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¿Sólo Dios basta?




Santa Teresa lo afirmaba, pero aquí va en plan de pregunta. Porque anoche terminé de leer la Divina Comedia, y se me quedó en la mente la última imagen que el Dante me dejó: una figura humana en el último círculo del Paraíso, el Empíreo. Y así me sorprendió Morfeo.

O luce etterna che sola in te sidi,
sola t'intendi, e da te intelletta
e intendente te ami e arridi!
¡Oh luz eterna, que en tu luz te inflamas,
que te comprendes, y de ti entendida
al entenderte te sonríes y amas!

Quella circulazion che sì concetta
pareva in te come lume reflesso,
da li occhi miei alquanto circunspetta,
Aquella irradiación de ti nacida,
que parecía en ti, luz reflejada,
por mis ojos fué un tanto percibida.

dentro da se', del suo colore stesso,
mi parve pinta de la nostra effige:
per che'l mio viso in lei tutto era messo.
Dentro de sí, con su color pintada,
me pareció mirar nuestra figura,
reconcentrando en ella la mirada.

Qual è'l geometra che tutto s'affige
per misurar lo cerchio, e non ritrova,
pensando, quel principio ond'elli indige,
Como afanoso geómetra procura,
sin hallar el principipo que le mueva,
del círculo encontrar la cuadratura;

tal era io a quella vista nova:
veder voleva come si convenne
l'imago al cerchio e come vi s'indova;
así me hallaba ante visión tan nueva,
queriendo comprender cual se adunaba
el cerco con la imagen, que en sí lleva.

ma non eran da ciò le proprie penne:
se non che la mia mente fu percossa
da un fulgore in che sua voglia venne.
Con mis alas, tan alto no volaba,
cuando repercutir sentí en la mente,
un fulgor que su anhelo condensaba:

A l'alta fantasia qui mancò possa;
ma già volgeva il mio disio e'l velle,
sì come rota ch'igualmente é mossa,
l'amor che move il sole e l'altre stelle.
ya mi alta fantasía fué impotente;
mas cual rueda que gira por sus huellas,
el mío y su querer movió igualmente,
el amor que al sol mueve y las estrellas.

(La Divina Comedia. 
El Paraíso, canto XXXIII, 124-145)
Texto original toscano
Traducción castellana de Bartolomé Mitre, Buenos Aires, Enero 1889


