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A propósito de Haití

Si a todo ser humano, feliz o desgraciado, alguna vez en la vida le sobreviene preguntarse por qué le toca sufrir, y a quién ha de dirigirse cuando tal cosa le ocurre; si es una especie de peaje para estar aquí, o una deuda que alguien antes que él contrajo y ahora hay que pagarla en carne propia; si todo es cuestión de porque sí o hay algún tipo de plan preconcebido por vete tú a saber quién; si alguien se lo está pasando pipa viéndonos padecer y a santo de por qué esto de morir/vivir malamente está tan mal repartido…

A mí, ya antes, pero ahora algo más, estoy dándole a la pelota cómo tragar este asunto con lo de Haití.

Puedo decir y digo que he leído en estos días cosas que ya leí en otro momento, y también cosas nuevas, que a la postre de nuevas ná, que son tan viejas como el mundo, al menos como el mundo humano.

Quiero poner aquí un texto que me ha llegado de manera impersonal. Está en internet, pero ilocalizable. Es decir que sé la url, pero no doy con dónde lo han colocado. Por si alguien sabe cómo, esta es: http://d.yimg.com/kq/groups/3453930/637195736/name/Dios%20en%20Hait.doc

Lo publico porque es más breve que los otros que tengo a mano, y dice incluso más que muchos de ellos.

Y también porque su autor, al que leo desde hace ya más años que recuerdo, escribiendo es claro, sencillo, escueto y punto. Hablando, no puedo decir nada, lo siento.


DIOS EN HAITÍ

Por Carlos F. Barberá
PX de Madrid

No puedo evitar, a la hora de redactar una lectura creyente de la realidad, partir del hecho de la catástrofe de Haití. Ciertamente podría poner mis ojos en otra cuestión menos comprometida pero no me parece decente volver la vista hacia otro lado. Más aún cuando las desafortunadas declaraciones de un obispo han hecho que cuestiones teológicas hayan ido a parar a las páginas de los diarios y a los informativos de radio y televisión.
El mismo día del terremoto me llamó una amiga y, tras contarme su llanto al ir oyendo las noticias, añadía: “no me extraña que ante estas cosas mucha gente deje de creer en Dios”. Recordé entonces que, hace ahora algo más de 250 años, el terremoto de Lisboa causó una grave crisis de fe. No porque fuera el peor de la historia sino porque se ocuparon de él filósofos y pensadores. Como se ha escrito, “el terremoto de Lisboa curó a Voltaire de la teodicea de Leibniz”.
Estamos sin embargo en 2010 y parece que ya estamos curados de espantos. Hemos vivido en el siglo pasado tantas desdichas, catástrofes tan devastadoras, que la fe de los que creen no parece que pueda ya resentirse por una nueva. Sin embargo el envite vuelve a presentarse y de nuevo aflora la pregunta  en comentarios y entrevistas: ¿como se compadecen las imágenes que hemos visto con el Dios bondadoso y solícito que predicamos? Hoy como ayer buscamos argumentos y palabras que desde el principio sabemos que sólo pueden aproximarnos a una respuesta.
Hay un pueblo desafortunado -quizá ahora más que nunca- cuyo único y gran papel en la historia ha sido introducirnos en la lectura creyente de la realidad. Es el pueblo judío. Sus peripecias no son distintas de las de otros grupos humanos. Pasar del nomadismo a la agricultura, sufrir situaciones de hambruna, recurrir a la emigración y sufrir la enemistad y la persecución de los anfitriones, buscar una tierra nueva y luchar por conquistarla, dotarse de instituciones... Nada de todo eso sería relevante si no hubiera ido acompañado por una reflexión creyente, con el convencimiento de que Dios estaba en todos aquellos avatares. Esa lectura, primitiva y un tanto torpe al comienzo, va ganando en hondura y fineza con el paso de los siglos. Al final sin embargo se encuentra con el muro de la desdicha humana, que es el muro del misterio. Hay un momento en que no se puede pasar más allá. El libro de Job es la expresión más elaborada de esa situación. Sólo cuando Job, después de expresada su amarga queja, se entrega a ese misterio que le sobrepasa, vuelve a encontrar sosiego para su vida.
No alcanza una respuesta al sufrimiento pero sí al menos establece dos cosas previas. En primer lugar, afirma su inevitabilidad. “Es imposible no tener contacto con el sufrimiento, a no ser que se quiera rechazar la vida, cortando toda clase de relaciones y haciéndose invulnerable... Cuanto más fuertemente afirmemos la realidad, cuanto más estemos incluidos en ella, tanto más profundamente nos veremos afectados por esos procesos de muerte que nos rodean y penetran en nosotros por todos lados” (Dorothee Sölle). En segundo lugar, constata que sólo la mística puede marcarnos el camino.

