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Inquietante




Estimado Paco: Ese título con el que encabezas tu columna en el Diario de Valladolid me inquieta. Por lo que escribes, pero sobre todo por lo que lo provoca.

Ayer mismo leí en otro medio “la caridad (es) enemiga de la solidaridad”, y no me inquietó, me cabreó.

De pequeño aprendí que con las cosas de comer no se juega; son demasiado serias; tanto que entonces besábamos el pan tras recogerlo del suelo cuando se nos caía. Mi padre, y como él otros muchos, nunca consintió caer o verse implicado en el estraperlo, lucrarse de la necesidad ajena. En lo que estuvo en su mano, siempre hubo un saco de harina para quien estuviera necesitado. En la mesa de mi casa no se tiraba nada; todo tenía aprovechamiento. Aprendí a ser solidario por caridad, por simples entrañas (tripas) de misericordia. Que ahora se negocie con el hambre de otros no me las conmueven, me las crujen.

Si entonces, aquel llamado “año del hambre”, y digan lo que quieran inquietantes investigadores del pasado, Argentina se solidarizó con nuestro país enviándonos medio millón de toneladas de trigo, la solidaridad entre paisanos también existió, al menos en el mundo rural, y supervivimos gracias a ella.

No quiero adentrarme a analizar cuándo y cómo se produjo el desajuste entre términos tan plenos de sentido: justicia, solidaridad, caridad. Me parecen tan iguales y equivalentes como las tres caras de la misma moneda: el mismo valor, el supremo.

Que sea noticiable que se da pan a las personas hambrientas, resulta hiriente a quien recibe y a quien entrega, por los mismos motivos, porque la dignidad humana se pone en un escaparate, en el mismo en el que salen las defraudadoras, las evasoras, las corruptas, las insolidarias, las injustas, las faltas de caridad.

Pero entiendo que tú, como periodista, consideres que lo que no se dice no se sabe, o al menos no se quiere reconocer. Y como profesional te preocupas de dar notoriedad a lo que consideras importante. Está bien así. También has de entender que esa misma publicidad puede zaherir, avergonzar, ¿humillar?

Como soy cristiano tengo una referencia muy concreta: Jesús de Nazaret me indicó que cuando diese limosna no tocara la campana ni lo hiciera en la plaza pública. Y eso intentamos hacer: ni hinchar el pecho ni poner a nadie en un rollo.

Por cierto, en el pueblo de mi madre, Villalón de Campos, existe un rollo preciosísimo, donde colocaban a los malhechores para escarnio público.

Por todo, y con todo, gracias, Paco.

TEXTO:

PACO ALCÁNTARA
El local parroquial adosado a la iglesia de la Virgen de Guadalupe, en el barrio de las Vi­llas, siempre tiene la puerta abierta. Es un singular autoservicio para familias sin recursos económicos. Las cajas con leche, galletas, arroz y aceite, entre una veintena de productos de primera necesi­dad y las estanterías con ropa usada, perfectamente ordena­das, apenas dejan paso para transitar con holgura por la nave. 38 toneladas de alimentos, 14 de leche, que merman a un rit­mo endiablado porque, desde finales de octubre, unas 400 personas, de 24 nacionalidades distintas, ya han recogido una buena parte para paliar esta pandemia llamada pobreza. Aun­que el día señalado para el reparto es el viernes, Pilar Cortés advierte que, muchos, aún sienten pudor por mostrar su po­breza en público. Prefieren acudir cuando este dispensario so­cial, una pequeña isla de solidaridad, se encuentra vacío, sin miradas supuestamente inquisidoras.
Esta profesora jubilada, que abandonó una comunidad re­ligiosa, hace 25 años, para «hacer pequeñas cosas, y sentirme satisfecha por solucionar, cada día, un pequeño problema de alguien», es la promotora de un grupo de voluntarios que ope­ra en esta parroquia. Un colectivo que se interesa por favorecer la autopromoción personal, detectar necesidades, asistir a quien requiere ayuda y «crear una conciencia colectiva bajo el prisma cristiano», aclara esta mujer vitalista, que huye del pro­tagonismo mediático.
La última donación de un hotel de la provincia, treinta mantas, se repartió en apenas tres días. «Hay gente que no tie­ne para pagar la calefacción, familias que se hacinan en una habitación, compartiendo con otros, una vivienda con dere­cho a cocina», cuenta mientras advierte, es verdad que ahora hay más trabajo, «pero, es muy precario; a muchos, el salario no les llega a fin de mes», y lanza una reflexión digna de me­morizar, «hay una parte de la población que no se percata que otra parte lo está pasando muy mal».
Aristóteles ya nos alertó que la compasión es una cuestión de distancia. El dolor de los que están demasiado cerca nos conmueve, mientras el de los que están demasiado lejos nos resulta indiferente. Hemos convenido en entender como nor­mal padecer una ceguera emocional frente al sufrimiento leja­no y resulta excepcionalmente ejemplar que aún exista gente que experimenta como propio el dolor ajeno, por remoto o anónimo que sea. Convertidos en consumidores televisivos, las miserias que contemplamos en la pequeña pantalla nos hacen creernos a salvo y, como señala Santiago Alba, «nos re­fuerzan la convicción de la existencia de una ley natural que nos ha puesto a cubierto de la pobreza, la guerra, los terremo­tos y las matanzas». Nos acercarnos al borde sin arriesgar nada, puede, incluso, que con la sensación alegre de vernos como «unos superviviente». Seres vacunados para no advertir como propio el dolor ajeno.
Sin embargo, esa cercanía con la desdicha y la adversidad, le sugieren a esta mujer, que ya peina canas, muchas pregun­tas, ¿cómo permanecer impasible cuando conoces a una fami­lia con cuatro miembros, que vive con apenas mil euros al mes, tienen que pagar cerca de quinientos de alquiler y, el pa­dre, a diario, tiene que viajar en su coche unos 200 kilómetros para ir y volver de su puesto de trabajo?, ¿Cómo no ayudar a gentes que administran 350 euros para todo un mes, como único recurso, y que, por su edad, saben que no volverán a en­trar en el mundo laboral? Perdemos la condición de humani­dad si damos la espalda a estas situaciones tan dramáticas, di­ce Pilar.
Hace años, en otra conversación, cuando le pregunté si lo suyo era caridad o existía un trasfondo por denunciar las injus­ticias, me mostró un cartel que presidía una de las paredes de su casa con esta leyenda, «cuando doy pan a un pobre dicen que soy un santo, cuando pregunto por qué un pobre no tiene pan, me llaman comunista». Un pensamiento del obispo bra­sileño Helder Cámara, uno de los padres de la Teología de la li­beración, que Pilar Cortés, hace suyo.

El concierto de los pobres



“Siente un pobre a su mesa”, rezaba aquel eslogan que inmortalizó en el celuloide nuestro director Berlanga en Plácido. No era idea suya, sino del régimen de entonces, que quería hacer creer que éramos la leche en cuanto a caridad cristiana se refiere. Buen baño de realidad nos damos cada vez que volvemos a verla, porque envejecer, no lo ha hecho.
De entonces acá en Navidad se organizan eventos de todo tipo a cambio de un “kilo” para “banco de alimentos”. Bajo el paraguas de la solidaridad también se hacen, en cualquier ocasión y sobre todo cuando ocurren catástrofes con damnificados, encuentros deportivos, conciertos, rifas e incluso banquetes.
Como acabo de ver otra película, Viridiana, del gran maestro don Luis Buñuel, no estará de más decir que la bondad evangélica puede desvirtuarse tanto por un extremo como por el otro. Incluso por el centro.
Papa Francisco ha invitado a dos mil pobres de Roma al concierto que con motivo del setecientos cincuenta aniversario del nacimiento de Dante ha tenido lugar en el Aula Pablo VI del Vaticano. Un concierto para sostener las Obras de Caridad del Papa, “el concierto por los pobres”. Donde tenían que sentarse personalidades de alto rango, se han sentado ellos, los pobres. (Ignoro si han puesto un cobertor a los asientos o si luego los van a higienizar adecuadamente). No quiero ni imaginarme la cara que habrán puesto sus naturales ocupantes, al verse relegados a filas posteriores.
Y es que la “caridad” hay que bien entenderla. Papa Francisco se explica bien y lo tiene claro…
El resto, ya veremos cómo lo digerimos.

