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¿Preguntas por la biblioteca? Se ha trasladado



Aunque ya ni me acuerdo de cuánta sangre hube de entregar para que me entraran las palabras, sí tengo bien recientes una agujetas morrocotudas conseguidas, no leyendo, transportando libros. He tenido que desalojar, por imperativo ineludible, la sala que lleva el nombre, pero no el uso, de biblioteca. Sabía que era bastante completa, pero no que lo fuera tanto. El día entero me ha llevado el trasiego hasta completar el vaciado, y al final he conseguido ese montón de cajas hacinadas.

Hace cuatro años, por estas mismas fechas, casi la desarmé para utilizar dos armarios en otro cometido. Muchos libros fueron embutidos en los restantes, rompiendo el orden que se necesita para que un lugar como este no sea un cajón desastre. Así que cuando los fui metiendo en las cajas ya ni me preocupé si la historia se mezclaba con la novela, o la biografía se pegaba a las manualidades. Importaba más el tamaño y si encajaban en lugar de dejar espacios. Por qué será que las enciclopedias y los diarios de viaje, además de pastas duras, papel satinado y encuadernación a prueba de "destrozalibros", tienen formato tabloide. A libro grande, caja grande. Esas que se ven en los extremos de montón, pesan una tonelada. Dios y ayuda me costó acarrearlas escalera abajo, ahora ya no hay quien las mueva. Yo, al menos, ni las pienso volver a tocar.
El caso es que además de unas lindas agujetas en piernas, brazos y cintura, tengo una pena aquí dentro por esos armarios ahora vacíos, que durante tanto tiempo cambiaron de uso para albergar saber, ilusión, aventura, intriga, arte y cien mil cosas más; y tienen un futuro incierto a la espera de que se les adjudique alguna utilidad. Porque la tendrán, que aquí no se tira nada.
Y no, esta vez no hay alegorías ni metáforas, ni siquiera una pequeñita parábola para sacarla algún aprovechamiento adicional. Con lo que he sudado cargándolos y amontonándolos, tengo suficiente. Y  también tengo esta foto, por si la historia no vuelve a repetirse. Al menos, la podré recordar.

Poniendo los libros al día



Confieso que el titular puede inducir a error. ¡Tengo que poner los libros al día! Sería lo correcto.
Esto es que en una parroquia existe un registro de los Sacramentos administrados, detallando el nombre y algunas circunstancias que identifican a las personas “sacramentadas”. Son unos volúmenes de tamaño generalmente considerable, que hay que rellenar a mano. Así se ha hecho desde que hay memoria escrita del quehacer parroquial, quizás por el siglo XV. El conjunto suele recibir el título de Archivo Parroquial. Y mola. Sobre todo cuando alguien se acerca a investigar sus orígenes y bucea en los legajos, porque algunos lo son, para descubrir sus ancestros y sus vicisitudes.
Ocurre ahora que es muy cómodo anotarlo informáticamente, y es lo primero que hago. Luego, si hay que certificar algo, con dar al “enter” y al “print”, o viceversa, salvo que la impresora dé guerra, todo es coser y cantar.
Pero los seis librotes, –Bautismos, Confirmaciones, Matrimonios y Defunciones, más el correspondiente Libro de Fábrica y, en su caso, el de la Economía– no deben descuidarse, entre otras cosas porque puede venir alguien de “arriba” a fisgar y rubricarlos, y se los encuentre incompletos y descuidados. Y no es plan que a uno le regañen por este motivo.
Durante el año hay tantas cosas que urgen, que cumplimentar estas anotaciones al momento se hace tedioso, y las voy dejando para mejor ocasión.
Llega el verano y me digo, ahora es el momento. Pero con el calor… ¡qué pereza!
Entre San Pedro y San Miguel, estoy casi seguro de que los dejo listos para la revista.

