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A lo que importa



Al menos para mí, esta rosa, que es la primera de este año. Acabo de descubrirla a las 20:18:13, al salir de la Eucaristía de este Viernes de Dolor. Se ha abierto ella solita mientras estaba en la celebración.
Como en otras ocasiones, aceptadla como obsequio cuantas personas paséis por aquí.
Lo que ahora voy a escribir también importa, pero no tanto, al menos para mí. No obstante considero que no debo callarlo.
Es que un tal Bustamante, apologeta donde los haya, está poniendo a caldo a Pagola por razón de un escrito de éste, publicado como reflexión/homilía para el domingo de ramos.
Es evidente que piensan de manera diferente. Pero lejos de quedarse en esto, Bustamante arremete contra el teólogo procediendo a una pública y despiadada descalificación.
A José Antonio Pagola lo conozco de leer algo de su obra, y seguirlo desde lejos en su tarea pastoral en su parroquia, San Vicente Mártir de Abando, Bilbao, y como conferenciante por la amplia geografía española.
A Bustamante no lo conozco. Sé lo que cuenta de sí mismo y lo que los comentarios que da permiso con rigor muy interesado en su blog dan como información complementaria sobre su persona.
Quien se define a sí mismo como apologeta de la religión católica, más bien es merecedor de aquello de “azote de la diferencia”. Y es que no hay color, la verdad, entre leer a Pagola y tratar de seguir el pensamiento de Bustamante.
No entiendo por qué éste lee cosas del otro. Tampoco me entiendo a mí mismo, que de vez en cuando tengo curiosidad por ver qué se cuece en Cor ad cor loquitur. En el mal sabor con el que salgo llevo la penitencia.
Trataré, con la fresca mañanera, de superarlo aspirando buenas dosis de la fragancia de la coqueta rosa que ha nacido en mi jardín.

Lució al fin el sol, pero no mejoró el día


Extraña conjunción de fotos de los tiempos en que Tina era Tina

Me había acostado con mal cuerpo por el debate nocturno de la sexta, con el asunto de la justicia universal hecha unos zorros y el de la playa del Tarajal para más inri. La actitud de algún contertuliano lo había empeorado. De modo que la cama, tras una pequeña lectura, era el único alivio que ansiaba.
Maestro de vida se titula el capítulo 9 de Jesús. Aproximación histórica. Pagola, el autor. Lo medié y apagué la luz.
Me desperté media hora antes, y no logré recuperar el sueño. Qué extraño, me decía; otras veces apuro aunque sean cinco minutos. Sonó, pues, el despertador sin volver a dormir.
Había niebla y hacía frío. El sol parecía poder acabar con ella. Casi lo consigue. Pero no. A media mañana circulé casi a tientas hasta La Arbolada, y volví del mismo modo. Mi gente fue llegando poco a poco, en una lista como arrastrada. Empezamos el canto con mucho hueco, que luego fue poco a poco rellenándose. Tras el Evangelio* y para responder a la pregunta ¿qué quiere decirnos Jesús con estas palabras? leí algo de lo de la noche anterior, y, entre pausa y pausa, notaba su silencio y su atención:
Está llegando el reino de Dios, y esto lo cambia todo. La ley puede regular correctamente muchos capítulos de la vida, pero ya no es lo más decisivo para descubrir la verdadera voluntad de ese Dios entrañable que está llegando. No basta que el pueblo se pregunte qué es ser leal a la ley. Ahora es necesario preguntarse qué es ser leales al Dios de la compasión.
Jesús confronta a la gente no con aquellas leyes de las que hablan los escribas, sino con un Dios compasivo. No basta vivir pendientes de lo que dice la Torá. Hay que buscar la verdadera voluntad de Dios, que, en no pocas ocasiones, nos puede llevar más allá de lo que dicen las leyes. Lo importante en el reino de Dios no es contar con personas observantes de las leyes, sino con hijos e hijas que se parezcan a Dios y traten de ser buenos como lo es él. Aquel que no mata cumple la ley, pero, si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se asemeja a Dios. Aquel que no comete adulterio cumple la ley, pero, si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. Aquel que ama solo a sus amigos, pero alimenta en su interior odio hacia sus enemigos, no vive con un corazón compasivo como el de Dios. En estas personas reina la ley, pero no reina Dios; son observantes, pero no se parecen al Padre.
Jesús busca la verdadera voluntad de Dios con una libertad sorprendente. No se preocupa en absoluto de discutir cuestiones de moral casuística; busca directamente qué es lo que puede hacer bien a las personas. Critica, corrige y rectifica determinadas interpretaciones de la ley cuando las encuentra en contradicción con la voluntad de Dios, que quiere, antes que nada, compasión y justicia para los débiles y necesitados de ayuda.

Quizás es sugestión mía, pero, cada vez que levantaba la vista y miraba, me parecía que eran recibidas sin resistencia, con agrado y agradecimiento. Que eran palabras que reconfortaban. Que se las guardaban quizás para luego rumiarlas cada quien por su cuenta en casa, o de camino a ella, o tal vez mañana o pasado en el trabajo o en su búsqueda.
 Luego, durante la Comunión, el Gracias a la Vida sonó a pesar de no cantarlo ni la mitad. Pero en la salida, se hicieron corrillos ocupando la calle, y por grupos se charlaba como sin prisas, aunque la cocina y la mesa estaban esperando. La niebla, seguía persistente.
Ya por la tarde, el sol brilla, pero el día no parece mejorar. Es como un cacho de hierro al rojo ausente de calor, de vida.
Tengo que despedirme de Tina. Sólo una vez me pareció verla comiéndose el mundo. Después se fue apagando en una especie de tristeza. Y ya no la vi levantar cabeza. Fue dura con ella la vida, demasiado.
Con la luna llena en lo alto del cielo, miro para atrás y salvo el paseo con Gumi & Berto y las brazadas en el agua, el final del día se lo ha llevado la visita al tanatorio. Han vuelto muchos recuerdos al presente, entre otros aquel funeral a iglesia llena, que ya me está costando fechar… porque tengo día y mes, Villalar, pero no el año. ¿Pudo ser 2003?
Sí, el 23/IV/2003. Aquellas muertes, su yerno y su nieta, fueron la puntilla. Tina ya no volvió a su ser.
Termina este día, largo, deslavazado, raro donde los haya; y concluyo esta serie de apuntes que he ido anotando según pasaba por delante del teclado.
Me voy, que me espera el resto del capítulo 9 antes de apagar la luz. La puerta que la cierre Gumi.

