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Inquietante




Estimado Paco: Ese título con el que encabezas tu columna en el Diario de Valladolid me inquieta. Por lo que escribes, pero sobre todo por lo que lo provoca.

Ayer mismo leí en otro medio “la caridad (es) enemiga de la solidaridad”, y no me inquietó, me cabreó.

De pequeño aprendí que con las cosas de comer no se juega; son demasiado serias; tanto que entonces besábamos el pan tras recogerlo del suelo cuando se nos caía. Mi padre, y como él otros muchos, nunca consintió caer o verse implicado en el estraperlo, lucrarse de la necesidad ajena. En lo que estuvo en su mano, siempre hubo un saco de harina para quien estuviera necesitado. En la mesa de mi casa no se tiraba nada; todo tenía aprovechamiento. Aprendí a ser solidario por caridad, por simples entrañas (tripas) de misericordia. Que ahora se negocie con el hambre de otros no me las conmueven, me las crujen.

Si entonces, aquel llamado “año del hambre”, y digan lo que quieran inquietantes investigadores del pasado, Argentina se solidarizó con nuestro país enviándonos medio millón de toneladas de trigo, la solidaridad entre paisanos también existió, al menos en el mundo rural, y supervivimos gracias a ella.

No quiero adentrarme a analizar cuándo y cómo se produjo el desajuste entre términos tan plenos de sentido: justicia, solidaridad, caridad. Me parecen tan iguales y equivalentes como las tres caras de la misma moneda: el mismo valor, el supremo.

Que sea noticiable que se da pan a las personas hambrientas, resulta hiriente a quien recibe y a quien entrega, por los mismos motivos, porque la dignidad humana se pone en un escaparate, en el mismo en el que salen las defraudadoras, las evasoras, las corruptas, las insolidarias, las injustas, las faltas de caridad.

Pero entiendo que tú, como periodista, consideres que lo que no se dice no se sabe, o al menos no se quiere reconocer. Y como profesional te preocupas de dar notoriedad a lo que consideras importante. Está bien así. También has de entender que esa misma publicidad puede zaherir, avergonzar, ¿humillar?

Como soy cristiano tengo una referencia muy concreta: Jesús de Nazaret me indicó que cuando diese limosna no tocara la campana ni lo hiciera en la plaza pública. Y eso intentamos hacer: ni hinchar el pecho ni poner a nadie en un rollo.

Por cierto, en el pueblo de mi madre, Villalón de Campos, existe un rollo preciosísimo, donde colocaban a los malhechores para escarnio público.

Por todo, y con todo, gracias, Paco.

TEXTO:

PACO ALCÁNTARA
El local parroquial adosado a la iglesia de la Virgen de Guadalupe, en el barrio de las Vi­llas, siempre tiene la puerta abierta. Es un singular autoservicio para familias sin recursos económicos. Las cajas con leche, galletas, arroz y aceite, entre una veintena de productos de primera necesi­dad y las estanterías con ropa usada, perfectamente ordena­das, apenas dejan paso para transitar con holgura por la nave. 38 toneladas de alimentos, 14 de leche, que merman a un rit­mo endiablado porque, desde finales de octubre, unas 400 personas, de 24 nacionalidades distintas, ya han recogido una buena parte para paliar esta pandemia llamada pobreza. Aun­que el día señalado para el reparto es el viernes, Pilar Cortés advierte que, muchos, aún sienten pudor por mostrar su po­breza en público. Prefieren acudir cuando este dispensario so­cial, una pequeña isla de solidaridad, se encuentra vacío, sin miradas supuestamente inquisidoras.
Esta profesora jubilada, que abandonó una comunidad re­ligiosa, hace 25 años, para «hacer pequeñas cosas, y sentirme satisfecha por solucionar, cada día, un pequeño problema de alguien», es la promotora de un grupo de voluntarios que ope­ra en esta parroquia. Un colectivo que se interesa por favorecer la autopromoción personal, detectar necesidades, asistir a quien requiere ayuda y «crear una conciencia colectiva bajo el prisma cristiano», aclara esta mujer vitalista, que huye del pro­tagonismo mediático.
La última donación de un hotel de la provincia, treinta mantas, se repartió en apenas tres días. «Hay gente que no tie­ne para pagar la calefacción, familias que se hacinan en una habitación, compartiendo con otros, una vivienda con dere­cho a cocina», cuenta mientras advierte, es verdad que ahora hay más trabajo, «pero, es muy precario; a muchos, el salario no les llega a fin de mes», y lanza una reflexión digna de me­morizar, «hay una parte de la población que no se percata que otra parte lo está pasando muy mal».
Aristóteles ya nos alertó que la compasión es una cuestión de distancia. El dolor de los que están demasiado cerca nos conmueve, mientras el de los que están demasiado lejos nos resulta indiferente. Hemos convenido en entender como nor­mal padecer una ceguera emocional frente al sufrimiento leja­no y resulta excepcionalmente ejemplar que aún exista gente que experimenta como propio el dolor ajeno, por remoto o anónimo que sea. Convertidos en consumidores televisivos, las miserias que contemplamos en la pequeña pantalla nos hacen creernos a salvo y, como señala Santiago Alba, «nos re­fuerzan la convicción de la existencia de una ley natural que nos ha puesto a cubierto de la pobreza, la guerra, los terremo­tos y las matanzas». Nos acercarnos al borde sin arriesgar nada, puede, incluso, que con la sensación alegre de vernos como «unos superviviente». Seres vacunados para no advertir como propio el dolor ajeno.
Sin embargo, esa cercanía con la desdicha y la adversidad, le sugieren a esta mujer, que ya peina canas, muchas pregun­tas, ¿cómo permanecer impasible cuando conoces a una fami­lia con cuatro miembros, que vive con apenas mil euros al mes, tienen que pagar cerca de quinientos de alquiler y, el pa­dre, a diario, tiene que viajar en su coche unos 200 kilómetros para ir y volver de su puesto de trabajo?, ¿Cómo no ayudar a gentes que administran 350 euros para todo un mes, como único recurso, y que, por su edad, saben que no volverán a en­trar en el mundo laboral? Perdemos la condición de humani­dad si damos la espalda a estas situaciones tan dramáticas, di­ce Pilar.
Hace años, en otra conversación, cuando le pregunté si lo suyo era caridad o existía un trasfondo por denunciar las injus­ticias, me mostró un cartel que presidía una de las paredes de su casa con esta leyenda, «cuando doy pan a un pobre dicen que soy un santo, cuando pregunto por qué un pobre no tiene pan, me llaman comunista». Un pensamiento del obispo bra­sileño Helder Cámara, uno de los padres de la Teología de la li­beración, que Pilar Cortés, hace suyo.

