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Santa María de Cleofás



María la de Cleofás, con la corona de espinas. Santo Entierro, Juan de Juni. Museo Nacional de Escultura. Valladolid
Indudablemente que, en la vida diaria, uno ve cómo Dios llama a hombres y mujeres a tener un papel protagónico en la vida de las familias, de las comunidades y de los pueblos. A su vez, hay otros muchos hombres y mujeres que hacen el camino de la vida siendo “del montón”, es decir, viven en lo cotidiano su fidelidad a Dios, a su familia, a la Iglesia y al pueblo.
Esas personas y comunidades son las que, en el Jueves Santo, se inclinan a lavarle los pies a los necesitados -sin manto de dignidad y con toalla de sirvientes-. Esas personas “de a pie”, sin protagonismo, del montón, son la mayoría de la Iglesia y, en un altísimo por ciento, son mujeres. Por eso la comunidad católica es creíble, porque “los del montón” ofrecen “en la base” un testimonio de lo que es y de lo que puede el amor que se hace vida a través de sencillos gestos.
El Viernes Santo, en la lectura de la Pasión, sale a relucir el nombre de María la de Cleofás (Jn. 19,25) quien “junto a la cruz acompaña a María, la madre de Jesús, y a María Magdalena”.
Esta mujer que estuvo presente en El Calvario, junto al sepulcro vacío en la mañana de Resurrección y en el Cenáculo en Pentecostés acompañando a María, la madre de Jesús, como miembro de la comunidad, fue capaz de sobrellevar a su marido Cleofás, el único que San Lucas identifica por su nombre de los dos peregrinos de Emaús que, de acuerdo a las características de la narración, tendrían que haber sido insoportables, analizándolo todo desde lo terrenal, a partir del juicio humano, y también un poco distante de la figura de la mujer, cuando dice: “Aunque algunas de nuestras mujeres nos han sorprendido, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron el cuerpo” (Lc. 24,22).
María la de Cleofás, en aquel momento fue del montón, pero al cabo de dos milenios, hay que reconocer que por su fidelidad y permanencia durante el histórico Triduo Pascual, también fue protagonista del cambio producido por Aquel que acostumbraba decir: “Han oído que se dijo:... pero yo les digo:...” (M.5, 27). Por eso, es justo y es bueno que, al igual que a la Virgen la tratamos con el título de “Santísima Virgen María”, y de San José y de San Juan Bautista e, incluso, de Santa María Magdalena, ¿por qué no hacerlo con María la de Cleofás diciéndole: Santa María la de Cleofás?
Es más, ella puede ser el modelo a imitar por tantas mujeres de nuestras comunidades que son amas de casa y lo dejan todo preparado para ir a ocupar su tarea en la comunidad; que muchas veces aguantan al marido palabras, gestos, juicios muy lejanos de la fe que ellas profesan, enseñan y testifican; mujeres que, a pesar de lo que muchos digan, son incluyentes y saben acoger a las caras nuevas que se integran a la comunidad e incluso, son capaces de llamarlas “hermanas” sin riesgo a que nadie emita ningún juicio, porque todo el pueblo conoce bien cuál ha sido la trayectoria de cada una de ellas.
En este Santo Triduo Pascual, al fijarnos en las múltiples acciones que se realizan en nuestras comunidades, destaquemos la presencia de tantas seguidoras de “Santa María la de Cleofás”. Y lo podemos hacer a modo de letanía. Miremos el ejemplo de ellas y recemos dando gracias:
Porque cuando salimos para la Misa Crismal, ellas corrieron para entregar las crismeras limpias y despedirse, porque era preferible que participase por vez primera la que se está preparando, aunque ellas se quedasen organizando los ramos...
Porque cuando nosotros dormíamos, ellas plancharon el mantel del altar...
Porque cuando nos sentamos a balancearnos a descansar el almuerzo, ellas aprovecharon para barrer el templo...
Porque mientras estábamos sentados en la TV y discutiendo sobre lo que decían quienes hablaban, ellas estaban en el templo encendiendo las velas y organizando el Vía Crucis...
Porque cuando, al terminar la celebración, todos nos fuimos a la casa, ellas se quedaron recogiendo y poniendo las cosas en su lugar, apagaron las velas para evitar un por si acaso, desconectaron los equipos eléctricos, cerraron las ventanas y aseguraron las puertas pasándole la doble llave...
Porque cuando los lectores estaban ensayando, ellas enseñaron a los niños de la escuela que entraron en el templo, a hacer la señal de la cruz y la genuflexión ante el Santísimo...
Porque cuando entró el borrachito en el templo y dos hombres fueron a evitar que caminara hacia el altar y no les hizo caso, ellas se le acercaron, lo trataron por su apodo y le dieron la vuelta para que regresara para el fondo, porque los del montón tratan con cariño mientras que los sabios lo hacen por la fuerza...
Porque cuando todos se sientan quejosos porque están cansados, ellas son las que cuelan el café, lavan los vasos, sacan el hielo y lo sirven sonriendo mientras dicen: “No se levanten, yo se los hago”.
Porque el lavatorio de los pies se hace en el templo una vez en el año, y ellas lo hacen en el barrio o en el pueblo en el resto de los días...
Por todo esto, en el silencio del Sábado Santo, después de haber entrado en Jerusalén y celebrado el Domingo de Ramos... después de haber compartido la Última Cena y rezado ante el hermoso Altar de la Reserva... después del Vía Crucis, de las Siete Palabras, de la procesión y de la Adoración de la Santa Cruz... busco a las seguidoras de “Santa María la de Cleofás” y no las encuentro. Pregunto: “¿dónde están?”. Y pienso: “después de lavar la ropa de la casa y tenderla aprovechando que es sábado, fueron a rezar a la funeraria y acompañar a una vecina a quien se le murió un hijo en un accidente”. Por eso hay que añadir:
Porque siempre están prontas para compartir el sufrimiento y dar una palabra de consuelo...
Porque continúan estando dispuestas a sonreírle a “los Pedros”, acoger “a las Magdalenas”, acompañar a los jóvenes “Juanes”, no hacerle casos ni a “los Pilatos, ni a los Anás ni a los Caifás” porque ellas “no están en eso”, sino que están “en los de ellas”.
¡Gracias, Santa María la de Cleofás, porque laicas como tú son también las que necesitamos, capaces de hacer crecer en sus familias y comunidades, a los otros laicos capaces de también aportar su granito de sal, la luz de su vela y la pizca de levadura para que nuestro mundo se transforme desde adentro y cambie!.
Un día, a esos laicos se les llamará “protagonistas”, mientras que ustedes seguirán siendo “del montón”. No importa: ¡Cristo resucitó para todos y nos brinda su paz!
Amén.
(Emilio Aranguren Echeverría, obispo de Holguín, Cuba)