* Hoy tocaba Mateo 5,17-37:
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la ley o los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el Reino de los Cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.
Os lo aseguro: si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás, y el que mate será procesado.
Pero yo os digo: todo el que esté peleado con su hermano será procesado.
Y si uno llama a su hermano «imbécil», tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama «renegado», merece la condena del fuego.
Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.
Habéis oído el mandamiento «no cometerás adulterio». Pues yo os digo: el que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior.
Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el Abismo.
Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al Abismo.
Está mandado: «El que se divorcie de su mujer, que le de acta de repudio».
Pues yo os digo: el que se divorcie de su mujer -excepto en caso de prostitución- la induce al adulterio, y el que se casa con la divorciada comete adulterio.
Sabéis que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» y «Cumplirás tus votos al Señor».
Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Exactamente dos años han tardado en darle el aprobado, pero ya lo tiene


[Y yo me saco la espinita que tenía clavada y que expuse hace tiempo en este mismo blog. Qué gustazo!]
 

El libro “Jesús. Aproximación histórica”, de José Antonio Pagola ha pasado el examen con que la “dura” Congregación para la Doctrina de la fe vaticana tiene por costumbre tamizar según la ortodoxia todo pensamiento, palabra y obra que tengan la osadía de hacerse públicos en el ámbito de la Iglesia Católica.
Pagola y su libro han tenido que atravesar su particular desierto desde que tuvieron la “mala suerte” de “caer en gracia” y venderse el segundo como si mismamente fueran rosquillas recién salidas de la sartén. Tal vez fueron unos “ojos” algo desviados, o unas entendederas pizca estrechas, o quién sabe si antiguas y no olvidadas rencillas y envidiejas entre coleguillas… El entonces obispo de Tarazona y un teólogo de no demasiadas luces promovieron la causa, saltándose la autoridad del ordinario, Uriarte, que había dado su placet; tengo la prueba en casa: el libro de Pagola con el “Nihil obstat. Imprimatur”, en fecha septiembre 2008.
Ahora acaba esta historia, eso espero. Como espero igualmente que se devuelva la paz a la editorial a la que se amenazó con arrebatar su cualidad de católica si no retiraba todas las existencias del libro en cuestión de los estantes de las librerías. Y también que en los seminarios y escuelas teológicas, si no de libro de texto, al menos en las bibliotecas vuelva a estar presente, siquiera para consulta. Y por supuesto, quienes públicamente no sólo pusieron objeciones, que en eso hay libertad, sino que insultaron, vejaron y condenaron al autor, tengan ahora la decencia y la humildad de pedir perdón y devolver la fama que intentaron quitar.
Esta es la carta que Pagola ha remitido a su público lector, a la espera de que se conozca el documento oficial de la Congregación romana.


CARTA A MIS LECTORES:
He recibido con satisfacción la resolución definitiva de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe sobre mi libro, Jesús. Aproximación histórica. Con este motivo quiero dirigirme a quienes han leído mi libro o han seguido de cerca las polémicas suscitadas a lo largo de estos seis años.
1. Antes que nada, quiero decir que recibo las decisiones que se han tomado sobre mi libro como un estímulo que me reafirma en lo que, en estos momentos, es el único objetivo de mi vida: contribuir a que los hombres y mujeres de hoy podamos conocer mejor la personalidad apasionante de Jesús, acoger con más entusiasmo su proyecto de construir un mundo más humano, y acercarnos con más fe al misterio de esperanza que se encierra en su persona.
2. A quienes habéis leído mi libro os puede interesar conocer, aunque sea de manera concisa, las principales decisiones tomadas por Roma. En lo referente a cuestiones doctrinales, la Congregación reconoce que mi libro no contiene ninguna proposición contraria a la fe, por lo cual no me ha pedido corregir ningún error doctrinal o afirmación herética. En lo referente a cuestiones metodológicas, la Congregación hace diversas consideraciones sobre el objetivo y la naturaleza de mi libro, y sobre la relación entre fe e investigación histórica. Sin embargo, no ha considerado necesario pedirme una revisión del enfoque de mi obra ni tampoco corrección alguna sobre la metodología que empleo en mi trabajo.
3. Lo que se me ha pedido es que, “para evitar equívocos y malentendidos” introduzca en futuras ediciones “las modificaciones” sugeridas por mí mismo, en torno a cinco puntos concretos. No he dudado en ningún momento en colaborar con esta disposición, pues lo único que he buscado siempre ha sido que mi libro siga sembrando la Buena Noticia de Jesús. La nueva edición saldrá próximamente.
4. En estos momentos quiero agradeceros vivamente a los que, a lo largo de estos años, me habéis manifestado de diversas maneras vuestra cercanía y apoyo incondicional. He podido leer conmovido la experiencia que habéis vivido muchos de vosotros al leer mi libro. Me decís que Jesús ha cambiado radicalmente vuestra vida, que en él os habéis encontrado por fin con un Dios Amigo, que os habéis reafirmado en vuestra fe, que os habéis comprometido a vivir de manera evangélica… Gracias a todos. Me habéis hecho experimentar que Jesús sigue vivo en medio de nosotros.
5. Ahora solo miro al futuro. Quiero vivir mis últimos años colaborando en lo que considero la tarea más urgente en la Iglesia actual: volver a Jesucristo como la única verdad de la que nos está permitido vivir y la única fuerza que nos puede hacer caminar hacia una Iglesia más evangélica al servicio de un mundo más humano. Ya no sabría vivir de otra manera.
José Antonio Pagola
8 de marzo de 2013




El asunto este, sin embargo y después de todo, no termina de gustarme. José Antonio Pagola, en lo que yo sé, no es en realidad teólogo en el sentido más propio del término. Es un buen profesor de teología, un estupendo redactor de homilías, y un excelente escritor en temas evangélicos. Como orador no lo conozco y no puedo opinar. Pero no destaca como investigador y autor de novedosas teorías. Hace muy bien la labor de recogida de información de otros autores que sí investigan, y la da a conocer con claridad y ofreciendo lo más sustancial, concisamente. Eso es de agradecer. De hecho ha ayudado, y sigue haciéndolo, a muchas personas, individualmente y en grupo, a leer los evangelios directamente, sin intermediarios ni explicaciones dirigidas. Por más que no esté permitida “una interpretación libre del texto sagrado”, el Sínodo sobre la Sagrada Escritura, de octubre del 2008, si algo dijo fue que los bautizados, varones y mujeres, habían de ser lectores habituales de la Palabra de Dios. Pagola lo está consiguiendo. Puede que a más de uno no le haga ninguna gracia. Roma, sin embargo, parece que les quita la razón, o por lo menos no se la da.
Personalmente habría agradecido más claridad y contundencia. Del estilo, por ejemplo, de Gianfraco Ravasi –Cardenal ministro de Cultura del Papa­– que dijo de este libro lo siguiente: “Hemos llegado, así, a la Third Quest, la tercera vía abierta en 1985 y todavía en construcción: es "el paradigma judaico posmoderno", según la definición de Segalla, inaugurado por Ed Parish con su Jesús y el judaísmo, traducido por Edward Arnold en 1992. En la base está la confianza por conocer al Jesús histórico, colocándolo en el ambiente judío en el que nació y vivió, pero con el que había marcado también discontinuidad y originalidad. En este nuevo modelo historiográfico y teológico, presentado cuidadosamente por Segalla, han surgido algunas ramifiaciones interesantes a través del "Jesús recordado" en la tradición oral (James D. G. Dunn) y del "Jesús testimoniado" (Richard Bauckham). Pero detengámonos aquí para no dispersar a nuestros lectores que están advertidos de la complejidad actual de la investigación, el alto nivel de los  estudios de crítica histórica llevados a cabo por los exegetas, de la consiguiente vulgaridad de los que piensan que "cristiano" es sinónimo de "estúpido", pero también del riesgo de confusión que tal cúmulo de análisis puede generar. La forma más transparente para guiar al lector no "técnico" en este bosque sigue siendo tal vez la narrativa adoptada en España por dos estudiosos, Armand Puig i Tàrrech (Jesús. Respuesta a los enigmas) y José Antonio Pagola (Jesús. Aproximación histórica). Lo cierto es que sigue viva aquella pregunta que Cristo había dejado serpenteando entre su auditorio y que Mario Pomilio había colocado en el centro de su Quinto Evangelio (1975): «Cristo nos ha colocado frente al misterio, nos ha puesto permanentemente en la misma situación de sus discípulos ante la pregunta: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?».”