Pero volvamos a la cuestión del comienzo. Quien resulta tocado por el terremoto de Haití es Dios mismo. Dios que, como decía Epicuro, no parece poder salir del dilema de no ser bueno o no ser todopoderoso. Pero ¿qué sabía Epicuro, que sabemos nosotros de Dios? A Dios nadie le ha visto nunca. Hay que tomar en serio esa afirmación de San Juan. Y también la siguiente: su Hijo nos lo ha revelado. Sólo mirando a Jesús de Nazaret podemos saber algo de Dios porque en sus palabras y acciones, en su vida, se transparenta cómo es el Dios que habita en una luz inaccesible.
Acabamos de vivir la Navidad, el comienzo de un camino hacia la Pascua. Jesús niño ha acompañado nuestras celebraciones. Pero quien las ha presidido, quien es en ellas una figura permanente, es el Crucificado. Quien le mira, ve a Dios, que no puede preservarnos del mal pero quiere compartirlo y acompañarlo, librarnos de su rostro ciego y sin sentido. Los místicos lo han comprendido siempre y en cualquier noche oscura han salido -su casa ya sosegada- hacia una luz a la vez presente y prometida. Pero ya Rahner dijo que todo cristiano de nuestro siglo tendría que ser un místico. Alguien que se ha tropezado con el misterio de la vida y de la muerte, que se ha sumergido en él y ha podido, en medio de las sombras ver el resplandor de la gloria y de la promesa de Dios.
Señor, ayúdanos a experimentar -a otear, a ver, a palpar, a gustar- que tu Reino está en medio de nosotros, en todos los momentos, en todas las situaciones.

Pero ¿cómo comunicar esa imagen de Dios a quienes no le aceptan, a quienes creen hacerle incluso un favor negando su existencia? ¿a quienes piensan: mejor para él y para nosotros si no existe?  Diría, si me cuestionan: Dios no está en el movimiento de las placas tectónicas. La tierra está en movimiento, produce árboles y plantas y también terremotos; distribuye lluvias pero también incendios; es causa de vida y de muertes. Sólo indirectamente es ése el lugar de Dios. Su lugar verdadero está en la com-pasión que se ha desatado hacia Haití. Dios está en la solidaridad abundante, en el compartir generoso. Se pensará que se trata de sentimientos normales,  de una compasión que es inherente al ser humano. ¿Y por qué? ¿no sería más bien al contrario? Quienes tantos años han tolerado un Haití dejado de la mano de Dios  ¿por qué se convierten ahora en sus manos y sus brazos? ¿no deberían estar contentos de que desapareciera en gran medida? La literatura económica más realista-y acaso por eso más cínica- ha sostenido siempre que sobran muchos pobres en este mundo. Sin duda habrá quien se haya alegrado de que la naturaleza ayude a eliminarlos. Y sin embargo la solidaridad se ha manifestado abundantemente. Es la presencia de Dios, de su Espíritu. “Benditos de mi Padre: tuve hambre y me dais de comer, estoy desnudo y me vestís, huérfano y me acogéis, sin casa y me la reconstruís”. ¿Dónde está Dios? En los voluntarios que estaban allí y allí siguen; en los bomberos que salvaron a un niño levantando escombros con sus manos; en los actores de Hollywood que donan millones de dólares; en la viejecita de una parroquia que pregunta dónde se puede aportar. Y en todos nosotros si escuchamos esta voz dramática de los pobres y no dejamos que de nuevo se apague.

