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El Icono de Navidad del Monasterio Copto de Santa Catalina del Sinai




Éste es quizá el más significativo y completo (antiguo) de los iconos del misterio completo de la Navidad, anterior a la gran lucha de los iconoclastas. Éste es en resumen su sentido:
a. Del Círculo más alto (divino) con la tres estrellas de Dios Padre, desciende a Jesús y en él se encarna, como “rayo” de vida, la Palabra hecha carne, por el Espíritu que todo lo viste de rojo... Jesús en una cuna, con aureola de Cruz (se condensa así en el niño todo el misterio del Cristo pascual)
b. En el panel superior están los cuatro Arcángeles, que cantan la gloria de Dios y anuncian la epifanía a los tres magos (cf. arcángel de la derecha); este mundo angélico, presente en los grandes libros sagrados de Daniel y Henoc, desemboca en la encarnación de la Palabra de Dios, a cuyo servicio se pone.
c. En el panel del centro está María, humanidad que da a luz al Niño, entronizado con Cruz en la cuna, y a su lado vienen los tres magos, para descubrir la Sabiduría de Dios que es Jesús (vienen ya a pie, los caballos quedan abajo, a la izquierda). No son “reyes” (poder político), son “magos”, esto es los “sabios” más grandes de Babilonia, de Persia y de Egipto/Etiopía, las tres partes del mundo, en la línea de los sabios de gran conocimiento del libro de Daniel.
d. En el panel inferior, un ángel músico entre cabras llama con su flauta a los pastores, y ahí así aparece uno de ellos, a la derecha, con su zurrón. Los caballos de los magos están prontos a la izquierda, junto a José (que es Israel) pensativo y descubriendo el misterio, mientras dos mujeres (que son la humanidad entera, una de las cuales ha de ser María ¿y la otra Isabel?) limpian y visten al niño. Los caballos de los sabios aguardan a la izquierda, para llevar el buen conocimiento al mundo entero, en cabalgata de Navidad y Pascua.

Conclusión

Miremos de nuevo otra vez este icono, que nos llega de una de las iglesias más ricas de la cristiandad, antes de la gran disputa de los iconoclastas (los que destruían las imágenes). Estas pueden ser las conclusiones:
-- La Sabiduría de Dios es un niño que nace, Dios encarnado. La navidad es cuidar a los niños y necesitados
-- Los sacerdotes de esta Navidad son ante todo María y los Magos, la mujer grávida de Dios, los magos buscadores de su sabiduría, que llegan a pie (sus caballos quedan ya sin jinetes en la parte bajo, a la izquierda).
-- Éste es el gran misterio para José el Varón Israelita, mientras toca música el ángel de la flauta y llegan también los pastores...


El Monasterio de la Transfiguración o Monasterio de Santa Catalina (en griego: Μονὴ τῆς Ἁγίας Αἰκατερίνης) está situado en la boca de un cañón de difícil acceso a pies del monte Sinaí, en Egipto. Está construido donde la tradición supone que Moisés vio la «zarza que ardía sin consumirse». Se trata de uno de los monasterios más antiguos que continúan habitados. También se le conoce con el nombre de Monasterio de la Zarza Ardiente. Pertenece a la Iglesia ortodoxa autónoma de Monte Sinaí, dependiente de la Iglesia ortodoxa de Jerusalén. En 2002 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.


Imágenes manipuladas



Parroquia de Guadalupe, Valladolid, España

No logré expresarme ni en Nochebuena ni en Navidad. Claro que el asunto se las trae y es difícil hablar sobre un tema tan particular. En todo caso creo que debí esforzarme un poquito más.
Por suerte he encontrado este texto y aquí lo pongo con su autor. Se aproxima bastante a lo que pretendí y no alcancé a decir.
(Marco A. Velásquez Uribe).- La escena del Hijo de Dios en un pesebre, que nace en el vientre virginal de una mujer sencilla, en una ciudad insignificante y desconocida como Belén, más allá de la tierna inocencia con que ha sido descrita, a través de la historia, es de una fuerte carga emocional que contiene toda la impotencia de Dios hacia la humanidad. La escena, tantas veces repetida y ritualizada, más que nunca con fines profanos, representa una escenografía que violenta la conciencia de cualquier espectador, pasivo o activo.
En algún lugar de África
Una criatura, humana y divina, rodeada de todos los signos del abandono, de la marginalidad y de la indiferencia social, representa la más brutal contradicción del pensamiento de Dios para su Hijo.
Sin embargo, la obra de Dios así graficada no busca someter a su Hijo a la ignominia de la indiferencia humana; tampoco busca humillar ni mancillar la dignidad de esos padres impotentes que sufren el desprecio social que les ha caído en suerte, al no encontrar un espacio digno para el nacimiento de su hijo. En esa escenografía, Dios cuenta con la colaboración santificadora de su Hijo, de María y de José.
Dios que, en el transcurso de la creación, actúa como oculto desde una aparente lejanía celestial, ha decidido irrumpir con fuerza en la historia, recreando ese momento con una síntesis de la barbarie que provoca la actuación humana. De ahí que la belleza y la esperanza de todo nacimiento, sea violentada con los signos del desamparo y el abandono.
Es así como Dios, sin palabras, y con la elocuencia de los hechos, se vuelve contra los espectadores del pesebre para quebrar la conciencia humana y mostrar con nitidez ese lado oscuro, que se oculta tras los sombríos pensamientos que provocan la injusticia, la tristeza y la marginalidad.
Entonces, en el pesebre conviven la esperanza y el reproche. Y así, como el trigo y la cizaña conviven en el mismo corazón humano, la esperanza y el reproche anidan en cada persona de buena voluntad.
Quito, Ecuador
Porque al contemplar el pesebre del Hijo de Dios, afloran las propias esperanzas y también esas secretas oscuridades. Sólo así, es posible adentrarse en ese mundo interior donde están los elementos esenciales para hacer ese pesebre personal, donde pueda nacer lo mejor de cada uno, con la potencialidad del bien creador que puede hacer realidad la esperanza de todos.
Esta es la noche luminosa de todos los perdedores de la historia, y también de los ganadores, que tienen la potencialidad de unirse en un abrazo celestial, para construir ese gran pesebre de los hijos e hijas de Dios. Feliz Navidad.


Escaleras del Metro de Manila, Filipinas

Cena con pobres en Navidad




He tenido la ocurrencia de preguntar a google por cena con pobres en Navidad y, además de indicarme las muchas cenas que organizan todo tipo de oenegés para personas indigentes, niños malnutridos y sin techo, he encontrado multitud de recetas para poner sobre la mesa y terminar completamente exhausto, ahíto, es decir, a reventar.
En cuanto a esto segundo, no digo ni palabra. ¡Qué me importa cómo llamen o dejen de llamar lo que se lleva el personal a la boca! “A lo pobre” suele ser una modalidad gastronómica nada discreta.
Lo que ahora me ocupa es la cena en sí, ofrecida a quienes se considera pasan hambre en todo tiempo. Suele ocurrir en los días navideños, de modo que a partir de ahora ya no es su época y dejaremos de tener noticias sobre tales eventos.
No voy a escribir que veo mal que se organicen, porque ¿a quién le amarga un dulce? Yo mismo he sido invitado varias veces a compartir mesa en familia en estos días señalados. Y se agradece el detalle.
Pero digo yo que no me gustaría verme en los papeles, días antes y días después, junto a los nombres y caras de las personas que tienen tal iniciativa, al tiempo que exponen el menú, más propio de un festín que de una simple comida. Menos aún, si mi nombre tiene como complemento “pobre”, “sin techo” o similar, y se destaca que no soy yo, sino mi circunstancia, quien origina el asunto.
En cuanto a quienes ponen la mesa, suelen ser gente conocida: el papa Francisco, el padre Ángel y la alcaldesa de Madrid; también la comunidad de san Egidio y algunas cáritas diocesanas y parroquiales. Y gente de negocios y empresarios, pero no les nombro para no hacerles publicidad gratuita. Políticos no me suena, pero alguno habrá.
Enero suele ser un mes terrible para casi todos. No sólo por la resaca de fin de año y año nuevo, sino por el frío invernal que hasta febrero o marzo se agarra a la tierra y penetra sin piedad dentro de las casas. No estaría nada mal que se acordaran de ello quienes tuvieron el detalle de pensar en estómagos vacíos sin preguntar el porqué y el cómo solucionarlo. No estaría nada mal que abrieran las puertas de sus casas y dispusieran camas en los espacios disponibles, todas las que fueran necesarias. Y si además olvidan dar cuartos al pregonero, mejor que mejor.

