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Ya es hora de contártelo


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Papá, prometo ser breve esta vez, que ya sé que no te gusta que me extienda. Con pocas palabras es suficiente. Tampoco necesito muchas para decirte lo siento. Tuviste que pasar muy mal año, aquel en que me “birlaste” una carta que no te quise enseñar. Me llegó en verano, mientras estábamos cosechando, o sea, en Castromocho. Ni me acordaba de que los jesuitas, que son muy previsores, me habían pedido la dirección de mi residencia en vacaciones. Por eso me extrañó recibirla allí, y tras leerla, la guardé. Pero tú, quizás sospechando por mi comportamiento, te hiciste con ella. Y la copiaste. Sí, la transcribiste de tu puño y letra. Lo recordarás.
Cuando al verano siguiente, tú en el hospital operado del cáncer de laringe, Roberto quiso encontrar las cosas que previsoramente pudieran hacernos falta por si tú no salieras en buenas condiciones, dio con los cachos en que tú la habías convertido antes de ingresar. La recompuso, finalizó el complejo puzzle y me la enseñó. Él no la conocía y tuve que explicarle cosas que me había callado. En Comillas me habían sentenciado, no me consideraban candidato apto ni para seguir allí cursando teología ni para continuar como seminarista. Eso tuvo que llenarte de inquietud, incluso de seria preocupación sobre mi futuro. Y tal vez, digo sólo tal vez, fuera un factor más a tener en cuenta en el origen y/o desarrollo del tumor que casi te deja mudo de por vida.
Pero ni el tumor pudo contigo, ni aquella carta conmigo. Tú, porque viviste treinta años más parlando –y fumando– lo que te plugo; yo, porque han pasado más de cuarenta, me ordenaron y continúo en lo mío.
Y aquí es donde viene lo de “lo siento”. Tenía que habértela enseñado y leído juntos para que entendieras y no te preocuparas lo que no te merecías. Fue un verano muy extraño aquel. Incluso publicaron una lista de nombres de alumnos comillenses como participantes en un curso en El Escorial, todos subversivos y revolucionarios, y claro allí estaba yo, aunque no me moviera de tu lado en los dos meses que duró la faena. Me sacaron en más ocasiones y por motivos igualmente peregrinos, estábamos en el ojo de gentes que nos miraban con desconfianza, no nos consideraban trigo limpio… Nada dije, supongo que de nada te enterarías. ¿O sí?
Al finalizar aquel año decidí no volver más por el colegio de la calle Écija, que me ahogaba como antes lo hiciera el seminario de Valladolid. Resultó muy difícil para mí compaginar unos estudios en los que empezaba a encontrarme bien, habitando en un lugar en el que me resultaba imposible vivir. ¿Sería ilusorio compaginar teoría y práctica? ¿Así iba a ser mi vida en adelante? Pasé a la residencia de Cadarso y empecé a respirar. Pero tú, no creo que entendieras porque yo tampoco me explicaba. Como tampoco lo hice mucho después, cuando te llegaron ecos de lo que pasó en el pueblo donde me estrené. Ocasión que volvimos a desperdiciar ambos, yo por callar, tú por no preguntar. De ambas situaciones salí sobreviviendo, pero para nada triunfador. Son pasado, aunque dejaron huella que llevo con resignación y persistencia. Sigo siendo, no igual está claro, rebelde con causa.
Los dos somos de pocas palabras, casi ninguna. Y tímidos. Nos cuesta abrirnos, no nos atrevemos a entrar. La intimidad propia y ajena es para nosotros terreno sagrado e inviolable, nos paralizamos justo en el umbral y damos la impresión de no querer saber, no estar dispuestos a mostrar. Ya ves, han tenido que pasar diez años para que me atreva a recordarlo… y expresarlo.
Siempre confiaste en mí. Te estoy agradecido. Te quiero papá.

