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El sillón vacío



El señor alcalde de mi ciudad se va. Lo deja, luego de haber amagado quedarse, contra la sentencia judicial que le incapacita para ocupar cargos públicos. Es lo discutible de esta persona, sus excesos verbales. Dígase lo que se diga, deja una gestión digna, tras muchos años, veinte, en la alcaldía. La ciudad ha mejorado ostensiblemente, y no es fácil demostrar que pudiera haber sido de otra manera. Claro que opiniones en contra siempre ha tenido, y muy enconadas.
Los que vivimos por la parte sur de esta villa hemos visto cómo se han transformado nuestros barrios y hemos ganado en todos los sentidos: urbanización, transporte, servicios, atención… Si no todas, la mayoría de nuestras reivindicaciones han sido atendidas y satisfechas. Ha existido diálogo y la crisis que nos afecta no ha menoscabado seriamente el funcionamiento de las asociaciones de vecinos, que han seguido realizando casi la totalidad de sus actividades.
Pensaba decir algo más, pero se me ha adelantado el mismo Francisco Javier León de la Riva con una carta de despedida que acaba de publicar el Norte de Castilla. En ella dice todo, y, –ya casi es una costumbre en este hombre–, quizás demasiado. Por no meterle el dedo en el ojo dejo que cada quien determine lo que está de más en esta epístola postrera, que no alcanzará las mieles de la antología literaria. Yo me limito a agradecerle su trabajo al frente del ayuntamiento y desearle una feliz y descansada jubilación.
No retiro las críticas que le he dirigido desde este pequeño mundo, incluso me reafirmo en todas ellas. Me habría gustado haber tenido además de un buen gestor, una buena persona al frente del consistorio vallisoletano. Se ve que es mucho pedir. En fin, puede que el que entre lo haga mejor y también lo sea. Ese es mi deseo.

