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Entre lo que uno mismo piensa…

lo que trajina para darle expresión, lo que articula mediante la palabra dicha o escrita… y lo que otra persona entiende, puede haber una distancia sideral. Y esto no depende del lugar físico en el que se encuentren, o no sólo, ambos; aquí la geografía puede tener su importancia, pero no deja de ser algo secundario. Decisivo es el lugar mental de cada quien, tanto del agente emisor como de la parte receptora.


Digo esto a cuento de unas frases del papa Francisco que ya están recorriendo el éter. Si un día dijo «los corruptos son el anticristo», al siguiente insistió «la hipocresía es la lengua de los corruptos». Inmediatamente han empezado a utilizarse para confirmar coincidencias o desavenencias. Mientras para una porción de escuchas se trata de un juicio condenatorio contra la corrupción en la vida política y social, para otra porción no menos importante se refiere a quienes dentro del ámbito eclesial tratan de medrar buscando su propio interés; pero también hay quien considera que el papa se refiere a otros asuntillos que, –¡oh cielos, ya lo habíamos advertido y aquí todo sigue igual!–, ya fueron rechazados con anterioridad porque identifican a quienes “quieren vivir su fe desde la modernidad, respetando la autonomía del mundo y fundando su ética y su acción en el mundo «como si Dios no existiese»”.
Espero que sea él mismo, Francisco en persona, quien avisado de las posibles significaciones e interpretaciones de sus palabras, reafirme incluso con gestos su pensamiento. Es mi opinión que ya lo está haciendo. Pero claro, cada quien entiende lo que quiere… o lo que puede.
Eso mismo le pasó a Juan XXIII, cuyo 50º aniversario celebramos ayer. Y es bueno recordar que cuando a él le ocurría algo semejante, solía ser contundente. Dijo que habría concilio, y lo hubo. Dijo que pastoral, y la hubo. Dijo que universal, y lo fue. Mandó callar a la curia… (aquí no sé si le hicieron demasiado caso), y los obispos y los teólogos hablaron. Y más importante, dejó que el Pueblo de Dios se expresase. Y más cosas, que ahora resultaría prolijo enumerar.
No tengo que ir muy lejos para hablar sobre este particular. También a mí me suele ocurrir, que pensando una cosa, al traducirla a formas de expresión, se entiende de diverso modo. ¿Ha dicho blanco o negro? ¿Quiere que hablemos o que callemos? ¿Permite o no permite? Suele ser más frecuente la salida socorrida de “no le entendí”, “en ese momento estaba un niño gritando y no oí nada”, “es que me olvidé las gafas de leer”…
Por eso mismo suelo escribir lo que quiero comunicar, aunque luego levante la mirada y me salga lo que no está en el papel aunque sí en mi pensar y sentir. Por eso también, cuando me piden que dé lo que he dicho, respondo que no lo sé, tampoco lo tengo; y es la verdad.
Compruebo que también en Internet sucede algo semejante. No hay más que recorrer blogs y leer comentarios. Enseguida se comprueba cuánto difiere el texto original de quienes se acercan, leen y opinan.
Terror me produce cuando en algunas reuniones, y tras haberme expresado a mi manera, alguien interviene diciendo “estoy de acuerdo contigo…” para continuar diciendo de su cosecha algo tan diferente y alejado a mis ideas que no hay forma de medir la distancia que nos separa.
Sí, el lenguaje escrito o hablado, incluso el corporal, también sirve para separar y distanciar. Es una auténtica pena.