Siesta




Entre celebrar el día comunero y homenajear al libro en su día, elegí la siesta. Pero eso tuvo su coste. Doble coste: me perdí el ambiente de “la campa”, y no conseguí saborear el de “la feria del libro”, en el edificio de usos múltiples, junto a la cúpula del milenio. Y un añadido: llevar a Gumi y Berto al campo y aguantarles durante todo el día.
Claro que tuvo también sus compensaciones: pasear en solitario por “el valle”, degustar sabrosos “productos de la tierra”, realizar “pequeñas chapuzas”, departir amistosamente con “personas del lugar”, intentar tirar de máquina y encontrarme “sin batería”, comprobar que no todo “el monte es orégano”, confirmar que hubo “un tiempo mejor que ya no volverá”, constatar que en esta tierra “carecemos de firme identidad” y, finalmente, ratificar que a pesar de todos los pesares nos tira mucho más el fútbol que la filosofía.
Así las cosas, en este día tan plano, lo más reseñable fue la siesta, precioso legado recibido de la tradición más pura, sucedida al amor de una lumbre primorosamente aderezada y libre de ruidos extraños, llamadas apremiantes y requerimientos inoportunos.
Ese dulce holgar, despreciado allende las fronteras y vituperado como holgazanería propia de seres inferiores, es el momento médicamente comprobado como más cercano a la felicidad pura. Lástima que dure tan poco.

Una explicación absolutamente necesaria




Acabo de recibir una cariñosa, pero contundente, regañina por haber puesto en pública subasta algo que no me pertenece. Me refiero a la versión para ebook de la Biblia de Jerusalén, edición 1969.
Con buena voluntad y sin sospechar siquiera que mi acción tuviera consecuencias negativas, e incluso ilegales y susceptibles de penales, pedí información a Amazon y a la editorial Desclée de Brouwer sobre el particular.
Amazon me indicó que consultara sobre los derechos a una persona experta, porque la legislación sobre este asunto es variable en cada país. Y que de carecer de la licencia correspondiente no se admitiría su publicación.
La editorial Desclée de Brouwer, por su parte, me acaba de enviar este correo, y acato, como no podía ser de otra manera, no sólo su explicación sino también su decisión.
Como es una información que creo debe saber todo el personal, la publico tal como acaba de llegarme.
Me disculpo públicamente por este desliz mío en la entrada anterior.



Estimado Sr. Miguel Ángel Velasco:

La editorial Desclée De Brouwer es quien tiene los derechos para la Biblia
de Jerusalén en lengua española. Por cada ejemplar de dicha Biblia que
vendemos pagamos un royalty a la Escuela Bíblica y Arqueológica de Jerusalén
que está en la ciudad de Jerusalén.  Gracias a ese royalty (regalías) la
Escuela Bíblica y Arqueológica de Jerusalén puede subsistir, pagar las becas
de los Biblistas y  seguir con su labor de estudio de las escrituras.
Aproximadamente cada 10 ó 15 años la Escuela Bíblica tiene material
suficiente para que podamos incorporarlo a la Biblia y crear una nueva
edición:  1969, 1975, 1998 y 2009.  Las ediciones anteriores (a las que les
faltan actualizaciones e incorporación de nuevos descubrimientos) quedan
obsoletas y vendemos solamente la edición nueva. Si vendiésemos las
antiguas, también tendríamos que cobrar para poder pagar el royalty a la
Escuela Bíblica.  Pero no tiene ningún sentido mantener ediciones anteriores
cuando la actual ha sido mejorada.

Si le autorizamos a lo que usted nos está proponiendo supondría la
"desaparición" de la editorial Desclée De Brouwer, la Biblia de Jerusalén y
la Escuela Bíblica y Arqueológica de Jerusalén.  Por eso no podemos darle la
licencia.  Además, estamos a punto (dentro de este mes de noviembre) de
sacar a la venta la BIBLIA DE JERUSALÉN EN E-PUB.  Es la última edición
(2009) e incluye todo el aparato crítico (notas, paralelos e
introducciones).  Es muy fácil de usar y permite "escrutar" pues lleva
automáticamente de un paralelo a otro, etc. Si le permitiésemos a usted
regalar la versión en Word que usted comenta, nos veríamos abocados al
cierre o nos perjudicaría tanto que la Escuela Bíblica dejaría de percibir
el royalty con lo que se terminaría todo el "Ciclo".  
En apenas 1 mes vamos a estar vendiendo la Biblia de Jerusalén en epub, mobi
(kindle), etc.  Luego no podemos dar autorizaciones a otras empresas (sea
para regalo o para la venta)  pues afectaría directamente a la labor que
llevamos.  
Por cierto, va en contra de la ley del copyright modificar a otros formatos
(mobi) texto protegidos (como es el caso).  Entendemos que usted no quiere
causarnos daño alguno, pero al intentar difundir la Biblia de Jerusalén (con
buenas intenciones) puede usted acabar por "darle la puntilla" al proyecto
de la Biblia de Jerusalén que no está pasando por un buen momento debido a
la crisis que nos afecta a todos.