He leído estos días un viejo texto de José María Fernández-Martos. No puedo por menos que reproducirlo al final de mi propio texto: “Señor, que nos alcance tu compasión y viviremos (Sal 119, 77). Que tu compasión por el dolor de tu pueblo sea la nuestra. Que en realidad compartamos el sufrimiento de los que están presos (Heb 10, 34). Que se nos cuele en las entrañas y nos pongamos a la obra de hacer habitable este mundo 'haciendo justicia a pobres e indigentes, porque eso sí es conocerte’ (Jer 22,16) ‘Ya veo, Señor, que gritarte no basta; tengo que apresurar tu venida (2 Pe 3,11), permitiendo que tú hagas visible en la honestidad de mi vida tu bondad y tu amor por los hombres’ (Tito 3,4) ¿se ve en nosotros, los que decimos hablar contigo, que nos vas haciendo como Tú eres, compasivo y clemente, misericordioso y fiel, que conservas la misericordia hasta la milésima generación? (Ex 34,7) ¿Tenemos la  cara radiante al hablar contigo? (Ex 34,29) ¿Por qué, Señor, los que decimos creer en ti somos, para tantos, tan poco creíbles? Deja, Señor, que la vida de Jesús se transparente en nuestro cuerpo (2 Cor 3,18).  Todo esto, señor, hazlo en nosotros por amor a tu pueblo, para que los paganos sepan que Tú eres  el señor, cuando les muestres tu santidad en los que decimos ser tuyos (Ez 36,23).

Anda, Señor, anímate; cosas más difíciles has hecho”.


[Una vez más, carezco del consabido permiso para publicar este texto, pero es que no sé dónde tengo que presentar la correspondiente solicitud. Si se entera Carlos F. Barberá, que sepa que soy subscritor de Alandar desde casi los comienzos, y ¡hombre! algún detalle bien puede tener conmigo, que son ya casi 25 tacos de calendario del Corazón de Jesús.]

No cooperar al mal es sumamente complicado

Hay una persona que me debe, -nos debe a todos, mejor dicho- un artículo en el que detalle qué es eso de “cooperar al mal”. Y digo que nos lo debe a todos porque tiene voz alta en Internet, bueno y también en otras partes. Y como Internet es la plaza pública y ahí es donde ha dicho esta frase para denunciar el asunto de marras de las páginas pornográficas que nos trajinaban en Religión Digital -de Periodista Digital- a quienes íbamos a por otra cosa, pues se puede concluir que esa su opinión, que debe ser muy seria, profunda y matizada, es obligado que nos la de a cuantos y cuantas lo escuchamos.

Textualmente él dijo: «Propongo reabrir el debate sobre los dos temas citados: el de la coherencia ética y el de la cooperación al mal. No se puede escabullir el tema de la cooperación al mal con las excusas escolásticas de si es indirecta o no inmediata. Hace falta una campaña fuerte por la desaparición en todos los medios de comunicación (sean de la tendencia que sean) de cuanto convierte a la mujer en objeto, vulnera su dignidad y viola sus derechos.»

Esto lo dijo el día 1 de noviembre, http://lacomunidad.elpais.com/apoyoajmc/2009/11/1/dignidad-la-mujer-proteccion-del-feto, y como le respondió Marta a Jesús, “si ya huele…”; en efecto, en tres días un cadáver huele que alimenta. Una respuesta que se demora todo este tiempo, la verdad, huele a que no se quiere dar…

Visto que me voy a quedar sin saber qué iba esa persona a responder, me aplico a hacerlo yo mismo, aunque carezco de sus dones, que en absoluto puedo yo ponerme en comparanza con ella por ningún concepto.

