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Basta una simple denuncia…




Y una primera plana de un periódico* de tirada nacional para que se levanten furibundos comentarios por los medios y hasta se planteen preguntas en los parlamentos de ¡a ver qué pasa aquí!**
Y si la cuestión atañe a los quehaceres de la Iglesia, la controversia más que servida está recocida***.
“Las Edades del Hombre” no debió pasar de lo que en su momento pensaron sus ideólogos y primeros constructores: Aquellas hermosísimas exposiciones que en cuatro momentos castellanoleoneses y un apéndice europeo pusieron ante nuestra consideración, para embeleso y gratitud con nuestra historia, la riqueza en cultura, fe y arte de nuestros mayores, en la cual muchas personas que ya peinamos canas abrimos los ojos a la vida y crecimos haciéndonos lo que somos.
Pero dado que quien manda, manda, a José Velicia y Cía. no les quedó otra que seguir, estirando la cuerda más allá de lo que daba. De manera que ahora están por la veintidós, y no parece que esto pare.
Que alguien denuncie recuento de visitantes fraudulento cuando la entrada es libre y hay tiros por ser sede de la próxima exposición… Que parezcan abultadas las subvenciones cuando los industriales de cada plaza saben que con su llegada tienen el aforo completo y la caja a rebosar… Que se hable de dinero público cuando los particulares esconden su cartera a la hora de colaborar…
No hablé mucho con José de este asunto, que los nuestros eran otros por aquel entonces. Pero su queja fue constante: si no hubiera sido por caja Salamanca —y Sebastián Battaner Díaz**** muy en particular—, ni empezamos. Y mira que llamó a puertas…
Alguien ha dicho que Velicia sonreía como Spencer Tracy. Más bien reía como Gary Cooper, y como él estuvo y se mantuvo solo ante el peligro. Con una diferencia: el actor tuvo a su joven esposa a su lado; José Velicia tuvo muchos amigos que no le abandonaron.





El Valle de Boí



Vista general del ábside de San Clemente de Taull en el Museo Nacional de Arte de Cataluña


No te pierdas el Valle de Boí, me soltó aquella mañana José Velicia al pasar por delante de la puerta de mi despacho de obras en la sede del episcopado. Hacía calor y estaba de par en par, para que corriera el aire entre los muebles antiguos que servían de contenedores de papeles que firmara Pedro Baz, a la sazón encargado del control de los edificios diocesanos, y las fotos que sacara José María Isusi, mantenedor de la riqueza cultural que atesoran templos, ermitas y santuarios de la diócesis. Y abierta, porque era mi horario de atención al público y no había conversación que reservar del curioseo. Valle de qué, le grité, al tiempo que él se metía en el despacho contiguo, a la sazón sede de las Edades del hombre, donde solía parlotear con su sobrino, secretario de las mismas. Él habitaba en el piso inferior, donde estaba la vicaría de pastoral. Y con esto, he descrito todo el escenario.
O casi. Abajo estaba además el cuarto de la multicopista, donde regía, y sigue rigiendo, X. Y arriba, el santo tribunal diocesano y, al fondo, el archivo de boletín diocesano, que en gloria esté.
Ya no recuerdo si me dirigí al despacho de la habitación contigua o esperé un rato y bajé a preguntarle al de abajo, pero está claro que aquella mañana no salí del palacio arzobispal sin haber localizado el valle que me recomendaba visitar. Verás un románico…, me resumió sin terminar la frase.
Como entonces no frecuentaba internet, estamos en el año 1994, hube de informarme por otros medios más rústicos y difíciles de consultar.
Así que este verano haremos turismo cultural.
Sin miedo al porvenir, iniciamos nuestro periplo pirenaico de aquel año como siempre por Zuriza. Luego el siguiente, Oza, y el siguiente… Al final, tras recalar en Benasque, pasamos a Boí. Y como a mí ni la cultura me obliga, nos hospedamos en lo alto de Taüll, en un camping que aún se estaba montando.
Ya desde bien temprano bajamos a visitar iglesias: Sant Climent y Santa María de Tahull, San Juan de Bohí, Santa Eulalia de Erill-la-Vall, San Félix de Barruera, Natividad de la Madre de Dios de Durro, Santa María de Cardet, Santa María de la Asunción de Coll y la ermita de San Quirce de Durro.
Toditas las visitamos, pero no en todas pudimos contemplar el interior. Y no digo que afortunadamente, pero casi: las pinturas eran meras copias. Los originales estaban en la capital del condado, o sea, Barcelona.
No aguantamos mucho allí, y pronto volvimos a nuestros fueros, o sea, campo abierto.
Al terminar el recorrido del valle me preguntaba cómo José me había recomendado tal visita. Precisamente él, que había ideado —y materializado espléndidamente— las Edades del hombre para que supiéramos qué había en qué rincones de nuestra tierra castellana, sin hurtar a los lugareños la riqueza que atesoraban desde tiempo inmemorial.
En el país catalán se llevaron la caza y dejaron en su lugar meros señuelos. Si quieres ver mis trofeos vienes a la capital, pagas y te vas.
No tengo ahora que valorar, ni soy quien para hacerlo, la pedagogía catequética de José Velicia. Insistía una y otra vez en que los cuadros, las tallas, los relieves, los libros, la música… todo ello tenía un lugar concreto para el y en el que se concibieron, y unas gentes que son sus primeros y auténticos destinatarios, al tiempo que sujetos agentes del conjunto. Y que prescindir de ellos rompe el sentido, lo cambia por completo, de tal modo que ya no se pueden comprender en su propio ser.
Ideó unas exposiciones para que aquellas enormes colas de visitantes que se dieron en Valladolid (El Arte en la Iglesia de Castilla y León), Burgos (Libros y documentos en la Iglesia de Castilla y León), León (La música en Castilla y León) y Salamanca (El Contrapunto y su morada), se repitieran luego por villas, pueblos y ciudades de la región castellano leonesa, en visita no sólo turística, sino cargada de interés humano, incluido el religioso.
En mí, al menos, lo consiguió.
Curiosamente no conservo ninguna foto de este periplo sobre el románico, y lo que más recuerdo fue el recorrido de Aigüestortes hasta Portarró d’Espot, el límite con San Mauricio, al que no pudimos llegar porque había que dar la vuelta hasta el coche. Verlo desde lejos me bastó.

