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¿A éste dónde lo ponemos?


Santiago Agrelo Martínez
La pregunta está de más, porque ya lo han colocado en su sitio. Justo más allá de la frontera. Que grite todo lo que quiera. Y si tiene algo que decir, que se lo diga al marroquí.
Suele ocurrir cuando sentamos a nuestra mesa a quien no está a la altura. Queda en evidencia, pero a nosotros algo nos salpica. Desde luego, pensamos, primera y última vez que volvemos a invitarlo.
Pero él, de momento y ojala no calle nunca, seguirá cantándonos las cuarenta.
A la vista de lo que dice, empiezo a suponer lo que piensa sobre otras cosas. Pero no voy a extrapolar, porque no sería veraz. Así, pues, y para no desbarrar, me limito a poner aquí lo que parece que son sus palabras textuales. Quien quiera sacarlas punta, que lo haga por su cuenta y riesgo.



Por el aspecto -muy sencillo, con un pin de Cáritas en la solapa- no parece un arzobispo; por el número de fieles de su diócesis -apenas unos 2.000 católicos de paso por Tánger- tampoco; pero es su discurso lo que marca las diferencias en este gallego.

- Dice la Biblia: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo". Y nosotros plantamos una valla en la frontera.
- Hay que diferenciar dos mundos: el mundo de los intereses nacionales, que no sé con qué criterios se determinan, y el mundo de la fe, donde no hay fronteras.

- Pero el primero es el que cuenta para quien salta la valla.
- Así es. Aun así, ellos tienen su fe. Si no religiosa, sí tienen fe en un sueño, que es una manera de creer en algo. Esa fe en un sueño da una fuerza tan grande que les lleva incluso a desafiar a la muerte. ¡Ojalá los que decimos que tenemos fe en Dios o que creemos en el Evangelio nos moviéramos con la fuerza que ese sueño da a los subsaharianos que saltan la valla! Pero no es solo un sueño, sino la realidad de escapar de una triste realidad de ¿miseria, violencia, falta de perspectivas? Esa amarga realidad hace ilusionante el sueño.

- El problema de la frontera no es la valla ni las cuchillas ni la Guardia Civil. Usted va más al fondo.
- Sí. Si yo pongo una valla y cuchillas en la frontera es porque la considero infranqueable para determinadas personas. ¿Pero quién soy yo para impermeabilizar esa frontera? ¿Tengo yo más derecho que el que tiene el pobre a traspasarla? Cuando se trata de legislar respecto a los pobres lo hacemos siempre los ricos, y siempre desde nuestra perspectiva y no respecto a sus necesidades. En ese sentido, las fronteras son racionales para los ricos, pero son irracionales, absurdas, opresoras y discriminatorias para los pobres. ¿Sería posible que a la hora de legislar tuviéramos la delicadeza de preguntarles a ellos qué esperan y cómo podemos ayudarles?

- Pero no nos importa.
 
- ¡Esa es la cuestión! El problema es político. Qué importa que ahora retiren las cuchillas si no los van a dejar pasar igual.

- Porque son pobres.
 
- Claro. Cada año presumimos de que nos visiten 60 millones de turistas, pero cerramos la frontera a estos 4.000 ó 5.000 inmigrantes.

- ¿Eso es fruto de una política racista y clasista?
- Es fruto de una política equivocadamente economicista. Se considera que estas personas vienen a restarnos recursos, a ser un gasto y no un beneficio. Con ese criterio les bloqueamos el paso. Incluso nos permitimos el lujo de considerar eso un favor que les hacemos: "No pasan porque lo van a pasar mal", decimos. Han de cambiar las políticas y las conciencias.

- Desde Tánger, la Iglesia católica se verá más allá de los divorciados y los homosexuales.
- (Ríe) Digamos que la cosa nos concierne poco o nada. Además, eso va mucho con la mentalidad de las personas, la educación recibida y el trato mantenido. En mi vida hubo siempre homosexuales y divorciados. Los vi como amigos, algunas veces como amigos íntimos. En la Iglesia nadie debe emitir juicios.

- ¿Por qué no impera esa visión?
- Si te han enseñado a reducir el Evangelio a lo doctrinal, a la verdad, mirarás todas las cosas desde esa perspectiva de la verdad. Sin embargo, cuando la vida está regulada no por una supuesta verdad, sino por el amor, todo es posible. Ninguna persona se ha de quedar a la puerta de mi casa, sea de otra religión, ateo, homosexual o no importa qué. Jesús no preguntaba identidades. Queda mucho por cambiar en nuestra mentalidad.

- ¿La Iglesia debe primar su papel de ONG frente al de coaccionadora del poder?
- Ni una cosa ni otra. La Iglesia no ayuda al otro como filantropía, sino como continuación del amor de Cristo en el mundo, que es mucho más que ser una ONG. Otra cosa es la cuestión del poder. Ahí tenemos un problema serio. En vez de ser fermento en la masa social -es decir, disolvernos en ella-, seguimos pretendiendo ser órganos de poder. En este aspecto, a la Iglesia aún nos toca recorrer un camino de discernimiento, renuncia y empobrecimiento. Todavía nos sentimos poderosos. Pero eso a Dios no le gusta.

- De todas las manchas que arrastra la Iglesia en la actualidad, ¿cuál le duele más?
- A la Iglesia nos ha hecho sangrar mucho el asunto de la pederastia, porque es un problema muy serio y muy doloroso para las víctimas por el daño que se ha hecho a tantas personas. Al mismo tiempo, para nosotros ha sido doloroso porque se señaló a la Iglesia, en general, como responsable de ese daño. Yo me he pasado la vida entre niños y jóvenes; he dado la vida en medio de ellos. Y aunque a mí no me ha pasado, que entres en un bar y te digan "pederasta" es algo terrible. Aparte de eso, nos hace mucho daño que se asocie a la Iglesia con el PP.

- Disculpe el inciso, pero esa vinculación se la han ganado a pulso.
- Sí, sí. Pero lo que digo es que nos hace daño.

- ¿Por qué?
- Nos hace daño porque el Evangelio no es de derechas.

- Todo lo contrario.
 
- Sí. No sé si se entenderá si digo que Dios es de izquierdas. Con lo cual no digo que sea del PSOE o de Izquierda Unida. Dios sería de derechas si se preocupara de Dios, pero es de izquierdas porque se preocupa de ti y de mí. La Iglesia ha de mostrar que no se preocupa de sí misma ni de Dios, sino del otro. En este sentido, nos hace daño que se nos identifique con políticas que se preocupan del dinero y de cosas que no tocan.