La fuerza de las palabras, o su desinfle




Acabo de leer un artículo de José I. González Faus, sobre el significado de la Navidad y la Encarnación, y comenta la Primera Carta de San Juan que sirve de primera lectura litúrgica de estos días. Me llama la atención que en una nota trata de aclarar que utiliza la palabra Amor, con mayúscula, porque no encuentra actualmente otra manera de traducir el griego ἀγάπη.
Es sabido que en Grecia había varias palabras para expresar lo que nosotros denominamos amor: χάρις (cháris), ἔρως (érōs), ἀγάπη (agapê) y φιλία (philía). Pero tenían sus diferencias. Eros, sería el amor carnal. Agapê, el amor espiritual. Y Philía, el amor mental. Esto a grosso modo, aproximadamente, porque los griegos eran muy suyos y muy profundos. Lo más sublime es Cháris, que no tiene reflejo en castellano; propiamente es Caridad, del latín Charitas; y sería gracia, don, dádiva, es decir, lo que Dios es, siente y hace por el ser humano.
San Juan en su primera carta se refiere a que Dios se entrega a los seres humanos, a la humanidad entera, porque piensa siempre, y actúa, movido por su χάρις. De tal manera que Gracia viene a ser sinónimo del mismo Dios. Y Caridad la debilidad que tiene por los seres humanos; un amor elevado a la enésima potencia, o al infinito, que es decir lo mismo. San Juan es simple y contundente: «Dios es amor» (5, 16b).
Pero, claro, en castellano no hay equivalencia. Y amor es el único sustantivo que tenemos, al que hay que añadir predicados, adjetivos, para explicitar y cualificar ese amor. Así hablamos de amor de amigos, amor de familia, amor de pareja, amor sexual…
San Pablo lo tiene también claro, «todo es Gracia» (Romanos 4, 16) y así lo expresa en su famoso himno de primera a Corintios (12, 31-13, 13), sea propio o apropiado, donde ensalza la Caridad.
Faus corta por lo sano, como médico ante gangrena, y dice Amor, con mayúscula, porque, y aquí se explaya: Mantengo la palabra Amor con mayúscula cuando se refiere a Dios, para eludir la ambigüedad de nuestras traducciones que no tienen palabras para la “agapê” griega. Pues traducir por amor conlleva el riesgo de nuestra identificación facilona entre amor y deseo. Pero traducir por caridad es proyectar en Dios la devaluación minimalista que nosotros hemos hecho de esa espléndida palabra (pues caridad empalma con el griego “charis” que alude a la gratuidad). Y traducir por solidaridad, que pudo ser hoy la palabra más expresiva, puede implicar una reducción grupal de la solidaridad, que la prive de su carácter universal. En el primer caso el amor haría menguar la libertad, en el segundo la igualdad y en el tercero la fraternidad. Por eso opto por Amor con mayúsculas”.
Esto es una consecuencia de haber convertido en hacer caridades, dando lo que sobra o lo que nos estorba, hiriendo y humillando a quien se hace objeto de nuestra donación, o vanagloriándonos de hacerlo, lo que en realidad tenía que ser algo sublime por la Gracia de Dios.
Pero hay otra devaluación que ahora está en el candelero. Me refiero a “banco de alimentos”.
Desde que consigo recordar, la batuta en esto de tener alimentos, recogidos como donativos o adquiridos con los donativos recibidos, para entregarlos a personas necesitadas, le corresponde a Cáritas, en sus escalonados niveles parroquial, diocesano y nacional. Luego sobrevino la situación de tener excedentes agrícolas, ocurridos o forzados, y fue el estado a través del ministerio de agricultura el repartidor oficial. Y hace como unos veinte años, vino por aquí un señor a presentarme un proyecto de recogida de alimentos de establecimientos al público. Resultó ser el embrión del ya conocido como Banco de Alimentos.
Este es el momento en que toda aquella institución, ong o grupo de gente buena, que se precie, tiene su propio banco de alimentos.
Así ocurre que a esta mi parroquia se acercan personas en necesidad que acuden al banco de alimentos parroquial. Hay establecimientos de venta que organizan entre sus clientes campañas para el banco de alimentos, que luego entregan a esta parroquia. Y también está la operación kilo o campaña solidaria de navidad en colegios y similares que utilizan la misma expresión, banco de alimentos, para hacer notar que luego se entregan a la parroquia.
Pero que conste que no son lo mismo, aunque tengan en común la recogida y reparto de comestibles.
¿Que como al final se trata de atajar el mismo problema, lo mismo da que me da lo mismo? Pues sí, pero no.
Al menos en esta parroquia no se trata sólo y exclusivamente de repartir cosas. Tampoco, en lo que sé y conozco, en el resto de Cáritas. El contacto persona/persona es antes que nada; es lo fundamental.
Y es que las palabras tienen su importancia, y no hay que hacerlas parecer otra cosa diferente de lo que son. Si me he explicado bien en la primera parte de este escrito, huelga que añada aquí alguna cosa más. Y si no lo he hecho bien arriba, diga lo que diga aquí tampoco aclarará el asunto.

Dos bombonas o un hornillo



¿Dónde está la parroquia? Era una mujer de media edad; en los cuarenta. Salíamos al paseo de la tarde. Le indiqué dónde estaba, y seguimos. Gumi y Berto hicieron sus deberes y yo los míos, y volvimos. Allí estaba ella, en medio de la calle. He llamado al timbre y no estaba usted. Claro, estábamos de paseo. Es que quiero hablar con usted.
Y empezó allí mismo a decir cosas. Que trabajaba en las hermanitas de los pobres, que Delicado Baeza le había dicho que viniera a verme, que estaba separada y tenía dos hijos, que había vuelto a la casa de su madre, que su madre ya murió y se llamaba Áurea, que necesitaba dos bombonas, que sus hijos comían en el comedor escolar… Aquí no tenemos botellas de butano, y a esta hora… Tercié. En el surtidor de la carretera de Gijón las tienen y mi vecina me lleva, respondió decidida sin dejar resquicio alguno.
En fin, supuse que el asunto correspondía a Pilar y la avisé.
Cuando bajó, ella siguió diciendo cosas. Todas inventadas, ninguna verdadera. Pero tenían apariencia de verdad.
Incluso dijo dónde estaba su casa. Mentira, porque allí viven otros. Y dio un teléfono, que tampoco es de ella.
Cuando vienen preguntando por el cura, empiezo a preocuparme, me comentó luego Pilar. ¿Se llevó algo?, pregunté. Me dijo que tú le pagabas dos bombonas. Le di veinte euros.
Total, que se fue con veinte euros que se ganó. De verdad que se los ganó.
Además, apuntó al mayor a catequesis y si es que viene el lunes no diré que es un milagro, palabra.

Barriendo pelos

 

Tras el almuerzo de las diez, hora en que acabo o sea que en realidad es de las nueve, he barrido y fregado mi chabola. Apenas nada, porque Berto y Gumi no manchan casi. Nada que ver con Moli, que era un desastre y una guarrindonga; no sólo dejaba pelos por todas partes, es que cada lugar que utilizaba lo acomodaba a su manera, dejando inservibles e inutilizables sillón, sofá y cama. Sola era más comedida, pero su abundante cabellera tipo pelusilla anegaba por completo mi exigua vivienda e incluso dejaba flotando por el aire como algodones inasibles e inaprensibles.
El caso es que tras barrer he mirado el cogedor y he visto que apenas había cuatro pelillos de mis animalitos. Dejan más plumas los dos pájaros que tengo; y sobre todo el canario, cuando se baña, enloda más que el resto de los moradores.
Pues es que anoche, al salir de la piscina, estaba un operario pasando la mopa por los pasillos de acceso a vestuarios. Y había aparvado un montonarro de pelos ¡espectacular!
¿Toooodo esto es lo que dejamos? Se me ocurrió exclamar. El pobre no dijo nada, sólo sonrió.
Los seres humanos no somos conscientes de lo que vamos tirando por donde pasamos. Esta vez es pelo; otras, envases vacíos y plásticos a mogollón; y también neumáticos, electrodomésticos desvencijados y colchones inservibles. En fin, como si nos fuéramos deshojando por la vida tal que ahora mis parras con la llegada del invierno.
Si esto es así, nada de que dentro de cien años todos calvos; puede que eso ocurra mucho antes, y nos encontremos pelados de absoluta peladez antes de que terminemos de aprender a usar el peine.
Se dice que pensar cansa y desgasta. Y que quien mucho lo hace, encalvicia su cuero cabelludo antes que quien no usa eso de pensar y cavilar.
Yo, por ejemplo, nada debo hacer trabajar a mi máquina del pensamiento (si es que la tengo, que está por ver), visto la mata de pelo que me adorna por la parte superior; por el resto, ya es otro cantar; mismamente como el culo de un bebé.
Pues es que se me está pasando por el magín que de entre el personal que observo a través de este medio cibernético, algunos y algunas, o sea bastantes, deben estar ya sin pelo, habida cuenta de las cosas que leo como cosecha suya. O les sobra tiempo, o pasan hambre, o no tienen con quien echarse una parrafada y fumarse un cigarro, o simplemente ni barren, ni friegan, ni quitan el polvo de su casa. Aunque puede que les interese cómo la tiene de barrida y fregada su vecino o vecina.