Donde digo digo, ¿qué digo?


No tiene nada que ver con lo otro, lo del diego de marras, que además está en pasado. Lo mío es en presente, y en pregunta que me hago a la vista de las muchas interpelaciones que me hacen mis amistades, cuando me oyen o me leen. Menos mal que no conocen mis pensamientos, porque entonces en lugar de interpelarme, me insultarían… con interjecciones.
Alguna razón deben tener, porque ocurre que yo mismo al leerme, al escucharme no es tan fácil, descubro que tras lo que escribo hay más, o menos quizás. Así por ejemplo si hablo de las plantas de mi jardín, resulta que estoy mirando cómo el personal vive alegre o triste según reciba o no cuidados y atenciones. Si escribo acerca de las toallas, en realidad pienso en muchas personas que están tan agotadas tras muchos años de no verse dignamente tratadas que ya no esperan nada de nadie. Si me da por tocar a mis mascotas, toco el asunto de la convivencia y los quereres, la cabezonería y el ceder a tiempo, el chantaje emocional y los intereses creados. Y si cito a mi gente, entonces me paso, porque debería antes preguntar si esa gente me considera algo suyo.
A veces me digo que no sé decir las cosas con tacto, al estilo de la cultura inglesa donde con suma educación y sin herir te hacen caer en la cuenta de las cosas. Yo no lo hago, no me sale. O digo una vaguedad, pretendiendo ser sutil; o digo una burrada, dándomelas de claro.
En realidad en directo y con palabras soy bastante torpe. Peor hablando que escribiendo; y desde que borrar no deja huella, en digital e impreso tengo un pasar; con la olimpia todo eran correcciones y erratas. Aquello acabó.
Pero ¿y mi línea argumental? ¿La tengo? ¿Recta, curva o quebrada? ¿Circular tal vez? ¿O es más bien una elipse?
Digo esto a propósito de un libro que me han regalado esta mañana: Fijos los ojos en Jesús, de Juan Martín Velasco, Dolores Aleixandre y José Antonio Pagola. Del libro no puedo aún decir nada, cuando lo lea hablaré. Pero de sus autores sí; siguen manteniéndose fieles a sí mismos. Tal y como los conocí hace mucho tiempo: un teólogo, una relatora y un pastor. Tres sabios maestros. Son rectilíneos, se les ve venir, se sabe que lo que dicen lo viven. Son así, tal y como se manifiestan.
Me dan una envidia…

Esto… se me olvidaba esto: pienso empezar por el medio, y terminar por el principio. Me refiero a cómo voy a leer este libro. Ya sé que no son formas, pero es la mía. Ya digo yo que cuando digo digo, ¡qué estaré diciendo!

¡Cuánto aún por aprender!


Corría el año del Señor de 1968 y hasta allá nos desplazamos tres compañeros con más ganas de huir de lo que dejábamos atrás que con alguna idea de lo que podíamos encontrarnos. Así que cuando llegué a Madrid a estudiar en la universidad todo fue nuevo, o casi.
La residencia que albergaba a los seminaristas diocesanos estaba en la calle Écija, en Argüelles, al lado justo de Ferraz y Rosales. Ese fue el primer territorio a descubrir. Luego se amplió a la plaza de España y a través de la Gran Vía, Sol. No hubo más en esa dirección, porque donde teníamos que acudir diariamente estaba en la dirección contraria: calle del Pastor, número 2. No recuerdo que hubiera más edificios. Allí recibí durante cuatro años clase de las diversas materias teológicas.
Si hasta entonces a clase había ido con un libro de la mano, a partir de entonces sólo papel y lápiz; todo era por apuntes. Y tan poco mañoso era para ese menester, que desde muy pronto busquéme un artificio. Nos juntamos unos cuantos, adquirimos una casette, sí, un magnetofón que nos trajeron de Canarias, y por riguroso turno grabábamos y reproducíamos en copias de papel cebolla, calco interpuesto, las explicaciones que pacientemente nos iban suministrando.
Tan bien lo llegamos a hacer, que nos contrataron los de publiapu, -publicaciones de apuntes de la universidad de comillas- para ampliar y/o completar los materiales que los mismos profesores entregaban. Recuerdo que me tocó recopilar toda la Introducción a la Teología Moral del P. Díaz-Nava SJ. Luego me fueron asignando otras materias.
Visité antes galerías preciados que el rastro. Así de malo era mi gusto en los principios. Con el paso del tiempo fui mejorando y mis preferencias se fueron perfeccionando: el Prado, el Retiro, el Real, el Teatro… El Madrid de los Austrias, la Plaza de la Cebada, y la zona de bureles por antonomasia en aquellos tiempos: el Arco de Cuchilleros y los mesones que lo rodean. Llegar hasta Vallecas fue la guinda del pastel.
Me vino bien llegar a los madriles porque, si no perdí del todo el pelo de la dehesa, se me puso como por encima un barniz de ilustración que me lo echaban en cara cada vez que volvía a mi lugar de origen.
Cuando retorné definitivamente volví a dejar al aire todo mi ser provinciano, libre de esa capa que durante cuatro años casi me ocultó, pero no me anuló.
Por eso mismo no dejo de sorprenderme ante las cosas de las que me voy enterando. Las nuevas tecnologías han revolucionado el modo de vivir de la mitad de la población mundial. A la otra mitad parece que aún no le ha llegado, y está por ver si lo logrará…
Mientras veo por la tele el programa de la uno, descubro que allá donde viví muchos de mis campamentos de verano, Sanabria, tiene un futuro lleno de esplendor gracias a Internet, sin dejar de lado el ganado, los huertos, los prados y los puertos.
Así que también yo voy a aprovecharme. Resulta que los dominicos organizaron los pasados días 2 y 3 en el Convento de Santo Tomás de Ávila la VII Asamblea Dominicana de Predicación. Se anunciaban, entre otras, conferencias de Martín Jelabert y de José Antonio Pagola. Por razones obvias no pude asistir. No importa. Pincho ahora en Youtube, y tengo a los dos conferenciantes delante de mí, en mi propia casa.
Tengo para un buen rato, de modo que dejo de escribir y me pongo a escucharles.