No es broma



Me han regalado un chaleco. Bueno no, en realidad me lo obsequiaron hace tiempo. Pero lo dejé colgado y ha sido ayer, que hacía bueno pero casi no, cuando me lo he puesto por primera vez.
En un momento dado quise meter las manos en los bolsillos, y me quedé… perplejo. No sabía exactamente en cuales de ellos tenía que hacerlo.
Empecé a contar… y encontré dieciséis. ¡DIECISÉIS!
Así y todo, me ha dado por escribir en el buscador “chaleco con dieciséis bolsillos”, y salen 1.290.000 páginas que hablan de él. En imágenes no pude contar, pero varios cientos sí que he visto.
Se trata de una prenda que por el interior, además de dos bolsillos camuflados, tiene una etiqueta que pone: “adventure wear BOSKER”.
Me ha resultado complicado dar con las llaves del coche al salir de la piscina. No sé si me va a interesar tanto bolsillo.
En otro orden de cosas, he leído que en el congreso se va a votar la ley de sucesión nominalmente. Debe ser para que quienes tengan opinión propia distinta de la del partido puedan actuar con libertad.
Podrán votar sí, no o abstenerse. Y no me queda nada claro si hay trampa o no la hay. Como se trata del Congreso de los Diputados, supongo que el juego será limpio.
El sí está claro lo que significa. El no y la abstención… no tanto. Quien vote en contra de esa ley puede hacerlo porque no le guste o porque no quiere que haya sucesión real o ni siquiera exista monarquía. Y la abstención se presta a múltiples interpretaciones: paso de monarquías, paso de leyes, paso de Juan Carlos, paso de Felipe, paso del Congreso, paso del Estado, no tengo ni idea de qué va esto…
Veo que esta situación se parece mucho a mi chaleco; tiene tantos bolsillos que no sabe uno dónde meter las cosas, ni qué ni cuántas cosas lleva uno encima. Y lo que es peor, cómo encontrarlas.

Y todo lo dejó prendado de su aroma



Me vino a la boca en cuanto abrí la puerta de la capilla. Todo estaba envuelto en olor de azucenas. Tardé en reaccionar y recordar que Ángeles había prometido traer un ramo a primera hora. Allí estaba, sobre el altar.
Salí corriendo, cogí las tijeras y volví con la única que había salido este junio en el jardín. Y la puse junto a las demás. Así han lucido todo el día. Por la tarde, y a pesar de no ser más que un puñado, olía el templo a gloria bendita.
Me hace bien estar así ambientado en este pequeño espacio temporal que va desde la Ascensión hasta Pentecostés. Este año las azucenas se están portando.
Al contrario que yo, que he recibido una reprimenda y una advertencia por publicar lo primero que me ocurre. Así no hay forma de tratar contigo. Y parece que va en serio. Voy a tener que reprimirme.

El atril



Te sientas muellemente en el sillón y contemplas satisfecho la obra terminada. Un mes es mucho tiempo, pero ha merecido la pena. Todo está limpio y ordenado. Todo está en su sitio y ya no tienes que pensar dónde colocaste tal cosa porque cada una está en su lugar. Miras hacia la derecha y ves el amplio ventanal que da al patio con los tiestos debidamente alineados. Miras al frente y compruebas que la librería está firme y los libros, libres de polvo y paja, tal vez no estén en el orden acostumbrado, pero con el tiempo el que tienen será el que debe. Miras hacia la derecha y compruebas que el ordenador ha vuelto a su mesa involca y la estantería de la pared contiene todos tus cedés de música. Tuerces un poco más la mirada y observas que sobre el buró hay más menudencias de las que corresponde debajo del reloj, pero no le das importancia porque ya se irán repartiendo por aquí y por allá. Esto… ahí falta algo, te dices una pizca alarmado. ¡No está el atril! ¡Ostras, tú miguelangel, no lo has visto en el trasiego con las cajas, ni al meterlo ni al sacarlo! Vamos a ver, tratas de pensar y recordar… Y empleas en ello un buen rato hasta que te cansas y lo dejas, porque llega el momento de irse a nadar.
Dentro del agua el dichoso atril no se te va del pensamiento. Tratas de recordar los últimos movimientos que hiciste con él…
Siempre ha estado colgado del lateral del buró o en uso sobre la mesa camilla. Ese trasto no ha tenido otra función y lugar de encaje: o soportando el libro que leías o descansando sobre la papelera. Así ha estado desde que lo fabricaste con restos de un armario viejo que te dieron de desecho en el arzobispado.
Calla, espera, una vez salió de casa. Se lo llevaste a Ramón, para que pudiera leer cómodamente sentado sin tener que sujetar las páginas cuando la enfermedad ya era manifiesta. Luego Tere te lo devolvió al tiempo que te regalaba un libro y una dedicatoria de ambos. Las sábanas llegaron después; o ¿fue antes? Ya no consigues recordar. Tere tiene la costumbre de abordarte siempre después de la celebración del domingo, o sea que bien pudo dártelo en la sacristía o al salir de la iglesia. Si hubiera sido así, tal vez lo dejaste en el otro lado de la calle, y allí lo has tenido desde entonces. Porque usarlo no lo has usado desde… veamos… Sí, reconoces que hace mucho que no lees un libro como dios manda, sin mirar a la pantalla del mac; o en la cama, antes de apagar.
Es la una y media de la madrugada pero el hormiguillo de los nervios te fuerza a comprobar dónde lo dejaste. Sales de casa, atraviesas la calle, te diriges a la sacristía y no lo ves. Entras en el despacho, abres el armario y ¡zas! En efecto, no estaba a simple vista.
Con el atril en su sitio de descanso, cierras el ordenador y te diriges, seguido por Sola, al dormitorio. ¡Qué bien se duerme sobre sábanas regaladas por unos buenos amigos y acunado por la sonora respiración de esta labradora!



