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Es lo que hay

 

Imposible competir con el autor del Génesis, que, tras ofrecernos una encantadora y encandilante versión abreviada del origen y evolución de todo cuanto hay, pone en boca del Creador, mejor dicho en su mirada, día tras día aquel «Y vio Dios que todo estaba bien. Y atardeció y amaneció el día x».
Porque si todo aquello «era bueno», no se me ocurre qué manera tengo que adoptar u adaptar para que mi mirada vea lo que ve, si no directamente malo, tan manifiestamente mejorable.
Y no es que las circunstancias personales hayan influido negativamente, que pudiera. Tras el silencio premonitorio de la víspera, con el personal apresurándose a llegar a donde quiera que fuera el lugar donde zamparse las uvas y escanciar las copas últimas o primeras, cuando las agujas coincidían en la verticalidad más infinita, fue el pandemónium total. Parecía que las estructuras del orbe se removían desde sus entrañas, que los fundamentos del universo se rompían en pedazos, que las vísceras de todo cuanto existe se volcaran más allá de los propios límites imaginables.
No sé cuánto duró. Gumi se me apretó, el pobrecillo, y yo le acobijé maternalmente. Así pasamos un largo, muy largo rato.
Cuando todo volvió a la calma, nada parecía haber ocurrido. Silencio. Quietud. Pero no. Hubo consecuencias. Casas quemadas, vidrios rotos por el suelo, olor a pólvora, montones de basura, personas tuertas, algunas incluso fallecidas.
Aproveché en lo que pude a seguir leyendo a don Claudio, hasta finiquitar su Anecdotario. Conclusión: Nihil novum sub sole. En este caso, mejor decir in pluvia.

SEÑORÍOS

Mi madre no amamantó a ninguno de sus nueve hijos. Mi nodriza fue una fuerte labradora de Solosancho. Situado éste a más de cuatro leguas de Ávila, desde el destete –con acíbar y en Aranjuez– Ignacia acudía cada verano a verme y a solicitar ayuda pecuniaria de mis padres. No era yo aún estudiante de bachillerato cuando mi ama de cría se presentó lacrimosa a pedirme algunos duros.
-No puedo más, Claudio. Estoy en la miseria; he debido vender las puertas y las ventanas de mi casa -me dijo.
-Pero estás loca -le repliqué-. ¿Por qué has vendido sólo las puertas y las ventanas de tu casa?
-La casa es del duque.
No comprendí a la sazón la triste realidad que encerraban sus palabras. Cuando en 1911 escuché a Hinojosa comentar el Fuero de León, y más aún cuando leí otros fueros municipales, supe valorar la tragedia de Solosancho. El pueblo era de señorío del duque de la Rosa, y sus moradores vivían en las primeras décadas del siglo XX como los labradores de Solango del XI y del XII, quienes sólo eran dueños de las maderas que empleaban en las ventanas y las puertas de sus pobres moradas. (pág. 29)


CON LOS PARAGUAS

Los republicanos estábamos divididos en una serie de facciones a veces enemigas. Había tres partidos radicales socialistas -los de Marcelino Domingo, Gordón Ordás y Botella Asensi-, Acción Republicana, el partido radical, el conservador de Maura, los federales, la Orga, la Esquerra, los socialistas… y la enumeración es incompleta. Naturalmente, perdimos las elecciones. Pero los mismos que con sus intransigencias habían provocado la catástrofe no se resignaban democráticamente a la derrota. Cada tarde asediaban a Azaña en el Salón de Conferencias del Congreso con la misma cantinela
-Don Manuel, esto es intolerable, no podemos vivir así, hay que hacer la revolución, hay que echarse a la calle.
Azaña les escuchaba impávido, sonreía, procuraba calmarles. Pero no le dejaban en paz. Una tarde de lluvia madrileña le asediaron como nunca
-No y no; esto no puede seguir así. Don Manuel, decídase. Hay que lanzarse a la revuelta. Hay que echarse a la calle.
Azaña se hartó. Se levantó y les gritó:
-¡Vamos, ahora mismo, a la revolución, con los paraguas!
Eran las únicas armas con que podíamos echarnos a la calle. (pág. 173)


