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Si se calla el cantor




Conforme me acercaba vi el arco iris, pero como iba al volante no pude sacarlo. Tras aparcar lo intenté, pero ya no estaba. Aún así, por el camino de acceso al nuevo hospital, tiré la foto. A simple vista algo se apreciaba, pero la máquina no lo refleja. Creedme si os digo que entre esas nubes, hay algo.
Salí de la piscina de Parquesol satisfecho. Tras once años de asistir diariamente a mi sesión de natación, lograr treinta series en cuarenta minutos es para nota. Por eso pensé en pasarme a ver a Ladis, mi “sacristán” de La Arbolada, que está recién operado. Seguro que le alegro la tarde, me dije. Y así fue, no se lo esperaba y me demostró, a su manera, su satisfacción. Luego estuvimos charlando, en realidad él fue quien llevó toda la carga, y así me enteré de parte de su vida.
Nos interrumpieron para acostarle, y cuando me despedí de él ya estaba completamente esponjado. [Le estaba obrando el enema que necesitaba, porque desde el jueves en que le intervinieron estaba seriamente estreñido].
Los seres humanos, pensaba cuando ya volvía al corsa, somos así de simples. Un simple atasco intestinal nos desarbola y nos lleva a pensar incluso en la cercanía de la muerte. Ladis aún es joven para su edad, ochenta y tantos, (en realidad creo que desde que lo conozco no ha envejecido absolutamente nada), y el más activo espécimen humano de la residencia. Si él se para, no sé qué será del resto de nosotros, cura-capellán incluido.
El cielo estaba ya completamente cubierto, y el arco iris, si aún estaba por ahí, no quería dejarse ver. O tal vez ya no estuviera. En cualquier caso ya da igual, porque es de noche. Ladis dormirá a pierna suelta, sin próstata dañina y aliviado, y, no importándole una higa el arco iris, soñará con volver pronto a ocupar su lugar en donde es alguien importante y querido.

Carpe diem


No puedo por menos de colgar la foto. Es el membrillo, que rebosa de flores. De momento es lo que hay, y disfrutarlo. Si allá en octubre resulta que queda en mucho menos o en nada como en 2013, pelillos a la mar. Ahora toca ver y oler. Y es lo que hago.
Como haré dentro de muy poco cuando los lilares, las cuatro variedades, revienten a través de las fragrantes y menudas florecillas.
Va a ser una Pascua florida de verdad la de este año. Y aromatizada.
De un tiempo a esta parte tengo la ligera impresión que pienso mucho menos en el futuro, y me detengo sin prisas en el presente. Dura muy poco, la verdad. En cuanto lo tengo, creo que agarrado, percibo que se me fue. ¡Es que es de resbaladizo!
Ayer noche terminé muy tarde. Aún así me fui con la mochila siquiera a dar unas cuantas brazadas. Cuarto de hora solamente, grité a la socorrista. Anda, anda, nada y sé feliz, me contestó la alegre moza. Conseguí robar al reloj veinte minutos, y no me echaron. No querían hacerlo, y en mi honor, yo solo en la enorme piscina, iluminaron el recinto y me cuidaron con paciencia.
Claro, era su obligación, puede pensar alguien. Sí, y un detalle cariñoso, añado yo.
Hace calor esta noche. Si no lo estropea el nublado que se anuncia, hoy será un buen día. Tal vez vuelva a encontrarme con Héctor y sus tres vástagos camino del colegio. Mira tú si irían contentos que Adrián ni me miró. Noa y Leo sí, y sonrieron. No me extraña, es que es tan bonito su cole… que no lo parece.

Grité ¡adelante!

 