Nunca es tarde si se trata de Pepe Velicia



A Velicia le han hecho ayer un homenaje. En su pueblo, Traspinedo, han organizado una exposición sobre su persona, “Memoria agradecida”, que durante dos meses va a recordarlo ante sus paisanos y gentes de los alrededores, porque en otros lugares ya le conocieron y disfrutaron de las Edades del Hombre que él se encargó de dirigir y administrar como comisario que fue.
A José le conocí tarde; fue a su tío a quien traté, porque don Enrique era el párroco de San Ildefonso, mi parroquia, cuando yo era un niño de la calle en la Plaza de las Tenerías. Entonces era parroquia de postín, con dos coadjutores y sacristán de toda la vida. Pero necesidades pastorales forzaron el destino de uno, José Ramos, a la parroquia de La Rubia; y la muerte del otro, Bernabé, aconsejó poner junto al anciano párroco a su sobrino como coadjutor. Así fue como José Velicia se hizo cargo de darle un aire nuevo a la histórica parroquia de San Ildefonso. Empezó por el templo y terminó por la pastoral del postconcilio. Luego vinieron otras tareas de responsabilidad, como Vicario de la Ciudad y Comisario de Las Edades del Hombre.
Por entonces Facundo Simón, Domicio Cuadrado, Miguel Ángel Baz y servidor –el Junior– nos juntábamos para reflexionar y dar forma a nuestras celebraciones y homilías dominicales en su misma casa, pero él curiosamente no asistía. Luego nos pedía alguna ayudeja, que no sé si aprovechaba o no, porque en eso no soltaba prenda.
El caso es que poco después me cedió los trastos de La Cañada que él había iniciado pero que no podía atender desde el momento en que le encomendaron desde las diócesis de Castilla y León muy serias responsabilidades.
Luego nuestra relación fue resultando variable sin flojear nunca a pesar de la distancia. Compartimos despacho con tabique de por medio cuando él me hizo asumir la Oficina de Obras de la Diócesis, más que nada para poner en orden el archivo de planos y fotos de los templos de los pueblos, que estaban manga por hombro, y orientar (?) a los curas cuando debían acometer alguna reparación en sus casas o en las iglesia a su cargo.
Finalmente, estuvo aquí con la papela de la mano, cuando se erigió esta parroquia oficialmente y a mí me nombraron párroco por cinco años prorrogables. Fue exactamente el 15 de agosto de 1984. De cuando vino a decirme que pusiera teléfono sólo puedo decir que llegó pronto y se marchó muy tarde. Y nos quedamos helados, porque el calor en esta casa entonces no se estilaba. Si ahora viera que nadamos en la abundancia, se echaría una sonrisa mientras mantendría la pipa a un lado de la boca.
El aviso de su enfermedad nos llegó a través de Laura, la recadera, la misma que también llegó con la noticia de la muerte de Nacho.
Ahora en el pueblo le homenajean a Pepe Velicia. No digo que sea un poco tarde, pero anda que no han tenido tiempo de hacerlo en los últimos dieciséis años…
Voy a aprovechar la tacada, y también contribuyo con mi aportación. Bueno, en realidad no es mía, sino de Toñi y Roberto. Me explico.
En el Pirineo que conozco, mayormente el de Huesca, hay tropecientos mil valles, y muchas más montañas. Pero si me pidieran que resaltara uno sólo, sin sudarlo diría: ¡Remuñe!
Es el que más me ha gustado, y en el que he disfrutado como un auténtico cosaco. Difícil, incómodo, agreste, no contaminado, empinado, y termina en el Portal de Remuñe con una panorámica que a mí siempre me corta la respiración y no me acuerdo ni del tiempo empleado ni si hay que volver a casa o reponer fuerzas o abrigarse. Desde allá arriba, en aquel paso entre montañas dividido en dos por una enorme roca, si miras para un lado ves el ibón blanco de Literola; si te das la vuelta toda la Maladeta y la enorme oquedad del ibón de Cregüeña. ¡Y siempre hay hielo por todo alrededor. A Moli no le gustaba nada estar allá arriba, aunque siempre que lo paseó de abajo arriba y viceversa disfrutó como sólo ella sabía corriendo tras las marmotas y demás animalillos. Nunca pudo con ellos, pero eso a nadie nunca le ha importado.