- ¿Por qué es tan raro encontrar este discurso en la jerarquía?
- Se trata de la cercanía con la que vives la pobreza. Pongo un ejemplo: en 2005, yo era párroco en la Diócesis de Astorga. Hubo un intento de salto a la valla de Ceuta y murieron cinco inmigrantes. Recuerdo que pensé: qué vienen a hacer, quién les manda subirse a la valla, la Guardia Civil tiene que rechazarlos. Ése era mi pensamiento. Luego llego a Marruecos y me encuentro con ellos. Y mi pensamiento ha cambiado. Porque una cosa es hablar de la pobreza y otra cosa es encontrarte con el pobre. Ahora ya sé por qué suben a esa valla. Mil cosas empujan a esas personas a una valla a la que nunca hubieran querido acercarse si hubieran tenido otra posibilidad.

 
Yo, tras leerlo, me quedo más tranquilo. O intranquilo, para ser real. Porque destacar de esta manera le pone en el brete de recibir más que palabras feas. De todas las partes y de todos los colores. Y hasta es posible que se pregunte ¿quiénes son los míos? O ¿qué pinto yo en donde estoy?
Casi estoy seguro de que es consciente de que está más solo que la una. Pero lejos de inquietarse, estará mucho más firme; tiene hecha su opción tiempo ha, está con quien quiere y donde tiene que estar. Lo demás, ya se irá viendo.

Por ser vos quien sois


Doscientos agentes de la policía en ambos casos.
Playa del Tarajal, Ceuta
En uno para impedirles el paso o en su caso detenerlos y devolverlos.
Rampa de acceso a los juzgados de Palma de Mallorca
En el otro, para protegerla, custodiarla y que volviera tal como vino.
Decididamente no hay comparanza. Díme donde naces, y te diré qué será de ti.

«Sólo Dios es bueno», por supuesto; «que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda su lluvia sobre justos e injustos». Pero nosotros estamos llamados a ser santos como Él es santo. Y así, no sé, no sé…

Árbol envenenado

 
Adan y Eva, Lucas Cranach el Viejo (1472-1553). Instituto Courtauld de Londres

Algo ocurrió en nuestro pasado que lo ha dejado todo completamente dañado. El pasado, el presente y el futuro, por lo menos a medio plazo. De nosotros depende que no lo esté también el plazo largo.
Es lo que pienso ahora, tras enterarme de la sentencia del alto tribunal de Estrasburgo acerca de la llamada “doctrina Parot”.
A partir de lo que ocurriera en el siglo pasado, toda nuestra historia desde entonces ha estado enviciada, dando lugar a decisiones que nacieron viciadas: la guerra entre dos bandos hermanos iniciada por muy poco claros motivos (de una parte se alegó la defensa de la legalidad y de otra la restitución del orden y la defensa de la religión), la victoria y subsiguiente posguerra aún más ennegrecida por el bando vencedor, la aparición de grupos independentistas y violentos de los cuales eta fue el más fuerte, cruel y duradero, el gal y el terrorismo de estado, los intentos de sublevación con tejero a cara descubierta, una transición supuestamente modélica pero…, un trato diferente a los muertos y desaparecidos de las dos españas que aún siguen enfrentadas o cuando menos claramente separadas, una iglesia nacional hegemónica de hecho que ocupa todo espacio aunque ya no esté en las cortes generales como cuando cantero y compañía, unos nacionalismos de uno y otro signo, de diferente tamaño y de muchísima ambición. En fin, un panorama que podría tener sanación si todas las partes implicadas quisieran unirse para encontrar cómo lograrla.
Pero no. El veneno sigue estando ahí y lo hace imposible.
¿Alguien conoce el antídoto?

¡Justicia!




Una de las cosas que más me han conmovido en la Sagrada Escritura, concretamente en el Antiguo Testamento, es la virulencia con que los profetas acusan a los jueces inicuos que dictan sentencia contra los inocentes. Dicen hablar en nombre de Yahveh, y amenazan con duros castigos a los prevaricadores.
Luego en los evangelios también Jesús toca el asunto y en la parábola de la viuda y el juez injusto (Lc 18, 1-8) exhorta a insistir para obtener justicia contra viento y marea.
De modo que los jueces y la justicia que practican no parece que salgan bien parados a partir de los textos bíblicos, considerando el consejo de entenderse antes de acudir al juzgado, porque en llegando allá lo seguro es terminar trasquilado (Lc 12, 58-59). A mayores, está el dicho atribuido con toda seguridad a Jesús «no juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6,37), porque con «la misma medida con que juzguéis se os juzgará» (Lc 6, 38b). Que se repite en el evangelio de Mateo: «No juzguéis, para que Dios no os juzgue; 2porque Dios os juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado y os medirá con la medida con que hayáis medido a los demás» (Mt 7, 1-2).
Desde luego en mi familia las leyes y su administración no es palo que se haya tocado, salvando a un tío materno que estudió pero no ejerció, o sea como si nada.
Mis padres me decían, a partir de su experiencia, que «más vale un mal arreglo que un buen pleito» y que «Dios de la nada hizo el mundo, y el abogado de la nada un pleito». Y nunca entró en casa un abogado, ni tuvimos que ir a su despacho.
Eso sí, mi padre en sus primeros años fue juez de paz del pueblo; y según me contaron quienes lo vieron actuar, fue buen hombre.
Con esto quiero decir que a mí los jueces, los abogados, los juzgados y sus secretarios y oficiales me han pillado siempre lejos. Una sola vez tuve que acudir a responder de una denuncia, hace exactamente, 37 años; y digo exactamente, porque fue en Rioseco un veinticinco de noviembre. Puse objeciones a celebrar un funeral por el difunto caudillo y el señor alcalde y concejales reunidos acordaron dar parte. Claro que no fueron ellos por su cuenta, sino a instancias del entonces secretario provincial del movimiento, de apellido Velasco, pero nada que ver conmigo.
Cuando llegó Miguel Ángel a la vida de Esther conocí en carne y hueso a un juez en ejercicio. Ni me dio miedo, ni tuve que pensar cómo actuar para no incurrir en desacato. Claro que tampoco tocamos aspectos de su trabajo. Sí me tocó actuar a mí, porque estuve en su boda como testigo de la Iglesia, además de por amigo.
En fin, para mí la judicatura, el ejercicio de administración de la justicia, los señores letrados, me han importado en la medida en que tenía que gestionar el bienestar de un menor en desamparo o de una mujer maltratada. Fuera de eso, nada que reseñar.
Ahora resulta que quieren subir las tasas para poder pleitear. Lo cual quiere decir que se cobran tasas, primera cosa que ignoraba. En mi desconocimiento de la cosa, creía que la justicia era gratuita. Pues no. No, salvo excepciones, parece ser.
Si suben las tasas, y lo ponen imposible, va a resultar que aquí van a beneficiarse las personas que delinquen contra personas que no pueden defenderse. Ya ha sucedido antes, pero ahora va a ocurrir con mayor razón; o sin razón, para expresarme más correctamente.
Si a partir de ahora, para poder reclamar, por ejemplo, que me restituyan cien he de pagar antes una tasa de doscientas, decidiré perder cien en lugar de trescientas. Es sólo un ejemplo de ignorante, que es lo que soy en este asunto. Presumo que si cobran por hacer justicia a los que la solicitan, el ejercicio de un derecho constitucional va a quedar más que cojo, postrado en cama; enfermo mortal de necesidad. Otro que añadir a la cuenta de este rosario de pérdidas en nuestro flaco ajuar comunal y particular.
Yo me pregunto qué será de aquella historia ejemplar que aprendí en mi infancia de una buena mujer que acudió al rey para implorar se le reconociera su derecho. Sólo tuvo que gritar ¡Justicia!, y fue atendida [pincha si tienes curiosidad].
No creo que hoy fuera escuchada sin pasar antes por caja. ¡Cuánto lo lamento!

