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Todito te lo perdono


20 de junio de 2011

Eres un perro fiel. Aún no has manifestado querer cambiar de casa.
Eres fiel a tus principios. Lo primero es comer y dormir, lo segundo seguir rastros. Aunque no lo tengo del todo claro, y puede que sea justo al revés, antes lo segundo que lo primero.
Eres fiel a tus costumbres. Eres del todo previsible: si vas suelto, te pierdes; si atado, me haces polvo las rodillas.
Eres también maniático, o sea fiel, con los gatos: ver uno y echar a correr tras él es una y única acción.
En ti la nobleza brilla por su ausencia. En eso también eres firme y rotundo. Si te despierto a deshora, me tiras el bocado.
Zalamero cuando algo te interesa, tengo las espinillas doloridas de lo mucho que las frotas y los brazos arañados por tus garras.
Desatiendes fiel y sistemáticamente a mi llamada. No sé por qué, en lugar de decirte ¡ven!, no te grito ¡vete!; tal vez de esa manera acierte.
Persistente en tu pretensión de constituir una república independiente por y para ti mismo, cada vez que has logrado saltarte los límites, –suficientemente laxos, tienes que reconocer–, que una convivencia mínima requiere, has sufrido en propias carnes tus desvaríos: pérdida de una uña en la pata derecha, infección por parvovirosis atrapada vete tú a saber dónde, elongación del tercer párpado en tu ojo izquierdo, absceso pertinaz en tu costado derecho por hacer el bruto, mordedura en la oreja izquierda al malencararte con otro perro… La cuenta sigue abierta, como ser apresado por personas extrañas y de modos no siempre agradables cuantas veces te has ido y has deambulado como perro perdido y sin collar, o haberte pasado quince días en el corral durmiendo al raso.
14 de noviembre de 2009
Siete años no han sido suficientes para entrar en razón. Tranquilo, no pasa nada. Seguiré ejerciendo sobre ti el control que requiera tu comportamiento y que esté en mi mano, no demasiado rígida a la vista de lo expuesto.
Sabes que mi perdón lo tienes, y como castigo sólo está la correa de seguridad que te sujeta la cabeza. Si no fueras tan burro no sería necesaria cabezada.
30 de septiembre de 2016

Tiempo para meditar



Esta mañana Gumi se libró del collar y se fue a su bola entre los pinos. Durante bastante tiempo no se alejó, incluso se acercaba lo suficiente como para que no le pudiera echar mano. Ya te cogeré, me dije. Pero no. Y en un momento dado, se perdió en el bosque de encinas que hay en medio del pinar. No volvió y tampoco pudimos esperarlo. Volví a media mañana, y armado de santa paciencia y con el kindle entre las manos, comencé a caminar al tiempo que rezaba maitines. La primera lectura, muy apropiada al momento, no me desanimó a pesar de su “consistencia”. Esta es:
Luego me dije: «Voy a probar con la alegría y a gozar de los placeres». Pero también esto resultó puro vacío. Llamé a la risa «locura», y dije de la alegría: «¿Qué se consigue?». Exploré atentamente, guiado por mi mente con destreza: traté mi cuerpo con vino, me di a la frivolidad, para averiguar cómo puede el hombre disfrutar durante los contados días de su vida bajo el cielo.
 Me puse a examinar la sabiduría, la locura y la necedad. ¿Qué hará el hombre que me suceda como rey? Sin duda lo que otros ya han hecho. Así observé que la sabiduría es más provechosa que la necedad, como la luz aprovecha más que las tinieblas.
 El sabio lleva los ojos puestos en la cabeza, pero el necio camina en tinieblas.
Si, pero comprendí que una suerte común les toca a todos. Así que me dije: «La suerte del necio será mi suerte: ¿qué saqué en limpio siendo tan sabio?». Y concluí que hasta eso mismo era vanidad. En realidad, nadie se acordará jamás del necio ni del sabio, ya que en los años venideros todo se olvidará. ¡Tanto el sabio como el necio morirán! Y así aborrecí la vida, pues encontré malo todo lo que se hace bajo el sol; que todo es vanidad y caza de viento.
 Y aborrecí todo el trabajo con el que me fatigo bajo el sol, pues se lo tengo que dejar a un sucesor. ¿Y quién sabe si será sabio o necio? Él heredará lo que me costó tanta fatiga y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Y acabé por desengañarme de todos mis trabajos y fatigas bajo el sol. Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave dolencia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar; de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.
 El único bien del hombre es comer y beber, y regalarse en medio de sus fatigas. Pero he visto que aun esto es don de Dios, pues ¿quién come y goza sin su permiso? Al hombre que le agrada le concede sabiduría, ciencia y alegría; al pecador le proporciona la tarea de juntar y acumular, para dejárselo después a quien agrada a Dios. También esto es vanidad y caza de viento. (Eclesiastés 2, 1-3. 12-26)
Y al tiempo que leía y rezaba me acordaba de ti, Camino, y de muchas cosas que vivimos. Terminé maitines y luego laudes. Entonces a mi grito apareció Gumi y no sin alguna resistencia pude engancharlo. De vuelta con el ramal en la mano, sin prisas porque la mañana ya estaba destrozada, pensé en lo de vanidad y calculé a bulto quiénes nos juntaríamos por la tarde, y no logré una cantidad suficiente. Hace cinco años no cabíamos todos dentro. Hoy estaremos en familia. No hay vanidad que valga cuando las cosas en común son importantes.