Queridos/as vallisoletanos/as:
Después de veinticuatro años en el Ayuntamiento de Valladolid, veinte de ellos como Alcalde, y de siete victorias electorales consecutivas, ha llegado el momento de decir adiós. No a Valladolid y a los vallisoletanos, sino al cargo corporativo.
Las elecciones del pasado 24 de mayo han alterado sustancialmente la situación política en España y perfilan un horizonte inestable, que emborrona el futuro de la convivencia democrática si los responsables políticos que hemos elegido en las urnas no anteponen los principios democráticos a la ambición partidista.
El Partido Popular (PP) y el Partido Socialista (PSOE), los dos grandes partidos con capacidad para vertebrar la nación, han perdido la confianza de muchos españoles; si bien, el PP sigue siendo la lista más votada en los grandes municipios, el PSOE ha retrocedido de una forma preocupante, arrollado por movimientos populistas, con propuestas utópicas y radicales que, de llevarse a la práctica, quebrarían derechos ciudadanos y arruinarían la economía española. Es el momento de tomar una postura crítica, escuchar más aún a la ciudadanía y adoptar los cambios precisos para reconducir esta situación.
¿Qué Valladolid queremos? Nuestra ciudad no es ajena a esta situación ¿Puede presentarse como triunfador quien ha llevado a su partido a obtener los peores resultados de la historia en estas elecciones? ¿Piensa gobernar en contra de los 60.000 vallisoletanos que depositaron su confianza en el PP, el más votado en la consulta?
Considero que una acción política responsable no debería asentarse exclusivamente en la obsesión por desalojar al PP de todas las instituciones públicas, sin que importe el precio que se deba pagar para conseguirlo. Aún estamos a tiempo de evitar el sectarismo y de aplicar el sentido común y la responsabilidad democrática en el Ayuntamiento de Valladolid. Por eso, hago un llamamiento de todos los cargos electos, sin distinción de siglas, para que la ciudad sume y no divida. Para que antepongan el bien común a la ambición personal y partidista, y acuerden un gobierno municipal de máximo consenso, para todos (y no sólo "para la mayoría"), sin discriminaciones ni exclusiones.
Me marcho, pero dejamos nuestro sello en la transformación que ha tenido la ciudad. En 1995 recibimos un Ayuntamiento con 168 millones de euros de presupuesto, 20 millones de euros en metálico, una deuda de más del 87% y un valor patrimonial de 223 millones de euros; y el día 13 de junio entregaremos un Ayuntamiento saneado, con 300 millones de euros de presupuesto, más de 60 millones de euros en metálico, una deuda inferior al 50% y un valor patrimonial de 436 millones de euros. Es decir, el Ayuntamiento vale ahora casi el doble de lo que valía hace veinte años, tiene el triple de dinero en caja, mayor presupuesto en ejecución y mucho menor endeudamiento. Y, todo ello, con una presión fiscal municipal inferior a la media española.
Pero la buena gestión económica no nos ha hecho olvidarnos de las personas, que han sido nuestra prioridad en todos estos años. Los servicios sociales se mantienen sin listas de espera. Hemos creado una red de atención social, con un albergue de indomiciliados, un centro de atención al inmigrante, un centro de ayuda a la dependencia, un nuevo comedor social y 120 unidades de estancias diurnas; hemos abierto 13 centros cívicos y un espacio joven; hemos duplicado las escuelas infantiles; hemos impulsado la construcción de más de 7.000 viviendas protegidas; hemos creado 60 instalaciones deportivas; hemos cedido 90 locales a asociaciones de la ciudad de todo tipo; hemos abierto nueve bibliotecas y nueve puntos de préstamos de libros; hemos construido más de 80 kilómetros de carril-bici.
La apuesta por la cultura y la modernidad ha sido incuestionable: Archivo Municipal; Teatro Calderón, Laboratorio de las Artes de Valladolid (LAVA), Cúpula del Milenio, Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano, Museo de la Ciencia, Museo de Colón, Museo del Toro y diversas salas de exposiciones. El turismo en Valladolid ha crecido por encima de la media nacional. Las fiestas han cambiado a mejor, y no sólo en las fechas.
Hemos hecho de Valladolid una ciudad limpia y comprometida con el medio ambiente, con una contaminación atmosférica ejemplar. Las zonas verdes se han multiplicado por tres, hemos recuperado las riberas de nuestros cauces públicos y hemos construido más puentes y pasarelas. Comenzamos la operación ferroviaria del soterramiento, que confío siga adelante en los mismos términos planteados. Lideramos en España la apuesta por el coche eléctrico y la innovación. Nuestra Policía Municipal y nuestro transporte público son un referente nacional e internacional. Entre otras muchas cosas.
En definitiva, Valladolid es hoy una ciudad moderna, dinámica, acogedora, con gran calidad de vida, segura, limpia, con más y mejores servicios, con proyección internacional, cosida y en funcionamiento.
Pero esto no es sólo obra mía y de los distintos equipos de Gobierno que he dirigido, sino que es obra de la suma de todos. Por eso, quiero dar las gracias a distintas instituciones, empresas, asociaciones, patrocinadores y colaboradores; a los funcionarios del Ayuntamiento de Valladolid y a mi equipo de trabajo; a los Medios de Comunicación; a mi familia y, en definitiva, a todos los vallisoletanos. Gracias de corazón.
Siempre he estado vinculado a Valladolid, y lo seguiré estando. Es la ciudad en la que nací hace ya mucho tiempo; en la que estudié y formé mi familia; en la que ejercí mi profesión de docente y ginecólogo; y de la que he sido alcalde durante los últimos veinte años. Amo profundamente Valladolid, hasta el punto de haberle dedicado una parte sustancial de mi tiempo y de los desvelos de mi vida de madurez, muchísimo más allá, créanme, de lo que se entiende por "política".
Ayer renuncié a mi condición de Alcalde en funciones, pero no a Valladolid, a la que he defendido incluso por encima de mi propio partido. Y si alguien considera que la experiencia acumulada en estos años al frente del Consistorio puede ser útil para mejorar la ciudad, puede contar con mi entera disposición.
Se despide afectuosamente, Francisco Javier León de la Riva