Ultrarricos



Esta palabra no viene en el DRAE, pero el “concepto” sí existe. Se trata de aquellas fortunas que superan los treinta millones de euros. O sea, una pasta.
Parece ser que han aumentado en número, y España también tiene un lugar en el mundo, dicen que la capital del reino está en el puesto dieciocho. Entre Madrid y Barcelona se llevan la parte del león, pero hay provincias que igualmente se benefician (?).
Justo al lado de esta noticia hay otra titulada “las familias tendrán que acreditar que son pobres para tener ayudas alimentarias”. Y ¿quien firmará esa acreditación? Ha de ser  asistente social. ¿Titulado/a o voluntario/a? Me veo contratando personal extra.
Pondremos aquí esta otra palabra, ultrapobres, que tampoco está contenida en el DRAE, pero cuyo “concepto” abarca ya a una inmensa población de nuestro país.
Manda narices que lo tengan que certificar asuntos sociales… Antes se notaba quien era pobre y quien era rico, sin que nadie lo tuviera que verificar. Saltaba a la vista. Ahora también, porque a los ricos se les dan facilidades, y a los pobres dificultades. A los ricos se les ilumina la cara de satisfacción, y a los pobres se lo echamos en cara. Dicen que estos “echan mucha cara al asunto”.
Y a nadie se nos cae la cara de vergüenza por consentirlo.

Ayer nos visitaron las hermanitas



Tal y como acordamos, aquí estuvieron las dos, la joven y la anciana. Venían a por nuestra limosna, pero, como ya habíamos preparado, la monjita nos expuso los motivos de su marcha. Sencillamente la falta de vocaciones. Ni el trabajo, ni el dinero, ni el enorme edificio que han de mantener porque está a reventar de señoras y señores residentes. Únicamente no quieren ser empresarias con un tropel de personal asalariado, cobrando subvenciones o a costa de pensiones sustanciosas. Ellas no pueden, pues a los cuarteles de invierno. Y se repliegan para mantener lo mantenible.
Como a modo de canto del cisne, estas entregadas y piadosas personas, nos han ofrecido su mejor testimonio, tras ciento treinta y tres años en Valladolid. No se reciclan, se condensan. No cambian, se mantienen. No se evaden, cargan con todo lo que quede. Y, como los lirios del campo y las avecillas del cielo, persisten en seguir confiando en la providencia.
Y al decirlo, ni resultaba cursi, ni sonaba a excusa. Era pura decisión, fe firme, convicción humildemente evangélica.
Me disgusta que se tengan que marchar. Este es uno de los motivos.
El otro, por el que realmente estoy cabreado, no lo puedo escribir. Si alguien lee el pensamiento… está acertando.
Sí, a veces me gustaría pegarle un puñetazo a la vida.

Mi Casa se cierra



Posiblemente, con toda seguridad, este sea el último año que vienen ellas a recordarnos dónde están y solicitar ayuda. Me refiero a las hermanitas de los pobres, que no tienen más salida que cerrar alguno de sus centros para que otros se mantengan. Así es como Mi Casa, que así se llama el centro de ancianos que regentan, va a desaparecer de Valladolid. Llegaron pronto, hace más de cien años. He intentado dar con la fecha, pero no lo he conseguido.
Fundadas en 1839 por Juana Jugan, llegaron a España en 1863. En mi ciudad se asentaron primero en la calle San José, para trasladarse en 1976 a un nuevo edificio en las afueras, junto a la carretera de Segovia, que tenía acceso por un camino que se llamó a partir de entonces de Juana Jugan, por su fundadora.
Recuerdo de mi infancia que a las hermanitas y a sus asilados siempre se los tenía en cuenta, no sólo en Navidad, en todo tiempo y circunstancia. Ellas asilaban a las personas más pobres, no aceptando sus donativos ni sus herencias, pero sí la caridad de cualquiera, sin atesorar, sólo para el día a día. Por eso no les faltaban alimentos, ni ropa, ni útiles de aseo, ni personas que sirvieran en el comedor, incluso, mejor dicho especialmente, los domingos y festivos.
Es así como entonces cualquiera podía esperar no verse desasistido en su vejez, porque estaban ellas para asegurarle cobijo.
Luego apareció el negocio, que es lo contrario al ocio, y milagrosamente se multiplicaron las casas para ancianos, las residencias geriátricas, los hoteles con muchas estrellas para la última edad. Y también los antros de todo tipo y pelaje. Tardó la administración pública en poner orden y concierto, pero al fin lo consiguió a base de inspecciones y levantamiento de actas de denuncia con amenaza de sanción económica o cierre definitivo.
No clausuran Mi Casa por falta de medios, lo hacen porque no hay relevo. Faltan vocaciones, dicen. Y es verdad, hay carisma pero no quien lo quiera asumir, al menos en las condiciones en que hasta ahora se ha venido haciendo.
Cada vez que he entrado en aquella casa, limpia, reluciente, ordenada, me han recibido con una sonrisa y cariño en cantidades. Allá he acercado a lo más humilde y postrado que el ser humano puede llegar a ser, y siempre ha sido acogido y atendido como si se tratara de un príncipe, de una marquesa. Allá conviven, y lo han venido haciendo generaciones, arzobispos y doctores con muleros e iletradas; en la misma sencillez, con la máxima atención, recibiendo absoluta dedicación.
Han llegado esta tarde la hermana limosnera y su joven conductora. La primera, muy mayor, no recordaba que ya el año pasado habían estado aquí; y era su compañera quien dirigía el diálogo con dulces insinuaciones y corregía su yerros sin hacerse de notar. Una anciana y sin relevo, una chiquilla sin futuro. No queda otra que asegurar el presente. Por eso cierra Mi Casa, para que otra, tal vez la de Ávila, o Plasencia o Salamanca, siga abierta y funcionando.
Ahí es donde me gustaría que los santos oficiales hicieran milagros. No para reconocimientos oficiales ni para completar vitrinas de trofeos, sino para que su obra continúe. Así que, Santa Juana Jugan, tienes once meses para hacer un imposible, que esto no termine.

