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¡Ya estamos!



Anteayer me descargué la carta de papa Francisco y por la noche empecé a leerla. Voy despacio porque tengo otras cosas entre manos. Me llego a la página 21 de las 133 totales, porque la mía no tiene 300 como dicen por ahí. Se quejan de que es muy larga, pero en realidad son 100 folios netos, si descontamos las últimas con las notas*. Y estoy disfrutando.
Para orientarme en su lectura he picado leyendo comentarios y opiniones, y como es de suponer he encontrado de todo. No me hacía falta, pero la curiosidad no siempre la he sabido reprimir. El caso es que voy a seguir con la lectura, pero no con las críticas, sean positivas o negativas, buenas o malas, interesadas o leales. Y me voy a quedar sólo yo con la mía.
Y ya lo adelanto, aunque esté en la página 21 de 133: ¡Todo depende! Salvo sorpresas, veo que papa Francisco dice en su Exhortación Pastoral Postsinodal Amoris Laetitia, más o menos, lo que venimos practicando la mayoría de quienes nos tenemos que valer con el evangelio y el sentido común sobre la mesa, dejando el Ius Canonicum y los documentos doctrinales, incluso el Catecismo oficial, en la estantería del despacho parroquial.
Puede que me equivoque, y tenga que escribir otra cosa, correré ese riesgo. Sigue vigente, –¿esperaba alguien lo contrario?– toda la doctrina católica sobre el matrimonio y la familia. Pero, y no es un pero cualquiera, deja en su lugar a la propia conciencia; y resalto propia, porque es la de cada uno, no una mandada hacer por encargo de la superioridad para todos.
Hay palabras que se pueden decir, pero ojito con ellas, porque tienen doble dirección: responsabilidad, misericordia, amor, verdad… En atención a ellas, desgajándose uno mismo de su propio ser y sentir, puede hacerse de una manera y de la contraria, curar o matar, acoger o rechazar, acertar o meter la pata.
Voy, pues, a seguir con su lectura, confiado en no toparme muros insalvables, aunque tampoco espere encontrarme puertas abiertas de par en par. Con que simplemente no esté echada la llave me basta.

Respondiendo al cuestionario


Hace tiempo que tengo en mi poder el documento que recoge las conclusiones de la primera parte del sínodo sobre la familia, que tuvo lugar hace unos meses. Lo leí por encima, y lo  aparqué para acometerlo cuando me vinieran las ganas. No me han llegado aún, pero sí tengo sobre mi mesa el requerimiento de mi señor arcipreste para que proceda a ello, porque en la próxima reunión hemos de tratarlo.
Así que, sin demasiado entusiasmo y más por obediencia, me he puesto a la tarea. Estoy a punto de terminarla, dejándola incompleta, pero cerrada.
Consta dicho documento, de 35 páginas, de una primera parte expositiva, –lo que el sínodo aprobó por una mayoría cualificada–, y una segunda parte interrogativa, –las 46 preguntas múltiples que se formulan para palpar la opinión del personal.
Leída la primera en su totalidad, respondo a sólo una porción de la segunda. No tengo respuesta para casi nada.
Y no es porque no tenga opinión sobre la materia; más bien porque ¿qué se me está preguntando si ya se tiene lo que hay que tener? Hay una forma de interrogar que no busca la verdad, sino afianzar la doctrina.
Cuando se parte de un principio inamovible, sobra todo lo demás.
He tirado por la línea del medio, no por la tangente. Y he decidido responder sin atenerme a la requisitoria. Y, para empezar, he indicado que ese lenguaje que utiliza, muy propio de instancias clericales, no sólo no es actual, es que está demasiado alejado de la gente y resulta difícil de entender.
Lo malo es que si las palabras resultan trasnochadas, los contenidos a los que se refieren ya no dicen nada, si es que alguna vez tuvieron significado  concreto y atendible.
Aquí viene bien lo de “a vino nuevo, odres nuevos”. Para empezar, por ejemplo, dejar de entender el matrimonio como contrato, y por tanto olvidar términos como vínculo, yugo o compromiso, y tomar otros que expresen el proceso que comenzó un día y está abierto hacia su consumación “y fin de un camino: estrechándose los cuerpos y abrazándose los ánimos, intentando las personas crecer juntas hacia la meta de convertir la promesa renovada en lazo irrompible”.
La consumación sería así la meta deseada, y no el principio, sino el compromiso a alcanzar.

Oraciones para usar


Hoy en la Eucaristía había aire de fiesta, pero también un silencio especialmente significativo. Familias completas, personas solas, jóvenes por una parte y mayores por otra. Tocaba hablar de la familia y nadie quería romper ese silencio engorroso al tiempo que claramente expresivo. ¿Qué decir? ¿Qué expresar que no fueran meras palabras? ¿Alguien tenía a mano una guía a modo vademecum para acertar? “Así es la vida”, dicho por la madre que abandonó a sus tres hijas en un lugar de Asturias, ante el juez y como única explicación, nos había dejado, o ya lo estábamos desde antes de empezar, mudos ante la realidad tozuda e innegable.
Alguien dijo que leyera unas oraciones que una vez comentamos en esta misma fecha. Fue hace más de veinte años. Entonces a todos nos parecieron apropiadas. Hoy, según parece, era el único recurso. No las tengo aquí, repliqué. Y continuamos. A la salida se me indicó que las colgara en Internet, para que estuvieran disponibles.
He buscado por la red, y no parece que estén, al menos tal como yo las recogí. Las coloco ahora, indicando que no sé su origen, pero que por lo menos datan de 1992. Agradezco a quien o quienes las pusieron a mi alcance, dándome la oportunidad de publicarlas en libertad.