Callejeando por mis barrios

 
Agustín de Montiano y Luyando. Grabado. Biblioteca Nacional.
Esta mañana paseando casi en penumbra dimos con una calle que se rotulaba de Montiano y Luyando. ¡Qué raro! murmuré, casi parece un gerundio. ¿Qué, quién o quiénes serán? Y nada seguro de recordar tales palabras, busqué ayuda nemotécnica tal que montiano de Montini, quien fuera luego papa Pablo VI, y luyando de luchando pero de mentirijillas como cuando combato con el Gumi. Pero ni por esas. De vuelta ya en casa para recordar he tenido que mirar en el callejero regalo de Paz Altés, y tras pinchar estos dos nombres en google he obtenido todo esto:
Agustín Gabriel de Montiano y Luyando (* Valladolid, España, 28 de febrero de 1697 – † ibídem, 1 de noviembre de 1764) fue un historiador, crítico y dramaturgo español perteneciente al Neoclasicismo, primer director de la Real Academia de la Historia.
Secretario de la cámara de Gracia y Justicia y secretario de Estado de Felipe V, fue amigo y mentor de Nicolás Fernández de Moratín, protector de su sobrino Eugenio de Llaguno y Amírola y colaborador del padre Martín Sarmiento, así como fundador y secretario de la Academia del Buen Gusto (1749 a 1751), amparada por la Condesa de Lemos, que consagró el estilo rococó e introdujo el Neoclasicismo.
Fundó la Real Academia de la Historia (1735) y fue su primer director (1738). Allí propuso trabajar en un Diccionario histórico-crítico de España para desterrar "las ficciones de las fábulas" y que a los acontecimientos se les diera "la más exacta cronología" con las "necesarias noticias geográficas antiguas y modernas". Los académicos, según la propuesta hecha por Montiano en 1735, formaron un plan en varias secciones o materias: geografía, origen de España, sucesión e historia de sus reyes, costumbres, leyes, rentas reales, comercio, varones ilustres y otras más que permitieran compendiar todo el saber sobre el pasado, después de someterlo a revisión científica, para separar lo cierto de lo falso; así, los académicos pensaban contribuir a que se desterrasen "las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia". Con el tiempo este proyecto se restringió y los académicos se dedicaron a la formación de un Diccionario geográfico de España que, pese al gran empeño de Pedro Rodríguez Campomanes mientras fue director entre 1764 y 1797, sólo logró publicar dos tomos en 1802 correspondientes a las tres provincias vascongadas y a Navarra.
Montiano fue también miembro, como su joven amigo y discípulo Nicolás Fernández de Moratín, de la Academia de la Arcadia de Roma bajo el nombre de Leghinto Dulichio. Amigo también de Ignacio de Luzán, teorizó sobre el teatro neoclásico en dos discursos que fueron traducidos al francés (Dissertation sur les tragedies espagnoles traduites del'espagnol par M. d'Hermilly; A Paris: chez J.F. Quillau, 1754) y tenidos en cuenta por Gotthold Ephraim Lessing en su Werke (1794).
A causa de su excesiva preocupación por el orden y las reglas es incapaz de apreciar el valor de los clásicos españoles, llegando, en la "Aprobación" que escribe a la edición del Quijote de Avellaneda, a considerar esta novela muy superior a la de Cervantes: «Ningún hombre juicioso fallará en pro de Cervantes si formase el cotejo de las dos segundas partes».
En el Discurso sobre las tragedias españolas (1750) que precede a su tragedia Virginia hizo la historia de este género dramático en España; Virginia trata sobre el abuso del poderoso Claudio sobre la supuesta esclava Virginia, cuyo padre prefiere sacrificarla antes que dejarla en manos del tirano.
En un segundo Discurso segundo sobre las tragedias españolas (1753) que precede a su tragedia Ataúlfo trató sobre problemas de escenificación y declamación y editó por vez primera la partida de bautismo de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares. La tragedia trata sobre Ataúlfo y su esposa Placidia, víctimas de los planes urdidos contra él por sus enemigos. Estos discursos suscitaron cierta polémica y escribió contra ellos un tal Jaime Doms, siendo defendido Montiano por un tal Domingo de Guevara en su Examen: el más crítico y gracioso que hasta ahora han hecho los mejores escritores de la carta escrita por Jayme Doms, contra el discurso sobre las tragedias españolas, y la Virginia del señor Don Agustin de Montiano y Luyando Madrid: por Joseph Herrera, 1789.
Junto con Ignacio de Luzán, Pedro Estala, y Leandro Fernández de Moratín, Agustín Montiano es uno de los principales teorizadores sobre el género dramático del siglo XVIII español; se fijó más en el teatro humanístico trágico del siglo XVI que en el del Siglo de Oro, aunque alude a la intensidad de los efectos dramáticos de Lope de Vega, Luis Vélez de Guevara y otros autores. y con su presencia puede considerarse el neoclasicismo como una realidad en la vida literaria española; sus comedias se someten a las tres unidades, pero carecen de interés escénico, no llegaron a representarse y son defectuosas en su versificación. Más adelante parece que cambió la orientación de su gusto, pues dice «Yo seguí en otro tiempo la opinión de los franceses, pero abracé después la inglesa». Marcelino Menéndez Pelayo estimó que esta declaración debía referirse al teatro de Joseph Addison y John Dryden, y no al teatro de Shakespeare. En 1754 fue elegido consiliario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Ahora ya respiro con alivio, porque mi señor alcalde o es culto o tiene a su lado quien le asesora con suficiencia. ¿Y si hubiera sido precisamente Paz la incitadora? Podría ser. Además de llevar la edición de libros desde la municipalidad, también hace otras cosillas que no nombro… por recato y discreción.
Mira tú por cuanto el barrio de Covaresa, aledaño a mi parroquia, está henchido de cultura. Y yo sin saberlo.