FIN DE UNA DÉCADA
En el muelle me han dicho ¡adiós! mis hijos. El Serpa Pinto levanta anclas y se desliza por las aguas tranquilas del Tajo. Un momento contemplo la complicada orografía lisboeta, luego penetro en mi cabina, me tiendo en el lecho y, a la velocidad del pensamiento, veo desfilar por mi memoria el film zigzagueante de mi vida y de la vida de España durante los últimos diez años.
1940. Noviembre. Empezaba otra década para mi patria y para mí. Europa quedaba atrás y, con ella, más de la mitad de mi existencia. Hombres ambiciosos, sucesos desdichados, esperanzas fallidas, desoídas advertencias, errores tácticos, torpezas, sañas… todo se fundía y se confundía en mi recuerdo mientras soñaba despierto y el pequeño barco bailaba a su placer al hendir las aguas del Atlántico.
Mi pesimismo temperamental no me permitía forjarme ilusiones. Me esperaba la soledad y una vida difícil durante muchos años. La realidad ha superado, empero, todas las desesperanzas de aquellas horas. Treinta años después de mi salida de Lisboa no me sostiene la ingenua y pueril ilusión que algunos alientan aún de volver a España victoriosos. El mañana no nos pertenece, sino a las nuevas generaciones. Ese mañana no se dibuja aún en el confín del horizonte. Y, como no he de quebrantar mi dignidad, moriré en el destierro.
¿La historia maestra de la vida? No sé. ¿Mis recuerdos servirán de algún provecho a las nuevas generaciones? Lo dudo. Pero, ahí van; en parte, porque mi temperamento de historiador me ha forzado a hacerlos públicos; en parte, por si su conocimiento puede contribuir a evitar los escollos, en donde nosotros tropezamos, a quienes mañana vuelvan a comenzar nuestra aventura.
Sé que estas páginas irritarán a muchos de quienes navegaron en la misma carabela de la República. Y no descarto la posibilidad de que nuestros enemigos las utilicen contra lo que nosotros fuimos y significamos. Es habitual no reconocer los propios errores y des-cargar en el adversario toda la culpabilidad de nuestros fracasos. Y lo es también desfigurar la realidad para justificar atropellos y violencias planeados por egoísmos, miedos, odios… El estudio del ayer al que he consagrado mi vida me ha mostrado muchedumbre de casos de ambas flaquezas humanas.
Creo, empero, cumplir un deber al publicar esta doble colección de anécdotas. A los españoles de ayer, de hoy y de mañana quiero recordar que la historia no está nunca conclusa. No lo olviden ni los unos ni los otros. Sobre todo quienes, acaballados sobre la España de hoy, no han visto aún el fin de su ciclo histórico, y no valoran, como no valoramos nosotros, la fuerza del adversario y el equilibrio internacional del instante. El panorama internacional les es hoy tan adverso como nos fue a nosotros el de 1936 y les será más adverso cada año.
¿La historia maestra de la vida? No sé. Ahí van mis 260recuerdos para que se sepa cómo ocurrieron algunos sucesos. Para que se pueda juzgar a algunos hombres. Para que no se ignoren los errores que los republicanos cometimos al creer que estábamos solos en España. Para que se recuerde que cada país en cada instante de su vida, debe contar con su geografía y con su ayer. Para que no se alienten torpes ilusiones ni se vuelvan a cometer las mismas flaquezas. Para que se desconfíe de los hombres providenciales; muy pocos lo han sido en la historia y el egoísmo de muchos ha solido ser catastrófico. Para que los caudillos se abroquelen contra la adulación y pongan en cuarentena promesas y seguridades. Para que se escuchen las voces de los segundones, a veces más anclados en la realidad que los grandes orgullosos. Para que se estime en lo que vale el diálogo, la tolerancia y el contraste en libertad del juego de las ideas. Para que cuando ese diálogo no sea posible no se vacile en actuar con firmeza a tiempo de evitar la guerra intestina. Para que se busque por todos los caminos la paz fraterna, porque las heridas del odio no cicatrizan nunca o cicatrizan muy despacio. Para que no se olvide que hay siempre un mañana en el cual el ayer al parecer más opresor o más revolucionario ha llegado a ser juzgado como un rosado paraíso de delicias por quienes peor le soportaban, porque el presente es aún más duro y cruel que el sombrío pasado. Para que nadie espere detener el inexorable correr de los años y nadie confíe en poder acelerarlo a su capricho. Y ello a un lado y otro de la barricada que aún nos separa.
Perdón. He ido demasiado lejos al valorar las posibles proyecciones de este librito frente al futuro. Estoy seguro de que estos recuerdos no pueden brindar todas las enseñanzas registradas. Quizá no sean, empero, inútiles las reflexiones que ellos me han provocado al reunirlos; reflexiones que aquí hago notorias. ¿Lecciones de un conservador? Tal vez. De un conservador de los altos valores de la cultura occidental, en la que «un solo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo», como escribe San Juan de la Cruz. De la civilización, que no es incompatible, sino indispensable plataforma para acometer los cambios de estructura cada vez más necesarios si queremos evitar el avasallamiento de los pueblos por dictaduras que implican siempre un avasallamiento espiritual. Para acometer tales cambios manteniendo incólume la plena libertad integral del hombre. ¿Lecciones de un conservador? Tal vez. Pero de un conservador que cree a la historia hazaña de la libertad y a la libertad consustancial con la misma condición humana.
No es fácil desenredar la madeja de los problemas nacionales. Mas, sea cualquiera el futuro histórico de mi patria, vuelvo a invitar a todos a meditar sobre el pensamiento de Ibn Hazm de Córdoba: «La flor de la guerra civil es infecunda.» Y a repetir con él: «Lejos de mí la perla de la China, me basta con el rubí de España.» (pág. 259)