Y hablando de casas. Por aquí hay muchas, muchísimas, vacías y sin uso. Ni consigo calcular las que habrá en total, en la totalidad de este país, en las mismas condiciones de vaciedad. Y sin embargo, acaba de llegarme el cartel de Caritas de el día de los “sin techo”. Extraña contradicción.
María, de quien hoy celebramos su presentación en el templo cuando niña, tuvo que ir a parir a una cueva porque no encontraron ni posada ni vivienda en aquel Belén de Judá, cuna del rey David. Así lo narra, entre otros, Pedro Miguel Lamet en su libro Las palabras calladas (Diario de María de Nazaret), que me ha regalado con motivo de un premio de poesía que le acaban de dar en su Cádiz natal. Pero es que “no había”. Parece ser que por una circunstancia mayor la población de aquel pueblecito se había acrecentado sobremanera.
Pero aquí no ocurre eso; ahora somos muchos menos que antes, y además hemos tenido que refugiarnos en la vieja casa familiar, para reducir gastos y pagar menos en calefacción. Ahora con una tele nos aviamos. Y con un solo retrete, una sola mesa comedor, y también con una olla, claro que un poquito mayor. Aunque de momento seguimos con el coche y el móvil per cápita.
Decididamente se nos cae el pelo; será por lo que sea, no por lo que discurramos.

Hablando de dinero


Porque el dinero anda siempre entre las cosas, se hable de él o se silencie su presencia. Salvo que volviéramos a la edad de las cavernas, o un poco más cerca a las economías de subsistencia o de trueque, porque entonces hablaríamos de otra cosa; del gobierno, por ejemplo.
Pues es que hoy toca hacerlo del maldito dinero. Maldito porque por él sufrimos hasta dar la vida. Aunque bendito sea, ya que nos facilita mucho demasiadas cosas.
El caso es que en la parroquia me han dado un aviso. Oye, tú, el servicio que haces a las residencias que asistes, ¿lo haces desde la parroquia, no? Pues entonces que se note que también esas empresas son parroquia. Que apoquinen con los gastos generales que les correspondan.
Me quedé en suspenso. Nunca he cobrado por nada. Sólo mi sueldo. Los seiscientos y pico euros. Y ahora, que soy pensionista, la pensión a cargo del estado. Además disfruto, es verdad, de casa, luz, lumbre y teléfono; garaje, patio y jardín; todo ello para cuidarlo y también disfrutarlo. En total salgo bien, demasiado bien. No necesito más. Incluso tengo para dar y tomar. Por eso el aviso que me dan me plantea dilemas…
Sin embargo reconozco que cuando me apalabré, dije que debían colaborar con las necesidades de la parroquia. Y eso pareció bien. Pero se quedó en nada. Reconozco que no les vendrá mal un toque.
Y el toque que me parece oportuno es el siguiente. Un carro de comestibles, más o menos, viene a costar cien euros. Puede oscilar entre sesenta y los doscientos cincuenta, según mi experiencia en comprar para repartir. Así que hemos fijado que la residencia más grande, contribuya con ciento cincuenta euros al mes; es decir, un carro de alimentos más variados. Y las otras dos, que son más pequeñas, con cien euros; o sea, un carro algo más pequeño, por ejemplo, que contenga 50 kilos de pasta, 30 kg. de harina, 30 kg. de azúcar y otros 30 de legumbre.
Que nadie se lleve las manos a la cabeza, porque tengo aquí la factura de mi última compra y además de eso, llevaba latinas de atún y tomate frito en paks de tres, sopa de carne en tetrabrik y creo que también metí sardinas en lata. ¿Que cómo pude? Pudiendo. Y el corsa lo trajo a casa.
Acabo de presentar la oferta, y ahora estoy esperando la respuesta de los gestores correspondientes.
Lo malo es si me contestan que así no vale. Que nones.
¿Cómo salgo entonces de este atolladero?

No está llena, pero algo es algo

–Don Enrique, dicen los albañiles que están dispuestos a hacer la obra a cambio de la nave lateral, que no tiene uso y a ellos le viene bien de encerradero.
–Mira, Miguel Ángel, el dinero es sólo dinero, y esa nave algún día os hará falta, y no tendréis que echarla en falta.

 Así o parecido fue aquel diálogo que mantuve con el ecónomo diocesano cuando tuvimos que enfrentarnos a construir una iglesia a partir de una vieja nave industrial. Como no teníamos ni una perra, el ofrecimiento de los constructores nos pareció un milagro y la mejor solución. Pero don Enrique, que era más viejo y astuto, nos disuadió. Así que hicimos la obra con nuestros medios, que fueron llegando pocos a pocos y terminaron siendo enteros; antes de inaugurarla ya estaba todo pagado. Y la parte que quedó sin reconstruir, porque incluirla habría aumentado la capacidad del templo pero habría disparado el coste en progresión no aritmética sino geométrica,  estuvo vacante durante un cierto tiempo, pero no demasiado, porque ese mismo verano el Banco de Alimentos de Valladolid nos pidió que le almacenáramos todos sus productos, porque ellos no tenían dónde hacerlo.
Desde entonces acá ese espacio se ha llenado, se ha vaciado, se ha mediado, y se ha vuelto a vaciar infinidad de veces. Desde muebles y ropa hasta libros y alimentos. Sin olvidar coches de niño, sillas de ruedas, muletas, televisores y ordenadores, máquinas de escribir, de coser, ajuares completos de casas que se deshacían por traslado o fallecimiento, artilugios de cocina y hasta herramientas y similares. Todo entraba, y todo ha salido.
Anoche estaba vacía del todo, y ahora no está llena. ¡Ojala lo estuviera! Tres viajes, treinta palés, veinte minutos cada descarga, una treintena de tiarrones desfogando sus ansias de sentirse útiles y vivos, sus mujeres haciendo las labores en casas ajenas con morriña de no poder estar colaborando, y quince toneladas largas de aceite, leche, pasta, lentejas, arroz y demás. Eso ha sido todo en esta mañana.
Ahora, ya está empezando a vaciarse de nuevo.