E inmediatamente me di cuenta de dónde estaba: el resto de ocupantes del vestuario se cubrieron sus partes con lo que buenamente pudieron. Si dijeron algo no lo recuerdo, sólo sus miradas hacia mí, reprobadoras.
Tuve que disculparme. ¡Qué remedio!
Es que tengo una mala costumbre heredada de los tiempos del seminario. Que luego mantuve en los diversos colegios mayores y residencias en que he vivido. Y que, por supuesto, gozo de seguir usando en mis tiempos de cura, primero de pueblo, luego de centro de enseñanza y ahora de barrio de ciudad. Mi puerta nunca tiene echada la llave o el cerrojo. Basta apretar el picaporte y cede. Si alguien habla diciendo ¡se puede! o toca el timbre, desde dentro y sin moverme digo ¡adelante! o similar.
Lo sabe todo el mundo. Y los que no, me hacen levantarme no sin antes haberme oído varias veces ¡pase! o ¡sí! o ¡entre!, en progresión sonora imperativa. Como yo sigo a lo que estaba, alguna vez se me ha presentado alguien justo a mi lado diciéndome no grites más que ya he entrado.
Últimamente voy a la piscina tarde, porque me gusta tener la calle para mí. Cuando ya no están los cursillistas ni los jóvenes que se entrenan bajo la batuta de un enérgico monitor,  ni los papás con sus retoños, dispongo casi en solitario de todo aquello, incluido el cuidado de la socorrista. Lo mismo ocurre luego con las duchas y el vestuario. Todo para mí.
El caso es que anteanoche, tras la rutina natatoria, casi a la hora de cierre de las instalaciones, estábamos terminando de secarnos para vestirnos, excepcionalmente, tres varones, dos en pelotas. La limpiadora golpeó la puerta como acostumbra, por si había alguien dentro. Como va un poco arreada por el trabajo, empieza antes de que todo esté vacío. Sin percatarme de que no estaba solo, y ante la sorpresa de mis acompañantes, fui yo el que gritó. No pasó nada, porque nada había. Tras el ejercicio físico, y sobre todo con la mojadura, lo que pudiera ser interesante estaba o chorreando o reducido a su mínima expresión.
Ni que decir tiene que no vuelvo a meter la pata y que en adelante voy a estar mucho más atento.
Anoche, la limpiadora ha vuelto a entrar porque se lo he permitido, me llegaba ya a los calcetines; y al tiempo que recogía la saca de la papelera me ha dicho algo que sonaba a chascarrillo. No la entendí, pero asentí con una sonrisa. Ese suele ser nuestro saludo, a esa hora solitaria en que ya nadie serio sigue aún en aquel sitio.
Como cuando era niño, y me tenían que reñir hasta tres veces porque no quería salir del agua.
Puedo ser más viejo, tener canas y muchas arrugas. Pero hay hábitos que ahí siguen…

¡Limpio como el agua cristalina!



Sí, sí… limpio y claro… Eso es lo que aparenta. Miras el fondo y de tan cerca que lo ves quieres tocarlo con las manos. Luego te zambulles y las burbujas que produces según te mueves y nadas dan la impresión de que estás en la más pura de las fuentes que en la naturaleza se puedan dar. Incluso te apetecería abrir la boca y dejar que penetrara ese líquido que no se ve, pero que sabe a rayos por culpa de lo que sea que le echan para que no te envenenes.
El caso es que ayer, justo antes de tirarme al agua, se desprendió el almohadillado de la gafa, y tuve que rescatarlo antes de que se sumergiera. Me entretuve un buen rato en volver a ajustarlo, porque sin lentes de cerca empiezo a ser bastante patosón. Al fin lo conseguí y terminé mi serie habitual sin mayor percance.
En casa, con calma, desmonté el artefacto y pude comprobar la mierda que se había acumulado entre las rendijas y junturas de plástico, silicona y goma. Puro barro, más bien pecina, que diríamos en mi pueblo.
¿Esto es lo que tiene el agua de la piscina reglamentaria debidamente adobada con todos los permisos y certificaciones de idoneidad, salubridad, competitividad, ph incorporado, temperatura, salinidad y ausencia de elementos patógenos, en la que me paso inmerso más de media hora cada día, siete días a la semana, los trescientos sesenta y cinco que constituyen el año?
Milagro es que aún respiro, que mi piel parece sana y lustrosa al menos a primera vista, y que mi estómago, mis riñones, mi hígado y mi bazo no están en proceso de putrefacción; sino que aparentemente, al menos, gozan de buena salud.
Será que la mierda que no mata, engorda.
Pero claro, ahora que lo he visto, ¿con qué corazón me vuelvo a meter ahí y pruebo siquiera a abrir los ojos o la boca? ¡Si hasta me están entrando ganas de ponerme tapones en todos y cada uno de los orificios de mi cuerpo para que no me penetre nada de ese líquido “miasmoso” (cf. miasma: 1. m. Efluvio maligno que, según se creía, desprendían cuerpos enfermos, materias corruptas o aguas estancadas. U. m. en pl.),  que ni es visible ni oloroso, pero que sabe a rayos y pica en los ojos…!
Otra parábola de esta vida que vivimos. Lo que no se nota, como que no existe. Ojos que no ven, corazón que no siente.
No se lo diré, a mi corazón quiero decir, para que no sufra.



A propósito del candao


Colocan candados en las taquillas de las piscinas municipales tras una oleada de robos
En la piscina de Huerta del Rey ya han comenzado a instalarse los candados. / H. SASTRE (El Norte de Castilla)