No estaba perdido, sólo andaba suelto


Soy yo, Gumi, y estoy al lado de este otro perrito en el coche de su ama. Me han acogido durante un rato, y me han llevado a un sitio muy lejos. Luego ha llegado mi amo y nos hemos vuelto para casa.
Pero una cosa digo: no estaba perdido. Sólo me retrasé un poco en la vuelta de nuestro paseo diario pinariego, y no pudieron esperarme. No es la primera, ni será la última. Ya he perdido la cuenta, pero mi amo no ha perdido la paciencia; mi ama ya no confía en mí.
Suelo hacerlo con frecuencia, simplemente me distraigo. Me llaman, pero no atiendo. Luego, espero que vuelvan a por mí, mirando alegremente a los paseantes. ¿Tendré solución? Los de la unidad canina municipal ya me conocen, he aterrizado allí varias veces. La última, un lunes; me colé en el patio del “casetón” y corrí tras los chavales que entraban en el colegio. Algunos papás se asustaron de que mordiera a algún niño, y llamaron a los perreros. Enseguida me dejé coger, porque no abrigo malas intenciones.
Esta vez me han sacado en internet. Hacía tiempo que mi amo no me ponía; con la llegada de Luna y de Tano he pasado de moda, ya no soy noticia.
El pinar me lo conozco de memoria. Lo visito desde pequeñín. Esta es la prueba:
En fin, agradezco que se me tenga en cuenta, pero vuelvo a repetir: no me pierdo, sólo paseo suelto y espero cuando mis amos tienen prisa y yo me retraso. Pero siempre he dormido en casa.