La pobreza es fea, y los pobres…


Este año los crisantemos por los santos vinieron en plan económico. Salen a buen precio y duran más, dijeron. Y aparecieron dos macetas hermosotas. Humildes crisantemos con olor a muerto.
Han durado, sí; exactamente treinta días. El mes entero de las ánimas benditas.
Ahora ya no los quiere nadie. Puedes tirarlos, están feos.
Los he recortado y voy a cuidarlos para ver si en primavera…
Ser pobre no es ninguna bicoca. Ayer pude constatarlo. Estaba la nave a reventar. ¡Qué caras! Se podía cortar el aire, porque hasta el silencio pesaba. Mendigar comida es lo último que me podía suceder. La pobreza humilla.
Pobre, pero decente. Por supuesto. Y también limpia. Faltaría más. Y honrada a carta cabal. ¡Qué remedio!
Pero nadie quiere serlo. Incluso se huye de los pobres. Damos un rodeo para no encontrarnos cara a cara con una persona pobre. Y cuando nos vemos en algún apuro y alguien exclama ¡pobre!, enseguida replicamos ¡oiga usted, un respeto!
 No lo tiene fácil Francisco. Se lo van a poner muy difícil. Ya se dice por ahí que han empezado a ponerle palitos en los radios de las ruedas de su bicicleta.
¿Que no usa bici? ¡No me digas!
Jesús Visa, Hernando de segundo para más señas pero poco útil, acaba de marcharse. Un pobre cura. Más bien un cura pobre. Y humilde. ¿Quiso ser así o así lo nacieron? No he podido ir a despedirle. Tampoco era necesario. Cuando me hizo falta, allí lo tuve.
Ahora también está, y no precisamente como los crisantemos que he pelado esperando vuelvan a resucitar. La primavera de Visa está en presente, aunque el invierno ya nos avise que llega.

Esperando el cambio de guardia



Malamente comenzó el otoño climatológico. El astronómico lo hizo sin pena ni gloria. Pero las primeras lluvias, junto con otras circunstancias que no merecen explicitarse, dieron lugar a un día gris, tirando a negro.
Eso y meterme en el cuerpo tres celebraciones por la tarde en un sábado, sabiendo que a la mañana siguiente llegan otras dos, y que tres de ellas son en residencias para personas mayores, más que animar, asusta.
Pero pasada la tormenta, y con el sol brillando al caer el día, parece que todo recobra su sentido.
Hoy, además, una visita sorpresiva a esta entrada mía de hace años, y el tema del rico Epulón y el pobre Lázaro como centro de la liturgia, parece que me han devuelto la luz, o a la luz.
Resulta que ahora es noticia de portada que la Iglesia ha de ser pobre y para los pobres. Y salvo quienes han estado siempre en el asunto y lo tienen claro dígase lo que se diga, por aquí y por allá se está a la espera de ver cómo se concreta, en qué se materializa, o si va a resultar que al final sólo va a consistir en poner simplemente un pobre a la puerta, como en aquella vieja película española de los años cincuenta.
Que a los pobres hay que dedicarles atención, siquiera un poco, nadie lo discute, al menos abiertamente. Que constituyan el centro de todo, o que sean ellos los que estén a la cabeza, eso es harina de otro costal.
O estoy muy equivocado o este tema va a levantar más sarpullidos que lo del asunto del sexo mandamiento. Y si no, al tiempo.

