Hay dos asuntejos de
la máxima actualidad que me tienen ojiperpléjico talmente.
Uno es el asunto de
la responsabilidad del accidente de Santiago, que parece ser le corresponde –al
menos de momento– al maquinista. Todas las “seguridades” de la más moderna
tecnología en cuestiones ferroviarias que se dan en las vías y trenes del AVE,
desaparecen de pronto, como si se tratara de una minucia sin importancia, justo
al salir de un túnel y al enfrentarse a una curva peligrosa; sólo corresponde a
la persona que está al mando de la plaza, aunque ésta sea rodante.
A mí me parece
sencillamente milagroso que no haya ocurrido hasta la sesenta y una. Las
sesenta anteriores… en fin, algún ángel debió estar atento y vigilante. Porque
a esa velocidad que dicen que coge ese vehículo, un estornudo a destiempo te
puede descolocar por los menos cuatro o cinco kilómetros en el mapa.
El otro asunto prefiero
no hacerlo reconocible, pero aún me sorprende más. Todos, absolutamente todo el
mundo está encantado de la vida. Ni una sola palabra en contra, ni una
prevención, ni siquiera una pequeña crítica. Antes al contrario, todos son
aplausos y parabienes.
Mucho me sorprende
tanta unanimidad.
En ambos casos.




















