana de un barrio a otro barrio de mi ciudad para limpiar portales. Y luego por la tarde, remate en la piscina municipal de parquesol, hasta la noche. O puede que sea de otra manera.
Tristes trabajos de un poco aquí y otro poco allá, arrastrando los cuerpos para llegar, sin pausa para comer o comprar. ¡Y que no falte! Porque la alternativa es tener todo el tiempo del mundo disponible, pero nada que comer, no poder comprar.
Sí. Paradójicamente hoy empieza un puente. Muchas personas trabajadoras han pedido el viernes para irse a donde sea, menos al tajo. El resto está en permanente acueducto. O son parados, o somos jubilados.
¡Que san José obrero nos proteja!*
* Su santa esposa, María, ama de casa, no tuvo vacaciones en su vida. Fue emigrante en Egipto unos cuantos años, y la otra vez que salió de casa pasó meses asistiendo a su prima Isabel, que se puso de parto. Así que en esta entrada no pinta mucho. Pero está.

Al hambre no hay pan duro…
pero, mejor si está recién hecho



Eran dos, y se dedicaban a visitar a médicos de parte de los laboratorios que fabrican medicamentos. O sea, trabajaban como visitadores médicos. Y les iba bien. Una pasta gansa. Buena vida, en fin, para vivir con holgura y pensar que tenían el futuro resuelto.
Pero no. Primero fueron los genéricos, que les privó de una buena parte de los beneficios que conseguían. Luego esta maldita crisis. Eso fue el final. Caput. A la calle. El paro.
Y ahora qué hacemos, se dijeron. Ya no son sólo dos. Los hijos… En fin, algo hay que inventarse.
Y se han inventado una profesión. No es que nunca antes se hubiera hecho pan, que el ser humano lo come por lo menos desde que en el área del Mediterráneo surgieron los pueblos agrícolas. Es que ellos recordaban haber entrado en una panadería cuando eran pequeños, en el pueblo y tal, cuando sus mamás respectivas les mandaban traer a casa un pan y tres barras o una hogaza y media docena de magdalenas.
Total, que se han hecho panaderos. Fabrican pan. Lo venden. Y las sobras las traen a la parroquia para repartirlas. O sea, ahora comparten.
Cada día, por la tarde, llega un coche; y, unas veces llamando al timbre, y otras sin hacerlo, hay dos sacas de pan a nuestra puerta: barras, panes y hogazas; de trigo y de otros cereales; sin factura, sin recibo, sin compensación.
Y que dure…

Los tiempos están cambiando


PRUDENCIO RODRIGUEZ, MATERIALES DE CONSTRUCCION, PASEO ZORRILLA, 200


“Empresa familiar con más de cuarenta años al servicio de sus clientes”, no me salen las cuentas; tengo para mí que faltan algunos años…
Eso es lo que dice la página web, que para eso estamos en la era de Internet. Pero puede que esté un poco desatendida, o que en el trajín del almacén, la tienda exposición y la atención personalizada, las cuentas que se hacen no sean las debidas.
Porque ahora es Javi, el nieto, quien la regenta, junto con su madre. Fue su abuelo el fundador, «Prudencio», y al decir de las gentes, por lo menos cincuenta años ha que empezó a suministrar yeso, cemento, baldosas, carbón y demás.
No, no voy a comisión ni esto es propaganda. Esto es cosa de vecinos.
Resulta que la tienda la tiene en otro sitio, pero aquí, justo a mi lado, tiene el “encerradero”, expresión con la que los de mi barrio designamos el lugar donde empresas de construcción y similares almacenan lo que en otra parte venden.
Mi barrio se diseñó a partir de una finca que se parceló y se fue vendiendo, con calles justo de anchura como para pasar a pie, en burra o en bicicleta. En coche malamente. Ahora ¿quién no lo tiene? No uno, sino hasta tres. He echado las cuentas y salimos a uno coma dos por barba, o sea que en una casa con cuatro miembros hay casi cinco coches. Así que estamos atascados. Y ni siquiera aceras.
El excelentísimo ha re-ordenado el tráfico en todo el conjunto vecinal, porque antes todas nuestras calles eran de ir y volver; ahora ya no. Así que para atravesar sólo hay que mirar en una dirección, salvo que en ese momento no te acuerdes de si es de ida o de vuelta, y debas mirar hacia atrás o hacia adelante.
El caso es que tenemos una sola calle para entrar en nuestro barrio, y todas las demás para salir. Si te equivocas, y quién no está en riesgo si vuelve tarde y con prisas o sale pronto y con angustia, debes salir, rodear todo el perímetro y atinar con la de entrada.
A Javi  le han jorobado. Si su abuelo venía con la bici a por yeso, ahora él usa un camión. Es grande y pasa justito. Para entrar a su encerradero ha de girar dos esquinas y con mucho cuidadín de no quedarse encajado entre las casas.
Lo soluciona sacando el material con un “toro” por la calle de enfrente a su trasera, que es toda recta.
Y le han denunciado. No porque salga o entre, sino porque sale y entra. A esa calle la han asignado las dos direcciones pero por separado: la primera mitad para acá, la segunda mitad para allá. No puede ni entrar ni salir.
Confuso está el pobre hombre. Confusos estamos los demás, al ver qué han hecho con nosotros.
Israel, a ver cómo lo solucionas, le dije el otro día. Es el guardia municipal asignado a este barrio. Tiene buena voluntad, pero sólo puede hacer… lo que puede hacer. Si hay una denuncia o una reclamación, hay que atenderla, porque como funcionario público si no lo hace incurre en prevaricación.
El pobre hombre está estudiando la manera de dejar contentos a ambos, denunciante y denunciado. A ver si lo consigue…
Por mi parte poco puedo hacer. Pero dije al municipal que, según he oído al personal, esas cosas antes no ocurrían, sobre todo cuando el abuelo Prudencio fiaba a unos y otros cosas que necesitaban para hacerse la casa, ilegal por supuesto, en aquella época de crisis que ya parece nadie quiere recordar. Ahora, que estamos en Europa, deseamos que nuestras calles sean de primera, y no las pise un cacharro que remolca arena, ladrillos o sacos de cemento, aunque sólo pesen 35 en lugar de los 50 de rigor.
¡Cómo han cambiado los tiempos! No, no creo que Bob Dylan se acerque por aquí de camino al Mediterráneo. En Castellón funcionan de otra manera. Eso dicen, al menos, los que saben.

¡Vente p’alemania, pepe!




 
Lo conocí recién casado con la hija de un vaquero. En su juventud, no sé; pero luego sacó mucha mierda de las cuadras, que el suegro no podía él solo con todo. Tanto es así que recibió en premio la vivienda familiar cuando, jubilado, el paterfamilia decidió volver a su Cantabria natal.
Probó lo que pudo, y supo, en el ramo de la construcción. Él se las daba de escayolista, pero igual le daba al hormigón, que al yeso, que si se me apura a la plastilina. Y ahí fue donde me pilló. Se brindó a colocarme techos de escayola, en lugar de los de cañizo que amenazaban ruina por pobres y por viejos.
Por aquel entonces yo estaba en los principios, y si hubiera podido habría hecho todo yo solito, tantas eras las ideas, las ganas, las fuerzas. Pero convine con él en ser su ayudante, peón o sea, y él de oficial. Esto de oficial en el ramo de la construcción estaba antes muy medido: oficial de primera, oficial de segunda, oficial de tercera, y peón. Por encima estaba el encargado, y por delante de éste, el jefe. O sheriff, o pirata, o empresario, según fuera o no legal o ilegal. El título respectivo se daba y conseguía al poco más o menos; y sobre todo era la experiencia in situ la que determinaba los ascensos o los descensos.
Total que, como peón recién nombrado, fui aprendiendo poco a poco a hacer masa, y me llevó su tiempo. ¡Cuántas calderetas me hizo tirar por estropeadas!
No hagas tanta masa, que se nos viene muy rápido y no vale para nada, me decía. Y entonces yo echaba una miajita, y entonces no llegaba ni para sujetar una placa.
Así, con todo eso, fui aprendiendo el oficio junto a él. No es que él se lo supiera. Lo comprobé años después, cuando todos los techos se vinieron abajo y hubo que rehacerlos, esta vez con oficiales de verdad, que ya entonces teníamos con qué pagar.
Se llama J.C., pero yo le he llamado siempre “ojopicha”. Cariñosamente, por supuesto. Se debe a un defecto en la vista que te hace dudar si está o no mirándote, si te ve o no te ve, si se ríe de ti o contigo. En fin, esas cosas.
Siempre ha estado disponible, y cualquier cosa que le pidiera me la satisfacía. No en vano yo soy para él el curita cañón. (Este adjetivo data de hace muuuuuuchos años, y se aplicaba a la moza sanota, guapa y con maneras. Nunca escuché tal palabra referida a un mozo, y menos cura. Pero es lo que hay.)
He sacramentado a todos sus churumbeles, bautizo y/o comunión, según edad y circunstancia. Hasta ahí he llegado. Él, por su parte, ha mamado del almacén parroquial cuando las cosas iban atravesadas. Estoy que me salen los macarrones con tomate hasta por las orejas, solía decirme en ocasiones, cuando la necesidad le apretaba y no había otro condumio.
El caso es que hacía tiempo que no le echaba el ojo, desde antes de las Navidades por lo menos. Y al encontrármelo el otro día le pregunté por dónde paraba.
En Francia, me respondió. Y ahora dicen que seguro que tenemos que ir a Italia. Donde sea que haya trabajo.
-Y si te mandan a Alemania, ¿qué?
-Pues me voy, a ver, hay que hacer lo que sea. ¡No te jode!
Ni sabe francés, ni sabe italiano, ni será capaz de aprender el alemán. El castellano lo fusila, porque además es tartaja, como yo cuando me pongo nervioso. En fin, que quién le viera al ojopicha paseando en Berlín por la Alexanderplatz. Me gustaría, que queréis que diga; me gustaría.