Sea esta mi pequeña contribución, gracias Roberto y Toñi por consentírmela, a mi amigo José Velicia. Él fue el ideólogo, inspirador, organizador, ensamblador, ejecutor y pedagogo de Las Edades del Hombre, antes de que se contaminaran y pasaran a ser objeto de consumo, de estrategias e intereses, de economía de altos vuelos y padrinazgos de aves de corral.




Las últimas, las que están peor sacadas, son de mi colección, y tienen fecha de agosto de 2001.

Homenaje merecido para José Velicia



El Norte de Castilla


GLESIA

Traspinedo rendirá un homenaje a José Velicia, fundador de Las Edades del Hombre

La exposición 'Memoria agradecida' recordará desde el 13 de julio la figura del vecino más ilustre de la localidad


08.06.13 - 20:02 - 


Con la reina Doña Sofía, en Las Edades. / Cacho
Un hombre de diálogo entre la fe y la cultura. El lema perfecto para José Velicia Berzosa, uno de los vecinos más ilustres que ha tenido Traspinedo (1931-1997), muy reconocido en el ámbito eclesiástico y cultural por ser el impulsor y promotor de Las Edades del Hombre, y que va a recibir a título póstumo un merecido homenaje de la parroquia y de sus vecinos con un importante evento en su recuerdo el día 13 de julio, que va a tener como punto fuerte una exposición bajo el título 'Memoria agradecida' en la iglesia de San Martín de Tours y que va a poder ser visitada durante varios meses.
A través de esta muestra, que pretende recuperar la memoria de esta personalidad tan relevante en el municipio, los asistentes contemplarán objetos personales y varios paneles ilustrativos con textos, fotos y documentos biográficos –fe de bautismo y partida de nacimiento– que ensalcen su trayectoria personal como una figura clave dentro de la Iglesia, ya que sin él no se podría entender la historia diocesana de Valladolid en el último tercio del siglo XX. El punto de partida de este reconocimiento digno y significativo de la humanidad de José Velicia va a consistir el 13 de julio en una proyección audiovisual con un recorrido por su vida, la preparación de un relato biográfico para consulta del mayor número de visitantes posible que se esperan y la colocación de una placa conmemorativa en su casa de la calle Mayor o en el propio templo (el polideportivo municipal también lleva su nombre en su honor), según adelantan los promotores del acto, fruto de la colaboración entre la parroquia, el Ayuntamiento y la familia, sin olvidar a la Fundación Las Edades del Hombre en el tema del soporte material.
Su vinculación sentimental y sus raíces en Traspinedo se verán reflejadas en este acto, en el que a buen seguro también se va a ahondar en el proyecto de gran envergadura cultural Las Edades del Hombre, del que fue comisario en las sucesivas exposiciones de Valladolid (1988-1989), Burgos (1990), León (1991-1992), Salamanca (1993-1994), Amberes (1995) y Soria-El Burgo de Osma (1997). Esta exitosa iniciativa de mostrar en pleno esplendor el patrimonio cultural y artístico conservado por la Iglesia a lo largo de los tiempos nace por entonces de la idea de un grupo formado por José Velicia –nombrado en 1987 Delegado Episcopal para el Diálogo, Fe y Cultura por el arzobispo José Delicado Baeza–, el escritor José Jiménez Lozano, el arquitecto Pablo Puente Aparicio y la coordinadora del montaje de las exposiciones, Eloísa García de Wattenberg (directora en esa época del Museo Nacional de Escultura). José Velicia propuso además que el Monasterio de Santa María de Valbuena fuera la sede de la Fundación Las Edades del Hombre.