Sigo perdido, pero con rumbo


Camino carretero hacia Peñalba de Santiago, en el Bierzo. León

Ignacio era el Director. Sí, señor Director. Así le respondí muchas veces, y siempre me lo aceptó con su humor madrileño y señorito. Menchu, Maribel y Jesús su marido, Ezequiela y yo, junto con el señor Director, formábamos el grupo de profesores internos. El resto, una lista igual de larga, los externos. Estos cobraban más que nosotros, a pesar de trabajar menos y dormir en casa. Trabajaban por horas. Nosotros a destajo.
Recuerdo esto ahora, porque en una entrada sobre El Instituto Rural El Pino que hice va para dos años, alguien recuerda ahora que por entonces le llamaba la atención lo perdido que andaba yo como profesor. Le he respondido que caminaba a tientas y me paraba en mal asiento. Y perdido, claro que sí.
Licenciado en Teología y cura recién ordenado, cursé Estudios Empresariales porque no me dejaron que hiciera Económicas. No es que la economía me interesase, es que sabía que iba a ser necesario conocer el mundo financiero y económico si quería saber en qué mundo me metía. Otros compañeros se decantaron por el Derecho, la Historia, la Filosofía o la Literatura Griega. No. No estaba en mis pretensiones encerrarme ante un alumnado, y, de espaldas a él, dibujar en la pizarra curvas y gráficas de la oferta y la demanda, para después girarme y hacerle ver que el mercado por sí solo no se autorregula ni controla. Ya sabía yo que ese modelo era pura idea. Ni el dinero ni el mercado tienen ética; menos aún moral. Hasta Keynes llegó a decirlo, cuando la crisis del veintinueve.
Y cuando me ofrecieron trabajar de docente en El Pino, acepté para, con la oportunidad de dar asignaturas de FP2 Agraria para las que estaba suficientemente capacitado, hacer con aquel conjunto juvenil de procedencia rural lo mismo que había hecho en el pueblo donde me debatí como gato panza arriba ante un mundo tradicional de profundas raíces religiosas, ¿o era un mundo religioso de profundas raíces tradicionales? No, era una raíz profunda de tradiciones mundanas y religiosas. Allí conecté fácilmente con la población juvenil, y no tanto con los adultos. Pero ahora, visto en la distancia, creo que ellos siguieron su camino, el que tenían que seguir porque no había otra; y yo seguí el mío, porque tenía que ser así, o así lo decidí.
El caso es que apenas transcurrido el primer trimestre, en Navidad, me quedó bastante claro que en aquel centro de estudios no pintaba demasiado. Dar clase no me gustaba, no me gusta. No lo hacía mal, pero no entusiasmaba. Lejos de tener al lado un establo, un gallinero, una huerta, o un criadero de cerdos de engorde, la pura teoría que allí se daba se perdía entre las ganas de huída de unos y el contagio de los alicientes urbanos.  Ni un mal engarce pude hallar, e intentos hice, vaya que sí.
Así pues, cuando X me soltó en aquella reunión del claustro que ya podía descansar porque había “encontrado una comunidad”, al principio no entendía; luego ya sí.
El Pino que yo me encontré no se podía llamar ni siquiera comunidad educativa. Si antes lo fue, dejó de serlo. Y los que estábamos entonces no supimos o no pudimos recuperarla.
A ello se añadía la escasez de medios, la soledad absoluta, la falta de conexión con la red de colegios rurales diseminados por la ancha geografía española, la ineptitud de los cargos directivos centrales…
Desde que dejé El Pino la siguiente parada y fonda fue La Cañada. Y esa duró, y se amplió y se fue transformando; y sigue en proceso.
Claro que entonces nadie sabía qué era o dónde estaba eso de la cañada. Ahora toda la ciudad ha oído hablar de El Peral, como no hace mucho ocurría lo mismo con Valparaíso.
Pero así son las jugadas de la vida. ¡La muy puñetera!
Y por supuesto, si no perdido, continúo buscando…
Cementerio, exterior e interior. Manzanedo de Valdueza. León

Otra noche preparando un examen



Hay un señor, un hombre quiero decir, que ha dedicado toda su vida a construir casas. Ya era albañil en su pueblo, y luego también lo fue en la emigración. Los franceses, le llaman al grupo al que pertenece. Y son muchos por aquí, todos emparentados, salmantinos de junto a la raya, próximos a una villa de tronío, Ciudad Rodrigo. ¡Qué tiempos aquellos!
Este hombre quiere dejar de trabajar, que ya cumplió. Ahora dice que se hace hortelano en su tierra, que tiene parcela. Y como no lo aprendió de joven, quiere saber ahora de mayor. Y me pregunta a mí, ¡qué cosas! ¿no? En este mundo tal parece que las cosas no son lo que parecen, sino cualquier otra cosa.
Está visto que no puedo dejar los libros. Voy a ver qué tengo entre mis cosas sobre esa ciencia antigua, la horticultura. Seguro que los romanos algo escribieron sobre este particular.
¡Ahora que recuerdo! Hará unos veinte años otro paisano del barrio quiso poner invernadero como último recurso para salir del atolladero del paro. Entre maquinaria y urbanizaciones, le habían quitado el poco trabajo que siempre o nunca tuvo; sabía de entresacar remolacha, cosechar patatas, regar aquí y allí, segar alfalfa, en fín, esas cosas que por aquí siempre se dieron. No tenía parné. Vino a hablar conmigo de pedir subvención. Me enteré. Exigían un estudio detallado del asunto. Pedí ayuda a Ignacio, profesor de la materia. Vino un día con un montonarro de papeles. Aquella noche entera la pasé revisando proyectos de alumnos de INEA(1), y con todo ello inventé uno. Le dieron la subvención, pero yo no aprendí nada.
Ahora sigo sin saber; pero puesto que me preguntan, para responder volveré a estudiar. Algo tendré que decir.
De lo que tampoco sé y no puedo decir nada relevante es de lo que habla este otro señor, Ángel García Forcada. Pero si lo dice él y aquellas mujeres siguen entonando cantos, entonces tiene razón Juan Navarro en que el ser humano es lo más maravilloso que podemos encontrarnos, aunque necesite –necesitemos– un empujoncito para reconocerse y reconocerlo. Y también tiene razón, aunque se exprese con cierto empalago para mi gusto, José Arregui; lo dulce no quita lo profundo.
Callaré, pues, y sólo apuntaré una cosa más para terminar: algo tan valioso como el ser humano es, sin embargo, sumamente delicado y frágil y o se le cuida o puede destruirse. Anna Jorba así lo avisa.