De mañana bien tempranico veo en mi correo este escrito, y, a pesar de las legañas que entorpecen mi visión, descubro que no soy capaz de afirmar con la Santa, sino más bien interrogarme con este otro escrito, y dejar que una respuesta me vaya llegando, superando mis imposibles esfuerzos y los innumerables fallos y limitaciones de mi ser.
SOLO DIOS BASTA
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, sacerdote, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).
ECLESALIA, 05/10/15.- Estoy convencido de que estas palabras las hemos oído muchas y muchos de nosotros un montón de veces y, por lo mismo, no hace falta que recuerde que son de la Santa, como así solemos llamar a Teresa de Jesús. No he podido por menos de dedicar una reflexión sobre lo que para mí significan dichas palabras al celebrar el quinto centenario de su nacimiento.
Cada vez que las pronuncio y repito me doy cuenta de que solamente una persona mística podía haberlas pronunciado. Porque si bajamos a la vida, no ya a la real, es decir a la de los quehaceres y sinsabores cotidianos, la de los sufrimientos trágicos e inhumanos muchas veces, sino a la vida de la religión o de lo concerniente a lo religioso cuesta muy mucho entenderlas.
De la misma manera es muy difícil, por no decir imposible, al menos desde mi vertiente personal, saber o por lo menos interpretar qué es lo que Teresa de Jesús quería decir con estas palabras. Aunque sea atrevido por mi parte voy a intentar presentar el Dios que ciertamente me ha hecho feliz, pues no me atrevo a decir que me ha saciado (bastado), al menos en algunas ocasiones, dejando entrever la visión contraria del mismo.
En primer lugar, me basta el Dios cuya misericordia no tiene límites. Sí, ese Dios que a pesar de mis pequeñeces y miserias continuará apostando por mí y no me dejará de su mano por mucho que yo le corresponda con una y mil fechorías. El Dios cuya justicia consiste en ser bueno siempre, en todo momento y con todas las personas; a pesar de que a la mayoría de quienes nos decimos creyentes hablar de justicia signifique casi siempre aplicar aquella vieja ley judía “Ojo por ojo, diente por diente”. Por ello acostumbro a decir que cuando uno/a descubre que Dios es esto o así ha dado un paso de gigante en ese propósito de ir descubriendo su verdadera imagen un poco más cada día.
Me basta también el Dios que no me exige sacrificios ni mortificaciones para quererme con locura. Aunque no estaría de más si fuera capaz de esforzarme cada día un poco más por dejar de mirarme un poco menos a mí para que mis ojos se proyectasen hacia los demás, especialmente hacia quienes más necesitados y necesitadas puedan estar en el momento. Ese mismo Dios que entiende bien poco, mejor dicho, nada, de cumplimientos ni de rituales. Aunque sí que le alegraría, por qué no decirlo, que yo hiciera todo lo posible por tener una mente limpia y clara y un corazón abierto y siempre disponible.
Me basta el Dios que hace sentirme hijo suyo, no esclavo ni siervo. Pero no para quedarme con ello tranquilo y a gusto, sino para que dé los pasos que hagan falta con tal de descubrir que todo hombre y mujer son mis hermanos y hermanas. Ese Dios que me quiere libre por encima de todo; pero no con cualquier tipo de libertad, sino con aquella que me lleva a vivir el proyecto del Reino que Jesús anunció y testimonió con su vida.
Me basta finalmente el Dios que he aprendido de Jesús, en contraposición al Dios de las devociones y de los sentimentalismos sin que ello quiera decir que siempre son malos ni mucho menos. Ese Dios al que le hablo de tu a tu, precisamente como lo hacía Jesús con tanta frecuencia, a pesar de que no siempre le preste la atención que tanto me ayudaría a ver mucho más claras tantas y tantas cosas.
Debo confesar que desde una vivencia así, solamente “Dios basta”. ¿Por qué no pensar que esta fue la experiencia de Teresa? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Foto tomada a las 09:05 horas
No sé qué sea Dios. Sí compruebo que la “viga madre” ya reposa en su lugar y por ella y sobre ella todo el edificio estará bien ensamblado “per saecula saeculorum”. O sea, para los restos.
Foto tomada a las 12:26 horas

Foto tomada a las 18:45 horas

Ruta urbana: La madre Teresa en Valladolid


Ruta urbana: La madre Teresa en Valladolid
1er hito: el Convento de la Concepción del Carmen
Eucaristía
- La iglesia del Convento de la Concepción del Carmen o Recepción de las madres en el locutorio
- Semblanza de Teresa de Jesús
- El Valladolid al que llegó Teresa
- Las casas de los Arguello
- Las madres Estefania de los Apóstoles y Casilda de Padilla
- Las madres Sobrino Morillas (Cecilia del Nacimiento y María de San Alberto)
2º hito: el Palacio Real (plaza de San Pablo)
- La hermana Teresa y sus madres en la casa de María de Mendoza
Día de los Santos de 1569.
El Hospital del Rosario.
Mención a Marina Escobar (1554) -40 años más joven que Teresa.
- Los hermanos Mendoza (María, Álvaro y Bernardino).
- Francisco Sobrino Morillas y Felipe II. “Camino de perfección”.
[Autobús número 2 - Hasta El Corte Inglés]
3er hito: la plaza del Doctor Quemada
- La llegada de la madre Teresa a Valladolid
Bernardino de Mendoza y su finca de Río Olmos.
10 de agosto de 1568 (día de San Lorenzo)
La comitiva fundacional.
Fray Juan de Santo Matía y su hábito.
15 de agosto de 1568 (día de la Asunción).
El milagro de don Bernardino
- Las otras visitas de Teresa de Jesús a Valladolid


Este es el plan que nos ha ofrecido Paz Altés esta mañana para recorrer Valladolid ciudad con motivo del V Centenario de Santa Teresa de Jesús, y que nosotros hemos aceptado de buen grado.