Es justo y es necesario este reconocimiento a la persona de Velicia. Me hago, pues, eco de esta información aparecida en el periódico diario de mi ciudad. Quisieron las circunstancias que la exposición y muestra de arte religioso Las Edades del Hombre ocupara la última parte de la vida de José Velicia, casi comiéndose el resto de su quehacer como persona y como cura. Por eso hago hincapié en este otro texto que sólo aparece en la información de El Norte de Castilla de la edición en papel del domingo.
No es que juzgue negativamente este hecho; estoy por decir que casi me alegro de que Velicia se volcara como lo hizo por llevar a cabo aquella magna empresa, porque me involucró personalmente para sustituirle en lo que él por entonces estaba haciendo y que no podía atender como quería. Así llegué a La Cañada. Por eso estoy donde ahora estoy.

De los orígenes en Olmedo a la defensa del patrimonio

Tras cursar los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano y completar su formación con el grado de Licenciado en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca, fue ordenado sacerdote en 1955 con Olmedo y Llano de Olmedo como primeros destinos parroquiales. Su convivencia con sacerdotes de gran experiencia hacen que su aprendizaje sea muy amplio, comprometido con una pastoral próxima a los fie­les. Durante estos años de promoción intelectual conoce a futuros compañeros de trabajo e inquietudes como el es­critor José Jiménez Lozano, vecino de Alcazarén, hasta que en 1960 el arzobispo García Goldaraz decide contar con José Velicia en la capital vallisoletana para asumir im­portantes actividades pastorales, siendo coadjutor de la parroquia de San Ildefonso. Años más tarde, el movimien­to cultural de Las Edades del Hombre condiciona la vida de José Velicia desde un punto de vista pastoral. En el año 1997 recibe el Premio de El Norte de Castilla a toda una trayec­toria, por ser el comisario ge­neral de todas las exposicio­nes de Las Edades del Hom­bre, el proyecto cultural más importante y reconocido or­ganizado para dar a conocer la riqueza del patrimonio artís­tico de la Iglesia en Castilla y León.
(El Norte de Castilla, edición en papel del domingo 9 de junio de 2013)


José Eugenio Velicia Berzosa



Tal día como hoy, y hace veintiocho años, él, acompañado por el entonces párroco de La Rubia, leyó el decreto de constitución de la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe y de mi nombramiento como párroco de la misma.
He tenido que limpiarme las legañas de los oídos y el cerumen de los ojos para asegurarme de que fue así, porque la memoria ya empieza a flaquearme.
Una vez comprobado el asunto tras mirar en mis papeles, me ha dado por pinchar en Internet, por ver si la memoria colectiva es más firme que la mía. Y sí lo es. No sólo he visto su cara, tal cual la recuerdo de los años ochenta finales; también he recuperado su voz.
Esto es lo que más me ha gustado, volver a verlo y escucharle.
¿Alguien ha dicho que estaba dormido? Pues no; tampoco lo abdujeron.
Si quieres te lo grito: ¡Vive!