Cambio de guardia en el Vaticano

Esta caricatura hecha con lápiz representa al rey Víctor Manuel II de Italia y Napoleón III como soldados cambiando la guardia, mientras que el Papa Pío IX mira con ojos escrutadores desde la esquina. La caricatura se refiere a las intrincadas maniobras que tuvieron lugar a mediados del siglo XIX entre Francia, Austria, los Estados Pontificios y los nacionalistas italianos, y que precedieron a la unificación de Italia. Las tropas francesas y austríacas habían estado en Roma para proteger los Estados Pontificios desde 1850, cuando Pío IX comenzó a temer el levantamiento de los nacionalistas anti-papales. En 1858, los sardos firmaron un acuerdo con Napoleón III para luchar contra Austria por las regiones de Lombardía y Venetia. Esta fue una de las primeras guerras de unificación italiana. El dibujo es muy probablemente de principios de 1858, antes de que Napoleón III firmara un acuerdo por separado con el rey de Austria que sorteaba a Víctor Manuel. La caricatura, que se publicó en Punch el 8 de octubre de 1864, está firmada y fechada por John Tenniel (1820-1914), un ilustrador británico. Tenniel fue reconocido como un talentoso caricaturista político, pero es más conocido por sus ilustraciones para el original de Alicia en el país de las maravillas. Este trabajo pertenece a la Colección Militar de Anne S.K. Brown de la Biblioteca de la Universidad Brown, la principal colección estadounidense dedicada a la historia y a la iconografía de los soldados y sus actividades, y una de las colecciones más grandes del mundo dedicada al estudio de los uniformes militares y navales.

La liebre



Tal que así era la liebre que esta mañana nos sobresaltó de madrugada. Cuando quisimos darnos cuenta, ya tenía puestas sus patas en polvorosa. Tardaron en reaccionar mis amiguitos; Moli giró sobre sí misma como una peonza y dudó hacia dónde dirigirse; Berto y Gumi levantaron la cabeza, movieron sus rabos con frenesí y tiraron del ramal con todas sus fuerzas; pero la liebre se perdió en la lejanía, con Moli al fin persiguiéndola, más por oficio que por convicción. Al poco rato volvió la quietud al pinar, y el paseo prosiguió placidamente, como es habitual.
Por la tarde volvióme a suceder, esta vez en la piscina. Braceaba indolentemente por la calle siete, vacías la seis y la ocho; o sea, casi en solitario. En esto una cosa negra me adelanta por mi izquierda; estoy en la vuelta ocho. Sigo a mi ritmo y al cambiar a crol -se escribe crawl- distingo unas piernas blancas que patalean a buen ritmo sin conseguir despegarse. Acelero una pizca porque la siguiente me toca espalda y voy mucho más lento. Por supuesto al llegar a la pared y virar resulta que me ha sacado medio largo de ventaja. Mantengo el ritmo y cuando vuelvo a la braza ya no está tan lejos. Lo que le gano en crol ella me lo recupera cuando voy pa’trás. No desespero, pero tampoco me relajo.
En la dieciséis ya vamos parejos, porque en los múltiplos de cuatro nado de espalda pero a dos brazos, y así avanzo casi tanto como a crol. A partir de ahí ya voy en cabeza.
En la veintisiete le he sacado más de un largo. Me paro, salgo del agua y de reojo la veo llegar a la pared.
No voy a la piscina a competir, sino a disfrutar. Sin embargo nadando en solitario me entretengo mucho menos que haciéndolo en compañía, como en el resto de las cosas de la vida.
Tener una liebre resulta interesante. Te permite medir tus fuerzas, te saca de la abulia, te exige y hasta te dirige.
¡Benditas liebres que tiran de uno sin pedírselo!
La de esta mañana, grande como un caballo, nos hizo pasar un buen rato. La de esta tarde, no la vi la cara, tenía un cuerpo precioso y batía las piernas maravillosamente. Además me hizo bajar a casi treinta y cuatro minutos, todo un record. No me extrañaría nada que me citaran para Río, al tiempo.
Pero ya que hablo de sobresaltos, tengo que hacer mención del que recibí ayer viendo a esforzados sindicalistas mangando comida de un super; era para una ong. No quedó ahí la cosa, que enseguida salieron defensores en nombre de la justicia que dijeron que aquello estaba bien, coño, bien. Que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, y cosas por el estilo. Hay quien habla en nombre de la doctrina social de la Iglesia, y quien lo hace desde la “humanidad”. Empieza a distinguirse entre lo legal y lo legítimo, y ya no se mira igual, o eso creo, la lista de los personajes más ricos del planeta.
Bien. Esta liebre está ahí, agazapada, en su cama de momento. No quiero ni pensar qué ocurrirá cuando salte y nos sorprenda.
Personalmente tengo que escribir que no me parece nada serio que unos varones con toda la barba amedrenten a las muchachas del mercadona de turno por unos kilos de legumbre y unos paquetes de macarrones. Vienen por aquí y se los doy sin más historias. Salvo que hayan querido dar la nota, y entonces sí, como en la estanquera de Vallecas, han quedado retratados.
Si querían de verdad dar el campanazo podían haber reventado la caja de caudales de alguna Company que yo me sé. Aunque tal vez los vigilantes de la playa fueran demasiado para ellos.
Desde luego no sería mi ong la que aceptara tamaña captura. Y no es que ande sobrado, pero si doy, doy de lo mío, no de lo robado.
Esas no son maneras. Pero hemos de agradecerles a todos ellos que nos hayan avisado. Sí. Porque ahora sabemos lo que puede llegar a ocurrir si las cosas siguen como hasta ahora.
Demos gracias, cada quien a quien bien le parezca, de que aún podemos doblar cualquier esquina sin que nos atraquen. Pero ojito al parche, que eso puede cambiar, y no tardando. De momento han sido tres carritos de comida, total unos cien euros o poco más.
Hay demasiados hambrientos y desesperados, y están viendo colmada su paciencia. Y razón no les falta.