Esperamos haber aclarado sus dudas y le pedimos que mantenga su archivo de
la Biblia en Word a título particular para que nuestro proyecto pueda seguir
funcionando.  
Aprovechamos la ocasión para enviarle un cordial saludo

Editorial Desclée De Brouwer

La Biblia de Jerusalén en mobi, para libro electrónico



Cuando me defendía yo solito con mi mac, sin acceso ni por asomo a Internet, intenté hacerme con el texto de la Biblia digitalizado para mi uso personal. Lo que había en el mercado no me valía, porque todo estaba para pecés y no para apel. Así que me armé de santa paciencia y a ratos de frías mañanas de invierno, fotocopié mi Biblia de Jerusalén y la traduje a documento Word, que por entonces era el pequeñajo número tres.
Me esmeré hasta tal punto que, no sólo resalté todos los títulos y apartados con que el equipo de Desclée de Brouwer editó la vieja edición de 1966, sino que para su mejor localización señalé los capítulos y los versículos de todo el texto. A fin de que la lectura fuera apacible, estos los formateé en escritura invisible, de manera que podían aparecer o no, según interesara en el momento.
La magna obra me duró… 8.932 minutos exactamente, a lo largo de 329 revisiones. Y empecé el 30 de enero de 2002. Todo está en Word.
Cuando me enchufé a Internet encontré versiones varias en diferentes formatos de la Sagrada Escritura, txt, rft, pdf, odt y doc. Pero a todas las encontraba faltas y limitaciones. Por eso el mío, mi texto en Word, sigue estando en uso. Y también en revisión permanente.
Ahora más que nunca. En mi flamante kindle ha encontrado el acomodo que necesitaba, para que adquiriera todo el lustre que aún no había recibido.
Tenga un ebook, lea en el metro, el autobús, la sala de espera, en la cama, en el retrete… Así nos lo venden; esto y lo demás, todo lo demás. Pero en cuanto te haces con él, hay que comprar y hay que pagar. Y la oferta es muy limitada, y bastante deficiente.
Versiones de la Biblia para libros electrónicos son escasas y de poca calidad. Casi nada cuidadas y encima caras.
Con ayuda de la técnica, y mediante el sistema fallo/acierto, he conseguido esta versión digital del texto bíblico, con índice y tabla de contenidos, que funciona a las mil maravillas y que no pienso poner a la venta, porque para vendedores ya hay demasiados en este dichoso mundo.
Quien lo necesite y llegue hasta aquí, lo ha encontrado; que lo tome. Sólo hay que descargarlo y pasarlo/copiarlo en su artilugio. Y luego, a leer…