Una entrada descuidada

 

He llamado a A para que vengan a por alimentos y me ha dicho su mujer que está en Villanubla. ¿En Villanubla? Pues, ¿qué ha hecho? No lo sé; mañana llamo a J a ver qué pasa. Tuvo un problema en el mercadillo con un asunto de marcas, pero ya le pusieron una multa, a razón de 100 € mensuales. Dice su mujer que serán tres o cuatro días.
Cené de mala gana, y luego me puse a trabajar hasta acostarme. Por la noche tuve una mala pesadilla, sin relacionarla con el asunto; algo parecido a aquella serie de tv de unos reptiles venidos del espacio.
Esta mañana me tocaba ir a por simvastatina, para el colesterol. Cuando estoy saliendo J informa que A está detenido por desacato. Además de la multa le mandaron realizar trabajos sociales; le salió un trabajo en regla, pidió permiso en el juzgado… y el aviso fue mandarle para la prisión. Una orden es una orden. Su señoría se lo tomó muy a pecho. Y J, mi abogado favorito, no ha podido hacer más; está que se sube por las paredes.
Mi enfermera favorita me sirve la receta y yo le pido que me tome la tensión, como otras veces. La tienes normal, no hace falta. Como insisto, me lo toma. La tienes alta, relájate y repito. Cuatro intentos, y da alta. ¿Estás preocupado? En ese momento no caí en la cuenta. Pero a la cuarta, ¡zas! lo relacioné.
Maldito juez que me ha disparado la tensión. Lo que no ha conseguido Dívar con su descaro, lo ha logrado ese mequetrefe, que ha mandado a A a Villanubla por un quítame esas pajas.
Claro, A es guapo y tiene buen tipo, pero es subsahariano. Lleva mucho tiempo aquí, y tiene mujer e hijos, y se sacó hasta el carné de camionero; pero su color de la piel lo delata.
Tengo tal cabreo que no sé si estoy cayendo en desacato, pero no me importa. Dicen las noticias que los viajes del jefe han dado mala imagen a los jueces. ¡Mecuagüenenlamarserena! La imagen esa se la están ganando a pulso a base de atropellos como éste.
Además de subirme la tensión por su culpa no sé ya ni lo que digo. Pero no borro ni una letra. Esta entrada queda así. Y punto.

Mejor no me cabreo

 

No, no me voy a cabrear. Y bien que he estado a punto. Pero en cuanto pensé en don Ricardo y en lo que nos había dicho hace unos días, se me desaparecieron las intenciones y no me cabreé. Tras escucharle cuando nos dijo que no nos opusiéramos con uñas y dientes a pagar el IBI si fuera el caso, en medio del silencio curil diocesano, vi que estábamos en el camino correcto, aunque en otros lugares otros digan otras cosas.
Esto es que el señor cardenal, que creo que se toma por el señor de la plaza, ha dicho que si la Iglesia que está en España paga el IBI habrá que descontar el importe de lo que se entregue como ayuda a personas necesitadas; es decir, que las caritas van a tener menos dinero para repartir.
Consultado que he con mi gente, hemos considerado una ingerencia intolerable ese modo de hablar. Cada parroquia, cada diócesis, tenemos personalidad jurídica propia y autonomía en la gestión de nuestras cosas. Así ha sido siempre. Sólo Roma puede en todas partes. Pero no es el caso; el señor cardenal tiene sólo un título vacío, que no puede otra cosa sino lanzar brindis al sol. Y eso habrá que verlo. Por de pronto que mire dentro de su lugar, Madrid.
De modo que seguiremos haciendo lo que ya hacemos. Pagaremos lo que tengamos que pagar, como hasta ahora. Que nosotros pagamos el agua y el alcantarillado; el vado, las licencias de obras y los permisos de carga y descarga; el IVA y todos los demás impuestos directos e indirectos. En fin, como cualquier hijo e hija de vecino y/o vecina.
 Y no vamos a quitar el crucifijo, porque es nuestro signo distintivo, como no vamos a dejar en la estacada a quienes esta crisis y las otras achuchan con inmisericordia. Aunque pensemos que una cruz no pinta nada en algunos lugares públicos donde más que símbolo benefactor tal parece que encabrona,
Y abogaremos por la X en la declaración del irpf, porque eso no es menoscabar a nada ni a nadie, y sí colaborar para que los contribuyentes dirijan sus ayudas hacia quienes consideren. Aunque desearíamos que el Estado no aportara nada a la Iglesia si eso va a suponer tenerla del bozal.
Me da gusto poner aquí las palabras de don Ricardo, porque son de una categoría muy superior:
«Pagar impuestos es un modo convincente de realizar el ideal evangélico de la compasión, cuyo incumplimiento deja el mandato de la caridad incompleto. El Reino de Dios busca la justicia».
Las de copiado de Internet como suyas. Si no las ha dicho de verdad, estoy plenamente seguro que las piensa.

Este obispo está ahora en boca de todos


Se trata de D. Antonio Ángel Algora Hernando, nacido en La Vilueña, provincia de Zaragoza, el 2 de octubre de 1940, y actualmente obispo de la diócesis de Ciudad Real*.
Está en la red y se ha hecho de notar en todo tipo de periódicos online, blogs y demás lugares virtuales, desde que ha colocado en la página web del arzobispado esta carta que no tiene desperdicio.