¡Qué vidas, Señor!


Cuando la conocí se llamaba Áurea. Nos avisaron que había un grupo de personas acampadas al raso en una zona cercana al barrio, y allí fuimos. Una pareja y tres criaturas. Hicimos cuanto estaba en nuestra mano en aquel momento, acercarles ropa y alimento, y un toldo siquiera para que la helada no los matase. Luego se hicieron con un cacho caravana, pero no se movieron del lugar. Y creo recordar que así pasaron el resto del invierno. Puede que fuera 1990 ó 91.
Resultó que en realidad su nombre era María Luisa. Y ahí tuvimos que intervenir ante el señor fiscal para que no la enchironaran por usurpación de personalidad. Saltó la liebre porque la mayor de las criaturas estaba sin escolarizar, y la municipal investigó.
José A., el marido, hacía lo que podía recogiendo cartones y chatarra, o sea, nada. Aún así, aquel año tuvieron otra criatura. Aquello sí que me pareció milagroso.
Mejoraron cuando les cedieron temporalmente una vivienda social, desde las asistencias municipales, pero les cambiaron a la otra punta de la ciudad. No obstante, seguíamos en contacto, suministrando cuantos alimentos y ropa estaban a nuestro alcance.
Les echaron de la casa, pegaron patadas sucesivamente a cuantas puertas cerradas de casas vacías pudieron encontrar, y a la vuelta de los años, volvieron a aparecer en este barrio.
Él parece que consiguió una pensión no contributiva, y ella quedó convertida en abuela.
De casa en casa, de puerta en puerta, pidiendo y recibiendo lo que buenamente les daban. Por aquí no dejaron de venir. Sin trabajo, no hay otra manera de mantenerse una familia que empezaba a ser numerosa.
La última vez que los he visto ha sido esta misma tarde. No me pude parar porque volvía con mis perritos del paseo y José A. traía otro del ramal, y se enzarzaron a ladridos; sólo saludé con un hola. Cuando llego a casa me entero de que María Luisa estuvo aquí a finales de octubre, y venía asustada; un bulto en su espalda era el motivo.
Resultó maligno y hace unos días apenas que murió. Exactamente el 22 de noviembre. Hoy venían a ver si había algo de ropa negra.
Tuve muchas veces en mis manos su carné de identidad, pero ignoro su edad. Cuando conocí a Áurea/María Luisa, yo calzaba veinte años menos y ya sabía que este mundo es muy difícil de cambiar, casi imposible.
Total, qué importancia tiene ahora esta minucia.