Ya por la mañana va y me dice, con su lección de historia, “cien años que empezó la guerra del catorce”. Intento entenderle, pero no lo consigo. “!La primera guerra mundial¡” Caigo por fin en la cuenta. Es que este hombre cuanto más envejece más atrás se va, pensé sin decir pamplona. Ladis es así, no muy distinto de los demás.
Luego, en la tarde, alguien descargó su stock de congelados en la nave, porque ha de hacer sitio para la matanza. “A alguien le puede venir bien”. Y fiesta o no, hubo que hacer ajustes y colocar las cosas para que tuvieran alguna utilidad.
Y juguetes. Muchos juguetes. Para los niños. Son los reyes que ya vienen.
Menos mal que esta segunda noche ha sido placentera y tranquila. He dormido a pierna suelta. Nada como hacerse una lavativa y luego vigilia completa para sentirse completamente renovado.
Sigue lloviendo.
Con tijeras y pinturas, recorta, colorea y coloca, mientras cae la lluvia

Un jueves que parece lunes

¡Qué sensación más extraña he tenido hoy! No sólo por levantarme casi media hora antes de la habitual para acercar al hospital a una vecina que tenía consulta en cirugía a primera hora; ni por tratarse de un jueves que sigue a un miércoles festivo; ni por tener enfrentados, en cuanto cedió la noche al día, una luna plateada y un sol rojo brillante y deslumbrante; ni siquiera porque Gumi hoy se ha tomado sus libertades haciéndome correr tras de él, sorteando montes y morenas, vadeando arroyos, driblando postes, saltando vallas y aguantando cardos borriqueros zurrándome las piernas a arañazos, antes de esperarme en una vaguada tranquilamente echado cuan largo es. (Le he dado tantos azotes, que se relamía de gusto. Menudo perillán, tunante y bandido es el buen perrito).
No. No ha sido por eso, ni todo junto ni de una en una circunstancia.
Ha sido porque hoy he vuelto a sentir el pasado acercarse desde lejos.
Un paisano bloguero ha publicado sobre la primera emisión de radio que se dio en mi ciudad, Valladolid. Parece ser que fue por el año 1934. De ello daba cuenta el periódico local, hoy decano de la prensa escrita, “El Norte de Castilla”.
Yo por entonces debía andar por los espacios siderales, ni siquiera llegaba a ente de razón, era simple futurible.
Pero crecí, y, como los chavales de mi edad, probé una radio galena, enganchada al jergón de la cama para que sirviera de antena. Oye, no necesitaba enchufarse, sólo coger los auriculares y colocarlos en las orejas. Entre ruidos, chasquidos, pitidos y graznidos, la voz humana me llegaba como si estuviera al otro lado de la cama, aunque no.
Era elemental, sólo una cosa había que comprar, y ahora no sé qué era ni qué forma y aspecto tenía. El resto era puramente artesanal, y salía adelante copiando e imitando de unos y de otros, porque aunque la audición era personal, el complot era en sociedad. Y sólo en horas nocturnas, bajo las sábanas y con la luz apagada, lo que le daba un aura de clandestinidad, intrepidez y rebeldía.
Me ha dado por buscar y lo he encontrado. Recordando tiempos pasados, he aquí la radio galena de mi adolescencia, donde oí por primera vez en mi vida Radio Pirenaica:

El crucifijo de la Michel


El crucifijo que llevo colgado de mi cuello me lo trajo la Michel. Sólo me lo quito para nadar. Sólo por ese motivo no lo llevo puesto. Y no es que yo sea muy de crucifijos de colgar. Creo que si me pongo a contar, tengo suficientes con los dedos de una mano.