Los cálices de mi vida y la historia de mis desagradecimientos


Y bien que lo siento, pero ya no puedo poner remedio. Sí, mis cálices constantemente me están echando en cara cuán poco agradecido he sido a lo largo de mi vida, o, como dice el DRAE, con qué contumacia no he correspondido debidamente a los beneficios recibidos. Sirva, si es posible, esta entrada en mi blog para atemperar mi estulticia, y honrar a quienes teniéndome tanto cariño no supe o no quise darles las gracias en su momento.
Todo clérigo ordenado de “mayores” suele recibir de sus allegados antes de, y sobre todo para que estrene en su “cante misa”, alba, casulla, cáliz y patena acorde a los posibles y sobre todo a los quereres hacia su persona.
Servidor en esto no parece seguir tampoco la regla general. Y por haber recibido en su momento, sólo conservo el alba, que me regaló Marcelina, la mujer de Félix el obrero de siempre en mi casa, y el cáliz, regalo de mi padrino, tío Antonio, y de su mujer, tía Mercedes. Si agradecí y usé el alba de Marcelina, no actué del mismo modo con el cáliz de mis tíos.
Me explico. A mí me pilló a contrapié lo de ser ordenado. Largo tiempo pasé suplicándolo. Recibí reiteradas negativas y demoras y excusas sin fin por más de tres larguísimos años. Cuando recién entrado en la diócesis Don José Delicado, en el primer saludo me soltó de sopetón el domingo que viene te ordenamos, no acerté a abrir la boca. Apenas tuve la entereza para decirlo en casa y avisar a las amistades. No pensé en la ropa, y mucho menos en la parafernalia. Cuando llegó el domingo correspondiente, justo tirarme de la cama sin haber pegado ojo y lavarme para presentarme al acto sin legañas en los ojos ni sarro en las manos.
Así que me presenté con lo puesto.
Pero tío Antonio y tía Mercedes habían sido previsores, y se presentaron con esta cosa, que me dejó patidifuso. ¿Yo este cáliz? ¡Ni hablar! Y apenas di las gracias. Fue el primero que tuve. Y ha pasado dormido casi  toda su historia –me parecía ostentoso, excesivo y fuera de significado–, hasta que llegó en momento de  lucirlo, exactamente veinticuatro años después, en la celebración de la dedicación del templo por Don José. Se puede decir que él lo estrenó.

[«Ego sum vitis vera; vos palmites». Yo soy la vid verdadera; vosotros los sarmientos (Juan 15, 5)]

Luego mi mamá, al ver que me negaba a aceptar el complemento, la patena, me regaló esta panera siquiera para que no estuviera tan desangelado y pudiera presentarme donde fuera como dios manda. Estas navidades, tía Mercedes me ha dicho que si quiero una patena que haga juego con el cáliz, encarga que la hagan, que también era la voluntad de tío Antonio. He dado las gracias, esta vez sí, pero he renunciado al regalo. Es suficiente tal como está.