Exactamente dos semanas ha tardado en llegarme la aclaración al asunto del candado. Lo he leído anoche, pero salió el lunes en la prensa. Parece ser que se han dado robos en algunas de las siete piscinas climatizadas que dependen de la fundación municipal de deportes. En verano y a la entrada del invierno fueron los momentos de mayor intensidad. Los perjudicados han denunciado al Ayuntamiento, a pesar de que está debidamente anunciado que no dejemos cosas de valor en las taquillas, sino en la consigna a cargo del personal que cuida las instalaciones. Para curarse en salud se ha determinado suprimir las cerraduras actuales, y que cada quien se cierre su taquilla con lo que estime oportuno: un lazo, un pasador, un candado o nada, sencillamente.
A mí me da lo mismo, porque soy asiduo, y ya tengo en la mochila todo lo que debo llevar. Y si hiciera falta otra cosa, lo que fuera con tal de nadar a diario, esté la ropa vigilada, protegida o no. Pero no me parece sistema adecuado para unas instalaciones abiertas al público, bien como usuarios esporádicos que pasan religiosamente por taquilla, bien como abonados con pagos escrupulosamente cuatrimestrales, bien como participantes de los múltiples y variados grupos que entrenan, aprenden o hacen mantenimiento en concierto o como sea con la FMD.
Acostumbrado que estoy a utilizar camping cuando tengo oportunidad y tiempo, no me pilla desprevenido ver que a los servicios tenga que ir provisto del rollo de papel higiénico. Bien, me digo, esto es así; lo tomo o lo dejo y me voy a buscar otro camping más decente. Al fin y al cabo soy como el caracol que lleva la casa a cuestas (más cama, mesa, silla, cocina y provisiones) cada vez que salgo de acampada. Hay bares y restaurantes en los que faltan toallas o secadores para las manos; y me aguanto pero no vuelvo a pisar en ellos. En mi pueblo cuando había cine en la plaza, todas y todos íbamos con nuestra silla o taburete, o nos quedábamos de pie, o sentados en el suelo. Así era, así fue.
Pero que la mejor manera de combatir a los rateros y cacos de los roperos piscineriles municipales sea que cada nadador o nadadora portemos un candado…
Con esta crisis galopante, terminamos llevando una linterna por si acaso se van fundiendo los focos y no hay presupuesto para reponerlos. Y no estoy exagerando.

Y un candao



Pues sí, además de bañador, gorro, gafas, zapatillas y toalla, a partir de hoy tengo que ir a nadar con un candao. Y digo candao porque candado, que es lo que marca la docta academia de la lengua española, es  una “cerradura suelta contenida en una caja de metal, que por medio de armellas asegura puertas, ventanas, tapas de cofres, maletas, etc.”. Eso de armellas es mucho decir; y si para saber qué significan tengo que volver al diccionario, mejor me lo ahorro y suelto a secas lo de candao, que todo el mundo lo entiende y lo usa.


Tras el descanso por parada técnica, las instalaciones presentaban algunas novedades que hasta ahora nadie ha sabido explicar. Me explico. Las taquillas donde hay que dejar la ropa, para que esté guardada mientras nadamos, tenían hasta ahora una cerradura que con una moneda de euro se cerraba y liberaba la llave. Más o menos como hacemos con los carritos de los supermercados. Ahora ya no. Han colocado una especie de aro por el que bloquear la puerta de cada taquilla. Eso lo he visto en muchos sitios. Yo mismo lo uso en estas dependencias que vigilo y cuido. Con un simple palito por el interior del aro, ya no hay puerta, portillo o puertezuela que se abra. Claro que cualquiera puede quitar el palito y abrirla. Por eso se supone que se ha instalado para que los usuarios y usuarias pongamos un candao y nuestra ropa esté a buen recaudo.


El segundo día me presenté con mi candao y su llave correspondiente. Por más que forcejeé, no conseguí que el cacharrillo entrara por el aro. Estaba tan a ras, que me fue imposible introducir el ganchito por el agujero. Así que mañana debo llevar otro candao, quizás más pequeño, tal vez con un ganchito más delgado. Aunque si me lo permiten, llevo un simple palito y lo introduzco por el aro para que la puerta de marras permanezca cerrada. Total para la ropa que gasto no voy a gastarme euros de más en cadaos.


El caso es que nadie ha sabido sacarme de mi ignorancia. ¿Tantas llaves se han perdido y tantas cerraduras se han atascado? ¿Alguien se ha quejado de que le hayan robado con la llave maestra que tal vez esté en manos del acomodador? ¿Nos conceden a los usuarios y usuarias el derecho a apropiarnos de una de esas taquillas a perpetuidad? Si pierdo mi llave ¿a quién pido auxilio, a quién reclamo? ¿Llegaremos a tener que llevar agua caliente de casa para nadar siquiera un rato?
Ahorita mismo se me viene a la mente un chistecillo tonto que se decía en mi juventud: Fuego, por favor, para encender el cigarro que me des, que tabaco no he traído.