Oración de unos padres
Señor, queremos formar unos hijos valientes,
decididos y llenos de pundonor.
Danos, Señor, unos hijos humildes y sencillos,
conscientes de que sin Ti nada son.
Que sepan oír consejos;
que no les cueste descubrir sus fallos;
que acepten sugerencias;
que sepan que muchas veces van a estar equivocados;
que sepan que nunca van a ser poseedores de toda la verdad
y que, por eso, muchas veces deberán pedir perdón.
Unos hijos, Señor, que sean honrados, eficientes.
Que aspiren a ser libres;
que jamás callen ante las injusticias;
y que no permitan que pisoteen sus derechos.
Pero que, jamás, por defender sus intereses,
pasen por encima de los derechos de los demás;
y que por amor estén siempre dispuestos a perdonar.
Queremos unos hijos escrupulosos en el manejo de los bienes ajenos;
que sepan padecer pobrezas
antes de hacer mal uso de lo que no les pertenece.
Unos hijos con mentalidad de adultos, pero con ojos y corazón de niños;
abiertos a ideas y tiempos nuevos, nunca acomodados, siempre inquietos.
Que encuentren la alegría en las cosas sencillas de la vida
y que sepan mantener el espíritu en alto aun en los momentos difíciles.
Queremos unos hijos que comprendan
que deben formarse lo mejor posible,
no para lograr dinero o para incorporarse a la sociedad de consumo,
sino para servir a sus hermanos.
Unos hijos que sepan poner el interés de los demás antes que el propio
y para quienes el ideal sea lograr el bienestar y la felicidad del prójimo.
Queremos, Señor, unos hijos que sepan compartir las alegrías de los otros
y también sus fracasos, tristezas y sufrimientos.
Señor, soñamos con tener unos hijos que confíen en los demás;
que crean en los demás;
que sepan tomar decisiones,
pero que sepan también delegar responsabilidades.
Queremos inculcar en nuestros hijos el deseo,
no de ser socios de clubes ni de empresas comerciales,
sino de ser parte de una sociedad más justa, sin clases ni divisiones,
en donde todos tengan acceso a los beneficios propios de los seres humanos.
En resumen, ayúdanos, Señor, a formar unos hijos que se parezcan a Ti,
capaces de llegar hasta el sacrificio
con esperanza en tu triunfo y tu resurrección.
Hay algo que te queremos pedir especialmente
y es tu Gracia para nosotros, sus padres.
Danos tu ayuda, tu fuerza, tu amor, tu humildad,
tu entrega, tu esperanza, tu alegría, tu constancia:
ya que sólo pareciéndonos a Ti,
viviendo todo eso que queremos y soñamos para nuestros hijos,
seremos capaces de despertar en ellos estos ideales;
sólo así seremos capaces de formar estos hombres nuevos
capaces de construir un mundo nuevo.

Oración de unos hijos
Hoy, Señor, te damos gracias por nuestra familia.
Gracias por nuestros padres:
Siendo jóvenes quisieron complicarse la vida
y nos trajeron al mundo.
Nos han colmado de amor
y nos han enseñado a amar;
han llenado nuestra vida de besos,
de caricias, de cuidados, de regalos…
Y nos acompañan dando seguridad en nuestros años.
Gracias por nuestros abuelos y tíos.
Ellos también nos han ayudado a crecer,
nos han soportado y nos han entregado su cariño.
Queremos también pedirte algo para nosotros, los hijos:
Ayúdanos, Señor,
a crecer en el amor y repartirlo,
a crecer en experiencia y compartirla.
Conserva nuestras familias unidas en el amor,
para que entre todas
construyamos el mundo sobre la solidaridad.
Ni que decir tiene que aquí faltan otras oraciones. Una por ejemplo, por los esposos. Otra por los hijos que sufren la ruptura de sus padres. Otra por quienes no han podido, no han sabido o no han querido conservarse como esposos. Y otra… En fin, ya se ve que la lista puede ser interminable.

Una familia como otra cualquiera



El término familia no exclusivamente se refiere al grupo que surge por la vía reproductiva, sexual o asexual, sino que admite múltiples y variadas modalidades en su origen. Desde las formaciones coralinas de preciosas islas en medio del mar, hasta las camorras napolitanas, pasando por rebaños de ovejas y bandadas de pájaros, hay familia allí donde hay intereses, proyectos, vida e incluso muerte que se comparten.
La Iglesia es una forma particular de ser familia. Y a su vez, está formada por unidades más pequeñas y no menos complejas que también tienen estructura similar a la familia.
Dentro de ella, y tal vez en la parte superior de la escala, está la Curia. También funciona como familia, que luego se repite a menor escala en cada lugar y circunstancia según los usos y costumbres propios. A ella se ha dirigido recientemente papa Francisco. Sus palabras pueden ser extensibles tanto a Roma como a Calcuta, a Madrid como a Valladolid.
Estas son, al pie de la letra:

PRESENTAZIONE DEGLI AUGURI NATALIZI DELLA CURIA ROMANA
DISCORSO DEL SANTO PADRE FRANCESCO
Sala Clementina
Lunedì, 22 dicembre 2014



La Curia Romana y el Cuerpo de Cristo
«Tú estás sobre los Querubines, tú que has cambiado la miserable condición del mundo cuando te has hecho como uno de nosotros» (san Atanasio).