Fieramente existiendo, ciegamente afirmando


Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, cantó Celaya, todo un señor poeta. Y lo dejó así, sin más, mi compa Juan Navarro ayer en su blog Mesa camilla en Madrid. Y en su silencio decía tanto o más que el Don Gabriel de marras. Hay silencios, y silencios. Y los silencios de Juan dicen mucho…
Ahorita mismo ya no sé por dónde seguir, si afirmando el silencio en medio de tanto ruido mediático, o si desgranar palabras ante un silencio ominoso.
Cada vez que he rumiado estos versos, o los he escuchado meditando de boca de Paco Ibáñez, un trallazo me ha medido las espaldas, un ramalazo de rebeldía se me ha subido a la cabeza, me ha llegado de repente la locura y he dicho y hecho inconveniencias. Y así me ha ido, así me va. ¿Y qué? ¡Y nada!
No quiero más poetas. Me corrijo, no quiero esta realidad que hace hablar así a los poetas. Ellos que canten a las flores que se abren a la vida, al amor que nunca cesa o que se rompe en mil pedazos, al mañana que está ahí, al ayer que ya nada puede cambiar, a la memoria herida que sangra sin posible redención, al consuelo necesario como el pan de cada día, a los muertos sin honra y a los vivos invisibles. Que no callen, que nos dejen su palabra, que nos presten sus maneras.
Los necesitamos para hacer lo que hacemos consciente, sonoro, visible, real.
Seguiré moviendo muebles y ordenando salas mientras canto y respiro. Barreré y fregaré pisos al tiempo que confirmo y rubrico mi cabreo y mi exigencia. Haré lo cotidiano y anodino como si fuera mismamente la proeza última del esforzado e intrépido viajero que descubre nuevos continentes. Lo extraordinario y solemne lo cuidaré como se miman las azucenas que se ofrecen, las vides de cuyas uvas se fragua el vino para el brindis, las espigas que se funden en el pan que se comparte. Trabajaré el día a día, haciendo que cada jornada que empiezo sea mejor que la que ya pasó. Me acostaré soñando que está en mis manos, junto a otras miles, cambiar el mundo este en sus mismos cimientos.
Apretaré los puños con fiereza y bajaré la cabeza sin humillación, o humildemente qué más da, para embestir al negro corazón de la bestia más negra aún que nos maltrata, no importa si para ello tengo que cerrar los ojos, o mirar fijamente y a derecho su rostro feo y asqueroso.
No gritaré, no alzaré la voz más allá de mi medida. Tampoco quebraré cosa alguna, salvo a mí mismo. Renunciaré a ser torrente y sólo y apenas pareceré arroyuelo. Cantaré desafinando, pero lo haré convencido de que es necesario mi canto, y el canto de ustedes, y el de los de allá, porque es el mismo canto que entona el universo todo, incluidos Moli, Berto, Gumi, Bienve y Pichurrín.


Tu poder multiplica
la eficacia del hombre
Y crece cada día, entre sus manos,
la obra de tus manos.

Nos enseñaste un trozo de viña
y nos dijiste: "Venid a trabajar".
Nos mostraste una mesa vacía
y nos dijiste: "Llenadla de pan".

Nos presentaste un campo de batalla
y nos dijiste: "Construid la paz".
Nos sacaste del desierto con el alba
y nos dijiste: "Levantad la ciudad".

Pusiste una herramienta en nuestra mano
y nos dijiste: "Es tiempo de crear".
Escucha a mediodía el rumor del trabajo
con que el hombre se afana en tu heredad.

[Himno de la hora intermedia. Liturgia de las Horas]

P.D. 
Si hubiera callado, todo habría quedado patente. Las palabras muchas tapan a veces la palabra, y aquí ha ocurrido. Me avergüenzo sin arrepentirme, lo mantengo. Ha sido simplemente un impulso incontrolable, carente de malicia; sin otra pretensión que reafirmarme, es decir, reafirmándome.