En las proximidades de una piscina…


Pueden ocurrir cosas tales como:
- Que exista un chiringuito. Hay que ver qué apetito se le abre a quien está nadando durante un buen rato.
- Que haya una parada del bus urbano. Las autoridades municipales cuidan este detalle, y es de agradecer.
- Que la zona verde, jardín o similar, que con toda seguridad la contiene, a la piscina por supuesto, sea lugar habitual de deyecciones caninas; ojo con las sólidas, que amenazan entrar al interior de las instalaciones adheridas a zapatos de usuarios.
- Que no demasiado lejos, y aprovechando los bajos de algún edificio residencial, se haya habilitado un centro de día de la llamada tercera edad. Curiosa mezcla de gente airosa con mochila o bolsa de deporte y de ancianos de ambos sexos con paso lento y bastón en ristre caminando a ritmo desigual pero en una misma dirección.
- Que ni por asomo se le haya ocurrido a nadie poner un súper tal que a la vuelta de la esquina, para que de paso que se regresa de nadar se haga la compra del día. Sería todo un detalle.
Si nos adentramos ya en las instalaciones propiamente dichas, nos podremos encontrar con:
- Una muy alta concentración de personas descuidadas que no tiran de la cadena, porque lo que arrojan por todos sitios son los envases vacíos de bebidas diversas y papeles de usos y utilidades varios.
-  Mamás y papás en agobiante tarea de secado y planchado de las cabezas húmedas de sus vástagos, que ocupan toda la zona centro según se dirige uno/a hacia los vestuarios.
- Marchosos cuerpos juveniles tal que en la zona de allá, con carteles indicadores de que esas calles son de actividad dirigida; en tanto que en la parte de acá torpes pero decididos y animosos carcamales bracean descompasadamente, despreocupados de si alguien más intenta hacer lo propio en la misma calle y por dirección contraria.
- Tranquilos y despreocupados socorristas, en la convicción de que por aquí nunca pasa nada.
- Caras y cuerpos que ya resultan familiares a fuerza de rozarse bajo el agua y de verse sin tapujos en las duchas; más o menos a la misma hora, usando preferiblemente determinada zona acuática, realizando idénticos ejercicios previos, secándose de igual manera; un día, y otro, y otro…
A diferencia de otras piscinas, estanques o albercas que por ahí dicen que existen, en las que me suelo mover no ha ocurrido nunca:
- Que entre en el agua una persona lisiada, y salga de ella saltando de alegría dispuesta a correr la maratón.
- Que enemigos irreconciliados pasen por el agua y luego se sequen compartiendo una misma toalla.
- Que alguien nade en ese líquido atiborrado de cloro sin la debida protección ocular, y pretenda a continuación leer la miniatura de la biblia escrita en una hoja de trébol.
Hay cosas que no pueden ser y además son imposibles. Pero no seré yo quien contradiga a nadie que afirme lo contrario, porque en una piscina, alrededores incluidos, puede ocurrir cualquier cosa.
Mismamente mi vecina, sesentona ella donde las haya, ha aprendido a nadar hace tan sólo un par de años, y ya rivaliza haciendo largos sin medida, sin pausa y a toda velocidad.
¿Será que por ventura las piscinas, todas las piscinas, tienen algo del misterio que ignoramos?

Sobre lo que puede ocurrir cerca de una piscina


Aunque me ha tocado migrar a otra piscina, la mía la cierran los domingos por la tarde, he disfrutado especialmente en la coqueta alberca de Huerta del Rey. Tras las obras de modernización ha quedado hecha un primor. Y quienen la mantienen son limpios a conciencia y ponen en evidencia a otros que yo me sé. Porque uno no tiene mando en plaza, que si lo llega a tener, se enteran…
El caso es que mientras braceaba voluptuosamente en el agua, pensaba. Y lo hacía en el evangelio del domingo que viene. Tras el pasaje de la samaritana, y su pozo de los deseos, que ha tocado ayer, viene ahora el del ciego de nacimiento que estaba en una piscina muy particular. Nada menos que en Jerusalén. Nadar no consta que nadara, pero tal vez cuando recobró la vista empezara a pensar si le convenía aprender a hacerlo.
Voy a poner aquí el texto novelado en la versión de “Un tal Jesús” de los hermanos López Vigil (6) y así tengo toda la semana para pensar cómo enfoco este asunto.

EL CIEGO DE NACIMIENTO

Ezequías - Y así, hermanos, nuestros primeros padres, él Adán y ella Eva, quisieron escudriñar el secreto del Altísimo y saber del bien y del mal. Y pecaron. Porque sólo a Dios pertenece esta sabiduría. Sólo él es juez de lo que es bueno y lo que es malo. Sólo él. Y con él, nosotros, sus ministros aquí en la tierra, que hemos recibido del mismo Dios la facultad de discernir cuál es la fruta buena y madura y cuál la que está podrida y llena de gusanos.
Mujer - Maestro Ezequías, ya que usted sabe bien de eso de los pecados, dígame: ¿quién cree usted que pecó, Adán o Eva?
Ezequías - Verás, hija, el pecado de Eva fue mayor porque ella, además de comer la fruta, indujo a su esposo a pecar y, por este motivo, fue más grave su pecado, mucho más grave. Más aún: ¡gravísimo!