La Biblia de Jerusalén, edición de 1969

Dando mi brazo a torcer



No es que haya caído en la tentación. Es que me he visto obligado. Así que sin desdecirme de cuanto dije entonces, ahora digo diego. Obligado te veas…
El único lugar desde el que leo a gusto es un libro en papel, es decir, impreso como dios manda. En el ordenador, tengo un pasar. Pero no puedo llevármelo debajo del brazo, y de momento no quiero tener portátil.
Las revistas y artículos de los que tengo que sacar sustancia para mis menesteres, me llegan antes por correo electrónico que por el cartero del barrio. Y ya es castigo que vengo sufriendo y soportando desde que vivo aquí. Antes no me pasaba, porque vivía en el centro.
Imprimir en A4 es caro y resulta incómodo de llevar. Hacerlo a mano, tomando apuntes y notas, es decir haciendo fichas de los textos que luego de leer hay que trabajar en grupo, allá donde nos toque, ya no me corresponde por edad. Así que he tomado la alternativa que me ofrecían desde la técnica con más bien pocas ganas y menos ilusiones.
No me he molestado demasiado en investigar. He tirado de teléfono y he preguntado a quien sabe, mi hermano. Y sin dudarlo he adquirido lo que él y mi sobrina, su hija, me han aconsejado. Esto:
No huele. No pesa. Aunque se trabaja con las manos, al tacto resulta frío; mejor dicho, tibio (o sea, «porque no eres ni frío ni caliente, estoy a punto de echarte de mi boca…». Se lleva en cualquier sitio, pero no se sujeta en el sobaco; por lo cual nunca me tacharán de “sobaco ilustrado” como a un amigo de mi juventud, que así le titulábamos.
El primer día de trajín me ha hecho sudar, y sospecho que en los venideros me ocupará tiempo hacerme a su uso, aunque dicen que los peques lo entienden a las mil maravillas.
En fin, que no me ha quedado más remedio que tenerlo para utilizarlo. Esta mañana lo he recogido de la oficina de correos, porque el cartero llamó ayer dos veces a mi puerta y no me encontró para entregármelo.
¡Uf! ¡Qué sofoco!
¡Ah! ¡Una cosa más! A esto lo llaman “libro electrónico”.

Acaban de regalarme un libro



Su autor es Andrés C. Bermejo González y ya es conocido en este blog. El libro aún no está publicado, pero sí terminado. Concluido. Redondo. Cuidado. Disfrutado. Y ahora es expuesto a amigos y conocidos, en tanto se gestiona su publicación.
Andrés es maestro de escuela. Jubilado. Jubiloso. Bulle proyectos de esto y de lo otro, aquí y acullá, con estos y consigo mismo. Y no para. Y mejor que no lo haga.
Es salmantino, y se le nota incluso cuando no está presente.
Es un libro de poemas y dibujos. O de dibujos y poemas. No sé por qué lado se inclina más Andrés. Él piensa que por la literatura, pero habrá lectores que opinen lo contrario. Yo… no lo tengo nada claro y me abstengo. Dibuja y escribe a dos manos, y eso significa equilibrio.
El libro, consta de cuatro partes,
Cosas grandes, cosas pequeñas (10)
Para la vida, para los sueños (14)
La tierra, siempre la tierra… (31)
No vayas a pedir a la verdad, mentiras; a la humildad, sentencias (15)
Encierra 70 poemas y 70 dibujos.
E incluye este hermoso texto que presta título al conjunto, y que me permito publicar en auténtica primicia:

[Hacer click en la imagen para leer mejor]

En cuanto a su firma, en el libro no aparece, pero aquí sí

Leyendo antes de dormir




Tengo entre mis manos esta preciosidad de libro. Cartas a Alejandra, escrito por Fernando Altés Bustelo, llegó a mí porque Paz me lo regaló hace ya tiempo. Me lo tragué de un bocado y me supo a poco. Supongo que la nieta de quien fuera director de El Norte de Castilla y compañero de letras de Miguel Delibes lo guardará también como oro en paño para que lo lea su hija en cuanto aprenda.
 Quiero ofrecerme una pequeña muestra literaria de Fernando Altés, a quien conocí cuando yo tenía diecisiete años. Tuvo la amabilidad de darnos una charla sobre periodismo y de acercarnos aún más el periódico que entonces dirigía, en el mismo seminario que está a punto de cumplir su 50º aniversario. Aquella noche nos descubrió algunos misterios de su profesión y nos aclaró el por qué de tanto gato entre las columnas de aquel diario que sigue siendo el periódico en activo más viejo del país.
Como no tengo ganas de estropearlo abriéndolo a la fuerza para el escaneo, (¡qué bien me vendría ahora uno de esos pequeños que parecen bolis!), voy a elegir un pequeño trozo y lo mecanografío. Es corto, pero sustancioso.