Dentro de dos días nos dará la vida, y al tercer día nos levantará, y en su presencia viviremos (Oseas 6, 2)


Y hoy es el segundo. Extraño día, ni chicha ni limoná.
Ayer, el primer día, la pifié. Tres oficios de viernes santo, en tres sitios distintos, intentando que fueran acomodados a “las circunstancias”. Me vi como el correcaminos que acelera porque tiene que hacerlo; sin espacio para pensar siquiera, abrumado por “el programa” a realizar; pretendiendo no dejar “cabos sueltos” de “un algo” deslavazado e inconexo, amasado a lo largo de los siglos. Sin conseguirlo. Mejor habría sido callar, guardar silencio, parar toda actividad, dejar que cada quien se expresara por sí mismo. Ni rituales ni rúbricas. Horarios abiertos y sermones sin palabras. Sólo procesiones. Una cruz no requiere sino estar a la vista. Lo mismo que un sepulcro, tenga losa o no la tenga.
Tiempo muerto. No para programar jugadas estudiadas. No hay estrategia en este partido. Sólo esperar… el ánimo suspenso.
* * *
No me dio clase porque yo no estudié griego. Simplemente me lo disculparon. Más me hubiera valido saberlo en profundidad. Y lo mismo el latín. Y también hebreo, koiné. Están en la base. Imprescindibles, aunque no necesarios. Fueron tiempos de rebajas.
Si yo no tuve nada con él, él sí lo tenía conmigo. Cada vez que sonriente me saludaba y me ofrecía conversación, yo me quedaba pensando ¿quién es? Caía en la cuenta luego, tras el adiós. O tenía mucha memoria, o me confundía con otra persona.
“El de griego” tenía nombre: Jesús Ángel Albillos Puente.
A partir de ahora ya no habita “la zona de obras”. Ha entrado de lleno en el “tercer día”.