Iniciamos nuestra caminata de la mano de la santa andariega asistiendo a la Eucaristía de las 8:30 con las monjas del convento. Misa solemne, presidida por Yeyo, muy en su puesto. Al final veneración del bastón de la santa castellana, que termina su estancia en la ciudad en su peregrinar por el mundo entero.
Departimos con algunas monjas de la comunidad y recorrido una pizca del convento, que es clausura estricta, como mandan las ordenanzas.
Las explicaciones de Paz nos llevaron luego a la plaza de San Pablo, porque allí confluyen demasiadas historias que ella destripó con soltura y prosapia.
Concluyó la caminata en las orillas del Pisuerga, en un lugar otrora insano, tanto que a pesar de ser el primer enclave fundacional de Teresa de Ahumada en Valladolid, hubo de abandonarlo para no matar a sus monjas en el intento. Ahora, afortunadamente está fuera de todo peligro y densamente habitado.
Imposible transcribir si quiera un poco de lo mucho que Paz Altés nos contó. Quien quiera saber, que escuche la conferencia que don Francisco Javier León de la Riva dictó en el Círculo de Recreo el pasado día 8 de abril. Es posible que sea la misma Paz quien nos hable por persona interpuesta.


Teresa de Jesús, en el día de su fiesta



Ayes del destierro
[Poema: Texto completo.]

Santa Teresa de Ávila

¡Cuán triste es, Dios mío,
la vida sin ti!
Ansiosa de verte,
deseo morir.

Carrera muy larga
es la de este suelo,
morada penosa,
muy duro destierro.
¡Oh sueño adorado!
sácame de aquí!
Ansiosa de verte,
deseo morir.

Lúgubre es la vida,
amarga en extremo;
que no vive el alma
que está de ti lejos.
¡Oh dulce bien mío,
que soy infeliz!
Ansiosa de verte,
deseo morir.

¡Oh muerte benigna,
socorre mis penas!
Tus golpes son dulces,
que el alma libertan.
¡Qué dicha, oh mi Amado,
estar junto a Ti!
Ansiosa de verte,
deseo morir.

El amor mundano
apega a esta vida;
el amor divino
por la otra suspira.
Sin ti, Dios eterno,
¿quién puede vivir?
Ansiosa de verte,
deseo morir.

La vida terrena
es continuo duelo:
vida verdadera
la hay sólo en el cielo.
Permite, Dios mío,
que viva yo allí.
Ansiosa de verte,
deseo morir.

¿Quién es el que teme
la muerte del cuerpo,
si con ella logra
un placer inmenso?
¡Oh! sí, el de amarte,
Dios mío, sin fin.
Ansiosa de verte,
deseo morir.

Mi alma afligida
gime y desfallece.
¡Ay! ¿quién de su amado
puede estar ausente?
Acabe ya, acabe
aqueste sufrir.
Ansiosa de verte,
deseo morir.

El barbo cogido
en doloso anzuelo
encuentra en la muerte
el fin del tormento.
¡Ay!, también yo sufro,
bien mío, sin ti,
Ansiosa de verte,
deseo morir.

En vano mi alma
te busca oh mi dueño;
Tú, siempre invisible,
no alivias su anhelo.
¡Ay! esto la inflama,
hasta prorrumpir:
Ansiosa de verte,
deseo morir.

¡Ay!, cuando te dignas
Entrar en mi pecho,
Dios mío, al instante
el perderte temo.
Tal pena me aflige
y me hace decir:
Ansiosa de verte,
deseo morir.

Haz, Señor, que acabe
tan larga agonía;
socorre a tu sierva
que por ti suspira.
Rompe aquestos hierros
y sea feliz.
Ansiosa de verte,
deseo morir.

Mas no, dueño amado,
que es justo padezca;
que expíe mis yerros,
mis culpas inmensas.
¡Ay!, logren mis lágrimas
te dignes oír:
Ansiosa de verte,
deseo morir.

San José, el de María


Dicen que José, el de María, era blando, que de buena persona se pasaba, y que quien lo pretendía, conseguía incluso tomarle el pelo. De ahí que se diga que el bueno de José… vamos que era tan buena persona que se podía hasta abusar de él.
No tuve el gusto de conocerlo personalmente, pero tengo para mí que eso son habladurías. Que la gente se imagina muchas cosas y muy raras. Y que José, el de la estirpe de David, los tenía bien puestos. Vaya que sí.
Yo me fío de él. Siempre me he fiado. Y tengo mis razones, claro, pero no las voy a dar. En su lugar me agarro a un argumento de autoridad, y dejo que hable otra persona mucho más “segura” que mi dudosa e insignificante persona: Teresa de Jesús, la Santa de Ávila. Ella dejó escrito por alguna parte:
"No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra (que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar), así en el cielo hace cuanto le pide."
(Libro de la vida, cap. 6)
En cuanto al resto sobre su persona no tengo sino acudir a las más seguras fuentes, y ver qué fue y cómo hizo las cosas que ahora se cuentan como si fuera un cuentecillo. Pero de eso… nada, monada. Dudas sí, pero las justas.
Miremos, pues, miremos.