Queridos Hermanos
Al final del Adviento, nos reunimos para los tradicionales saludos. En unos días tendremos la alegría de celebrar la Natividad del Señor; el evento de Dios que se hizo hombre para salvar a los hombres; la manifestación del amor de Dios, que no se limita  a darnos algo y enviarnos algún mensaje o ciertos mensajeros, sino que se entrega a sí mismo; el misterio de Dios que toma sobre sí nuestra condición humana y nuestros pecados para revelarnos su vida divina, su inmensa gracia y su perdón gratuito. Es la cita con Dios, que nace en la pobreza de la gruta de Belén para enseñarnos el poder de la humildad. En efecto, la Navidad es también la fiesta de la luz que no es recibida por la gente «selecta», sino por los pobres y sencillos que esperaban la salvación del Señor.
En primer lugar, quisiera desearos a todos vosotros – colaboradores, hermanos y hermanas, Representantes pontificios esparcidos por el mundo – y a todos vuestros seres queridos una santa Navidad y un feliz Año Nuevo. Deseo agradeceros cordialmente vuestro compromiso cotidiano al servicio de la Santa Sede, de la Iglesia Católica, de las Iglesias particulares y del Sucesor de Pedro.
Puesto que somos personas, y no sólo números o títulos, recuerdo particularmente a los que durante este año han terminado su servicio, por razones de edad, por haber asumido otros encargos o porque han sido llamados a la casa del Padre. También para todos ellos y sus familiares, mi recuerdo y gratitud.
Con vosotros, quiero elevar un profunda y sentida acción de gracias al Señor por el año que nos está dejando, por los acontecimientos vividos y todo el bien que él ha querido hacer con generosidad a través del servicio de la Santa Sede, pidiendo humildemente perdón por las faltas cometidas «de pensamiento, palabra, obra y omisión».
A partir precisamente de esta petición de perdón, quisiera que este encuentro, y las reflexiones que compartiré con vosotros, fueran para todos nosotros un apoyo y un estímulo para un verdadero examen de conciencia y preparar nuestro corazón para la santa Navidad.
Pensando en este encuentro, me ha venido a la mente la imagen de la Iglesia como Cuerpo Místico de Jesucristo. Es una expresión que, como explicó el Papa Pío XII, «brota y aun germina de todo lo que en las Sagradas Escrituras y en los escritos de los Santos Padres frecuentemente se enseña».[1] A este respecto, san Pablo escribió: «Pues, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo» (1 Co 12,12).[2]
En este sentido, el Concilio Vaticano II nos recuerda que «en la construcción del cuerpo de Cristo existe una diversidad de miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios (cf. 1 Co 12,1-11), distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia».[3] «Cristo y la Iglesia son por tanto el “Cristo total”, Christus Totus. La Iglesia es una con Cristo».[4]
Es bello pensar en la Curia Romana como un pequeño modelo de la Iglesia, es decir, como un «cuerpo» que trata seria y cotidianamente de ser más vivo, más sano, más armonioso y más unido en sí mismo y con Cristo.
En realidad, la Curia Romana es un organismo complejo, compuesto por muchas Congregaciones, Consejos, Oficinas, Tribunales, Comisiones y numerosos elementos que no todos tienen el mismo cometido, pero que se coordinan para su funcionamiento eficaz, edificante, disciplinado y ejemplar, no obstante la diversidad cultural, lingüística y nacional de sus miembros.[5]
En todo caso, siendo la Curia un cuerpo dinámico, no puede vivir sin alimentarse y cuidarse. En efecto, la Curia – como la Iglesia – no puede vivir sin tener una relación vital, personal, auténtica y sólida con Cristo.[6] Un miembro de la Curia que no se alimenta diariamente con esa comida se convertirá en un burócrata (un formalista, un funcionario, un mero empleado): un sarmiento que se marchita y poco a poco muere y se le corta. La oración cotidiana, la participación asidua en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía y la Reconciliación, el contacto diario con la Palabra de Dios y la espiritualidad traducida en la caridad vivida, son el alimento vital para cada uno de nosotros. Que nos resulte claro a todos que, sin él, no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5).
Por tanto, la relación viva con Dios alimenta y refuerza también la comunión con los demás; es decir, cuanto más estrechamente estamos unidos a Dios, más unidos estamos entre nosotros, porque el Espíritu de Dios une y el espíritu del maligno divide.
La Curia está llamada a mejorarse, a mejorarse siempre y a crecer en comunión, santidad y sabiduría para realizar plenamente su misión.[7] Sin embargo, como todo cuerpo, como todo cuerpo humano, también está expuesta a los males, al mal funcionamiento, a la enfermedad. Y aquí quisiera mencionar algunos de estos posibles males, males curiales. Son males más habituales en nuestra vida de Curia. Son enfermedades y tentaciones que debilitan nuestro servicio al Señor. Creo que nos puede ayudar el «catálogo» de los males – siguiendo a los Padres del Desierto, que hacían aquellos catálogos – de los que hoy hablamos: nos ayudará a prepararnos al Sacramento de la Reconciliación, que será un gran paso para que todos nosotros nos preparemos para la Navidad.
1. El mal de sentirse «inmortal», «inmune», e incluso «indispensable»,  descuidando los controles necesarios y normales. Una Curia que no se autocritica, que no se actualiza, que no busca mejorarse, es un cuerpo enfermo. Una simple visita a los cementerios podría ayudarnos a ver los nombres de tantas personas, alguna de las cuales pensaba quizás ser inmortal, inmune e indispensable. Es el mal del rico insensato del evangelio, que pensaba vivir eternamente (cf. Lc 12,13-21), y también de aquellos que se convierten en amos, y se sienten superiores a todos, y no al servicio de todos. Esta enfermedad se deriva a menudo de la patología del poder, del «complejo de elegidos», del narcisismo que mira apasionadamente la propia imagen y no ve la imagen de Dios impresa en el rostro de los otros, especialmente de los más débiles y necesitados.[8] El antídoto contra esta epidemia es la gracia de sentirse pecadores y decir de todo corazón: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10).
2. Otro: El mal de «martalismo» (que viene de Marta), de la excesiva laboriosidad, es decir, el de aquellos enfrascados en el trabajo, dejando de lado, inevitablemente, «la mejor parte»: el estar sentados a los pies de Jesús (cf. Lc 10,38-42). Por eso, Jesús llamó a sus discípulos a «descansar un poco» (Mc 6,31), porque descuidar el necesario descanso conduce al estrés y la agitación. Un tiempo de reposo, para quien ha completado su misión, es necesario, obligado, y debe ser vivido en serio: en pasar algún tiempo con la familia y respetar las vacaciones como un momento de recarga espiritual y física; hay que aprender lo que enseña el Eclesiastés: «Todo tiene su tiempo, cada cosa su momento» (3,1).
3. También existe el mal de la «petrificación» mental y espiritual, es decir, el de aquellos que tienen un corazón de piedra y son «duros de cerviz» (Hch 7,51); de los que, a lo largo del camino, pierden la serenidad interior, la vivacidad y la audacia, y se esconden detrás de los papeles, convirtiéndose en «máquinas de legajos», en vez de en «hombres de Dios» (cf. Hb 3,12). Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para hacernos llorar con los que lloran y alegrarnos con quienes se alegran. Es la enfermedad de quien pierde «los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5), porque su corazón, con el paso del tiempo, se endurece y se hace incapaz de amar incondicionalmente al Padre y al prójimo (cf. Mt 22,34-40). Ser cristiano, en efecto, significa tener «los sentimientos propios de Cristo Jesús» (Flp 2,5), sentimientos de humildad y entrega, de desprendimiento y generosidad.[9]
4. El mal de la planificación excesiva y el funcionalismo. Cuando el apóstol programa todo minuciosamente y cree que, con una perfecta planificación, las cosas progresan efectivamente, se convierte en un  contable o gestor. Es necesario preparar todo bien, pero sin caer nunca en la tentación de querer encerrar y pilotar la libertad del Espíritu Santo, que sigue siendo más grande, más generoso que todos los planes humanos (cf. Jn 3,8). Se cae en esta enfermedad porque «siempre es más fácil y cómodo instalarse en las propias posiciones estáticas e inamovibles. En realidad, la Iglesia se muestra fiel al Espíritu Santo en la medida en que no pretende regularlo ni domesticarlo... – ¡domesticar  al espíritu Santo! –, él es frescura, fantasía, novedad».[10]
5. El mal de una falta de coordinación. Cuando los miembros pierden la comunión entre ellos, el cuerpo pierde su armoniosa funcionalidad y su templanza, convirtiéndose en una orquesta que produce ruido, porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y de equipo. Como cuando el pie dice al brazo: «No te necesito», o la mano a la cabeza: «Yo soy la que mando», causando así malestar y escándalo.
6. También existe la enfermedad del «Alzheimer espiritual», es decir, el olvido de la «historia de la salvación», de la historia personal con el Señor, del «primer amor» (Ap 2,4). Es una disminución progresiva de las facultades espirituales que, en un período de tiempo más largo o más corto, causa una grave discapacidad de la persona, por lo que se hace incapaz de llevar a cabo cualquier actividad autónoma, viviendo un estado de dependencia absoluta de su manera de ver, a menudo imaginaria. Lo vemos en los que han perdido el recuerdo de su encuentro con el Señor; en los que no tienen sentido «deuteronómico» de la vida; en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos y manías; en los que construyen muros y costumbres en torno a sí, haciéndose cada vez más esclavos de los ídolos que han fraguado con sus propias manos.