Es Navidad



Desde bien tempranito comencé a preparar la iglesia. Había que desmontar lo del adviento y buscar, por donde guardo las cosas, el material de navidad. Entre subir y bajar, llevar y traer, poner-retocar-ajustar, se me fue la mañana entera. Quedó al fin tal que así:

La tarde la empleé en hacer el pregón, las preces y la homilía. Dicho así, parece que se trata de asuntos trascendentes. Al final, cuatro palabritas.
La noche nos juntó a los de siempre, un poco rebajado el número con respecto al de otros años.
Empezamos en punto, y fue llegando el personal. Fuera sonaban petardos, dentro silencio. Hasta que nos soltamos con los villancicos.

El Niño se lo merece, es una preciosidad.
Que ¿qué es Navidad? Tras oír muchas narraciones, historias, comentarios y opiniones, me quedo con lo mío, que aún me vale.
Navidad no es la fiesta familiar, que tanta gente detesta.
Navidad no es pasar por caja, atestado de paquetes que tras desembalar terminarán produciendo montones de basura junto a los contenedores de la calle.
Navidad no es empanzarse de marisco y de churrasco, sea mucho o poco lo que cueste.
Navidad no es parar la guerra, que ya sabemos que va en sesión continua.
Navidad no es un coro de angelitos cantando, ni tracas por doquier y coches derrapando.
Navidad no son calles iluminadas en un aberrante derroche.
Navidad no es el belén que ya no ponemos, ni el abeto que se secará junto al radiador, ni papá noel con regalos antes de, ni los reyes con su cargamento después de… ni siquiera nochevieja pasada de rosca hasta el hartazgo.
Si digo que Navidad es un camino que no tiene pandereta, porque Dios resuena dentro de quien va en fraternidad; que Navidad es el milagro de pararse a cada puerta y saber si nuestro hermano necesita nuestro pan, no me estoy refiriendo a Raphael, sino a Miguel Manzano, zamorano, musicólogo y compositor, que se sacó de la manga un villancico agridulce con mucha hondura.
Mejor termino copiando a Miguel Ángel Mesa, que se interesa más por el dónde y el cuándo que por el qué, aunque después termina por redondearnos la respuesta:
Es Navidad cuando descubrimos que todo en la vida es gracia, que todo es don, que estamos llamados a salir de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, para hacernos un regalo para los demás.
Es Navidad cuando escuchamos la buena noticia de la presencia de la bondad en los demás, en el mundo que nos rodea y nos dejamos seducir, llevando con alegría nuestro compromiso para acabar con la tristeza, la soledad, la injusticia, el dolor y tanto llanto.
Es Navidad cuando alejamos nuestro egoísmo y salimos a contemplar la realidad, nos llenamos de asombro al descubrir dónde está presente Dios, dónde se encarna, en qué belenes nace, sufre, está marginado. Y no nos quedamos de brazos cruzados.
Es Navidad cuando hacemos presentes a las estrellas que nos han guiado hasta donde hoy estamos, lo que ahora somos. Especialmente de todos los familiares, amigos y amigas que nos han acompañado en nuestras vidas. Ellos y ellas están presentes celebrando con nosotros esta Navidad.
Es Navidad cuando no nos dejamos llevar por la desilusión y sabemos descubrir y recrear nuevas estrellas, que nos impulsan a vivir con ilusión, con esperanzas renovadas, realistas, pero conducidos por el sueño de una sola humanidad fraterna, en medio de una creación donde la vida surja en plenitud.
Es Navidad si seguimos viviendo no de forma aislada, sino en comunidad, junto a otras personas que nos ayudan a crecer, a Francisco renovando la Iglesia, a tantas mujeres y hombres que se convierten en navidad cada día del año, al convertirse en don gratuito para los demás.
Es Navidad cuando cuidamos a quien nos necesita y nos dejamos cuidar cuando nuestros ánimos decaen. Siempre marchamos en camino hacia Belén, hacia Dios, hacia el misterio del Amor, la Belleza y la Bondad que anida en cada ser humano, en la Naturaleza y el Universo que nos embelesa, nos consuela y nos llena de paz y energía, para seguir construyendo un mundo nuevo.
Si has conseguido llegar hasta aquí, te lo mereces:

¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!

Y si has dado un salto, también.

Esta entrada está reeditada. No podía aguantarme no poner esta rosa que ha traido Rosario de su jardín. Navidad es primavera.

Esta noche es nochebuena


Pero antesdeayer empezó el invierno, exactamente a las 5:48 horas. De modo que era la segunda mañana de la estación fría cuando nos dispusimos debidamente para afrontar nuestro reglamentario paseo campestre.
¡Estáis un poco locos! Han llegado a decirnos. Algo debe haber, que cuando el río suena…
Será falta de lucidez. Pero ver a esta criatura, Tano, que vino hace un año hecha una cosa repelente, trotar entre matojos y enlodazarse sin pudor, no se paga con dinero. Hasta que le corté las greñas no disfruté de sus ojazos y su morro chato. Ya no muerde, besa.
Gozar de la innegociable amistad de Luna, fiel incluso ante la multitud de olores apetitosos que la incitan a meterse en sitios imposibles. ¡Siempre está cuando la requieres!
Una mañana más sentía que la Navidad se adelantaba a la fecha consabida y prefijada.
Hoy tocan a vísperas, sí, pero ahora, con la luz venciendo a la oscuridad, vuelvo a vivir en Navidad, como cualquier mañana de cualquier día de cualquier mes, porque, a pesar de lo que se piense y se diga, todo parece nuevo y por estrenar. Y no sólo parece, lo es.
Borrón y cuenta nueva, eso es Navidad. Y mirar con los ojos, pero ver con el corazón. Y caminar dando tumbos, pero saber a dónde se va. Y cansarse porque sí, sabiendo que también hay fatigas con razones más que sobradas.
Y tocar el silencio, y reconocerlo habitado por una voz que lo llena absolutamente. Esa es la auténtica, la inefable, la eterna Palabra.

¿Gumi? Si preguntáis por él no aparece, pero está; al final siempre llega.

Amargor de boca


San Esteban. Hornacina sobre la puerta principal de la Iglesia parroquial de Castromocho

Me gusta ese sabor que deja el tabaco negro en los labios y el extremo inferior de mi bigote. Disfruto del café fuerte, sin azúcar, que también me tizna de acíbar la boca. Creo que ambos dos los tengo incluso metidos en el cerebro, tanto y tan pronto he fumado y bebido café oscuro en mi vida. Aún así, nunca he destilado, eso creo al menos, en mis pensamientos y palabras, amargura alguna.
Sin embargo, ayer, Navidad, no quise que ocurriera por primera vez. Por eso no escribí nada, porque no quise profanar el día.
Y hoy que es San Esteban Protomártir, tampoco. No mancillaré su fiesta, ya que además de caerme muy bien, este santo es el titular de la parroquia de mi pueblo.
Tal vez mañana o pasado, a después de año nuevo. O nunca.