El ser humano de natural actúa bien, porque está orientado en esa dirección. Eso es lo que dicen los moralistas, los científicos de la medicina, los filósofos, los físicos tánticos y cuánticos, los biólogos, y hasta si me apuráis, los literatos y dramaturgos. Pero con más frecuencia de lo debido, se vuelve para otra parte, y, o desbarata el bien o recompone y robustece el mal. (Si se trata de una personita insignificante, que puede muy poquito, no importa, su cooperación también ayuda al mal). La “cooperación al mal” (que se dice así, y no como sería más correcto “cooperación con el mal”) es un concepto filosófico/teológico que habla directamente de cómo el comportamiento humano puede colaborar a que el mal no sólo no desaparezca de la faz de la tierra, sino a que se reafirme, se agrande y se extienda.

Vamos, que la sola indiferencia frente al mal ya es cooperar a él. O sea, que ante el mal sólo cabe la lucha directa y encarnizada. No valen milongas ni contemporizar, tampoco encogerse de hombros.

En un momento que pinché en el buscador de Google me salieron estas cosas:




Ahí se dice bastante. Quien quiera puede entrar y leer. Y quien no quiera, tranquilo majete, que no creo que eso sea cooperar al mal.

Pero en este asunto hay que andarse con muchísimo cuidado, cuidadín, que ya sabemos que “quien no siembra, desparrama”, y que “quien no está conmigo, está contra mí”.

El problema que surge es que en este mundo de nuestros pecados, el mal campa por doquier. Está aquí y está allí, está por todas partes. Unos lo refieren al aborto. Otros al comercio de armas. Quien, al tráfico de personas. Y también hay quien lo refiere al sistema capitalista. De modo y manera que estamos tan rodeados e inmersos en el mal, que de no saber decidirnos por qué frente combatir, terminamos por no hacer frente a ningún frente. Y ahí quedamos cogidos en la red: estamos cooperando al mal. No hay salida, no hay solución. No tenemos remedio.

Y así estamos, sin posible redención.

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Santo remedio, sacudámonos la abulia, despertemos, salgamos del estado de molicie.

Esto acaba de llegarme, tal vez sea un buen aldabonazo:

Queridos amigos y amigas,


  • El ejército de Zimbabwe está controlando los campos de diamantes y sigue asesinando y torturando a los mineros. Esta semana, el grupo regulador de la industria mundial de diamantes puede llegar a excluir a Zimbabwe del mercado global. Firma la petición para poner fin a los "diamantes ensangrentados" de Zimbabue.

El dictador de Zimbabue Robert Mugabe se ha apoderado de los yacimientos de diamantes del país de forma brutal, y está utilizando los beneficios derivados de los preciados anillos de boda y joyería para financiar una cruel milicia política.

El grupo de países que regulan el mercado global de diamantes se va a reunir esta semana en Namibia para decidir si suspenden o no a Mugabe, impidiéndole así vender sus diamantes manchados de sangre en el mercado mundial.

Sólo tenemos 24 horas para persuadir a estos países para que actúen. Consigamos una auténtica marea de firmas en esta petición para entregarla directamente durante la reunión en Namibia. Firma en el enlace a continuación y envía este mensaje a todo aquellos que se oponen a que regalos que se hacen por amor sirvan para financiar odio:

http://www.avaaz.org/es/diamonds_for_love_not_hate

Todos los países productores de diamantes saben que sus beneficios dependen de la reputación que tengan sus marcas, y que la mayor conciencia pública de la existencia de "diamantes ensangrentados" influye cada vez más sobre dicha reputación. Una petición global gigantesca les mostrará que el público que compra diamantes está exigiendo una acción inmediata.

Los diamantes de Zimbabue solían ser explotados por mineros locales. Pero en los últimos meses, matones al servicio de Mugabe se han hecho brutalmente con el control de estos campos, asesinando a más de 200 civiles. Una investigación internacional realizada en Julio encontró evidencia de "una violencia atroz en contra de la población civil".

