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¡Ya estás viejo!



Eso me soltó un galopín recién llegado a catequesis al verme tratando de dirigirles el canto en el primer día. La voz salía de mi boca difuminada y desparramada por el enorme hueco de la ausencia de incisivos, caninos y… para qué seguir enumerando.
¡Bien empezamos! pensé, mientras trataba de solventar la situación sin salir demasiado escaldado.
Grité ¡silencio!, para que escucharan la melodía, porque con ellos cantando al tiempo que yo, sin sabérsela, era mucho follón. No tuve que insistir, es la verdad, y conseguimos al fin cantar decentemente el himno de la catequesis, con el que todos los años nos estrenamos.
Esta hoja está rota, dijo otro, levantado el papel de canto, demasiado sobado de tanto uso. Necesita un remiendo, respondí. ¿Qué? Y tuve que parar para enriquecer su vocabulario con una palabra nueva. Imposible; no saben lo que es ropa remendada, no la llevan.
Si mi falta de piezas dentarias les lleva a pensar que ya estoy caduco, verme remendar calcetines y bajos de los pantalones no quiero ni imaginar a qué conclusiones más les llevaría sobre mi persona.
Pasó por fin el comienzo, y salieron al terminar corriendo a contar a sus papás y a sus mamás lo que acaban de hacer allá arriba. Besos y más besos, como si hubieran estado separados no digo horas, semanas, en un reencuentro que a buen seguro estará repleto de pequeñas anécdotas que contar con sus nuevos amiguitos, las catequistas, las historias escuchadas y vividas, el canto dirigido por mí incluido, y la expectativa de que el próximo día volverán tan contentos para vivir nuevas experiencias.
Si me creyera que esto no sirve para nada, también debería considerarme, además de desdentado, un carcamal ya sin futuro ni esperanza.

Vuelta a la normalidad



El comienzo del curso catequético, en medio de las obras que durante dos meses ha tenido el patio/jardín parroquial atestado de maquinaria y materiales, e inutilizadas todas las salas, resultó una aventura para la chiquillería y un quebradero de cabeza para mi humilde persona. Al final todo resultó, sólo resultó. Ni bien ni mal.
Estaba esperando el momento de que todo volviera a su ser, para ver si es posible que funcionemos también en la normalidad. He comprobado que sí. Porque tenía mis dudas.
Mientras los papás y las mamás esperaban en la calle, –no hay manera de convencerles de que es mucho mejor que entren dentro–, sus vástagos estaban desparramados en grupos por los habitáculos completamente remozados. Nadie se ha fijado en que ya no hay manchas en los techos, ni desconchones en las paredes, tampoco han caído en la cuenta de que las puertas ahora son blancas, no marrones, y han pasado de largo ante el curioso artilugio que atraviesa cada sala del que penden las luminarias de tubos fluorescentes. Ellos a lo suyo y lo demás para quien corresponda.
¿Cabría imaginar mejor inauguración?

Miedo me dan



Ayer tarde, mientras los y las peques esperaban la hora de empezar cobijados en el atrio, el cielo se despejó y dejó ver un arco iris doble, que, según me comentó luego un abuelo, fue triple un poco más arriba, en Vallsur.
Embobados los mayores, los menores parecían no darle importancia. Y yo, pensativo, recordaba lo arrobado que contemplaba en mi niñez ese fenómeno atmosférico que tan bien reflejado está en la biblia, y que en el catecismo explicado nos decían que era señal de la misericordia de Dios, que dejaba a un lado su cabreo y declaraba la paz universal.
¡Qué hermoso me parece siempre! En la ciudad, en el campo y sobre todo en la montaña. ¡Cuántos he disfrutado!
Sin embargo, en ese momento mi ánimo estaba alicaído y no logré alcanzar el punto de gozo deseado. No sólo tenía reciente el fiasco en mi opinión de un sínodo que pareció prometía demasiado, sino que estaba a la espera de unos padres que planteaban una situación tan personal que resultaba imposible atender.
El canto compartido en cada grupo con que siempre empieza nuestra catequesis me devolvió un tanto esa paz que el arco iris quiso transmitirme. No lo consiguió por completo porque llegué al final del día rumiando las reacciones tan extrañas de las que tuve constancia al leer escritos y comentarios en internet.
¡Madre del amor hermoso! ¡Cómo es posible que exista tanta gente que desee ver a otros pudriéndose de por vida! ¡Más les valdría alzar la mirada y dejar abajo sus míseras  consideraciones! No les sirve de nada tener un corazón tan “recto”, cuando el que creó todo de la nada y es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin de cuanto existe, insiste de manera tan hermosa en hacerlo todo nuevo (Apocalipsis 21, 1-8).
Sí, cada vez que contemplo el arco iris, embelesado recuerdo estas palabras escritas hace mucho tiempo:
Dijo Dios: «Esta es la señal de la alianza que para las generaciones perpetuas pongo entre yo y vosotros y toda alma viviente que os acompaña: Pongo mi arco en las nubes, y servirá de señal de la alianza entre yo y la tierra. Cuando yo anuble de nubes la tierra, entonces se verá el arco en las nubes, y me acordaré de la alianza que media entre yo y vosotros y toda alma viviente, toda carne, y no habrá más aguas diluviales para exterminar toda carne Pues en cuanto esté el arco en las nubes, yo lo veré para recordar la alianza perpetua entre Dios y toda alma viviente, toda carne que existe sobre la tierra».