¡Ni uno más!

 

Llegaba tarde y dando voces, como siempre que tengo que asistir a una reunión de curas. Y Teodoro, que estaba a la puerta, me manda callar con un dedo cruzado sobre los labios. ¡En lo que queda de año, no se puede morir ni uno más! Era don Ricardo hablando a los presentes.
Entré, no tendría ni que decirlo, de puntillas y me coloqué donde buenamente pude. Nuestro obispo estaba explicando que ya eran trece los curas diocesanos fallecidos a lo largo del año, y que ya estaba bien. Todos sonreímos y dijimos que lo intentaríamos.
Nos habíamos convocado para felicitarnos las pascuas, como todos los años, el día después de Navidad. San Esteban Protomártir.
El resto del rato lo pasamos con café y pastas. Y charlando de las cosas de la vida. Luego cada cual a su cubil.
Te veo bien, me saludó al final don Ricardo. Y yo a usted también. Siga así, le dije. Por cierto, ¿no se marchará a Madrid, verdad?, le pregunté. El bueno de don Ricardo dijo encontrarse bien aquí y no pensar de marcharse, de momento. Claro que las más altas autoridades puede que tengan otros planes. Todo se verá.
De momento, nosotros ¡antes morir que perder la vida!

«Et Verbum caro factum est». Dios se humanizó





1 1Al principio ya existía la Palabra.
La Palabra se dirigía a Dios,
y la Palabra era Dios.
2Ella al principio se dirigía a Dios.

3Mediante ella existió todo,
y sin ella no existió cosa alguna
de lo que existe.
4Ella contenía vida
y la vida era la luz del hombre:
5esa luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la ha apagado.

6Apareció un hombre, enviado de parte de Dios,
su nombre era Juan;
éste vino para un testimonio,
7para dar testimonio de la luz,
de modo que, por él, todos llegasen a creer.
8No era él la luz,
vino sólo para dar testimonio de la luz.

9Era ella la luz verdadera,
la que ilumina a todo hombre
llegando al mundo.
10En el mundo estaba
y, aunque el mundo existió mediante ella,
el mundo no la reconoció.
11Vino a su casa,
pero los suyos no la acogieron.
12En cambio, a cuantos la han aceptado,
los ha hechos capaces de hacerse hijos de Dios:
a esos que mantienen la adhesión a su persona;
13los que no han nacido de mera sangre derramada
ni por mero designio de una carne
ni por mero designio de un varón,
sino que han nacido de Dios.

14Así que la Palabra se hizo hombre,
acampó entre nosotros
y hemos contemplado su gloria
–la gloria que un hijo único recibe de su padre–
plenitud de amor y lealtad.

15Juan da testimonio de él
y sigue gritando:
–Éste es de quien yo dije:
«El que llega detrás de mí
estaba presente antes que yo,
porque existía primero que yo».

16La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido:
un amor que responde a su amor.
17porque la Ley se dio por medio de Moisés;
el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús Mesías.

18A la divinidad nadie la ha visto nunca;
un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre,
él ha sido la explicación.

[Prólogo del Evangelio de Juan]


Todavía “no hay lugar para ellos”,
ni en Belén ni en Lampedusa.

¿Navidad es un sarcasmo?
“Si tu Reino no es de este mundo”,
¿qué vienes a hacer aquí,
subversivo, aguafiestas?

Para ser el Dios-con-nosotros
has de serlo en la impotencia,
con los pobres de la Tierra,
así, pequeño, sí,
desnudo de toda gloria,
sin más poder que el fracaso,
sin más lugar que la muerte,
pero sabiendo que el Reino
es el sueño de tu Padre,
y también es nuestro sueño.

Todavía hay Navidad,
en la Paz de la Esperanza,
en la vida compartida,
en la lucha solidaria,
¡Reino adentro, Reino adentro!

(Pedro Casaldáliga)
 

Tengo miedo





Lo reconozco. Y no me da vergüenza expresarlo. Se acerca Navidad y es la primera vez que estoy en duda. ¿Deberé mantener las puertas abiertas, o las abriré bajo vigilancia?
¡Es que en esta parroquia no existen llaves! Es la recriminación de algunas personas, que piensan que el templo y los locales no están seguros con esta costumbre. Se abre al amanecer y se cierra al anochecer. Desde hace mucho tiempo. Ya es costumbre, o sea tradición.
Este año se pone este misterio, me ordenan. Se trata de tres figuras talladas en madera que vinieron de África; representan a una familia, niño incluido.
No tengo oro ni plata; pero lo que tengo ahí está. Y nunca ha faltado nada, salvo una vez que arramplaron con una de las cajas con la colecta de varias semanas. Descuido mío por desatender mis obligaciones. Nos quedamos sin unos pocos cientos de euros. Ahora ya no suelo descuidarme en recogerlo.
Pero esto es distinto. No es reemplazable. Si se lo llevan nos quedamos sin el Nacimiento africano.
Y tengo miedo de que pueda suceder si lo expongo y desaparece.
No me encuentro a mí mismo sintiendo esta zozobra en estos días. Y ando preocupado…

Hoy tocaba ir a por turrón

 
Yo, en Navidad, turrón duro o turrón blando; pero de todas todas, Iborra
Y, por no ser ni previsor y ni madrugador, me chupé cola. A las once menos cuarto pillé el papelín con el 20; en la pantalla lucía el 98. Calculé, mirando al mostrador y a la persona que en ese momento era atendida en sus múltiples y detallados requerimientos, que tenía para una hora por lo menos. ¿Qué hago ahora, dónde ir? Como no tenía otro encargo en el centro, me aposenté en el rincón de la derecha, y apalancado contra la pared, di en mirar al personal, variopinto en edad y aspecto; todas aquellas personas rebosaban paciencia y buen ánimo.
Alguien, que en la calle hacía corro cuando llegué, decidió entrar, digo yo que porque ya se le acercaba el momento de pedir. Sacó un papel del bolsillo y pude adivinar que traía un pedido múltiple. Pero igual que hablaba dirigiendo el cotarro en la acera, dentro si no lo orquestaba, él sólo se complacía. Hiló con la jefa del negocio y amenazó con volver el domingo a por más, si era necesario. Saludó a alguien de aquel montón humano como si fuera viejo conocido. Y en tanto era atendido y despachado, manteniendo la voz alta y mirado a su alrededor como quien sabe ser escuchado, inició una serie de chascarrillos, la mayoría de acentuado tono machista. Lejos de guardar silencio ya que recriminar parece que no procedía, la mayoría asentía con sonrisas o a carcajadas. Por igual varones y hembras. Eso no le retrajo ni le espoleó; él siguió con si tal cosa. Yo, desde mi rincón, observaba.
Me tocó por fin, leí de corrido mi lista, y esperé. Con el montón sobre el mostrador, la joven que me atendía se paró mirándome. Faltan las frutas escarchadas, dije. Es que tiene que elegirlas. Dudé, miré el repertorio y sentencié: una pieza de cada. Resultó casi un kilo. Así está bien; dos, por favor.
Salía con tres bolsas de la mano, porque eran tres los destinos, y justo al llegar a la puerta una elegante señora se me planta delante y sonriendo me aborda. La reconocí al momento. ¡Evelia, cómo estás! Quien fue catequista mientras hacía derecho en el turno de la mañana ahora es la señora jueza que atiende asuntos en el Juzgado nº X. Ya en la calle, –ella con un ojo seguía el marcador por si le llegaba el turno–, dimos en parlar y lo hicimos hasta que tocaron el clarín. Nos despedimos ya con prisas, ella entró a realizar su encargo y yo me dirigí a mi vehículo a motor, ni de explosión ni eléctrico, de fuerza bruta. Pedaleando a ritmo, como acostumbro cuando callejeo, volví a casa con mi dulce transporte.
Llegué con el tiempo justo de enjaretar la comida. Hoy me apetecieron sopas de ajo. Y como estaba el horno encendido, aproveché para asar una dorada. Luego la comida fue otra historia, porque hubo que ordenar antes el alijo de alimentos del colegio de las cubanas, que el último día de clase antes de Navidad lo trasvasa el alumnado en pleno en los coches de sus profes.
Y de la siesta tampoco digo más. Fue interrumpida porque a unos familiares les urgía sacramentar a la abuela moribunda.
Pero el dulce ya duerme a buen recaudo y en lugar seguro. No puede ser que en Navidad no haya turrón en casa. En la mía y en la de mis amistades.