Trabajando por horas

 
EL SACRAMENTO DEL PROFESOR DE ENSEÑANZA PRIMARIA
Era casi un mito. En las poblaciones del interior a donde todavía no habían llegado los grandes medios de comunicación con sus superhéroes, se le consideraba un héroe, un sabio, un maestro, un consejero. Su palabra se convertía en sentencia. Su solución era un camino. ¿Quién era ese mortal? El señor Mansueto, profesor de enseñanza primaria en Planalto, Santa Catarina, villa de colonos italianos. Para los que lo conocimos y fuimos sus alumnos, representó el símbolo fundamental de los valores de la existencia, tales como el idealismo, la abnegación, la humildad, el amor al prójimo, la sabiduría de la vida. Los valores no se comunican en abstracto sino proclamándolos o defendiéndolos. Más en concreto, viviéndolos y refiriéndolos a personas que los encarnan con sus vidas.
El señor Mansueto era una de estas apariciones. No sé si con el paso de los años la tendencia del espíritu es la de mitificar experiencias del pasado; pero en el caso de nuestro querido profesor de enseñanza primaria el mito quizás sea la forma de conservar mejor la riqueza de su historia sencilla y concreta. En la villa, él sobresalía como sobresale el pino en medio de la maleza o de las campiñas de ganado, onduladas y verdes.
El señor Mansueto era fundamentalmente un idealista. Formado en humanidades, con el rigor del seminario antiguo, en contabilidad, en derecho por correspondencia (en aquel tiempo había cosas semejantes…), y en no sé cuantas cosas más, ese hombre delgado, escuálido, pero de una elegancia agreste con su bella cabeza inteligente, abandonó todo para enseñar en la selva y liberar de la ignorancia y de la negligencia a los primeros colonos del interior catarinense. Para nosotros fue siempre un misterio: en un mundo sin cultura alguna, él poseía una biblioteca de cerca de dos mil libros que prestaba a todo el mundo, obligando a los colonos y a sus hijos a leer; estudiaba los clásicos latinos en la lengua original, se entretenía con algunos pensadores como Spinoza, Hegel y Darwin, y citaba al «Correio do Poyo» de Porto Alegre. Tenía clases por la mañana y por la tarde. Por la noche, anticipándose a Mobral, enseñaba a los más ancianos. Junto a esto, mantenía clases para los más inteligentes, dándoles un curso de contabilidad. Formó un círculo con el que discutía de política y de cultura. Los grandes problemas sociales y metafísicos preocupaban el alma inquieta de este pensador anónimo de una insignificante villa del interior. Jamás olvidaremos su alegría cuando, solicitado en varias ocasiones por sus antiguos alumnos que ya estudiaban en la universidad, para que les hiciera en casa ejercicios sobre problemas de derecho constitucional, de la legitimidad del poder alcanzado por una revolución victoriosa, o sobre temas de historia, se enteraba de que la nota alcanzada había sido un diez.
Este hombre era profesor de enseñanza primaria. Ya en la escuela nos enseñaba las primeras palabras en griego y en latín y suministraba a los alumnos rudimentos de filología. ¡Con qué orgullo repetíamos esas palabras más tarde en el bachillerato! En la escuela transmitía todo lo que un hombre, apenas formado en esa universidad primaria, debía saber: nociones de ecología, de interés, medición de tierras, legislación civil, principios sobre construcción de casas, religión como visión de Dios en el mundo que nos rodeaba.
Cuando se comercializó la radio adquiría aparatos y obligaba a todos los colonos a comprarlos. Los montaba él mismo con el fin de abrir sus mentes a los vastos horizontes del mundo, para que aprendiesen portugués (la mayoría hablaba italiano y unos pocos alemán) y se humanizasen. Con los que se mostraban reacios empleaba siempre un procedimiento eficaz: colocaba una radio en lo alto de un tronco enfrente de la casa. La ataba allí y se iba. Cuando se democratizó la penicilina, él fue quien salvó la vida de docenas de personas, algunas ya desahuciadas por los médicos. Su fama crecía hasta el nivel de fe ciega en los colonos, con sus recetas estudiadas en libros técnicos y con los remedios que compraba en farmacias distantes. Actuaba como abogado de mestizos y negros, fuertemente discriminados por la población inmigrante. Cuántas veces oíamos de boca de éstos: «¡Dios en el cielo y el señor Mansueto en la tierra!»
Murió pronto, de cansancio y agotamiento debido a los trabajos que hacía en función de todos y de su numerosa familia. Sabía que iba a morir; lo presentía en su corazón cansado. Acariciaba a la muerte como amiga y soñaba disputar con los grandes sabios en el cielo y hacerle grandes preguntas a Dios. Murió a más de mil kilómetros del lugar. El pueblo reclamó su cuerpo; fue una apoteosis. Se inició una verdadera mansuetología, como memorial e interpretación de su vida, sus palabras y sus gestos. El pueblo no inventa; aumenta, idealiza y magnifica. Lo transformó en símbolo de un tipo de humanidad consagrada a los demás hasta el extremo de la autoconsumación.
Lector amigo, si algún día pasas por una ciudad pequeña pero sonriente como el nombre que lleva, Concordia, y visitas el cementerio, fíjate bien: si reparas en un túmulo con un bello dístico, con flores siempre frescas y ya con algunos exvotos junto a la gran cruz, a la izquierda, es el del profesor Mansueto. Él vive todavía en la memoria de aquellas gentes.
(Leonardo Boff. Los sacramentos de la vida. Sal Terrae. Santander 1995, págs. 55-58)

Las palabras que dicen que ha dicho la señora presidenta de Madrid sobre lo que trabajan o dejan de trabajar los profesores de la enseñanza general básica, dicho sea maestros, me ha llevado a volver a coger un librito, una preciosidad, que hace ya mucho que leí y que lo tenía perdido de polvo. Tras soplar sus páginas, busqué la 55 y leí muy despacio estos párrafos que anteceden.
No conocí al profesor señor Mansueto, porque yo no nací en Brasil. Sí he conocido a muchos otros profesores que desde muy pequeño han cuidado mi persona y han formado el principio de lo que ahora soy.
Ignoro si todos ellos trabajaban veinte horas semanales, o cuarenta, o… ¿Y a mí qué me importa las horas que trabajaban? Sí sé que eran maestros, o profesores, cada vez que los encontraba, tanto en el cole como en la calle, en la iglesia o en visita.
A algunos sé que se les honró en vida; a la mayoría no, pasaron sin pena ni gloria, y ahora están olvidados. Más o menos, como ahora.
Si es que las cosas siempre suceden igual. No sé por qué alguien cantó una vez que los tiempos están cambiando. Bueno, eso sí, cada vez somos más viejos.

Y aún dicen que el pescado es caro


Joaquín Sorolla. Óleo sobre sobre lienzo. Museo del Prado. Madrid

Rafael Nadal. Conferencia de prensa US Open 2011

¿Recogiendo velas o apelando al sentido común?

Tras mis últimas entradas parece que todo esto se ha entristecido. Salgo por ahí y veo en todas partes hablar del otoño como de la muerte del verano, los días que se acortan, la luz que disminuye, las hojas que se caen y el ánimo que se derrumba; y llaman a la puerta y voy y veo que es doña melancolía. Y le digo que ni hablar, que aquí no entra porque no me da la gana, y sin faltarle al respeto cierro la puerta y la dejo fuera.

Porque a mí el otoño no me entristece ni me anubla. Los ocres y los amarillos no son lutos, y el sol que sale un poco más tarde y se va algo más pronto ya ha dejado de ser esa fiera corrupia que me avasalla para pasar a ser el amigo que acaricia. Es verdad que ahora vendrán las hojas a caerse y a molestar por calles y patios, pero en el bosque formarán un mullido sobre el que caminar resultará mucho más placentero. Recogeré mis membrillos y haré dulce con ellos, y las uvas se convertirán en pasas y me las comeré en Navidad. Y esperando que lleguen las puñeteras nieblas del Pisuerga, malditas sean, aún tendremos bonanza por lo menos hasta la Purísima. Dios me oiga.

Este es el caso que todo parece ponerse de acuerdo para estropearnos este final de septiembre. Una huelga, proclamada hace mil años, ya está ahí, a las puertas. Yo no sé bien contra quien se hace; casi ignoro quien la promueve; tampoco encuentro a quien va a favorecer.  Veo quiénes animan y jalean el asunto. Presumo quienes van a sufrir sus consecuencias. Casi estoy por cantar aquello de "algunos cantan victoria porque el pueblo paga vidas…", pero no lo hago, porque su autor puede venir a correrme a gorrazos, ya que tal vez estuviera de acuerdo, y yo fuera un falsario usando letras de su propiedad. Aún así, no lo puedo entender, no me cabe en la cabeza. Si tan necesaria es, ¿por qué esperar tanto? Si tan general resulta, ¿ha habido ocultos e interesados parloteos? Si es tan evidente lo que hay, ¿cómo es que nos hemos permitido disfrutar de vacaciones, mundiales de esto y de lo otro, en fin, vivir como si nada fuera con nosotros de lo que sucede en la feria? Si va a resultar tan eficaz para el mundo obrero, ¿por qué no termino yo de verlo?

Alguien muy versado en esto me aseguró: Miguel Ángel, no le des más vueltas, una huelga general es hacer política, no reivindicación laboral. Y mi experiencia me dice que cuando se ha hecho política, el obrero no ha sacado nada.

Lo que intuyo, que no lo sé, es que el personal anda un poco por las nubes. Yo me incluyo, no soy excepción. Y que apenas miramos más allá de nuestras pequeñas circunstancias. Dicho coloquial y amablemente, cada quien va a su bola. Y sería bueno que, aunque fuera por un agujero, miráramos al mundo entero, a quienes callan y a quienes sufren, a los seres humanos que son multitud que no han vacacionado en vacaciones, ni se han bañado en el mar teniéndolo a dos pasos, ni han subido montañas estando cansados de verlas, ni han peregrinado a Santiago, a pesar de lo fetén que han dejado el camino, con conchas guay y señales de todo tipo. Tampoco celebran comienzo de curso, que el suyo no tiene principio ni fin.

«Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que comía.
¿Habrá otro –entre sí decía–
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó». (Don Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño)

Pues hay trabajos que no los hace cualquiera. Tampoco cobran mucho más que cualquier simple mortal. Son tan necesarios como tú y como yo. Venga ya, no te comas el coco y entra y ríe, que es de balde.