Y dijo Dios a Noé: «Esta es la señal de la alianza que he establecido entre yo y toda carne que existe sobre la tierra»” (Génesis 9, 12-17).
Y reconozco que me siento agradecido, es decir, “agraciado”.

Ahora lo entiendo



Cuando, tras ver una película, vuelvo a visionarla y compruebo que no es la misma exactamente, me doy cuenta de que algo pasa; o que hay varias versiones según a qué públicos se la dirija, o que al autor, o autores, no le gustó y trató de mejorarla.
Luego vienen los críticos y cinéfilos y valoran qué versión es la mejor, cuál la más redonda y conseguida, y qué trozos omitidos quedarán para la posteridad por su calidad no contemplada.
También están las versiones completas, que asustan con un metraje que no permite comer ni merendar. Que tampoco aclaran demasiado, salvo en excepciones muy determinadas. Recuerdo, por ejemplo, un par de hermanos forzados en lugar de pareja de hecho, para salvar la moralidad reinante. De niño me lo tragué.
En fin, para gustos.
No ha ocurrido así en mi caso. Ha sido pura necesidad la que me ha forzado a añadir, cambiar y suprimir.
Para la próxima reunión de catequesis necesito un soporte visual para apoyarme en el desarrollo del tema. No lo he encontrado. Ni en mi stock personal, ni en el parroquial, ni en las tiendas, ni en internet. Así que me puse a confeccionarlo.
En principio sólo requería unas fotos, que encontré y de las que me apropié. El texto era fijo, de modo que no dio problemas. En un santiamén lo enjareté todo. Pensé poner música, y ahí vino el primer problema. La voz quedaba tapada, a pesar del mecanismo de imovie para atenuar la música, tanto manual como automáticamente. Hice una segunda grabación. Y mejoró. Ya está, me dije. Y publiqué en youtube.
Cuando he ido a probar la obra terminada en los artilugios que usamos en catequesis, –televisión con usb y lector de CD/DVD–, compruebo que sólo aceptan el formato mp4. No sirven m4v ni mov. Hay un problema sin embargo, mp4 no tiene en cuenta esos pormenores con la música, y se mezcla con la voz por igual, dando un resultado ininteligible.
O lo soluciono, o tengo que sacar una versión con solo voz para que sea útil.
Lo intentaré esta noche, cuando mi casa entre en silencio. La última grabación quedó dañada por los ronquidos de Gumi, los besuqueos de Luna y los inquietantes ruiditos que Tano produce bajo la mesa camilla.
Voy a pasearlos a ver si se relajan y me dejan trabajar…
Hacer cine tiene sus complicaciones. ¿Daré con la obra redonda y sin flecos?


Con el ánimo en suspenso



Pero no por lo que los medios se han esforzado tanto en aderezar ante esa fecha que hoy toca, el 9N, que mayormente no me afecta. Lo mío es mucho más trivial y de andar por casa. Resulta que, con el cambio en el plan pastoral diocesano, hay que proponer a los jovencitos y jovencitas a partir de los doce años que se preparen para recibir la Confirmación. Esto significa que hay que habilitar espacios y personas que se apliquen a este nuevo menester, porque todo lo demás debe seguir funcionando con normalidad.
Lo del espacio, afortunadamente, no plantea problema, ya que tenemos para dar y tomar. Lo “otro”, alguno sí. No resulta fácil encontrar personal para, a bote pronto, “endilgarle” tan comprometedor asunto.
Así que se ha decidido que me encargue yo de un grupo. Alguien lo hará del otro, a buen seguro. Y estoy ansioso por encontrarme ante ellos/as  dentro de un rato y ver cuánto han crecido desde que los vi en traje de fiesta. Tanto si son los unos como si son los otros, yo seré para ellos el mismo, pero ellos para mí con toda seguridad no.
¿Conseguiré tener el pulso para tratar como “mayores” a quienes conocí de “muy pequeños”?
El hecho de que bautizara a muchos de ellos no me lo facilita. Y esa es mi preocupación. Preocupación por otra parte saludablemente halagüeña.