TORMENTA
Querida A.
Veo que tienes miedo a los truenos. No tiene nada de particular, porque es cosa lejana, grande y desconocida a ti.
Cuando preguntes, verás cómo algunas personas mayores te dicen que son angelitos, que juegan a los bolos. No hagas caso, aunque lo dicen con la mejor intención de quienes tampoco entienden. Los angelitos tienen otras cosas que hacer que jugar a los bolos.
En realidad, es el Buen Dios que limpia el aire. El mundo es como la habitación de Dios y, como las habitaciones, cada cierto tiempo el aire se llena de polvo y suciedad, que no notamos casi, pero es malo. Entonces Dios abre un día la ventana, corre los muebles, sacude las alfombras y lo limpia todo; por eso hace esos ruidos igual que cuando mamá ventila la casa por las mañanas.
Si te fijas, se nota muy bien cuando pasa la tormenta: que el aire está más limpio y transparente. Todavía es mejor si llueve un poco: entonces se nota el aire más fresco y oloroso y tú, que tienes la suerte de vivir en el campo, podrás comprobar lo maravillosamente que huele la tierra recién mojada.
De todas formas, no está mal que, cuando hay truenos, hagas lo que los demás: meter la cabeza debajo de la almohada o lanzarte a los brazos de mamá o de alguna persona que te dé confianza. Si no es tonta, digo esa persona, lo entenderá muy bien y, a lo mejor, te acaricia un poco la frente con la mano, que siempre es agradable.
Como no quiero cansarte, dejo para otro día contarte las cosas que tienen que hacer los ángeles en vez de jugar a los bolos.
Te promete que lo hará pronto tu
abuelo



No me aguanto las ganas de añadir esto, en honor de don Fernando:


¿Reeditar es igual que reconstruir?


Editar está claro lo que es. Y construir, también. Pero reeditar en realidad, ¿qué es? No pretendo hacer una pregunta tonta, aunque lo parezca y al final resulte que lo es.  Un edificio se construye, y ya está. Un libro se publica, y se expone en las librerías. De un edificio no se puede agotar la edición, pero de un libro sí. De modo que se vuelve a editar, y se escribe 2ª edición. ¿Es el mismo libro? Generalmente no, porque se alteran fechas, se añaden introducciones y se mejoran los índices. Entonces con toda propiedad se habla de reedición. Pero la cosa no está tan clara como ocurre con los edificios. Por eso la pregunta.
Acaban de reeditar el libro de José Antonio Pagola, “Jesús. Aproximación histórica”. ¿Es el mismo del principio? ¡Qué va! Pues lo que digo, que reeditar es reconstruir, no un edificio, un libro. Resulta casi parecido, que ya es diferente. Por eso los libreros vuelven a anunciarlo y mover la propaganda. Yo, como ya tengo una edición que me parece la definitiva, con imprimatur y todo, ni me preocupo.
De lo que sí me preocupo es de otras cosas, por ejemplo, de este blog. Por culpa de no sé qué o no sé quién, se han ido despegando de entradas del año 2011 todas las fotos que coloqué en su momento. En algunas sólo con el texto se entiende todo. Pero de otras sin fotos el texto parece un diálogo para merluzos. Y, claro, antes de ofender a mis visitas, había que hacer algo. Así que llevo como quince días reparando cosas y reponiendo chismes para ofrecer buena mercancía, aunque no se venda nada ni lo pretenda. ¿Estoy dejando mi blog como estaba o lo estoy reconstruyendo? Más bien lo estoy reeditando. Que no sé si es o no es lo mismo.
Bueno pues así me he trajinado ya ochenta y seis trabajos, correspondientes a los meses de enero a abril y de septiembre a diciembre de año anteriormente citado. Falta por revisar la primavera y el verano, y esperar a que ya no haya nada más que retocar.
Los que hemos vivido en edificios viejos, sean o no antiguos, nos ha tocado hacer no sólo reparaciones, sino auténticas modificaciones. Sin embargo, ellos han permanecido; de manera que ahora puedo volver al pueblo y decir en esa casa viví yo, y no faltar a la verdad; aunque ahora la fachada sea de otro material y color, y por dentro ya no haya enroje ni despensa, sino calefacción general y ultracongelador incorporado.
La casa que ahora habito tiene las paredes totalmente horadadas y reconstruidas, con ventanas donde antes había muro, puertas donde antes ventanas, paredes rotas/reparadas para empotrar tuberías y cableado y los suelos de baldosa reemplazados por terrazo. Sigue siendo la casa de Peláez, antiguo propietario, y el domicilio de la familia de X, que la habitó no me explico cómo porque eran cuatro. Ahora es mi casa, y sigue pareciendo igual, aunque ahora sea la rectoral del barrio.
En fin, que las cosas permanecen aunque se las vaya modificando a lo largo del tiempo. Bien porque se pretenda darles un aire nuevo, bien porque simplemente se realicen labores de mantenimiento.
No sé por qué a veces se nos ocurre decir que empezamos una vida nueva cuando se da algún cambio, –pequeño, regular o grande–, siendo así que entre el nacer y el morir sólo hay una línea. Que sea recta, quebrada o circular únicamente expresa que estamos en la senda, que no tenemos ni idea a dónde vamos o que no queremos movernos.
Y todo lo demás, simples palabras. Esta vez espero que las fotos no se pierdan, aunque tengo copias en reserva por si acaso.