Muros, tradiciones, el mito del eterno retorno y otras consideraciones


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     Una pared puede tener muchos usos y aplicaciones. Generalmente sirve para cerrar un espacio. Vale tanto para impedir que entren como para imposibilitar salir. A veces se utiliza para sujetar algo, por ejemplo mi casa, que está hecha hace tiempo y tiene paredes que son muros de carga, en expresión albañileril. Hoy día se construye de otra manera, y las paredes son como de adorno, y hasta se mueven sin te apoyas en ellas. Se pueden pintar y adornar, consienten que cuelgues estanterías y cuadros, incluso te dan la seguridad de estar protegido. No te fíes; puede que al otro lado alguien escuche tus pensamientos y trame algo gordo contra ti. No duermas tranquilo, esa pared es de papel o similar.

     Un muro refiere a otra cosa. A mí, por ejemplo, me recuerda el de Berlín, que viví desde mi infancia. Ahora el de Gaza, que es otra monstruosidad consentida urbi et orbe. Vergüenza de vergüenza, se nos tenía que caer la cara a trozos…

     Muros los hay que no tienen piedra, ni cemento, ni siquiera adobes. Son reales, pero no tienen apariencia física. Reciben diversos nombres, según cómo estén pergeñados: del silencio, de la indiferencia, de la exclusión… que dan lugar a separaciones en la sociedad y en las ciudades. Son barreras muchas veces más difíciles de evitar que las físicos porque no les vale ni el pico y la pala, sino un cambio de mentalidad, sí, cabeza y corazón. Y eso es harto complicado y exige mucho tiempo, demasiado.

     Mi lugar, por ejemplo, antes era todo muy semejante, con casas entre huertas y tierras de cultivo. Cosas había, por supuesto, que separaban, pero también que unían. Ahora han venido urbanizaciones, con parcela y piscina propias, o sea particular. No entrar. Tampoco hace falta que lo digan, con tener la puerta cerrada es suficiente. Y lo está. Tienes que llamar para pasar al otro lado de lo que antes eran todo campo.

     No hace tanto, apenas diez años, iba yo un día atravesando a través, por linderas y senderos, pasando de una finca a otra finca, de un poblado a otro poblado. Era lo habitual. Sin embargo aquel día me salió un seguridad que me dio el alto diciendo ¡dónde va usted! Perplejo le dije que como siempre caminando hacia mi barrio. Y él va y dice que la tierra que piso es propiedad privada. Ya lo sé, le contesté, pero eso no quita para que pueda pasar, que ni valla ni ná me lo impide. El otro con cara seria me dijo que eso se terminó, que aquella tierra ahora era de una gran constructora y que el libre paso se acabó. Pocos días después todo aquello quedó encerrado con una alambrada. Ahora ya no es alambre, es pared, eso sí, disimulada por la hiedra.

     ¿Dijo alguien alguna vez que no se le podían poner puertas al campo? Pues se equivocó. 

     También una pared sirve para adosar algo sobre ella o junto a ella. Por ejemplo, unas tomateras. Así lo ha hecho en su huerta mariajesús paradela.

     Hay muros que obstaculizan. Hay tradiciones que imposibilitan hacer cosa distinta a lo que es usual y recibido de los mayores.

     Hay una filosofía que habla de que todo da vueltas y vueltas, para volver siempre al mismo lugar, o sea, al principio. Los griegos pensaban así, eso dicen. No había salida, todo estaba encerrado en un fatídico e infernal círculo, y por más giros que se dieran, siempre se estaba empezando… y acabando. Eso se llama círculo cerrado. Una obviedad, porque si estuviera abierto ya sería otra cosa. Otros lo llaman círculo vicioso, y no sé por qué, pero es así. Tal vez porque si un niño pregunta por qué no puede hacer eso que quiere la respuesta fuera simplemente porque no. Y ante su insistencia recibiera como única explicación, porque ni tu padre, ni tu abuelo, ni tu tatarabuelo lo hicieron, no vas a ser tú más que ellos. También le podrían decir, yo lo he oído, porque si haces eso la gente te mirará raro, eso no se hace, nunca nadie lo ha hecho.

     Otra cosa era lo que vivían los judíos, ese pueblo milenario que sufrió mil avatares, aventuras sin cuento, aunque lo parezcan, que haciendo eses, subiendo y bajando, dando dos pasos para alante y uno para atrás, fue progresando en la búsqueda de una tierra de promisión, donde serían felices y comerían perdices. Y las comieron, vaya si las comieron, pero de felicidad no creo que alcanzaran mucha, más que nada a juzgar por lo que cuentan en sus anales. Pero eso sí, miraban para adelante con uno de sus ojos, aunque con el otro echaran en falta muchas veces lo que dejaban a la espalda. Pero ellos concebían su historia como una línea, abierta al futuro, susceptible de infinitud. Esto, ya lo descubrieron los matemáticos, que dijeron que una línea no tiene ni principio ni fin; cosa distinta es el segmento, que es un trozo de línea acotada por ambos extremos. Y ojito que me estoy refiriendo a la línea recta; que si fuera otro tipo de línea ya no saldrían las cuentas.

     Matemáticas, historia o filosofía, los judíos no deben saber demasiado, yo creo que más bien poco. A la vista está lo poco que han aprendido de sí mismos, que ahora están repitiendo, por activa por supuesto, lo que antes vivieron por pasiva. Les echaron de aquí, pues ellos echan de allá. Les arrinconaron en ghetos, pues ahora ellos encierran entre muros. Les privaron de suministros, pues ellos también dejan pasar con cuentagotas víveres y medicinas. Les masacraron con gas, pues ahora ellos aplastan con tanques. Y ojito, que no se muevan, que tienen energía nuclear. Y eso son palabra mayores.

     Dejemos las matemáticas y la historia y hasta la filosofía. Yo sé de personas que se dejan encerrar entre paredes. Y también conozco gente que ni emparedándola la encarcelan. Toure y Yankhoba son dos ejemplos que me sirven. Son hermanos por parte de padre, que por allá hay muchas madres aunque no cuenten, y nacidos en Senegal, África, el continente de abajo.

     El mayor vino a España hace ya ni se sabe, puede que más de quince años. Logró salir de allá, nadie sabe cómo, y llegó hasta acá. Y el arrojo que mostró viniendo lo perdería por el camino, porque aquí vive encerrado en sus limitaciones personales y en la pequeñez que se le ofrece. No hace sino mercadillo, aunque tenga que alimentar allá muchas bocas. No sé si es que no sabe hacer otra cosa, o no puede, o no le dejan. Y así está. Comparte casa con otros en la misma situación; aún no ha conseguido sacarse el carnet, y su español es tan deficiente que malamente se le entiende. Malvive, no puedo decir más.

     Yankhoba, su hermano, le pidió venir. Como fuera, entre todos le tragimos. En cuanto llegó se puso en movimiento: aprender el español, estudiar el código de la circulación, conocer geografía e historia del país, leer libros de acá… Es verdad que mucho le ayudamos, pero él se propuso dejarse ayudar, y puso de su parte toda su carne sobre el asador.

     Hace de esto cinco años. En tan poco tiempo ahora conduce por Europa un carísimo camión, contrajo matrimonio con su novia de toda la vida a la que se trajo para acá; compró casa nueva, aunque con hipoteca alta; hizo dos preciosos hijos y tiene frente a sí un futuro, si no seguro -quién lo tiene ahora-, bastante asegurado. Y Astou Pilar e Hibrahim, ya españoles de hecho y por derecho, no tienen por qué repetir historias que otros vivieron, sino que tendrán vida propia, decidiendo lo que tengan que decidir.

     Y es que hay muros que separan y muros que unen; hay personas que se esconden tras los muros y personas que se sienten encerradas entre ellos; y hay seres humanos que por altos que sean los muros con que se topen, saltan por encima de ellos, escarban bajo sus cimientos o recorren medio mundo para darles la vuelta, y lo que pretendía ser obstáculo se convierte para ellos en ocasión de nuevas oportunidades.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjBH4cjXYOCOoRY_poKOaMhkiL6fdAp7mlShN4Gv5JKI8RlK0HxdxKBCWxVRRMfB0bLMky9vdyTA-eN1xzg18gZjYREiL-6V6z447eoFoGd-0T8JQ5P2myPIxIPqL9x6PrtrOJB0uPgVJc/s1600/Concurso+16+de+julio+008.JPG

     mariajesús paradela ha limpiado primorosamente sus tomateras. El muro está ahí, pero es ayuda para crecer no barrera que limita. Apoyados en su firmeza los tomates no vencerán a la planta, engordarán y enrojecerán hasta reventar y se hará con ellos una ensalada festiva, que espero de su amabilidad, de mariajesús por supuesto, que nos haga partícipes a cuantos visitamos su lugar y nos deleitamos con sus peripecias junto a caballos, ranas, perros y demás parentela.
     ¡Si aquello parece el arca de Noé…!