7. El mal de la rivalidad y la vanagloria.[11] Es cuando la apariencia, el color de los atuendos y las insignias de honor se convierten en el objetivo  principal de la vida, olvidando las palabras de san Pablo: «No obréis por vanidad ni por ostentación, considerando a los demás por la humildad como superiores. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás» (Flp 2,3-4). Es la enfermedad que nos lleva a ser hombres y mujeres falsos, y vivir un falso «misticismo» y un falso «quietismo». El mismo san Pablo los define «enemigos de la cruz de Cristo», porque su gloria «está en su vergüenza; y no piensan más que en las cosas de la tierra» (Flp 3,18.19).
8. El mal de la esquizofrenia existencial. Es la enfermedad de quien tiene una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual, que grados o títulos académicos no pueden colmar. Es una enfermedad que afecta a menudo a quien, abandonando el servicio pastoral, se limita a los asuntos burocráticos, perdiendo así el contacto con la realidad, con las personas concretas. De este modo, crea su mundo paralelo, donde deja de lado todo lo que enseña severamente a los demás y comienza a vivir una vida oculta y con frecuencia disoluta. Para este mal gravísimo, la conversión es más bien urgente e indispensable (cf. Lc 15,11-32).
9. El mal de la cháchara, de la murmuración y del cotilleo. De esta enfermedad ya he hablado muchas veces, pero nunca será bastante. Es una enfermedad grave, que tal vez comienza simplemente por charlar, pero que luego se va apoderando de la persona hasta convertirla en «sembradora de cizaña» (como Satanás), y muchas veces en «homicida a sangre fría» de la fama de sus propios colegas y hermanos. Es la enfermedad de los bellacos, que, no teniendo valor para hablar directamente, hablan a sus espaldas. San Pablo nos amonesta: «Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, para ser irreprensibles e inocentes» (cf. Flp 2,14-18). Hermanos, ¡guardémonos del terrorismo de las habladurías!
10. El mal de divinizar a los jefes: es la enfermedad de quienes cortejan a los superiores, esperando obtener su benevolencia. Son víctimas del arribismo y el oportunismo, honran a las personas y no a Dios (cf. Mt 23,8-12). Son personas que viven el servicio pensando sólo en lo que pueden conseguir y no en lo que deben dar. Son seres mezquinos, infelices e inspirados únicamente por su egoísmo fatal (cf. Ga 5,16-25). Este mal también puede afectar a los superiores, cuando halagan a algunos colaboradores para conseguir su sumisión, lealtad y dependencia psicológica, pero el resultado final es una auténtica complicidad.
11. El mal de la indiferencia hacia los demás. Se da cuando cada uno piensa sólo en sí mismo y pierde la sinceridad y el calor de las relaciones humanas. Cuando el más experto no poner su saber al servicio de los colegas con menos experiencia. Cuando se tiene conocimiento de algo y lo retiene para sí, en lugar de compartirlo positivamente con los demás. Cuando, por celos o pillería, se alegra de la caída del otro, en vez de levantarlo y animarlo.
12. El mal de la cara fúnebre. Es decir, el de las personas rudas y sombrías, que creen que, para ser serias, es preciso untarse la cara de melancolía, de severidad, y tratar a los otros – especialmente a los que considera inferiores – con rigidez, dureza y arrogancia. En realidad, la severidad teatral y el pesimismo estéril[12] son frecuentemente síntomas de miedo e inseguridad de sí mismos. El apóstol debe esforzarse por ser una persona educada, serena, entusiasta y alegre, que transmite alegría allá donde esté. Un corazón lleno de Dios es un corazón feliz que irradia y contagia la alegría a cuantos están a su alrededor: se le nota a simple vista. No perdamos, pues, ese espíritu alegre, lleno de humor, e incluso autoirónico, que nos hace personas afables, aun en situaciones difíciles.[13] ¡Cuánto bien hace una buena dosis de humorismo! Nos hará bien recitar a menudo la oración de santo Tomás Moro:[14] yo la rezo todos los días, me va bien.
13. El mal de acumular: se produce cuando el apóstol busca colmar un vacío existencial en su corazón acumulando bienes materiales, no por necesidad, sino sólo para sentirse seguro. En realidad, no podremos llevarnos nada material con nosotros, porque «el sudario no tiene bolsillos», y todos nuestros tesoros terrenos – aunque sean regalos – nunca podrán llenar ese vacío, es más, lo harán cada vez más exigente y profundo. A estas personas el Señor les repite: «Tú dices: Soy rico; me he enriquecido; nada me falta. Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo... Sé, pues, ferviente y arrepiéntete» (Ap 3,17-19). La acumulación solamente hace más pesado el camino y lo frena inexorablemente. Me viene a la mente una anécdota: en tiempos pasados, los jesuitas españoles describían la Compañía de Jesús como la «caballería ligera de la Iglesia». Recuerdo el traslado de un joven jesuita, que mientras cargaba en un camión sus numerosos haberes: maletas, libros, objetos y regalos, oyó decir a un viejo jesuita de sabia sonrisa que lo estaba observando: «¿Y esta sería la “caballería ligera” de la Iglesia?». Nuestros traslados son una muestra de esta enfermedad.
14. El mal de los círculos cerrados, donde la pertenencia al grupo se hace más fuerte que la pertenencia al Cuerpo y, en algunas situaciones, a Cristo mismo. También esta enfermedad comienza siempre con buenas intenciones, pero con el paso del tiempo esclaviza a los miembros, convirtiéndose en un cáncer que amenaza la armonía del Cuerpo y causa tantos males – escándalos – especialmente a nuestros hermanos más pequeños. La autodestrucción o el «fuego amigo» de los camaradas es el peligro más engañoso.[15] Es el mal que ataca desde dentro;[16] es, como dice Cristo, «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado» (Lc 11,17).
15. Y el último: el mal de la ganancia mundana y del exhibicionismo,[17] cuando el apóstol transforma su servicio en poder, y su poder en mercancía para obtener beneficios mundanos o más poder. Es la enfermedad de las personas que buscan insaciablemente multiplicar poderes y, para ello, son capaces de calumniar, difamar y desacreditar a los otros, incluso en los periódicos y en las revistas. Naturalmente para exhibirse y mostrar que son más entendidos que los otros. También esta enfermedad hace mucho daño al Cuerpo, porque lleva a las personas a justificar el uso de cualquier medio con tal de conseguir dicho objetivo, con frecuencia ¡en nombre de la justicia y la transparencia! Y aquí me viene a la mente el recuerdo de un sacerdote que llamaba a los periodistas para contarles – e inventar – asuntos privados y reservados de sus hermanos y parroquianos. Para él solamente contaba aparecer en las primeras páginas, porque así se sentía «poderoso y atractivo», causando mucho mal a los otros y a la Iglesia. ¡Pobrecito!
Hermanos, estos males y estas tentaciones son naturalmente un peligro para todo cristiano y para toda curia, comunidad, congregación, parroquia, movimiento eclesial, y pueden afectar tanto en el plano individual como en el comunitario.
Es preciso aclarar que corresponde solamente al Espíritu Santo – el alma del Cuerpo Místico de Cristo, como afirma el Credo Niceo-Constantinopolitano: «Creo… en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida» – curar toda enfermedad. Es el Espíritu Santo el que sostiene todo esfuerzo sincero de purificación y toda buena voluntad de conversión. Es él quien nos hace comprender que cada miembro participa en la santificación del cuerpo y también en su decaimiento. Él es el promotor de la armonía:[18] «Ipse harmonia est», afirma san Basilio. Y san Agustín nos dice: «Mientras cualquier miembro permanece unido al cuerpo, queda la esperanza de salvarle; una vez amputado, no hay remedio que lo sane».[19]
La curación es también fruto del tener conciencia de la enfermedad, y de la decisión personal y comunitaria de curarse, soportando pacientemente y con perseverancia la cura.[20]
Así, pues, estamos llamados – en este tiempo de Navidad y durante todo el tiempo de nuestro servicio y de nuestra existencia – a vivir «siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor» (Ef 4,15-16).
Queridos hermanos:
Una vez leí que los sacerdotes son como los aviones: únicamente son noticia cuando caen, aunque son tantos los que vuelan. Muchos critican y pocos rezan por ellos. Es una frase muy simpática y también  muy verdadera, porque indica la importancia y la delicadeza de nuestro servicio sacerdotal, y cuánto mal podría causar a todo el cuerpo de la Iglesia un solo sacerdote que «cae».
Por tanto, para no caer en estos días en los que nos preparamos a la Confesión, pidamos a la Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, que cure las heridas del pecado que cada uno de nosotros lleva en su corazón, y que sostenga a la Iglesia y a la Curia para que se mantengan sanas y sean sanadoras; santas y santificadoras, para gloria del su Hijo y la salvación nuestra y del mundo entero. Pidámosle que nos haga amar a la Iglesia como la ha amado Cristo, su hijo y nuestro Señor, y nos dé valor para reconocernos pecadores y necesitados de su misericordia, sin miedo a abandonar nuestra mano entre sus manos maternales.
Feliz Navidad a todos vosotros, a vuestras familias y a vuestros colaboradores. Y, por favor, ¡no olvidéis rezar por mí! Gracias de todo corazón.