De pequeño algo llevé, pero ahora no recuerdo si fue medalla o crucifijo. Lo perdí. Creo que era de plata, seguro que regalo de primera comunión o de algún cumpleaños. Ya no sé. Y desde entonces no hubo cruz de mi colgada hasta que me hicieron cura, mucho tiempo después, cuando al salir de la ceremonia solemne de ordenación llegaron unos cuantos y me colgaron esta que ahora pongo:




Era demasiado importante, y también excesivamente grande para llevarla bajo la ropa, y algo ostentosa para llevarla por fuera, así que desde el principio pende encima de mi cabeza cuando duermo en mi cama. Ese es su sitio, y ahí la quiero tener.

Volvió a pasar el tiempo, mucho, mucho tiempo, y llegó esta cosa, que me trajo Alicia de El Salvador. Recuerdo de los mártires de la UCA, año 1989:


La llevé hasta que se deshizo, y luego fue reemplazada por otra igual, que volvió a traerme Alicia del mismo sitio, y que duró casi lo mismo que la primera; están juntas ahora, encima de mi cabecera de la cama.

Pasó otro tiempo sin tener nada, que tampoco es que me esfuerce demasiado por tener ahí colgante alguno. Hasta que llegó la Michel y me regaló esto:


Hace puede que dos años que me la dio. Y ahí sigue, que parece que es más consistente y está hecha para gente como yo, descuidada y descreída (es broma, pero algo iconoclasta sí que debo ser).

Esto me da pie para recordar a la Michel. El artículo que la acompaña se lo pusimos en el barrio, que ella vino sin él: Michel.

Michel era una jovencita, leonesa, del páramo, alegre como unas castañuelas, dispuesta para todo, valiente y atrevida que más parecía osada. Llegó para regentar la pequeña escuela del barrio, y para colaborar en lo que hiciera falta: conducir, guisar, escribir, hacer encargos, organizar actividades y excursiones, animar a la asociación, dar catequesis, llevar, traer… y para cumplir aquí su tiempo obligado de noviciado. Michel es monja.

Hizo sus primeros votos, -y creo que fue la primera y en lo que parece la última en hacer esta cosa en La Cañada-, en la campa que existía en las inmediaciones, ante vecinos, familiares y allegados. Yo fui quien canónicamente los recibí. Tuve ese honor. Hicimos fiesta, por supuesto. Y la gente, encantada de que Michel hubiera dicho lo que dijo, aquello de aceptar los tres votos de castidad, pobreza y obediencia. En lo que sé y a lo que parece, sigue en ello.

El caso es que la Michel nos sorprendió un día con que se quería ir a misiones. No dio pie para discusión alguna. Lo dio por hecho, y lo aceptamos como tal. La cosa parece que estaba ya muy madura, con destino final y todo, así que sólo nos cupo organizar la despedida y llenarle la mochila con lo mejor que nos pareció, lo necesario y mucho más, hasta reventar.

Quiso, sin embargo, el diablo que, cumplida debidamente una despedida a su nivel y categoría, y estando ya en el aeropuerto de Barajas dispuesta para embarcar, alguien vio que la mochila estaba demasiado llena, y la birló. Michel tuvo que volar al otro lado de la mar con lo que sus compañeras y compañeros de despedida se quitaron para que siquiera tuviera algo que ponerse, ya se sabe quita y pon. Michel llegó al viejo Nuevo Mundo con una mano delante y otra detrás. Como si volviera a nacer.

Ha pasado mucho tiempo. La Michel ya sólo es la Michel aquí y para nosotros, que allá tiene nombre propio. Ha hecho allá muchas cosas, ha sufrido también penalidades, pero se ha curtido en la brega. Y la reclamaron para cumplir otra tarea, esta vez en África y en puesto de mucha responsabilidad. No me está permitido decir más.