Cuando aquella mañana de sábado pasamos cerca de la Puerta del Agua para entrar en la ciudad, el maestro Ezequías, conocedor de la Ley y de las tradiciones de Israel, enseñaba a los peregrinos que le rodeaban.(1) Movía mucho los ojos, como una lechuza alerta a la caza de su presa. Como él, otros fariseos enseñaban la Ley de Moisés por las calles de Jerusalén durante aquellos días de fiesta.

Ezequías - Y entonces, cuando, comida la manzana, el pecado de nuestros primeros padres se hubo consumado, los dos sintieron ver­güenza al verse desnudos. Y en ese instante nació otro pecado, el pecado de la concupiscencia lujuriosa y también el pecado del deseo desordenado y además el pecado del placer carnal y el pe­cado…
Chispa - Oiga, maestro-como-se-llame, usted agarra un pecado y le vienen otros siete colgando detrás como las cerezas. ¡Ja, ja, ja!
Ezequías - ¿Qué dice este desdichado?
Chispa - Digo lo que digo: que si el viejo Noé llena el arca con todos los pecados que usted ha estado mentando desde que abrió la boca, se le hunde el barco de una vez.
Ezequías - Pero, ¿quién es este atrevido?
Hombre - Es un ciego, maestro Ezequías.
Mujer - Es el Chispa. Le llaman así por la lengua que se gasta. No la deja quieta ni durmiendo.
Chispa - ¡No, pero usted siga, siga, maestro-como-se-llame, que esa historia de la señora Eva desnuda se estaba poniendo interesan­te! ¡Je! No crea, que uno es ciego, pero no manco. ¡Y con las manos también se aprende mucho! ¡Ja, ja, ja!
Ezequías - ¡Indecente mendigo, haz silencio y márchate de aquí y déjanos gozar de las dulzuras de meditar en la ley del Altísimo!
Chispa - ¡Bueno, bueno, ustedes a sus dulzuras y yo a mi vino, que está mejor! ¡Ahhh!
Ezequías - ¡Deslenguado! ¡Deslenguado y borrachín! Bueno, prosigamos nuestra enseñanza. ¿Alguna pregunta más?
Mujer - Maestro, si usted sabe de lo bueno y de lo malo, díganos, ¿por qué este pobre hombre nació ciego?(2) ¿Sería por el pecado de sus padres o por el pecado de él mismo?
Chispa - ¡Eh, eh, que mi papá y mi mamá son buena gente, no se metan con ellos! ¡Su abuela será la pecadora! ¡Mira esta se­ñora!
Ezequías - Acertada pregunta y clarísima respuesta. Mire usted, según nos da a entender el espíritu de rebeldía que posee este in­dividuo y la burla constante con la que se enfrenta a los ministros de Dios, podemos determinar con certeza que este hombre pecó y que por su pecado ha nacido ciego…
Chispa - ¡Eh, usted, pero si yo nací ciego, ¿a dónde iba a pecar yo? ¿Dentro de la barriga de mi madre?
Ezequías - Este hombre pecó y sigue pecando. Su lengua es su propio juez. Y en su lengua hay pecado.
Chispa - ¡Y en la suya, maestro-como-se-llame, lo que no debe haber ya es saliva! Ea, ¿quiere un trago? ¡Con tanto dale que dale al pecado se le debe haber quedado el gaznate más seco que una teja! ¡Ja, ja, ja!
Ezequías - Hijos míos, vámonos de aquí a donde haya más paz. Con este sujeto no se puede reflexionar serenamente sobre la pa­labra de Dios.

El grupo de peregrinos se alejó por la estrecha calle siguiendo al maestro Ezequías. El ciego Chispa se quedó en el suelo, sonrien­do, con su grueso bastón entre las manos. Era muy moreno y el vino hacía brillar sus ojos sin luz. Nos acercamos a él y Jesús se sentó a su lado…

Jesús - Eh, amigo, todos se fueron ya. Te han dejado beber en paz.
Chispa - Bueno, la verdad es que yo me estaba divirtiendo mucho con todos ellos. ¡Uy, qué tipo ése! Yo no sé lo que pensarás tú, paisano, pero él sí que es un atrevido: que si éste pecó, que si esto es bueno, que si aquello es malo… ¡Uff!
Jesús - Ése lo que quiere es encerrar a Dios en una jaula como si fuera un pájaro.
Chispa - ¿Sabes lo que dijo? Que yo nací ciego porque hice pe­cados. Pero, ¿cómo voy a pecar si no veo? ¡Ja! ¡Si voy a pellizcar a una mujer y lo que agarro es un melón! Bah, si yo lo que soy es un pobre diablo. ¡Y ahora, encima, pecador! ¡Eso faltaba! Mira, paisano, yo creo que Dios, si tiene saliva, no la gasta en estar hablando de tanta tontería como ese maestro, ¿no te parece?