* * *

Mientras tecleo estas líneas llega la noticia de que ETA abandona las armas. Quiero creerlo, pero me cuesta. Deseo pensar limpiamente, y no lo consigo. Necesito asegurarme de que no hay truco, y me salen sin forzarlos muchos, demasiados. A estas alturas ¡cómo fiarse de su palabra!

Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... ¡La caravana pasa!
Rubén Darío
 
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
(1) Instituto Nevares de Empresarios Agrícolas. Actualmente rebautizado como Escuela Universitaria de Ingeniería Agrícola INEA, dependiente de la Universidad de Valladolid. [http://www.inea.uva.es/]

Cerrado

A la hora habitual me acerco, llamo y espero. Tardan, pero al fin se abre la puerta, y alguien en bata y al parecer recién salido de la cama me mira sorprendido. «Ya no está aquí, desde el viernes está en la residencia».

Me despido y me vuelvo a casa.

Me lo había avisado; sabía que casi con toda seguridad tendría que marchar a la residencia porque su situación personal y familiar no permitía otra salida. Sin embargo, yo, en una actitud que me es muy propia de cerrar ojos y oídos ante lo que no entiendo y quiero que no sea, no cambié y continué como siempre, con la vana pretensión de que todo siguiera siendo igual.

Otra vez volví a darme de lleno en los morros.

Esto fue la semana pasada. Volvió a repetirse el mismo gesto de ningunearme, de hacerme invisible a sus ojos. Si no me quisieron avisar cuando murió él, ahora tampoco han querido informarme de la marcha de ella.

Tal vez ahora se encuentre en mejor lugar, aunque le cueste quizás un poco acomodarse a la nuestra situación. O tal vez no.

Paso página, y sigo mi camino.

¿Que dónde me pongo yo? Aquí, por supuesto; ¡dónde si no!


Ello es que el lugar donde me pongo...


Ello es que el lugar donde me pongo
el pantalón, es una casa donde
me quito la camisa en alta voz
y donde tengo un suelo, un alma, un mapa de mi España.
Ahora mismo hablaba
de mí conmigo, y ponía
sobre un pequeño libro un pan tremendo
y he, luego, hecho el traslado, he trasladado,
queriendo canturrear un poco, el lado
derecho de la vida al lado izquierdo;
más tarde, me he lavado todo, el vientre,
briosa, dignamente;
he dado vuelta a ver lo que se ensucia,
he raspado lo que me lleva tan cerca
y he ordenado bien el mapa que
cabeceaba o lloraba, no lo sé.

Mi casa, por desgracia, es una casa,
un suelo por ventura, donde vive
con su inscripción mi cucharita amada,
mi querido esqueleto ya sin letras,
la navaja, un cigarro permanente.
De veras, cuando pienso
en lo que es la vida,
no puedo evitar de decírselo a Georgette,
a fin de comer algo agradable y salir,
por la tarde, comprar un buen periódico,
guardar un día para cuando no haya,
una noche también, para cuando haya
(así se dice en el Perú — me excuso);
del mismo modo, sufro con gran cuidado,
a fin de no gritar o de llorar, ya que los ojos
poseen, independientemente de uno, sus pobrezas,
quiero decir, su oficio, algo
que resbala del alma y cae al alma.

Habiendo atravesado
quince años; después, quince, y, antes, quince,
uno se siente, en realidad, tontillo,
es natural, por lo demás ¡qué hacer!
¿Y qué dejar de hacer, que es lo peor?
Sino vivir, sino llegar
a ser lo que es uno entre millones
de panes, entre miles de vinos, entre cientos de bocas,
entre el sol y su rayo que es de luna
y entre la misa, el pan, el vino y mi alma.

Hoy es domingo y, por eso,
me viene a la cabeza la idea, al pecho el llanto
y a la garganta, así como un gran bulto.
Hoy es domingo, y esto
tiene muchos siglos; de otra manera,
sería, quizá, lunes, y vendríame al corazón la idea,
al seso, el llanto
y a la garganta, una gana espantosa de ahogar
lo que ahora siento,
como un hombre que soy y que he sufrido.