Esta noche resucita, cueste lo que cueste



Este sábado no lo parece. Empezó la cosa bien, pero a luego, es decir, en menos que canta un gallo, se cubrió el cielo y llegó un viento frío. Tras el rezo comunitario de Laudes, los preparativos. Hay que cambiar por completo el escenario.
Por la mañana recogida de cosas ya inútiles y almacenaje, hasta otro año. Desembalaje de los útiles necesarios y pertinentes, y acondicionamiento del lugar. Lo primero, vaciado y limpieza de la Pila bautismal. Tenía sarro. Aderezo del Cirio y colocación de carteles propios de la fiesta.
Ahí queda la secuencia de la tarde:

1. Preparar el Fuego

2. Organizar el Escenario

3. Hacer las cosas poco a poco y con muchísimo cuidado, hay que trabajar sobre seguro

4. Una panorámica inusual del templo

5. Ojito con los despites: ¡esa pinza sobra!

6. Controlar que el fuego no se apague

7. Y finalmente…
Preparar velas para los invitados a la fiesta

Y ahora, a esperar. Resucita de todas todas.

Es tiempo de silencio, no de callarse

 
A Jesús

Escribo temblando


Querido Jesús,

He sido objeto de algunas críticas. "Es obispo, es cardenal - dicen – ha trabajado agotadoramente escribiendo cartas en todas direcciones: a M. Twain, a Péguy, a Casella, a Penélope, a Dickens, a Marlowe, a Goldoni y a no sé cuántos más. ¡Y ni una sola línea a Jesucristo!"
 
Tú lo sabes. Yo me esfuerzo por mantener contigo un diálogo continuo. Pero traducido en carta me resulta difícil: son cosas personales. ¡Y tan insignificantes! Además, ¿qué voy a escribirte a Ti, de Ti, después de tantos libros como se han escrito sobre Ti?
 
Por otra parte, tenemos el Evangelio. Como el rayo supera cualquier fuego, y el radio todos los demás metales; como un misil supera en velocidad la flecha del pobre salvaje, así el Evangelio supera todos los libros.
 
No obstante, he aquí mi carta. La escribo temblando, sintiéndome como un pobre sordomudo que hace enormes esfuerzos para hacerse entender, y con el mismo estado de ánimo que Jeremías, cuando, enviado a predicar, te decía, lleno de repugnancia: "¡No soy nada más que un niño, Señor, y no sé hablar!"
 
***
 
Pilato, al presentarte al pueblo, dijo: ¡He aquí al Hombre! Creía conocerte, pero no conocía siquiera una sola brizna de tu corazón, cuya ternura y misericordia mostraste cien veces de cien maneras diferentes.
 
Tu madre. Pendiente de la cruz, no quisiste marchar de este mundo sin darle un segundo hijo que cuidase de ella, y dijiste a Juan: He aquí a tu madre.
 
Los apóstoles. Vivías día y noche con ellos, tratándolos como verdaderos amigos, soportando sus defectos. Los instruiste con paciencia inagotable. La madre de dos de ellos te pide un puesto privilegiado para sus hijos y Tú le respondes: "A mi lado no han de buscarse honores, sino sufrimientos". También los otros anhelan los primeros puestos y Tú les enseñas: "Hay que hacerse pequeños, ponerse en el último lugar, servir".
 
En el Cenáculo los pusiste en guardia: "¡Tendréis miedo y huiréis!". Protestan. El primero y el que más, Pedro, quien luego te negaría tres veces. Tú perdonas a Pedro y le dices tres veces: Apacienta mis ovejas.
 
En cuanto a los demás apóstoles, tu perdón resplandece sobre todo en el capítulo 21 de Juan. Pasan toda la noche en la barca. Antes de clarear el día, Tú, el Resucitado, estás a la orilla del lago. Y les haces de cocinero, de sirviente, encendiendo el fuego, cocinando y preparándoles pescado asado y pan.