Entonces, Jesús escupió en el suelo. Y con saliva y tierra hizo un poco de lodo.(3) Después lo untó sobre los ojos ciegos de Chispa…

Chispa - Espera, tú, ¿qué me estás haciendo? ¿Qué te pasa? ¿Estás loco?
Jesús - Óyeme, Chispa, ve a lavarte ahí, a la piscina de Siloé.(4) Y cuando salgas, vuelve donde ese maestro charlatán y cuéntale lo que pasó…
Chispa - Pero… ¡eh, no te vayas! Oye, ¿quién eres tú? ¿Quién eres?

Un rato después…

Mujer - Mire, comadre Lina… ¿Aquel que va por ahí no es Chispa?
Lina - Pero, ¿cómo va a ser él si no lleva bastón y camina como si nada? Ven, vamos a acercarnos. Debe ser uno que se le parece.
Mujer - Pero, ¿tú eres el Chispa? ¿Él mismo que está todas las mañanas en la Puerta del Agua?
Chispa - ¡Sí, soy el mismo que mi madre parió! Ése mismo.
Vecina   - ¿Y cómo tienes los ojos sanos? ¿Puedes verme o es que estás de broma como siempre, eh, bandido?
Chispa - No, doña Lina, mire lo bien que estoy que hasta le puedo contar los pelos que le están saliendo en el bigote.
Mujer - ¡Ah, mala lengua! ¡Eres un atrevido!
Chispa - Pero no crea que veo sólo lo feo, doña Lina. También está usted muy hermosa con ese pañuelo de rayitas. ¡Para comérsela! ¡Veo! ¡Lo veo todo! Lo que no veo es a ese maestro, que no sé cómo se llama… El que me curó me dijo que lo buscara. ¿Por dónde andará?

En muy poco tiempo corrió el chisme por todo el barrio…

Hombre - ¿Cómo fue, Chispa? ¡Cuenta, cuenta!
Chispa - Un tipo que creo que se llama Jesús me embarró los ojos y me mandó al estanque de Siloé a lavarme. Yo fui, me lavé y… ¡zas! Me curé. Así fue todo.
Hombre - ¿Y dónde está ese tipo que te curó?
Chispa - No sé dónde se ha metido. Pero ahora a quien yo estoy buscando es a ese maestro de la ley que tiene voz de grillo. ¿Por dónde andará?

Chispa terminó encontrándolo…

Ezequías - ¿Qué pasa contigo, desventurado pecador?
Chispa - ¡Que veo! ¡Que veo!
Ezequías - ¿Cómo que ves? ¿Qué estás diciendo, desgraciado?
Chispa - ¡Que los ojos se me han abierto, eso es lo que digo!
Ezequías - ¿Ves? ¿Ves mi mano?
Chispa - Claro que la veo. ¡Y por cierto, maestro, la tiene usted bastante sucia! ¡Ja, ja, ja!
Ezequías - ¡Suelta, atrevido! Tú no eres Chispa. Eres un impostor, enviado por ese condenado mendigo para confundirnos.
Chispa - ¡No! ¡Soy el mismo que estaba antes en la Puerta del Agua cuando usted hacía la historia de Eva desnuda!
Ezequías - Y entonces, ¿qué es lo que ha pasado?
Chispa - Un hombre me puso saliva y tierra en los ojos y me lavé en la piscina y… ¡zas! ¡Veo!
Ezequías - ¿Y quién es ese hombre?
Chispa -  El que me curó. Yo estaba ciego y no le pude ver la cara.
Ezequías - ¡Hoy es día de descanso! ¡Nadie puede curar en sábado!
Chispa - Pues éste sí me curó.
Ezequías - ¿Y en nombre de quién lo hizo?
Chispa - Él mentó a Dios cuando me curó.
Ezequías - ¡No puede haber nombrado a Dios, porque el que no cumple el sábado es un pecador!
Chispa - Pues yo creo que era un hombre bueno. ¡Y vaya si era bueno: me curó!
Ezequías - ¡Ni es un hombre bueno ni te ha curado en nombre de Dios!
Chispa - ¡En nombre de Dios o en nombre del diablo, a mí me da lo mismo!
Ezequías - ¿Quién era ese hombre?
Chispa - Dicen que es un profeta de Dios.
Ezequías - ¡Embustero! ¡No puede ser profeta de Dios el que no cumple la ley de Dios!
Chispa - Bueno, no será un profeta, qué más me da. Profeta o no, me curó.
Ezequías - ¡Basta ya de sandeces! ¡Tú nunca has estado ciego, sinvergüenza, impostor! ¡Vayan a llamar al padre y a la madre de este hombre! ¡Voy a buscar ahora mismo a los sacerdotes!