Día de los trabajadores

Me niego a poner la Internacional. Y no por motivos ideológicos, que no. Me niego a ponerla porque ya está en otras partes. Tengo a gala también recorrer caminos menos trillados. Tampoco es que sea una rara avis, pero de alguna manera el Brassens que conocí a través de Paco Ibáñez quedó grabado en mí.

Por supuesto en donde pazo todo el mundo trabaja. Bueno o no trabaja porque está en paro. También hay jubilados, cada vez menos, o cada vez más, según se mire, porque hay demasiadas empresas que hace tiempo ya empezaron con las anticipaciones en este orden de cosas.

Pero lo mío era con la chavalada, más bien. Y claro con ellos parece que no pegaba cantar la Internacional, eso que gritaban tan serios, puño izquierdo cerrado y brazo del mismo lado del cuerpo levantado. A la chiquillería, y a mí también, ese gesto como que le resultaba una pizca amenazante.

Nosotros nos juntábamos aparte, teníamos nuestras juergas inocentes, y por supuesto también cantábamos, pero no sus canciones sino las nuestras. Y nuestras canciones tenían tanta miga, al menos, como las suyas, las de los mayores.

Por eso, hoy, día 1 de mayo, recuerdo esta canción, que hace la tiiiiiiiiira de tiempo que no canto, ni solo ni acompañado. Hoy me ha dado por ponerla aquí, y como no tengo manera de añadir la música, coloco sólo la letra. La melodía que se la imagine cada cual a su manera.

Hombre, y ya aprovechando la conyuntura, a quien se acerque por aquí y sepa cómo hacerlo, que me lo diga, oye, que nos diga a todos como grabar música desde el ordenador para ponerla en el blog, que seguro que hay alguna forma de hacerlo. Sólo que quien no sabe es como el que no ve. Pues, eso, que por ahí no se ve eso, y nos gustaría que se viera, y también se oyera.


CUANDO YO SEA GRANDE


Y tu padre que hace,
mi padre es albañil.
Es el más noble de los oficios
pues de él dependen
los edificios de la industria,
los hospitales y los palacios residenciales.
Mi padre dice que gracias a eso
a todas partes llega el progreso.
Cuando yo sea grande
voy a ser como él. (bis)

Y tu padre que hace,
mi padre es labrador.
Sabe de plantas y de animales
y de cosechas y de frutales.
Y es un oficio más importante
que hacer palacios como gigantes.
Mi padre dice que no habría nada
sin que la tierra fuera labrada.
Cuando yo sea grande
voy a ser como él. (bis)

Y tu padre que hace,
mi padre es general.
Ahora hace tiempo que no le veo
porque en la guerra tiene su empleo.
Él no hace casas ni labra tierras,
pues se dedica sólo a la guerra.
Sabe de bombas y bombardeos
que hacen pedazos pueblos enteros.
La última noche que me dio un beso
me estuvo hablando tan sólo de oso.
Dice que tiene armas venenosas
que matan todo: seres y cosas.
Mueren los hombres y las mujeres,
pájaros, flores, todos se mueren.
Hasta las niñas también se mueren.
Como las madres también se mueren.
Y los abuelos también se mueren.
Cuando yo sea grande
no seré como él. No, no, no.

Diario de un día cualquiera

1. Consulta con mi dentista. Llego a tiempo y ella me pide que espere unos minutos. Me atiende; se trata de hacer radiografías para ver si la encía ha consolidado lo suficiente para implantar lo que sea dentro de un mes. Todo está en orden, así que ella me llama para realizar el implante o implantes necesarios.
Entre unas cosas y otras hablamos de esto y de aquello, como sin pensar en serio. Pero hete aquí que al final, vamos en la despedida, la deseo feliz navidad con sus niñas y marido y ella, muy seria va y suelta lo de que no sabes la de cosas que dejas de hacer por las hijas.
Yo ni lo pienso y salto: pues aprovecha todo lo que puedas de estar con ellas, disfruta y juega con ellas, que ellas disfrutarán también contigo.

Bajo la escalera pensando que a veces la vida da pan a quien no tiene dientes. ¡Con lo que he disfrutado yo de todos los enanos y enanas que se han cruzado en mi vida! Y va esta madre de dos rubias preciosidades a decirme que no ha avanzado más en su profesión por ser madre… Pero, ¡qué les han dado a estas criaturas en la universidad! Desde luego dos titulazos, licenciatura y doctorado en medicina, más muchos montones de diplomas de cursos y master y qué se yo, pero no han crecido ni un palmo en sentido común.

Paso página, que esto no me gusta.

2. Día 60 aniversario de la declaración de los derechos humanos. Otra fecha más para el papel, que ni es fiesta ni vacación. Algunos lo recordarán porque les preocupa en serio esto de hacer valer lo que vale un ser humano. Pero poco más.

60 años son toda una vida como para que eche raíces y coja fundamento esto que a todos nos va constituyendo en ciudadanos iguales y respetables, y también respetuosos.
Pero, bueno, hay que reconocer que como no da de comer, de momento sólo es una declaración más que todavía está por poner el valor.

Habrá que dejar que pase un poco más de tiempo, para ver…

3. Reunión de pastores. Y no, no ha habido oveja muerta.
Nos hemos reunidos los compañeros curas del arciprestazgo en nuestra reunión mensual.
Primero los avisos y temas generales de la diócesis. Hemos hecho nuestra aportación para el trabajo del consejo de presbiterio que estas Navidades va a tratar sobre los itinerarios en el proceso de iniciación cristiana. No están las cosas claras porque ahora hay multitud de situaciones nuevas que exigen nuevas formas de tratarse. Habrá que pedir a los obispos unas directrices comunes, a ver si nos vamos aclarando y entendiendo…
Ya hemos quedado en apropiarnos un proyecto común de los que Manos Unidas tiene recibidos, así en la campaña contra el hambre de este año todos presentaremos el mismo asunto y trataremos de llevarlo a cabo juntos, como el año pasado. La cifra es más o menos la misma que entonces, unos 20.000 €. A ver si sale adelante.
Hemos trabajado el tema de la formación permanente: el capítulo 2º de la Dei Verbum. Hemos dicho cuatro cosas de nada, que nadie se lo había preparado y así sale lo que sale. Pero dentro de la nada, dijimos que tradición es lo que recibimos, pero también lo que nosotros y todos incorporamos y entregamos a su vez a los vienen después. Así que esto es como un río que va ajuntando agua de los diversos afluentes que le van saliendo al paso… Una imagen sugerente.
También hablamos, bueno porque lo saqué yo (y no es por fardar) que estamos como “atravesados”; cuando dije esto todos me miraron como diciendo, a ver explícate. Y es verdad, que la primavera se fragua en el invierno. Así llegó lo que Juan XXIII, una bella primavera (concilio Vaticano II) tras el invierno de Pío XII; pero no es de recibo que ahora tengamos invierno. ¿Cómo diablos se puede gestar el invierno en plena primavera? No hemos tenido en la Iglesia ni verano ni otoño, y así es difícil que esto pueda dar vida, y menos vida de verdad. Hablamos cuatro vaguedades y así quedó el asunto.
Mientras salíamos camino del restaurante fuimos hablando de qué fecundos fueron los años 70 a todos los niveles, cultural, humanista, político, social, religioso… ¿Qué queda ahora de todo aquello?
Terminamos la reunión comiendo juntos. Como siempre, los mismos. A la hora de juntarnos las excusas y las ocupaciones salen a entorpecer la convivencia, y de ser la comida un buen momento de resolver diferencias y aunar inquietudes pasa a convertirse en una simple comida. Así es la vida.

¿Catequesis también en domingo?, esto es mucho

Ayer he tenido catequesis por ausencia del titular, que tenía curso en la capital del reino.

Fue después de la Eucaristía Parroquial, tras fumar un cigarro en la calle con la gente, oye ¿pero fumas todavía? Sólo de vez en cuando, cada vez menos.