De: Poemas humanos


CÉSAR VALLEJO


     A poco de comenzar agosto me hice una pregunta a propósito de un azulejo. Era la cuestión de en qué lugar me he poner, o me colocan, o dónde estoy mejor o molesto menos. Porque uno ya no sabe si el lugar lo pone uno mismo, se lo ponen otras personas o si es la suerte o el azar el que, como el arquero ciego y tuerto, dispara sin apuntar y atina sin acertar. A la postre, pensaba yo, y al tiempo recordaba a Calderón, si era vana desazón el darle vueltas a esto, que al final de todo resulta que es un sueño, donde nada es verdad ni es mentira, pero del que uno se despierta a la realidad, y se encuentra descalabrado.
«Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende. »

     A vueltas todo el mes me he pasado buscando el dónde, y no lo he encontrado.  Tampoco me he molestado demasiado, la verdad. Que también recuerdo aquello de que no ocupes el primer puesto cuando te inviten, no sea que venga luego alguien a decirte, deja el puesto para otro que tu sitio está  algo más atrás. (cfr. Evangelio de Lucas 14, 7-11)
     Si fuera como debiera, para acertar tendría que ocupar el lugar que Él ocupó: «Yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Evangelio de Lucas 22, 27). Porque «si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros» (Evangelio de Juan 13, 14). Pero no me engaño, no lo soy. De modo que seguí buscando. Fue inútil, no lo encontré. Quizás necesite algo más de tiempo.
     Pero sí hallé este poema que habla del domingo, tal que ayer. Es de César Vallejo, cuya vida es conocida por todo el mundo, menos por mí. Por eso he acudido a las fuentes y esto me han dado:

(Santiago de Chuco, 1892 - París, 1938) Escritor peruano. César Vallejo es acaso una de las figuras de mayor relieve dentro del vanguardismo hispánico. De origen mestizo y provinciano, su familia pensó en dedicarlo al sacerdocio: era el menor de los once hermanos; este propósito familiar, acogido por él con ilusión en su infancia, explica la presencia en su poesía de abundante vocabulario bíblico y litúrgico, y no deja de tener relación con la obsesión del poeta ante el problema de la vida y de la muerte, que tiene un indudable fondo religioso.
Vallejo hizo los estudios de segunda enseñanza en el Colegio de San Nicolás (Huamachuco). En 1915, después de obtener el título de bachiller en letras, inició estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Trujillo y de Derecho en la Universidad de San Marcos (Lima), pero abandonó sus estudios para instalarse como maestro en Trujillo.
En 1918 César Vallejo publicó su primer poemario: Los heraldos negros, en el que son patentes las influencias modernistas, sobre todo de Julio Herrera y Reissig. Esta obra contiene, además, muestras de lo que será una constante en su obra: la solidaridad del poeta con los sufrimientos de los hombres, que se transforma en un grito de rebelión contra la sociedad.
Acusado injustamente de robo e incendio durante una revuelta popular (1920), César Vallejo pasó tres meses y medio en la cárcel, durante los cuales escribió otra de sus obras maestras, Trilce (1922), que supone la ruptura definitiva con el modernismo y con el nacionalismo literario.
En 1923, tras publicar Escalas melografiadas y Fabla salvaje, César Vallejo marchó a París, donde conoció a Juan Gris y Vicente Huidobro, y fundó la revista Favorables París Poema (1926). En 1928 y 1929 visitó Moscú y conoció a Maiakovski, y en 1930 viajó a España, donde apareció la segunda edición de Trilce. De 1931 son su novela Tungsteno y el cuento de Paco Yunque, y un nuevo viaje a Rusia. En 1932 escribió la obra de teatro Lock-out y se afilió al Partido Comunista Español. Regresó a París, donde vivió en la clandestinidad, y donde, tras estallar la guerra civil, reunió fondos para la causa republicana.
Entre sus otros escritos destaca la obra de teatro Moscú contra Moscú, titulada posteriormente Entre las dos orillas corre el río. Póstumamente aparecieron Poemas humanos (1939) y España, aparta de mí este cáliz (1940), conmovedora visión de la guerra de España y expresión de su madurez poética. Contra el secreto profesional y El arte y la revolución, escritos en 1930-1932, aparecieron en 1973.

(Tomado, sin permiso previo, pero supuestamente concedido si ha el caso, de http://www.biografiasyvidas.com/biografia/v/vallejo.htm)

Si hay que cantar, se canta


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiJSBZH9mF4_1_-HKGbLFQnvqcbC12IIiWwb3KFbFsZE74580QdUy9uLKFG7y-PgCSKZylYw8gepKnpBf1Kw-Xrd8kwOjjsXcqfQEuZ1EpMkezRiP0I4pUq4NmmTP4O799wDFk4OUXN54I/s1600/pendon+de+castilla.gifEn aquel centro de estudios agrarios todo era posible. Algún día me pondré a contar… Como cuando vino Juanjo, el profe de dibujo y otras artes a pedirme que le liara un peta. Se lo lié y quedó tan encantado que raro era el día que no me lo volvía a pedir. [Si se llega a enterar mi madre, me arrea un alpargatillazo, seguro que lo hace]. Se le dilataban las pupilas y se hacía aún más parlanchín, pero perdía la gracia que de natural tenía. Era el anarquista de la tropa, y conmigo, el cura, formaba un tándem muy singular.

Pero no, ahora no es esta mi intención sino esta otra.