Con la despensa vacía

Sí, vacía del todo. Y amenazando con llegar al 10% y sobrepasar los seis millones, no queda otra que esperar y confiar.
Tanta es nuestra seguridad en que algo va a caernos, que lo tenemos todo dispuesto para recogerlo.
De momento enseño el almacén…

Y también esta imagen, cuya historia algún día contaré, si las personas implicadas me autorizan. De momento sólo esto: tiene fecha de 1936…
 ¡Corazón de Jesús, en vos confío!

Que tu mano izquierda no se entere

 

Supongo que es con la mano derecha con la que se saca el dinero del bolsillo. En el evangelio se lee de esa manera, pero no creo que todos los posibles lectores sean o tengan que ser diestros. Pero esas son las palabras que se atribuyen a Jesús en Mateo 6, 1-4: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. 2Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. 3Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; 4así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará».
He estado conteniéndome sobre este asunto porque no me gusta nada, nada. Pero lo saco ahora, o reviento. La gota que ha colmado mi vaso ha sido la información llegada desde Valencia citi de que Porcelanosa ha hecho entrega de quince mil bolsas de comida para cáritas. Sí, la misma que ha hecho un ere y ha despedido a no sé cuánto personal.
No hace mucho era otro empresario de fama el que entregaba unos cuantos miles de euros, también con el mismo destino.
Y desde hace como un año a modo de goteo obispos y arzobispos de aquí y de acullá salen en la prensa y en los medios aconsejando a sus curas que entreguen una mensualidad o parte, o la extraordinaria, al objeto de ayudar a gente necesitada.
Dado que tal como están las cosas nadie saber ya pescar, o si sabe, también sabe que eso hoy no sirve para nada si no tienes un barco, tripulación, redes y un mar donde faenar; lo mejor es que quien tenga peces, reparta con quien no tiene. Así de sencillo. Y no es broma. Cuenta, también es el evangelio, que una vez un muchachito que llevaba un par de ellos consiguió sin hacer magia potagia ni milagro extemporáneo que comiera una muchedumbre hasta saciarse. Claro que tuvo que ocurrir que cerca de él estuviera aquella muchachita tan pizpireta con cinco panes, cinco, que también fueron puesto al común. (Cfr Mc 6, 30-44; Lc 9, 10-17)
Así se está haciendo, y de esta manera, sin ruido ni alharacas, céntimo a céntimo, garbanzo a garbanzo, estamos sobrellevando esta puñetera crisis.
Abuelos que acogen a nietos; padres que asilan a yernos y nueras; hermanos y hermanas que sientan a su mesa a parejas con o sin compromiso; y vecinos y vecinas que al tiempo que hacen la compra, acopian una pizca más, para la del tercero izquierda o el del bajo derecha.
Así, así vamos tirando. Y la izquierda, la mano quiero decir, no se entera. Pero tampoco la derecha, es decir también la mano, sabe qué y por qué lo hace.
O sea, aquí como en Fuenteovejuna, se va resolviendo el asunto y nadie da la cara. ¡Anda que si fuera la izquierda, la mano digo, la que sacara y la izquierda, a la mano me refiero, la que no se enterara!
¡Uf! ¡Qué lío!

Tirar piedras está feo y ya no se lleva


Martirio de San Esteban. Juan de Juanes. Museo del Prado. Madrid

Desde aquellas muchedumbres de pordioseros que hacían cola a la puerta trasera de las cocinas de catedrales, abadías y hospitales para recoger en sus escudillas la, al decir de los anuales y crónicas, tan reconfortante “sopa boba”, hasta estos tiempos de penuria tras el bum del ladrillo y del pelotazo, ha llovido y ha escampado muchas veces. En poco han cambiado, sin embargo, las actitudes humanas, por más que las circunstancias sean muy diferentes, e incluso entre aquellas y estas pueda pensarse que haya distancias siderales.
La chusma de entonces sigue siendo la chusma de ahora. Claro que si en otro tiempo antiguo el fraile repartidor podía arrear zurriagazos al gañan o a la zorrilla que intentaban saltarse el orden en la fila, en este moderno ni se le ocurriría; menudo escándalo podría montarse, y la correspondiente denuncia por malos tratos y abuso de autoridad. Porque sí se ha avanzado en eso que dicen de los derechos de la persona, al menos sobre el papel. Las leyes ahora hilan muy fino, y obligan.
Si las personas honorables y pudientes entran por derecho por la principal, justo al lado del cajón de los dineros con el letrero más o menos “pan de los pobres”, “limosnas”, “banco de solidaridad”, “para San Meteorito”, “ayuda para el culto”, “caritas”, o similares; las otras, las que han de recibir, o eso pretenden, han de hacerlo por la auxiliar, donde no hay caja de ningún tipo porque para qué. Nunca hubo ni entonces ni ahora ventanilla ante la cual enseñar documentación y dar fe y autenticidad de la filiación y patronímica propia y ajena. Bastaba sólo con mirar. Además en el pueblo ya se sabía, y también en la ciudad, quiénes eran pobres de solemnidad y quiénes sólo pobres a secas. Y por supuesto, era claro y manifiesto las personas caritativas que donaban para gloria propia y constancia de su buen corazón. Incluso servía para luego hacerlo manifiesto en la esquela: “fue protector de los pobres”.
No contentos, -no sé a quién me estoy refiriendo ahora, pero a buen seguro que alguna persona avispada que lea lo sabrá-, con no haber hecho aún desaparecer de los archivos los antecedentes de cuantos pisaron la vieja DGS o sufrieron los embates de la "censoría" del estado de nuestra más oscura época reciente, es ahora cuando vienen a pedir listado de quienes son receptores de unos alimentos que dicen son excedentes de nuestra rica producción agraria y están sirviendo para que algunos se lo estén llevando crudo.
Es para evitar el fraude. Sí, porque es probado que hay duplicados y que esa gente se las sabe todas y guarda cola en varios sitios y así hace doblete en acopio. ¿De qué? Pues de arroz, de leche, de macarrones, de tomate frito, de sopa… No se puede consentir tamaño abuso de confianza con nuestras finanzas.
Es la hora en que no sabemos con certeza, -sólo se dice, se comenta, se cotillea; pero saber, saber propiamente, no-, quienes están defraudando millonariamente al pueblo. Pero se pretende controlar lo que se llevan a la boca los miserables, esa gentuza que sólo quiere vivir a costa de los demás, y exigen más “sopa boba”.
Es pura coincidencia que esta reclamación legal ocurra precisamente hoy, día 26 de diciembre, San Esteban*, el diácono que murió apedreado por la institución judía. Saulo no participó directamente, sólo fue espectador interesado.
No mataron a Esteban por negarse a decir a qué pobres ayudaba, que para eso lo eligieron; entonces ya se sabía quiénes eran y eso no interesaba. Pero tan bien lo debía estar haciendo que incomodó a los de siempre. Le acusaron de hereje, que entonces ya se estilaba.
Lo dicho, de ahora hasta allá, tal para cual.
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* “Por aquellos días, al crecer el número de los discípulos, se produjo una protesta de los de lengua griega contra los de lengua hebrea, a saber, que en el servicio asistencial de cada día desatendían a sus viudas. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y les dijeron:
-«No está bien que nosotros desatendamos el mensaje de Dios por un servicio de administración. Por tanto, hermanos, escoged entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y saber, a los que podamos encargar de este asunto; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio del mensaje».
La propuesta pareció bien a toda la asamblea, y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, y éstos, imponiéndoles las manos, oraron”. (Hechos de los Apóstoles 6, 1-6)

Nada pedir, nada rechazar


Extraña imagen fotografiada en el exterior de la tapia del cementerio de Castromonte, Valladolid