Chorreazo de adrenalina

Todos los 23 de abril tienen nombre propio. Poco importa el año que se considere.

Para unos es el Día del Libro, onomástica de don Miguel de Cervantes, sí el del Quijote, y de mister William Shakespeare, el de Otelo. Y con tal motivo se ponen muy serios, encerrados en aulas de alto copete y pónense igualmente a disertar, leer, celebrar, a Gutenberg, por lo de la imprenta, a la cultura escrita en particular, y a la lectura diversa en general. Y siempre, entre aplausos y gente de alto nivel de sensibilidad y del saber hacer, decir y escribir, se lamentan de lo mucho que se edita y de lo poco que en fin se trajina en lectura personal, esforzada, cuidadosa y re-pensada, o sea, reflexionada.
Es el día en que se lamenta toda la humanidad de lo mucho que se gasta la dicha humanidad en madera para estanterías que van a soportar televisores de plasma, relojes a pilas, figuritas de plastilina, fotos de aquí y de allá, y algún que otro libro de pastas resplandecientes y páginas inmaculadas de no haber sido nunca maculadas.



Para otros, en mi tierra, es el día de la tierra castellana, Villalar, Los Comuneros, el extranjero malencarado y dictador que se cargó de raíz las raíces propias de esta tierra. Y se van a la campa a cantar y bailar jotas, a leer y escuchar manifiestos contra esto y contra aquello, a poner flores en monolito pétreo que ya no dice gran cosa para los de esta hora, que es la era de la globalización globalizada, todos laminados por una igualdad fatal e interesada, que olvida lo propio y ensalza lo que no es absolutamente nada, pero ojo, que esa nada es como la peste que avanza cual nube negra de Tolkien.
Y también llevan tortillas, y botas con buenos caldos, y alguno y alguna se ponen hasta la cabeza de otros productos, de los que no da esta tierra. ¿O sí? Es que ya ni sé lo que es de aquí.



Para mí y para los míos, sin embargo, es el primer día de primavera. Y no hacemos otra cosa sino largarnos a la montaña, y estrenar nieve sin pisar, dejar que el aire y el sol nos desvirgue la piel invernal, permitir que nuestros cuerpos se espurran en ejercicios de subida y de bajada, y al final, después de muchas horas de santo ejercicio físico, mental y espiritual, aparezcan por fin, las primeras agujetas del año nuevo, que como he dicho anteriormente, empieza siempre para nosotros en este espléndido día, en que nos rebautizamos con botas de alta montaña, mochila a la espalda, crema por doquier anti-quemazón en cara y brazos, y polainas por si acaso. Bueno a esto ahora lo llaman finamente guetres, que polainas ya es muy antiguo y recuerda, qué historia, a los guardias terribles de mi infancia y juventud, a quienes llamábamos “los grises”.

Pues eso, que ayer nos fuimos a desburrarnos al alto de Peñalara, y fuimos muy poquitos los que subimos, y entre todos, los más jóvenes, éramos nosotros, que doblábamos la edad al más mayor de todos ellos.

Esta mañana me he levantado con el cuerpo maltrecho, la mente despejada y las manos y dedos un poco torpes; tanto que me he comido una h al escribir en un blog amigo huso horario. Y he tenido que volver para corregirme y pedir perdón y que me disculpen, que no es incultura ni iletralez, sino simple agarrotamiento de miembros.



Pues eso, que ayer fue el Día de Villalar, y mientras sindicales pedían medidas concretas, nosotros pedíamos ¡más madera!



Post Data:

¡Cómo me voy a olvidar de Don Miguel! Eso en mí es imposible por impensable. (¿Será al revés: impensable por imposible? No sé, pero ya me entendéis: que no, que no puede ser y se acabó). Ayer, en la campa de Villalar, se juntó jota, vino, tortilla, banderolas al viento y lectura continuada de El Camino, de Delibes, ¡sí señor!, que este señor se lo merece por castizo, castellano, cazador, católico de libre vía, capacitado amador de su amada Mariángeles, casi compa de mi también apreciado José Velicia, amigo mío al bies pero entrañable, y cantamañanas reidor de quienes usan tan mal su pulcro, bello, fino, escueto y universal castellano.
¡Viva don Miguel Delibes!

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