 

[1] La Iglesia, siendo un mysticum Corpus Christi, «necesita también una multitud de miembros, que de tal manera estén trabados entre sí, que mutuamente se auxilien. Y así como en este nuestro organismo mortal, cuando un miembro sufre, todos los otros sufren también con él, y los sanos prestan socorro a los enfermos, así también en la Iglesia los diversos miembros no viven únicamente para sí mismos, sino porque ayudan también a los demás y se ayudan unos a otros, ya para mutuo alivio, ya también para edificación cada vez mayor de todo el cuerpo... No basta una cualquier aglomeración de miembros para constituir el cuerpo, sino que necesariamente ha de estar dotado de lo que llaman órganos, esto es, de miembros que no ejercen la misma función, pero están dispuestos en un orden conveniente, así la Iglesia ha de llamarse Cuerpo, principalmente por razón de estar formada por una recta y bien proporcionada armonía y trabazón de sus partes, y provista de diversos miembros que convenientemente se corresponden los unos a los otros».
[2] Cf. Rm 12,5: «Así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo de Cristo, pero cada cual existe en relación con los otros miembros».
[3] Const. dogm. Lumen gentium, 7.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, 795; ibíd., 789: «La comparación de la Iglesia con el cuerpo arroja un rayo de luz sobre la relación íntima entre la Iglesia y Cristo. No está solamente reunida en torno a él: siempre está unificada en él, en su cuerpo. Tres aspectos de la Iglesia “Cuerpo de Cristo” se han de resaltar más específicamente: la unidad de todos los miembros entre sí por su unión con Cristo; Cristo Cabeza del Cuerpo; la Iglesia, Esposa de Cristo».
[5] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 130-131.
[6] Jesús ha enseñado varias veces cómo  debe ser la unión de los fieles con él: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15,4-5).
[7] Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Pastor bonus, art. 1; Código de Derecho Canónico, can. 360.
[8] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 197-201.
[9] Cf. Benedicto XVI, Audiencia general, 1 junio 2005.
[10] Homilía en la Catedral católica del Espíritu Santo, Estambul, 29 noviembre 2014.
[11] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 95-96.
[12] Cf, ibíd., 84-86.
[13] Cf, ibíd., 2.
[14] «Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir.  Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla. Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante el mal, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en orden. Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros y los lamentos, y no permitas que sufra excesivamente por ese ser tan dominante que se llama “Yo”. Dame, Señor, el sentido del humor. Concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás. Así sea».
[15] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 88.
[16] El Beato Pablo VI refiriéndose a la situación de la Iglesia dijo tener la sensación de que «por alguna ranura había entrado el humo de satanás en el templo de Dios»: Homilía en la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, 29 junio 1972; cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 98-101.
[17] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 93-97 («No a la mundanidad espiritual»).
[18] Cf. Homilía en la Catedral católica del Espíritu Santo, Estambul, 29 noviembre 2014, «El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia. Él da la vida, suscita los diferentes carismas que enriquecen al Pueblo de Dios y, sobre todo, crea la unidad entre los creyentes: de muchos, hace un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo... El Espíritu Santo hace la unidad de la Iglesia: unidad en la fe, unidad en la caridad, unidad en la cohesión interior».
[19] San Agustín, Sermo 137, 1: PL., 38, 754.
[20] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 25-33 («Pastoral en conversión»).