Los pecadores. Tú eres el pastor que va en busca de la oveja descarriada y se alegra al encontrarla y lo celebra cuando la devuelve al redil. Tú eres aquel padre bueno que, cuando regresa el hijo pródigo, se le arroja al cuello y lo abraza durante largo tiempo. Escena repetida en todas las páginas del Evangelio: Tú te acercas a los pecadores y pecadoras, comes con ellos, te invitas Tú mismo, si ellos no se atreven a invitarte. Das la impresión -es la que yo tengo- de preocuparte más de los sufrimientos que el pecado causa a los pecadores que de la ofensa que hace a Dios. Infundiéndoles la esperanza del perdón, parece que les dices: "¡Ni siquiera os imagináis la alegría que me produce vuestra conversión!"
 
Además del corazón, brilla en Ti la inteligencia práctica.
 
Apuntabas siempre al interior del hombre. Los fariseos tenían la cara demacrada a causa de los prolongados ayunos religiosos y Tú manifestaste: "No me gustan esos rostros. El corazón de estos hombres está lejos de Dios. Los impulsos nacen del interior y, por ello, el corazón sirve de módulo para juzgar a los hombres. Dentro del corazón humano salen los malos pensamientos: liviandades, latrocinios, asesinatos, adulterios, codicias, orgullo, vanidad".
 
Tenías horror a las palabras inútiles: Sea vuestro hablar: sí, sí, no, no; todo lo que pasa de esto procede del mal. Cuando oréis, no multipliquéis las palabras.
 
Querías hechos reales y moderación: Si ayunas, lávate la cara y perfúmate la cabeza. Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Al leproso cuando le ordenaste: No lo digas a nadie. A los padres de la muchacha resucitada les mandaste enérgicamente que no fueran anunciando a bombo y platillo el milagro ocurrido. Solías decir: Yo no busco mi gloria. Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre.
 
En la cruz, antes de morir, dijiste: Todo está cumplido. Pero siempre te cuidaste de que las cosas no se hicieran a medias. Cuando los apóstoles te sugirieron: La gente nos sigue hace tiempo; enviémosla a su casa para que coman, Tú respondiste: No, démosle nosotros de comer. Cuando terminaron de comer los panes y los peces milagrosamente multiplicados, añadiste: Recoged las sobras; no está bien que se pierdan.
 
Querías que, al hacer el bien, se cuidaran hasta los menores detalles. Al resucitar a la hija de Jairo, aconsejaste: Ahora, dadle de comer. La gente proclamaba de Ti: ¡Ha hecho bien todas las cosas!
 
***
 
¡Qué resplandor de inteligencia brotaba de tu predicación! Tus adversarios enviaron desde el templo de Jerusalén guardias para detenerte y estos volvieron con las manos vacías. "¿Por qué no lo habéis detenido?" Los guardias respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como él! Hechizabas a la gente, la cual afirmó de Ti desde los primeros días: ¡Este sí que habla con autoridad! ¡Lo contrario de lo que hacen los escribas!
 
¡Pobres escribas! Encadenados a los 634 preceptos de la Ley, andaban diciendo que el mismo Dios dedicaba cada día un rato al estudio de la Ley y, desde el Cielo, pasaba revista a las opiniones de los escribas para estar al corriente de sus progresos.
 
Tú, por el contrario: Habéis oído que se dijo... Yo, en cambio, os digo... Reivindicabas el derecho y el poder de perfeccionar la Ley como Señor de la Ley. Con extraordinario coraje afirmaste: Soy mayor que el templo de Salomón; el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
 
Y no te cansabas nunca de enseñar en las sinagogas, en el templo, sentado en las plazas o sobre el campo, por los caminos, en las casas e incluso durante la comida.


***

 
Hoy todo el mundo pide diálogo, diálogo. He contado tus diálogos en el Evangelio. Son 86: 37 con los discípulos, 22 con gentes del pueblo y 27 con tus adversarios. La pedagogía actual exige la actividad común en torno a los centros de interés. Cuando el Bautista envió, desde la cárcel, a sus discípulos para que te preguntaran quién eras, no perdiste el tiempo en palabrerías. Curaste milagrosamente a todos los enfermos presentes y dijiste a los enviados: Id y decidle a Juan lo que habéis visto y oído.
 