A vueltas con la reforma laboral

No me toca a mí juzgar de la conveniencia o no, en el aspecto técnico y jurídico, de una Ley en un momento determinado en el que la sociedad entera está amenazada por una Crisis global sin precedentes en la historia humana. Los ciudadanos de la calle no tenemos elementos de juicio suficientes para dar una opinión técnica en temas cada vez más complejos. En estos momentos, nos hemos de fiar de las instituciones que deben entender de problemas de tan gran magnitud. Por esto, les debemos exigir a dichas instancias políticas, sindicales, empresariales, financieras y a los distintos colectivos de expertos que actúen con responsabilidad y, si siempre tenemos todos la obligación de construir el bien común, anteponiéndolo a intereses particulares, ahora más que nunca corresponde mayor obligación al que más puede.
Dicho esto, de lo que sí estamos en condiciones de juzgar es de la bondad o maldad de una Ley que rebaja claramente los derechos de los trabajadores respecto a situaciones anteriores, y lo peor es que llevamos muchos años ya de nuestra democracia donde siempre los perdedores en el concierto social, repito, siempre, son los mismos y siempre los más débiles.
Nadie habla de provisionalidad en las medidas que se están tomando, luego lo que se quiere hacer es establecer un "mercado de trabajo" en el que los empleadores hagan y deshagan a su antojo, olvidando que el "empleado" posible es, ante todo y sobre todo, "persona" a la que otros han dado la vida, la han educado, tiene necesidades básicas: familiares y sociales, no es una mera fuerza de trabajo que se admite o despide unilateralmente y durante un largo periodo de tiempo, pues, en un año de provisionalidad en el empleo (esto es lo que dice la Ley), puede ocurrir de todo, desde una gripe a un suceso familiar al que hay que atender antes que a cualquier otra urgencia de la vida de la empresa. Las personas no somos tan flexibles, tan elásticas, como nos quieren hacer creer.
¿De verdad no hay otras soluciones para crear puestos de trabajo? Parece mentira que a día de hoy tengamos que echar mano de usos del pasado que trajeron tanta injusticia y explotación a los trabajadores. Con estas medidas y sin meterme a profeta, se van a conseguir los mismos frutos de un pretendido bienestar, hasta es posible, pero no habremos avanzado nada en que el trabajador se sienta realizado con su trabajo y le sirva para llevar una vida estable y sin sobresaltos; que haga posible la familia, la educación de los hijos, el tejido social compacto y fuerte que hace personas y países fuertes para soportar las inclemencias de las coyunturas históricas.
Y, si no queda más remedio que aplicar hoy estas medidas, ¿no han de ser complementadas por otras en las que lo central sea la vida de las personas? ¡Tantos avances tecnológicos para esto! Da la impresión de que las sociedades desarrolladas van a ser las que más poder concentren en menos manos y esto no se corresponde con las aspiraciones de una sociedad democrática avanzada. Los jefes políticos europeos toman sus medidas por vía de urgencia sin apenas contar con los parlamentos respectivos; los poderes financieros se están concentrando en muy pocas manos. No sé si es muy descabellado pensar que, en el río revuelto de la Crisis, están pescando los más poderosos sin contar con la opinión de la sociedad.
Elevemos nuestras oraciones para que Dios nuestro Señor cuide de los más perjudicados de esta malísima situación que ya cuenta en nuestra España con más de once millones de pobres.
Vuestro obispo,
 + Antonio.
–––––––––––––––––––––––––––
* Por cierto, Ciudad Real existe y es una provincia española, inmortalizada por Miguel de Cervantes y Saavedra en su genial y sin par Don Quijote. Está a una hora escasa de Madrid, Villa y Corte, en el ave, y a unas dos horas y media por caminos vecinales. Y si antes nadie se fijó en ella, vaya usted a saber por qué sería.

No tiene vuelta de hoja



Me lo decía muchas veces mi padre, cuando me veía tozudo y terco, no dando mi brazo a torcer, insistiendo a pesar de que lo que estaba pretendiendo no salía, no sólo a la de tres, es que ni siquiera a la de veinte.
Sí, a la de veinte. Así es un servidor. Algunas cosas las he insistido más de veinte veces, palabra. Comprendo que es demasiado, incluso para mí, pero así me nacieron o me hice; creo que a partes iguales.
Hoy no tengo sino que dar mi brazo por torcido y reconozco que es la última página, que no hay más. Se acabó. Han ganado.
Tras la última sentencia del TS sobre los asuntos “Garzón” no estoy cabreado; tampoco indignado. Paso. Así de simple y de sencillo. Me he convertido en un pasante. Por mí como si dicen misa(1) de ahora en adelante.
Tuve el honor de compartir pupitre con ilustres compañeros en clases dictadas por el reverendo padre José María Díaz Moreno SJ, en Derecho Canónico. Sí, canónico con ce. Pero aprendí allí Derecho por un tubo. Me explico, no memoricé cánones del DC ni artículos del Penal o del Civil. No. Aprendí que el Derecho está en sintonía con la Justicia, o no es. Y que el sentido común, el recto proceder, y la bonhomía eran la base de todo Derecho. De ahí a las leyes en concreto, no hay más que un dejarse ir, como quien se asoma tanto al gran tobogán que la misma inclinación y la suavidad de la pista le lleva en volandas más allá de los doscientos metros. Nótese que el record está en doscientos cuarenta y seis, que no es paja.
Luego me tocó acercarme al Civil, Laboral y Mercantil, y fui preparado para comprender que sea cual sea la circunstancia, el sentido común y el buen pensar, la bonhomía, te lleva en volandas y a derecho.
Sospechaba que el Derecho se puede aplicar torcidamente, y entonces pasa a ser simplemente derecho; la Ley, leyes; y la Justicia, justicia. (De ahí que mi padre también me dijera que en pleitos no me metiese, que ganara o perdiera, perdería siempre). Pero nunca esa duda llegó a anidar en mí respecto del más alto tribunal de la nación. Además me habían dicho que esa tan alta instancia no sólo cierra todas las veredas que hasta ella confluyen, es que incluso ella puede dictar jurisprudencia, que es como decir que no sólo aplica las leyes, las crea. Era tal mi reverencia hacia aquel más allá de mi pequeña realidad, que siempre confié en lo que dictase.
La vida, sin embargo, me ha ido bajando los humos; los personales míos y los ajenos.
Aquellos siete señorones(2), sentados en aquellos imponentes sitiales, medio metro por encima del resto de los mortales, hieráticos mientras se hablaba, se porfiaba, se acusaba, se defendía, se alegaba, se aportaban razonamientos… ahora me parecen siete pequeñas personas, que cuando han hablado se han reflejado a sí mismos; son tan humanos como yo. Se equivocan como yo. Se les puede engañar como a mí. Se dejan utilizar como me dejo utilizar yo. Ahora viene la pregunta: ¿seré yo capaz de prevaricar(3)? Ellos tengo por seguro que lo han hecho(4).
¡Me rindo!

(1) La expresión coloquial “como si dices misa” sirve, según el Diccionario de la Real Academia, para expresar el poco o nulo interés de lo que otra persona pueda decir o hacer.
(2) Seguí todo lo que pude de los dos juicios por la tele y online. Vista en perspectiva la Sala del Supremo, imponía allá al fondo la imagen de los siete magistrados jueces en el ejercicio de sus funciones.
(3) Prevaricar es cometer un delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez o un funcionario. Pero también, y en desuso, equivale a desvariar, es decir, delirar, decir locuras o despropósitos. Salirse del orden regular. Está claro que yo no puedo cometer el delito, porque no tengo el nivel adecuado; ni soy autoridad, ni juez ni funcionario. Pero desvariar…
(4) Mi seguridad es subjetiva, por supuesto. Pero he de añadir que no consigo entender cómo pudo darse unanimidad en la sentencia condenatoria, no sólo porque en la sociedad el sentir estaba dividido, sino y especialmente porque en la sentencia absolutoria no la hubo. ¡Ay que ver qué claro estaba! Lo dicho, desvariaron.