Lo repetía con su socarronería segoviana cada vez que le ponían delante una golosina, a pesar de su estricto régimen, que tenía la glucosa por las nubes. Pero él, como cualquier chaval travieso, se engañaba dando por hecho que aquel dulce era una minucia y no iba a influir en absoluto en su ya más que delicado organismo.
Ignoro si la frase era suya o la había tomado prestada, mi saber no llega a tanto. El suyo, sin embargo, era muy amplio y diverso. Dejó huella.
Y también reveses, porque no todo el mundo lo tuvo en alta estima. Fui testigo de cómo había personas que no le perdonaban, no sé si su trayectoria vital y existencial, su aceptación general y asaz generalizada en el barrio de Las Delicias, su capacidad de aglutinar sentires y de encauzar, tal vez demasiado personalistamente, reivindicaciones, justas quejas y atropellos denunciables.
Precisamente donde más debió ser valorado, allí fue donde menos se le soportaba. El cura rojo fue cuidador atento, pero su color fue otro bien distinto, más tirando al verde de los pinares de su tierra, que él perteneció siempre a las suaves laderas del sistema central, camino de la Fuenfría.
Le conocí en plena ebullición y efervescencia, y también luego en la debilidad del que tiene que dejar hacer a otros, soportando contradicciones y tragándose orgullo, convicción y dependencia.
Me acordé de él ayer en la tarde cuando tuve un roce evitable, en el que mostré cuán lejos estoy aún de encajar el dicho que tantas veces le escuché.
Propiamente no pido nada. Coge lo que necesites es la frase usual. En estos tiempos que corren, alimentos sobre todo, pero también ropa y trabajo. Quien se acerca por primera vez carga todo lo que puede; quien ya es usuario, sólo lo que necesita, porque sabe que puede volver una y otra vez, sin límite ni medida.
En ésas estábamos y aparece R, que ahora vive lejos porque recibió vivienda social por tiempo limitado. No está contenta con el trato que le dan allá, y entró quejándose de ello, de lo poco y espaciado que recibe. No le gusta que tras el trato que aquí siempre se le ha dado, en otros lugares sí que haya medida en la cantidad y en el tiempo. Quise hacerle ver que quien da de lo que tiene y no pide nada a cambio, espera que, si no agradecimiento, la otra parte no exija como si de algo debido se tratase. No lo conseguí. Al contrario, se sintió humillada y ofendida, y salió amenazando no volver.
Me quedé sorprendido por la reacción, aun conociéndola como la conozco. Estoy seguro de que volverá, porque al hambre no hay orgullo. Pero me preocupa mucho que este menda no haya aprendido aún, y mira que lleva tiempo en esto, que no se pueden dar lecciones a quien no está precisamente en disposición de recibirlas y/o aprender, porque toda su vida entera ha sido pura necesidad y no ha dejado espacio para más.
Aquella famosa frase latina, primum vivere deinde philosophari, sigue estando vigente, y hoy día más que nunca. Salvo que se camine a lo loco, o sin frenos y cuesta abajo; porque entonces regiría lo contrario: —Metafísico estáis (dice Babieca). —Es que no como (responde Rocinante).
A mí me parece perfectamente válida la de Millán Santos –nada pedir, nada rechazar­–, aunque se modificase; porque eso de nada pedir cuando de todo se carece podría volverse, por quienes se ven rechazados por el sistema y por las personas, aun de buena voluntad que me consta, exigencia de todo, con todo el derecho del mundo.

Viernes de cuaresma, ayuno y abstinencia

 

“¡Le ley es para cumplirla!”, voceaba más que decía un, no sé si energúmeno o no, componente de aquella jauría en el juicio de hoy de la tele, al tiempo que me dormía suavemente arrullado por el ronroneo de Berto, adosado a mi espinazo.
Y soñé. Y me acuerdo del sueño, que ya es fastidio. Soñé lo que me pasó esta mañana. “Ahí te dejo la olla puesta. Cinco minutos y la apagas”. Tras la orden acatada, me dispuse a realizar las faenas que más me divierten, las chapuzas. Juraría que apagué el fuego y que no retiré la olla para que las alubias se fueran terminando de hacer al amor del calor. Pero por los consecuentes he de deducir que no lo hice. Así que llegado el momento de ponerse a la mesa, las alubias eran una plasta pegada al hondón, y entre medias unos vestigios óseos de lo que al parecer eran costillas de cerdo.
Soñé que recibía una reprimenda por saltarme la abstinencia de este viernes de cuaresma.
Soñé que asimismo me era perdonada la falta en la penitencia de ingerir aquello como única colación. Una pera conferencia de postre dio por concluido el desaguisado.
Ya despierto percibo que el día está amenazando tormenta. No es que me de por aludido, pero por si las moscas paso a comprobar si en lo de las chapuzas también lo he pifiado. Compruebo que no, y que por lo tanto ahí no hay nada que purgar.
Y despierto sigo cuando entro en la nave almacén y la veo abarrotada de gente con bolsas y con carritos. ¿Debería dar aquí una charla cuaresmal acerca de las penitencias propias de estos días? ¿Sería buen complemento, al tiempo que se les dan alimentos, recordarles, decir a estas personas, a modo de plática, que el cuerpo es para ser refrenado y que el templo para ser visitado?
Caigo en la cuenta de los pensamientos que me asaltan y pego un respingo. ¡Vade reto, Satana!
Cada viernes por la tarde, para quienes llegan hasta aquí, sea cuaresma, sea adviento, es pascua. Vuelven para casa con la compra hecha y seguro el condumio por lo menos hasta la semana siguiente. Y alguno/a, con más suerte, encima encuentra trabajo.
Ya completamente despierto, concluyo lo malo que resultaría yo de predicador. Ahorita mismo empiezo un quinario para pedir esa gracia, que nadie me llame.

