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Olor de santidad




Escribo con desgana, obligado por la necesidad que siento en mí de mostrar mi desacuerdo, más bien desaprobación, de que esto tenga que ser así, y no haya forma de cambiarlo.
Está a punto de empezar la solemne ceremonia en la que se declarará oficialmente santo a monseñor Romero, junto a Pablo VI y otras cinco personas más. Y da la casualidad de que estoy en casa y frente al televisor por culpa de una tormenta tropical que acaba de visitar el país. (El paseo con los perrillos ha sido breve y ahora estamos lamiéndonos las heridas y secándonos el pelo).
Cuando supe de Romero me estaba desbrozando en mis tareas, peinaba pelo largo y caoba, vivía a la otra punta de la ciudad y no sabía de la misa la media. Hoy sigo con el pelo largo, pero está blanco, vivo aquí desde hace ni me acuerdo cuánto, y sigo sabiendo más bien poco. Pero ya no me entusiasman muchas cosas, demasiadas.
Cada 24 de marzo, desde entonces, año 1980, sigo recordando el martirio de monseñor y glosando su vida en las celebraciones con mi gente. Desde el 16 de noviembre de 1989, le uno a Ellacuría, Nacho, Amando, Juan Ramón, Joaquín, Segundo, Celina y Elba Julia. Y lamento no haber tenido en cuenta a Rutilio Grande, cuyo martirio fue el factor desencadenante.
Ya empieza el rito romano-vaticano, y no consigo sentirme sino extraño y distante. Canta el coro el Veni Creator, lee un señor cardenal el relato de sus vidas y veo la fachada de San Pedro con los siete retratos monumentales pendiendo de los balcones. Francisco papa, escucha…
Cierro aquí, porque ya han escrito mucho y bien quienes saben más que yo. No le llamaré santo. No añadiré ese sustantivo, y no lo haré, no porque no sepa cómo articularlo con sus nombres ni con su apellido, sino porque no le hace falta.
Para mí seguirá siendo monseñor Romero.

Amenazando cisma


Intentaba poner en letras los negros pensamientos que me sobrevienen en este momento, pero no me dejan. Ni siquiera no mirándoles consigo dejar de ver su gesto reprobatorio. Así que no tengo más remedio que callarlos. Mis pensamientos no salen esta noche.
Porque una muchedumbre ingente me observa. A mí y a vosotros. A todos.
Es demasiado fácil no tenerlos en cuenta, pero están. Tienen todos los rostros, proyectan todas las miradas, articulan todos los lenguajes, han recorrido todas las veredas, han atravesado el tiempo y su número nadie podría calcular.
Hablar, pues, ante ellos, de pequeñeces, sea mi verdad o la tuya, una opinión o un simple parecer, aunque se revista de absolutidad, es, si se me permitiera la comparanza, como llegar a lo alto del Taillon y dejar allí tirada la colilla. De lesa majestad.
Hablemos de cosa serias. Ni tu tierra es tuya, ni tu idioma te pertenece. Tu sangre, al fin y al cabo, lo que corre por tus venas, es simplemente roja, como la de los demás. Tampoco la moral está supeditada a ti, y la doctrina que dices defender, es un simple momento congelado.
¿Cuáles son las cosas serias, preguntas? Abre los ojos, observa, escucha, levántate de tu poltrona, sal a la calle y písala, habla con las gentes… Constata que el mundo es mucho mayor y variado que tu pequeña parcelita; que somos miles de millones habitándolo y nadie es igual a nadie. Advierte que lo que a ti te parece una simpleza, para otro es inamovible; lo que tú consideras un derecho, puede ser para aquel o aquella una aberración; y lo que vienes practicando desde siempre, el de más allá hace mucho que lo olvidó.
Y si no eres aún capaz de descubrirlo sábete que está al alcance en cualquier informativo: el hambre, la enfermedad, la violencia, la guerra, la injusticia, la discriminación, la trata de seres humanos, la explotación, la intolerancia religiosa, y muchas otras más, puede que sean simples palabras para ti, pero para quienes las padecen son su dura realidad.
Aún así, esa inmensidad de seres que nos observa demuestra que es mucho más lo que nos une que lo que nos puede separar.
Yo estoy dispuesto a sumar. ¿Te vas a quedar restando?