Resulta que el claustro, es un decir, porque sólo éramos ocho, sin contar a la cocinera y ama de casa, Ezequiela, que lo mismo guisaba que nos ponía los puntos sobre las íes, decidió que habíamos de dedicar atención a la cosa de la formación artística para relacionarnos con gente de fuera, y participar en eventos lúdicos y de tiempo libre, je, je.
https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjEZWxL3-Pt8Ux6fh76sf2tk35IvUMiQsp5iPdlN39BgbZW_NAdE_9p5BS3haBsMYmVPNtXpADLVh1s7Ks4h-8AFlzDfqzQ_SmAR8F5FtkcYnaBTqhT-hPeFy3xrofwNyHfilaf2qxg3Ic/s320/Corona+de+Castilla.jpg
Cada miembro del equipo asumió lo que le apeteció. Y yo, pues quedé descolgado y sin más palo al que agarrarme que el mástil de mi guitarra. Y estando así, asiéndolo, se me ocurrió. Y no lo pensé, a mi estilo; que es que hago las cosas según me salen.

Total que un día, estando en el comedor, me levanto, doy unas palmadas reclamando su atención, y, en voz alta y con algo de vergüenza, digo que si hay quien está interesado en cantar en grupo, por el simple hecho de cantar, que luego nos vemos en el aula de primero.

Comimos, fregamos y me voy para allá. Nos juntamos dos y medio, o tres menos cuarto. Y nos pusimos a hablar. Y poco pudimos concretar. Sólo que el próximo día, yo traería cosas y veríamos.

A la siguiente vez que nos juntamos ya éramos alguno más. Y empezamos. Yo saqué de mi batería de obuses cosas de las que cantaba en el pueblo con la chiquillada. Pero allí como que no pegaba lo de niño yuntero, o soldadito boliviano. No sé, no terminaba yo de atisbar bajo su piel qué sensibilidad tenían. No eran como los que yo había tratado antes.

Hicimos otras catas, y tampoco resultó. Al final, como a la desesperada, me arranqué por una jota de pinares, y sí, sus pies se pusieron a vibrar. Y eso que no había en aquel grupo nadie de la zona, que eran de allende las fronteras provinciales.

http://rincones.educarex.es/musica/images/stories/nios_cantando.gif Me paré, les miré, y les dije que qué cantaban en su pueblo. Me dijeron que ellos no cantaban ni pintaban nada. Insistí, les apechugué, les intimidé, y por aquel día así quedó la cosa.

Al otro día, viene uno de un pueblo de León con un papel. Es la letra de una canción que le ha mandado su abuela. Le digo que la tararee. Y él empieza a susurrar como entre dientes la melodía. Se la hago repetir una vez. Luego otra. La siguiente más alto. La otra más despacio. A la no sé cuánta vez el tío está cantando que ni mario lanza. Todos abobados, cuando para, rompimos en aplausos y él, azorado, se puso más colorado que un tomate de los que cultivaba en el huerto de su casa.

Visto que cantar no hace daño, que quien nunca ha cantado bien puede hacerlo si se pone a ello, el resto del grupo se fue animando. Fueron llegando otras coplas, otras personas,  nos fuimos envalentonando y… llegó ella, ¿Merche de Mercedes? De Candeleda, provincia de Ávila, casi en Extremadura. Resultó la voz que revolvió la cosa. Tenía estilo, ¿qué habrá hecho de ello?, y una cara ancha, unas pecas divinas y un acento que desarmaba; para comérsela. Que su semblante, con cierta tristura, se iluminara al cantar, terminó por desarmar al resto, chicas y chicos, y daba igual que cuando estábamos ensayando nos oyeran los de fuera o de repente entraran a oírnos desde la puerta, con curiosidad unida a perplejidad. El caso es que ya éramos grupo, nos desvergonzamos, y descubrimos que expresarnos con el canto no es de tías, es de todos, y que no hay deshonor sino expresión bella de sentimientos.

La primera vez que actuamos frente al personal en pleno, triunfamos. Luego llegaron actuaciones fuera. Unas, solos; otras, acompañados por un grupo de teatro que Juanjo, el ácrata, también había aglutinado.http://www.nuevomesterdejuglaria.com/discos/07-LosComuneros.jpg

No grabamos nada, ni firmamos nada. Íbamos a asociaciones de vecinos, a centro de cultura, a qué sé yo dónde, a muchos lugares.

Hicimos un repertorio nuestro, de la tierra. Y al cantar, gozamos.


Terminábamos siempre nuestra actuación con el canto final del poema de los comuneros. Y cuando entonábamos aquello de “desde entonces ya Castilla no se ha vuelto a levantar…” la gente se levantaba, oye, y se unía a nuestras voces. Y los mozos y mozas del grupo, al verse así arropados, hinchaban pecho y se subían de tono, y resultaba un final… orgiástico es decir poco.

Tendríais que haber visto a aquellos jóvenes que en sus casas ordeñaban, acarreaban hierba, llevaban el ganado al monte, regaban con azadón, limpiaban la mierda de las cuadras, recogían alubias del barco y también soñaban con salir del pueblo y para siempre, cómo, cuando actuaban, se transfiguraban.