Si de América me traía cada vez que venía pequeñas cosillas de artesanía popular, venía con algo para cada persona que ella conocía, qué capacidad esta muchacha; de África esta vez que vino me trajo este crucifijo, justo el que llevo puesto:


Y ya digo, no me lo quito nada más que para nadar.

Como es posible que la Michel alguna vez pueda tener acceso a internet y visitarme en el blog, le voy a hacer un guiño cariñoso, y recordarle sólo una pequeña anécdota, de las muchas que me tocó vivir con ella.

Esto era que tuvimos que desplazarnos a Gijón para participar en un curso de jefes de campamento, porque nos obligaban a tener titulación para hacer nuestras actividades con la gente del barrio. Era el curso que mejor nos venía por cuestión de fechas, que no de cercanía. Y allí nos fuimos. Dejando a un lado el follón que montamos con nuestras particularidades en un contexto de recato, obediencia, sumisión y pocas ideas, en un momento de relajo quisimos visitar el puerto. La Michel, ni corta ni perezosa, conducía la cirila con garbo, como lo hacía todo. Callejeamos por la ciudad sin mayor problema. Yo, como mayor y con más experiencia en la conducción, de vez en cuando le pedía un poco de más despacio, pero ella era muy suya. Avistamos el puerto y para allá enfiló el cacharro sin dejar de pisar. Michel, para que eso es aduana. Pero ella a lo suyo. Cuando llegamos a la garita la pava siguió como si nada, hasta que la pegué un grito como los que suelo dar, y frenó; frenó por fin, y a tiempo, porque ya salía el civil con la metralleta en ristre. Michel, mujer, que ahí tienes que parar, que esa señal es aduana, ¡¡¡A-D-U-A-N-A!!! Y ¿qué es eso?, me pregunta la buena de ella. Pues que tienes que parar en seco. O nos ametrallan.

El susto fue lo que fue. El civil muy serio nos pidió documentación y referencias, pero nos dejó seguir en paz. Y en paz, aunque con nervios, visitamos el puerto de Gijón.

La Michel era así. Ahora seguirá siendo una buena pieza, esté donde esté, y viéndome, si es que tiene la oportunidad.

Pedir perdón… siempre. Cambiar, según


     Uno muchas veces no sabe por qué hace las cosas que hace. Bueno, no todas, sólo algunas. Se entiende que las más importantes sí están debidamente evaluadas y decididas. Pero otras no.

     Es el caso de este blog. Lo empecé porque tenía ocasión, porque fue fácil abrirlo, porque estaba al alcance y era gratis. Lo inicié por curiosidad, pero también por un pequeño interés; en un determinado momento necesité que alguien me echara una mano en algo que era para mí totalmente nuevo. No voy ahora a recordar qué, ya está casi olvidado allá por el mes de mayo de hace dos años.

     Y una vez ya en faena, te vas metiendo, vas probando, entras en un sitio, te acercas a otro, curioseas, lees y reflexionas. Un tiempo después, te atreves y escribes un comentario en casa ajena, luego en tu propia casa hablas de algo que leíste en otra parte y quieres dar tu opinión o explicar con detalle lo que piensas. Vuelves a comentar, y ya lo haces con más frecuencia,  hasta con cierto descaro propio de quien ya ha perdido el miedo o la timidez. Ves que viene gente y te felicita, o te añade cosas que tú no habías pensado, vas aprendiendo, te vas afinando. En fin, que llega un momento en que te descubres no escribiendo para ti mismo, sino para otras personas.

     En este proceso pasan muchas cosas. Hay lugares amables, donde se está bien, todo el mundo se expresa con delicadeza, se mandan besos y se dan abrazos. En uno y en múltiples idiomas.

     Hay también otros sitios, rudos, donde se razona con la cabeza y también con la parte inferior del cuerpo, y se dicen, sin expresarlos o explicitándolos, exabruptos, y se dan aplausos o empujones según se esté a favor o en contra en la argumentación, y coincida o no con el propio criterio y forma de entender las cosas, se pertenezca al propio grupo o al contrario.

     Y entre medias, hay infinidad de domicilios particulares que admiten visitas, que son bien venidas, pero como visitas; el silencio o la cortesía muestran que no como parte capaz de determinar la línea editorial, o el plan de trabajo de quien tiene la llave de la puerta.