San Isidro, santo por derecho


Cicerón, en la antigüedad, pensaba ya en nuestro Santo


No tengo claro qué quiero decir con el título que acabo de poner, por eso voy a tratar de iluminarme. En una época en que santos sólo salían de las filas de clérigos y asimilados, léase religiosas y religiosos en toda su variedad y multitud, un santo laico resulta ser un extraño. Porque Isidro no tuvo relación con la institución ni siquiera por afinidad; su esposa también fue laica, y santa. Santa Mónica tuvo al menos a su hijo, San Agustín, para recibir honores.
De un labriego, –además éso, destripador de terrones–, sólo se espera que obedezca y calle ante el señor de turno. Y sólo por cobrar las “bases”, que no es plan excederse. Es verdad que fue acusado de incumplidor y de evadirse del trabajo con la excusa de rezar y asistir a Misa. Siquiera por eso debería haber recibido menos paga. No obstante la labor estaba hecha, a saber de qué medios se valió, porque no me trago aquello de los ángeles.
Si hubiera sido un obrero especialista, qué sé yo, por ejemplo herrero, reparador de candiles, fabricante de ventanas, sexador de pollos o alicatador de cuartos de baño, en algo habría sobresalido. Ir detrás de una yunta de bueyes no parece ser trabajo de mayor notoriedad y membresía.
Aún así le declararon santo. Y yo me pregunto cuál fue su gracia, en qué consistió su don.
Hijo como soy de labrador entiendo que Isidro se encomendara al cielo. Ni siquiera este año en que se anunciaba una gran cosecha van a cumplirse las expectativas. ¡Qué vida, Señor, la del que cultiva la tierra! ¡Es un sin vivir! Si se pone a llover, diluvia. Si a nevar, los animales pasan hambre. Si sale el sol, achicharra. Los hielos del invierno continúan hasta casi el verano. Los vientos secarrones de marzo extenúan las raíces de las plantas. Y a la hora de sembrar, no hay manera de que amanezca un solo día sereno.
Comprendo sin embargo que por sólo ser labriego no se gana uno la santidad. Algo más tuvo que tener el santo para que se lo concedieran. ¿Tal vez ser madrileño? De Madrid al cielo, sí; pero…
Pienso que tal vez ese empujoncito se lo dio el hecho de tener con su santa esposa, María Toribia devenida en María de la Cabeza, un único hijo, Illán, en una época de familias numerosas. Es sabido que cuando hay que ganarse el pan con el trabajo de las manos y el sudor de la frente, cuantas más manos y más frentes, mucho mejor. Como al José de Nazaret, al Isidro madrileño no le nacieron más retoños, y a falta de pensión por jubilación, a ambos les tocó alargar la vida laboral. De éste dicen que vivió hasta los noventa, de José el de María nada se sabe pero, si ya se casó mayor, bien pudo aguantar hasta setenta.
En fin, una mujer santa, un hijo también santo, él no iba a quedarse sin el calificativo. Santo igualmente.
Además está el hecho de que es patrón de la menos agrícola de las ciudades españolas. Todo cemento y cristal, hierro, aluminio y luz de neón, la gran urbe y sus pobladores se pondrían en armas si osara discutirles que donde abunda el asfalto su patrón pueda arar. Los que he visto por la tele en la pradera esta mañana, vestirían muy chulapos, pero un arado no lo han tocado ni de lejos.
Claro que me acabo de enterar de que San Isidro fue zahorí, “encontrador de aguas”, que donde hacía un hoyo manaba una fuente… Ya decía yo que alguna cualidad muy especial había de tener. Porque sólo el hecho de asistir temprano a Misa, –aunque fuera dentro del horario laboral–, no me parecía suficiente explicación.
No osaré discutir con nadie, y menos con los de mi pueblo y alrededores, que tienen en San Isidro un santo propio con credenciales.
Recién abiertas en la mañana de San Isidro

La caricia de Dios



Exactamente sus palabras han sido éstas: «Cada día estamos llamados a ser 'caricias de Dios' para quienes quizá han olvidado las primeras caricias, que quizá nunca en su vida han sentido una caricia». Y con ellas me ha tocado muy adentro papa Francisco.
En el día de Todos los Santos y Santas, ¡qué bien nos vendría sentir la caricia de Dios y hacérsela sentir a los demás!
Acariciémonos los unos a los otros. Dejemos que la corriente de santidad circule libremente sin ponerle trabas, sin echar cerrojos, dando y recibiendo en un movimiento recíproco, y también reflexivo.
Repitámonos una y otra vez estas bienaventuranzas para que rearmarnos cuantas veces hagan falta y que no decaiga la esperanza y las ganas de alcanzar, aquí y ahora, no en otra vida, la felicidad.


Felices quienes pueden ver y valorar los pequeños-grandes milagros que se producen cada día en nuestro mundo, desde el amanecer hasta la puesta de sol.
Felices quienes son capaces de prescindir de todo lo que les ata, porque ya son libres.
Felices quienes se bañan cada mañana en las aguas ardientes de la ternura y la alegría.
Felices quienes renacen cuando perciben que aún conservan destellos del niño o la niña que llevan dentro.
Felices quienes se reenamoran cada mañana y reinventan los besos, las flores, las palabras, las miradas.
Felices quienes oran sin prisa, sin método, como si conversaran con su mejor amigo.
Felices quienes sienten la amistad como un perfume siempre fresco, cuya fragancia les embriaga.
Felices quienes derraman una lágrima ante la imagen de una mujer maltratada.
Felices quienes descubren al atardecer de cada día qué es lo necesario y qué lo superfluo en su existencia.
Felices quienes siguen soñando, recuerdan sus sueños e intentan hacerlos realidad.
Felices quienes, cuando les aumentan el sueldo, analizan cuánto más pueden compartir.
Felices quienes se detienen en el sendero de la vida, miran a su alrededor con serenidad y continúan caminando.
Felices quienes se reservan cada día unos momentos de silencio para entrar gozosos en su corazón.
Felices quienes beben en las fuentes de la Palabra y de los acontecimientos cotidianos.
Felices quienes no se dejan abatir por los problemas, ni se complacen excesivamente en sus éxitos.
Felices quienes se conmueven y luchan por eliminar la miseria, el odio y la injusticia.
Felices quienes mantienen la esperanza, a pesar de tanta muerte, hambre y violencia.
Felices quienes celebran con gozo las pequeñas e importantes victorias de los pobres.
Felices quienes tejen con paciencia y firmeza a su alrededor redes de solidaridad.
Felices quienes intentan descubrir en los demás lo positivo que tienen y disculpan sus errores.
Felices quienes llenan su corazón de amor por la Madre Tierra y la cuidan con ternura.
Felices quienes mantienen una búsqueda permanente del Misterio en lo profundo de su corazón y en los demás.
Felices quienes vibran de gozo con su comunidad y se encuentran vacíos cuando están lejos de ella.
Felices quienes son vulnerables, lloran, gozan y se mantienen fieles, cercanos a los afligidos.
Felices quienes son perseguidos por seguir tercamente la estrella de la utopía.
Felices quienes han descubierto que su cadena original de ADN y la de la humanidad es el amor y la solidaridad.
Felices quienes trabajan por la paz en su vida y luchan a la vez por la justicia en el mundo.
Felices quienes han descubierto que la pobreza no libera, pero los empobrecidos sí.
Felices quienes se siguen asombrando, siguen jugando, riendo, contemplando, agradeciendo, acariciando, sintiendo.
Felices quienes saben contemplar y reconocer las huellas, el paso, los sentimientos que el buen Padre y Madre Dios va sembrando en su propia vida.
Felices quienes continúan fieles al amor de Dios manifestado en Jesús, pero abiertos al viento del Espíritu que sopla donde quiere, nos invita a ser libres, sin saber nunca hacia dónde nos encaminará.
MIguel Ángel Mesa