Para los judíos de tu tiempo, Salomón, David y Jonás representaban lo que para nosotros son Dante, Garibaldi y Mazzini. Tú hablabas continuamente de David, Salomón, Jonás y otros personajes populares. Y siempre con valentía.
 
El día en que enseñaste: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos, yo no estaba allí. Si hubiera estado junto a Ti, te hubiera susurrado al oído: "Por favor, cambia, Señor, tu discurso, si quieres que alguien te siga. ¿No ves que todos aspiran a las riquezas y a las comodidades? Catón prometió a sus soldados los higos de África, y César las riquezas de la Galia y, bien o mal, encontraron seguidores. Tú prometes pobreza, persecuciones. ¿Quién quieres que te siga?" Impertérrito, continúas y te oigo decir: Yo soy el grano de trigo que debe morir antes de fructificar. Es preciso que yo sea levantado sobre una cruz; desde ella atraeré a mí el mundo entero.
 
Ya se cumplió esta profecía: Te levantaron sobre la cruz. Tú la aprovechaste para extender los brazos y atraerte a la gente. ¿Quién podrá contar los hombres que han llegado hasta el pie de la cruz, para arrojarse en tus brazos?
 
***
 
Ante este espectáculo de las multitudes que, desde todas partes del mundo y durante tantos siglos, acuden incesantemente al crucificado, surge la pregunta: ¿Se trata solamente de un hombre extraordinario y bienhechor o de un Dios? Tú mismo diste la respuesta, y quien no tiene los ojos cegados por los prejuicios, sino ávidos de luz, la acepta.

Cuando Pedro proclamó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Tú no sólo aceptaste su confesión, sino también la premiaste. Siempre reivindicaste para Ti lo que los judíos consideraban exclusivo de Dios. A pesar de su escándalo, perdonaste los pecados, te manifestaste Señor del Sábado, enseñabas con suprema autoridad, y declaraste ser igual al Padre.
 
Muchas veces trataron de apedrearte como blasfemo, porque decías ser Dios. Finalmente, cuando te prendieron y te llevaron ante el Sanedrín, el sumo sacerdote te preguntó solemnemente: ¿Eres o no eres el Hijo de Dios? Tú respondiste: Lo soy. Y me veréis sentado a la diestra del Padre. Y aceptaste la muerte antes que retractar esta afirmación y negar tu esencia divina.
 
Estoy acabando de escribir esta carta. Nunca me he sentido tan descontento al escribir como en esta ocasión. Me parece que he omitido la mayoría de las cosas que podían decirse de Ti y que he dicho mal lo que debía haber dicho mucho mejor. Sólo me consuela esto: lo importante no es que uno escriba sobre Cristo, sino que muchos amen e imiten a Cristo.
 
Y, afortunadamente -a pesar de todo-, esto sigue ocurriendo también hoy.

 
Mayo 1974

Albino Luciani. Ilustrísimos Señores. Cartas del Patricarca de Venecia. BAC, Madrid 1978

Sábado Santo




-«Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». (Juan 2, 19)

«Habéis sido sepultados con Cristo en el bautismo». (Colosenses 2, 12)

«Por eso se ha anunciado el evangelio también a los muertos, para que lo mismo que fueron condenados en cuanto hombres por su condición mortal, tengan vida divina gracias a su condición espiritual». (1 Pedro 4, 6)

El Gran Sábado

Las primeras luces de la mañana, que se colaban por una estrecha ventana, nos desperezaron lentamente. Aquel sábado, al día si­guiente de la muerte de Jesús, era día de descanso y de fiesta grande en Jerusalén y en todo el país. Desde la tarde del día an­terior, los once y las mujeres estábamos escondidos en el sótano de la casa de Marcos, el amigo de Pedro, esperando regresar pron­to a Galilea. Los ojos de todos, cansados por la mala noche y el llanto, se acostumbraron pronto a la penumbra de aquel escon­drijo, donde se guardaban viejas prensas y algunos barriles de aceite.

Pedro - Parece que ya es de día, compañeros…
Juan - ¿Pudiste dormir algo, María?
María - Un poquito sí, pero…
Magdalena - Vamos, recuéstate otro poco y descansas. Susana y Salomé ya han ido a preparar algo caliente. Hay aceitunas y pan. Tú no te muevas.