Ah, casi se me olvida. Me ha resultado muy interesante la lectura de esta página. No es muy larga y se lee en poco tiempo.

Ese dolor puñetero



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A Rafael Fernando Navarro le duele su pastor alemán. Su ausencia. Desde que “se le hizo mayor la muerte, todo es más hermoso porque es más triste. Todo es más triste porque es más ausente. Todo es más ausente porque es más hueco”.
Termina diciendo, no sé si resignado o convencido: “Mi pastor alemán cuida (ahora) un rebaño de olas y las lleva hasta los pastos azules de la luna”.
Al actual ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, le dolían antes los plazos según los cuales la ley contemplaba si procedía o no permitir a una mujer desprenderse de lo que empezaba a gestar. El aborto le dolía.
Tiene la suerte de que ya ese dolor desaparece en cuanto él proponga un cambio, esta vez en base a supuestos.
Habría que preguntarle si no le duele no saber qué le puede doler a una mujer que no tiene capacidad de decidir, ni siquiera de opinar.
Al juez Baltasar Garzón le dolían, en el estricto cumplimiento de sus deberes profesionales, el olvido de causas condenadas a la oscuridad de los registros clandestinos. Y por tratar de superar ese dolor, ahora está experimentado el dolor de verse juzgado por sus mismos pares.
A las personas, -ahora pocas, vendrán más-, que ayer en la mañana han relatado sus experiencias de asesinatos sin juicio, de muertes matadas, de odios premeditadores que obraron con alevosía, y que se duelen de los silencios ominosos, las trampas alevosas y, por supuesto, la ausencia irremediable ya de sus mayores o iguales, se les está permitiendo hablar y desahogarse en medio de una corte mayor con todo lujo de detalles. ¡Quién podrá mostrar un dolor como su dolor!
A mí me está doliendo desde hace dos largos días una muela que no tenía por qué, para eso está endodonciada. Pero con ibuprofeno y una fuerte dosis de amoxilicina seguro que puedo soportarlo y, eso espero, superarlo.
Y es que la vida puede ser mucho más sencilla y bastante más agradable si pequeños gestos que nada cuestan, en lugar de evitarlos negándolos, nos molestamos un poco en realizarlos. Quitar, propiamente, no quitarán; pero si es verdad que las penas con pan son menos, un dolor expresado en libertad, escuchado con respeto, y atendido con solicitud, como si desapareciese…
Sí, por supuesto, es un artificio. Pero si miramos este vídeo con ojos limpios, podríamos convenir en que resultaría sumamente interesante probar, por ver qué pasaría si…
 

¿Metiéndome en un jardín?


La recientísima sentencia en el juicio con jurado popular por el tema de los trajes valencianos me ha dejado perplejo. No obstante, no la recurriré, que no va nada conmigo. Pero sí me da para opinar sobre eso de que unos simples legos en la materia tengan capacidad de decidir sobre algo tan sagrado en esta laica sociedad como es la justicia.
Que además de legos somos ignorantes una gran mayoría, no creo que haya ni que discutirlo.
Va un ejemplo. Esta tarde un papá riñe al funcionario que atiende el vestíbulo de la piscina por tratar de impedir que su hija rompa el artilugio recién estrenado que controla el acceso a vestuarios. Nos hemos modernizado y ahora disponemos de tarjeta electrónica, todo un avance técnico. El caso es que el papá de marras alegaba que su niña tenía todo el derecho del mundo a manipular el mecanismo, incluso estropearlo, porque para eso él ya paga en el colegio la actividad acuática en la que participa. El funcionario, pobre de él, no conseguía hacerle ver al papá en cuestión que pagar por nadar no significa tener derecho a destrozar las cosas.
Si el ejemplo no vale, paso a otras consideraciones.
Cuando se promulgó la ley del aborto, medio mundo se llevó las manos a la cabeza porque una de sus normas establecía que una persona mayor de 16 años podía abortar sin contar con la autorización paterna/materna. No sólo los eclesiásticos clamaron al cielo, también madres y padres elevaron sus protestas por pensar que se les estaba desproveyendo de un derecho. El derecho sobre su prole.
Ya he dicho aquí en repetidas ocasiones que no soy experto en nada, pero he estudiado de casi todo. Y hay al respective dos datos que recuerdo desde entonces: Una persona considerada menor en términos coloquiales, puede sin embargo contraer matrimonio o hacer testamento sin que tenga que contar con que sus padres den el consentimiento.
Concretamente:
1. El artículo 48 del código civil permite contraer matrimonio a partir de los 14 años, con dispensa del Juez de Primera Instancia, debiendo ser oídos el menor y sus padres o guardadores.
2. El artículo 663, por su parte, permite testar a los mayores de 14 de ambos sexos, siempre que estén en su cabal juicio.
Se alega que un menor de 18 años no puede votar. Y que por consiguiente mucho menos abortar. Yo ni entro ni salgo en lo del voto, que eso lo señala la Constitución. Pero el abortar o no corresponde a la más profunda intimidad de la persona, y tengo para mí que es cuando menos equiparable a los otros dos supuestos, el matrimonio y el testamento.
Servidor está en contra del aborto, pero si la sociedad lo reconoce como derecho, no puedo de ninguna manera negárselo a nadie, ni enjuiciar a quien lo pretenda ejercer.
Tengo entendido que ahora el partido que acaba de entrar en el gobierno va a modificar la ley, y creo que se equivoca. Pero como he dicho al principio, tal vez me esté metiendo en un jardín del que no sé si encontraría la puerta de salida.

No vale matar



Ayer era sólo un rumor, que luego pasó a ser sospecha de globo sonda. Esta mañana es primera plana en los noticieros en papel y virtuales: “Muere Bin Laden”.
Este titular se altera según cada medio, lugar y procedencia: “EEUU hace justicia por el 11M”; “EEUU mata a Bin Laden”; “Revenge”; “EEUU entró en la fortaleza para matar a Bin Laden, no para capturarlo”; “Un Nobel sin escrúpulos”; “Mi marido ya no volverá, pero sienta bien la muerte de Bin Laden”; “La muerte de Bin Laden es el primer milagro del nuevo beato"; “El Vaticano pide que la muerte de Bin Laden no genere más odio”; “¿Un Nobel de la Paz puede celebrar un asesinato?”; “Matar a Bin Laden, resucitar a Al Quaeda”; “La ONU habla de «avance crucial» contra el terrorismo”…
La vida trae estas sorpresas. Uno esperaba un macrojuicio, con toda la parafernalia propia de sus circunstancias. Porque nadie es culpable hasta que se demuestra ante los tribunales.
Esta vez ya se ve que no. ¿No ha podido ser? ¿Se ha querido hacer así?
A falta de un preso, -condenado antes, durante y después-, a quien llevar tras el juicio al corredor de la muerte, ahora tendremos reportajes sobre su larga y trabajosa cacería, y una muerte de película…
Seré tachado de connivencia con el terrorismo por colocar este post, es muy posible. Es lo que tenemos las personas ingenuas, que nos creemos que otro mundo sí que es posible. Pero ¡cuánto se tarda en conseguir!