The world will not be destroyed by those who do evil, but by those who watch them without doing anything



Esta frase, que con toda probabilidad pertenece a Albert Einstein, acabo de encontrármela en un blog, hablando del complejo de Telémaco*. Pero he vuelto a encontrármela repetida unos trescientos siete millones de veces en versión original y un millón setecientas mil en castellano, -por supuesto que no he podido leer más que tres o cuatro-, a propósito de la psicología de la liberación, de la revolución española, de la mística política, y de la famosa fecha 12/12/12 en la que no pasó nada de nada… como todo el mundo esperaba.
El mundo no será destruido por los que hacen el mal, sino por aquellos que los miran sin hacer nada. Esa es su traducción. Y dado que, por muchas que sean las personas que hacen el mal, son muchas más las que miran y sólo miran, está claro con absoluta claridad que este mundo no tiene remedio y su fin es inmediato.
No obstante, y puesto que supongo que el señor don Albert no tenía ni un pelo de tonto a la vista de lo que está a la vista de todo el mundo mundial, además de saber que su frase se haría famosa y serviría para que tirios y troyanos la utilizasen con ocasión o sin ella de las más diversas y aberrantes situaciones, también sabía, cómo no iba a saberlo, que los que miran y sólo hacen que mirar no van a poder adelantar el fin del mundo ni siquiera una millonésima de segundo. Ellos tampoco pueden frenarlo. Adiósgracias.
Pero yo estoy tranquilo –y él también, allá donde ahora siga elucubrando teorías–, porque los malos son muy pocos aunque puedan mucho. Yo creo en los buenos, que no es que sean demasiados, pero pueden… ¡Vaya si pueden!


*Telémaco era hijo de Ulises y Penélope, según la mitología griega. Ulises tuvo que partir para la guerra, contra su voluntad y luego de haber hecho todo lo posible para evitarlo. Telémaco creció al lado de su madre, y sufriendo la ausencia de su padre. Ya mayor, salió en su búsqueda, y según cuenta la Odisea pasó innumerables peripecias hasta dar con él. Ambos, de vuelta a casa, se confabulan para echar a los moscones que asediaban a Penélope para hacerse con el reino.
En psicología se habla del complejo o síndrome de Telémaco para definir la actitud del hijo que vive sin padre y se mantiene en su búsqueda porque cree que no ha muerto: “la necesidad de encontrar un padre digno de ser nuestro”.
Curiosamente esto se le escapó al conspicuo Sigmund Freud, que puso demasiado énfasis en otros dos complejos que ahora no viene al caso analizar: el de Edipo y el de Narciso.

¡Qué problema con los santos!


Durante el tiempo que pasé en el convento, casi cuatro años, en las oraciones comunitarias era frecuente terminar con una imprecación en recuerdo de los miembros del instituto fallecidos. Entre ellos, estaban los mártires de Turón. Me explico.
En Bujedo, Burgos, los Hermanos de las Escuelas Cristianas, entonces “baberos”, tenían en el cementerio de aquella casa una especie de mausoleo en el que estaban inhumados los cuerpos de unos religiosos que había muerto violentamente en Turón, Asturias, en los tiempos de la incivil guerra. Por entonces estaba en ciernes el proceso de solicitar para ellos cualquier tipo de reconocimiento oficial. Simplemente se les recordaba como “mártires”. Al mismo tiempo, en la capilla, en la pared lateral derecha, había una lápida de otro religioso también muerto en “olor de santidad”, el hermano Miguel Febres Cordero, de Ecuador, que creo por entonces había llegado a “venerable”, primer paso en el proceso canónico de la santidad oficialmente reconocida. Nunca como entonces estuve tan cerquita de las cosas santas, dicho sea en tono coloquial.
Capilla de los Santos Mártires de Turón. Bujedo
Cuando me fui, me olvidé de todo ello, pero allí siguió estando todo. Quiero decir que los Hermanos de las Escuelas Cristianas siguieron empujando el proceso para que llegara a término, con todo el poder que un instituto religioso pueda tener dentro de la Iglesia institución.
Miguel Febres Cordero fue beatificado por Pablo VI en 1977 y canonizado por Juan Pablo II en 1988, siendo el primer santo de Ecuador. Los mártires de Turón fueron canonizados por Juan Pablo II en 1990.
La “causa” de estos últimos había empezado en el lejano 1944, y durante el tiempo en que yo mantuve contacto con el instituto religioso nunca oí la menor mención distinta a lo que es una vida religiosa, de personas dedicadas a su labor de enseñar y transmitir la fe evangélica. O sea, nada de cuestión política. Y mucho menos de odio o rencor o ganas de revancha hacia nada y hacia nadie, por la muerte violenta y absolutamente injusta de sus miembros.
De lejos me llegó su canonización, parece ser que con una fiesta por todo lo alto. Ya se oían voces, por entonces, en contra de este tipo de cosas.
Se volvió a repetir esta situación más veces. Especialmente en la última, con más de cuatrocientas personas reconocidas oficialmente por la Iglesia como mártires de un tiempo oscuro de nuestra historia patria.
Ahora, vuelven a sonar ruidos y voces extrañas, que claman contra el evento que se está organizado en Tarragona para el próximo día trece.
En mi modesto entender, un santo no se “fabrica” contra nadie. Así ha sido siempre. Y tampoco, terminada la facturación, se convierte en objeto que sea utilizable para otra cosa que no sea el reconocimiento de la propia familia religiosa; y en ciertos casos, es verdad, puede servir para comparaciones con otras familias religiosas, de la forma + o – de “yo tengo tantos santos y tú tienes menos”.
El caso es que ahora parece que hay que armar mucho jaleo y juzgar con destemplanza lo que, -no me he molestado en mirarlo-, empezó a organizarse hace ya demasiados años. Ahora, simplemente, es el final del proceso, que suele ser demasiado largo y por lo tanto sujeto a demasiadas adherencias nada saludables.
Si hubieran sido todos ellos canonizados hace cincuenta años, por decir algo, ahora estaríamos en otra cosa. Pero como no fue así, ahora puede dar lugar a malos entendidos y peores interpretaciones.
No me creo que ni las familias religiosas que están detrás de todos estos muertos en la guerra, ni los obispos que desde sus respectivas diócesis apoyan a los que fueron sus diocesanos, ni mucho menos los familiares carnales de todas estas más de quinientas personas, tenga siquiera la intención de volver a sacar los viejos pendones ni a cantar con las camisas nuevas ningún tipo de himno cara al sol, ni por supuesto volver a coger armas de matar para volver a la carga…
Reconozco, sin embargo, que estos tiempos ya no son aquellos, y que una cosa así o se hace muy bien, para que a todos edifique y a nadie moleste, o es mejor dejarla pasar.
Por supuesto que la Iglesia tiene el derecho de hacer reconocimiento de las personas ejemplares que han formado, y siguen formando, parte de ella. Por supuesto que los miembros de la Iglesia queremos saber que aquellas personas que admiramos son también aceptadas por la colectividad. Sin embargo, considero que es una cuestión interna, que no debiera trascender, al menos con tanta algarabía y parafernalia, hacia fuera.
En la mayoría de las veces, se hace eco desmesurado de lo menos importante, gracias a Dios. Porque lo auténticamente valioso, y es muchísimo, se hace en silencio y con discreción.
No sé si el momento, por el día trece, es el más oportuno para una beatificación de este tipo. Las formas, al menos como a mí me han llegado los avisos, no parecen ser las mejores.
Quinientas veintidós personas ejemplares pasan a segundo plano o están siendo utilizadas, y nadie ha pedido su autorización.