El camión de alimentos


Sí, hoy ha tocado descarga. Aunque avisaron que esta vez iba a ser mucha menos cantidad, el acta que nos han entregado indica 34.696,415 kg/l; que digo yo que cómo afinarán incluso hasta los mililitros o los gramos, según, en tan enorme cantidad. El caso es que hoy hemos descargado el primer envío, o sea casi doce mil kilos. Mucho bulto, porque estaban las galletas. Mañana llegará la leche, ella sola diez mil litros, o sea, muchas vacas ordeñadas… Y si encima viene el arroz, habrá que trabajar más duro. El resto, el miércoles después de San José.
Visto cómo llegó el vehículo metía miedo. El bulto era descomunal. Sin embargo lo vaciamos en apenas una hora. ¿Cómo?
Muy sencillo. Si las treinta personas que estuvieron esperándole durante toda la mañana tuvieran trabajo que realizar, además de una pasta gansa, nos habría ocupado casi todo el día el trasiego de cajas y paquetes. Y al final, estaríamos hechos unos zorros. Pero ni siquiera sudamos. Fue hasta divertido.
Bajaba el palé, yo cortaba la película de plástico con el cúter, y, visto y no visto, quedaba sobre el suelo el maderamen pelao libre de carga. Lo retiraba, y ya estaba sobre el mismo trozo de suelo el siguiente palé. Cortaba yo con el cúter, y brazos fuertes y curtidos retiraban cajas hasta dejar de nuevo otro palé vacío. Así hasta los veinte que traía el camioncito de marras.
Además de cortar con el cúter y retirar palés vacíos, también tuve que escalar a una montaña de cajas de galletas para engancharla por los flejes a la pluma. Fue entonces cuando el maquinista me preguntó que qué edad tengo. Le respondí, y fue él el que me dijo también la suya. Siete menos. ¡Bien! No obstante, y al ver mi torpeza con los mosquetones, se atrevió a comentar que cada uno para lo que está capacitado. No dije ni mú.
Pero de lo que sí hablamos, allá arriba, en la caja del camión, fue de lo triste que es ver tanta fuerza y tantas ganas sin aprovechar. Y todos contentos porque hoy pueden decir en casa que han estado trabajando. Y se pondrán en el plato doble ración de macarrones con tomate, y se beberán uno o dos, incluso tres, vasos de zumo rico de frutas. Para cenar, seguro que sopa de la abuela con fideo cabellín y una taza de natillas, ricas, ricas…
Y tranquilos y confiados, porque aunque son muchas bocas y demasiados estómagos, con esta cantidad tendremos casi hasta el verano.
No es solución, ya lo sabemos. Esto sólo es pan para hoy y hambre para mañana. Pero confiamos, porque si los pájaros comen, y eso que no siembran ni recogen, algo se nos ocurrirá, digo yo, algo encontraremos.
No me voy nada tranquilo a la cama esta noche. No porque mañana tengamos que descargar otro camión, eso no tiene importancia. Además no me dejan trabajar, me quitan de las manos la carga si se me ocurre agarrar algo. Es que me abruma pensar que desde la parroquia sólo podemos ofrecer esto poco, que además nos lo regalan. Y esta gente necesita otra cosa, respeto por ejemplo, palabras sin vuelta de hoja, seguridad y confianza, saberse útiles y no carne de cañón que sirva de pelota y de argumento de los unos y los otros. Dignidad.
Plenamente dignos estuvieron mientras duró la faena. Al terminar, cada quien se fue a su casa, donde les esperaban la fregona, el cepillo o las camas por hacer. Y puede que también la cocina. Ellas volverían tarde de limpiar casas ajenas o de acompañar niños extraños, porque eso de momento se mantiene.
Me estoy repitiendo, lo sé. Esto de ahora ya lo he escrito antes, puede que más de una vez. Y me temo que volveré a hacerlo. Incluso con muy parecidas palabras. Son las que tengo. Y este mundo no parece ser fácil de cambiar.

Fue visto y no visto



No me dejaron hacer nada; malamente quitar el plástico que recubría cada palé. Apenas sí me daba tiempo para cortar con el cuter la fina película, y desaparecían las cajas; en cuanto hacía una pelota con el plástico, ya otro palé estaba disponible.
Esta vez son treinta y cuatro mil kilogramos -34.000 kgs.- de alimentos, que se dice pronto, la cantidad que nos han asignado de los excedentes agrícolas de la CE. Hacen falta tres camiones de gran tonelaje para transportarlos. Y esta mañana ha llegado el primero.
Avisamos al personal, y allí estuvieron esperando que llegara el cargamento diecisiete tiarrones como castillos, con ganas de comerse lo que apareciera, el mundo, por ejemplo.
Problemas de carga en origen, Medina de Campo, retrasó más de la cuenta la hora convenida, las once de la mañana. Cada quien volvió a sus quehaceres que, estando en el paro, consisten en hacer las labores domésticas como limpiar la casa, hacer las compras, pelar patatas, llevar los niños al cole y recogerlos, etc.
A las doce y media volvían a estar aquí. Y esta vez también el camión. En una hora se concluyó el trabajo.
Impresionante me pareció la manifestación de fuerza que, contenida por no tener dónde emplearla, esta mañana hicieron unos trabajadores que se oxidan por no poder trabajar. Al acabar alguno dijo ¿dónde hay más camiones que los descargamos?
Este paro que esta crisis nos ha traído está haciendo demasiado daño. A los más jóvenes los vuelve viejos; y a los viejos nos dice que sobramos.

¿No se puede hacer más? ¿De verdad no podemos?

Día Mundial de la Alimentación 2011

Precios de los alimentos: de la crisis a la estabilidad
     El próximo 16 de octubre se celebrará el Día Mundial de la Alimentación 2011, una celebración que se hizo oficial en 1979 por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación). La finalidad de este día es destacar todos los problemas asociados al hambre en el mundo y concienciar a todos los países sobre ello, este año el lema es ‘Precios de los alimentos: de la crisis a la estabilidad’.
     En el Día Mundial de la Alimentación 2011 se tratará el tema de las fluctuaciones del precio de los alimentos y cómo afectan a las economías más desfavorecidas poniendo en riesgo la seguridad alimentaria. Según el Banco Mundial, durante el último año la subida del precio de los alimentos ha provocado que se incremente en 70 millones el número de personas que sufren pobreza extrema. Bajo el lema antes mencionado se pretende mostrar problemas y posibles medidas a adoptar para reducir los efectos de los incrementos del precio de los alimentos en las poblaciones más desfavorecidas.

     Unos 150 países se sumarán a esta celebración que año tras año se realiza y lo único que podemos sacar en claro es que los problemas se ponen de manifiesto, pero no se trabaja lo suficiente para dar soluciones efectivas. Una actividad que se realizará este día es la sexta edición de la Carrera de los Alimentos Contra el Hambre que se celebrará en Roma y que está organizada por diferentes asociaciones, la FAO, el FIDA, la PMA, etc.
     La carrera pretende recaudar fondos que serán donados a los proyectos que tiene la FAO en el Cuerno de África, una de las regiones más pobres de la Tierra formada por Somalia, Yibuti, Etiopía y Eritrea. El nombre de esta región viene dado por su peculiar configuración en forma de cuerno. Se garantiza que del dinero recaudado este día no se destina ni un solo euro a los costes administrativos, algo que contrasta con los importantes gastos administrativos de la FAO a lo largo de los restantes 364 días del año. Recordemos que esta organización se gasta una buena parte del presupuesto para luchar contra el hambre en reuniones, viajes, elaboración de informes, formación de comisiones, cumbres mundiales… en definitiva, el dinero que se destina a la lucha contra el hambre y los problemas asociados se queda en una pequeña contribución.
     A continuación transcribimos los objetivos fundamentales del Día Mundial de la Alimentación:
• Estimular una mayor atención a la producción agrícola en todos los países y un mayor esfuerzo nacional, bilateral, multilateral y no gubernamental a ese fin.
• Estimular la cooperación económica y técnica entre países en desarrollo.
• Promover la participación de las poblaciones rurales, especialmente de las mujeres y de los grupos menos privilegiados, en las decisiones y actividades que afectan a sus condiciones de vida.
• Aumentar la conciencia pública de la naturaleza del problema del hambre en el mundo.
• Promover la transferencia de tecnologías al mundo en desarrollo.
• Fomentar todavía más el sentido de solidaridad nacional e internacional en la lucha contra el hambre, la malnutrición y la pobreza y señalar a la atención los éxitos conseguidos en materia de desarrollo alimentario y agrícola.
     Objetivos que desgraciadamente no se logran alcanzar, y es que son demasiados los escollos a superar, intereses económicos, especuladores, las políticas de algunos gobiernos, los conflictos en los países desfavorecidos… problemas que difícilmente se solventarán. Cada año conocemos una nueva crisis, en el 2008 se enfatizó en el cambio climático y la producción de alimentos para fabricar biocombustibles, en el 2009 se planteó cómo conseguir la seguridad alimentaria en época de crisis, en el 2010 se quiso realizar un reconocimiento de los esfuerzos que se han realizado para tratar de reducir el hambre en cualquier nivel, sea regional, nacional o internacional, ya hemos visto los resultados.
     En esta nueva edición, el Día Mundial de la Alimentación 2011 se trata el tema de las fluctuaciones del precio de los alimentos, poco se puede hablar en una reunión de un solo día. Al margen de la cúpula de la FAO, creemos que se puede celebrar este día y reconocer a aquellas personas, organizaciones e instituciones que con medios muy limitados y mucho trabajo aportan su grano de arena para reducir el hambre y otros problemas en estos países desfavorecidos, siendo mucho más efectivo su trabajo que el que desarrolla la FAO actualmente.
     La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación siempre está hablando de planes de futuro, recordemos el foro organizado hace un par de años bajo el título Cómo alimentar al mundo en 2050, el trabajo y el compromiso del presente es lo que permitirá poder garantizar la seguridad alimentaria, pero al respecto ya sabemos cuál es el nivel de compromiso, especialmente de los países que forman el G8.
     Si queréis conocer más detalles sobre la celebración del Día Mundial de la Alimentación 2011, podéis encontrarlos a través de la página oficial de la FAO.