UNA NOCHE DE DUDAS

Abarrotada de peregrinos, Jerusalén esperaba con alegría la fiesta de la cosecha, ya próxima. Los once del grupo y las mujeres, reunidos por aquellos días en casa de Marcos, escuchábamos a María, la madre de Jesús, que iba sacando recuerdos de su memoria, como el que saca de su arcón cosas nuevas y antiguas.

María - Pueblo chico, infierno grande, así dicen. Y es verdad. Porque en Nazaret no se podía estornudar sin que todo el mundo se enterara del catarro. Claro, ya ustedes se pueden imaginar, éramos apenas unas veinte familias. Y aunque mi madre me había mandado a la otra punta del país para evitar habladurías, la lengua de los vecinos no se quedó quieta.

Vecina - ¿Que tú no sabes nada? ¡Ay, muchacha, pero tú estás en las nubes! ¡La hija de Joaquín! Sí, sí, la Mariíta ésa que parecía tan mosquita muerta.
Comadre - ¿Y qué pasa con ella, dime, cuéntame?
Vecina - ¿Qué pasa? ¡Que está como el pan! ¡Le echaron levadura y está creciendo la masa!
Comadre - ¡Bendito Señor, qué escándalo, qué poca vergüenza! Y mira que también el Joseíto ése no perdió tiempo, ¿eh?
Vecina - No, muchacha, qué va, a ése mejor tenerla lástima. “Si te ponen los cuernos, lararó, lararí…”

Murmuraban las mujeres y murmuraban también los hombres…

Vecino - Ya decía yo que esa morenita era demasiado alegre. Mucha risa, mucho baile, mucho juego y claro, ¡después viene el otro juego! ¡Ay, compadre, la juventud de ahora está perdida, se lo digo yo!
Compadre - ¡Y yo le digo a usted que si fuera hija mía le daba una tunda de palos que le dejaba el trasero más colorado que el Mar Rojo! ¡Es que esto es un relajo ya, compadre! En nuestros tiempos, una muchacha decente no se asomaba por la ventana ni se quitaba el pañuelo de la cara. Y usted ve ahora a estas mocosas que le enseñan a uno hasta el tobillo. ¡Y después no quieren que pase lo que pasa!
Vecino - ¡Así mismo es! Y yo pregunto, compadre, ¿qué ha dicho el novio? Porque tengo entendido que esa barriga no es suya. ¿Qué piensa hacer José? ¿Ya estará recogiendo piedras, ¿no es eso?
Vecino - Bueno, lo primero es que se entere. El pobre muchacho está en ayunas. Sí, sí, como lo oye. El José no sabe nada todavía…

Como siempre pasa, José fue el último en enterarse…

José - Pero, ¿qué está pasando aquí? ¿Tengo yo la lepra para que nadie se me arrime? Voy caminando y todos vuelven la cara. Voy al trabajo y una riéndose y la otra cuchicheando. ¡Maldita sea, ¿qué demonios pasa conmigo?
Vecino - Contigo no pasa nada, muchacho. La cosa es con ella, con tu novia.
José - ¿Con María? ¿Qué le pasa a María? Habla, di.
Vecino - Lo siento, José, pero tengo que decírtelo. El asunto apesta más que un queso rancio y mientras más tiempo pase, será peor.
José - Sin rodeos. Habla claro.
Vecino - Bueno, pues… que está esperando un hijo.
José - ¿Cómo has dicho?
Vecino - Que está preñada. Sí, así como suena. Y como todos sospechamos que tú no sembraste esa mata…
José - Pero no es posible, no es posible… Yo no puedo creer que María me haya hecho una cosa así.
Vecino - Pues créelo, muchacho. ¡Que si Noé no hubiera creído lo del diluvio, se lo hubieran comido los peces!
Boliche - ¡Al buen tiempo, José! ¿Y qué, compañero? ¿Ya te contaron el traspié de tu querida noviecita? ¡Ah, caramba, todas son iguales! ¡La que no cojea de una pata, cojea de las dos! ¡Ja, ja, ja!
José - ¡Cállate ya, Boliche!
Boliche - Pero no te preocupes, hombre, que también se la jugaron al pobre Oseas y, mira tú, ¡llegó hasta profeta! ¡Jajajay!
José - ¡Si no te largas ahora mismo, te rompo las narices!
Boliche - Está bien, hombre, está bien. «Si te ponen los cuernos… »
José - ¡Vete al diablo, desgraciado!
Boliche - ¡Que él te acompañe! ¡Jajajay!