El segundo cáliz es éste, que me encontré cuando aterricé en La Cañada. Ya lo habían usado anteriormente otros, entre ellos José Velicia. Y lo adopté inmediatamente, o él a mí. Y juntos hemos pasado mucho tiempo, tanto como veintitrés años.

El tercero está, pero sólo es un recuerdo entrañable. Vino desde Eritrea de manos de Ignacio y Laura. No es usable porque está sin cocer y se repasa. Pero lo tengo mucho cariño.

Este es el cuarto. Recuerdo de Víctor y Florentina en sus bodas de oro matrimoniales. Con ellos quedé en deuda perpetua de la que no me libraré aunque pasen siglos y siglos. Nunca acerté a corresponder a su sacrificio, aunque ellos en su bonhomía jamás llegaron a captarlo. Cada vez que abro el armario y lo veo, los tengo en el recuerdo y les pido perdón, sabiéndome de antemano indultado.

El quinto me lo regalé yo. Fue un encargo caprichoso. Entré en aquella enorme nave de Cascante, me dirigí al que parecía el jefe y le espeté: Quiero que me hagas un vaso en madera de olivo como el que pudiera hacerse un pastor que cuida su rebaño y se entretiene en hacer con su navaja cabritera trabajos artesanales. Vete a dar una vuelta y vuelves a ver qué se me ocurre, me respondió tras haberme ofrecido una visita al muestrario de su producción. Y volví a casa, de vuelta de los Pirineos, con esta cosa que desde entonces me acompaña cada día en mis hora de entusiasmo y oración comunitaria.


En fin, ahora me da por pensar si esto no será sino una frivolidad que me tomo la libertad de escribir y publicar. ¿Será ligereza por mi parte, no sólo en la forma sino y sobre todo en el fondo? Me respondo que no, en absoluto. Para celebrar la Cena del Señor hace falta pan y vino, una mesa y utensilios donde colocarlos. Desde siempre los seres humanos han reservado lo mejor de lo mejor para usarlo en servicio y dedicación de lo que consideraban más sublime. Ahí está el ejemplo en el interior de todos los templos de ahora y de siempre, de cualquier religión o creencia. Los cristianos no somos en esto una excepción; antes al contrario, incluso pecamos de exagerados cargando a nuestras Vírgenes de joyas, nuestros retablos de obras de arte, nuestros altares de oro y plata…
He celebrado la Eucaristía en catedrales y en monasterios, y he utilizado cálices y patenas que no podría pagar así juntara todo el dinero que haya poseído o vaya a poseer. También lo he hecho en iglesias de pueblo con sencillez. Y en el campo he usado el plato y el poto de aluminio de campista, sin que el misterio se viera disminuido.
No, no está en los instrumentos, está en las personas que lo celebran; el sacramento refiere a mucho más que lo aparente. Jesús simplemente tomó el pan, y luego la copa; y nos mandó hacer memoria suya repitiendo el gesto, multiplicando el reparto, la comida y la bebida, como signo del Reino de Dios que ya está pero que tiene que llegar a plenitud.
No, no es una veleidad esto mío de ahora. Es que no soy capaz de hacer las cosas sin que los ojos vean, los oídos oigan, y las manos toquen. Y por eso siempre doy la Comunión bajo las dos especies, porque también el gusto y el olfato tienen que ver con la Comida, y no quiero que nadie a quien sirva se vea privado de sus derechos.