Castilla, Villalar y los libros



SONETOS DE LA HOZ Y EL TRIGO



I

Abrió la reja el surco y la simiente
que esperaba intranquila su destino,
privada de la inercia lentamente,
fue aceptando madura su destino.

Notaba de la tierra la frescura,
de los tordos y grajos el acoso,
ahogo del olor a la basura;
silencio del silencio de su foso.

Grano incierto de cierta sementera,
que te pudres gestándote en el barro,
esperando arduo parto en primavera.

Grano cierto en incierto y viejo carro,
simulacro de atalaya hoy en la era;
ayer y hoy camino: pan y jarro.



II

Recordando la hoz su viejo tranco,
del adobe colgada en el sobrado,
miraba depresiva al tosco banco
que Canor lentamente hubo labrado.

Con hoja en la rendija, pensativa;
trataba de enjugar su parca pena,
todavía orgullosa, desde arriba,
del rastrojo del trigo y de la avena.

¡Qué fuerza suave airea en la lomera
de la mano callosa enardecida,
del vaivén de su mango en la pernera!

Temiendo a cada tajo quitar vida
y hacer de su labor barriobajera
resurrección perenne prometida.



III

Hermosa conjunción de geometría,
hermoso paraninfo de otras eras;
del martillo con yunques en la vía,
hermana socialista en las banderas.

Aquella hoja que moza se atrevía
a echar pulsos de brillos a la luna
cuando nueva con fuerza relucía,
sucumbió a los tiempos y a su cuna.

Pero quedan las tierras de Castilla,
como emblemas de triunfos de su corte,
que refieren los sabios en la villa;

y quedan sus labores y su porte
de hidalga señorona en regia silla,
bandera del recuerdo, estrella y norte



Andrés C. Bermejo.




Castilla, porque soy de aquí y desde ella hablo. Villalar, por los Comuneros y el rey germano que torció la historia antes de que esta naciera. Libros, porque no he escrito ninguno, pero Andrés sí; y si fuera de otra manera, a base de publicar poemas suyos en menos que canta un gallo se lo edito y lo propongo.
Hoy es el Día de Villalar, y en la campa comunera mis paisanos ondearán pendones y reivindicarán antiguos derechos conculcados, aguas pasadas que ya no mueven molino ni falta que hace. Comerán tortilla de patata y chorizo asado, tal vez se mojen, pero con toda seguridad volverán a casa roncos y cansados de bailar, cantar, privar (beber) y yantar.
Hoy es también el día del Libro. Pero no pienso leer nada que tenga letra. Miraré los campos, andaré por ellos, y si se tercia comeré a mesa puesta; un día es un día. Y sí, yo también volveré a casa ronco y cansado, aunque sólo sea para no desentonar.