La canícula



Siempre dispuestos a dar una primicia, los medios informativos –alguno, al menos– se han apresurado a avisarnos de que llegan los calores. Exactamente entre el quince de julio y el quince de agosto soportaremos los mayores ardores veraniegos. Hoy empieza la canícula.
¡Abróchense los cinturones! ¡Despegamos!
Exactamente volar, no pienso hacerlo. Tampoco rodar; no al menos de momento. En casita y a la sombra. Y con lecturas varias.
Tengo a mano un trabajo de cincuenta folios que condensa todo lo que se ha recogido sobre la vida familiar. “Instrumentum laboris” se titula. Y es el documento base para el próximo sínodo que celebrarán los obispos de la Iglesia Católica con el tema: Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización.
Bien. Quien haya sido, ha hecho un buen trabajo de recopilación. Eso pienso, llegándome a la mitad de su recorrido. Con todo, es sabido que en esta institución milenaria saben escuchar, pero no suele servir de nada, porque igual que el otro aporreaba la mesa al grito de ¡programa! ¡programa!, aquí también se zapatea el escritorio gritando ¡doctrina! ¡doctrina!
Espero que los calores que se avecinan me permitan comprobar que en las páginas que me faltan por leer se indiquen pautas para acoger algunas aportaciones “populares” de manera que los señores obispos y arzobispos del mundo católico no tengan necesariamente que negarse desde ya en deferencia hacia “una verdad” mantenida desde siempre.
Sudo sólo con pensar que aquí vuelva a ocurrir lo del posconcilio, cuando a Pablo VI le entraron aquellos miedos que dejó fijados –contra la propia comisión que él mismo había nombrado– en una encíclica de infausto recuerdo: Humanae vitae.

¿Cómo acabar?