El día después

Amaneció un día precioso, relativamente cálido, y el sol se fue haciendo presente entre nubes pegajosas que tardaban en hacerle sitio. Le dejaron espacio al fin, y resplandeció durante toda la mañana.
Empleé la primera parte del día en trabajos varios y cuando, semidormido por la siesta, empezaron las noticias en la tele, caí en la cuenta del día que era: el once del once del once.
Parece ser que para hoy unos esperaban el fin del mundo, otros sucesos extraordinarios, y bastantes contenían la respiración ante lo que pudiera ocurrir. Algunos lo escogieron para casarse. Y hubo quien nació en el minuto once de la hora once de este día tan sin par. He de decir que retrasó varias fechas el evento, y que su peso fue del todo normal: tres kilos y medio.
La tarde la pasé ocupado también en ocios y negocios diversos, nada reseñables, para concluir el día en la piscina. Comprobé que mi “vuelta americana” sale tan natural que debería perder de una vez por todas ese adjetivo que en nada la cualifica. La vuelta o giro se hace así, y no debería añadirse nada más.
Cuando ya concluye la jornada, me entero del último exabrupto del alcalde de mi ciudad, que, a partir del momento en que lo echó al aire, nos la rebajó a todos los vallisoletanos a la categoría de “pueblo”. (Y que me perdonen las personas que dignifican los pueblos en los que viven viviendo precisamente en ellos).

Y no acaba ahí la cosa. En los vídeos que se mueven por Internet, hay un señor detrás que sonríe la chorrada del munícipe. Sé que es un concejal.
Los dos, hoy, el día después del 11/11/11, deberían presentar su dimisión. Por impresentables y por otras muchas cosas que no quiero escribir aquí. Lo de pedirle que rectifique, a estas alturas de la película, no merece la pena proponérselo

Que sí, que he dicho que de parte del señor alcalde, se hace saber…

Los comentarios que se han hecho a mi último artículo me animan a volver al asunto de unas palabras nada admisibles, o sea IN-TO-LE-RA-BLES, que ha dirigido el alcalde de Valladolid a la nueva señora ministra de sanidad del gobierno español.

Conociéndome como me conozco, voy a contenerme para no empezar a escribir por el principio del principio, cuando en filosofía (es un decir) estudiábamos (otro decir) aquello de que el poder viene de Dios, que nos gobierna soberanamente por métodos particulares. Y que luego se dijo que no, que el poder Dios se lo dio al rey, porque el pueblo exigió uno en lugar jueces, que no era cuestión de no saber nunca a ciencia fija quién iba a dirigir las huestes propias contra las enemigas, que ya estaban asomando sus crestas por aquellas colinas. Y mucho luego después, llegó lo del pueblo que elige quién le ha de gobernar, votando animada o sumisamente, o quedándose a la orilla, no sabiendo o no contestando a la encuesta de marras.

Total, que cuando en el 78 en las elecciones municipales entraron en el gobierno de la ciudad las fuerzas populares, se hizo en nuestros barrios una señora fiesta. Salió un dibujo muy guay de toda la ciudad en plan naif, que aquello parecía mismamente el paraíso. Y recuerdo que cuando volví a entrar en el edificio del Ayuntamiento todas eran caras conocidas, y sonrisas, y gente dispuesta a hacerte la gestión que fuera; todo como si lo de antes hubiera sido historia de la caverna. Entras en tu casa, venían a decir, es la casa del pueblo.

Y así fue, o al menos lo pareció. Ahora ya no lo veo así, o lo valoro con otra medida. El cuerpo de funcionarios de la gestión municipal, en estos tiempos que habitamos, es todo de la cosa democrática, o sea que ya no hay que pensar en el pasado. Todo el mundo reciclado.