Empieza la novena



Es una forma de hablar. La campaña navideña ha comenzado mucho antes; según empresas y comercios, hace dos o tres meses. Pero eso no quita que hasta ultimísima hora compradoras y compradores se apiñen sobre los estantes y mostradores buscando productos de la más diversa condición, calidad y precio.
En la liturgia hoy (ayer), día diecisiete, comienza la cuenta atrás. El texto que lo lidera es la genealogía de Jesús, un largo párrafo del evangelio de Mateo (1, 1-17) que enumera todos los ascendientes de Jesús, tres listados de catorce nombres correspondientes a los tres períodos de la historia de Israel: de Abraham a David, de Salomón al destierro en Babilonia, y de la vuelta del exilio hasta José, el de María. Saboreé su lectura por primera vez en mi vida. Nunca me había ocurrido algo semejante.
Pero que estamos en plena vorágine comercial lo prueba el hecho de que una familia y yo no consigamos encontrar una fecha apropiada para el bautizo de Blanca. Por dos razones: la madrina vive fuera y la mamá trabaja en el corte inglés. Para éste ya no existen días festivos en navidad, todos son días de puertas abiertas. Y así no hay manera.
Esto no tiene nada que ver con lo que ocurría hace mucho tiempo. En mi casa, por ejemplo, había rebaño. Y la carne de lanar estaba disponible para los de casa durante todo el año menos en Navidad. Entonces el elevado precio sobre todo de lechazos y corderos volvía prohibitivo llevarnos a la boca un trozo de asado, por lo que la puerta de la tenada estaba cerrada por lo menos hasta que, después de reyes, la cuesta de enero nos lo ponía en la cazuela.
¿Que esto no está relacionado? Puede que parezca eso, pero quien como yo ha vivido en relativa dependencia de la tierra, sabe que en invierno la vida se aquieta, se ajusta a lo que hay en la hacienda y calcula lo que falta hasta que todo vuelva a revivir. La panera no se puede vaciar antes de tiempo.
Oigo, ya entrada la madrugada, que en Castilla y León se sacrificarán para estas próximas fiestas cincuenta mil lechazos de la tierra que serán enviados por todo el mundo mundial, y me hago la pregunta más natural que me sale: a nueve euros al pastor, catorce en el matadero… ¿a más de veinte al consumidor? ¿Habrá dinero para llevarse tal bocado exquisito a la boca? Parece que sí. ¿Dónde está la crisis?
No me extraña que el ministro del ramo nos haya condenado con la subida de la luz precisamente en enero. Si hay dinero, que se note.
En efecto, estamos en campaña navideña. Ya ha sonado el silbato de salida.

¿Tú qué coges?



Que equivale a ¡escoge! o ¡ahora te toca a ti elegir! de cuando nos dividíamos en dos bandos para jugar a civiles y ladrones o simplemente a pegar patadas al balón hacia la portería contraria, y había que elegir los miembros de cada equipo. Hacían falta dos líderes, se dice ahora; entonces eran los dos mejores, los dos más listos o sencillamente los que siempre mandaban y había que hacer lo que ellos dijeran. Así fue la democracia de nuestra infancia.
Íbamos quedando para el final los peores, los menos dotados, los más torparrones; también éramos escogidos; pero el orden era importante, marcaba una diferencia sustancial. Y en todo era siempre igual. Por eso ni contaba nuestra voluntad ni podíamos elegir nunca, hacíamos lo que nos mandaban, lo que había que hacer. Eso, o no jugar. Con ellos, los demás, en la calle, o en casa y solos.
A estos arbolitos tampoco se les dio ocasión de elegir. Estaban en el vivero, juntos todos o cada uno en un envase, y alguien dijo, “vosotros para Las Villas”. Y los colocaron en fila, justo al lado de la estrecha acera que bordea el lateral de los edificios, entre el césped que sembraron para hacer jardín lo que antes era un parque infantil. Ahí están creciendo desde hace unos cinco años. Nadie les pidió opinión. Ahora parece que tampoco nadie les hace caso.
Éste, por ejemplo, se fue torciendo y, si no le enderezan pronto, terminará por caerse del todo y habrá que sacrificarlo por inútil. Antes debieron tomarse medidas para que resultara más fácil y con menos consecuencias. ¿Se hará ahora que aún hay tiempo?
No sé si podré relacionar esto con esto otro que acabo de recibir, supongo que en plan de felicitación navideña. Es de Dolores Aleixandre, y habla de Navidad; si no se trata propiamente de un crisma, bien puede servir de recordatorio; y como además tiene substancia, –o sea mondongo, contenido, y no simples palabras para cubrir el expediente y salir del paso– y sabiduría –y no precisamente porque cite en griego– y se lee de corrido porque no es nada rebuscado aunque se trate de una clase de teología para andar por la vida, –no sólo en casa con bata y pantuflas o en clase con el uniforme oficial según las ordenanzas–, lo pongo aquí, que para eso lo he encontrado en mi buzón.

TÍS TÍ ARE

Mantengan el suspense sobre el título que lo voy a explicar después. Antes quiero decir algo sobre las dos últimas tonterías que he visto en las vallas publicitarias: una anuncia moda: “Llega tu otoño”; otra es sobre un coche: “De Mii a Mío por 2 euros al día”. Las dos coinciden en considerar a sus destinatarios, o sea nosotros, tan irremediablemente estúpidos que sólo nos fijaremos en lo que lleve delante su correspondiente posesivo: mi otoño, mi coche…, misma táctica que en mis documentos, mis descargas, mis imágenes, mi iphone, mi ipad… Y la nueva ola de “yo cuantificado” que se nos viene encima: mis calorías, mis latidos, mi tensión, mis sensores… Y lo malo es que la cosa no es reciente y se remonta a mi infancia: ya entonces el devocionario que usábamos niños y niñas era el “Mi Jesús”. No tenemos remedio.
Lo constata Rilke en uno de sus poemas:
 “No debes tener miedo, Dios. Ellos dicen mío
a todas esas cosas, tan pacientes.
Son como el viento
que roza las ramas y dicen: árbol mío.
 Dicen mío y llaman su posesión
a lo que se cierra cuando se acercan,
al modo que un insulso charlatán
llama acaso suyo al sol y al relámpago…
Y en medio de este pringue pegajoso del yo, mi, me, conmigo y para mí, emerge la “pasarela Belén” por la que vuelven a desfilar, como cada año, unos personajes peculiares con aire de vivir ajenos al tema de los posesivos e incapacitados para decir: mi posada, mi establo, mi pesebre, mi paja, mis pañales, mis ángeles, mis pastores… Y ahora es cuando viene lo del tís tí are del título en griego: “quién cogía qué” sería la traducción en bruto de lo que dice Marcos al contar que los soldados echaron a suertes las vestiduras de Jesús.  “Que cada cual coja lo que quiera o pille lo que pueda…”, diríamos hoy.
Como si fueran dos páginas distantes del Evangelio pero que al doblarlas coinciden, la escena del comienzo de la vida de Jesús está ya “anticipando tendencia” de cómo van a ser su trayectoria y su final. Ya desde el principio lo encontramos acampado en un espacio público, abierto y a la intemperie, sin puertas, defensas, cerrojos o alambradas. Qué acierto el del posadero al reservarse el derecho de admisión y no dejar entrar a aquella pareja de indocumentados sin blanca. Que esto no es Lampedusa, oiga, y yo no hago más que seguir directrices europeas y estoy muy satisfecho de haberme adelantado a la “Jornada Mundial contra las Migraciones Indeseables”, que debería celebrarse todos los 24-D.
Así que el niño se quedó fuera en plan “indignadito”, precursor de los que vendrán después y que sabrán poco de propiedad privada, ese inviolable derecho que permite a algunos “obtener, poseer, controlar, emplear, disponer de, y dejar en herencia tierra, capital, cosas y otras formas de propiedad”, según la definición de Wikipedia.
Perteneció al colectivo de los que carecen de estrategias para proteger lo suyo y no consiguen entender las bondades de “lo privado”: desde que salió de Nazaret, no supo ya lo que era disponer de casa propia ni de un lugar donde reclinar la cabeza. Pescaba, dormía y cruzaba el lago en una barca de amigos; comía y bebía donde le invitaban y, cuando fue él quien dio de comer a la gente, solo pudo ofrecerles como asiento la hierba de un descampado. Pidió prestados el borrico sobre el que entró en Jerusalén y la sala en la que se despidió con una cena de los que llamaba suyos, porque él sólo usaba los posesivos para decir “mi Padre” y “mis hermanos”.
Al morir, echaron a suertes su túnica y volvió a estar tan desnudo como en el pesebre.
Se nos anuncia una gran alegría: nos ha caído en suerte un Niño. Que cada uno coja de él lo que quiera. Y que siga haciendo lo mismo que él hizo en memoria suya.