Perra apaleada, de la fregona huye


Han tenido que pasar doce meses menos unos días para que mi perrita Luna deje de temblar cada vez que me pongo de limpieza en casa. Se conoce que la animalita, que aunque cariñosa a más no poder también es terca como una mula, ha probado alguna vez cómo sabe un palo en los riñones. Así que era que yo me pusiera de faenas domésticas, y ella corría a esconderse en cualquier parte, a ser posible debajo de mi cama.
Hoy, sin embargo, ha permanecido quieta sobre la butaca mientras yo barría mi habitáculo. Algo hemos ganado, he pensado mientras recogía la tierra que he metido del jardín junto con sus pelos y los de Gumi y Tano.
Mientras intento escribir esto, Tano insiste en ¡aupa!, rascándome las piernas. También este individuo llegó brioso, y aún conservo cicatrices en las manos de sus mordiscos. Tardamos en dar con el asunto, una alergia le volvía loco de remate. Curado el mal, se ha vuelto un animalillo juguetón y lamigoso. Ahora mismamente está retozando con Gumi, que en su postrera edad, –ha cumplido siete años–, se porta con el pequeñajo como cualquier abuelete que se precie.
Visto lo cual, Luna también apela a mis caricias y esto se empieza a poner imposible. Yo lo soluciono levantándome y cogiendo los ramales; inmediatamente los tengo firmes y en posición de salida, es la hora del paseo.
Retomo la escritura y constato que mis vivencias con mis amiguitos no distan de la experiencia que tengo con los humanos.
Tras otra larga interrupción vuelvo al escrito, pero ya no recuerdo cómo iba la cosa ni encuentro un hilo al que agarrarme. Así pues, este cosido va a resultar un mal hilvane. Dos partidos de categoría suspendidos y otro celebrado no sé muy bien si con la cabeza o los bajos. Ver a Inglaterra y a Francia cantando la marsellesa es demasiado para mí, aunque esté en la cabecera de todos los periódicos. Y el resto es abundar sobre lo mismo, de modo que tendremos guerra. Menudo negocio para los industriales del ramo.
Menos mal que Luna ha perdido el miedo y no se ha puesto a hacer cosas raras.

Y ¿por qué no comerse a uno mismo?



Rabioso por contenerme y no contestar de malos modos (ni de ninguna otra forma) en una web donde se critica a mi obispo, don Ricardo, sin piedad y con mucha mala baba por sus palabras, más bien no-palabras, en unas jornadas en Zamora, me meto con una señora que ni sé quién es ni me importa, que tras cuarenta años sin encontrar pareja digna de ser considerada, ha decidido casarse consigo misma.
La foto es para enmarcar.
No sé por qué razón, viendo esto y leyendo lo otro, me viene al pensamiento un animalito muy simpático que, tras copular con su pareja, se la come. Eso es llenarse hasta la plenitud. Me pregunto qué significará entrar en comunión (con) uno/a mismo/a. ¿Autocommunio?
Gumi y Tano andan los pobres como almas dolientes por entrar en amores con Luna que está alta. Como no puede ser, porque esto no es jauja y alimentar más bocas y aguantar más ladridos se me hace insoportable, es imposible satisfacer sus elementales instintos.
Voy a ver si los convenzo de que ejerzan en solitario, y se basten consigo mismos. ¿Lo conseguiré?
Ahora vendrá alguien a decirme que es impropio que trate aquí estos asuntos y que haya dicho lo que acabo de escribir. Sepa vuesa merced que la palabra es libre, y que igual que una señora muy enseñoreada se casa con sí misma y lo hace público en la magna asamblea, con gran regocijo general y generalizado, don Ricardo puede decir o callar lo que le pete, y servidor expresar lo que me parezca.
Que no estamos para tener que mirar a ambos lados antes de salir de casa, por si viene el de la escoba dando pal pelo o amenazando miedo.

Ninguno, de momento*



Codorniz sigue produciendo huevos, ya van siete, sin que le importe si los voy a conservar como recuerdo o los voy a incluir en mi menú, a su salud.
Gumi trastea con Tano, ajeno a la diferencia de tamaño y musculatura entre ambos, y lo hace con contención. De otra manera el pequeñarra estaría entablillado o por lo menos herido, tras los duros combates a que se someten. No salgo por ningún de ellos, tan peleones son dentro como fuera de casa. Yo que Gumi andaría con cuidado, Tano no conoce aún la mesura. Está abriéndose a la vida, y aprendiendo a hacer las cosas; pero no tiene prisa por llegar a ningún sitio.
No ocurre así en otras esferas. Si en la irracional todo parece ir a ritmo, en la irracional sucede a trompicones y como en la vieja yenka, pasito para alante, pasito para atrás. Será por eso de que somos pensantes.
Para pensar me han enviado hoy un correo que me ha sobresaltado. Tiene un texto que dice: «Muchos síntomas señalan que el cristianismo español, el poco que va quedando en una sociedad cada vez más ateizada o musulmanizada, se está “protestantizando” (en doctrina y en asuntos morales), aunque siga figurando como católico…». Y se acompaña de una pps que no me ha dado la gana abrir. La tengo congelada.
Por el contrario, este video tal vez merezca la pena. Fuera de sensiblerías, cómo nos marca y moldea la vida de manera diferente a unas personas y a otras. ¿Y si intercambiáramos los zapatos de vez en cuando?
Gumi ha encontrado una horma para sus pezuñas en Tano. Codorniz me ha ofrecido esta noche cuatro huevos fresquitos para la cena y su promesa de que seguirá suministrando materia comestible en día sucesivos mientras el cuerpo aguante a cambio de casa y alimento. Eso es ponerse en mi lugar, con lo que me gustan los huevos. Y servidor gasta sandalias y botas, según el termómetro y el barómetro señalen. Absternerse, pues, quienes sólo usen zapatos.
* Cuando se me ocurra algo, cambiaré el titular.