Los padres de Chispa, dos ancianos mal vestidos y asustados, se presentaron ante un colérico sacerdote…

Sacerdote - ¡Mucho cuidado con las palabras que van a decir! ¡Están en la casa de Dios y delante de los representantes de Dios! ¡Les vamos a tomar declaración en nombre del Altísimo! ¿Están dispuestos a decir la verdad?
Vieja - Sí, señor… la diremos…
Sacerdote - ¿Es este hombre hijo de ustedes?
Viejo - Sí, señor maestro… Es nuestro hijo Roboam… Algunos le dicen Chispa… El mismito es…
Sacerdote - ¡Les pido juramento por el trono del Altísimo! ¿Es cierto que este hombre nació ciego?
Vieja - Es cierto… Tan cierto como que yo estoy… temblando del susto. Yo misma lo parí y nació con sus ojos muertos… Fue una tristeza, señor maestro…
Sacerdote - Entonces, ¿cómo si nació ciego, ahora ve? ¡¡Declaren la verdad en presencia del Altísimo!!
Viejo - La verdad es que nosotros no sabemos cómo ha sido…
Vieja - Pregúntenselo a él, que ya es mayorcito… y se lo explicará todo… ¡Sí, eso, pregúntenselo a él!

Y mandaron llamar a Chispa…

Sacerdote - ¡Escucha, desgraciado, y escucha por última vez! Estás delante de los libros de la Ley y en la presencia del Tres veces Santo. Nosotros sabemos que ese hombre que dices que te ha curado es un pecador. ¡Si te declaras seguidor suyo, nosotros te declararemos pecador a ti también! ¡No podemos consentir que ese hombre te haya curado en sábado!
Chispa - ¿Y… si me hubiera curado en lunes?
Sacerdote - ¡Igual sería su pecado! ¡No podemos tolerar que ese hombre diga que hace las cosas que hace en nombre de Dios! ¡Nosotros somos los representantes de Dios y hemos recibido del Altísimo el don de interpretar la santa Ley! ¡Y nosotros decla­ramos que ese hombre es un pecador!
Sacerdote - A ver, habla: ¿qué dices tú de él?
Chispa - ¡Y dale con la misma canción! ¡Yo digo que a mí qué me importa lo que sea. Yo estaba ciego y ahora… ¡zas! ¡Veo!
Sacerdote - ¿Quién es ese hombre? ¿Dónde está ese hombre?
Chispa - Acabáramos… Ya sé lo que ustedes quieren. ¿Ustedes también quieren ir con él a aprender a hacer cosas maravillosas?
Sacerdote - ¡Vete tú con él, endemoniado, tú que eres de la mis­ma pasta: pecador y malnacido! ¡Síguelo tú! ¡Nosotros seguimos a Moisés! ¡Nosotros sabemos que Dios le habló a Moisés, pero de ese tipo no sabemos más que es un charlatán de Galilea, con las sandalias rotas, que apesta a vino y a prostituta!
Chispa - ¡Ahí mismo está el asunto! Que ese tipo, que es un pobretón, tiene a Dios de su parte, porque yo nunca vi que sin contar con Dios se le pudiera dar la vista a un ciego…
Sacerdote - ¿Ahora nos vas a dar tú lecciones? ¿A nosotros? ¿A los ministros de Dios? ¡Fuera, maldito! ¡No podemos tolerar que un pelagatos como tú venga a decirnos quién está con Dios y quién no! Eso es cosa nuestra. ¡No consentimos que ese hombre haga lo que hace! ¡De Dios nos viene el poder con el que le condenamos a él y con el que te expulsamos a ti de la sinagoga! ¡Anatema contigo! ¡Sal de aquí y no vuelvas a poner un pie en la casa de Dios!

Y los ministros de Dios echaron fuera de la sinagoga a Roboam, al que llamaban Chispa, que había nacido ciego y que desde aquel sábado pudo ver el color de las piedras y las formas de las nubes. Jesús le había devuelto la vista. Él todo lo hizo bien: abrió los ojos de los ciegos y dejó en tinieblas a los que, llenos de orgu­llo, creían ver.


Juan 9,1-41



Comentario

1. Los maestros de la Ley, escribas o doctores, ejercían una fuerte influencia en el pueblo. Ellos lo sabían y esto les hacía considerarse superiores. Por otra parte, p ser los «expertos» en religión, los que «sabían», se sentían inmunizados, a salvo del pecado. La superioridad con la que se presentaban al pueblo era, por tanto, inte­lectual y moral. Mucha gente los respetaba y seguía sus instruccio­nes, les consultaba y se dejaba enseñar por ellos. Difícilmente los maestros de la ley, que se habían hecho con el monopolio de Dios y de la religión, iban a renunciar a este privilegio que les proporcionaba tantas ventajas. De ahí su oposición sistemática a Jesús, laico sin especial formación teológica, que hablaba de temas reli­giosos con toda libertad y con una orientación contraria a la establecida por la religión oficial.