Luchando contra los elementos


Que dicen las de los pequeños que ese montaje de La visita inesperada en muy antiguo, que si no habrá algo más moderno. Y como dicen que en la cocina hay que estar a disposición de los comensales y satisfacer los gustos de los que pagan, el “¡oído cocina!” salió de natural.
Anduve un ratejo buscando algo aprovechable por la red, porque ir al centro a ver si las de San Pablo tienen material nuevo lleva su tiempo y me da pereza. Enseguida merqué un pps bastante decentito. Pero claro, un pps necesita el ordenador, y supone demasiado rollo llevarlo y traerlo para catequesis. ¿Habrá alguna manera de trasformarlo en vídeo? Vuelta a la red a preguntar. Encontré respuestas, pero ninguna válida. La que no suprimía la música, hacía la imagen muy pequeña, o muy ancha, o muy alta. Así que tras varias pruebas, me puse a utilizar mis conocimientos y mis herramientas.
Extraje cada fotograma con Instantánea y los pasé a ciff. Los introduje en iPhoto y desde allí los capturé desde iMovie. Medí el tiempo de cada fotograma y me puse a la labor de grabar el texto, para que no tuvieran que leerlo las catequistas en cada sesión.
Si yo carezco de voz apropiada, no digo nada de las nulas condiciones que mi casa ofrece para realizar una grabación de sonido decente en horas “lectivas”. Cuando no suena un claxon en la calle, es mi vecino que le grita a su señora, o es el timbre avisando que llega el cartero, o es la urraca del jardín que conversa con su pareja, o es el viento que golpea el portón de entrada, o son las señoras que salen de actividades, o alguien que pregunta por el cura, o la de enfrente que si la echo una mano con su ordenador… En fin, un sinvivir. Cada poco cortar, borrar y volver a empezar.
Y luego, para rematar, dar con una pieza musical que sirva de fondo, ajustándola a los pasajes de voz, de manera que se escuchen ambos sin anularse ni interferirse.
Por fin, tras auditar repetidamente el resultado, por activa y por pasiva, este vídeo de apenas 8:20 minutos de duración, ha quedado concluido en horas 24. Exactamente veinticuatro horas. Un día completo.
Claro que ha sido a ratos en el marco de la actividad diaria, porque en este santo lugar las cosas siguen su curso, y nada de nada se deja sin hacer. Ahora sólo falta que a las catequistas les parezca bien el resultado. Eso espero, por mi bien.

Esto también ha sido Pascua


¡Qué bien aprovecharon aquella catequesis! Y yo temiendo haber hablado en vano…
Fue un domingo de diciembre de 2009. Hoy, en el funeral de Diego lo hemos recordado. Han sido tantos y tan ricos los testimonios de personas amigas y compañeras de juventud y de estudio, que nos hemos tenido que contener para no excedernos.
Aquel grupo adolescente, vergonzosos para expresarse en voz alta, se ha vuelto animoso. Sin vergüenza han ido relatando recuerdos de momentos y relaciones profundamente humanos, como sólo en esos años se disfrutan. Y entre todos hemos llenado un acto, serio donde los hayan, en un cálido departir de sentimientos, traídos de las mesas de la vida a la mesa común de la Eucaristía.
La plegaria sentida, cargada de esperanza, nos ha ido dirigiendo en la celebración. Sabíamos que Diego estaba, que nada podía hacerle faltar a la cita. Y tras el primer envite de su hermana, Anabel, los pasajes bíblicos de Hechos y de Emaús nos han encaminado a comprobar que “era verdad, ha resucitado el Señor” y ha puesto ardor en nuestros corazones.
Luego han ido saliendo las cosas, los gestos, las palabras, que han ido quedando en el día a día compartido. Al expresar todo ello no sólo profesamos nuestra fe, también afirmamos nuestra esperanza, y sobre todo el decidido compromiso de que no se olvide, de que no renunciamos, de que, igual que Diego, trataremos de seguir haciendo ese mundo nuevo que anhelamos porque ya lo hemos saboreado.
Galilea nos espera, porque allá nos encontraremos con el Resucitado y con Diego, que camina a su lado de la mano.

¿Sin cerraduras? ¡Tú estás chalao!