Mujer coraje: Mónica de Tagaste


Apparizione dell'angelo a Santa Mónica, Pietro Maggi. San Marco a Milano

Desde los tiempos de los Macabeos, incluso desde mucho antes, casi en los comienzos de la humanidad, madres ha habido para recordar. De la primera, Eva, no voy a decir nada, porque poco sé. Pero, a partir de ella, me sale un rosario, -cincuenta avemarías repartidas en cinco misterios-, de nombres femeninos paradigmas de tesón, tenacidad, persistencia, paciencia, amor y fe (no sigo para no ocupar demasiado espacio).
De su vida hay escrito lo que su hijo, Agustín de Hipona, dejó en sus Confesiones (Wikipedia y otros muchos portales lo recogen sobradamente). ¿Podría añadir algo más?
Quien visita este lugar ya sabe cómo pienso, de modo que tampoco me voy ahora a explayar. Mujer, esposa, madre y viuda. Lo recorrió todo. Una cosa fue desde el principio: mujer. O sea.
Pero su hijo la describe así, en sus Confesiones: “¡Qué voces te di, Dios mío, cuando, todavía novato en tu verdadero amor y siendo catecúmeno, leía con tranquilidad en la quinta los salmos de David –cánticos de fe, sonidos de piedad, que excluyen todo espíritu hinchado– en compañía de Alipio también catecúmeno, y de mi madre, que se nos había juntado con aspecto de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana!” (IX, 8).
Que no nos engañen las palabras, que por entonces mujer era muy poquita cosa y el baremo de todo era hombre. De su carácter, fuerza y contundencia da fe esto otro, también relatado por el de Hipona:
“Pero enviaste tu mano de lo alto y sacaste mi alma de este abismo de tinieblas. Entre tanto, mi madre, fiel sierva tuya, lloraba por mí ante ti mucho más que las demás madres suelen llorar la muerte corporal de sus hijos, porque ella veía mi muerte con la fe y espíritu que había recibido de ti. Y tú la escuchaste, Señor; tú la escuchaste y no despreciaste sus lágrimas, que, corriendo abundantes, regaban el suelo debajo de sus ojos allí donde hacía oración; sí, tú la escuchaste, Señor. Porque ¿de dónde si no aquel sueño con que la consolaste, viniendo por ello a admitirme en su compañía y mesa, que había comenzado a negarme por su adversión y detestación a las blasfemias de mi error?
En efecto, se vió de pie sobre una regla de madera y a un joven resplandeciente, alegre y risueño que venía hacia ella, toda triste y afligida. Éste, como le preguntase la causa de su tristeza y de sus lágrimas diarias, no por aprender, como ocurre ordinariamente, sino para instruirla, y ella a su vez le respondiese que era mi perdición lo que lloraba, le mandó y amonestó para su tranquilidad que atendiese y viera cómo donde ella estaba allí estaba yo también. Lo cual, como ella observase, me vio junto a ella de pie sobre la misma regla. ¿De dónde vino esto sino porque tú tenías tus oídos aplicados a su corazón, oh tú, omnipotente y bueno, que así cuidas de cada uno de nosotros, como si no tuvieras más que cuidar, y así de todos como de cada uno?
¿Y de dónde también le vino que, contándome mi madre esta visión y queriéndola yo persuadir de que significaba lo contrario y que no debía desesperar de que algún día sería ella también lo que yo era al presente, al punto, sin vacilación alguna, me respondió: «No me dijo: donde él está, allí estás tú, sino donde tú estás, allí está él?»” (III, 19-20).
Y no es sólo amor filial, sino que al parecer era notorio para cualquiera. Así se puede seguir leyendo:
“Porque todavía hubieron de seguirse casi nueve años, durante los cuales continué revolcándome en aquel abismo de barro y tinieblas de error, hundiéndome tanto más cuanto más esfuerzos hacía por salir de él. Entre tanto, aquella piadosa viuda, casta y sobria como la que tú amas, ya un poco más alegre con la esperanza que tenía, pero no menos solícita en sus lágrimas y gemidos, no cesaba de llorar por mí, en tu presencia, en todas las horas de sus oraciones, las cuales no obstante ser aceptadas por ti, me dejabas, sin embargo, que me revolcara y fuera envuelto por aquella oscuridad.
También por este mismo tiempo le diste otra respuesta, a lo que yo recuerdo –pues paso en silencio muchas cosas por la prisa que tengo de llegar a aquellas otras que me urgen más que te confiese y otras muchas porque no las recuerdo–; diste, digo, otra respuesta a mi madre por medio de un sacerdote tuyo, cierto Obispo, educado en tu Iglesia y ejercitado en tus Escrituras, a quien como ella rogase que se dignara hablar conmigo, para refutar mis errores, desengañarme de mis malas doctrinas y enseñarme las buenas –hacía esto con cuantos hallaba idóneos–, él se negó con mucha prudencia, por lo que he podido ver después, contestándole que estaba incapacitado para recibir ninguna enseñanza por estar muy inflado con la novedad de la herejía maniquea y por haber puesto en apuros a muchos ignorantes con algunas cuestioncillas, como ella misma le había indicado: «Dejadle estar –dijo– y rogad únicamente por él al Señor; él mismo leyendo los libros de ellos descubrirá el error y conocerá su gran impiedad». Y al mismo tiempo le contó cómo siendo él niño había sido entregado por su engañada madre a los maniqueos, llegando no sólo a leer, sino a copiar casi todos sus escritos; y cómo él mismo, sin necesidad de nadie que le argumentase ni convenciese, llegó a conocer cuán digna de desprecio era aquella secta y cómo al fin la había abandonado.