Me sucede como demasiada frecuencia. Sé cómo empiezo, no consigo imaginar dónde terminaré. Ya tengo alguna experiencia y, a fuerza de hacer siempre lo mismo, en el momento de empezar a hablar puedo suponer, y supongo, que expresaré algo que en el principio ni estaba en mí ni en el tintero, mucho menos en el papel. Así que cuando viene alguien y me dice oye tú, dame lo que acabas de decir, tengo que responder que ni lo tengo ni sé exactamente qué ha sido.
Hay otras veces que leo; son las menos. Entonces, en una segunda o ulterior lectura, no me encuentro; y quisiera no haberlo dicho, al menos no de esa determinada manera; y reniego, aunque no pueda negarlo: escrito está. Entonces paso página y abro cuenta nueva.
Esto que me sirve a mí no es de ninguna utilidad para el resto, y el resto son todos los demás; demasiados. Por eso me digo con frecuencia miguelángel sé prudente, piensa más las cosas, no llegues a conclusiones que luego tengas que explicar… y no sepas cómo, o sí pero te dejen tal que con el culo en pompa.
Se avecina otra marejada familiar; mejor dicho, marejadas; hay abiertos varios frentes. ¿Incidirán en lo mismo? ¿Partirán de supuestos diferentes? ¿Se llevarán a cabo según distintos, e incluso enfrentados, discursos? ¿Con el Real o con el Barça?
Me repito que un único modelo es castrante, además de ser incierto. Vamos, que es mentira. Por el contrario la diversidad es enriquecedora. Claro, e inquietante. Ahí está lo bueno. Que cada cual opte, y se la juegue. No está bien encorsetar, tabular y pontificar. Eso produce exclusión… y dolor.
María, José y Jesús, lo que se ha dado en llamar sagrada familia, –lo pongo en minúscula porque no es un absoluto–, constituyen un “ente” de difícil acomodo; entonces… y ahora. ¿Modelo de qué? ¿Ejemplo para quiénes?
Y recuerdo que en cierta ocasión escribí y dije, ¿o no lo dije aunque está escrito?, “La Sagrada Familia, en la que nació Jesús, y que se nos ofrece como modelo de convivencia humana y de fe en Dios, en lo humano resultó una historia de fracasos continuos y desde luego resulta un modelo por vía negativa para nuestros días; muchas de las circunstancias que la rodearon son un ejemplo de lo que deberíamos evitar en la medida de lo posible: familia rechazada por la propia familia, que tiene que cobijarse en los arrabales de la ciudad; el misterio de una concepción no compartida que hay que ocultar vergonzantemente; la emigración forzosa por el rechazo de la propia sangre; el hijo y su misión incomprensible para sus padres; el callado y discreto padre, la humilde y silenciosa madre; la trágica realidad de la persecución, juicio y muerte del hijo, el futuro familiar…” (2001) Porque, según dije en otro momento, “María no fue la esposa sumisa, con la pierna quebrada y en casa. José no fue el patriarca dominante y machista. Jesús no fue el hijo callado y obediente.” (1993) Y que desde luego rompió con todas las tradiciones y costumbres habidas y por haber, añadiría ahora.
¡Cuánto echo de menos aquella pequeña y coquetona iglesia! –Le dije el otro día a Javier, el franciscano que regenta ahora la imponente iglesia de San Antonio, donde reside la parroquia de La Inmaculada. Cambió el tamaño, la denominación e incluso de mano; ahora está en los impares del Paseo de Zorrilla, a la derecha según se va. Ya es coincidencia.
La primitiva Sagrada Familia estaba a la derecha según se viene, pero como daba a tres calles esa descripción no vale; en realidad era inclasificable su orientación, era lo que era, una cosa única, irrepetible, inimitable. Dabas con ella sí o sí, no había otra.
Sí, yo creo que esta es la mejor conclusión a que puedo llegar. Aquella familia de Nazaret es un hito en la historia; ni antes ni después, sólo entonces fue posible… y existió. Ahora toca inventarse cómo.
No lo tienen nada fácil, quizás por eso hay tan pocas bodas; al asunto de la crisis, que mete miedo, se unen otros asuntos, y por eso dudan, atrasan e incluso inventan nuevas formas de convivencia, y las leyes no consiguen ordenar lo que no puede atarse con un vulgar contrato.
Cada vez que empiezo un expediente de matrimonio y veo en el impreso del exhorto eso de “hijo/a legítimo/a de” me lo salto a posta. Pero ya hace bastante que no hago ninguno. Son los tiempos.

Pues es verdad, ya me ha llegado la consulta por el conducto oficial




Ha tardado justo dos semanas. Se trata de un paquete que acabo de recibir por email y contiene varios documentos:
1 Una carta introductoria del secretario del consejo presbiteral de la diócesis, de parte del arzobispo de la diócesis, proponiendo el estudio y las respuestas que se requieren.
2 La presentación del documento, a cargo de monseñor Lorenzo Baldisseri, secretario general del sínodo de los obispos.
3 Aspectos jurídico-canónicos y pastorales, de monseñor Erdo.
4 Lectura teológica, de monseñor Forte.
5 Documento preparatorio: Los desafío pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización. Constituido por cuatro apartados:
         a) El Sínodo: Familia y Evangelización.
         b) La Iglesia y el Evangelio sobre la Familia.
         c) La Pastoral de la Familia en el contexto de la Evangelización.
         d) Cuestionario.
Se nos advierte que no se trata de proponer soluciones a problemas, sino de reflejar lo que consideramos es la situación real o estado de la cuestión. En ningún momento se delimita quienes deben responder al cuestionario. Y se fija como fecha tope para su entrega el dieciocho de diciembre.
O sea, que tenemos un mes por delante. Que podrían haber sido dos, o cuando menos mes y medio, si hubiéramos sido tan diligentes como los ingleses y galeses.
En todo caso no se han cumplido los augurios que vaticinaban que en España no se iba a distribuir esta consulta.
Ahora está por ver si se tendrán en cuenta las aportaciones o se va a cubrir un expediente. Yo apuesto por lo primero.

Mi café y mis rosarios, o viceversa


Y mi cigarro, por supuesto. Y mis más cosas, que también. Yo, al fin y al cabo, con mis circunstancias. O, más exactamente, uno es sus circunstancias. Porque si me quito las cosas que me ha ido añadiendo la vida, o que yo he ido cogiendo de aquí y de allá mientras vivía, mucho me temo que me ocurra como a la fresca lechuga, a la dulce cebolla, a la simple acelga, o a la rotunda  alcachofa: que ni corito(1). Sencillamente, nada.
Si una vez hablé de los belenes de mi vida, esta de ahora la tengo guardada desde mucho antes, porque versa sobre lo que es más yo que yo mismo. Y eso que nunca fui rezador, que si lo hubiera o hubiese sido, ahora tal vez “seriese” muy distinto.
Mi primer rosario… ni me acuerdo cuándo lo entretuve entre mis dedos. A ojo de buen cubero puede que tuviera 5 ó 6 años. Luego llegaron otros, y dejaron de estar. Por entonces lo rezaba en familia, según como predicaba el entonces famoso padre Peiton: “Familia que reza unida, permanece unida”. Unas veces a través de las ondas de la radio, y las más con mi madre desde la cocina dirigiendo, y mi padre y nosotros, los hijos, a medias jugando y respondiendo desde el comedor. Mi mamá se perdía, por culpa del sofrito de las sopas de ajo, y alguien de casa recordaba: “Tercer misterio, Jesús coronado de espinas”. Y mamá empezaba padre nuestro…
El primer rosario del que fui consciente sería sobre los doce ó trece años. Para entonces ya había rezado muchas avemarías, con sus padrenuestros y sus glorias. Me lo reservé para mí después de haber fabricado otros muchos. En él me volqué y tejí una cadeneta que ahora, sin gafas imposible, y con ellas malamente la veo. Es éste:
Le gustó a mi papá y, caprichoso él, me encargó le hiciera uno. También le dediqué cariño y atención. Es éste:
Mi mamá usaba sus dedos, o los puntos al tejer, o contaba con garbanzos, o vete tú a saber si lo hacía mentalmente. Siempre se alargaba, y hacía unos rosarios que resultaban maratonianos. Hasta que alguien decía, ¡vale ya! que es la hora de cenar. Y entonces se recitaba la letanía a toda prisa y comiéndose jaculatorias para abreviar.
Pero ella sí tenía sus rosarios. Ahora son míos, que me los dejó. Uno está muy usado, en tanto que el otro es de puro adorno.
El mío siempre va en el bolsillo derecho del pantalón. No falta de ahí, junto con el mechero y las llaves de casa. Me hace compañía.
Sin embargo el que uso, cuando es menester, es este otro, mucho más cómodo, que ni se enreata ni se engancha, que pasa discretamente desapercibido y que es sumamente manejable. Normalmente está colgado de la palanca del cambio de luces. Helo aquí:
Y finalmente está este otro que no tengo ni idea de cómo ha llegado a mi poder. Toda la pinta tiene de haber sido el aderezo de una niña en el día de su primera comunión. Llegado el momento de convertirse en estorbo y no sabiendo qué hacer con él, algún alma cándida y piadosa opinó que como en casa de un cura en ninguna parte. Y lo trajo y me lo dio. ¿Qué hago yo con esto? Lo puse en la pared de mi despacho y ahí lo tengo:
Pero salvo la Biblia, para orar en realidad sólo necesito un café y un cigarro, un cigarro y un café, y un periódico. A pesar de que mi médica favorita me ha avisado que el colesterol, el tabaquismo y la hipertensión me acechan, yo sigo fiel a mí mismo y a mis circunstancias, porque son éstas al fin y al cabo las que me definen. Sin ellas, no soy nada. Ya se ve bien claramente, soy tan simple como el átomo de hidrógeno.
 