 
Hoy tocaba esta canción, pero me lo he tenido que pensar si procedía, habida cuenta de la experiencia que han vivido algunos integrantes de la catequesis en sus propias casas.
Esto es que en el barrio de Santa Ana han entrado los ladrones. No lo han hecho en vacío, esperando que sus moradores estuvieran ausentes. Por la noche, mientras dormían. Al levantarse han descubierto todo revuelto y su hogar profanado.
No tengo que decir aquí lo impresionados que están, los peques y sobre todo los mayores.
No ha habido que lamentar más males que la sustracción de pequeñas cantidades de dinero y lo insano de saber que han hollado sus cosas, manoseado sus ropas y puestas patas arriba algunas dependencias.
Ahora están pensando qué podría haber sucedido si los cacos llegan a ser sorprendidos in fraganti. Y es normal que el miedo haya anidado en la generalidad de la urbanización.
Así que me he puesto a cavilar antes de entrar a cantar con ellos, y ver de qué manera puedo explicarles que una cosa es cómo nos gustaría vivir, y otra cómo nos vemos forzados a hacerlo. Que entre la realidad y los deseos hay una diferencia y una distancia que tal vez entre todos y alguna vez conseguiremos reducir hasta anular.
La canción de marras es ésta, de mi amigo Sabo:
Mi casa es la tuya

Yo quiero que las casas estén abiertas,
que nadie tenga miedo de los demás.
Que no haya cerraduras, que no haya timbres,
que nadie necesite ir a robar.
1 Esta es tu casa, haz lo que quieras
ponla a tu gusto y en libertad;
si necesitas salir de noche,
toma la llave, ya volverás.
2 Este aposento lo compartimos:
ésa es tu cama, yo duermo allá.
Cuando despiertes, ven a ayudarnos;
serán, en casa, como uno más.
3 Este es tu plato, que no está usado.
Puedes lavarlo. Siéntate acá.
No tengas miedo, que ésta es tu casa.
Duerme tranquilo con los demás.
4 Puedes quedarte toda la noche,
lo nuestro es tuyo, no hay que pagar.
Sólo una cosa es obligada:
que te sonrías al despertar.

Puestos ya a ello, resultó que sólo uno vive allí, y que ni entraron en su casa ni estaba enterado del asunto. Sus papás se ve que no le han querido meter presión. No saber, no sufrir, no temer.
Bien. El caso es que me he explicado como buenamente he sabido. Ellos se han enterado y no le han dado mayor importancia. Y hemos cantado. Les ha gustado, y eso es lo importante.
No está el asunto para andar sin cerradura en las puertas. Pero si empezamos por quitar la del propio corazón, tal vez, acaso, ojala, algún día consideremos que ya no hacen falta en ningún sitio. Y que las cosas, siendo propias, también pueden ser ajenas, porque al compartirlas las estamos convirtiendo en nuestras.
Otro gallo cantaría si tal cosa ocurriera.
Resulta que Sabo se inspiró en Bertolt Brecht y en un escrito suyo:
Cuatro invitaciones a un hombre
llegadas desde distintos sitios
en tiempos distintos
  
1
Ésta es tu casa.
Puedes poner aquí tus cosas.
Coloca los muebles a tu gusto.
Pide lo que necesites.
Ahí está la llave. Quédate aquí.
   
2
Éste es el aposento para todos nosotros.
Para ti hay un cuarto con una cama.
Puedes echarnos una mano en los campos.
Tendrás tu propio plato.
Quédate con nosotros.

3
Aquí puedes dormir.
La cama aún está fresca,
sólo la ocupó un hombre.
Si eres delicado,
enjuaga la cuchara de estaño en ese cubo
y quedará como nueva.
Quédate confiado con nosotros.

4
Éste es el cuarto.
Date prisa; si quieres, puedes quedarte
toda la noche, pero se paga aparte.
Yo no te molestaré
y, además, no estoy enferma.
Aquí estás tan a salvo como en cualquier otro sitio.
Puedes quedarte aquí, por lo tanto.

 (1926, del Libro de lectura para los
habitantes de las ciudades)

Pero consiguió empalmarlo con el evangelio, en concreto Lucas 9,58 (Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza) y Juan 1,35-39 (Maestro ¿dónde vives? Venid y lo veréis), y completándolo con una plegaria de nuestro amigo común José Manuel Calzada, elaboró una preciosa catequesis en la que resulta muy difícil no entender que, si somos una sola familia, la casa propia no puede estar cerrada, ni porque los demás estorben, ni porque les sirva de humillación, ni en razón a que exista gente con derecho y gente sin derecho a tener… techo.
Ah, sí, que me olvidaba; la oración de Calzada dice así:
Te damos gracias, Padre nuestro,
porque todos tenemos una casa
donde podemos jugar, estudiar,
hablar con nuestros padres,
y compartir con ellos nuestra vida.
Te damos las gracias también
porque nos has invitado a tu casa
en la que cabemos todos los hombres.
Te pedimos ahora
que nos ayudes a imitarte:
que sepamos tener nuestra casa
abierta siempre a todos,
y que todos los niños y todas las familias
puedan tener un techo y un hogar dignos,
para que todos podamos vivir como hermanos.