Mas como una vez dicho esto no se aquietara, sino que insistiese con mayores ruegos y más abundantes lágrimas para que se viera conmigo y discutiese sobre dicho asunto, él, cansado ya de su importunidad, le dijo: «Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida!, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas». Respuesta que ella recibió, según me recordaba muchas veces en sus coloquios conmigo, como venida del cielo.” (III, 20-21).
Agustín, finalmente, concluye cuanto Mónica se esforzó por él contra toda desesperanza con estas palabras: “Y es que tus manos, Dios mío, no abandonaban mi alma en el secreto de tu providencia, y que mi madre no cesaba día y noche de ofrecerte en sacrificio por mí la sangre de su corazón que corría por sus lágrimas.” (V, 13).
Si para San Agustín su madre Santa Mónica parecía un hombre en cuanto a la fe, a mí ahora él me parece un enano porque mantuvo, sin ser capaz de superarlo, tan pequeña y mezquina manera de pensar.
Y además nos coló el follón del pecado original. Menuda faena. Pero su madre, ¡ah!, su madre, menuda mujerona. Incluso mantuvo a raya, a base de paciencia y amor, al fiero de Patricio, su marido. Así está también escrito:
“Así, pues, educada pudorosa y sobriamente, y sujeta más por ti a sus padres que por sus padres a ti, luego que llegó plenamente a la edad de casarse fue dada [en matrimonio] a un varón, a quien sirvió como a señor y se esforzó por ganarle para ti, hablándole de ti con sus costumbres, con las que la hacías hermosa y reverentemente amable y admirable ante sus ojos. De tal modo toleró las injurias de sus infidelidades, que jamás tuvo con él sobre este punto la menor riña, pues esperaba que tu misericordia vendría sobre él y, creyendo en ti, se haría casto.
Era éste, además, por una parte sumamente cariñoso, por otra extremadamente vehemente; mas ella tenía cuidado de no oponerse a su marido enfadado, no sólo con los hechos, pero ni aun con la menor palabra; y sólo cuando le veía ya tranquilo y sosegado, y lo juzgaba oportuno, le daba razón de lo que había hecho, si por casualidad se había enfadado más de lo justo.
Finalmente, cuando muchas señoras, que tenían maridos más mansos que ella, traían los rostros afeados con las señales de los golpes y comenzaban a murmurar de la conducta de ellos en sus charlas amigables, ella, achacándolo a su lengua, les advertía seriamente entre bromas que desde el punto que oyeron leer las tablas llamadas matrimoniales debían haberlas considerado como un documento que las constituía en siervas de ellos; y así recordando esta condición suya, no debían ensoberbecerse contra sus señores. Y como ellas se admirasen, sabiendo lo feroz que era el marido que tenía, de que jamás se hubiese oído ni traslucido por ningún indicio que Patricio maltratase a su mujer, ni siquiera que un día hubiesen estado desavenidos con alguna discusión, y le pidiesen la razón de ello en el seno de la familiaridad, ella les enseñaba su modo de conducta, que es como dije arriba. Las que la imitaban experimentaban dichos efectos y le daban las gracias; las que no la seguían, estando esclavizadas, eran maltratadas”. (IX, 20).
Y la Iglesia, en lugar de atizarle una colleja, –cariñosa sí, pero colleja–, le hace santo y además doctor. Pero no me cabe ninguna duda de que Agustín llegó a ser lo que llegó a ser porque tuvo una mamá que se llamaba Mónica.


¡Hola! ¿Dan su permiso?



Villaseco del Pan 1927 - Valladolid 2013

Estoy seguro de que Manuela ha llamado en la puerta del cielo y ha hecho esa pregunta. Y estoy también convencido de que San Pedro se ha apartado a un lado para dejarla pasar.
Tal vez ha estado un rato esperando en alguna sala lateral a que alguien fuera a saludarla. Pero supongo que no demasiado, porque con toda seguridad o alguna persona del servicio o tal vez el mismísimo Padre Eterno ha bajado de su lugar de residencia a acogerla.
Y por lo mismo, puedo casi aseverar que en cuantito se la ha echado a la vista, haya sido abajo en el recibidor o arriba en su residencia habitual, la ha acogido con un abrazote de esos que abarcan por completo al abrazado y hasta es posible que sin dejar que ella abriera la boca le ha soltado de corrido: «Ven a mis brazos, Manuela. Tenía tantas ganas de verte cara a cara. Déjame que te agradezca todo lo que me has hecho a lo largo de tu vida». Y como Manuela se quedara con los ojos espetellados de puro asombro, continuaría oyéndole decir: «Sí, porque cuántas veces me saludaste a pesar de mi aspecto descuidado; qué de veces me diste de comer; cómo me alegrabas cuando ibas a visitarme; no te haces idea lo que suponía para mí que me abrieras tu casa y me invitaras a sentarme junto al hogar de tu cocina; no fuiste a la cárcel, donde me encerraron tantas veces, pero sabía que tú pensabas en mí y sentías piedad y lástima por mi sufrimiento; muchas veces pasé por tu calle y tú al verme siempre me invitaste a un vaso de agua y un rato de descanso bajo la parra de tu patio. No me vestiste ninguna vez, pero no hizo falta, además tampoco tenías con qué, porque tu vida ha estado llena de trabajos y privaciones que no te han permitido tales dispendios. Me diste tantas cosas…»
Seguro que Manuela ha intentado replicar que ella nunca… no se acuerda de que eso le haya pasado jamás… que qué cosas se le ocurren a este señor tan importante decirle a ella que es una mujer tan pequeña e insignificante…
En fin, que hoy hemos despedido a Manuela y hemos podido constatar que ha dejado todo nuestro pequeño mundo sembrado de serenidad y humilde alegría. Y agradecimiento.