Reciclando



De esta manera se indicaba el uso y disfrute de nuestra biblioteca. Luego, se abría cuando hacía falta, porque además de a la lectura, atendía a los estudiantes en el trabajo complementario de sus deberes escolares.


Tuvo sus comienzos con lo más simple, y había más lectores que espacio para contenerlos y páginas para leer. Fue necesario tirar paredes y abrir ventanas, poner mesas y mendigar armarios, robar sillas y acarrear libros, ordenar la cosa y solicitar silencio. Todo al tiempo y sin seguir un protocolo.


Fue la primera biblioteca que hubo en el barrio, y el registro llegó al número 178. Es un decir, porque no todas las personas se hicieron carné, tampoco se exigía foto. Nos conocíamos sólo con oír los pasos al subir las escaleras. Porque la biblioteca ocupaba la parte de arriba de mi casa, que otrora fue también vivienda váyase a saber de quién. Por eso lo de tirar paredes y dejar un espacio diáfano de cuarenta metros cuadrados y cuatro ventanas en las dos paredes libres, porque las otras dos había que dejarlas para el material.


Las primeras mesas fueron pupitres de los años cuarenta, desechados de colegios. Las sillas, de aquellas de tijeras que se usaron en semana santa y ya estaban arrinconadas en un almacén, tal vez para encender estufas. Los armarios, ah, los armarios, vinieron del viejo edificio del antiguo hospital provincial, rescatados de las ratas y de las goteras, y de años de uso en laboratorios y oficinas, desportillados y asediados por la carcoma.


Todo debidamente acondicionado por el tradicional método chapucero constituyó durante muchos años un lugar cálido y apacible, donde se leían tebeos, se consultaban enciclopedias y se degustaba a Pereda, Delibes, Tolstoi, Dumas y demás.
Lenta pero progresivamente, las estanterías incrustadas en aquellos armarios roperos, archiveros, de comedor, se fueron llenando de libros. Colecciones infantiles, juveniles, clásicos, cuentos de todas las clases, Aghata Christie completa, en fin, incluso restos sobrantes de bibliotecas particulares que había que encajar de cualquier manera en el conjunto.


Tras su momento de esplendor, fue llegando el declive, y no figura el momento en que la llave no volvió a abrir la puerta porque nadie ya solicitó llevarse algo para casa, o devolver lo que quiso leer, dejó a medias o simplemente olvidó en algún rincón de su casa.
Ahora son las mujeres del hogar las que están que desbordan, y necesitan armarios para colocar ahí sus cosas, los trabajos, los manuales o lo que sea. “Nos vendrían bien esos armarios”. “¿Los de la biblioteca?” “Sí, qué pasa, ¿no se puede?”

Por supuesto que se puede. Las cosas son para usarlas. Así que tras el adecentamiento del hogar, esos dos armarios que había allí arriba, ahora están aquí abajo. De momento están vacíos, pero ya se irán llenando, no corre ninguna prisa.

Lo que parecía un cierre por falta de negocio, ha resultado un cambio de uso. Vamos, un reciclaje en toda regla.

Un libro de mucha categoría


Me llamó por teléfono y me dijo que quería verme, que tenía una cosa para mí. A la hora convenida se presentó con una abultada bolsa y tras los saludos de cortesía me entregó el regalo. Como tal me lo dio, y así lo recibí yo. Un rato para explicarme que le había gustado mucho la ceremonia de la celebración de las primeras comuniones en que había participado su hijo y que estaba toda la familia muy agradecida. El obsequio había sido consensuado y esperaban que me gustara. Dije que por supuesto, y nos despedimos.

El objeto en cuestión es el que muestra esta fotografía.





Tenéis que convenir conmigo en que es todo un señor libro. Impone su aspecto, con sus letras en dorado, su imagen central lleno de signos extraños, sus ángulos metálicos, y su grosor.



Pues no os digo nada de su peso, que ahí está.


Sí, mirad bien, son exactamente 3.800 gramos; no exagero que la báscula no engaña: 3,8 kilogramos.