Total, que a las 13:15, con el sol bien en lo alto, emplazo a los jovenzuelos y jovenzuelas a subir a la biblioteca, empieza la catequesis.

Subimos, entramos, nos sentamos, ellos y ellas bien juntos justo enfrente de mí, que estoy solo conmigo y con sillas vacías a los lados.

Y empezamos a hablar de las fiestas, que cuándo organizan fiestas y cómo las celebran. Empiezan por decir que en los cumpleaños, que los fines de semana, en Navidad, por Pascua, cuando tienen aprobados, y también en verano. Y también de vez en cuando porque sí.

Al cómo, les cuesta empezar. Entonces tercio yo hablando de los guateques (que ya soy carrozón), de buscar la casa, de juntar a los amig@s, de preparar limonada, de mercar alguna otra botella para por si acaso, de la luz y la iluminación, de lugares reservados…

Y se ríen y empiezan a decir cosas que se tienen en las fiestas, que hay que ir a comprarlas a la tienda.

Y al decir los invitados dicen que a amigos y amigas, a gente de la misma cuerda. Y si falta alguien se le echa en falta.

Y empieza la fiesta y se saludan, y ponen música, y hablan de lo que hablan.

Yo les pregunto si tienen algún signo común en sus fiestas, vamos algo que se repita o case bien de una a otra. Se encogen de hombros, como no entendiendo. Como insisto, van saliendo cosas en unos y en otras. Pero no coinciden.

Entonces yo les digo que si va alguien extraño, qué pasa. Y se quedan como callados. Un@ dice: pues si no molesta, se le deja estar. Entonces a mí se me ocurre contar lo de Emaús: dos amigos y un extraño, y su diálogo y su parada y fonda. Y el gesto que descubren como amistoso y profundo que les convierte en cómplices y animosos.

Y les digo si en sus fiestas salen contentos y airosos. Y van diciendo que en general salen como con cuerpo dolido. Pero que aún así están deseosos de volver a organizar otra fiesta.

Entonces les digo que la catequesis de hoy trata sobre la Eucaristía, que si coincidía más o menos esta fiesta con lo que ellos piensan de la fiesta.

Y van respondiendo que más a menos, que la Eucaristía es más seria, que sí hay momentos de relación con los de al lado, pero no muchos. Que cada uno en su sitio y de participación la justa. Que venimos con lo que somos y tenemos de la vida. Que la comida está buena y el canto es compartido, pero que somos muchos y no hay lugar para más cosas.

Y que en la Eucaristía también nos despedimos hasta la próxima, con deseo de volver a encontrarnos una vez más en la misma fiesta.

Y salimos de la catequesis, justo para ir a comer.

Ya, cuando me quedo solo, me pregunto si habrá sido una buena catequesis, teniendo en cuenta que no hemos nombrado a Jesús una sola vez y que estos jovenzuelos y jovenzuelas van a recibir la Confirmación dentro de unos pocos meses.

Y me encojo de hombros, y que quedo muy tranquilo porque antes de la catequesis ya habíamos tenido la Celebración de la Eucaristía mi gente y yo.

Un día de catequesis para la historia de cada día…

Entran l@s pequeñ@s con sus chupetes, fotos, patucos, cosas envueltas… Van a ver cómo crecen ell@s y los demás.

Empezamos cantando ¡Qué bonito es crecer! y algun@ casi se quedó afónic@, qué potencia, qué gargantas, qué renacuajos…

L@s dejo corriendo, mientras las catequistas preparan los tiestos que previamente yo les había dejado y las semillas de cereales y legumbres.

Ellas ya traían algo plantado y germinado, para que la cosa fuera completa.

. . . . . . . . . . . . . .

Paso con l@s mayor@s, que vieron la creación el día anterior y hoy van a descubrir… que en el bien está el mal, Caín se levanta contra Abel… la creación bondadosa se transforma en algo horrendo?, pecaminoso?

Cantamos ¡Qué bien, qué mal! y nos confundimos al respondernos:

Si cantas tú, qué bien
Si lloras tú, qué mal
Si amas tú, que bien
Si pegas tú, qué bien (que no, que es qué mal, ah, sí…)

Pero al terminar sale de corrido:
Si rezas tú, qué bien
Si está Jesús, qué bien
Si es que son como niñ@s, una preciosidad de criaturas.
- - - - - - - - - - - - - -

Y termina la cosa con l@s median@s, o sea l@s que no son pequeñ@s ni mayor@s, pero igualmente que ést@s, una ricura.
Han trabajado un corazón en cartulina. Representa su propio corazón, en colores claro, que deben adornar y rellenar con los buenos deseos y cosas que no les gustan y se proponen arrancar.

Entran en la capilla, o templo, o iglesia, que de ello vamos a hablar.

Y hablamos de la Iglesia, que son ell@s y somos tod@s, l@s de ahora, l@s de antes, l@s de después, vamos tod@s l@s amig@s de Jesús: l@s cristian@s.

Y hablamos de la iglesia, que es un edificio de piedra, ladrillo y cemento, y claro bancos para sentarnos.

Y l@s hacemos ver que lo importante no son los edificios sino las personas, o sea l@s cristian@s, que somos nosotr@s mism@s templos de Dios, que el Espíritu nos habita.

Ell@s se quedan callad@s, y asienten en cuanto que no entienden.

Pero sí entienden que el corazón es importante por la sangre que bombea para dar vida, y por los sentimientos que animan y dan forma y sentido a la vida, que también por las maldades que desaniman y deforman y dejan sin sentido la vida.

Y van, jubilos@s, a entregar ese corazón a su amigo Jesús. Algun@, tímidamente, susurra: toma Jesús mi corazón.

Y terminamos orando a Abba: Padre nuestro…

Y salimos, y los papás y mamás impacientes porque nos hemos pasado y son las 19:10.

L@s catequist@s ponemos cara de circunstancias… Otro día seremos puntuales y a las 19:00 plegamos.

Post festum… FESTUM

El grupo de 9 años es buenón. No, Pilar, al grupo ese lo han hecho bueno Rosa Mary y Roselen. Ese grupo en 7 años era tan malo como lo es ahora el de 7 años. Lo que pasa en que Roselen y Rosa Mary se complementan muy bien y lo han trabajado juntas.

Roselen y Rosa Mary son las catequistas del grupo que este año termina la catequesis de iniciación, y para mayo o así hacen la primera comunión. Roselen es la entendida, es que es profesora de E.G.B., es la que domina la técnica, la que sabe. En años anteriores siempre llegaba tarde, que tenía reunión de claustro todos los lunes. Este año se lo han puesto mejor, y llega a tiempo. Rosa Mary es otra cosa; en nuestras reuniones es la que siempre siempre da la nota… negativa. Con los chavales y chavalas se transforma: todo es cariño, sensibilidad, buenas manera, ¡un encanto! Y lleva, eso sí que sí lo sé: toda la vida en esta catequesis. Durante dos años ha bregado sola con treinta y tantos galopines más de media hora cada día. Y las dos que son bien distintas, forman un tandem que ya lo quisiera ver yo equivalente en la copa Federación de tenis.

Hoy ha sido el primer día de catequesis. Una fiesta total.

La primera en llegar fue Isabel. La pegué un achuchón de órdago. Venía no nerviosa, venía emocionada. Iba a ser catequista. La dije que si ella estaba emocionada yo estaba babeando de abuelez. Yo la di catequesis, ella encima de mis piernas, tan pequeña que era, en un grupo muy pequeño: sólo eran tres. Ella, Javi y Antonio, su primo. Eran… bueno no hablemos de años.

Ahora Isabel viene con su hijo a catequesis. La catequista es ella, por supuesto. Y es nueva, igual que Belén, otra que lo mismo, también empezó aquí. Y con Charo que es nueva en todo, en el barrio, casi en la maternidad y por supuesto en catequesis.

Llegaban con tiempo suficiente para encontrarse todo preparado en la clase, ¿cómo dices?, que voy a la clase; oye niño, si quieres ir a clase te has equivocado que esto no es el colegio. Esto es la catequesis, así que sube para arriba que te esperan. Y así uno, y otra, y todos los demás, niños y niñas.