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Cual si se tratara de una emisión radiofónica de discos dedicados y de solicitación, os pongo aquí la pieza que constituída el final de nuestras actuaciones, claro que mucho mejor interpretada, faltaría más. Es el mismísimo Nuevo Mester de Juglaría:


Como ya sabéis, hay que apagar la música ambiental del blog para poder oír el vídeo.

Especialista en cerrar cosas. Dos



Aquella tarde no tenía nada especial, todo normal en la comarca. Vuelvo a casa y me están esperando. Dos hombres y dos mujeres, o sea cuatro. Quieren hablar conmigo, no sé quiénes son. Dicen que vienen de parte de uno, que les ha hablado de mí, que quieren conocerme. Bueno, pues conocedme.

Me hablan de un centro de estudios para gente joven del campo que quiere formarse y volver al campo. Me sorprendo, callo y escucho. Siguen hablando, y se van muy tarde, bien entrada la noche.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjJsH1nT248Pf9RDC0-5k35nv9ALy49g9ViZXS5PF4Gg7goerbDCok8kIS4NWmRS_Lp4a-dlxYAgz45h-Mlw9K2LlJbiIoyvyfUDP5BdEEj7SqMRbZx1E3FPnRgpTwi-50CSYijX4WaWPs/s1600/DSC03286.jpg
Lo doy vueltas, y vueltas, y vueltas. A los pocos días llamo al oficial de guardia y pregunto. Y no me da malas palabras. Que es una cosa interesante, que es un centro familiar rural (en mi vida de ignorante nunca oí hablar de ello), que está patrocinado por la Iglesia, que es buena cosa para los jóvenes del mundo rural, que si podía acceder que estupendo.

Total, que antes de acabar el verano, llamo y confirmo que voy.

Llegué pronto y me estaban esperando. Ya no son cuatro, son seis. Nos sentamos y empieza un tercer grado como en mi vida. Me dieron un repaso sobre lo divino y lo humano, lo que hago, lo que pienso y lo que imagino. No sé cómo lo aguanté, pero lo hice. Y aprobé.

Me convertí en profesor de ciencias varias, en prefecto de internado, portero de noche y chico de los recados de día; todo ello en un lugar donde habían encerrado, es un decir, a un casi centenar de personas entre los 16 y los 19 años, de ambos sexos, cuyo origen rural en absoluto implicaba que fuera necesariamente su destino, y para siempre.

El título del centro, Instituto Rural El Pino, explicaba algunas cosas, pero no lo definía en su completez. Pertenecía a la red de colegios familiares rurales españoles, copia muy desvaída de la francesa "Maisons familiales rurales" surgida en 1935, y pretendía continuar con el segundo nivel de FP con quienes a pie de obra había subido el primer peldaño de su formación. Lejos de sus terruños, diseminados por toda la geografía peninsular, estaban ahora en una finca cercana a Valladolid, conocida popularmente por el enorme pino solitario que allí quedaba, resto de un bosque frondoso de pino piñonero.

Tres años, tres, pasé en aquel lugar, con el vano intento de aplicar la educación en libertad de Piaget. Ni el elemento humano era dúctil para la educación, ni los métodos orientaban a otra cosa que no fuera el libertinaje, ni aquel lugar era Summerhill. Piaget, -a quien por cierto mi hermano había dedicado todo su esfuerzo investigador, para luego dejarlo morir y no rematar su tesis doctoral-, aquí sólo fue un mero nombre, vaciado de todo contenido. Palabras, palabras, palabras.

http://www.llanillo.com/wp-content/uploads/2009/11/tractorada09.jpg
Hice lo que pude, trampeé lo que me fui permitiendo y consintiendo, me mentí a sabiendas de su inutilidad, cedí ante hostias como panes, trabajé como una mala bestia mirando sólo a lo inmediato y, cuando ya no veía ni una pizca de luz, llegó de pronto la salida de túnel. Esta vez sí que fui salvado por la campana.

Desarmado y derrotado todo el proyecto, una mano amiga me echó un cabo y jaló de mí. Y ahí empezó todo. Pero lo anterior se acabó. Borrón y cuenta nueva.

Nadie quería, en aquellos días, de los que tuve el placer de conocer, dar clase y evaluar, volver al pueblo. Habían probado la ciudad, se movían como peces en aguas recién descubiertas en lugares que yo nunca transité, deseaban sólo un título que les permitiera estar lejos de lo que ya más odiaban, el mundo rural por su lado más amargo. Así las cosas, la terca realidad me golpeó una vez más la cara. Jugué, jugaron conmigo, serví de muro protector, algunos consiguieron mejor destino, otros se perdieron lastimosamente, y yo seguí mi camino.