Como no vivo en Madrid, no visito el Congreso, lugar sacrosanto donde reside la soberanía del Pueblo. Aunque lo he puesto con letra mayor, soy un iconoclasta, que conste, y pienso que porque mucha gente piense y hable igual no por eso tiene razón, ni hay que dársela. Pero lo políticamente correcto es decir que sí.

Y como no estoy en Madrid, sólo me entero por la tele de cuando los señores y las señoras congresistas, en quienes se expresa la soberanía popular, se insultan, se sacan la lengua, se patalean y abuchean, se mienten, se acusan, se difaman, se ridiculizan exagerando esto o lo otro, se alían y se venden, reniegan del voto recibido o se lo acaparan antidemocráticamente, manipulan, trapichean y donde dije digo digo diego.

Pero volviendo a lo que vivo en mi cada día, mi ayuntamiento… pues, según. Hay personas que sí, y personas que no. Hay gente de partido y también hay gente que pertenece a un partido. Hay trato afable y buenas maneras, y cómo iba a faltar: trato zafio, altivez, prepotencia, gilipollez, pijerío, desprecio puro y duro, y lameculos que se acercan a solicitar el voto que ya están próximas las elecciones y qué os hace falta en el barrio que os lo damos cuanto antes.

Francisco Javier León de la Riva es un político que nos merecemos, que méritos hemos hecho más que de sobra. Que ofrece una imagen tan poco agradable de nosotros mismos que para no sentirnos avergonzados, miramos para otra parte o silbamos distraídos mientras él suelta de las suyas. Que ahora está en la picota porque ha hecho méritos suficientes. Y que a buen seguro, volverá a salir reelegido, para que purguemos los pecados que aún tenemos sin redimir.

Pero ello dicho, también digo que representa a toda la ciudad cuando está en un acto oficial. Y si no me pareció por educación que mi presidente de gobierno no se levantara para honrar una bandera de país amigo, a quien recibíamos en nuestra casa, tampoco me parece educado que una señora ministra del gobierno en curso se excuse de estar presente, cuando la ocasión así lo exige.

Y termino. Ahora sólo falta que dijera “lo cortés no quita lo valiente”. Lo he escrito, pero no lo digo. Lo dicen otros y otras. La machada de León de la Riva la aplauden en sus reductos partidiles los junos y los jotros, y así nos va. ¡Cómo no va a escapársele a este buen señor una pequeña parte de lo que rumian todo el día!

¡Qué falta nos hace a todos esa asignatura tan venturosa! Yo exigiría desde ya EPC en todas partes, en el autobús, en la calle, en casa y hasta en el Campo Grande. Y no te digo el otro día, en el campus de ciencias, donde dicen que hubo un macrobotellón…

De parte del señor alcalde se hace saber…

     Tengo que reconocerlo: mi límite está en el teniente de alcalde. No puedo llegar a más, nunca lo he conseguido.

     En el pueblico me traté muy bien con el alguacil; Glicerio, ése era su nombre. Pregonero, conservador del servicio de aguas del pueblo, chico de los recados, cartero con furgoneta y mi sombra a la hora de dar cuerda al reloj de la torre de San Pedro. Que digo Miguelangel que el reloj no va, que digo yo que si se habrá helao. En realidad el reloj que marcaba el paso del tiempo en aquellas laderas de Torozos era cuestión del señor cura, que para eso estaba en terrenos propiedad de la iglesia. Porque no había sacristán, y los monaguillos sólo aparecían los domingos; por la mañana en la misa, por la tarde al disfrutar en el teleclub y luego en el baile en la cuadra de la casa rectoral hasta la noche. Pero nos conjuntábamos muy bien; él, el alguacil, le daba cuerda unos días, y otros era yo. Generalmente Glicerio se olvidaba más veces que yo, y ahí me veía subiendo la empinada escalera a dar vueltas al manubrio que izaba las pesas que movían las agujas y accionaban la campana. Aceitarlo y ajustar la hora era competencia exclusivamente mía. Iba con el cargo.

     Nos llevábamos bien. Y con su hija Angelines más de un baile nos marcamos en las fiestas, que se nos daba muy bien el pasodoble. Cuando salíamos a la pista del patio del castillo, nos abrían hueco, porque nosotros éramos de los que necesitábamos toda la plaza para nosotros solos.