(Dolores Aleixandre RSCJ. ALANDAR, Diciembre 2013)



Post Scriptum: Cualquier coincidencia es pura casualidad…

ElPaís.com (17/12/13; 09:39)


Epifanía sin magia




Si hubo una Navidad sin pandereta…

A Belén se va y se viene
por caminos de alegría,
y Dios nace en cada hombre
que se entrega a los demás.
A Belén se va y se viene
por caminos de justicia,
y en Belén nacen los hombres
cuando aprenden a esperar.

Lo esperaban como rico
y habitó entre la pobreza.
Lo esperaban poderoso
y un pesebre fue su hogar.
Lo esperaban un guerrero,
y fue paz toda su guerra.
Lo esperaban rey de reyes,
y servir fue su reinar.

Lo esperaban sometido,
y quebró toda soberbia:
denunció las opresiones,
predicó la libertad.
Lo esperaban silencioso:
su palabra fue la puerta
por donde entran los que gritan
con su vida la verdad.

Navidad es un camino
que no tiene pandereta,
porque Dios resuena dentro
de quien va en fraternidad.
Navidad es el milagro
de pararse a cada puerta
y saber si nuestro hermano
necesita nuestro pan.

[Miguel Manzano]



 

Es posible una Epifanía sin magia…

porque
¡Siempre estás!


En las plazas y en las iglesias,
siempre estás tú.
En los mercados y en los claustros,
siempre estás tú.
En las ciudades y en los desiertos,
siempre estás tú.
En los valles y en las montañas,
siempre estás tú.
En las fábricas y salas de fiesta,
siempre estás tú.
En las playas y en los monasterios,
siempre estás tú.
En las cumbres nevadas y en los oasis,
Siempre estás tú.
En las calles y en los corazones,
siempre estás tú...

Aunque ya no haya estrellas
y yo vaya por caminos inciertos,
tú siempre estás...

Aunque no te ofrezca nada
-ni oro ni incienso ni mirra-
tú siempre estás.

Aunque vuelva a mi hogar
en busca de paz y seguridad,
tú siempre estás.

Te veo junto a mí
en los días de éxito y favor
y en los oscuros y de tribulación.

Te veo junto a mí,
a veces delante, a veces detrás,
y también en mis flancos débiles y sin cubrir.

Te veo junto a mí
rodeándome y protegiéndome
y también sacándome al horizonte.

Te veo junto a mí
cuando ando entre la gente
y contemplo el rostro de quienes van y vienen.

Y cuando abro mis ojos,
ora camine ora me detenga,
es tu rostro el que me ilumina y emociona.

En todos los lugares en los que estoy, estás.
A todas las horas que estoy, estás;
y tu rostro encarnado, siempre me ama más.

[Florentino Ulibarri]



Visitante, si te apetece seguir leyendo, aquí tienes el estudio teológico y la reflexión del Papa Benedicto XVI sobre el texto bíblico que es fuente y origen de la fiesta que hoy celebramos los cristianos. Es una parte del capítulo IV de La Infancia de Jesús.


 Los Magos de Oriente. 

 

   
  Cuadro histórico y geográfico de la narración
   
  Difícilmente habrá otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía, pero también la investigación y la reflexión, como la historia de los «Magos» venidos de «Oriente», una narración que el evangelista Mateo pone inmediatamente después de haber hablado del nacimiento de Jesús: «Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos [astrólogos] de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: “¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”» (2,1s).
  Con la mención del rey Herodes y el lugar del nacimiento, Belén, encontramos aquí primero una neta determinación del contexto histórico. Se indica un personaje bien conocido de la época y un lugar geográfico fácilmente reconocible. Pero en ambas referencias se ofrecen al mismo tiempo elementos de interpretación. Rudolf Pesch, en su pequeño libro Die matthäischen Weihnachtsgeschichten —los relatos de Navidad según Mateo—, ha resaltado con énfasis el significado teológico de la figura de Herodes: «Así como al principio del Evangelio de la Navidad (Lc 2,1-21) se menciona al emperador romano Augusto, la narración de Mateo 2 comienza de modo análogo denominando a Herodes, “rey de los judíos”. Si allí el emperador, con sus pretensiones sobre la pacificación del mundo, estaba en las antípodas del recién nacido, aquí está el rey, que reina gracias al emperador, y con la pretensión casi mesiánica de ser el redentor, al menos para el reino judío» (p. 23s).
   
  Belén es el pueblo natal del rey David. El significado teológico de aquel lugar se esclarecerá todavía con mayor nitidez en el curso de la narración mediante la respuesta que dan los escribas a Herodes acerca del lugar en el que debía nacer el Mesías. También podría comportar una intención teológica el que la localización geográfica se precise aún más, añadiendo «de Judá». En la bendición de Jacob, el patriarca dice a su hijo Judá de manera profética: «No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos» (Gn 49,10). En una narración que trata de la llegada del David definitivo, del recién nacido rey de los judíos que salvará a todos los pueblos, se ha de percibir de algún modo esta profecía como trasfondo.
  Junto con la bendición de Jacob hay que leer también una palabra atribuida en la Biblia al profeta pagano Balaán. Balaán es una figura histórica de la que hay una confirmación fuera de la Biblia. En 1967 se descubrió en Transjordania, una inscripción en la que aparece Balaán, hijo de Beor, como un «vidente» de las divinidades autóctonas; un vidente al que se le atribuyen anuncios de fortuna y de calamidad (cf. Hans-Peter Müller, en lthk, II, 457). La Biblia lo presenta como un adivino al servicio del rey de Moab, que le pide una maldición contra Israel. Pero Dios mismo impide que Balaán lleve a efecto lo que pretende, de manera que el profeta, en vez de una maldición, anuncia una bendición para Israel. A pesar de ello, sigue siendo mal visto en la tradición bíblica, como instigador a la idolatría, y muere de una forma considerada como punitiva (cf. Nm 31,8; Jos  13,22). Por eso adquiere más importancia aún la promesa de salvación que se le atribuye a él, no judío y siervo de otros dioses; su promesa era conocida también fuera de Israel. «Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel...» (Nm 24,17).
  Extrañamente Mateo, que desea presentar los acontecimientos en la vida y el obrar de Jesús como cumplimiento de palabras veterotestamentarias, no cita este texto, que desempeña un papel importante en la historia de la interpretación del pasaje de los Magos de Oriente. Es verdad que la estrella de la que habla Balaán no es un astro; la estrella que brilla en el mundo y determina su suerte es el mismo rey que ha de venir. No obstante, la conexión entre estrella y realeza podría haber suscitado la idea de una estrella, que sería la estrella de este rey y remitiría a él.
  Así, se puede suponer ciertamente que esta profecía no judía, «pagana», circulase de alguna forma fuera del judaísmo y fuera motivo de reflexión para quienes estaban en busca. Tendremos que volver a preguntarnos cómo es posible que personas fuera de Israel hubieran visto precisamente en el «rey de los judíos» al portador de una salvación que también les concernía a ellos.
   