Flores y espinas en mayo

     Acaba el mes de mayo y no podemos decir que el mundo está mejorado con respecto a cuando comenzó. Hoy me he levantado oyendo la noticia de que Israel ha atacado la flotilla humanitaria que navega rumbo a la Franja de Gaza, causando un número considerable de muertos y heridos. Aún no están claras las cifras, pero con que sean diferentes a cero, son demasiadas. No le ha importado al gobierno israelí intervenir en aguas internacionales; se ve que el derecho puede ser ninguneado según en función de qué.

     El gobierno y la sociedad en este suelo patrio ha vivido un mes muy raro, con el apretón, casi estrangulamiento, que la crisis está exigiendo, o eso dicen, al cinturón que cinturonea nuestra cintura común. Que ya prácticamente no nos queda cintura. Total para lo que nos hacía falta… Me llegan correos contradictorios: unos pretenden movilizarme, otros desmovilizarme.

     Y en el golfo de Méjico, qué lejos nos queda menos mal, el crudo sigue destilando por el agujero bajo el mar, y no hay manera de ponerle tapón. Dicen que es una desmesura de chapapote y que va a quedar todo hecho una auténtica pena.

     Otro interés, sin embargo, me había preocupado a mí durante este mes florido y hermoso: qué será que sería del olivo que transplanté hace unos meses. Desde el 21 de enero ha permanecido inmóvil y silencioso, al menos en apariencia. Pero se ve que no, que trabajaba en lo profundo. Justo fue comenzar el mes y justo empezó a brotar.

     Aquí está la secuencia por semanas:


 1ª Semana: 1 de mayo


2ª Semana: 8 de mayo


3ª Semana: 15 de mayo


4ª Semana: 22 de mayo


5ª Semana: 29 de mayo


6ª Semana: 31 de mayo

     Felipe desde algún lugar no muy lejano sabe que seguí todos los pasos que me indicó en el transplante del arbolito. Sabe también que mover una pieza como ésta de más de quince años tiene bastante de suerte y lotería. Ahora que ve que el resultado es, hasta el momento, positivo, estará contento de ver que lo que él me enseñó no cayó en vacío.

     A pesar de todo, el balance final de mayo resulta en números rojos. Si en lo personal hay motivos de alegría, en lo común y de todos, casi podríamos decir que hemos perdido otro mes más de nuestra historia.

Dos por una…, me he perdido

     Como en las ofertas y saldos por cierre de negocio, ojalá no esté yo acertando, ofrezco dos productos al precio de uno.
     El primero de política nacional, sobre Garzón y los dineros del Santander ante el Supremo. Aunque en realidad dice todo sobre todo el asunto del juez enjuiciado.
     Tendrán razón quienes afirman que no es tan grave, que incluso es bien sano para un país democrático, que este asunto esté tratado, que aquí nadie está al margen de la ley. Pero yo, qué voy a hacer si soy así, tengo la mosca tras la oreja. Recuerdo que mi padre me decía, «Míguel, hijo, no te metas en pleitos, que aunque ganes, pierdes.» Es posible que Garzón salga de esto reforzado, pero es posible también que no sea así. Y no es que no me fíe de la ley, pero somos tan humanos…

     El segundo trata de otro asunto. La Iglesia. Y el autor es un teólogo que sobre eclesiología sabe un huevo, que lo ha demostrado. Pero ahora yo creo que desbarra, está desmedido e incluso sobreactuado. Se trata de Hans Küng, a quien le publican todo lo que saca. Pertenece a un grupo de ideólogos que han caído en gracia y tiene muchos admiradores; no sé si tantos serán los seguidores. Está muy bien lanzar ideas bonitas, siempre que no sea uno mismo el que las lleve a cabo. También es proverbial la frase: «Una cosa es predicar y otra dar trigo».
     Aquí está el contenido de su carta que ha aparecido al mismo tiempo por tropecientos mil lugares. Que cada quien la lea y saque sus propias conclusiones.
     Yo mientras tanto seguiré con lo mío.

I


EDITORIAL de El País (16/04/2010)

Otra visita al Supremo
Garzón contó con el aval de la Audiencia Nacional para archivar la querella contra Botín

     El juez Baltasar Garzón compareció ayer por segunda vez en poco tiempo ante el Tribunal Supremo en condición de imputado. En esta ocasión, la cita correspondía a su primera declaración en la causa que se le sigue por haber archivado una querella contra el presidente del Banco Santander, Emilio Botín, tras haber dirigido unos cursos en la Universidad de Nueva York patrocinados por la entidad financiera. La causa fue archivada hace un año, pero los querellantes -uno de ellos letrado en la querella contra Botín-, han logrado reabrirla insistiendo en que existe relación entre el patrocinio y el posterior archivo de la querella. Acusan al juez de un delito de prevaricación en conexión con otro de cohecho.

     Esta causa se diferencia de las otras dos abiertas contra Garzón en un aspecto esencial: quiere alimentar la sospecha de que el juez utilizó la jurisdicción en provecho propio. En la abierta por los crímenes del franquismo a instancias del sindicato ultraderechista Manos Limpias y Falange Española la motivación es ideológica: lavar el honor de los responsables de aquellos crímenes, mancillado por el intento de Garzón de abrir una causa penal contra ellos, para así resolver el problema de las fosas. Ese trasfondo hace a esta causa especialmente lacerante para muchos españoles: transmite el mensaje de que el Tribunal Supremo de la democracia considera aceptable que los restos de las víctimas del franquismo que yacen todavía en esas fosas sigan desperdigados por los campos y cunetas de España. Y en la causa de las escuchas a abogados del caso Gürtel presuntamente implicados en la trama, es transparente que el objetivo es la impunidad de los delitos de corrupción.

     Las tres causas coinciden en los rasgos más importantes. Han sido abiertas a instancias de acusaciones particulares y populares y con la oposición del ministerio fiscal, defensor institucional de la legalidad. Las tres versan sobre asuntos que han tenido solución, tras la natural controversia jurídica, en el ámbito de la jurisdicción: dos de ellas, la causa por los crímenes del franquismo y el archivo de la querella contra Botín, en la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, y la de las escuchas, en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Que vuelvan por la vía de la querella no deja de plantear sospechas de instrumentación de la justicia y de interferencia dolosa en la actividad jurisdiccional que el Tribunal Supremo debería impedir.

     La Sala Penal de la Audiencia Nacional consideró ajustado a derecho el archivo de la querella contra Botín. ¿Dónde está, entonces, la injusticia dolosa propia de la prevaricación? Que Garzón no se inhibiera no significa que prevaricara. Tampoco lo hizo el magistrado De la Rúa, por su amistad íntima con Camps, en la causa de los trajes y nadie se atrevió a acusarle de prevaricar. Incluso si el Supremo anulara la sentencia que absolvió a Camps sería aventurado acusarle de ese delito. Garzón cuenta con la ventaja de que el tribunal del que depende avaló su actuación.