Antes de que acabe el día


Rincón del jardín parroquial, desde donde se presiente la Presencia





Señor: antes de entrar en el bullicio y aturdimiento del fin de año

quiero esta tarde encontrarme contigo despacio y con calma.

Son pocas las veces que lo hago.

Tú sabes que ya no acierto a rezar.
He olvidado aquellas oraciones que me enseñaron de niño
y no he aprendido a hablar contigo de otra manera más viva y concreta.
Señor, en realidad, ya no sé muy bien si creo en ti.

Han pasado tantas cosas estos años.

Ha cambiado tanto la vida y he envejecido tanto por dentro...
Yo quisiera sentirte más vivo y más cercano.
Me ayudaría a creer. Pero me resulta todo tan difícil...
Y, sin embargo, Señor, yo te necesito.
A veces me siento muy mal dentro de mí.
Van pasando los años y siento el desgaste de la vida.
Por fuera todo parece funcionar bien: el trabajo, la familia, los hijos...
Cualquiera me envidiaría. Pero yo no me siento bien.
Ya ha pasado un año más. Esta noche comenzaremos un año nuevo,
pero yo sé que todo seguirá igual. Los mismos problemas,
las mismas preocupaciones, los mismos trabajos...
Y así ¿hasta cuándo?
¡Cuánto desearía poder renovar mi vida desde dentro!
Encontrar en mí una alegría nueva, una fuerza diferente para vivir cada día.
Cambiar, ser mejor conmigo mismo y con todos.
Pero la existencia me dice que no puedo esperar grandes cambios.
Estoy demasiado acostumbrado a un estilo de vida.
Ni yo mismo creo demasiado en mi transformación.
Por otra parte, tú sabes que me dejo arrastrar por la agitación de cada día.
Tal vez por eso no me encuentro casi nunca contigo.
Tú estás conmigo y yo ando perdido en mil cosas.
Si al menos te sintiera como mi mejor amigo...
A veces pienso que eso lo cambiaría todo.
¡Qué alegría si yo no tuviera ese especie de temor que no sé de dónde brota,
pero que me distancia tanto de ti...
Señor, graba bien en mi corazón que tú hacia mí
sólo puedes sentir amor y ternura.
Recuérdame desde dentro que tú me aceptas tal como soy,
con mi mediocridad y mi pecado,
y que me quieres incluso aunque no cambie.
Señor, se me va pasando la vida, y a veces pienso que mi gran pecado
es no terminar de creer en ti y en tu amor.
Por eso, esta noche no te pido cosas. Sólo que despiertes mi fe,
lo suficiente para creer que tú estás siempre cerca y me acompañas.
Que a lo largo de este año nuevo no me aleje mucho de ti.
Que sepa encontrarte en mis sufrimientos y mis alegrías.
Entonces tal vez cambiaré. Será un año nuevo.

José Antonio Pagola


Otra vista del mismo rincón privilegiado

A la búsqueda del “Jesús histórico”

Tranqui, Miguelangel, no te pases. Me digo a mí mismo al ponerme a escribir. Porque quiero hacerlo, y también me obligo, en una especie de terapia de hacer al menos cada día algo que poner aquí.
Acabo de leer todo su contenido y estoy callado, soplando como quien dice ¿por dónde meto mano? Me explico.
Llevamos todo el curso leyendo y comentando el “Jesús. Aproximación histórica” de José Antonio Pagola. Cada quince días leemos lo que buenamente podemos y hacemos las preguntas, comentarios, críticas y reflexiones que se nos ocurren. Y vamos saliendo del paso a nuestro ritmo, porque la lectura resulta amena, pero el contenido es muy denso, como corresponde a lo que es: el resultado de la investigación de muchos eruditos durante los últimos años, tratando de desentrañar la pura historia de unos textos que nacieron catequéticos, hace casi dos mil años.
L., sin embargo, siempre tiene ganas de más, y algunos días aparece con un libro nuevo que nos ofrece para ampliar. ¡Como si no tuviéramos suficiente! El último día, antes de verano, trae una revista “Muy. Historia” dedicada íntegramente a Jesús a la luz de la historia. Y la deja sobre la mesa con el encargo de que la lea. Miro la fecha y compruebo que es la nº 4, de 2006. Le digo que ha llovido y ha escampado, y que las investigaciones de este tipo en cuatro años más que correr, vuelan; de modo que no puede contener ninguna novedad reseñable. Aún así él insiste en que me la deja para que la lea este verano. Son apenas treinta folios repartidos en 100 páginas en papel couché. Le digo, bueeeeeeno, y me la quedo.
Han pasado casi dos meses, y hoy he decido hojearla. Y la he leído. Y ahora me veo en la papeleta de hacer un comentario. Por eso lo de soplar…
¡Por supuesto que se pueden publicar cosas interesantes en revistas de divulgación kiosquera! Faltaría más. De hecho he leído muy buenos artículos de teología en alguna de ellas. Pero este asunto, es harina de otro costal.
Los autores que firman los diversos artículos tienen todos los títulos que acreditan que no son mancos en esto de opinar en público sobre esta materia. La revista consigue casi resumir en tan poco espacio lo que se encuentra diseminado en miles de páginas en todos los idiomas del espectro teológico bíblico. La plasticidad de las imágenes, y su oportunismo, parece decir: esto es lo que hay.
El resultado es tan pobre, que es una pena que esto lo coja cualquiera y lo tome como definitivo. ¡Toda la cuestión bíblica, desde Reimarus hasta la Third Quest, pasando por la Cuestión Sinóptica, la Escuela Liberal, la fuente Q, la Old Quest, Bultmann,  la New Quest, el Jesus Seminar, y los actuales Sanders, Crossan, Meier y Ratzinger, lo más actual y endiablamente complicado, tiene como remate esta frase que parece que se debe al físico Werner Heisenberg, quien lo dijo en plan de broma sobre la materia de su propia especialidad: “Cuando los hechos no concuerdan con la teoría, es un problema exclusivo de los hechos”! (Dos siglos de investigación, concordancias y disonancias, convergencias y también divergencias, en apenas cinco folios).
Mi opinión, tras mi visita de esta mañana al dentista, es que lo pasé mejor viendo a las féminas de Holanda y Hungría jugar a waterpolo en la tele de plasma mientras hacía tiempo para que me atendieran, que si me hubiera entretenido en la espera leyendo esta revista. Porque eso es lo que es: una revista de sala de espera.
Mentiras no dice. Verdades a medias, muchas. Interpretaciones, bastantes; para ser una revista que se titula “historia”, demasiadas.
Eso sí, “interesante” por “interesada” más que por lograr captar la atención y el interés de una persona realmente interesada en el asunto.
En lo que a mí respecta, seguiré con mi lectura pausada y meditada del “Un judío marginal” de John P. Meier, que es toda una garantía.