¿Y ahora quién es el que se pasa?



Que me paso muchas veces y más allá de lo que me debiera ser permitido, lo sé. Que incluso peco de temerario, soy consciente. Y de que estaría mejor callado que hablando, o escribiendo, pues también. Pero ¿es que los demás no hacen lo mismo e incluso a veces más que yo?
Esto es lo que vengo pensando de vuelta de mi rato con los residentes de La Arbolada. Allí he disfrutado de la santidad de unas personas recluidas de por vida, la que les quede, y no sabiendo si hoy es San Fermín y hay jarana en Pamplona, o si la rojilla palmó frente a Uruguay, o si a Bárcenas le llegará para pagar esa fianza tan bestial que suman tantos millones de euros. A ellos y ellas ya estas cosas ni les va ni les viene, porque su día a día discurre por senderos de pequeñas rutinas y necesidades básicas.
Aunque suena a música celestial, en algunos lugares anuncian, con la parafernalia habitual de milagros y tal, la inminente canonización de unas personas por haber cumplido el canon de las preceptivas estipulaciones. Según para quien, todas ellas están en el mismo bando o en equipos no sólo diferentes sino incluso enfrentados. Suenan Álvarez del Portillo, Pablo VI, Juan XXIII, Monseñor Romero y Juan Pablo II. Todos ellos varones, linajudos, a quienes la santidad se les supone por el cargo, que ahora podrían convertirse en modelo a imitar por cualquier ser humano plebeyo e iletrado.
A mí, esta manera de hacer las cosas no me parece correcta. Y no digo más, que ya lo dijo San Pablo, el de Tarso, hace ya demasiado tiempo como para haber perdido rigor: Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es circuncisión o incircuncisión, sino una criatura nueva. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.” (Gálatas (6,14-18)