     Juan, el teniente alcalde, también me trató bien. Siempre amable conmigo, incluso llegamos a emparentar lejanamente, porque una prima mía fue a casarse con su hijo, Fernando. Por aquí andan y a veces nos vemos.

     Con el alcalde, sin embargo, Pedro, no hubo manera. Tal parece que siempre estábamos de punta. Historias tengo con él, y muy pocas buenas. Alguna ya he contado, y no quiero volver a ello.

     Si así fue en el pueblo, en la gran ciudad, tres cuartos de lo mismo. Concejales y tenientes de alcalde conmigo han sido de trato cordial.

     Recuerdo, por ejemplo, a Manolo “Ojos”, con quien aún por la calle nos damos voces a nuestro estilo, no importa si estamos en la plaza mayor o ante el corte inglés. Siempre que fui a verle me acogió con cariño, me escuchó con amabilidad y me atendió suficientemente, incluso más. Cuando entraba en su despacho del ayuntamiento, los bedeles se sorprendían del trato que me daba: se levantaba, se abrazaba y juntos decíamos cuatro paridas para desengrasar. Luego venían los ruegos y preguntas. Fue genial.

     Valeriano tampoco se quedó manco, que procedía del pueblo, y eso marca. A pesar de ser de izquierdas no me tuvo nunca ojeriza, sino mucho cariño, e incluso disculpó y tapó algunas fechorías que perpetré cuando hice obras múltiples sin los permisos correspondientes.

     Pero con los alcaldes, ay madre mía, qué habré hecho yo para sintonizar tan poco.

     Bolaños, del pesoe, distante, no digo que superior, pero sí altivo y ajeno.

     De la Riva, muy en su puesto, educado pero frío; atento, pero regidor.

     La primera vez que lo vi fue en una presentación de un libro de fotografías antiguas de un amiguete. Fui invitado por el fotógrafo. A su lado estaba en el salón de recepción cuando alguien muy ilustrado echó una perorata muy docta, pero en un tono… cómo diría, marisabidillo, es lo que ahora se me ocurre. Al escucharlo le pregunté a mi amigo quién era ese señor, el consejero de cultura, me sopló. Es un cretino y un trepa; verás qué pronto le tenemos de alcalde.

     En efecto, cuando pasó la izquierda y entró la derecha ahí le empezamos a tener, y sigue…

     Resulta que fue compañero de curso de colegio de mi hermano, y está en la misma foto que él. Ginecólogo, ha tratado a muchas feligresas mías, y en general no tienen mal recuerdo de él.

     Hay que decir que es un buen gestor de la cosa pública, y que ha dado una vuelta a la ciudad, aunque el resultado sea demasiado gris. Personalmente y para mi disgusto, como ciclista que ha puesto ante las fieras.

     Con la gente es de trato desigual, pero ya está curada de espanto de sus exabruptos. Si con la federación de asociaciones de vecinos no se lleva nada bien, con mis vecinos sin embargo se porta, y cuando acuden a hablar con él, se encuentran que lleva todo bien preparado, atiende a los requerimientos, escucha las quejas y anota cosas, que luego se van cumpliendo en la generalidad de los casos.

     Pendientes tiene muchas causas en los tribunales, porque es muy peleón y de ideas muy fijas, y no da fácilmente su brazo a torcer.

     Pero cuando se deja ir, que no termino de ver si es que se le escapan o es que las suelta adrede, dice burradas que hace temblar el misterio.

     La última, o de las últimas, ha sido muy aireada, criticada y condenada. Se refiere a una alusión a los morritos de cierta persona, que resulta ser una señora ministra, y del partido contrario.

     He de decir que entre mi gente eso no ha causado ningún espanto. En un lugar donde “El Palanga”, “La Pelos”, “El Ideas”, “La tacones”, “La Marrana”, son algunos de los apelativos que se estilan para designar a personas concretas, la alusión del señor alcalde a los morros de alguien se ha acogido sin más, otra parida; y van…

     Otra cosa es que venga otra señora ministra y desplante a la ciudad toda no asistiendo a la sesión inauguratoria del festival de cine de la ciudad. Eso afecta a toda la población, al menos a la adicta al cine y a la cultura. Y aunque entienden las razones, ni las comparten ni las aprueban.

     Yo por mi parte sólo puedo decir lo que dije al principio: que me llevo bastante bien con la corporación municipal, muy bien con los tenientes de alcalde, pero con su alteza el señor alcalde, de entonces y de ahora, es que no lo consigo, no me llevo. No hay manera.

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