Muros, tradiciones, el mito del eterno retorno y otras consideraciones


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     Una pared puede tener muchos usos y aplicaciones. Generalmente sirve para cerrar un espacio. Vale tanto para impedir que entren como para imposibilitar salir. A veces se utiliza para sujetar algo, por ejemplo mi casa, que está hecha hace tiempo y tiene paredes que son muros de carga, en expresión albañileril. Hoy día se construye de otra manera, y las paredes son como de adorno, y hasta se mueven sin te apoyas en ellas. Se pueden pintar y adornar, consienten que cuelgues estanterías y cuadros, incluso te dan la seguridad de estar protegido. No te fíes; puede que al otro lado alguien escuche tus pensamientos y trame algo gordo contra ti. No duermas tranquilo, esa pared es de papel o similar.

     Un muro refiere a otra cosa. A mí, por ejemplo, me recuerda el de Berlín, que viví desde mi infancia. Ahora el de Gaza, que es otra monstruosidad consentida urbi et orbe. Vergüenza de vergüenza, se nos tenía que caer la cara a trozos…

     Muros los hay que no tienen piedra, ni cemento, ni siquiera adobes. Son reales, pero no tienen apariencia física. Reciben diversos nombres, según cómo estén pergeñados: del silencio, de la indiferencia, de la exclusión… que dan lugar a separaciones en la sociedad y en las ciudades. Son barreras muchas veces más difíciles de evitar que las físicos porque no les vale ni el pico y la pala, sino un cambio de mentalidad, sí, cabeza y corazón. Y eso es harto complicado y exige mucho tiempo, demasiado.

     Mi lugar, por ejemplo, antes era todo muy semejante, con casas entre huertas y tierras de cultivo. Cosas había, por supuesto, que separaban, pero también que unían. Ahora han venido urbanizaciones, con parcela y piscina propias, o sea particular. No entrar. Tampoco hace falta que lo digan, con tener la puerta cerrada es suficiente. Y lo está. Tienes que llamar para pasar al otro lado de lo que antes eran todo campo.

     No hace tanto, apenas diez años, iba yo un día atravesando a través, por linderas y senderos, pasando de una finca a otra finca, de un poblado a otro poblado. Era lo habitual. Sin embargo aquel día me salió un seguridad que me dio el alto diciendo ¡dónde va usted! Perplejo le dije que como siempre caminando hacia mi barrio. Y él va y dice que la tierra que piso es propiedad privada. Ya lo sé, le contesté, pero eso no quita para que pueda pasar, que ni valla ni ná me lo impide. El otro con cara seria me dijo que eso se terminó, que aquella tierra ahora era de una gran constructora y que el libre paso se acabó. Pocos días después todo aquello quedó encerrado con una alambrada. Ahora ya no es alambre, es pared, eso sí, disimulada por la hiedra.

     ¿Dijo alguien alguna vez que no se le podían poner puertas al campo? Pues se equivocó. 

     También una pared sirve para adosar algo sobre ella o junto a ella. Por ejemplo, unas tomateras. Así lo ha hecho en su huerta mariajesús paradela.

     Hay muros que obstaculizan. Hay tradiciones que imposibilitan hacer cosa distinta a lo que es usual y recibido de los mayores.

     Hay una filosofía que habla de que todo da vueltas y vueltas, para volver siempre al mismo lugar, o sea, al principio. Los griegos pensaban así, eso dicen. No había salida, todo estaba encerrado en un fatídico e infernal círculo, y por más giros que se dieran, siempre se estaba empezando… y acabando. Eso se llama círculo cerrado. Una obviedad, porque si estuviera abierto ya sería otra cosa. Otros lo llaman círculo vicioso, y no sé por qué, pero es así. Tal vez porque si un niño pregunta por qué no puede hacer eso que quiere la respuesta fuera simplemente porque no. Y ante su insistencia recibiera como única explicación, porque ni tu padre, ni tu abuelo, ni tu tatarabuelo lo hicieron, no vas a ser tú más que ellos. También le podrían decir, yo lo he oído, porque si haces eso la gente te mirará raro, eso no se hace, nunca nadie lo ha hecho.