Macho, te has pasao




No lo dijo así, que el señor Guerrero no utiliza expresiones tan “compadriles”. Se expresó mucho mejor y con más “fineza”. Él no estaba de acuerdo con lo que yo pensaba y “enseñaba”. Y suponía, que ya es mucho suponer, que cuando hablo pretendo enseñar, y no es así ni mucho menos.
Esto fue hace un año, por esta misma fecha, cuando al comentar la festividad de Todas las Santas y todos los Santos, me incliné por indicar que de santidad todos estamos pringados, y que no podemos librarnos de ella, no precisamente por nosotros, sino por quien y en quien somos y existimos.
Y añadí aún más: el famoso y muy utilizado texto del Evangelio de San Mateo, capítulo veinticinco, donde se habla de un juicio en el que unos son apartados como cabras, a la izquierda por supuesto, y otros como ovejas, a la derecha como corresponde, es cualquier otra cosa, pero no un juicio. O si decidimos que sí lo es, la sentencia siempre es absolutoria.
Atrevido, me llamó, y creo que incluso pensó que errático y equivocado. Pero como me quiere, que lo sé, no pasó de ahí.
El caso es que entre las personas religiosas, y entre católicas especialmente, se cree que de absolución general nada de nada. Que lo han dicho los obispos. Que aquí cada quien se las verá, y tendrá que aducir pruebas para aprobar; en caso contrario, no hay repetición, hay condenación.
Claro que los obispos hablan de una cosa, de la forma de celebrar el sacramento de la penitencia, y este asunto trata de lo que trata; es decir, de si vamos a confiar y así salvarnos, o vamos a ser unos desconfiados, y nos condenaremos, tal y como dramatizó tan magistralmente Calderón de la Barca.
Guardo un precioso texto de mis tiempos en que aún estudiaba que conservo como oro en paño. Y lo rescato del papel para situarlo en el ciberespacio. Es de Hans Küng, y se trata de esto:
Purificación, acrisolamiento, liberación, iluminación: Tal vez aquí pudiera residir, y mi única pretensión es que se tomen en consideración estos pensamientos, la particula veri, el núcleo de verdad de una representación tan problemática como la del purgatorio. ¡El verdadero núcleo, que únicamente sigue siendo verdadero si la representación no se cosifica!”
“Todo hombre, aun el mejor, queda a la zaga de sí mismo, de sus propias pretensiones y normas, y nunca las recupera por completo. Para ser plenamente él mismo, hasta el «santo» necesita perfeccionamiento, y no después de la muerte, sino en la misma muerte. Y no sin razón mucha gente, a la vista de tanta culpa insatisfecha en este mundo, se pregunta: ¿Cómo puede ser que el morir hacia el interior de Dios, la realidad última de todas, sea para todos igual: igual para los criminales y sus víctimas, para los asesinos de masas y la masa de los asesinados, para quienes durante toda su vida se han esforzado por cumplir la voluntad de Dios sirviendo verdaderamente a su prójimo y quienes no han cesado de hacer su santa voluntad en detrimento de los demás? No; la transformación del rojo escarlata de la culpa -por decirlo con palabras del profeta- en el blanco de nieve del perdón no es cosa que competa al hombre culpable, o que se asemeje a una consumación puramente automática con que todo el mundo, sin hacerse responsable de la vida anterior, como quiera que haya sido ésta, puede tranquilamente contar. Al contrario, la manera como debe realizarse tal responsabilización, purificación y acrisolamiento no queda a merced de la curiosidad especuladora de los hombres, sino que compete en exclusiva al Dios que juzga benévolamente: es el último y omnicomprensivo acto de gracia de Dios”.
“Pues el hombre muere entero, con cuerpo y alma, como unidad psico-somática. (…) Pues lo decisivo es que el hombre al morir no entra en la nada, sino en Dios, en la eternidad de su «ahora» divino, que hace irrelevante para el que muere la distancia temporal de este mundo entre la muerte personal y el juicio final. La condición temporal del hombre queda ahora consumada en la definitiva de Dios. Razón tiene Karl Barth al decir: «El hombre como tal no tiene un más allá, ni necesita tenerlo; Dios es su más allá. Que Dios mismo, en cuanto creador, aliado, juez y salvador del hombre, haya sido ya en vida su fiel «frontero» y en la muerte lo sea de manera definitiva, exclusiva y total y nunca deje de serlo, eso es el más allá del hombre. Ahora bien, el hombre como tal tiene condición de aquendidad, es un ser que termina y muere, y un día, por tanto, no habrá de ser más que lo que aún no ha sido. Que él, en cuanto alguien así sido, será no nada, sino partícipe de la vida eterna de Dios, ésta es la promesa que se le brinda en su situación frontera con Dios, ésta es su firme esperanza y seguridad. Así, pues, el contenido de esta esperanza no es la liberación de su aquendidad, del hecho de terminar y morir, sino algo positivo: la glorificación inminente -por obra de Dios- de su naturaleza, de su condición de aquendidad, de su condición natural perecedera y mortal». Morir hacia el interior de Dios, como es visto, no debe entenderse en sentido platónico o aristotélico-tomista como una separación del cuerpo y el alma, sino como un acto de consumación que juzga benévolamente, que purifica, ilumina y salva: ¡así, por obra de Dios, el hombre se torna plena y enteramente hombre, es decir, es «salvo»! El purgatorio del hombre es Dios mismo en el furor de su gracia: la purificación es el encuentro con Dios, en cuanto que tal encuentro juzga y acrisola al hombre, pero también lo libera e ilumina, lo salva y perfecciona”. (¿Vida eterna? Respuesta al gran interrogante de la vida humana. Ediciones Cristiandad).
Ya se comprende, según lo entiendo y compruebo que no sólo yo, que la santidad está como desvaída, y que por más que miramos a la gente no encontramos sino defectos, fallos y maldades, aunque a veces nos deslumbren destellos de humanidad que por elevación, a veces y sólo a veces, adjetivamos como santos. ¿Santos? ¿Cómo llamar santa a la vecina que deja que su perro orine en la esquina de mi puerta? ¿Cómo considerar santo al explotador, torturador y homicida? ¿Santo el que ahora banquetea alegre, ajeno al hambre de los que ha desprovisto de ropa y comida?
Así mirado, no hay salvación para ningún ser humano.
Pero no es nuestro juicio el que cuenta, sino el mirar de Dios, el juicio justo que él emite.
Y a partir de esta gran palabra, escrita por San Pablo, «Y cuando el universo le quede sometido, entonces también el Hijo se someterá al que se lo sometió, y Dios lo será todo en todo» (1 Cor 15, 28), concluye Hans Küng su libro con estas palabras finales:
Dios todo en todo: Yo puedo abandonarme a la esperanza de que en el ésjaton, en lo último, en el reino de Dios, será superado el extrañamiento de Creador y criatura, hombre y naturaleza, logos y cosmos, como también la división en más acá y más allá, arriba y abajo, sujeto y objeto. Entonces Dios estará no sólo en todo, como ahora, sino verdaderamente todo en todo, transformándolo todo en sí mismo y dando a todos parte en su vida eterna en ilimitada, infinita plenitud. «Pues -como dice San Pablo en la carta a los Romanos- de él y por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos» (Rom 11, 36)”
Dios todo en todo: Nadie podría expresarlo mejor, me parece, que el vidente del Apocalipsis, en las últimas páginas del Nuevo Testamento. Allí, presentadas en extraordinaria forma poética (entramado de liturgia cósmica, júbilo nupcial y plácida felicidad), se encuentran unas frases de promesa y esperanza, con las que quisiera concluir estas lecciones sobre la vida eterna: «Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar (lugar del caos) no existía ya. Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres; él habitará con ellos y ellos serán su pueblo; Dios en persona estará con ellos y será su Dios. Y enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni luto, ni llanto ni dolor, pues lo de antes ha pasado» (Apoc 21, 1-4). De modo que no sólo habrá vida en la luz del Eterno, sino que la luz del Eterno será nuestra vida y su reinado nuestro reinado: «Lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. Noche no habrá más, ni necesitarán luz de lámpara o de sol, porque el Señor Dios irradiará luz sobre ellos y serán reyes por los siglos de los siglos» (Apoc 22, 4s).
Si esta es la perspectiva correcta, si a esto estamos abocados y enfilados, libres por supuesto pero “tutelados” por la mano divina, ¿cómo no celebrar este día de hoy por todo lo alto?
¡Felicidades, Santas y Santos, Todxs Santxs!

San Agustín, antes cocinero que fraile



San Agustín en su estudio. Sandro Boticelli, 1840


Agustín de Hipona no se cayó de ningún caballo. Fue su santa madre, Mónica, quien lo devolvió al sentido de la vida. Y no es que él estuviera fuera, que vivió a tope lo que le dio la gana y cuanto pudo. Él mismo lo cuenta, fue un vividor. Se quiso emborrachar de vida; incluso, al decir de sus hagiógrafos, aún viendo que aquello no le llevaba a ninguna parte, atrasó todo lo que pudo asesar. Y aguantó así hasta que ya sus fuerzas se agotaron y se dejó hacer.
A partir de ese momento fue otra persona, al menos eso es lo que dicen. Y ya fue todo de corrido.
Hoy, que es su día, me permito recordar alguna cosilla suya, no por merecer; sino por gusto, por puro placer.