Y Blanca recibió el Bautismo




El hombre propone y Dios dispone, me soltó hace apenas nada el padre que venía junto con la madre a solicitar el bautismo para Blanca. Les estaba esperando, porque el tiempo apremiaba y las fechas se apelotonaban con urgencia. Pensaba yo, iluso de mí, hacerlo de otra forma, más a ritmo con la catequesis que estaba recibiendo, y dando al grupo –cuarenta y siete rapazuelos/as y sus catequistas– participación y ocasión de celebrar y vivir el Bautismo que todos ellos dentro de muy poco, a la vuelta de las vacaciones, iban a recordar y revivir.
Pero no ha podido ser.
Incluso pretendía yo, cándido de mí, que Blanca experimentara la suerte y la gracia de haber podido elegir, de decidir por sí misma, que la habían dejado esa oportunidad. Pero tampoco.
Se trató, simplemente de un atraso por circunstancias diversas, unas encontradas y otras ya previstas. Enfermedades, trabajo, cambio de domicilio, ausencia de alguna persona imprescindible… En fin, que lo fueron dejando para más adelante, hasta que se dieron con el muro.
La pared no fue obstáculo. Al contrario, fue aprovechada cual trampolín para hacer a Blanca una fiesta, ya que ella se prestaba y lo quería. Y con la iglesia abarrotada por la feligresía, con el cura al borde de los nervios por culpa de quienes a última hora quieren hacer una consulta o colocar un ramo de flores o hacer sugerencias varias, con el reloj remarcando la hora, empezó a ceremonia.
Gestos, cantos, moniciones, lecturas, plegarias e himnos fueron preparando cada signo bautismal, que Blanca fue recibiendo sobre su persona a la vista de todo el personal, aguantándose la vergüenza –eso lo dijo al terminar– que le producía estar tan en el centro de todo. Incluso al recibir el agua ella misma se recogió el cabello e inclinó dócilmente su cabeza para ser ungida y consagrada como miembro de un pueblo que lo es, de profetas, sacerdotes y reyes. Bautizada en el agua y en el Espíritu.
Antes, ofreció su frente para ser signada con la cruz por cuantas personas tuvieron a bien acercarse a darla la acogida, y se descubrió el pecho para ser oleada catecúmena siquiera por unos breves momentos.
Y después, dejó colocarse la vestidura blanca símbolo de la realidad nueva para ella que acababa de descubrir, y agarró con fuerza la vela encendida desde el cirio pascual, decidida a llevar la Luz que ahora iluminaba su existencia y la convertía a ella en luminaria para sí y para los demás.
Ni que decir que recibió un aplauso cerrado y duradero, que acabó aflojando los nervios que tenía atenazados desde el principio.
No importó el exceso horario. Esta vez el acontecimiento lo requería.
Si tuviéramos otro hijo, dijo el padre ya en la calle, no lo dudaba. Que decida él y viva su bautismo como lo ha vivido su hermana.
Ya a solas conmigo mismo, pienso en las catequistas de Blanca. Durante tres años la han conducido y ayudado a prepararse para este momento. Se alegrarán por supuesto. Pero lamentarán no haber estado presentes.
El día trece, lunes, a las seis y media lo arreglaremos. Por tutatis.

¡Otra, otra, otra!


En cuanto entré me gritaron ¡No queremos coca-cola! Pero como en ese momento no tocaba, cantamos otra que iba con lo que estuvieron haciendo. Insistieron, y, dado que era el primer día de catequesis, condescendí –es un decir– y la gritamos más que cantarla.
Este grupo de chavales y chavalas se han confabulado con los más mayores y en cuanto me pillan me la exigen. Es una rutina que se repite un año y otro año. Y eso que les digo que los nombres de bebidas, comidas y juguetes a ellos y ellas no les dicen nada porque son de una época pasada. Les da igual. Ellos y ellas quieren volver a ella. Y cómo la cantan.
Esto es que hoy, o sea ayer, hemos iniciado el curso catequético en la parroquia. Y se ha vuelto a llenar este patio comunal de galopines de ambos sexos, que por ser el primer día, han estado especialmente comedidos en cuanto a los gritos. Más bien han sido susurros.
Y besos. Algunas mamás, y también algunos papás, les han despedido al comienzo como si mismamente se alejaran de ellos y de ellas para siempre jamás. Ni que les mandarais a la guerra, les comenté con ironía dulzarrona ante sus efusivos achuchones y besuqueos.
No sé si era por la separación temporal o por la nostalgia de los mayores que recordaban cuando ellos hicieron el mismo recorrido, y les embarga ahora la emoción y hasta un poco de envidieja.
En fin, hemos empezado bien. Y ya digo, la vieja canción de mi amigo Sabo ha funcionado ferpectamente para volver a las andadas un curso más.
Por si aún no la he colgado de este blog, la pongo ahora para que se comprenda de que he estado escribiendo. La partitura va en lugar de la música, porque no tengo con qué convertir desde cinta de casete a mp3 ni quiero volver a cantar delante de la pantalla de mi mac. Me veo reflejado en ella y me da vergüenza.