  ¿Quiénes eran los «Magos»?
   
  Pero ahora es preciso preguntarse ante todo: ¿Qué clase de hombres eran esos que Mateo describe como «Magos» venidos de «Oriente»? El término «magos» (mágoi) tiene una considerable gama de significados en las diversas fuentes, que se extiende desde una acepción muy positiva hasta un significado muy negativo.
  La primera de las cuatro acepciones principales designa como «magos» a los pertenecientes a la casta sacerdotal persa. En la cultura helenista eran considerados como «representantes de una religión auténtica»; pero se sostenía al mismo tiempo que sus ideas religiosas estaban «fuertemente influenciadas por el pensamiento filosófico», hasta el punto de que se presenta con frecuencia a los filósofos griegos como adeptos suyos (cf. Delling, Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, IV, p. 360). Quizá haya en esta opinión un cierto núcleo de verdad no bien definido; después de todo, también Aristóteles había hablado del trabajo filosófico de los magos (cf. ibíd.).
  Los otros significados mencionados por Gerhard Delling designan a los dotados de saberes y poderes sobrenaturales, y también a los brujos. Y, finalmente, a los embaucadores y seductores. En los Hechos de los Apóstoles encontramos este último significado: Pablo califica a un mago llamado Barjesús «hijo del diablo, enemigo de toda justicia» (13,10), manteniéndolo así a raya.
  Los diversos significados del término «mago» que encontramos aquí hacen ver también la ambivalencia de la dimensión religiosa en cuanto tal. La religiosidad puede ser un camino hacia el verdadero conocimiento, un camino hacia Jesucristo. Pero cuando ante la presencia de Cristo no se abre a él, y se pone contra el único Dios y Salvador, se vuelve demoníaca y destructiva.
  En el Nuevo Testamento vemos estos dos significados de «mago»: en el relato de san Mateo sobre los Magos, la sabiduría religiosa y filosófica es claramente una fuerza que pone a los hombres en camino, es la sabiduría que conduce en definitiva a Cristo. Por el contrario, en los Hechos de los Apóstoles encontramos otro tipo de mago. Éste contrapone el propio poder al mensajero de Jesucristo, y se pone así de parte de los demonios que, sin embargo, ya han sido vencidos por Jesús.
   
  La primera acepción vale evidentemente para los Magos en Mateo 2, al menos en sentido amplio. Aunque no pertenecían exactamente a la clase sacerdotal persa, tenían sin embargo un conocimiento religioso y filosófico que se había desarrollado y aún persistía en aquellos ambientes.
  Se ha tratado naturalmente de encontrar clasificaciones todavía más precisas. El astrónomo vienés Konradin Ferrari d’Occhieppo ha mostrado que en la ciudad de Babilonia, centro de la astronomía científica en épocas remotas, aunque ya en declive en la época de Jesús, continuaba existiendo todavía «un pequeño grupo de astrónomos ya en vías de extinción... Hay tablas de terracota con inscripciones en caracteres cuneiformes con cálculos astronómicos... que lo demuestran con seguridad» (p. 27). La conjunción astral de los planetas Júpiter y Saturno en el signo zodiacal de Piscis, que tuvo lugar en los años 7-6 a. C. —considerado hoy como el verdadero período del nacimiento de Jesús— habría sido calculada por los astrónomos babilonios y les habría indicado la tierra de Judá y un recién nacido «rey de los judíos».
  Sobre la cuestión de la estrella volveremos de nuevo más adelante. Por ahora queremos dedicarnos a la pregunta sobre qué tipo de hombres eran aquellos que se pusieron en camino hacia el rey. Tal vez fueran astrónomos, pero no a todos los que eran capaces de calcular la conjunción de los planetas, y la veían, les vino la idea de un rey en Judá, que tenía importancia también para ellos. Para que la estrella pudiera convertirse en un mensaje, debía haber circulado un vaticinio como el del mensaje de Balaán. Sabemos por Tácito y Suetonio que en aquellos tiempos bullían en el ambiente expectativas según las cuales surgiría en Judá el dominador del mundo, una expectación que Flavio Josefo interpreta como referida a Vespasiano, con el resultado de que éste pasó a gozar de su favor (cf. De bello Iud., III, 399-408).
  Varios factores podían haber concurrido a que se pudiera percibir en el lenguaje de la estrella un mensaje de esperanza. Pero todo ello era capaz de poner en camino sólo a quien era hombre de una cierta inquietud interior, un hombre de esperanza, en busca de la verdadera estrella de la salvación. Los hombres de los que habla Mateo no eran únicamente astrónomos. Eran «sabios»; representaban el dinamismo inherente a las religiones de ir más allá de sí mismas; un dinamismo que es búsqueda de la verdad, la búsqueda del verdadero Dios, y por tanto filosofía en el sentido originario de la palabra. La sabiduría sanea así también el mensaje de la «ciencia»: la racionalidad de este mensaje no se contentaba con el mero saber, sino que trataba de comprender la totalidad, llevando así a la razón hasta sus más elevadas posibilidades.
  Basándonos en todo lo que se ha dicho, podemos hacernos una cierta idea de cuáles eran las convicciones y conocimientos que llevaron a estos hombres a encaminarse hacia el recién nacido «rey de los judíos». Podemos decir con razón que representan el camino de las religiones hacia Cristo, así como la autosuperación de la ciencia con vistas a él. Están en cierto modo siguiendo a Abraham, que se pone en marcha ante la llamada de Dios. De una manera diferente están siguiendo a Sócrates y a su preguntarse sobre la verdad más grande, más allá de la religión oficial. En este sentido, estos hombres son predecesores, precursores, de los buscadores de la verdad, propios de todos los tiempos.
   
  Así como la tradición de la Iglesia ha leído con toda naturalidad el relato de la Navidad sobre el trasfondo de Isaías 1,3, y de este modo llegaron al pesebre el buey y el asno, así también ha leído la historia de los Magos a la luz del Salmo 72,10 e Isaías 60. Y, de esta manera, los hombres sabios de Oriente se han convertido en reyes, y con ellos han entrado en la gruta los camellos y los dromedarios.
  La promesa contenida en estos textos extiende la proveniencia de estos hombres hasta el extremo Occidente (Tarsis-Tartesos en España), pero la tradición ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa. El rey de color aparece siempre: en el reino de Jesucristo no hay distinción por la raza o el origen. En él y por él, la humanidad está unida sin perder la riqueza de la variedad.
  Más tarde se ha relacionado a los tres reyes con las tres edades de la vida del hombre: la juventud, la edad madura y la vejez. También ésta es una idea razonable, que hace ver cómo las diferentes formas de la vida humana encuentran su respectivo significado y su unidad interior en la comunión con Jesús.
  Queda la idea decisiva: los sabios de Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia. No representan únicamente a las personas que han encontrado ya la vía que conduce hasta Cristo. Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro de Cristo.
   