Y con esto termino, Camino. A la sexta va la vencida


Contigo y con los jóvenes desengañados, indignados y manifestados en muchos lugares del país, me he dado cuenta de que ya he acumulado demasiada vida. No hasta el punto de considerarme viejo, sí para que otros me consideren tal.
No resulta fácil mantenerse cuando pasan tan de prisa los años y me veo sorprendido por quienes apenas hace nada, eso parece, eran como plastilina, dóciles y maleables, todo ojos, oídos y piel por donde recibir cuanta vida les llegaba,  poniendo su dedo en la llaga siempre abierta, esa herida que sigue en permanente sangrado porque no he sabido, no he querido o no he podido cerrarla para que sólo fuera cicatriz.
En el 68 tenía yo veinte años. Entonces no hice nada, fui simple espectador,  y una pizca de aprendiz. Tú tenías menos, te pilló rapaz. Cuando nos conocimos en 1985 eras una chavala de León, veterinaria, que te ofrecías para echar una mano en lo que fuera, sanidad y salud por ejemplo, de nuestros campamentos de verano. En plan pobre, a lo progre, a nuestra manera…
Los contactos veraniegos, cortos pero intensos, se completaban con largas separaciones, salpicadas de esporádicos encuentros, fugaces y explosivos, más por ti que por mí. Terminaste siendo algo más sedentaria, esposa, madre, vecina y parroquiana. ¡Vida!
Hablar, nosotros, poco. En el tú a tú soy poco expresivo, y tú conmigo tampoco te propasabas. Más silencios que otra cosa, sabía de ti por otras personas. Y tú siempre me sorprendías cuando llegabas y decías.
Así fue, por ejemplo, el bautizo de tus hijas. En el pueblo, en la enorme sacristía, haciendo corro y fiesta y luego mesa y juerga en la casa familiar.
Así ha sido ahora tu partida. Y siempre sorprendiendo, con palabras tras el silencio. Entre medias, esa sonrisa tuya, esos ojos abrazantes, esa frase soltada como despedida, nada sorprendente por sabida: ¡Os quiero!
Tanto tú como yo hemos reflexionado esta frase: "El que de joven no es de izquierdas es que no tiene corazón. El que de mayor no es de derechas es que no tiene cerebro". Tú por tu parte y yo por la mía, sin reparos y sin vergüenza, decidimos no envejecer nunca, mantener el mismo corazón, hacer que nuestro cerebro se apañase buenamente.
Tú sí parece que lo conseguiste. Yo mantengo en suspenso mi juicio, no sé qué responder.
Mi suerte y mi condena es tener ¿aún? tiempo para encontrar respuesta. Tu suerte y tu gloria es no necesitarlo, no te hace ninguna falta porque ya resolviste la ecuación de tu vida.
No te vas a quedar quieta, aunque de esa impresión, y no sepamos verlo de otra manera. Nosotros intentaremos seguir en el camino, a base de hacer cosas, llenando huecos, con aciertos y con yerros como es natural,
Mira, por ejemplo.
Esto de tu hermano Alfonso

Aquí dejamos una pequeña parte de Cami en una ceremonia informal e íntima que estoy seguro le hubiera encantado, cada uno depositamos un puñado de ceniza al pie de cada una de las ocho.
Muchos pájaros cantaban y el olor a tomillo, lavanda, jara... hicieron que el momento y el lugar fueran perfectos. Esta es una parte del Monte que está cerrada al público con lo cual su tranquilidad está asegurada, de vez en cuando me acercaré a fumar un pitillo con ella, hasta que por fin le haga caso y lo deje.
Como curiosidad añadir que este grupo de encinas anteriormente eran doce y se las conocía como los doce apóstoles por su porte y distribución.

Y esto de mi parte
Vuelvo a ejercer de cura, tal como a veces clamabas. Y en un alarde de presunción, abundando en lo mío, aprovecho que en estos últimos días por tu culpa he sido visitado en este blog a razón de más de quinientas diarias, para dar en tu nombre un mensaje a quienes te queremos, nos sentimos por ti queridos, te añoramos, nos dolemos con tu ausencia… te sentimos viva.
Tal vez sea lo que tú pretendías al dejarme por escrito el encargo que José Antonio me hizo en la madrugada de tu partida.

NO OS QUEDÉIS SIN JESÚS
José Antonio Pagola

Al final de la última cena Jesús comienza a despedirse de los suyos: ya no estará mucho tiempo con ellos. Los discípulos quedan desconcertados y sobrecogidos. Aunque no les habla claramente, todos intuyen que pronto la muerte les arrebatará de su lado. ¿Qué será de ellos sin él?
Jesús los ve hundidos. Es el momento de reafirmarlos en la fe enseñándoles a creer en Dios de manera diferente: «Que no tiemble vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». Han de seguir confiando en Dios, pero en adelante han de creer también en él, pues es el mejor camino para creer en Dios.
Jesús les descubre luego un horizonte nuevo. Su muerte no ha de hacer naufragar su fe. En realidad, los deja para encaminarse hacia el misterio del Padre. Pero no los olvidará. Seguirá pensando en ellos. Les preparará un lugar en la casa del Padre y un día volverá para llevárselos consigo. ¡Por fin estarán de nuevo juntos para siempre!
A los discípulos se les hace difícil creer algo tan grandioso. En su corazón se despiertan toda clase de dudas e interrogantes. También a nosotros nos sucede algo parecido: ¿No es todo esto un bello sueño? ¿No es una ilusión engañosa? ¿Quién nos puede garantizar semejante destino? Tomás, con su sentido realista de siempre, sólo le hace una pregunta: ¿Cómo podemos saber el camino que conduce al misterio de Dios?
La respuesta de Jesús es un desafío inesperado: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». No se conoce en la historia de las religiones una afirmación tan audaz. Jesús se ofrece como el camino que podemos recorrer para entrar en el misterio de un Dios Padre. El nos puede descubrir el secreto último de la existencia. El nos puede comunicar la vida plena que anhela el corazón humano.
Son hoy muchos los hombres y mujeres que se han quedado sin caminos hacia Dios. No son ateos. Nunca han rechazado de su vida a Dios de manera consciente. Ni ellos mismos saben si creen o no. Sencillamente, han dejado la Iglesia porque no han encontrado en ella un camino atractivo para buscar con gozo el misterio último de la vida que los creyentes llamamos "Dios".
Al abandonar la Iglesia, algunos han abandonado al mismo tiempo a Jesús. Desde estas modestas líneas, yo os quiero decir algo que bastantes intuís. Jesús es más grande que la Iglesia. No confundáis a Cristo con los cristianos. No confundáis su Evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En él encontraréis el camino, la verdad y la vida que nosotros no os hemos sabido mostrar. Jesús os puede sorprender.