2. Desde pequeñito yo aprendí a jugar
con todas las cosas que en la tele dan:
Geiper, Barriguitas, Nancy, Miss Airgam,
Ibertén, Famóbil y otros cien mil más.
Con mis cuatro amigos solía jugar,
y allí había sitio hasta para bailar.
Fui comprando cosas: no cabían más,
y a mis cuatro amigos los tuve que echar.

3. Con las tripas rotas, sin amigos ya,
a los de la tele quiero preguntar
pa qué sirve todo lo que hay que comprar
si te quedas sólo con tu Geyper–Man.
No quiero más cosas, las voy a quemar.
Sólo una pelota me voy a quedar.
Cuando llegue al cole me pondré a jugar,
y con mis amigos ya podré cantar.



Esta otra es también tradicional de los comienzos de curso, y provoca risas y codazos de complicidad. Alguno incluso se asusta al darse cuenta de lo que cantan.



2. Jugar es nuestro trabajo
y el canto nuestra oración,
el estudio es nuestro oficio,
la amistad, nuestra ilusión,
iremos poquito a poco,
haciendo al mundo mejor.

3. Como uno más entre todos
viene Jesús a cantar.
Él juega cuando jugamos
y grita como el que más,
es niño como nosotros,
su Padre es nuestro Papá.

4. Qué tontos son los mayores,
no nos saben aguantar,
andan siempre preocupados,
quizás ni saben cantar;
hemos de ser comprensivos
hasta que aprendan a andar.

5. Aún tengo muy pocos años
y todo por estrenar,
de vivir estoy contento,
quiero cantar y gritar,
quiero crecer, ser amigo,
y a todos la mano echar.



En torno a un puñado de amapolas y flores del campo



Fue el domingo, e hicimos fiesta. Nos vimos reflejados en estas flores, que nacen en cuanto el sol empieza a calentar la tierra humedecida por las lluvias. En la variedad de tamaños, formas y colores son sentimos identificados. Porque la concurrencia de aquella mañana era de lo más variopinto, en edad, estatura, condición y calidad. Respecto de esta última, suprema.
No en balde era el día de La Trinidad. Hondo misterio que no osé desentrañar, ni lo habría conseguido desde mi cortedad si lo hubiera intentado.
Celebramos a Jesús, como Amigo, como Compañero de camino y como Maestro a cuyo lado crecer sin miedo a lo que tenga que venir, sean espadas o bastos, o incluso cruces.
Los más peques se mostraron audaces. Los medianos, algo vergonzosos. Y los mayores, expectantes. Aquí la edad funciona, pero de otra manera. ¿Nos hará más sensatos?
Por eso no hablamos de la locura de Dios, de cuya cordura más nos vale dudar, so pena de condenarnos a no sonreír jamás. Y no son las caras serias la manera de acabar el curso de catequesis. Reímos y rezamos, y nos emplazamos hasta después del verano.
Faltó tiempo para añadir algunas otras cosillas, porque el reloj corrió más de la cuenta o tal vez el tiempo se nos escurrió en un sentir.
Por eso vengo ahora a poner doctrina seria, como la que ofrece José Luis Cortés, que además es un valiente.
Pinchar en ellas para agrandar