2. La pregunta que le hacen al maestro sobre la ceguera de Chispa, responde a la mentalidad de la época. Se creía que toda desgracia era consecuencia de un pecado cometido por quien la padecía y que Dios castigaba en proporción exacta a la gravedad de la falta. También Dios podía castigar “por amor”, para poner a prueba a los seres humanos. Si acep­taban estos castigos con fe, el mal se convertía en una bendición, pues el ser humano llegaba a tener un más profundo conocimiento de la Ley y recibía el perdón de sus pecados. Pero era creencia que ningún castigo que viniera como prueba de Dios podía impedirle al ser humano el estudio de la Ley. En ese sentido, la ceguera no podía ser nunca prueba de amor, sino una maldición. Algunos rabinos opinaban que un niño podía ya pecar en el vientre de su madre, pero lo más frecuente era pensar que los defectos corporales de naci­miento se debían a los pecados de los padres, a pesar del esclarecimiento que sobre este tema de los castigos heredados habían hecho los profetas, insistiendo en la responsabilidad individual de cada persona ante Dios (Ezequiel 18, 1-32).

3. Ante la intolerancia y la cerrazón que supone la enseñanza oficial, Jesús se acerca al ciego, de igual a igual, no acepta los juicios que sobre su enfermedad ha hecho la religión establecida ni mucho menos la idea de Dios que se esconde detrás de este juicio. Dios no es monopolio de los teólogos ni a Dios le puede marcar el ser humano los caminos de su actuación. Dios es libre y quiere seres humanos libres. Todo eso indica el signo que hace Jesús al abrir los ojos del ciego de nacimiento. Los que creen que ven, que tienen la verdad, que poseen la ciencia, son ciegos. Y aquellos que son despreciados, los últimos, son los que en realidad ven, los que llegan a conocer de verdad quién es Dios.

Jesús unta los ojos del ciego con lodo hecho con tierra y saliva. Esto es también un signo: está reproduciendo la escena del Génesis, cuando Dios creó al ser humano del barro de la tierra. Jesús hace la arcilla con su saliva. En Israel se pensaba que la saliva transmitía la propia fuerza, la energía vital y, por esto, se usaba para curar ciertas enfermedades. Por ejemplo, era creencia tradicional que la saliva del hijo primogénito curaba las enfermedades de los ojos. El elemento simbólico de este lodo, hecho así, es importante. El evangelio de Jesús, su buena noticia, es capaz de crear un hombre nuevo, que sea realmente libre no sólo ante sus hermanos, sino incluso ante el mismo Dios. Dios no encadena al ser humano ni le castiga con sufrimientos. Dios quiere relacionarse con el ser humano de igual a igual.

4. La piscina de Siloé estaba situada fuera de las murallas de Jerusalén. Siloé significa «enviada», nombre que hace referencia a la procedencia del agua que se acumulaba en el estanque. El agua llegaba a Siloé desde el manantial del Guijón, situado al oriente de la ciudad. La fuente del Guijón era el único manantial de aguas de Jerusalén que manaba ininterrumpidamente, en cual­quier época del año. De ahí el interés de las autoridades en repre­sar esta agua para abastecer a la ciudad en tiempos de sequía y, sobre todo, en tiempos de guerra. Por eso, setecientos años antes de Jesús, el rey Ezequías mandó construir un túnel desde las fuentes del Guijón hasta el estanque de Siloé, que en aquel tiempo se hallaba dentro de las murallas. Este túnel, excavado en la roca viva, es una ibra de ingeniería admirable. Tiene medio kilómetro de largo, medio metro de ancho y una altura que oscila entre uno y medio y cuatro me­tros y medio. Todavían hoy se puede recorrer. Es un trayecto que se hace en unos tres cuartos de hora, a la luz de una linterna y con el agua del manantial a media pierna, hasta llegar a las ruinas del primitivo estanque de Siloé.

Lo que les importaba aquí a las autoridades religiosas no es si el ciego ve o no ve, sino mantener su poder y su influencia. Lo que ha sucedido les desconcierta, porque rompe sus esquemas teológicos. Pero no están dispuestas a admitir que a través de un laico que ha violado, además, la ley del descanso del sábado, pueda manifestarse el poder de Dios. Su sistema de condenación irá por etapas. Primero niegan que el hecho sea verdad y trata de reducirlo todo a un fraude. Después, intentan frenar por la amenaza, por el miedo, la alegría ante la curación y trantan de definir –con la autoridad que se arrogan- que la vida (el ver) es algo negativo, peligroso. Niegan la evidencia, invierten los valores: al bien lo llaman mal, a la luz la llaman tinieblas. Su falsa teología tiene argumentos para todo. Y entre el hombre y la ley escogen la ley. La última etapa es ya un acto de violencia: expulsión de la comunidad.

6.- «Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 603-611

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