Y todos en corro, y va el cura, y empieza a gritar, para no salir de la costumbre, y dice que aquí hay que cantar, pero muy muy fácil. Que escuchen La, la, la,… a ver ¿os parece difícil? Pues repetimos: La, la, la,… ¡Qué va!, dicen diciendo, mejor cantando, la, la, la,…

Y así, entre unas cosas y otras, en un cuarto de hora cantamos el himno de la catequesis, sin haberlo ensayado. Ni la escolanía de Montserrat lo hace mejor.

Y me despido, y salgo corriendo para otro grupo. El de Esther, Ana y Mary Ángeles. Mamás, bueno Mary Ángeles casi abuela, casi porque sus tres hijos aún no se han sabido explicar, pero ya lo harán si les damos tiempo, que mimbres ya tienen.

Y hala, aquí es yo tengo un amigo que me ama, que lo cantamos sin repartir cancioneros, porque todos se lo saben y los nuevos enseguida aprenden. Otros treinta chavales y chavalas que ya se les nota que es el segundo año y van creciendo en casi todo, bueno en unas cosas más que en otras… Este es el grupo de 8 años. Por cierto, bien lucidos, que se notan que comen y duermen como leones.

Y al terminar a ver qué tal les ha ido a las de 7 años. Sudorosas, con el rostro arrebolado, soplando, asustadas, implorando que para otro día no las dejemos solas. Que movidos, que no pueden con ellos, que qué harán sus padres, que vaya niños y niñas… Tranquilas, que es el primer día, que ya veréis cómo poco a poco las cosas se van tranquilizando, que ellos venían muy nerviosos por ser el primer día, que vosotras también por lo mismo o casi, que todo esto es normal, que no os preocupéis. Y así.

Y se van todos, y Pilar y yo a recoger las cosas. Lo normal. Cepillo, cogedor, mover mesas, quitar sillas, poner sillas, mover mesas, que mañana en la misma sala otros niños y niñas tienen su actividades.

Yo soy yo. Pilar, ¿quién es? Vaya pregunta. Bueno no es la pregunta, es la respuesta la que no es fácil de dar. Pilar lo es todo. Por eso me resulta fácil imaginarme que Dios también tiene rostro de madre. No, no es madre Pilar. Pero Pilar está en todas partes, Pilar se entera de todo, por Pilar preguntan todos, a Pilar acuden…, eso, todos. Pilar es con una chorrada de expresión el "alma mater" de esta institución parroquial. Pilar es mi amiga.

Bueno, basta, no te pases. Se empeñó en no sé qué, y me tocó vocear, cómo voceo, y discutir y hacerla ver que ella no puede hacer eso, que ella tiene que estar, coordinar, substituir, orientar, mirar, observar, en fin, eso, estar para que todo vaya como la seda.
Ya ha tranquilizado a la jovencitas madres catequistas con que el próximo día, se da una vuelta por su grupo y mira. Y eso, eso ya está resuelto.

Primer día de catequesis. Una gozada.

Y a todo esto los papás y las mamás, las mamás y los papás, que este año no he visto mucho abuelo/a, esperando que bajaran, que la catequesis está en el piso de arriba. Y en el patio estaban ellos, aunque llovía y ya era oscurecido.

Un día de fiesta

Pongamos un ejemplo:

Supongamos que en una parroquia al uso, es decir debidamente constituida a la que acude la gente del lugar, celebran el inicio del curso catequético. Asisten familias con sus niñ@s, además de la gente que normalmente asiste en un día de domingo, ya saben ustedes, el día que es de “precepto”.

Y el orden de la misa es el siguiente:

1. Comienza el acto con la presentación de l@s niñ@s inscrit@s como nuev@s, 7 años, en la catequesis y de l@s catequist@s que van a acompañarl@s. Se hace notar la escasa existencia de catequistas de sexo varón, con la consiguiente merma en el testimonio de la fe para niños y niñas y en el peligro de que la fe sea referida en su “pequeñas mentes” exclusivamente al sexo femenino.
2. En el acto penitencial se canta el “Qumbayá” (más o menos Señor ten piedad, antiguo Kyrie)
3. El Gloria es substituido por el Gloria, gloria, aleluya (música de procedencia americana)
4. La oración colecta la dirige un@ niñ@ adult@.
5. De las lecturas sólo se proclaman la 2ª y el Evangelio del día, o sea, una lectura de San Pablo que habla de la transmisión boca a boca de la fe y el momento en que Jesús une en uno los dos únicos mandamientos, toda la Ley y los Profetas, núcleo de la fe cristiana.
6. En lugar del salmo responsorial se canta “Viva la gente”, con la estrofa que empieza por “Dentro de cada uno hay un bien y un mal…”
7. La homilía (el monólogo, uno más, que realiza el "celebrante" mientras tod@s permanecen sentad@s, quiet@s, respetuos@s, silencios@s, ¿atent@s?), es una especie de animación a la gente a que se conviertan tod@s en lo que son desde el Bautismo, catequist@s, evangelizador@s, testig@s…; a convencer a quienes piensan que catequizar es enseñar a recitar oraciones del tipo "cuatro esquinitas tiene mi cama…", o "Jesusito de mi vida…", o aprender textos de memoria o saber cómo responder en misa…, de que catequizar también puede ser coger de la mano al@ otr@ y caminar junt@s tras Jesús, cuya palabra es el agua mansa que cae en la tierra y la empapa, y por eso necesita tiempo (¿tres años viniendo? ¡qué barbaridad), porque si lo hace como un turbión arrasa pero no esponja la tierra sino al contrario la apisona y endurece…; en fin, que ser cristian@ es algo que se va a prendiendo y siendo poco a poco, junto a otr@s, y con Jesús…
8. El ofertorio más o menos sigue el “ordo” (se llama así al texto en rojo que aparece en el libro gordo que está sobre el altar en el que está el texto en negro que sólo recita el "celebrante" mientras el resto, sean much@s o poc@s, callan y ¿asienten?)
9. El santo es cantado con el “Alabaré”
10. El canon sigue el “ordo” (como un poco más arriba se explica).
11. La comunión es presentada, más o menos así:
Este es Jesús, es nuestro amigo que hoy nos pide que ante él expresemos que merece la pena ser amig@ suy@, asumir su vida y tratar de vivir como él. L@s que se sientan enamorad@s por esta persona que hoy nos ha convocado y reunido, que le digan SÍ, y si se comprometen con lo que acaba de decirnos Él, que se acerquen a comulgar. Y que nadie mire al@ de al lado, que cada un@ sea libre y responsable de sí mism@.
12. Y mientas se comulga “bajo las dos especies” (salvo honrosas excepciones toda la gente comulga cogiendo con la mano) se canta “Tus manos son palomas de la paz”. Se acercan a comulgar más o menos l@s de siempre, vamos casi tod@s, que hubo quien ni por ésas…
13. Termina el acto con una oración a la Trinidad divina sobre l@s catequist@s que se responsabilizan del servicio de la catequesis parroquial y que públicamente aceptan el encargo y la tarea.
Finalmente se dan los avisos pertinentes.

Supongamos que la gente sale esponjada, contenta, feliz de empezar un año más en la parroquia.
Alguien dice todas tenían que ser así, el próximo domingo también ¿verdad?
Supongamos que todo el mundo está de acuerdo, y nadie discrepa. Supongamos…

Es sólo una suposición. Porque si no lo fuera alguien iba a tener serios problemas y mucha gente no sabría qué es lo que pasa, y vendría lo que no tendría que venir, y que ojalá quiera Dios que nunca venga.

Afortunadamente sólo he dicho supongamos. Porque la vida sigue, con contradicciones, pero con vida, y con mucho amor.

Bueno y me olvidaba decir que en lugar de recitar el Símbolo de la fe de los Apóstoles o de Nicea se podría haber cantado el Credo de la misa nicaragüense, con eso de puñetero y desalmado, y lo de las barquitas navegando. (Pero, tranquis, que eso suena feo y está muy requetemal).

Cayó pieza

He pescado en el mar internetiano este blog de un vallisoletano allende el mar. Y como ya es costumbre en mí lo copio para visitarlo en algún momento.
Desde el ombligo del mundo, ¡dónde estará!