     A la par que vas descubriendo todo esto, el marco físico del blog se va modificando en la medida en que copias cosas de otros, o tomas ideas, o simplemente pretendes mejorar lo que allá ves que está apuntado pero no desarrollado.
     Total, que miras para atrás y dices, ¡madre mía, dónde he llegado! Y es el momento de parar y decir, vale tío, esto no es lo que yo quería, ¿lo quiero ahora?

     Y sin pensar en echar el cerrojo, te plantas y te afirmas en lo que tú quieres, que tampoco es tan excesivo.

     Importa mucho saber dónde quiere uno estar, y cómo. Ver quién está cerca y no molestar. Y si es el caso que sospechas que sí lo has podido hacer, que alguien ha venido y se ha marchado herido, que has apagado una vela o tronchado una caña, que tu huella permanece en la hierba o que el agua ya no está tan clara, sabes que para ti no es desdoro ni humillación pedir perdón. Que lo has hecho muchas veces, que a muchas personas te has tenido que dirigir solicitándoles que te disculpen y no ha pasado absolutamente nada irreparable y que ahora lamentes, y que estás dispuesto a seguir haciéndolo, porque sabes que metes la pata fácilmente, que hablas alto y tienes demasiada seguridad cuando te pones.

     Pido pues perdón. A quien pueda interesar, a quien lo necesite de mí, a quien tenga todo el derecho del mundo a exigírmelo pero no se atreva o no pueda o no quiera hacerlo. Pido perdón, pero no me pidáis que cambie en aquello que soy yo, y sin lo cual dejo de serlo, sencillamente porque ni debo ni puedo.

     Julita, preciosa, lo último que me mandaste no lo he reenviado, lo tengo aquí para que se vea en público. Es un poco largo, pero es aleccionador. Dejáis que pasen las diapositivas al tiempo que escucháis la música ambiental, y en un verbo habéis terminado.



¿Este está parado o simplemente lo parece?

     Desde hace mucho tiempo mantengo en la columna de la derecha, entre los blogs que sigo, uno que hace más de un año que no se menea. Y es raro, porque el asunto que trata es de importancia. Me refiero a "Causas pendientes de la humanidad”.

     Es un proyecto colectivo, con vistas a publicar un libro, si resulta. Consta de un prólogo y 85 capítulos, susceptibles de modificación, agrupando temas o relacionándolos como mejor se tercie.

     Ya el sólo título entromete, promete y compromete. Y no añado también somete, porque harto humillados nos tiene el tener tantas causas pendientes.

     Entromete. Leyendo el listado enseguida se aprecia que ocurren dos cosas: o sabes lo que tienes entremanos y es motivo de gozo el intento; o no lo sabes, y te estás metiendo donde no tienes ni idea y eres un insensato.

     Promete. El listado es muy completo. Lo escrito en cada apartado, sin ser original, que está tomado de aquí y de allá, es de momento un buen comienzo. A poco que quien se sume al proyecto aporte con su investigación y estudio, puede resultar algo digno.

     Compromete. El listado, sin ser exhaustivo, resulta suficientemente indicativo de los múltiples males que nos aquejan y de la ingente labor que queda por realizar. Quedarse de brazos cruzados pudiendo hacer algo sería una pena.

     Contrasta, a mi parecer, la euforia publicista que me ha entrado en el pasado mes de agosto, frente al silencio ominoso de este blog, a pesar de ser mucho más transcendente lo que en él se plantea que lo que en este se trata.

     Bien pudiera entenderse que es mucho más fácil, y también más evasivo, hablar del pasado, contar historias, rescatar viejas cosas, que encarar el presente y sus cuitas y proyectar un futuro en el que no repitamos lo que ya reconocimos como fallo.

     «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», gritó Arquímedes en la antigüedad. Anda que no ha llovido y escampado desde entonces. Él buscaba un punto. Pero este otro buscaba un hombre, era Diógenes. Colón mucho más tarde se alió con Isabel de Castilla para buscar otra ruta que le llevara al tesoro. Y así, la humanidad ha seguido buscando de todo, un cambio, una idea, una ilusión, la felicidad, la paz, el fin del hambre, un atajo, entrar el primero en la sala, hacerse con el premio gordo, pillar la gran ganga en rebajas…

     En fin, lo dicho; seguiremos, a pesar de todo, en busca del tiempo perdido… Es lo que más nos duele.

[Y ahora, Julia, no me vengas diciendo que esto tampoco lo pillas, eh, cuidadín.]

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