  La estrella
   
  Pero ahora hemos de volver aún a la estrella que, según la narración de san Mateo, impulsó a los Magos a ponerse en camino. ¿Qué tipo de estrella era? ¿Existió realmente?
  Exegetas de renombre, como Rudolf Pesch, opinan que esta cuestión tiene poco sentido. Se trataría aquí de un relato teológico, que no se debería mezclar con la astronomía. San Juan Crisóstomo había desarrollado en la Iglesia antigua una postura similar: «Que ésta no fuera una estrella común, para mí incluso que no fuera siquiera una estrella, sino un poder invisible que había tomado esa apariencia, me parece consecuencia sobre todo de la trayectoria que había tomado. En efecto, no hay una sola estrella que se mueva en esa dirección» (In Matth., hom. VI, 2: PG 57, 64). En gran parte de la tradición de la Iglesia se ha resaltado el aspecto extraordinario de la estrella; así, ya en Ignacio de Antioquía (ca. 100 d. C.), que ve el sol y la luna hacer el corro en torno a la estrella; así también en el antiguo himno de la Epifanía del Breviario Romano, según el cual la estrella habría superado al sol en belleza y luminosidad.
   
  Pero no se podía dejar de plantear la pregunta sobre si, a pesar de todo, acaso no se hubiera tratado de un fenómeno que se podía determinar y clasificar astronómicamente. Sería un error rechazar a priori esta pregunta remitiéndose a la naturaleza teológica de la historia. Con el surgir de la astronomía moderna, desarrollada también por cristianos creyentes, se ha planteado nuevamente también la cuestión sobre este astro.
  Johannes Kepler († 1630) adelantó una solución que sustancialmente proponen también los astrónomos de hoy. Kepler calculó que entre el año 7 y el 6 a. C. —que, como se ha dicho, se considera hoy el año verosímil del nacimiento de Jesús— se produjo una conjunción de los planetas Júpiter, Saturno y Marte. Él mismo había notado una conjunción semejante en 1604, a la cual se había añadido también una supernova. Este término indica una estrella débil o muy lejana en la que se produce una enorme explosión, de manera que desarrolla una intensa luminosidad durante semanas y meses. Kepler creía que la supernova era una nueva estrella. Opinaba que también la conjunción ocurrida en los tiempos de Jesús debía de estar relacionada con una supernova; intentó explicar así astronómicamente el fenómeno de extraordinaria luminosidad de la estrella de Belén. Puede ser interesante en este contexto que el estudioso Friedrich Wieseler, de Gotinga, haya encontrado al parecer en tablas cronológicas chinas que, en el año 4 a. C., «había aparecido y se había visto durante mucho tiempo una estrella luminosa» (Gnilka, p. 44).
  El citado Ferrari d’Occhieppo puso ad acta la teoría de la supernova. Según él, para explicar la estrella de Belén era suficiente la conjunción de Júpiter y Saturno en el signo zodiacal de Piscis, y pensaba que podía determinar con precisión la fecha de este fenómeno. Es importante a este respecto que el planeta Júpiter representaba al principal dios babilónico Marduk. Ferrari d’Occhieppo lo resume así: «Júpiter, la estrella de la más alta divinidad de Babilonia, compareció en su apogeo en el momento de su aparición vespertina junto a Saturno, el representante cósmico del pueblo de los judíos» (p. 52). Dejemos los detalles. Los astrónomos de Babilonia —afirma Ferrari d’Occhieppo— podían deducir de este encuentro de planetas un evento de importancia universal, el nacimiento en el país de Judá de un soberano que traería la salvación.
   
  ¿Qué podemos decir ante todo esto? La gran conjunción de Júpiter y Saturno en el signo de Piscis en los años 7-6 a. C. parece ser un hecho constatado. Podía orientar a los astrónomos del ambiente cultural babilónico-persa hacia el país de Judá, hacia un «rey de los judíos». Los pormenores de cómo aquellos hombres han llegado a la certeza que los hizo partir y llevarlos finalmente a Jerusalén y a Belén, es una cuestión que debemos dejar abierta. La constelación estelar podía ser un impulso, una primera señal para la partida exterior e interior. Pero no habría podido hablar a estos hombres si no hubieran sido movidos también de otro modo: movidos interiormente por la esperanza de aquella estrella que habría de surgir de Jacob (cf. Nm 24,17).
  Que los Magos fueran en busca del rey de los judíos guiados por la estrella y representen el movimiento de los pueblos hacia Cristo significa implícitamente que el cosmos habla de Cristo, aunque su lenguaje no sea totalmente descifrable para el hombre en sus condiciones reales. El lenguaje de la creación ofrece múltiples indicaciones. Suscita en el hombre la intuición del Creador. Suscita también la expectativa, más aún, la esperanza de que un día este Dios se manifestará. Y hace tomar conciencia al mismo tiempo de que el hombre puede y debe salir a su encuentro. Pero el conocimiento que brota de la creación y se concretiza en las religiones también puede perder la orientación correcta, de modo que ya no impulsa al hombre a moverse para ir más allá de sí mismo, sino que lo induce a instalarse en sistemas con los que piensa poder afrontar las fuerzas ocultas del mundo.
  En nuestra narración pueden verse las dos posibilidades: ante todo, la estrella guía a los Magos sólo hasta Judea. Es del todo normal que en su búsqueda del recién nacido rey de los judíos fueran a la ciudad regia de Israel y entraran en el palacio del rey. Era de suponer que el futuro rey habría nacido allí. Después, para encontrar definitivamente el camino hacia el verdadero heredero de David, necesitan la indicación de las Sagradas Escrituras de Israel, las palabras del Dios vivo.
  Los Padres han destacado aún otro aspecto. Gregorio Nacianceno dice que, en el momento mismo en que los Magos se postraron ante Jesús, la astrología había llegado a su fin, porque desde aquel momento las estrellas se moverían en la órbita establecida por Cristo (Poem. dogm., V, 55-64: PG 37, 428-429). En el mundo antiguo los cuerpos celestes eran considerados como poderes divinos que decidían el destino de los hombres. Los planetas tienen nombres de divinidades. Según la opinión de entonces, dominaban de alguna manera el mundo, y el hombre debía tratar de avenirse con estos poderes. La fe en el Dios único que muestra la Biblia ha realizado muy pronto una desmitificación al llamar con gran sobriedad al sol y a la luna —las grandes divinidades del mundo pagano— «lumbreras» que Dios puso en la bóveda celeste (cf. Gn 1,16s).
  Al entrar en el mundo pagano, la fe cristiana debía volver a abordar la cuestión de las divinidades astrales. Por eso Pablo insiste con vehemencia en sus cartas desde la cautividad a los Efesios y a los Colosenses en que Cristo resucitado ha vencido a todo principado y poder del aire y domina todo el universo. También el relato de la estrella de los Magos está en esta línea: no es la estrella la que determina el destino del Niño, sino el Niño quien guía a la estrella. Si se quiere, puede hablarse de una especie de punto de inflexión antropológico: el hombre asumido por Dios —como se manifiesta aquí en su Hijo unigénito— es más grande que todos los poderes del mundo material y vale más que el universo entero.
   