¡Qué mal lo tuvo que pasar José! ¡Cada vez que me acuerdo de aquello me da como un remordimiento! Él me contó después que ese día se encerró en la casa y no quiso comer ni hablar con nadie.

Madre - José, hijo, ¿no vas a comer nada? José…
José - ¡No quiero nada! ¡Váyanse todos al infierno y déjenme en paz!

Estaba desesperado. Se tiró sobre la estera, cerró los ojos y trató de dormir.

José - ¡Descarada, ahora vas a saber quién soy yo! Muchas palabras bonitas y muchos arrumacos, ¡y ahora esto! Pero, prepárate, porque te voy a agarrar por los moños y te traigo aquí y te arrastro por la aldea. ¿O qué te crees tú? ¿Que por tu culpa voy a ser el hazmerreír del pueblo? Maldita sea, te voy a repudiar,(1) te voy a llevar en cueros frente a la casa de tu padre y le diré al viejo Joaquín: quédese con ella, se la devuelvo, ¡no quiero basura en mi casa! ¡Para que aprendas a respetar, que cuando uno da una palabra, la da. Y yo te dije que me quería casar contigo y tú me dijiste que también y ahora… ahora…

José se mordía la lengua para que sus hermanos no lo oyeran llorar. Se apretó los ojos con los puños, pero las lágrimas le subían a la garganta como un río salado.

José - Me has roto el corazón, María, me lo has partido como un jarro de alfarero, que ya no tiene arreglo. ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué si yo te quería, si yo te quiero desde cuando jugábamos en la colina, si tú eres lo único que me da ganas de vivir, si yo no me he fijado nunca en ninguna muchacha. Sólo en ti, María. ¿Y qué voy a hacer ahora? Me largaré de aquí, donde nadie sepa quién diablos soy y… y ya encontraré otra mujer. ¿O qué te crees tú? ¿Que eres la única? Pues mira, hay muchas muchachas más bonitas que tú, ¿me oyes? Y que saben cocinar mejor, para que te vayas enterando…

José dio media vuelta en la estera, se arrebujó en la manta y trató de dormir. Pero el sueño se le escapaba como agua entre las manos.(2)

José - No, yo no puedo irme sin verte antes. Tengo que verte, aunque sea para que me digas lo que ya sé. Anda, sé valiente y dímelo tú, mirándome a la cara. ¡Sí, sí, tengo que verte!

José se sentó en la estera. A pesar de la brisa de la noche, tenía la frente bañada en sudor.

Madre - ¿Te pasa algo, José, hijo?
José - No, mamá, nada, que no tengo sueño…

Se ahogaba. No cabía en la casa. A tientas se levantó, se echó encima la túnica y, sin despedirse de su madre, abrió la puerta y se fue. No llevaba alforja ni bastón y el camino era muy largo. Pero no le importaba. Tenía que llegar cuanto antes a Ain Karem, donde yo estaba viviendo aquellos meses. Después de dos días de camino, llegó a los montes de Judá y vio a lo lejos la aldea. Se detuvo. El corazón le traqueteaba en el pecho. Respiró hondo y apuró el paso hasta la casita de mis tíos. Yo lo vi llegar…

José - ¿No es aquí donde vive…?
María - ¡José!
José - ¡María!

José se quedó pasmado en el marco de la puerta, frente a mí, con los ojos clavados en mi vientre ya crecido.