Los beneficios de estos diamantes de sangre están siendo utilizados para financiar una milicia política que ya ha provocado la muerte de cientos de ciudadanos de Zimbabue, amenazando la frágil unidad del gobierno del país. Permitir a Mugabe que mantenga el control de estos diamantes podría ayudarle a financiar una nueva guerra.

Todos nosotros estamos aprendiendo de qué manera nuestras decisiones sobre lo que compramos y hacemos puede afectar la vida de muchos seres humanos en otras partes del mundo. Regalar y llevar piedras preciosas es algo que debería hacerse por amor. Exijamos a los reguladores del comercio de diamantes que lo mantengan de esta forma:

http://www.avaaz.org/es/diamonds_for_love_not_hate

Con esperanza,

Ricken, Alice, Benjamin, Graziela, Luis, Milena, Paul, Ben, Paula, Pascal y todo el equipo de Avaaz

Más información:

Zimbabue: los diamantes no son eternos, IPS, 4 de Noviembre:
http://ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=93843

Informe de Human Rights Watch, "Zimbabue: Poner fin a la represión en los campos de diamantes de Marange" (en inglés):
http://www.hrw.org/en/reports/2009/06/26/diamonds-rough-0

El informe del Proceso de Kimberley sobre Zimbabue (en inglés):
http://www.zimonline.co.za/Article.aspx?ArticleId=5303


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Aviso para navegantes

Ayer pasé una mala tarde. No tenía, a priori, ningún motivo para ello. Al contrario, todo parecía ir de cara: en tenis íbamos ganando, el Pucela ya lo había hecho, tenía una gozada de reloj de pesas en reparación avanzada –mi afición favorita: desarmar cacharros viejos- y todavía estaba saboreando la Celebración de la mañana con un juicio final que ni era juicio, ni final, ni metía miedo, ni había juez, sino un abogado defensor con todas las pruebas a favor. Y claro, también estaba la boda del sábado, que me había dejado tan buen sabor en los labios y en el corazón.

Pero si es verdad que en domingo todo puede ser posible, también cae dentro de la posibilidad que llegue "lo imposible".

Y llegó, vaya si llegó.

Claro, que le ayudé no un poquito, demasiado.

Animado por mi insensatez, pecando de mucho más que de ingenuo, me explayé en lo de la boda de autos, perdí el rumbo, desatiné. Cuando sólo tocaba hablar de mí, hablé de otros. Hice mal. No puedo decir que pequé de ingenuidad. A estas alturas de la vida uno ya no es un ingenuo, menos inocente. «Ya no somos inocentes en la mala y en la buena», porque aún, todavía, «algunos cantan victoria porque el pueblo paga vidas»; que «la muerte mata… y escucha».

Navegante amigo que llegues a este puerto. Lo inicié el 29 de mayo de 2008 con curiosidad y desconocimiento. Alguna vez me expresé en el sentido de temer algún temor. Alguien amigo me animó a quitármelo de encima, que también hay gente buena, que no toda va a hacer daño, que no. Animado, me animé, y me pasé de la raya.

Has de saber, capitán de navío, que navegas por Internet, hay, de verdad, tiburones –auténticos depredadores- que van a buscar tras lo que ofreces con generosidad, otra cosa. Buscarán las vueltas, darán revolcón al pastel, aderezarán la cosa con sus especiales condimentos, y quedará al fin, pues, una mierda tan grande que no sabrás, después, qué hacer con ella.

Nauta, ten cuidado, no todo el mar es azul, hay también simas abisales de las que puede surgir cualquier cosa, nada buena, toda ella mala.

Rediez, ¡cómo no cai en la cuenta…!

He tenido una inspiración…

Esta tarde he caído en la cuenta, qué bruto soy.

El tema de La Buena nueva, la película que comenté anteriormente, en realidad es el trillado y nunca resuelto problema reiteradamente predicado, misteriosamente percibido, escandalosamente sufrido, enigmáticamente arrinconado, tenebrosamente consentido cuando no perversamente buscado y pretendido, etc., etc. de

la existencia del mal en nuestro mundo

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