     Otra cosa era lo que vivían los judíos, ese pueblo milenario que sufrió mil avatares, aventuras sin cuento, aunque lo parezcan, que haciendo eses, subiendo y bajando, dando dos pasos para alante y uno para atrás, fue progresando en la búsqueda de una tierra de promisión, donde serían felices y comerían perdices. Y las comieron, vaya si las comieron, pero de felicidad no creo que alcanzaran mucha, más que nada a juzgar por lo que cuentan en sus anales. Pero eso sí, miraban para adelante con uno de sus ojos, aunque con el otro echaran en falta muchas veces lo que dejaban a la espalda. Pero ellos concebían su historia como una línea, abierta al futuro, susceptible de infinitud. Esto, ya lo descubrieron los matemáticos, que dijeron que una línea no tiene ni principio ni fin; cosa distinta es el segmento, que es un trozo de línea acotada por ambos extremos. Y ojito que me estoy refiriendo a la línea recta; que si fuera otro tipo de línea ya no saldrían las cuentas.

     Matemáticas, historia o filosofía, los judíos no deben saber demasiado, yo creo que más bien poco. A la vista está lo poco que han aprendido de sí mismos, que ahora están repitiendo, por activa por supuesto, lo que antes vivieron por pasiva. Les echaron de aquí, pues ellos echan de allá. Les arrinconaron en ghetos, pues ahora ellos encierran entre muros. Les privaron de suministros, pues ellos también dejan pasar con cuentagotas víveres y medicinas. Les masacraron con gas, pues ahora ellos aplastan con tanques. Y ojito, que no se muevan, que tienen energía nuclear. Y eso son palabra mayores.

     Dejemos las matemáticas y la historia y hasta la filosofía. Yo sé de personas que se dejan encerrar entre paredes. Y también conozco gente que ni emparedándola la encarcelan. Toure y Yankhoba son dos ejemplos que me sirven. Son hermanos por parte de padre, que por allá hay muchas madres aunque no cuenten, y nacidos en Senegal, África, el continente de abajo.

     El mayor vino a España hace ya ni se sabe, puede que más de quince años. Logró salir de allá, nadie sabe cómo, y llegó hasta acá. Y el arrojo que mostró viniendo lo perdería por el camino, porque aquí vive encerrado en sus limitaciones personales y en la pequeñez que se le ofrece. No hace sino mercadillo, aunque tenga que alimentar allá muchas bocas. No sé si es que no sabe hacer otra cosa, o no puede, o no le dejan. Y así está. Comparte casa con otros en la misma situación; aún no ha conseguido sacarse el carnet, y su español es tan deficiente que malamente se le entiende. Malvive, no puedo decir más.

     Yankhoba, su hermano, le pidió venir. Como fuera, entre todos le tragimos. En cuanto llegó se puso en movimiento: aprender el español, estudiar el código de la circulación, conocer geografía e historia del país, leer libros de acá… Es verdad que mucho le ayudamos, pero él se propuso dejarse ayudar, y puso de su parte toda su carne sobre el asador.

     Hace de esto cinco años. En tan poco tiempo ahora conduce por Europa un carísimo camión, contrajo matrimonio con su novia de toda la vida a la que se trajo para acá; compró casa nueva, aunque con hipoteca alta; hizo dos preciosos hijos y tiene frente a sí un futuro, si no seguro -quién lo tiene ahora-, bastante asegurado. Y Astou Pilar e Hibrahim, ya españoles de hecho y por derecho, no tienen por qué repetir historias que otros vivieron, sino que tendrán vida propia, decidiendo lo que tengan que decidir.

     Y es que hay muros que separan y muros que unen; hay personas que se esconden tras los muros y personas que se sienten encerradas entre ellos; y hay seres humanos que por altos que sean los muros con que se topen, saltan por encima de ellos, escarban bajo sus cimientos o recorren medio mundo para darles la vuelta, y lo que pretendía ser obstáculo se convierte para ellos en ocasión de nuevas oportunidades.
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     mariajesús paradela ha limpiado primorosamente sus tomateras. El muro está ahí, pero es ayuda para crecer no barrera que limita. Apoyados en su firmeza los tomates no vencerán a la planta, engordarán y enrojecerán hasta reventar y se hará con ellos una ensalada festiva, que espero de su amabilidad, de mariajesús por supuesto, que nos haga partícipes a cuantos visitamos su lugar y nos deleitamos con sus peripecias junto a caballos, ranas, perros y demás parentela.
     ¡Si aquello parece el arca de Noé…!

21 días en la calle

Este vídeo relata los 21 días pasados en la calle por Samanta Villar, programa emitido en Cuatro el día 30 de enero de 2009.

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