Aquella navidad del 2003 recibí alguna otra cosa, de comer y de gustar, y claro, ya no están a la vista, salvo que me ponga yo en la foto, porque me los comí.

El tal libro es una edición de los Evangelios Apócrifos. El subtítulo ya mosquea un poco, porque añade "y otros libros prohibidos".

Que yo sepa, de cuando lo estudié, los Apócrifos nunca fueron prohibidos. Es más, una gran cantidad de tradiciones que se conservan en la Iglesia y fuera de ella provienen de estos evangelios, porque de los cuatro oficiales poca chicha se sacó para inspirar piadosas historias.

No pretendo dar a nadie una lección en estos momentos, pero sí voy a decir sucintamente qué es esto que hoy traigo aquí.

A Jesús, el predicador ambulante de hace dos mil años, no le fueron siguiendo micrófono en mano ni papel y lápiz en ristre; nada, ni tablillas de escribir, ni papiros ni nada de nada. La simple oreja de cada quien, que embobado escuchaba las palabras del rabino.

Le mataron y punto. Se acabó, cada mochuelo a su olivo.

Pero al poco se corrió la voz de que no estaba muerto, que le habían visto aquí y allí, que había hablado a la Magdalena y a Pedro… En fin, la historia ante esto se calla.

Pero el grupo que creyó en él empezó a juntarse, y a recordar sus enseñanzas, sus dichos, sus mismas palabras. Y claro, cada quien hizo lo que pudo. Y lo que fueron pudiendo recordar con el tiempo se puso por escrito.

Surgieron mis versiones de una y de otra cosa, con variaciones sobre el mismo tema pero con matices muy distintos. A veces parecía que coincidían, otras ni pamplona.

Fue pasando el tiempo, y ya todo casi organizado, la autoridad competente creyó llegado el momento de fijar las cosas y poner orden donde no lo había. Y así surgió el llamado canon evangélico. Sólo se aceptaban como auténticos y oficiales cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. El resto, a escardar cebollinos. Es una manera de hablar, claro; por supuesto que no fueron a la papelera, ahí quedaron, y ahí están. No están prohibidos, ni siquiera desautorizados; simplemente no son oficiales, no se usan para el culto, que es para lo que se escribieron los evangelios, para proclamar las palabras y las enseñanzas de Jesús de Nazaret, a quien a partir de entonces se le llama el Señor.

Los llamados apócrifos han recibido un espaldarazo a partir de los últimos descubrimientos del siglo pasado en el Mar Muerto y en Nag Hammadi, Egipto, con la recuperación de textos cuya existencia se conocía pero que habían desaparecido de la faz de la tierra. Tal vez fueron ocultados a causa de persecuciones, y en ello están los investigadores. Ahora se utilizan para completar y para contrastar, para profundizar y para desechar, para confirmar o, como hace el gobierno el Israel, para monopolizar un estudio que él considera su propiedad, pero nones, eso ni hablar.

Vuelvo a presente. Tere, que así se llama la señora, fue objeto de una venta de esas que se hacen por teléfono, o por internet, o por el timbre de la puerta, ¡yo qué sé! Y pensó que el tal libro quedaba fetén sobre una mesita en el hall de su casa, que es grande y con jardín, y recibir así a las visitas dándose de ilustrada. Alguien le diría que, en fin, ese libro tampoco era el Quijote, ni la Biblia, ni las Obras Completas de don Miguel de Unamuno. Que tampoco era tanta campanada la que daba.


Y ahí estuvo Tere en mi casa, trayéndome el susodicho libro, ahora ya desautorizado para orlar la entrada de su morada, y dejándolo donde piensa que está a buen recaudo, y que al fin y a la postre, ha hecho una buena obra, y me ha obsequiado tras la fiesta con su hijo que fue, a ver si recuerdo, ah, sí, en mayo, seis meses antes de traérmelo toda rumborosa.

Ha sido un placer, no lo dudéis. Estoy encantado de tenerlo en mi librería. Tal vez algún día, si tenéis a bien escucharme, os leo alguna historieta, que las hay, o algún comentario del editor, que también los hace, y con mucha sustancia, os lo aseguro.

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