(1) Corito es expresión propia de mi tierra: a culo pajarero. Sin ropa, desnudo.

Una fiesta en familia


“La celebración de la Fiesta de la Familia, que se celebrará en todas las diócesis de España el 30 de diciembre, no se organiza en clave política, ni es un acto contra nadie. Lo que busca es ofrecer a la sociedad el modelo de familia cristiana, como respuesta a la crisis de humanidad que estamos viviendo y que ha provocado el fracaso de miles de matrimonios y el sufrimiento de miles de hijos”.
Así reza un documento que me ha llegado por correo convencional, para informarme sobre lo que hoy se va a realizar, al parecer en toda España, pero especialmente en la capital del reino, donde tengo entendido que van a quedar ocupadas todas las calles y plazas del centro, para alegría de los viandantes, con y sin perro, y escarnio de los transportistas y demás conductores en general.
Celebro que en mi ciudad se festeje con mucha más discreción y sencillez. Aunque sería de mi gusto que éstas lo fueran absolutamente. Porque en realidad no tengo nada claro qué es lo que se recuerda en este día, tanto con alharacas como sin ellas.
Casi me entran ganas de ponerme chistoso al contemplar el modelo que se propone como norma:
Si es de familia en carne y hueso, -una mamá, un papá y un vástago-, parece que sugiere una solución para caso de crisis extrema. Menos, imposible. Y eso sin hacer mención de la mamá tan especial, del papá tan invisible y del vástago tan pinturero que se nos ofrece con el justificante -nada justificado por otra parte- tomado de las fuentes de donde se dice tomar.
Si es de familia en espíritu, la Trinidad cristiana no deja de ser otro caso excepcional, -un Padre, un Hijo y un Espíritu-, por más que ahora se insinúe que el Padre también puede ser Madre, el Hijo Logos, y el Espíritu Ruah. Como que no cuela, digo yo.
Descastado que soy, y a pesar de haber gozado con mi propia familia nuclear, -gracias papá, gracias mamá, gracias Roberto-, tengo de lo que se da en llamar “familia” una experiencia poco sugestiva, y una opinión poco sugerente. Y no digo más, que a punto casi estoy de largar aquí ejemplos de padres, madres e hijos, tanto si hay herencias de por medio como si no, que erizan los pelos sólo con lo que se avista; ¡qué cosas más sucederán en el interior y bajo los tejados! Palabra que no me apetece absolutamente nada hacer de diablo cojuelo, no me pica esa malsana curiosidad.
Por el contrario, conozco familias que no siguen las “normas” de lo que se ha conocido, y aún se conoce según y por dónde, como modelo tradicional, que, al encanto individual de las personas, suma una armonía de conjunto que cumpliría sobradamente las expectativas de sus detractores, si estos no se quedaran en lo que se quedan, en las simples formas externas, y cerrados a cualquier otra alternativa.
 Así pues, no voy a añadir nada más por hoy, porque al fin y al cabo esto es simplemente un blog, y no hay ninguna necesidad de exponer al público todo lo que uno piensa, que ya se sabe que “El buen paño en el arca se vende”.
Pero por si resultare provechoso, voy a terminar esto recordando una situación muy chisposa que relatan los evangelios.
Resulta que Jesús de Nazaret tenía muy preocupada a su familia, más que nada por las cosas que decían que hablaba y hacía; vamos, que no estaba en sus cabales. Así que fueron en comandita a por él para recogerlo en casa y que dejaran las habladurías de levantarle infundios y ponerle en evidencia, que por entonces eso era muy peligroso, no sólo ante el orden religioso judío, sino sobre todo frente al orden político romano, que veía conspiraciones y levantamientos terroristas en todo lo que se moviera. Así lo cuenta, por ejemplo, el evangelista Mateo:

Aún estaba Jesús hablando a la gente, cuando llegaron su madre y sus hermanos. Se habían quedado fuera y trataban de hablar con él. Alguien le dijo:
-«¡Oye! Ahí fuera están tu madre y tus hermanos que quieren hablar contigo».
Respondió Jesús al que se lo decía:
-«¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?».
Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo:
-«Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». (Mt 12, 46-50)

 
Pero si de lo que se trata es de considerar cómo ser feliz en familia, no puedo por menos de recordar a la Familia Addams, pintoresca donde las hubiere, que ha mejorado con el paso de la vida, aunque estaba mucho más guapa en el blanco y negro en que yo la conocí hace ya demasiado tiempo.

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