Pero esta vez creo que no me ha ido mal. Al menos a partir de entonces ya no se han cerrado cosas…

Especialista en cerrar cosas. Uno


Corrían los primeros años 70, no puedo precisar más. Estaba más que harto de aquel centro, prestado por la Universidad a los seminaristas, es decir, a los candidatos que no pertenecíamos a orden alguna, sino que procedíamos de diócesis y similares; vamos, más o menos, la clase de tropa, de la que muy de tarde en tarde alguna rara avis merecía recibir galón de oficialidad. Candidatos a la gloria, éramos una mezcla de provincianos y nobles alcurnias. Unos compartíamos pequeños habitáculos, dos camas, dos mesas, dos librerías y dos armarios. Otros, elegidos ellos, suite unicelular, amplitud de miras y también de espacio.http://www.latribunademadridnorte.com/userfiles/image/alcobendas/UP%20Comillas%20logo.jpg

Entre una libertad incipiente pero vigilada, y la novedad deseada de los vientos conciliares. Resultó más vigilada que libertad y más vientos que novedad.

El caso es que al terminar el segundo curso, me comentan de un colegio mayor muy guay, en la calle Cadarso, Madriz por supuesto. Voy, me informo, me entero, hablo con el director, un tal Poti, cariñoso apelativo, estudiante de filosofía en Comillas-Madrid. Me presento como colega en teología, y no me pone mala cara. Me apunto y me apunta.

Se trata de un piso entero de un gran edificio propiedad de la Cía jesuitica, o de alguna de las muchas fundaciones que ella patrocina.

Empieza el curso. Comparto habitación inmensa con un palentino, Bernardino hola cómo estás, y con un oscense, Nicolás de Bielsa, ¿qué hiciste añoche perillán?, allá en el Pirineo. Y nos juntamos en el comedor, sito en la planta sótano, unos cuarenta fulanos, de los siete puntos cardinales, incluyendo andalucía. Caminos, periodismo, económicas, arquitectura, agrícolas, derecho, obras públicas, icai, filosofía… y teología. El único entre todas las alimañas. Uf, qué alivio respirar aire libre.http://farm4.static.flickr.com/3119/2601020699_c51d7b77be.jpg

Fue un año feliz. Había cerraduras, pero daba igual, la de la puerta de entrada no hacía falta porque estaba el sereno. Y las otras pa qué, si éramos como una familia.

Anarquistas, trotskistas, peceros, psoeros aún no autodefinidos, platajunteros, republicanos de variada estirpe, y los menos sin identificar, formábamos una mezcla extraña, rara y polivalente.

Ni una mala broma, ni un mal gesto, un respeto hacia dentro y una ferocidad desmedida hacia fuera.

En la habitación del que figuraba como capellán, pequeña a más no poder, cuando caía celebrábamos la eucaristía, qué se yo, 3 ó 4, 5 ó 6, según. Y luego una copita y a charlar largo y tendido.

Claro que hablar, hablar, se hablaba en todas partes. A mí me desvirgaron en aquel lugar. Entré puro y salí como salí.

Pero fui feliz, y ya nada volvió a ser como antes.

Lo cerraron aquel mismo año. Una pena.

Nos volvimos a juntar hace unos años, para celebrar no sé qué con motivo de que estábamos vivos y nos acordábamos de aquellos tiempos. Asistimos casi todos, hasta un ministro en el poder.

Cosas.

http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/encarni40/templo-de-debod-cc-freakland.jpg

Y por recordar, una chorrada que se nos ocurrió casi al final, cuando ya sabíamos que se acababa. Nos fuimos de noche, con alevosía pues, al cercano templo de Debod, regalo de Egipto con todos los parabienes, e hicimos como debe hacerse el baile de las esfinges, una mano en la cabeza y otra en los huevos, del de alante y el de atrás respectivamente. Y todo de perfil, como debe ser.

Y yo, ¿dónde me pongo?



Alguien con mucho gracejo me ha enviado este azulejo con mensaje por correo. Producto tal vez de esas cadenas que se forman en internet a base de envíos, reenvíos y requeteenvíos, ignoro en esta hora quién es el promotor de la historia, que viene titulada así: "Azulejo Sevillano... ¡¡¡ BUENIIIISIMO !!!"

Acostumbrado a los superlativos de los emails, entre los que son buenísimosssss, interesantísimossssss, maravillosísimosssssss y genialísimossssssssss, este a mí no termina de gustarme demasiado, pero le reconocería cierta gracia si no fuera porque en la relación de componentes societarios servidor no se encuentra.

Lo socorrido sería situarme entre los pobres, pero nadie me creería si lo hiciera. Soldado no, que ni he usado, ni uso ni pienso usar jamás un arma. Contribuyente sólo a medias, porque en mi condición de cura no tengo derecho al paro. Vago tampoco; en todo caso maleante; pero ni eso. Borracho menos, aunque por aquí hay buenos caldos; mi cuerpo no lo soporta. Banquero de banco, ni hablar, no doy la talla. Abogado, mucho menos, que el derecho se me ha caído siempre de las manos. Médico quiá; me mareo cuando veo sangre. Sepulturero exige manos duras y tripas recias; y ni lo uno ni lo otro. Político requiere mucha labia y cara de cemento; y yo soy de pocas palabras y enseguida se me sube el pavo.