Mi café y mis rosarios, o viceversa


Y mi cigarro, por supuesto. Y mis más cosas, que también. Yo, al fin y al cabo, con mis circunstancias. O, más exactamente, uno es sus circunstancias. Porque si me quito las cosas que me ha ido añadiendo la vida, o que yo he ido cogiendo de aquí y de allá mientras vivía, mucho me temo que me ocurra como a la fresca lechuga, a la dulce cebolla, a la simple acelga, o a la rotunda  alcachofa: que ni corito(1). Sencillamente, nada.
Si una vez hablé de los belenes de mi vida, esta de ahora la tengo guardada desde mucho antes, porque versa sobre lo que es más yo que yo mismo. Y eso que nunca fui rezador, que si lo hubiera o hubiese sido, ahora tal vez “seriese” muy distinto.
Mi primer rosario… ni me acuerdo cuándo lo entretuve entre mis dedos. A ojo de buen cubero puede que tuviera 5 ó 6 años. Luego llegaron otros, y dejaron de estar. Por entonces lo rezaba en familia, según como predicaba el entonces famoso padre Peiton: “Familia que reza unida, permanece unida”. Unas veces a través de las ondas de la radio, y las más con mi madre desde la cocina dirigiendo, y mi padre y nosotros, los hijos, a medias jugando y respondiendo desde el comedor. Mi mamá se perdía, por culpa del sofrito de las sopas de ajo, y alguien de casa recordaba: “Tercer misterio, Jesús coronado de espinas”. Y mamá empezaba padre nuestro…
El primer rosario del que fui consciente sería sobre los doce ó trece años. Para entonces ya había rezado muchas avemarías, con sus padrenuestros y sus glorias. Me lo reservé para mí después de haber fabricado otros muchos. En él me volqué y tejí una cadeneta que ahora, sin gafas imposible, y con ellas malamente la veo. Es éste:
Le gustó a mi papá y, caprichoso él, me encargó le hiciera uno. También le dediqué cariño y atención. Es éste:
Mi mamá usaba sus dedos, o los puntos al tejer, o contaba con garbanzos, o vete tú a saber si lo hacía mentalmente. Siempre se alargaba, y hacía unos rosarios que resultaban maratonianos. Hasta que alguien decía, ¡vale ya! que es la hora de cenar. Y entonces se recitaba la letanía a toda prisa y comiéndose jaculatorias para abreviar.
Pero ella sí tenía sus rosarios. Ahora son míos, que me los dejó. Uno está muy usado, en tanto que el otro es de puro adorno.
El mío siempre va en el bolsillo derecho del pantalón. No falta de ahí, junto con el mechero y las llaves de casa. Me hace compañía.
Sin embargo el que uso, cuando es menester, es este otro, mucho más cómodo, que ni se enreata ni se engancha, que pasa discretamente desapercibido y que es sumamente manejable. Normalmente está colgado de la palanca del cambio de luces. Helo aquí:
Y finalmente está este otro que no tengo ni idea de cómo ha llegado a mi poder. Toda la pinta tiene de haber sido el aderezo de una niña en el día de su primera comunión. Llegado el momento de convertirse en estorbo y no sabiendo qué hacer con él, algún alma cándida y piadosa opinó que como en casa de un cura en ninguna parte. Y lo trajo y me lo dio. ¿Qué hago yo con esto? Lo puse en la pared de mi despacho y ahí lo tengo:
Pero salvo la Biblia, para orar en realidad sólo necesito un café y un cigarro, un cigarro y un café, y un periódico. A pesar de que mi médica favorita me ha avisado que el colesterol, el tabaquismo y la hipertensión me acechan, yo sigo fiel a mí mismo y a mis circunstancias, porque son éstas al fin y al cabo las que me definen. Sin ellas, no soy nada. Ya se ve bien claramente, soy tan simple como el átomo de hidrógeno.
 
(1) Corito es expresión propia de mi tierra: a culo pajarero. Sin ropa, desnudo.

Los Belenes de mi pequeño belén


Desde que San Francisco de Asís instaló su Belén en la ermita de Greccio, campiña de Rieti, Italia, en el año 1223, es imposible humanamente enumerar las construcciones que se han realizado del Misterio de la Navidad a lo largo y ancho de nuestro mundo. La idea inicial del de Asís de reproducir la adoración de los pastores se expandió por toda Italia y pasó enseguida a España. En Nápoles se plasmaron en barro las figuras de los personajes en el siglo XV. Como representación del Nacimiento se extendió por toda la Europa cristiana y llegó al Nuevo Mundo, donde arraigó con particulares connotaciones en cada lugar. La iglesia católica promovió las representaciones bíblicas del Nacimiento del Niño Jesús dentro de los templos, en los hogares y en lugares públicos, de modo que contribuyera a exaltar la devoción navideña.