Yo, Camino, ya termino. Tú me has sorprendido (de sorprender: admirar, conmover, fascinar, impresionar, maravillar, sobrecoger…). Me he sorprendido  al comprobar a cuántas personas sorprendiste. Nos has sorprendido a todos. ¡Ojalá lleguemos a sorprendernos y sorprenderte!

Mi apoyo a "Jesús. Aproximación histórica" de José Antonio Pagola



Hoy me gustaría que este blog tuviera miles de visitas; que la audiencia fuera tal que cubriera toda la península ibérica, España incluida; y que mis palabras fueran tan convincentes, que todo el mundo quedara convencido. Por soñar que no quede.
Porque en este momento quiero decir que si a José Antonio Pagola se le proscribe como cristiano por culpa de su libro “Jesús. Aproximación histórica”, yo también me consideraré proscrito.
Quiero decir que ese libro no es “el Jesús de Pagola”, como afirman quienes parece que tienen alguna razón para condenarlo o criticarlo; sino el Jesús de los evangelios puesto al alcance de cualquier persona de buena voluntad que se acerque sin prejuicios, tenga fe religiosa, o no la tenga.
Quiero decir también que el Dios que transmite, porque lo trasparenta y lo expande el Jesús que describe y explica José Antonio Pagola en su libro, es el mismo Abba a quien Jesús se dirige con la ternura de un hijo que se sabe querido, escuchado, protegido y sostenido. Al menos tal como yo lo descubro leyendo los evangelios.
Quiero decir igualmente que el Reino de Dios en el que creo, porque lo anuncia y predica Jesús en los evangelios, considero que José Antonio Pagola lo describe con suficiente claridad y pedagogía en su libro, sin prejuicio de que pueda ser mucho más de lo que se explica.
Quiero decir además que se equivocan quienes le atacan y pretenden conseguir con ello que no sigamos leyendo su libro “Jesús. Aproximación histórica” por no ser fiel al evangelio ni a la fe de la Iglesia, aunque yo carezca de la autoridad necesaria y suficiente para afirmarlo.
Quiero, finalmente, afirmar que no otra cosa es mi fe, la que vivo y la que predico desde que soy consciente, y la que seguiré viviendo y predicando, al menos mientras me dejen hacerlo.
No puedo terminar y dejar esto así, habida cuenta de que habrá personas que lean esto y sean desconocedoras del asunto del que trato. No soy capaz de explicar con el rigor que sería necesario este asunto, por lo cual sugiero que quien quiera saberlo todo busque en Internet, que seguro que encontrará información detallada y completa. Yo sólo apunto estas consideraciones que incluso se pueden leer en Wikipedia, a quien me he permitido copiar y alterar en alguna medida:
El debate en torno a Jesús, aproximación histórica
La publicación de su último libro, Jesús. Aproximación histórica (PPC, Madrid 2007), un éxito editorial, con 80 mil ejemplares vendidos, ha levantado opiniones contrapuestas. Entre ellas se pueden citar las de Demetrio Fernández González, obispo de Tarazona, las de Xabier Pikaza  o las de José Antonio Sayés. A raíz de esta polémica el autor ha emitido un comunicado, aparecido el 7 de enero de 2008 en Eclesalia. Posteriormente ha sido contestado de nuevo por el teólogo José Antonio Sayés, lo que ha generado la famosa polémica Sayés-Pagola. Finalmente, el autor publicó una nueva edición profundamente revisada que recibió el “nihil obstat” y el “imprimatur” de su obispo diocesano, Monseñor Uriarte.
Esta edición, de febrero de 2009, ha sido retirada de todas las librerías, y PPC, la editorial responsable, no sabe o no puede dar explicaciones de su manera de proceder. Se mantienen sin embargo a la venta otras ediciones que carecen de dicho “nihil obstat”. Parece ser que también se ofrecen al público ediciones en catalán y en vasco con él.
En junio de 2008, la Conferencia Episcopal Española publicaba una "Nota de clarificación sobre el libro de José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica", en que, tras comentar las deficiencias metodológicas y doctrinales que la Conferencia Episcopal encuentra en el libro, se concluye afirmando que "el Autor parece sugerir indirectamente que algunas propuestas fundamentales de la doctrina católica carecen de fundamento histórico en Jesús".
La obra es en realidad un compendio de la investigación crítica sobre Jesús, una síntesis de las teorías teológicas de diversos autores, entre las cuales destaca una visión de Jesús a partir de su kerigma, según la corriente del llamado Jesús histórico, desde su Bautismo por Juan, hasta el mensaje de Pascua, de forma que sus contradictores consideran un rechazo de la parte de evangelios referida a su nacimiento e infancia y una espiritualidad basada en el Jesús humano, sin negar expresamente su divinidad, pero dejándola metodológicamente aparte.
Para sus defensores, el libro consigue unir los aspectos social y religioso, espiritual e histórico, personal y social, liberador y piadoso en la vida de Jesús; "habla de Dios hablando de los pobres, habla de justicia tratando de la misericordia, habla de transformación económica ocupándose de la oración", se centra en la experiencia de sanación del Jesús que cura y en las parábolas "que nos abren los ojos para entender".
El cardenal Gianfraco Ravasi, autoridad curial y de prestigio teológico, publicó un artículo en el periódico italiano “Il Sole 24 Ore”, el 5 de diciembre de 2010, en el que habla del “Jesús” de Pagola en términos muy elogiosos. Tanto es así que el purpurado asegura que “la mejor forma para guiar al lector no técnico en medio de esta selva (de interpretaciones cristológicas) me parece la narrativa realizada en España por dos teólogos, Armand Puig i Tarrech (Jesús. Respuesta a los enigmas. San Pablo) y José Antonio Pagola (Jesús. Una aproximación histórica. PPC)”.
Profesor en el Seminario de San Sebastián y en la Facultad de Teología del Norte de España (sede de Vitoria). Ha desempeñado la responsabilidad de ser rector del Seminario diocesano de San Sebastián y, sobre todo, la de ser Vicario General de la diócesis de San Sebastián. José Antonio Pagola es la cabeza visible del movimiento de la teología vasca y es la referencia obligada de la casi totalidad del clero vasco y del llamado laicado comprometido eclesialmente.
Recientemente, según publica en El Correo del 30/1/2011 Pedro Ontoso, la  vaticana Congregación  para la Doctrina de la Fe abre una causa contra José Antonio Pagola por su libro sobre Jesús. Pero de esto se sabrá lo que deba saberse sólo al final, cuando Dios quiera o San Pedro baje el dedo (me permito cambiar de santo, para variar), porque todo  ello discurrirá en el más absoluto de los secretos. Justamente el secreto pontificio.

¿Es posible que Dios sea así?