Para exigir un puesto en esa relación, antes tendría que pensar bajo qué epígrafe podría proponerme, y solicitar su inclusión.

Tengo todo el mes de agosto por delante para darle vueltas a este asunto. Mientras tanto quienes me visitáis mirad y ved si os reconocéis, y si no haced lo que yo, pensad también un poco durante estos días de verano.

Invictus, la película


Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

     Este es el poema de William Ernest Henley (1849-1903), autor inglés, natural de Gloucester, cuyo título presta a la película sobre Mandela, del director norteamericano Clint Eastwood.


Invictus

     Porque Invictus, la película, trata de Nelson Mandela. Aunque toma una parte de su vida, sólo una muy pequeña, representa suficientemente toda ella y sobre todo es capaz de descubrirnos en unos simples trazos anecdóticos, la historia entera y el enorme carácter de su persona. También habla de su país, Sudáfrica, de un país incógnita en esos momentos, que igual puede cambiar para bien o resultar “una auténtica comida de blancos” (dicho con todos los perdones del mundo).

     Información sobre este filme en la red hay a montones. Lo mismo sobre Nelson Mandela y sobre el país del oro y los diamantes, y en concreto sobre el tenebroso apartheid sudafricano. Valgan estos enlaces:








     El periodista John Carlin escribe Playing The Enemy (El factor humano, traducido) desde su experiencia personal y sus encuentros y conversaciones con Mandela. Por otro lado, Morgan Freeman busca cumplir un sueño, Clint Eastwood se deja encontrar, y a trío con don Nelson paren juntos, con El factor humano en el bolsillo, esta película sobre un episodio deportivo real que fue auténtico "balsamo de fierabrás" para resolver el temido "nudo gordiano" de aquella sociedad.

     Unos hechos:

     1. Mandela lleva ya cinco años gobernando el país, tras ser democráticamente elegido, pero no consigue desatascar la situación de la nación, entre el temor de la zona blanca y las ganas reivindicadoras de la zona negra. La minoría y la mayoría son irreconciliables, y el gobernante no encuentra el punto.
     2. Se organiza en Sudáfrica el Campeonato Mundial de Rugbi.
     3. El político concibe en su cabeza un plan para aprovechar esa ocasión de manera que el país entero vibre con un sólo corazón, y se olvide otras cosas. El deporte, la competición, amalgamará lo que no era conjugable.
     4. Toda la narración irá discurriendo hacia ese único objetivo, haciéndose lenta y emotiva, para caer en la moviola de una jugada final y definitiva, cronómetro en mano, que casi se congela y se concentra. Aún sabiéndose el final, la tensión no le deja a uno un solo momento, y, en silencio, se siente engullido (más bien diría succionado) por todo un pueblo que anima, vocea, vitorea, explota de entusiasmo cuando las manecillas del reloj tocan  a rebato. Este es el hecho, el definitivo, "los Springboks", mediocre selección africaner, vence en la final a los fieros, temibles y temidos “All Blacks” neozelandeses, quedando campeona en el concierto mundial. Para ello ha sido necesario que su capitán, Francois Pienaar, se convenciera de que era posible y que todo el país sintiera que aquel puñado de gigantes era su equipo nacional.

     A partir de esto, la narración empieza con la salida de Mandela de la cárcel, donde ha estado veintisiete años recluído; da pinceladas suficientes del tipo de sociedad rota y enferma que encuentra; describe en pocos pero significantes rasgos la enorme personalidad del protagonista; se recrea un poco más en el milagroso plan que concibe para salvar la irresoluble situación de la población que preside; y finalmente nos ofrece un final que parece rosa, pero que es más bien un explosivo arco iris de pura humanidad.

     Mejor que yo lo han dicho otros. Dejo la palabra a Pedro Miguel Lamet, que se expresa muy superiormente:

     «Película lineal y aparentemente simplificadora, es una excelente parábola sobre los ideales y la capacidad de recuperar la positividad del ser humano. Con una estructura casi elemental de tres mundos -el despacho de Mandela, sus guardaespaldas y el equipo de rugby con sus familiares- Estwood arrastra, emociona, cautiva, consigue incluso que los que no tenemos idea de este deporte, en la apariencia brutal, quedemos atrapados por la magia narrativa del actor-dicrector estadounidense. Se diría que con Gran Torino e Invictus nos está dejando un testamento admirable de fe en el ser humano y su capacidad de conversión.»

     «Una de las pocas películas que, después de verla, deja al espectador con ganas de vivir y esperar contra toda esperanza. Es verdad también que puede resultar muy oportunista ante el fenómeno Obama. Da igual. Es magnífico ver películas que invitan al optimismo y la superación. Id con vuestros hijos. Con eso lo digo todo.»

     Pues, eso, está dicho todo.

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