 
Todo lo anterior está tomado de la Web http://www.gastronomiaycia.com/. Podría haberlo copiado de cualquier otra de las muchas que tienen entradas sobre esta dedicación, y he encontrado bastantes.
Con toda seguridad mi ingenuidad sea superlativa. A pesar de ello creo que se está trabajando desde muchos frentes y con bastante esfuerzo porque el día de la Alimentación se transforme en, por ejemplo, el día de la Dieta, como resultado de que llegue el momento de que ya nadie pase hambre, y mucho menos muera por su causa.
Aparte de la FAO, que está muy lejos, y de mi gobierno que se hace el remiso en lo del cero siete, 0’7, yo sólo puedo hablar de lo que tengo cerca. Y a mi vista están, por ejemplo, Manos Unidas-Campaña contra el Hambre y Cáritas; que hacen mucho y bien. Y encima de mí mismo, o debajo -según como se mire-, esta parroquia en la que estoy. Y puedo decir que hambre, en todo este contorno, no lo pasa nadie. Y que por supuesto, esto es lo mínimo, pero no es ni suficiente.
Nadie debería encontrarse en la necesidad de mendigar comida. En realidad, nadie tendría que mendigar nada; ni salud, ni cultura, ni trabajo, ni vivienda, ni cariño, ni descanso… y mucho menos un campo de refugiados.
Este mundo, nuestra sociedad, no están ajustados; no, no están conformados con la justicia, sea con mayúscula, sea en minúscula. Fallan respecto a los grandes principios e ideales, y fallan en la aplicación de las leyes que nos hemos dado. Con todo, creo que en cualquier otro tiempo anterior lo estuvieron aún menos.
Confío en que sigamos progresando y alcanzando mejoras. Conozco a mucha gente que está verdaderamente comprometida. Claro que podrían ser muchos más. Tal vez con el tiempo…
Pero no puedo dudar de todos y de todo. Aún confío. Tengo esperanza.
 

22 de Noviembre. Día de los SIN TECHO 2009

Fue ayer, pero también lo es hoy e igualmente lo será mañana. Día de Los Sin Techo.



SU HISTORIA ES PARTE DE LA NUESTRA, Todos contamos

La esperanza que tenemos en que todo ser humano pueda desarrollarse en plenitud, en igualdad de oportunidades, pudiendo acceder a los derechos sociales, económicos, culturales… nos viene de la lucha diaria que por la justicia, la igualdad de oportunidades, la solidaridad… están llevando a cabo tantos hombres y mujeres en nuestro país. Unos, llamados “los excluidos” o “personas en situación de exclusión”,  y otros, voluntarios y contratados que acompañan, y son acompañados, por los primeros.

Un año más, sin perder la fuerza y apostando contundentemente por ello, seguimos creando un espacio de reflexión, de debate y de denuncia con la Campaña del día de los Sin Techo 2009.






Acercarnos a ellos, a su realidad, es también acercarnos a nosotros mismos: a nuestros sueños susceptibles de no verse realizados,  a las limitaciones de las que no podemos desprendernos, a los vacíos que amenazan constantemente, a los derechos raramente satisfechos, a necesidades inexcusables, a la soledad siempre presente…, a PERSONAS.



Si tienes tiempo puedes visionar este trabajo, emitido por la Cuatro, que no ha perdido actualidad a pesar de no ser reciente. Y mientras lo haces, puedes escuchar esta canción.

Hablando de muros…

Tal día como hoy, hace ya veinte años,  fuimos testigos, unos en directo, otros in situ y muchos otros más a toro pasado y en la distancia, de la caída del mítico muro de Berlín, que dividía desde la segunda guerra mundial a Alemania en dos partes, en sentido casi vertical.

Fue un hecho histórico, que trajo como consecuencia, entre otras, el fin de la llamada guerra fría que enfrentaba al occidente "libre" y al oriente "prisionero".

Con tal circunstancia, muchos bloguers se han visto en la oportunidad de tocar este tema, y glosar el aniversario de las más diversas maneras.

Yo sólo he contactado con algunos, los que me son más cercanos. Pero seguro que si se busca con un poco de paciencia y de tesón, salen cientos de miles, que esto de Internet es lo que tiene, que algunos piensan y crean, y el resto copia y pega y en el mejor de los casos, también lee. He aquí algunas citas:


Yo no tengo una opinión propia y redonda que pueda ofrecer aquí; sólo unos apuntes, cogidos con alfileres y que aún he de madurar y completar. Y todo partiendo de que la realidad es poliédrica y puede verse e interpretarse de muchas maneras; y que nada es blanco-blanco o negro-negro, sino que nos tenemos que mover entre grises y claroscuros. Es nuestro sino.

Como apunta Pedro Miguel Lamet, si cayó este muro, otros muros se mantienen, incluso se refuerzan. Tal es lo que él piensa, tal vez lo tomó de Galeano, que ya lo dijo hace un tiempo, allá  por 2006. A mí me lo ha recordado el Lanzador de botellas al mar, que está aquí justo al lado.

Él pone el vídeo, ahí lo podéis ver; yo pongo el texto para que leyéndolo despacio, se entienda mejor, tomado de este lugar:

Título: MUROS (Saharauis), por Eduardo Galeano en La Jornada, Mexico, 24-4-06
Texto del artículo:




El Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche
leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la
Infamia, la Cortina de Hierro...

Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros han brotado,
siguen brotando, en el mundo, y aunque son mucho más grandes que el de
Berlín, de ellos se habla poco o nada.

Poco se habla del muro que Estados Unidos está alzando en la frontera
mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla.

Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación
israelí de tierras palestinas y de aquí a poco será 15 veces más largo que
el Muro de Berlín.

Y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que desde hace 20 años
perpetúa la ocupación marroquí del Sáhara occidental. Este muro, minado de
punta a punta y de punta a punta vigilado por miles de soldados, mide 60
veces más que el Muro de Berlín.

¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos? ¿Será por
los muros de la incomunicación, que los grandes medios de comunicación
construyen cada día?

En julio de 2004, la Corte Internacional de Justicia de La Haya sentenció
que el Muro de Cisjordania violaba el derecho internacional y mandó que se
demoliera. Hasta ahora, Israel no se ha enterado.