A vueltas con los avances tecnológicos



Reconozco que pertenezco a la era de la palabra; hablada y escrita. He disfrutado escuchando y leyendo a personas que se explicaban así primorosamente. Ellacuría era aguerrido y profeta, siempre de pie. Castillo auténtico pero aburrido, y no dejó nunca su silla. Delibes era delicioso aunque hablase de comercio, y como buen deportista nos miraba de frente desde su altura física bien erguida. Pero quien me dejaba con la boca abierta a mis escasos ocho años era el hermano Gabriel en el catecismo explicado con que se acababa cada tarde de colegio.
Sí, he tenido buenos profesores. Y también malos, aunque supieran. Recuerdo al de químicas; desde entonces se me atravesaron.
Luego oí que en las aulas habían entrado los audiovisuales, y que aquello era troya. A mí no me importó, porque lo mío han sido siempre, o casi, las letras. ¡Qué remedio!
Cuando nos planteamos la catequesis parroquial, decidimos utilizar lo que mejor aceptasen sus destinatarios. Y estaba claro que las imágenes servían mejor que las palabras. Tal vez porque éstas en nuestras bocas no adquirían el brillo necesario; tal vez porque los ojos de los pequeñajos estaban mejor preparados que sus orejas. Es un decir. El caso es que siempre nos apoyamos en imágenes y sonidos. Si había en el mercado, bien; si no existía, se fabricaba. Tengo en un cajón de mi mesa de despacho un paquete de marquitos de diapositiva sin estrenar y algunas casettes vírgenes de audio, como prueba de lo que digo.
Así que primero estaban los montajes audiovisuales. Luego llegaron los vídeos. Y ahora triunfan los dvd. Toda una generación de productos tecnológicos de alta gama.
Sigo siendo de palabra, aunque con frecuencia desbarre, me extienda y aburra. Pero acudo de vez en cuando a la tecnología, sobre todo con la infancia. Así por ejemplo, en las primeras confesiones. De ahí no suelo pasar, aunque he oído que hay quienes usan estas cosas en las misas, y hacen pps en lugar de homilías. Nunca se me ocurrirá sustituir una lectura evangélica por una proyección con el cañón del pc, ni nuestro canto comunitario, cancionero sobado a conciencia, por un cierto karaoke a la japonesa. Pero de todo ha de haber en la viña…
Hay un problema, que falle la tecnología. Simplemente que se corte el fluido eléctrico. Pero sin llegar a tanto, hay sorpresas que tener medianamente prevenidas. Por ejemplo, que se atasque el proyector; que el vídeo pegue saltos o que el dvd no esté debidamente conectado al televisor.
Esta tarde, si ir más lejos, una catequista, R, me dice al finalizar que la cinta de vídeo está estropeada. ¿Qué ha pasado? Se distorsionaba toda la imagen… ¡Vaya por dios! Es el tracking, respondí. Y ella reconoció que había tocado una tecla del mando equivocada.
Y la semana pasada ocurrió algo semejante al grupo de los medianos. Se negó el proyector a funcionar, y oyeron el fotomontaje con los ojos cerrados, imaginándose las escenas. Les salió de rechupete.
Sí, suele haber accidentes con las máquinas que usamos en catequesis. Pero no es que estén estropeadas; es, sencillamente, que para ser catequista no se requiere en esta parroquia ser técnico en medios audiovisuales, aunque éstos sean unas herramientas muy apropiadas para los tiempos que vivimos.
También nuestro cuerpo falla en ocasiones. Recuerdo que al hermano Gabriel aquel invierno –1955, 1956 ó 1957– le afectó sobremanera; estuvo afónico y se pasó buena parte del curso con una pastilla verde, supongo que de mentol, pegada a la boca con un pañuelo. Dado que no podía hablar, estuvimos quince días leyendo por turnos del libro de la historia sagrada.
No fue lo mismo. ¡Ni parecido!

¡Unas flores de bote!


No encontré amapolas

Con toda seguridad querría decir que eran unas magníficas flores, auténticas, de las de verdad. Y lo soltó con todo el desparpajo del mundo ante toda la asamblea. La carcajada fue de antología.
Acogíamos a las niñas y niños que van a hacer su primera comunión el mes que viene. Y acomodamos la liturgia a medida de sus tamaños. O sea, sencillita y expresiva.
Entre otras cosas fuimos marcando las diversas partes de que se compone, explicándolas con gestos y pocas palabras. Una madre, al salir, decía que lo habían entendido todo perfectamente.
En las ofrendas fueron ellos y ellas quienes se encargaron de presentarlas. La cruz entre tres. Las flores, dos. Tres llevaron la mochila. El pan y el vino, una y una. O sea, los diez que salieron espontáneos.
Las tres niñas que portaron la cruz la encontraron muy pesada. Los tres niños que acercaron la mochila la describieron azul, nada de eso de colores; a pesar de que colgaban cintas amarillas, rojas, verdes, blancas… Hubo que decirles que estaba a rebosar de proyectos e ilusiones. Las niñas con el pan y el vino simplemente dijeron que traían eso, pan y vino. Pero los dos que agarraban con todas sus fuerzas el florero desfilaron desde atrás como si portaran un estandarte de postín.
– ¿Qué traéis?
– ¡Flores!
– ¿Cómo son estas flores?
– ¡De bote!
Así que ya sabemos que las flores naturales, las que brotan en primavera en pleno campo, las que nadie siembra, ni cuida, ni cosecha, esas flores amarillas y blancas, azules y rosadas, esas flores… son ¡de bote! Y quien lo dude, que mire bien la foto del principio.
Todos los años en esta fecha recojo amapolas, margaritas, malvas y cuanto que pille en el campo para hacer un gran ramo de flores variadas, sencillas y baratas. Así resulta fácil simbolizar el conjunto que formamos, –o deberíamos formar–, los que nos decimos cristianos y participamos en la Mesa de Jesús. La chavalería lo capta a la primera. Algunas personas mayores me avisan para que ponga algo debajo, porque dejan mancha en el suelo. Pero a la mayoría eso no le importa. Total con agua clara sale.
Así fue hace dos años
Así fue ayer

 

¿Yo a su edad?