Enseguida mi madre y Susana trajeron un jarro de caldo y un puñado de aceitunas. Nos sentamos a comer en silencio, con desgana. La tristeza de todo lo vivido el día anterior pesaba sobre nosotros como un fardo insoportable.

Juan - Marcos estuvo aquí hace un rato, cuando todavía estaba oscuro. Se volvió a ir. Dice que vendrá a mediodía con algo para comer.
Susana - Pues para el hambre que tenemos… Anda, María, un poquito de pan.
María - No, Susana, no puedo.
Santiago - ¿Y qué hay de nuevo por la ciudad?
Juan - Han encontrado a Judas… ahorcado.
Pedro - Pero, ¿qué dices, Juan? ¿Dónde?
Juan - En Getsemaní. Donde estuvimos la noche del jueves. Colgado de un olivo.
Magdalena - ¡Pero, Dios mío, ¿qué ha sido esto?! ¿Una pesa­dilla? ¡Maldita ciudad! ¡Juro por todos mis muertos que en lo que me queda de vida no vuelvo a poner las patas en esta ciudad del demonio!
Juan - Vamos, Magdalena, tranquilízate. No conviene hacer bulla.
Andrés - Lástima con Judas… Era un buen compañero.
Santiago - No vengas ahora con lástimas, Andrés. Él fue el culpable de todo.
Andrés - ¿Él, Santiago, él? Él fue un loco que se dejó engatusar, Dios sabrá por qué, pero él no fue el único culpable.
Juan - Los culpables ya sabemos quiénes fueron. ¡Que Dios los confunda a todos, canallas!
Pedro - Es verdad, pelirrojo. Con Judas hubiéramos terminado entendiéndonos. Era de los nuestros. Pero con esa pandilla del Sanedrín y esos perros romanos… Pero, ¿por qué no hicimos algo, por qué nos quedamos así, como imbéciles, con los brazos cruzados? Yo el primero, sí, sí, no me miren, yo el primero… ¡Maldita sea, no valemos ni cuatro ases, somos la basura de las basuras!
Natanael - No le des más vueltas, Pedro. ¿Para qué? Ya se acabó todo.

La lluvia incesante que había caído sobre Jerusalén el viernes inun­dó la pequeña azotea que daba sobre nuestro escondite. Desde por la noche, las goteras formaban charcos en el suelo.

Susana - ¿Por qué no rezamos, eh? En los momentos malos consuela mucho. Vamos a pedirle a Dios que vengan días mejores. ¿Eh, qué les parece? María, ¿quieres empezar?

María levantó del suelo el rostro, avejentado por el dolor, y miró a Susana con ojos cansados.

María - No, mejor empieza tú. Nosotros ya te seguiremos.
Susana - Bueno, entonces… Dios nuestro, de día te pedimos auxilio y de noche te invocamos. Ven en nuestra ayuda…
Todos - Ven en nuestra ayuda porque te estamos llamando…
Susana - Te estoy esperando, Señor, respóndeme…
Todos - Respóndeme porque confío en ti…
Susana - Tú eres mi Dios, yo te busco, atiéndeme, porque mis enemigos… me han tendido una trampa…

Nos costaba rezar. Las palabras se nos morían en la boca antes de nacer, inútiles, carentes de sentido. Sobre el suelo, las jarras habían quedado medio llenas y apenas habíamos comido unos pedazos de pan.