En octubre de 1975, la misma Corte había dictaminado: "No se establece la
existencia de vínculo alguno de soberanía entre el Sahara Occidental y
Marruecos". Nos quedamos cortos si decimos que Marruecos fue sordo. Fue
peor: al día siguiente de esta resolución desató la invasión, la llamada
Marcha verde, y poco después se apoderó a sangre y fuego de esas vastas
tierras ajenas y expulsó a la mayoría de la población.

Y ahí sigue.

Mil y una resoluciones de las Naciones Unidas han confirmado el derecho a la
autodeterminación del pueblo saharaui.

¿De qué han servido esas resoluciones? Se iba a hacer un plesbiscito, para
que la población decidiera su destino. Para asegurarse la victoria, el
monarca de Marruecos llenó de marroquíes el territorio invadido. Pero al
poco tiempo, ni siquiera los marroquíes fueron dignos de su confianza. Y el
rey, que había dicho sí, dijo que quién sabe. Y después dijo no, y ahora su
hijo, heredero del trono, también dice no. La negativa equivale a una
confesión. Negando el derecho de voto, Marruecos confiesa que ha robado un
país.

¿Lo seguiremos aceptando, como si tal cosa? ¿Aceptando que en la democracia
universal los súbditos sólo podemos ejercer el derecho de obediencia?

¿De qué han servido las mil y una resoluciones de las Naciones Unidas contra
la ocupación israelí de los territorios palestinos? ¿Y las mil y una
resoluciones contra el bloqueo de Cuba?

El viejo proverbio enseña:

La hipocresía es el impuesto que el vicio paga a la virtud.

El patriotismo es, hoy por hoy, un privilegio de las naciones dominantes.

Cuando lo practican las naciones dominadas, el patriotismo se hace
sospechoso de populismo o terrorismo, o simplemente no merece la menor
atención.

Los patriotas saharauis, que desde hace 30 años luchan por recuperar su
lugar en el mundo, han logrado el reconocimiento diplomático de 82 países.
Entre ellos, mi país, el Uruguay, que recientemente se ha sumado a la gran
mayoría de los países latinoamericanos y africanos.

Pero Europa, no. Ningún país europeo ha reconocido a la República Saharaui.
España, tampoco. Este es un grave caso de irresponsabilidad, o quizá de
amnesia, o al menos de desamor. Hasta hace 30 años el Sahara era colonia de
España, y España tenía el deber legal y moral de amparar su independencia.

¿Qué dejó allí el dominio imperial? Al cabo de un siglo, ¿a cuántos
universitarios formó? En total, tres: un médico, un abogado y un perito
mercantil. Eso dejó. Y dejó una traición. España sirvió en bandeja esa
tierra y esas gentes para que fueran devoradas por el reino de Marruecos.
Desde entonces, el Sahara es la última colonia del Africa. Le han usurpado
la independencia.

¿Por qué será que los ojos se niegan a ver lo que rompe los ojos?

¿Será porque los saharauis han sido una moneda de cambio, ofrecida por
empresas y países que compran a Marruecos lo que Marruecos vende aunque no
sea suyo?

Hace un par de años, Javier Corcuera entrevistó, en un hospital de Bagdad, a
una víctima de los bombardeos contra Irak. Una bomba le había destrozado un
brazo. Y ella, que tenía ocho años de edad y había sufrido once operaciones,
dijo:

-Ojalá no tuviéramos petróleo.

Quizás el pueblo del Sahara es culpable porque en sus largas costas reside
el mayor tesoro pesquero del océano Atlántico y porque bajo las inmensidades
de arena, que tan vacías parecen, yace la mayor reserva mundial de fosfatos
y quizá también hay petróleo, gas y uranio.

En el Corán podría estar, aunque no esté, esta profecía:

Las riquezas naturales serán la maldición de las gentes.

Los campamentos de refugiados, al sur de Argelia, están en el más desierto
de los desiertos. Es una vastísima nada, rodeada de nada, donde sólo crecen
las piedras. Y sin embargo, en esas arideces, y en las zonas liberadas, que
no son mucho mejores, los saharauis han sido capaces de crear la sociedad
más abierta, y la menos machista, de todo el mundo musulmán.

Este milagro de los saharauis, que son muy pobres y muy pocos, no sólo se
explica por su porfiada voluntad de ser libres, que eso sí que sobra en esos
lugares donde todo falta: también se explica, en gran medida, por la
solidaridad internacional.

Y la mayor parte de la ayuda proviene de los pueblos de España. Su energía
solidaria, memoria y fuente de dignidad, es mucho más poderosa que los
vaivenes de los gobiernos y los mezquinos cálculos de las empresas.

Digo solidaridad, no caridad. La caridad humilla. No se equivoca el
proverbio africano que dice: La mano que recibe está siempre debajo de la
mano que da.

Los saharauis esperan. Están condenados a pena de angustia perpetua y de
perpetua nostalgia. Los campamentos de refugiados llevan los nombres de sus
ciudades secuestradas, sus perdidos lugares de encuentro, sus querencias: El
Aaiún, Smara...

Ellos se llaman hijos de las nubes, porque desde siempre persiguen la
lluvia.

Desde hace más de 30 años persiguen, también, la justicia, que en el mundo
de nuestro tiempo parece más esquiva que el agua en el desierto.

Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 28/04/2006 - Modificar



Sería bueno, a partir de aquí, tomar otros hilos y tocar otros palillos, que, sin usar la palabreja, sí hacen alusión y referencia a muros, paredes, fronteras, que separan, dividen, incomunican, aíslan y encierran a millones de seres humanos, en este mundo de la comunicación y de la libertad. 

Porque nuestras ciudades, al menos las que yo conozco, han evolucionado, han mejorado su estampa, y como consecuencia ya no hay lugares negros, al margen, a las afueras, mal iluminados y peor comunicados, donde de noche no se pueda caminar y de día, pichí-pichí. No, ya no hay líneas divisorias claras y precisas: la vía del tren, la circunvalación, el río que nos riega…

Pero barreras y muros sigue habiendo. No serán físicos, pero son reales y tan difíciles o más de atravesar que si lo fueran. Los que están tras ellos encerrados son invisibles, no llaman la atención, como si no existieran mismamente.

A veces nos asaltan desde las noticias, como surgidos de la nada. Y nos pegan un revolcón a los que vivimos placenteramente en esta Arcadia feliz de la modernidad. Luego, tras los deportes y el tiempo  nos sacudimos la bata de estar en casa y seguimos con el café de sobremesa. ¡Qué susto!

Voces amigas nos hacen llegar continuamente información de allende el mar, y también de esta otra parte más cercana. A veces, esas voces, cuando hablan en público, se convierten en moscas cojoneras. Y sacan el color rubicundo a la cara encementada de los que hinchan los pulmones para decirnos que estamos fetén, y que todo está tan bajo control, que somos la hostia.

Os invito a dar un paseo por los lugares de gentes como, por ejemplo, Cáritas, Manos Unidas, Intermón, Médicos sin fronteras, Servicio Jesuita a refugiados, para estar un poco al día de esa miseria que aún sigue ahí bien viva, y que seguirá ahí por los siglos de los siglos…, salvo que, como ocurrió en Berlín hace  sólo veinte años, y hartos de tantos muros y muretes, salgamos a la calle dispuestos a tirarlos, piedra a piedra, empujón tras empujón, con las manos desnudas y con los corazones decididos.

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