  De paso en Jerusalén
   
  Es hora de volver al texto del Evangelio. Los Magos han llegado al presunto lugar del vaticinio, al palacio real de Jerusalén. Preguntan por el recién nacido «rey de los judíos». Ésta es una expresión típicamente no judía. En el ambiente hebreo se hubiera hablado del rey de Israel. En efecto, el término «pagano», «rey de los judíos», vuelve a aparecer únicamente en el proceso a Jesús y en la inscripción en la cruz, utilizado en ambos casos por el pagano Pilato (cf. Mc 15,9; Jn 19,19-22). Por tanto, se puede decir que aquí —cuando los primeros paganos preguntan por Jesús— se transparenta de algún modo el misterio de la cruz, que está indisolublemente unido con la realeza de Jesús.
  Esto se anuncia con bastante claridad en la respuesta a la pregunta de los Magos por el rey recién nacido: «El rey Herodes se sobresaltó y todo Jerusalén con él» (Mt 2,3). Los exegetas hacen notar que era ciertamente muy comprensible el sobresalto de Herodes ante la noticia del nacimiento de un misterioso pretendiente al trono. Pero resulta más difícil entender por qué motivo debía alarmarse en aquel momento todo Jerusalén. Tal vez se trate aquí de una alusión anticipada a la entrada triunfal de Jesús en la ciudad santa la vigilia de su Pasión, a propósito de la cual Mateo dice que «toda la ciudad se sobresaltó» (21,10). En cualquier caso, las dos escenas en las que de alguna manera aparece la realeza de Jesús resultan así enlazadas una con otra y, al mismo tiempo, conectadas con la temática de la Pasión.
  Me parece que la noticia de la agitación de la ciudad tiene sentido también por lo que se refiere al momento de la visita de los Magos. Con el fin de aclarar la cuestión sobre el pretendiente al trono, extremadamente peligrosa para Herodes, éste «convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país» (Mt 2,4). Una reunión como ésta, y su finalidad, no podía mantenerse en secreto. El nacimiento presunto o real de un rey mesiánico traería sólo contrariedad y tribulación a los de Jerusalén. Éstos conocían muy bien a Herodes. Lo que en la gran perspectiva de la fe es una estrella de esperanza, para la vida cotidiana es en un primer momento sólo causa de agitación, motivo de preocupación y de temor. Y, en efecto, Dios estorba nuestra vida cotidiana. La realeza de Jesús y su Pasión van juntas.
   
  ¿Cómo respondió esta alta asamblea a la pregunta sobre el lugar del nacimiento de Jesús? Según Mateo 2,6, con una sentencia compuesta con palabras del profeta Miqueas y el Segundo Libro de Samuel: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe [cf. Mi 5,1] que será el pastor de mi pueblo Israel [cf. 2 S 5,2]».
  Citando estas palabras, Mateo ha introducido dos matices diferentes. Aunque la mayor parte de la tradición del texto, y en particular la traducción griega dice: «[Tú eres] la más pequeña para estar entre las capitales de Judá», Mateo escribe: «No eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá.» Ambas versiones del texto dan a entender —de manera diversa una de otra— la paradoja del obrar de Dios que recorre todo el Antiguo Testamento: lo que es grande nace de lo que según los criterios del mundo parece pequeño e insignificante, mientras que lo que a los ojos del mundo es grande se disgrega y desaparece.
  Así sucedió, por ejemplo, en la historia de la llamada de David. Hubo que llamar al hijo menor de Jesé, que en aquel momento pastoreaba las ovejas, para ungirlo rey: no importan su prestancia y alta estatura, sino su corazón (cf. 1 S 16,7). Una palabra de María en el Magnificat compendia esta constante paradoja del obrar de Dios: «Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1,52). La versión veterotestamentaria del texto, en el que se describe a Belén como pequeña entre las capitales de Judá, muestra claramente esta forma del obrar divino.
  En cambio, cuando Mateo escribe: «No eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá», ha eliminado esta paradoja sólo en apariencia. A la pequeña ciudad, considerada en sí misma insignificante, ahora se la reconoce en su verdadera grandeza. De ella saldrá el verdadero Pastor de Israel: en esta versión del texto aparecen juntas tanto la valoración humana como la respuesta de Dios. Con el nacimiento de Jesús en la gruta a las afueras de la ciudad, la paradoja se confirma una vez más.
  Con esto llegamos a la segunda matización: Mateo ha añadido a la palabra del profeta aquella afirmación ya mencionada del Segundo Libro de Samuel (cf. 5,2), que allí se refiere al nuevo rey David, y que ahora alcanza su pleno cumplimiento en Jesús. Se describe al futuro príncipe como Pastor de Israel. Se alude así al cuidado amoroso y a la ternura que distinguen al verdadero soberano como representante de la realeza de Dios.
  La respuesta de los jefes de los sacerdotes y de los escribas a la pregunta de los Magos tiene sin duda un contenido geográfico concreto, que resulta útil para los Magos. Pero no es únicamente una indicación geográfica, sino también una interpretación teológica del lugar y del acontecimiento. Que Herodes saque sus conclusiones, es comprensible. Sorprende sin embargo que los versados en la Sagrada Escritura no se sientan impulsados a tomar las decisiones concretas que ello comporta. ¿Se puede vislumbrar tal vez en esto la imagen de una teología que se agota en la disputa académica?
   
  Adoración de los Magos ante Jesús
   
  En Jerusalén, la estrella ciertamente se había ocultado. Después del encuentro de los Magos con la palabra de la Escritura, la estrella les vuelve a brillar. La creación, interpretada por la Escritura, vuelve a hablar de nuevo al hombre. Mateo recurre a superlativos para describir la reacción de los Magos: «Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría» (2,10). Es la alegría del hombre al que la luz de Dios le ha llegado al corazón, y que puede ver cómo su esperanza se cumple: la alegría de quien ha encontrado y ha sido encontrado.
  «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). En esta frase llama la atención la falta de san José, que es el punto de vista desde el cual Mateo escribió el relato de la infancia. Durante la adoración a Jesús encontramos sólo a «María, su madre». Todavía no he hallado una explicación del todo convincente para esto. Hay algún que otro pasaje del Antiguo Testamento en el que se atribuye a la madre del rey una importancia particular (p. ej. Jr 13,18). Pero quizá esto no es suficiente. Probablemente está en lo cierto Gnilka cuando dice que Mateo pretende traer a la memoria el nacimiento de Jesús de la Virgen y describir a Jesús como el Hijo de Dios (p. 40).
  Ante el niño regio, los Magos adoptan la proskýnesis, es decir, se postran ante él. Éste es el homenaje que se rinde a un Dios-Rey. De aquí se explican los dones que a continuación ofrecen los Magos. No son dones prácticos, que en aquel momento tal vez hubieran sido útiles para la Sagrada Familia. Los dones expresan lo mismo que la proskýnesis: son un reconocimiento de la dignidad regia de aquel a quien se ofrecen. El oro y el incienso se mencionan también en Isaías 60,6 como dones que ofrecerán los pueblos como homenaje al Dios de Israel.
  La tradición de la Iglesia ha visto representados en los tres dones —con algunas variantes— tres aspectos del misterio de Cristo: el oro haría referencia a la realeza de Jesús, el incienso al Hijo de Dios y la mirra al misterio de su Pasión.
  En efecto, en el Evangelio de Juan aparece la mirra después de la muerte de Jesús: el evangelista nos dice que Nicodemo, para ungir el cuerpo de Jesús, llevó mirra, entre otras cosas (cf. 19,39). Así, el misterio de la cruz enlaza de nuevo a través de la mirra con la realeza de Jesús, y se anuncia con antelación de manera misteriosa ya en la adoración de los Magos. La unción es un intento de oponerse a la muerte, que sólo con la corrupción llega a ser definitiva. Cuando las mujeres fueron al sepulcro la mañana del primer día de la semana para la unción, que no se había podido hacer la misma tarde de la crucifixión ante el inmediato comienzo de la fiesta, Jesús ya había resucitado de entre los muertos. Ya no tenía necesidad de la mirra como un remedio contra la muerte, porque la misma vida de Dios había vencido a la muerte.

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