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera: Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste y me abrasé en tu paz.
(Confesiones X, 38)

* * *

Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
(Confesiones I, 1)

* * *

Tú, Señor, eres lo más interior de lo más íntimo mío y lo más superior de lo más supremo mío.
(Confesiones VII, 11)

* * *

Entonces, un precepto breve: Ama y haz lo que quieras; si te callas, hazlo por amor; si gritas, también hazlo por amor; si corriges, también por amor; si te abstienes, por amor. Que la raíz del amor esté dentro de ti y nada puede salir sino lo que es bueno.
(Homilía VII, párrafo 8; Carta de San Juan)

* * *

En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad.
(La cita Juan XXIII en su Encíclica “Ad Petri Cathedram”, de 29 de junio de 1959, como atribuida a varios autores, si bien de inspiración agustiniana. No se encuentra literalmente en sus escritos. Lo que más se aproxima a esta frase es esta otra:
Homines bonos imitare, malos tolera, omnes ama,
Catequesis a los principiantes 27, 55)

* * *

Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas.
(De natura et gratia 43, 50)

* * *

En esta vida somos caminantes. ¿Me preguntáis qué es caminar? Avanzar siempre, debes estar siempre descontento de lo que eres, si quieres llegar a ser lo que no eres. Si te complaces en lo que eres, ya te has detenido allí. Y si te dices: “Ya basta”, estás perdido. Vete siempre sumando, camina siempre, avanza siempre, no quieras quedarte en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se detiene el que no adelanta, vuelve atrás el que retorna a las cosas que ya dejó; se desvía el que pierde la fe. Más seguro anda el cojo en el buen camino que el corredor fuera de él.
(Sermón 169, 18)

* * *

Los hombres salen a hacer turismo para admirar las crestas de los montes, el oleaje proceloso de los mares, el fácil y copioso curso de los ríos, las revoluciones y los giros de los astros. Y, sin embargo, se pasan de largo a sí mismos.
(Confesiones X, 15)

* * *

Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti.
(Me ha sido imposible confirmar esta cita, repetida hasta la saciedad, pero sin referir el lugar donde la pudiera haber dejado escrita San Agustín. He encontrado esta otra frase, bastante semejante, que al parecer pertenece a San Ignacio de Loyola,
Actuar como si todo dependiera del hombre, confiar como si todo dependiera de Dios.
Este principio no aparece en los escritos de San Ignacio. Es de tradición oral y procede de una colección de máximas ignacianas publicada por un jesuita húngaro, Gabriel Hevenesi, en 1705, con el título de Scintillae Ignatianae, según comenta Luis González-Carvajal Santabárbara en Esta es nuestra fe: Teología para Universitarios. Benedicto XVI también lo cita en el Ángelus del 17 de junio de 2012 tomándolo de Pedro de Ribadeneira [Toledo, 1526 - Madrid, 1611], Vida de San Ignacio de Loyola)

Personalmente me gusta más el Agustín de la primera hora, el joven casquivano y juerguista, jaranero y viajador. Que luego se volvió un poco muermo y llegó a santo porque no tenía alternativa; rodeado de tantos santos, tuvo que llegar él también a la santidad. Trató con San Ambrosio, con San Jerónimo, con San Marcelino, con San Alipio, con San Simpliciano y con San Posidio, además de con Santa Mónica, su madre. Y su hijo Adeodato y su hermano Navigio no lo son porque vaya usted a saber qué examen no pasaron. En la segunda etapa de su vida se volvió demasiado serio, y en disputas con Pelagio nos encasquetó el pecado original y el bautismo a los infantes, y habló mucho de la concupiscencia; y de todo lo demás tanto y tanto, pero de una manera tal, que hoy no podemos seguirle en todo por más santo que sea, que lo es.
Hay una frase suya que me gusta especialmente:
«En la aurora de mi juventud, te había yo pedido la castidad, pero sólo a medias, porque soy un miserable. Te decía yo, pues: 'Concédeme la gracia de la castidad, pero todavía no'; porque tenía yo miedo de que me escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad y lo que yo quería era que mi lujuria se viese satisfecha y no extinguida.» (Confesiones VIII, 17)

Muy bueno me parece ese “todavía no” en plan plegaria.
Eso es fe, y lo demás son zarandajas. Y espero que esto a nadie moleste, que son al fin y al cabo mis modestas y personales opiniones.

Consideraciones posteriores a su publicación.
A San Agustín me tocó estudiarlo, como a Santo Tomás. Son, no dos pilares, sino los dos pilares de la ciencia occidental a través de los cuales nos ha llegado todo desde los orígenes. En el principio del saber están, por un lado Aristóteles, por el otro Platón. Ellos, el de Aquino y el de Hipona, aprovecharon esa ciencia para intelectualizar la fe cristiana, hacerla razonable, interpretándola de manera que no se quedara en fideísmo. Creer pide entender, exige razonar, consiente y estimula buscar e investigar. Y eso hicieron ellos y nos lo transmitieron, dando lugar a dos corrientes distintas pero no enfrentadas, rivales pero no enemigas: la escolástica y el agustinismo.
De San Agustín aprendí que antes hay que ser cocinero que fraile, para no hablar de lo que sea sin antes haberlo comido, rumiado y digerido. Así que eso es un punto a su favor.  Pero tiene otras cosas que… mejor no nombro.
En fin, que San Agustín es mucho; por eso, mejor tomarlo de pocos a pocos.
Te he buscado según mis fuerzas
y anhelé ver con mi inteligencia,
lo que creía con la fe.
Disputé y me afané.
Óyeme, Dios mío,
única esperanza mía,
para que no sucumba al desaliento
y deje de buscarte.
Tú que hiciste que te encontrara
y me has dado esperanzas
de un conocimiento más perfecto.
Ante Ti está mi firmeza y mi debilidad;
sana ésta, conserva aquélla.
Ante ti está mi ciencia y mi ignorancia;
si me abres, recibe al que entra;
si me cierras, abre al que llama.
Haz que me acuerde de Ti;
te comprenda y te ame.
Acrecienta en mí estos dones
hasta mi conversión completa.
(La Trinidad 15, 28, 51)

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