María - José, ¿qué haces tú aquí?
José - Vine a verte.
María - Pues… ya me estás viendo.
José - Sí, ya veo… ya veo…
María - Estoy esperando un hijo, José.
José - Y yo estoy esperando una palabra tuya, María. Después… después me iré y nunca más sabrás de mí.

Tía Isabel apareció enseguida. También ella había visto llegar a José…

Isabel - ¡Tú no te vas a ningún lado! ¡Y antes de ponerse tan sombrío, salude a la gente! ¡Caramba con estos jóvenes de ahora! Llegan a tu casa y como si una fuera un saco de harina. Tú eres José, ¿verdad? Estoy segura, se te ve en la cara. ¿Y qué? ¿De visita por aquí?
José - Bueno, sí, señora, yo… yo vine a hablar algo con María…
Isabel - Algo y mucho. Pero para hablar tendrán tiempo después. Ahora ven, para que te laves los pies y comas algo.
José - No, señora, yo no quiero molestar, yo…
Isabel - Vamos, muchacho, no disimules, que tienes unas ojeras más grande que los pliegues de mi túnica. Y no debes haber comido nada caliente desde que saliste de Nazaret, ¿verdad? Vamos, entra. Ahora llamo al viejo. ¡Zacarías, ven para que conozcas al novio de Mariíta! Vamos, muñeco, tranquilo… Juanito… ¿Es mi hijo, sabes? Ayer cumplió un mes. Y no es porque sea mío, pero dímelo tú, José, ¿no es más bonito que un querubín?

¡Qué bien se portó tía Isabel con José! Lo hizo entrar en la casa, le preparó un guiso, lo puso a descansar en el cuartito del fondo. Después, tío Zacarías le enseñó la huerta y una crianza de gallinas que tenía junto al pozo. Entre los dos le ensancharon el corazón. Y luego, cuando el sol ya iba bajando, en esa hora de la tarde en que todo vuelve a la calma, en que todo se ve con más serenidad, José y yo nos sentamos a conversar, junto a un olivo verde del patio.

María -
Pues… no sé por dónde empezar.
José - Pues… yo tampoco.
María - ¿Qué han dicho de mí en la aldea?
José - Bah, tonterías. Sólo saben darle a la sin hueso.
María - ¿A la qué?
José - A la lengua, María. Por eso se mueve tanto.
María - Dime, José… ¿tienes más confianza en lo que yo te diga que en lo que te hayan dicho tus amigos?
José - ¿De… de quién es el niño?
María - No lo sé.
José - ¿Cómo que no lo sabes?
María - No lo sé, de veras. Mira este árbol… Yo no sé quién lo ha sembrado, pero a cuánta gente no le habrá dado sombra, ¿verdad?
José - Si no te explicas mejor…
María - José, tampoco a una flecha le pregunta uno de qué arco salió sino a dónde se dirige en su vuelo. Escucha, antes de venir aquí, yo fui a hablar con el abuelo Isaías…

Le conté todo a José, desde el principio. Y él me escuchó en silencio, sin pestañear. Después, puso sus ojos sobre los míos, me agarró fuerte las manos y se quedó un buen rato así, callado.

José - ¿Por qué no me lo dijiste antes, María?
María - Porque… porque tenía miedo. He pasado mucho miedo, José.
José - Y yo, mucha rabia, ¿sabes?
María - Tía Isabel me ha ayudado mucho, me aconsejó.
José - Pues yo me comí lo mío solito.
María - Dime, José, ¿tú crees lo que yo te he dicho? ¿Me crees, José?
José - Te quiero, María. Te quiero y… y si tú dices que en este asunto está la mano de Dios, pues ya veremos a dónde nos va llevando. Mira, María, sea lo que sea, tú eres mi novia y me casaré contigo y ¡que salga el sol por donde salga! Y ese niño, pues… ¡como si fuera mío, caramba!
María - ¡José, qué bueno eres!
Isabel - ¡Y dilo, muchacha, que gente tan buena ya no se ve por estos rincones!
María - Tía, ¿qué hace usted ahí?
Isabel Bueno, al fin y al cabo, ésta es mi casa. ¿Con que pronto tendremos boda, no?
José - Pues sí, doña Isabel. María y yo nos vamos a casar pronto. Así que, a recoger las cosas, que mañana mismo nos ponemos en camino al norte.
María - ¿A Nazaret? ¿Y qué dirán allá cuando nos vean llegar y…?
José - Que digan lo que quieran, a nosotros qué más nos da, ¿verdad, doña Isabel?
Isabel - Claro que sí, muchacho. ¡Que gasten saliva! Lo que importa son ustedes dos y la criatura. Oye, y a propósito, ¿qué nombre le van a poner, Mariíta?
María - Pues no sé, tía, a la verdad no lo hemos pensado aún.
José - ¡Bueno, ya que otra cosa no, por lo menos que me dejen a mí ponerle el nombre! Mira, si sale niña, le pondremos como tú, María. Y si sale varoncito, pues le pondremos… Jacob. Eso, que fue un gran valiente. No, mejor Jesús, como el que entró al frente del pueblo en la tierra prometida. ¡Eso, Jesús, un nombre de libertad!