Yo soy hijo de esa cultura, y desde pequeño es lo que siempre he hecho al acercarse Navidad: preparar el Nacimiento. En casa y en los diversos centros en los que he convivido he participado en la medida de mis posibilidades. Pero desde que estoy en este mi lugar esta tarea ha quedado exclusivamente en mis manos. Yo he sido el que año tras año instalo al Niño en la capilla y luego lo ofrezco para que sea venerado por los míos, tras los actos litúrgicos navideños. Es el que tengo puesto ahí, en la columna de la derecha, iluminado por un antiguo farol.
Este Niño estaba en casa de los padres de Pilar. Cuando murieron se lo pedí a los hijos, y me lo cedieron. La condición que yo impuse es que fuera para ser expuesto en la capilla. En caso de no poder hacerse, retornaría a ellos. Ya les dije que esperasen sentados.

Tengo otros Belenes que se me han ido añadiendo, regalo de amigos y amigas, que expongo de forma permanente en diversos rincones de mi pequeña vivienda, y que no tienen mayor relevancia en Navidad de la que tienen el resto del año.

Este ha venido de Hispanoamérica. Me lo trajeron Tere y Ramón de un viaje que hicieron por el territorio sur del continente. Es de madera de radal y es un trabajo de ajuste de categoría superior. Lo tengo sujeto por detrás con cinta adhesiva, porque el día que lo desmonté me llevó su tiempo volver a colocarlo. Además, así está seguro de no desmangarse a cualquier movimiento.


Este me lo regalaron Carmenchu y Enrique un día que fui a su casa y al mirarlo dije ¡qué chuli! Pues ahora te lo llevas y lo pones donde te parezca. Es de barro y vino de Perú. Lo tengo recompuesto, porque un día un zagalín lo dejó caer desde la mesa del altar donde lo tenía colocado y se hizo trizas. Se notan las heridas y las cicatrices, pero eso le ha dado más categoría. Es un  superviviviente.

Este par de figuras procede de Senegal. Yankhoba las trajo de su último viaje, accidentado por cierto, y llegaron así, sin el Niño; al parecer María y José aún están de espera. Ignoro de qué madera están hechas, pero a juzgar por color y el peso bien pudieran ser de ébano, pero no puedo asegurarlo.

Finalmente este sencillo montaje es un regalo que me han hecho este año las mujeres del Hogar. Cada una hizo el suyo, pero entre todas confeccionaron éste para regalármelo.
Es tan delicioso y naif que no me pude resistir a ponerlo en la capilla en la misa de Nochebuena. Fue una ofrenda bonita.

El crucifijo de la Michel


El crucifijo que llevo colgado de mi cuello me lo trajo la Michel. Sólo me lo quito para nadar. Sólo por ese motivo no lo llevo puesto. Y no es que yo sea muy de crucifijos de colgar. Creo que si me pongo a contar, tengo suficientes con los dedos de una mano.

De pequeño algo llevé, pero ahora no recuerdo si fue medalla o crucifijo. Lo perdí. Creo que era de plata, seguro que regalo de primera comunión o de algún cumpleaños. Ya no sé. Y desde entonces no hubo cruz de mi colgada hasta que me hicieron cura, mucho tiempo después, cuando al salir de la ceremonia solemne de ordenación llegaron unos cuantos y me colgaron esta que ahora pongo:




Era demasiado importante, y también excesivamente grande para llevarla bajo la ropa, y algo ostentosa para llevarla por fuera, así que desde el principio pende encima de mi cabeza cuando duermo en mi cama. Ese es su sitio, y ahí la quiero tener.

Volvió a pasar el tiempo, mucho, mucho tiempo, y llegó esta cosa, que me trajo Alicia de El Salvador. Recuerdo de los mártires de la UCA, año 1989:


La llevé hasta que se deshizo, y luego fue reemplazada por otra igual, que volvió a traerme Alicia del mismo sitio, y que duró casi lo mismo que la primera; están juntas ahora, encima de mi cabecera de la cama.

Pasó otro tiempo sin tener nada, que tampoco es que me esfuerce demasiado por tener ahí colgante alguno. Hasta que llegó la Michel y me regaló esto:


Hace puede que dos años que me la dio. Y ahí sigue, que parece que es más consistente y está hecha para gente como yo, descuidada y descreída (es broma, pero algo iconoclasta sí que debo ser).

Esto me da pie para recordar a la Michel. El artículo que la acompaña se lo pusimos en el barrio, que ella vino sin él: Michel.