 A su edad, cursaba sexto de bachillerato, y me preparaba para enfrentarme a la reválida superior. Con dieciséis años cumplidos estaba decidido a solicitar el ingreso en el seminario diocesano tras el verano. Cuando hacía dos años que vestía pantalón largo, y apenas seis meses que había conseguido la autorización paterna para fumar en público, (aunque con algunas condiciones), me encontraba libre de polvo y paja para decidir sobre mi vida y mi futuro. A su edad, yo lo tenía claro. Fue después cuando llegaron las dudas y un largo tiempo de maduración personal.
Ahora les toca a ellos, dieciocho personas, mitad chicas y mitad chicos, dar un paso más en su vida cristiana, y recibir el sacramento de la Confirmación. Estuvieron aquí hace mucho tiempo, casi un siglo; entonces les trajeron sus padres, o sus abuelos; eran muchos más, casi medio centenar. Cuando volvieron de nuevo, tras la primera comunión, habían crecido, pero aún tenían aires de niñez. Ahora, dos años más tarde, han cambiado… para bien. Acabo de leer sus alegatos finales, y aunque exponen cosas oídas y aprendidas, las expresan como propias, como originales suyas, nacidas de su propio sentimiento. Mañana se presentan ante la comunidad parroquial, porque el próximo domingo serán confirmados. Es posible que alguien piense de ellos que son bichos raros en los tiempos actuales. Yo les veo completamente normales, sanos y guapos, jóvenes y llenos de vida, estudiosos y responsables en sus compromisos. Afirman todos, ellos y ellas, estar convencidos de lo que van a hacer, y con plena libertad y conocimiento.
Si Tomás mostró dudas, ¿quién se verá libre de ellas? Lo que importa es no tirar nunca la toalla, como el apóstol; tarde o temprano, ocupando el lugar elegido y estando acobijados debidamente, la consagración que reciban sobre sus personas les llevará a la confesión propia de los testigos convencidos y cualificados: «Señor mío y Dios mío».
Son unos valientes. Aún así no podemos dejarlos solos, aún no. El Espíritu Santo no lo puede hacer todo si no tiene a mano instrumentos adecuados.

El ruido de Dios


Casi todo el mundo habla del silencio de Dios; sin embargo, esta tarde, ante la chavalada de 3º hemos hablado del ruido que hace Dios. ¡Qué cosas se nos ocurren! Y no sé si ellos y ellas entendieron. Espero que sí.
Celebrábamos que están -estamos- bautizados. Y, tras una pequeña catequesis sobre el sacramento del bautismo a cargo de sus catequistas, nos fuimos a la capilla para renovar las promesas y en un gesto simbólico “repetirlo” ante la pila bautismal. En realidad no fue propiamente repetición, porque saben de sobra que eso no puede ser; estamos bautizados con agua y a fuego. O sea, para siempre.
Es una de las maneras que tenemos en esta parroquia de recordar lo que somos, y de comprometernos a seguir siéndolo. Hay otras maneras, que se suceden a lo largo de los tres años que dura la preparación a los sacramentos, como la entrega del Nuevo Testamento, la de la cruz y la presentación a la comunidad parroquial.
Con padres y padrinos que acompañaban expectantes y les arropaban con su presencia, esta vez se acercaron ellos solos de uno en uno a la pila, tomaron agua y signaron su frente. Luego les entregamos este carné, para que lo guarden entre sus cosas más preciadas; es del Club de los Amigos de Jesús.
Volviendo a lo del ruido. Les pusimos un ejemplo. Nosotros, cuando nos movemos solemos hacer ruido, porque vamos y venimos con prisa, rozando los muebles y agitando la ropa. Nuestro cuerpo está vivo, y el corazón suena, y lo mismo los pulmones… Esta planta también vive, y sus células se mueven y agitan. No la oímos porque estamos a otras cosas, pero si hiciéramos mucho silencio podríamos notar cómo sus tallos se estiran y sus hojas se balancean a través de ruido que hacen, es decir, por los oídos. Dios vive junto a nosotros, y su presencia podría ser escuchada, lo mismo que su palabra, porque está a nuestro lado y nos habla.
Tras escuchar el texto del bautismo de Jesús y las palabras “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”, les recordamos que también van dirigidas a ellas, y ellos por supuesto, y por tanto son hijos e hijas amados y predilectos. Y que igual que su mamá y su papá, entre otras personas, les dicen con frecuencia que les quieren, Dios se lo está diciendo, nos lo dice, constantemente.
Estuvieron tan atentos durante todo el acto que tengo la esperanza de que no les hablamos en vano, y que algo sí les queda. Ojala los ruidos de todo tipo que nos envuelven no les hagan olvidar hacer silencio, siquiera de vez en cuando, en sus pequeñas vidas para poder escuchar esa Voz a quien Jesús llamaba Abbá.

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