Y al día siguiente, tempranito, nos pusimos en camino hacia Galilea. Los vecinos de Nazaret, cuando nos vieron llegar juntos, se reían. Se reían de mí y, sobre todo, de José. Pero José no se dejó achicar por eso y comenzó a preparar la boda como si nada hubiera pasado. A los pocos días…

Rabino - José, recibe a María como esposa tuya, según la ley de Moisés.(3) Ámala, cuídala, sé fiel a la palabra que hoy has dado delante de todos nosotros, y que el Señor nuestro Dios te bendiga con muchos hijos y que alguno de ellos llegue a ser el Mesías que tanto necesitamos.
Todos - ¡Amén, amén!
Vecino - ¡Que vivan los recién casados!
Vecina - ¡Para que sean felices y tengan muchos hijos!
Boliche - ¡Y para que otra vez no se den tanta prisa!
Vecino - ¡Vamos, que empiece la música, que empiece el baile, y que la fiesta dure hasta el amanecer!



Mateo 1,18-24
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1. En los desposorios o esponsales quedaba formalizado el matrimonio, aunque éste no se hubiera consumado ni existiera aún el contrato matrimonial, que sólo se establecía con la boda propiamente dicha. Pero el muchacho y la muchacha desposados -y fue el caso de José y María- se consideraban ya esposo y esposa. Hasta el punto, que si moría el joven, se consideraba viuda a la mujer a efectos legales. Y si era descubierta en adulterio, se la condenaba a muerte por apedreamiento. También si el hombre quería podía repudiarla presentando contra ella el libelo de divorcio. Todo, como si estuvieran ya ligados por el compromiso matrimonial. Al tener noticia del embarazo de María, a José se le presentaban varios caminos. El de repudiarla -divorciarse de ella, rompiendo los desposorios- alegando cualquiera de las razones que la ley le ofrecía -por ejemplo, algún defecto que hubiera descubierto en María, físico o moral-. El de denunciarla como adúltera, infiel a la palabra  dada, con lo que María podía ser matada a pedradas por los vecinos de Nazaret. O el de huir de la aldea, quedando ante sus vecinos como un cobarde que no cumple con su esposa y más tarde, por el estado de María, convertirse en el hazmerreír de todos sus paisanos.

2. Para resolver las terribles dudas que tuvo que experimentar José antes de aceptar a María como esposa, sabiéndola ya embarazada, el evangelista Mateo hizo intervenir en su relato a un ángel que habla a José en sueños y le da fuerza para decidir. En la Biblia, el ángel es siempre un mensajero de Dios, que trae a los seres humanos un mensaje positivo. En su relato, Mateo buscó especialmente que sus lectores judíos relacionaran a José de Nazaret con el patriarca José, uno de los doce hijos de Jacob. En Egipto, mil años antes, José había tenido sueños en los que Dios le revelaba lo que le iba a ocurrir a él, a sus hermanos y a su pueblo, en los momentos en que comenzaba la esclavitud de Israel en Egipto. También interpretó José los sueños del faraón (Génesis 37, 5-11; 40, 1-15, 41, 1-36).

3. Pasados los siete días que solían durar las bodas, lo más ordinario era que la esposa fuera a vivir con su esposo a la casa de la familia de éste. Sobre lo que hicieran  José y María no existe ningún dato. Sí se conserva en Nazaret la pared trasera de una cueva de piedra, que desde el siglo II se venera como la «casa de María», en donde quizá viviría la familia durante todos aquellos años. Este trozo de cueva está hoy en el interior de la Basílica de la Anunciación, amplísimo templo edificado en la ciudad. Es un recuerdo de probada autenticidad histórica.


Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1068-1076]

Revoltijo

 

Aprovecho un rato en la mañana para escabuchar el jardín. La lluvia escasa pero suficiente ha dejado la tierra blanda y mollar. En poco más de media hora lo he dejado limpio de raíces perniciosas u ociosas, y listo para el abonado de primavera. Una gozada darle a la azada con un sol claro y dominador a temperatura ambiente.
Mientras tanto la lavadora, el mejor invento del último milenio, hacía su trabajo. Sólo he tenido que restregar un poco unas manchas de carmín (?) del besapiés del Niño en Navidad. Ahora hacen ese colorante de una fijeza y permanencia que asusta, oiga usted. Claro que, por contra, protege los labios contra vientos ásperos y cura los sareados* persistentes.
De otra parte, Gumi y Berto riñen, que para eso son familia; y no sé bien cuál es la razón, si es que se quitan uno a otro el sol, o es que deben de vez en cuando marcar quién de los dos ostenta la autoridad. La paternidad no, porque esa está bien clara.
Compruebo un día más que los periódicos digitales tardan bastante en actualizarse; y aunque son online, es ya entrado bien el día y aún sigo con las noticias de ayer.
En la cocina esperan tranquilos los preparados para la comida de hoy. En un momentín voy a trabajar con ellos. Hoy toca pasta. Pero no será al estilo italiano, que va; aquí todo es celtibérico y carpetovetónico. Spain is different!
Compruebo la erudición, una vez más, del blog Joludi, y lo prolífico que resulta algunos días, tal que hoy por ejemplo. Quince artículos, de variada extensión, pero todos con igual chispa, estilo y dominio del saber de ahora y de antes. Instructivo al tiempo que entretenido.
Carlos Carnicero, por su parte, certero, claro y contundente. Hoy pone en evidencia que no toda estética es ética. ¿O habrá querido decir lo contrario? Bueno que me lío; leedlo, maldit@s, leedlo**.
Aburrido por los correos que me llegan, dejo este cacharro y me lanzo en plancha a rezar entre cacharros. Si me sale bien, disfrutaremos. Y si no, pues también. ¿Por qué, si no, iba a decir Santa Teresa que Dios me espera entre los pucheros?
Voy para allá a comprobarlo. Aquí dejo esta pequeña historieta que he tomado de allí:
«Algunas veces se extasiaba con la sartén en la mano, "que también entre pucheros anda el Señor".
Al comienzo de sus fundaciones ordenó la Santa que se hiciese la cocina por semanas y cuando le tocaba a ella ponía un esmero singular y ponía en evidencia su ternura maternal con las hermanas. Su compañera de semana, Isabel de Sto. Domingo, la vio alguna vez arrobada con la sartén en la mano, y dábase el caso que no quedaba en la casa más aceite que el que había en la sartén, y asiéndose de la misma sartén para que no se derramase, se sentía contagiada por el arrobo de la Madre y con riesgo de quedar ambas extasiadas asidas de la sartén.
Dice F. Ribera que "de noche estaba pensando cómo guisaría los huevos y el pescado y cómo haría el caldo que fuese diferente de lo ordinario, para dar algún regalo a aquellas siervas de Dios, y aquella semana era la casa bien proveída". Quedó memoria en San José de Ávila que cierto día, no de su semana, preguntó la Madre a la semanera:  ¿Qué tienen para cenar mis monjas? Respondió la otra: Madre, tengo rábanos y leche.  Exclamó la Santa:  ¡Dios sea conmigo! ¡Rábanos y leche! Tráigame unos huevos, y con esa leche y pan rallado haremos un manjarcillo, y con eso cenaremos.  Hasta hoy se guarda este guiso, en memoria de la Madre que no quiso matar a sus monjas con rábanos y leche.»

El postre de hoy
* Sareado/a: dícese de la piel, rostro, labios, etc. ásperos, resecos y con escamas. En la provincia de Palencia se utiliza. No figura en el DRAE.
** Alusión sin malicia a aquel ¡Danzad, danzad, malditos! de Sydney Pollack, de 1969, con Jane Fonda, Michel Sarrazin…

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