 

 

II

 

Carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo


     Estimados obispos,

     Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, y yo fuimos entre 1962 1965  los dos teólogos más jóvenes del concilio. Ahora, ambos somos los más ancianos y los únicos que siguen plenamente en activo. Yo siempre he entendido también mi labor teológica como un servicio a la Iglesia. Por eso, preocupado por esta nuestra Iglesia, sumida en la crisis de confianza más profunda desde la Reforma, os dirijo una carta abierta en el quinto aniversario del acceso al pontificado de Benedicto XVI. No tengo otra posibilidad de llegar a vosotros. 

     Aprecié mucho que el papa Benedicto, al poco de su elección, me invitara a mí, su crítico, a una conversación de cuatro horas, que discurrió amistosamente. En aquel momento, eso me hizo concebir la esperanza de que Joseph Ratzinger, mi antiguo colega en la Universidad de Tubinga, encontrara a pesar de todo el camino hacia una mayor renovación de la Iglesia y el entendimiento ecuménico en el espíritu del Concilio Vaticano II. 

     Mis esperanzas, y las de tantos católicos y católicas comprometidos, desgraciadamente, no se han cumplido, cosa que he hecho saber al papa Benedicto de diversas formas en nuestra correspondencia. Sin duda, ha cumplido concienzudamente sus cotidianas obligaciones papales y nos ha obsequiado con tres útiles encíclicas sobre la fe, la esperanza y el amor. Pero en lo tocante a los grandes desafíos de nuestro tiempo, su pontificado se presenta cada vez más como el de las oportunidades desperdiciadas, no como el de las ocasiones aprovechadas: 
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de un entendimiento perdurable con los judíos: el Papa reintroduce la plegaria preconciliar en la que se pide por la iluminación de los judíos y readmite en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas, impulsa la beatificación de Pío XII y sólo se toma en serio al judaísmo como raíz histórica del cristianismo, no como una comunidad de fe que perdura y que tiene un camino propio hacia la salvación. Los judíos de todo el mundo se han indignado con el predicador pontificio en la liturgia papal del Viernes Santo, en la que comparó las críticas al Papa con la persecución antisemita. 
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de un diálogo en confianza con los musulmanes; es sintomático el discurso de Benedicto en Ratisbona, en el que, mal aconsejado, caricaturizó al islam como la religión de la violencia y la inhumanidad, atrayéndose así la duradera desconfianza de los musulmanes. 
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de la reconciliación con los pueblos nativos colonizados de Latinoamérica: el Papa afirma con toda seriedad que estos “anhelaban” la religión de sus conquistadores europeos. 
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la superpoblación, aprobando los métodos anticonceptivos, y en la lucha contra el sida, admitiendo el uso de preservativos. 
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de concluir la paz con las ciencias modernas: reconociendo inequívocamente la teoría de la evolución y aprobando de forma diferenciada nuevos ámbitos de investigación, como el de las células madre. 
  • Se ha desperdiciado la oportunidad de que también el Vaticano haga, finalmente, del espíritu del Concilio Vaticano II la brújula de la Iglesia católica, impulsando sus reformas
     Este último punto, estimados obispos, es especialmente grave. Una y otra vez, este Papa relativiza los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada contra el espíritu de los padres del concilio. Incluso se sitúa expresamente contra el concilio ecuménico, que según el derecho canónico representa la autoridad suprema de la Iglesia católica: 
  • Ha readmitido sin condiciones en la Iglesia a los obispos de la Hermandad Sacerdotal San Pío X, ordenados ilegalmente fuera de la Iglesia católica y que rechazan el concilio en aspectos centrales. 
  • Apoya con todos los medios la misa medieval tridentina y él mismo celebra ocasionalmente la eucaristía en latín y de espaldas a los fieles. 
  • No lleva a efecto el entendimiento con la Iglesia anglicana, firmado en documentos ecuménicos oficiales (ARCIC), sino que intenta atraer a la Iglesia católico-romana a sacerdotes anglicanos casados renunciando a aplicarles el voto de celibato. 
  • Ha reforzado los poderes eclesiales contrarios al concilio con el nombramiento de altos cargos anticonciliares (en la Secretaría de Estado y en la Congregación para la Liturgia, entre otros) y obispos reaccionarios en todo el mundo. 
     El Papa Benedicto XVI parece alejarse cada vez más de la gran mayoría del pueblo de la Iglesia, que de todas formas se ocupa cada vez menos de Roma y que, en el mejor de los casos, aún se identifica con su parroquia y sus obispos locales. 

     Sé que algunos de vosotros padecéis por el hecho de que el Papa se vea plenamente respaldado por la curia romana en su política anticonciliar. Esta intenta sofocar la crítica en el episcopado y en la Iglesia y desacreditar por todos los medios a los críticos. Con una renovada exhibición de pompa barroca y manifestaciones efectistas cara a los medios de comunicación, Roma trata de exhibir una Iglesia fuerte con un “representante de Cristo” absolutista, que reúne en su mano los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Sin embargo, la política de restauración de Benedicto ha fracasado. Todas sus apariciones públicas, viajes y documentos no son capaces de modificar en el sentido de la doctrina romana la postura de la mayoría de los católicos en cuestiones controvertidas, especialmente en materia de moral sexual. Ni siquiera los encuentros papales con la juventud, a los que asisten sobre todo agrupaciones conservadoras carismáticas, pueden frenar los abandonos de la Iglesia ni despertar más vocaciones sacerdotales. 

     Precisamente vosotros, como obispos, lo lamentaréis en lo más profundo: desde el concilio, decenas de miles de sacerdotes [en la traducción de EP dice obispos] han abandonado su vocación, sobre todo debido a la ley del celibato. La renovación sacerdotal, aunque también la de miembros de las órdenes, de hermanas y hermanos laicos, ha caído tanto cuantitativa como cualitativamente. La resignación y la frustración se extienden en el clero, precisamente entre los miembros más activos de la Iglesia. Muchos se sienten abandonados en sus necesidades y sufren por la Iglesia. Puede que ese sea el caso en muchas de vuestras diócesis: cada vez más iglesias, seminarios y parroquias vacíos. En algunos países, debido a la carencia de sacerdotes, se finge una reforma eclesial y las parroquias se refunden, a menudo en contra de su voluntad, constituyendo gigantescas “unidades pastorales” en las que los escasos sacerdotes están completamente desbordados. 