Juan - Dice Marcos que mañana al amanecer nos sacará para Galilea por el camino de la costa. Él lo conoce bien y por esa ruta tendremos menos problemas. Además, como muchos peregrinos ya regresan el domingo al norte podremos disimularnos mejor.
Mateo - ¿Y no habrá peligro? Quizá es mejor esperar a que pasen unos días más.
Juan - No, Mateo, el peligro lo corremos aquí. A esta hora seguro que andan buscándonos.
Felipe - Bah, ¿para qué van a querer encontrar a un hatajo de miedosos como nosotros?
Juan - Querrán acabar con el grupo, Felipe.
Santiago - No tienen que acabar con nada, Juan. El grupo ya se acabó.
Pedro - ¿Ah, sí, pelirrojo? ¿Y de dónde te sacas tú eso? ¿O es que no podemos seguir haciendo cosas juntos?
Santiago - ¿Qué cosas, Pedro, a ver, qué cosas? Cada uno se irá para su lado y ya… ¡Qué más!
Pedro - Eso no puede ser… Si Jesús empezó fue para que siguiéramos detrás.
Santiago - Pues vete tú detrás tirando piedras como siempre y fanfarroneando. A ver si eso sirve para nada.
Pedro - ¿Y tú, qué, eh? ¿Y tú, qué?
Santiago - Bah, Pedro, eres perro que ladra mucho y no muerde nunca.
Pedro - ¿Yo, verdad? Como si tú hubieras hecho algo para sal­var a Jesús. Escondido por las esquinas…
Santiago - Sí, está bien, pero… por lo menos…
Pedro - ¿Por lo menos, qué? Dilo, dilo de una vez. ¡Mal­dita sea contigo, Santiago! Siempre es lo mismo. ¡Sí, está bien, yo fui un cobarde! ¡Yo dije que no lo conocía! Pero, ¿qué hubieras hecho tú si te ponen una espada y…?
Susana - Por Dios, por Dios, cállense de una vez. ¿También tienen que pelear hoy? ¿Es que ni por respeto a Jesús, que en paz descanse, se pueden ustedes callar?

María, con la mirada perdida más allá de aquellas cuatro sucias paredes, nos oía hablar y seguía llorando, en silencio, inconsolable. Estaba destrozada. Al verla así, todas las lágrimas que había contenido durante el día anterior me vinieron a los ojos.

Felipe - Vamos, Juan, hombre, no llores. Piensa que dentro de unos días estaremos otra vez en el lago, lejos de todo esto.
Juan - Por eso lloro, Felipe, por eso.
Susana - Déjalo, hijo, que se desahogue.
Juan - No puedo creer que vamos a volver a echar las redes, a pescar, a ir a la taberna… y que Jesús… como si nada hubiera pasado… como si todo hubiera sido un sueño.
Felipe - Y lo fue, por mi vida, que lo fue. ¿No me digan que no fue un sueño creer que el Reino de Dios llegaba ya y que nosotros, una partida de muertos de hambre, lo estábamos empujando? Primera y última vez que me agarran a mí para una cosa de éstas.
Susana - La vida es así, es así mismo. Más amarga que una almendra antes de madurar.
Tomás - ¿Por qué será qu-que los bu-bu-buenos siempre ter-ter-minan mal?
Andrés - No, esto no terminó, Tomás. No puede terminar. Va a ser difícil que el pueblo olvide al moreno.
Susana - Ay, mi hijo, con el tiempo todo se olvida. El tiempo se encarga de borrarlo todo.
Pedro - No, Susana, con Jesús no va a ser igual. Él era dis­tinto… un tipo grande, María, tu hijo. El mejor amigo que yo he tenido en mi vida.
Santiago - ¿Te acuerdas, tirapiedras, cuando lo conocimos allá en el Jordán, cuando lo de Juan el bautizador?
Andrés - Claro, Santiago, cómo no…
Felipe - ¿Y tú, Nata? Hicimos el camino con él desde Magdala hasta el río. Era un gran conversador. Siempre haciendo historias y chistes. Por eso la gente lo entendía tan bien. Por todos los ángeles, ¿quién me iba a decir que esto iba a acabar así?
Mateo - Pero Jesús sí lo olía. Aquella noche que estábamos en Cesarea, al norte. Él ya tenía su preocupación. Y cuando vini­mos a Jerusalén…
Susana - No teníamos que haber venido nunca.
Juan - El moreno se ha portado como un valiente. Ayer se lo oí a uno de los soldados. Lo molieron a golpes en la cárcel, ya vieron cómo quedó, pero no le sacaron ni una palabra, ni una.
Pedro - Y al ladrón de Anás parece que le cantó las verdades. Dice tu amigo, Juan, que ese viejo tramposo estaba después que se lo llevaban los demonios.
Andrés - Y con Pilato y con Caifás lo mismo. Les dijo todo lo que había que decirles. Era el plan que habíamos pensado, ¿se acuerdan? Después de lo del templo, ir delante de los señorones de Jerusalén para echarles en cara sus crímenes. Jesús cum­plió el plan, él solo.
Juan - Hasta el final el moreno. No lo doblaron, no… Lo par­tieron pero no lo doblaron.
María - ¿Por qué, Dios mío, por qué? ¿Por qué no lo salvaste de la muerte, por qué?