Michel era una jovencita, leonesa, del páramo, alegre como unas castañuelas, dispuesta para todo, valiente y atrevida que más parecía osada. Llegó para regentar la pequeña escuela del barrio, y para colaborar en lo que hiciera falta: conducir, guisar, escribir, hacer encargos, organizar actividades y excursiones, animar a la asociación, dar catequesis, llevar, traer… y para cumplir aquí su tiempo obligado de noviciado. Michel es monja.

Hizo sus primeros votos, -y creo que fue la primera y en lo que parece la última en hacer esta cosa en La Cañada-, en la campa que existía en las inmediaciones, ante vecinos, familiares y allegados. Yo fui quien canónicamente los recibí. Tuve ese honor. Hicimos fiesta, por supuesto. Y la gente, encantada de que Michel hubiera dicho lo que dijo, aquello de aceptar los tres votos de castidad, pobreza y obediencia. En lo que sé y a lo que parece, sigue en ello.

El caso es que la Michel nos sorprendió un día con que se quería ir a misiones. No dio pie para discusión alguna. Lo dio por hecho, y lo aceptamos como tal. La cosa parece que estaba ya muy madura, con destino final y todo, así que sólo nos cupo organizar la despedida y llenarle la mochila con lo mejor que nos pareció, lo necesario y mucho más, hasta reventar.

Quiso, sin embargo, el diablo que, cumplida debidamente una despedida a su nivel y categoría, y estando ya en el aeropuerto de Barajas dispuesta para embarcar, alguien vio que la mochila estaba demasiado llena, y la birló. Michel tuvo que volar al otro lado de la mar con lo que sus compañeras y compañeros de despedida se quitaron para que siquiera tuviera algo que ponerse, ya se sabe quita y pon. Michel llegó al viejo Nuevo Mundo con una mano delante y otra detrás. Como si volviera a nacer.

Ha pasado mucho tiempo. La Michel ya sólo es la Michel aquí y para nosotros, que allá tiene nombre propio. Ha hecho allá muchas cosas, ha sufrido también penalidades, pero se ha curtido en la brega. Y la reclamaron para cumplir otra tarea, esta vez en África y en puesto de mucha responsabilidad. No me está permitido decir más.

Si de América me traía cada vez que venía pequeñas cosillas de artesanía popular, venía con algo para cada persona que ella conocía, qué capacidad esta muchacha; de África esta vez que vino me trajo este crucifijo, justo el que llevo puesto:


Y ya digo, no me lo quito nada más que para nadar.

Como es posible que la Michel alguna vez pueda tener acceso a internet y visitarme en el blog, le voy a hacer un guiño cariñoso, y recordarle sólo una pequeña anécdota, de las muchas que me tocó vivir con ella.

Esto era que tuvimos que desplazarnos a Gijón para participar en un curso de jefes de campamento, porque nos obligaban a tener titulación para hacer nuestras actividades con la gente del barrio. Era el curso que mejor nos venía por cuestión de fechas, que no de cercanía. Y allí nos fuimos. Dejando a un lado el follón que montamos con nuestras particularidades en un contexto de recato, obediencia, sumisión y pocas ideas, en un momento de relajo quisimos visitar el puerto. La Michel, ni corta ni perezosa, conducía la cirila con garbo, como lo hacía todo. Callejeamos por la ciudad sin mayor problema. Yo, como mayor y con más experiencia en la conducción, de vez en cuando le pedía un poco de más despacio, pero ella era muy suya. Avistamos el puerto y para allá enfiló el cacharro sin dejar de pisar. Michel, para que eso es aduana. Pero ella a lo suyo. Cuando llegamos a la garita la pava siguió como si nada, hasta que la pegué un grito como los que suelo dar, y frenó; frenó por fin, y a tiempo, porque ya salía el civil con la metralleta en ristre. Michel, mujer, que ahí tienes que parar, que esa señal es aduana, ¡¡¡A-D-U-A-N-A!!! Y ¿qué es eso?, me pregunta la buena de ella. Pues que tienes que parar en seco. O nos ametrallan.

El susto fue lo que fue. El civil muy serio nos pidió documentación y referencias, pero nos dejó seguir en paz. Y en paz, aunque con nervios, visitamos el puerto de Gijón.

La Michel era así. Ahora seguirá siendo una buena pieza, esté donde esté, y viéndome, si es que tiene la oportunidad.

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