Y paa reflexionar al comienzo de este día nublado y triste,
¿La Eucaristía, una estafa?

Pero seguro que llegarán mejores piezas en esta pesca matutina.

Historias pasadas que no mueven molinos..... de viento

¡A ti te voy a echar del pueblo!
El que hablaba desde el medio de la calle era Pedro, el alcalde. Le decía al melenas que venía rodeado de chavales y chavalas al campo de juego del ayuntamiento, o sea del pueblo.
Mira, Pedro, yo soy el cura de este pueblo porque me lo ha mandado el obispo. Tú no puedes hacer nada, así que no te pongas de esa manera. Ya lo sabes.

¿A qué venía esta invectiva, en tono acre y voz alta?

A una historia que poco o nada tiene que ver con aquellos enternecedores cuentos de la posguerra italiana de Guareschi, en los que un alcalde bravucón, comunista y descreído (?) y un ensotanado cura fascista (?) no menos bravucón, mantenían en constante tensión simpática a la población humana y divina de un pequeño pueblo de la Italia de entonces.

La cosa, el asunto, el tema empezó mucho antes. Apenas a pocos meses de aparecer por allí un tipejo sin pinta de cura, pero que era el cura. Lo de menos ahora es cómo era, qué decía, cómo se comportaba, que eso no cuenta, al menos ahora.
Lo importante es que en aquella temporada, tuvo la fortuna o “infortuna”, cada quien piense como quiera, de morir el caudillo, o sea Franco. Todos ya sabemos quién fue, no hacen falta más explicaciones. Y quien no lo sepa, que busque en Internet, que está al lado.

El caso es que ya de noche, llaman a la puerta de la rectoral (o sea donde vivía el cura del pueblo). Son el Alcalde y el Teniente de Alcalde (notad que las iniciales las resalto, que eran personas importantes). Vamos, Pedro y Juan. Muy serios dicen: Oye, mira, que ha muerto el caudillo y que dice el gobernador civil que te encarguemos un funeral para el domingo. Yo, respiro, no lo sabía. Y entraron y nos sentamos alrededor de la camilla. Y empezamos a hablar los tres. El cura intentar razonar que no puede hacer una misa funeral por alguien que ni ha sido del pueblo, ni siquiera tuvo el detalle de hacer algún alto en él si alguna vez pasó cerca. Vamos que sí, que fue el jefe del estado, pero que estaba tan lejos, que mejor dejarlo pasar. Un día, cualquiera, en misa, lo recordamos y ya está. Que lo otro puede hacer daño a algunos, que esto es un pueblo pequeño y que del otro bando también hay.
La conversación fue alargándose; de las formas suaves pasamos a las más ásperas; subimos la voz y hasta chillamos. Pero como la rectoral estaba al borde del pueblo, y en aquella calle no había más que corrales, no se enteró nadie. Bueno sí, se enterarían las ovejas, pero como ellas sólo balan, nunca se supo su opinión
Llegó un momento de la discusión en que ni pa´lante ni pa´tras. Y va el cura, y se quiere echar un farol, y va y dice: Bueno, lo que diga el obispo. A esto son los 11 y media de la noche, que entonces todavía no se decía 23:00 horas. Teléfono. Lo coge personalmente el obispo, qué pasa, mire que quieren un funeral y tal, que ¿qué hago? Y va mi obispo y me dice: Tú haz lo que tengas que hacer. Yo tengo un funeral en la catedral.

Total, que celebramos el funeral, por supuesto con las autoridades locales esta vez en el primer banco de la iglesia.

Pasaron los días o los meses. A lo mejor fue en primavera, ya no me acuerdo. El caso es que un domingo llaman a la puerta del cura. Está en el cuarto de baño, en el piso de arriba, que así estaba hecha la casa. Dormir abajo, lo demás, arriba. Porque entonces comía en casa de mi patrona, una santa de las de verdad, aunque claro, no era hija del pueblo.
Abro el balcón solemne de la rectoral, me asomo y veo abajo a la pareja de la guardia civil. Que tiene usted que bajar, que tenemos una razón para usted.
Os podéis imaginar. La guardia civil en casa del cura, que habrá pasado dice el personal curioso, si se lo llevan qué pasa con la misa comentó alguien con alguien. Bajé, charlamos, se fueron y yo volví a mis quehaceres. O sea, lavarme, desayunar y correr a decir las misas correspondientes.
Los guardias habían ido a decirme: el Sr. Juez Comarcal, le espera a usted el martes que viene en el Juzgado.
Y nada, eso, que fui, me recibió, me preguntó, le respondí, nos despedimos, y hasta ahora. Eso fue todo. O sea: Es usted el cura de ese pueblo, sí. Se ha negado a un funeral, no. Tiene usted algo más que decir, no.

Llegaron las fiestas del pueblo, recuerdo bien, San Pedro. El día en que se contratan los pastores para todo el año (supongo que se conservará aún esa tradicional costumbre, aunque a lo mejor con lo del cambio climático y la conversión al euro ya no se estila). Fiesta grande. Los chavales se encargan de ellas, eso, el baile, los cohetes, los juegos (bueno, eso no, que se los dejaron que los organizara el cura), el bar, las peñas, en fin todo ese montaje que supone las fiestas del pueblo.
El alcalde mangoneó y arrendó el bar a un amigo. Los jóvenes se cabrearon y no sé qué le hicieron. Teléfono de nuevo. Llegaron los guardias, detuvieron a 5 ó 6 y los encerraron en el ayuntamiento. Se enteró la gente. Alguien dijo que les estaban pegando. Los padres, las madres, los hermanos y hermanas, los pequeños y los grandes salieron en dirección, cómo no, del ayuntamiento. Al final, todo el pueblo revuelto y voceando que les dejaran salir, que ya estaba bien de agredir.
No sé quién volvió a coger el teléfono (y ya van tres), pero al mediodía de aquel día, San Pedro, llegaron a un pequeño pueblecito de los torozos castellanos 10 ó 12 yips (sé decirlo y hasta describirlo, pero no escribirlo) (corrección sugerida: se dicen "jeeps") llenos, o sea entre 30 y 40 guardias civiles de los de metralleta, casco y porra y guantes de boxeo (nada de a pie, mosquetones y porra). El pueblo copado, reculó cada cual a su cobijo. El curilla, atrevido y osado, se coló en el ayuntamiento y suplicó al alcalde que les mandara marcharse, que sólo él podía hacerlo. No, que se van a enterar de quien soy yo.
El cura comió de prestado, que ese día como era fiesta estaba invitado. Pero en aquella mesa se lloró más que comió, que aquella gente era buena y sencilla, y las viandas de postín quedaron casi intocadas. Qué desperdicio.
Luego hubo lo que tenía que haber. Un juicio, con acusaciones y tal, o no, que no lo hubo, bueno no me acuerdo. Lo que si pasó es que en los días siguientes vinieron amigos de la ciudad entendidos en cosas de derechos y defensas, hablaron con unos y con otros, vieron que no había lesiones, que tampoco malas caras, que al fin y al cabo todos eran parientes, que por qué no dejarlo al fin en nada. Y en nada se quedó. Pero al cura le dejaron con el culo al aire. Porque la noche de marras, todos fueron a la rectoral a pedir información sobre abogados defensores. Y el cura, tonto él, tiró de teléfono (ya es la cuarta, qué obsesión), también él, y metió bien metida la pata.

Pasó el tiempo, no sé si mucho o poco, pero llegó el momento de decir (que no, que no fue por teléfono, que con él hablaba de tú a tú): señor obispo, cámbieme de parroquia, que aquí me asfixio.
Y me cambió.
Ojo, quede claro. No me echaron. No fueron las beatas. Tampoco el alcalde. Ni siquiera el juez o el gobernador. Me fui porque el obispo me mandó a otro sitio. Y yo sé obedecer, que soy, bueno no sé lo que soy.

P.D.

Que ¿por qué cuento esto a estas alturas? Porque ya está contado en los papeles, salimos en el periódico de entonces, y porque ya hace tanto que no se acuerda nadie. Pero también porque he recordado ahora, y es bueno recordar si al hacerlo, descansas.

Moraleja: No te calles lo que tengas que decir, ni aunque te maten. Que como ves, no te van a matar, tonto, que es de broma.

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