     Y ahora, a las muchas tendencias de crisis todavía se añaden escándalos que claman al cielo: sobre todo el abuso de miles de niños y jóvenes por clérigos -en Estados Unidos, Irlanda, Alemania y otros países- ligado todo ello a una crisis de liderazgo y confianza sin precedentes. No puede silenciarse que el sistema de ocultamiento puesto en vigor en todo el mundo ante los delitos sexuales de los clérigos fue dirigido por la Congregación para la Fe romana del cardenal Ratzinger (1981-2005), en la que ya bajo Juan Pablo II se recopilaron los casos bajo el más estricto secreto. Todavía el 18 de mayo de 2001, Ratzinger enviaba un escrito solemne sobre los delitos más graves (Epistula de delictis gravioribus) a todos los obispos. En ella, los casos de abusos se situaban bajo el secretum pontificium, cuya vulneración puede atraer severas penas canónicas. Con razón, pues, son muchos los que exigen al entonces prefecto y ahora Papa un mea culpa personal. Sin embargo, en Semana Santa ha perdido la ocasión de hacerlo. En vez de ello, el Domingo de Ramos movió al decano del colegio cardenalicio a levantar urbi et orbe testimonio de su inocencia. 

     Las consecuencias de todos estos escándalos para la reputación de la Iglesia católica son devastadoras. Esto es algo que también confirman ya dignatarios de alto rango. Innumerables curas y educadores de jóvenes sin tacha y sumamente comprometidos padecen bajo una sospecha general. Vosotros, estimados obispos, debéis plantearos la pregunta de cómo habrán de ser en el futuro las cosas en nuestra Iglesia y en vuestras diócesis. Sin embargo, no querría bosquejaros un programa de reforma; eso ya lo he hecho en repetidas ocasiones, antes y después del concilio. Sólo querría plantearos seis propuestas que, es mi convicción, serán respaldadas por millones de católicos que carecen de voz. 

1. No callar: en vista de tantas y tan graves irregularidades, el silencio os hace cómplices. Allí donde consideréis que determinadas leyes, disposiciones y medidas son contraproducentes, deberíais, por el contrario, expresarlo con la mayor franqueza. ¡No enviéis a Roma declaraciones de sumisión, sino demandas de reforma! 

2. Acometer reformas: en la Iglesia y en el episcopado son muchos los que se quejan de Roma, sin que ellos mismos hagan algo. Pero hoy, cuando en una diócesis o parroquia no se acude a misa, la labor pastoral es ineficaz, la apertura a las necesidades del mundo limitada, o la cooperación mínima, la culpa no puede descargarse sin más sobre Roma. Obispo, sacerdote o laico, todos y cada uno han de hacer algo para la renovación de la Iglesia en su ámbito vital, sea mayor o menor. Muchas grandes cosas en las parroquias y en la Iglesia entera se han puesto en marcha gracias a la iniciativa de individuos o de grupos pequeños. Como obispos, debéis apoyar y alentar tales iniciativas y atender, ahora mismo, las quejas justificadas de los fieles. 

3. Actuar colegiadamente: tras un vivo debate y contra la sostenida oposición de la curia, el concilio decretó la colegialidad del Papa y los obispos en el sentido de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro tampoco actuaba sin el colegio apostólico. Sin embargo, en la época posconciliar los papas y la curia han ignorado esta decisión central del concilio. Desde que el papa Pablo VI, ya a los dos años del concilio, publicara una encíclica para la defensa de la discutida ley del celibato, volvió a ejercerse la doctrina y la política papal al antiguo estilo, no colegiado. Incluso hasta en la liturgia se presenta el Papa como autócrata, frente al que los obispos, de los que gusta rodearse, aparecen como comparsas sin voz ni voto. Por tanto, no deberíais, estimados obispos, actuar solo como individuos, sino en comunidad con los demás obispos, con los sacerdotes y con el pueblo de la Iglesia, hombres y mujeres. 

4. La obediencia ilimitada sólo se debe a Dios: todos vosotros, en la solemne consagración episcopal, habéis prestado ante el Papa un voto de obediencia ilimitada. Pero sabéis igualmente que jamás se debe obediencia ilimitada a una autoridad humana, solo a Dios. Por tanto, vuestro voto no os impide decir la verdad sobre la actual crisis de la Iglesia, de vuestra diócesis y de vuestros países. ¡Siguiendo en todo el ejemplo del apóstol Pablo, que se enfrentó a Pedro y tuvo que “decirle en la cara que actuaba de forma condenable” (Gal 2, 11)! Una presión sobre las autoridades romanas en el espíritu de la hermandad cristiana puede ser legítima cuando estas no concuerden con el espíritu del Evangelio y su mensaje. La utilización del lenguaje vernáculo en la liturgia, la modificación de las disposiciones sobre los matrimonios mixtos, la afirmación de la tolerancia, la democracia, los derechos humanos, el entendimiento ecuménico y tantas otras cosas sólo se han alcanzado por la tenaz presión desde abajo. 

5. Aspirar a soluciones regionales: es frecuente que el Vaticano haga oídos sordos a demandas justificadas del episcopado, de los sacerdotes y de los laicos. Con tanta mayor razón se debe aspirar a conseguir de forma inteligente soluciones regionales. Un problema especialmente espinoso, como sabéis, es la ley del celibato, proveniente de la Edad Media y que se está cuestionando con razón en todo el mundo precisamente en el contexto de los escándalos por abusos sexuales. Una modificación en contra de la voluntad de Roma parece prácticamente imposible. Sin embargo, esto no nos condena a la pasividad: un sacerdote que tras madura reflexión piense en casarse no tiene que renunciar automáticamente a su estado si el obispo y la comunidad le apoyan. Algunas conferencias episcopales podrían proceder con una solución regional, aunque sería mejor aspirar a una solución para la Iglesia en su conjunto. Por tanto: 

6. Exigir un concilio: así como se requirió un concilio ecuménico para la realización de la reforma litúrgica, la libertad de religión, el ecumenismo y el diálogo interreligioso, lo mismo ocurre en cuanto a solucionar el problema de la reforma, que ha irrumpido ahora de forma dramática. El concilio reformista de Constanza en el siglo previo a la Reforma acordó la celebración de concilios cada cinco años, disposición que, sin embargo, burló la curia romana. Sin duda, esta hará ahora cuanto pueda para impedir un concilio del que debe temer una limitación de su poder. En todos vosotros está la responsabilidad de imponer un concilio o al menos un sínodo episcopal representativo. 

     La apelación que os dirijo en vista de esta Iglesia en crisis, estimados obispos, es que pongáis en la balanza la autoridad episcopal, revalorizada por el concilio. En esta situación de necesidad, los ojos del mundo están puestos en vosotros. Innúmeras personas han perdido la confianza en la Iglesia católica. Para recuperarla sólo valdrá abordar de forma franca y honrada los problemas y las reformas consecuentes. Os pido, con todo el respeto, que contribuyáis con lo que os corresponda, cuando sea posible en cooperación con el resto de los obispos; pero, si es necesario, también en solitario, con “valentía” apostólica (Hechos 4, 29-31). Dad a vuestros fieles signos de esperanza y aliento y a nuestra iglesia una perspectiva. 

     Os saluda, en la comunión de la fe cristiana, Hans Küng. 


[Traducción: Jesús Alborés Rey]

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