Hoy hemos tenido nuestra habitual lectura quincenal de “Jesús. Aproximación histórica”, de José Antonio Pagola. Y nos tocaba el apartado “Dios es compasivo” del Capítulo 5, Poeta de la compasión.
El autor termina así el capítulo anterior:

“Los que escuchan a Jesús se ven obligados a reaccionar. ¿Será verdad que el reino de Dios es un tesoro oculto que escapa a sus ojos? ¿Será cierto que no es una imposición de Dios, sino pura y simplemente un «tesoro»? Todos estaban convencidos de su valor: lo esperaban y lo pedían a Dios como el bien supremo. Ahora Jesús les dice: ¡Os lo podéis encontrar ya! ¿Habrá que estar abiertos a la sorpresa? ¿Será el reino de Dios algo inesperado que tal vez presentimos y anhelamos, pero cuya bondad y belleza somos incapaces de sospechar? De ser así, sería el colmo de la felicidad, la alegría total que relativiza todo lo demás. Nunca el labrador ha visto un tesoro así; nunca el mercader ha tenido en sus manos una perla tan preciosa. ¿Será así el reino de Dios? ¿Encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar todo lo que el ser humano puede pedir y desear? 
Según Jesús, el reino de Dios es una oportunidad que nadie ha de dejar pasar. Hay que arriesgar lo que haga falta con tal de acogerlo. Todo lo demás es secundario, todo ha de quedar subordinado. ¿Tendrá razón Jesús? La decisión ha de ser inmediata y radical, pero ¿de qué está hablando Jesús? ¿Dónde se oculta ese «tesoro» que él ha descubierto? ¿Dónde está germinando el «grano de mostaza»? ¿Dónde se puede apreciar la primavera? ¿En qué consiste esa fuerza salvadora de Dios que está ya transformando secretamente la vida?”

Y comienza éste de esta manera:

“Jesús trató de responder a estas preguntas con las parábolas más bellas y conmovedoras que salieron nunca de sus labios. Sin duda las trabajó largamente en su corazón. Todas ellas invitan a intuir la increíble misericordia de Dios. La más cautivadora es la del padre bueno.”

Y a continuación relata la parábola del Padre bueno, o del Hijo pródigo, o del Hermano mayor intolerante. Que todos estos títulos pueden valer:

“Un padre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: «Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde». Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
“Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. y entrando en sí mismo dijo: «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros"». Y, levantándose, partió hacia su padre.
“Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: «Padre, pequé contra el cielo y ante ti: ya no merezco ser llamado hijo tuyo». Pero el padre dijo a sus siervos: «Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Y comenzaron la fiesta.
“Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados le preguntó qué era aquello. Él le dijo: «Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque lo ha recobrado sano». Él se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!».
“Pero él le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (Lucas 15,11-32)

Y realiza un comentario sugerente, pedagógico, aleccionador, entrañable, de Dios como un padre que supera todo cálculo que pudiéramos imaginar. Y concluye Pagola este apartado diciendo:

"¿Es posible que Dios sea así? ¿Como un padre que no se guarda para sí su herencia, que respeta totalmente el comportamiento de sus hijos, que no anda obsesionado por su moralidad y que, rompiendo las reglas convencionales de lo justo y correcto, busca para ellos una vida digna y dichosa? ¿Será esta la mejor metáfora de Dios: un padre acogiendo con los brazos abiertos a los que andan «perdidos» fuera de casa, y suplicando a cuantos lo contemplan y le escuchan que acojan con compasión a todos? La parábola significa una verdadera «revolución» ¿Será esto el reino de Dios? ¿Un Padre que mira a sus criaturas con amor increíble y busca conducir la historia humana hacia una fiesta final donde se celebre la vida, el perdón y la liberación definitiva de todo lo que esclaviza y degrada al ser humano? Jesús habla de un banquete espléndido para todos, habla de música y de danzas, de hombres perdidos que desatan la ternura de su padre, de hermanos llamados a perdonarse ¿Será esta la buena noticia de Dios?"

A partir de la lectura, surgió un diálogo largo y enriquecedor, en el que flotó en todo momento un sentimiento de perplejidad mezclado de cierta culpabilidad, y desbordante consuelo: el Dios que destila esta parábola, según el comentario de Pagola, no cabe en nuestras pequeñas cabezas, porque tenemos tan asentada la idea de justicia, de autoridad y de honor familiar, que estamos tentados de dar la razón al hermano mayor, que se enfadó contra la debilidad del padre y se mostró en todo momento irritado con su hermano pequeño.

A esta hora de la noche, ya solo en mi habitáculo, abro el libro de Karl Rahner, “Oraciones de vida(1), y me encuentro con esto, que me pongo a orar, y que al mismo tiempo os ofrezco:

ANTE DIOS

Dios Todopoderoso y Santo, a ti quiero ir y a ti orar. Quiero confesarte a ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo; quiero alabarte, bendecirte, adorarte. Quiero darte gracias por tu inmensa gloria.
¿Qué puedo decirte a ti, Dios mío? ¿Debo rebuscar todas las palabras que ensalzan tu santo Nombre, debo darte todos los nombres de esta tierra a ti, el Innominado? ¿Debo llamarte Dios de mi vida, sentido de mi vida, meta de mis caminos, patria de mi soledad, a ti que eres mi dicha más secreta? ¿Debo decir: Creador, Conservador, Santificador, Cercano, Lejano, incomprensible, Dios de las flores y de las estrellas, Dios de la brisa y de las batallas terribles, Sabiduría, Poder, Fidelidad y Sinceridad, Eternidad e Inmensidad, a ti, que eres misericordioso, justo, amor?
¿Qué puedo decirte, ¡oh Dios mío!» ¿Debo quejarme ante ti porque estás tan lejos de mí, porque tu silencio es tan inquietante y prolongado, porque Tú eres demasiado indulgente conmigo y porque tus caminos, Señor, por los que tenemos que ir necesariamente —no Tú— son tan incomprensiblemente confusos e imprevisibles? Pero, ¿cómo quejarme de tu lejanía, cuando tu proximidad es igualmente inquietante; de tu indulgencia, cuando en ella sustento mi vida pecadora; de la incomprensibilidad de tus caminos, cuando en realidad el desorden procede de mi mala y rebelde voluntad?
¿Qué decirte, oh Dios mío? ¿Debo consagrarme a ti? ¿Debo decir que te pertenezco con todo lo que soy y tengo? ¡Oh Dios mío!, ¿cómo puedo entregarme a ti, si tu gracia no me acepta? ¿Ponerme a tu servicio, si Tú no me llamas? Te doy gracias porque me has llamado. No obstante, tu servicio me resulta difícil. Pero mi corazón cobarde y abatido debe callar y no quejarse de tu servicio. Mi boca debe mentir contra mi corazón —que se quiere rebelar—, pues entonces es cuando dice tu verdad, que es más importante que la mía: Oh, sí, Señor, tu servicio es bueno, tu yugo ligero y tu carga suave. Te doy gracias por todo lo que Tú has querido de mí en mi vida. Bendito seas por el tiempo en que nací. Alabado por mis buenas horas y mis días amargos. Bendito seas por todo lo que me has negado. Señor, no despidas jamás de tu servicio a tu siervo rebelde y perezoso. Tú tienes poder sobre mi corazón. Tú tienes poder sobre mí mismo en aquella profundidad donde sólo yo puedo disponer de mí y de mi destino eterno. Tu gracia es la gracia de eterno poder. Dios sabio, misericordioso, amoroso: no me rechaces lejos de tu rostro. Consérvame en tu servicio todos los días de mi vida. Pídeme lo que quieras, pero dame lo que pidas. Aunque yo me canse en tu servicio, Tú no te cansas en tu paciencia conmigo. Tú vienes en mi ayuda, Tú me das la fuerza de comenzar siempre de nuevo, de esperar contra toda esperanza, de creer en la victoria, en tu victoria en mí en todas las derrotas, que son las mías. ¿Qué debo decirte, Dios mío, sino que soy un pecador? Pero esto lo sabes Tú mejor que yo, y yo no lo creería ni lo reconocería si tu Palabra no se alzase contra mí. Señor, no te apartes de mí, porque soy un hombre pecador. ¿No es mejor esto que decir lo contrario? ¿En dónde podría yo refugiarme con mi debilidad, con mi dejadez, con mis ambigüedades e inseguridades aun en lo mejor que tengo, sino en ti, Dios de los pecadores, Dios de los pecadores comunes, cotidianos, cobardes, corrientes ¡Oh Dios!, mi pecado no es grandioso, es tan cotidiano, tan común tan corriente que incluso puede pasar inadvertido. Naturalmente sólo en el caso de que no se fije en ti, el Santo por excelencia, y se olvide de que Tú deseas poseer con amor celoso nuestro corazón entero, indiviso, ardiente y dispuesto a todo. ¡Oh Dios!, ¿a dónde podría yo huir? Los grandes pecadores podrían saciarse tal vez durante algún tiempo en la grandeza demoníaca de su pecado. Pero qué hastío suscita mi miseria, mi apatía, la horrible mediocridad de mi «buena conciencia». Sólo Tú puedes soportar tal corazón, sólo Tú tienes aún para mí un amor paciente. Sólo Tú eres más grande que mi pobre corazón (1 Jn3, 20). ¡Dios de los pecadores, oh Dios de los tibios, de los perezosos, ten misericordia de mí!
Mira, oh Dios, me presento ante tu rostro: Dios santo, Dios justo, Dios que eres la Verdad, la Fidelidad, la Sinceridad, la Justicia, la Bondad. Cuando vengo a tu presencia, debo postrarme en tierra ante ti como Moisés y hablarte como Pedro: «Apártate de mí, que soy un hombre pecador» (Le 5, 8). Lo sé, sólo puedo una cosa: Ten compasión de mí. Estoy necesitado de tu misericordia, pues soy un pecador. Soy indigno de tu misericordia, pues soy un pecador. Pero tengo un deseo humilde de tu misericordia gratuita, pues no soy un perdido, sino un hombre de esta tierra, que siente todavía añoranza por los cielos de tu bondad, que con lágrimas de alegría acepta gustoso y humilde el inefable regalo de tu misericordia. Mírame, Señor, mira mi miseria. ¿A quién podría huir sino a ti? ¿Cómo podría soportarme si no supiera que Tú me soportas, si no tuviera la experiencia de que Tú eres bueno conmigo? Mira mi miseria; mira a tu siervo, el perezoso, el rebelde, el superficial. Mira mi mezquino corazón: sólo te da lo más necesario, no quiere derrocharse en tu amor. Mira mis oraciones: con qué desgana y mal humor te son tributadas. Y la mayor parte de las veces mi corazón se alegra cuando de hablar contigo puede pasar a otra cosa. Mira mi trabajo: es bueno y malo, forzado por la obligación de cada día, raras veces inspirado por el amor fiel a ti. Escucha mis palabras: rara vez son palabras de bondad y de amor desinteresado. Mira, ¡oh Dios!: Tú no ves un gran pecador, sólo uno pequeño. Sólo uno en quien hasta los pecados son pequeños, mezquinos, corrientes, cuyo corazón y voluntad, sentido y fuerza son, bajo todos los aspectos, pequeños, incluso en sus malas obras. Pero ¡oh Dios mío!, cuando lo pienso bien, siento un profundo espanto: esto que he tenido que confesar de mí, ¿no es precisamente la característica de los tibios? ¿Y no nos has dicho Tú que prefieres el frío al tibio? (Apoc 3, 16). ¿No es mi mediocridad una máscara tras la cual se oculta lo peor para que así permanezca inadvertido el corazón cobarde y egoísta, el corazón perezoso e insensible, el corazón que no conoce la magnanimidad y la anchura?
Ten compasión de mi pobre corazón, Tú, Dios de la magnanimidad, Dios del amor, Dios del feliz derroche. Concede a este pobre corazón marchito tu Santo Espíritu para que lo transforme. Arda tu Espíritu en mi corazón muerto y suscite en mí el temor ante tu juicio: ¡si al menos despertara! Que lo llene de temor y de temblor: ¡si al menos sacudiera la rigidez cadavérica de los desesperados y de los resignados! Hazlo un corazón humilde y contrito: ¡si al menos se llenara del anhelo de tu santidad y de la confianza en el poder absoluto de tu gracia! Que tu Espíritu Santo visite mi corazón con el santo arrepentimiento, que es el principio de la vida divina. Que lo visite con la confianza en la fuerza invencible de tu asistencia, que hace los corazones animosos y prontos, alegres y valerosos en tu servicio. Sólo si Tú me concedes tu gracia podré experimentar que estoy necesitado de ella. Sólo el regalo de tu misericordia me hace reconocer y confesar que soy un pobre pecador. Sólo tu amor me da el ánimo de odiarme sin desesperarme.
Tú te has compadecido de mí, Dios Santo. Tu Hijo ha entregado su cuerpo por mí. Por eso puedo invocar tu misericordia. El ha gustado la muerte, que es salario del pecado (Rom 6, 23). Por eso no tengo que desesperarme en las pecaminosas tinieblas de mi vida. Adoro el misterio que anuncia la muerte de Cristo hasta que vuelva. Por eso puedo estar seguro, cuando la debilidad de la carne o del pecado parecen aplastarme. Por el Crucificado todo ha cambiado: las tinieblas en luz, la muerte en vida, la soledad vacía en proximidad llena, la debilidad en fuerza. Por el Sacramento en el que el Crucificado y resucitado cobra existencia para mí, yo te suplico, Padre eterno, yo, el pobre pecador, a ti, el Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo: Ten piedad de mí, ¡oh Dios!, según tu gran misericordia. Y mi pobre corazón contrito cantará eternamente tu bondad. Amén.

(1) Rahner, Karl. Oraciones de la vida. Publicaciones Claretianas, 1986. Madrid. Págs. 17-21

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