María, que hasta aquel momento nos oía como ausente, tragándose las lágrimas, rompió a llorar como un río que se desborda. Se inclinaba hasta tocar el suelo con la frente, con las manos cubriéndole el rostro. Susana y mi madre la sostenían.

María - ¿Por qué, Dios mío? Él era bueno. No tenía que ha­ber muerto. Yo lo necesitaba. Los pobres de este país lo necesitaban. ¿Por qué, por qué? No merecía una muerte tan horrible. ¿Por qué tenía que terminar así? Tanta muerte, Dios mío, tanto abuso, tanto crimen de esta gente. ¿Por qué ganaron ellos? Ahora estarán banqueteándose y mi hijo muerto, muerto… ¿Hasta cuándo, Dios mío, hasta cuándo vas a permitir que los injustos se salgan con la suya? ¿Hasta cuándo?
Susana - Vamos, María, vamos. Tráele un poquito de agua, Magdalena.

María, extenuada, recostó su cabeza sobre mi espalda, cerró los ojos y su recuerdo volvió otra vez al día anterior, al rostro muer­to y ensangrentado de Jesús que ya no volvería a ver nunca más.

Santiago - ¿Y ya sabrán por Cafarnaum lo que ha pasado?
Juan - No hay tiempo todavía, Santiago.
Mateo - No creas, las noticias vuelan más ligeras que las águilas.
Tomás - Ti-tienes razón.
Pedro - Cuando en Cafarnaum sepan que al moreno…
Felipe - No pasará nada, Pedro, nada. La gente no va a hacer nada. Los pobres estamos acostumbrados a tragarnos las lágrimas.
Magdalena - ¡Pues eso es lo que tenemos que hacer, caramba, dejar ya de llorar y echar para adelante. Y no lo digo por ti, María; que tú tienes más derecho que nadie para llorar lo que quieras. Pero yo creo que si Jesús estuviera vivo no querría vernos así, mirando al suelo, jeremiquiando. ¡Hay que hacer al­go, hay que seguir luchando!
Santiago - ¡No grites tanto, Magdalena! ¿Qué quieres tú? ¿Que te vengan a buscar?
Magdalena - ¡Que me busquen y que me maten a mí también! ¡A mí qué me importa! ¡Él murió por algo que valía la pena! ¡Así que, si es por eso, que me maten a mí también! ¡A mí qué me importa ya nada!
Susana - Pero, hija, ¿qué vamos a hacer ya? Ya todo se aca­bó. Mañana, lavar bien el cuerpo como Dios manda y perfumarlo como él se lo merecía. Y después, volvernos a Galilea. ¡Y que Dios nos asista! Ya no hay nada más que hacer, mucha­cha, no hay nada más que hacer.

Fueron horas tan largas como años las que vivimos aquel Gran Sábado de fiesta, encerrados en el sótano de la casa de Marcos. Las pasamos todos juntos, a ratos callados, a ratos llorando, re­cordando cada palabra y cada gesto de Jesús, reunido ya con su pueblo, en el silencioso reino de los muertos.(1)



Lucas 24,1


1. Jesús murió realmente. Los hechos que ocurrieron después, la afirmación de que Jesús había resucitado, no entraban en el marco de creencias de sus amigos ni de Jesús mismo, que no podían ni imaginar una resurrección individual e inmediata. Una interpretación de estos hechos afirma que Jesús había ya anunciado a sus discípulos que iba a resucitar, pero que ellos no le creyeron (Mateo 16, 21; 17, 22-23; 20, 17-19). En los textos de los evangelios que recogen tres predicciones de su muerte hechas por Jesús, se habla de un plazo de «tres días», después del cual Jesús «resucitará». En arameo «tres días» significa «pronto», «en breve tiempo» porque no existe ninguna palabra equivalente a «varios», «algunos». La frase «al tercer día resucitará» que los evangelistas pusieron en boca de Jesús debe leerse así: «en muy poco tiempo llegará el Reino». Jesús consideró siempre que la llegada del Reino, del final de los tiempos, era algo inminente.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 987-993]

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