De pequeñín a jefe de manada


Así, sin proceso constituyente ni votaciones amañadas, Gumi ostenta ahora el puesto más alto en la jerarquía animal “irracional” en esta república irresponsable que es mi casa. Y se le ha venido el cielo entero encima de su enorme cabeza. Ni las orejonas que le honran han paliado semejante desplome. Anda ahora sumido en sus pensamientos, el pobre, y requiere unos mimos que siempre despreció olímpicamente.
El caso es que la entrada de Luna, por un lado, como refugiada, y de Tano como desahuciado, por otro, ha llenado con creces el hueco vacío, rebajando la edad media y haciendo de Gumi el más viejo del lugar. Ni el ya veterano Bienve, ni la novata Codorniz, que también ha pedido cuartelillo, han colaborado en su favor. Gumi, a sus cinco años corridos, se ha convertido en el más anciano del lugar. Y eso trae consecuencias.
He aquí manifiesta una manera natural de llegar a lo más alto, por el simple discurrir del tiempo.
Recuerdo una peli de indios y vaqueros, cuyo título se me borró de la memoria, en la que los ancianos jefes indios se veían sorprendidos por la aparición de jóvenes guerreros que les disputaban el bastón de mando. Así fue como indios y vaqueros se coaligaron para combatir a los advenedizos, porque era impensable tal volteo en los usos y costumbres, aunque fuera en el lejano Oeste. Al final, antes del the end, el buen orden volvía a campar, y las praderas retornaron a la pacífica convivencia, con el solo y único perjuicio para los bisontes, que se vieron seriamente perseguidos y cazados.
O sea, que es del todo anómalo que los más jóvenes aspiren a gobernar. No sé si en ha historia habrá habido alguna comunidad humana que funcionara de esa manera, siendo gobernada por los jóvenes. ¿Pueritocracia podría ser su denominación?
Mucho más acostumbrada a las gerontocracias de cualquier estilo, la aparición de esta nueva figura política en la vida pública nacional, ha levantado el ánimo de buena parte de la ciudadanía, y ha llenado de incertidumbre a la otra parte, no menos buena. La zona intermedia calla, no sabe no responde y espera sin sentirse interpelada, ni preocupada, ni interesada, ni…
A saber lo que pasará y lo que llegaremos a ver. Puede que los más ancianos rejuvenezcan y saquen de su propio baúl de los recuerdos los bríos e ilusiones de otros tiempos. Puede que los más jóvenes maduren y envejezcan a marchas forzadas, habilitándose por la vía rápida para lo que sea menester. Y puede que los maduros, maduremos del todo y, de repente, nos caigamos del árbol, con quebranto de nuestro propio cuerpo, pero con el ánimo en sazón y a punto de caramelo.
En fin, Gumi es ahora el que gobierna. No es el mejor ni el más sensato, su fortaleza es sólo física, carece de experiencia porque todo le ha sido dado, ha tenido muy buenos compañeros y algo deberían haberle contagiado, nació predestinado para estar aquí y el azar le ha obsequiado con un nuevo juguete en el pequeñarra Tano, que resulta ser la horma de su zapato. Ahora mismo están, entre los dos, destrozando esta cochambrosa morada.
No tengo, sin embargo, duda alguna de que asumirá su nueva realidad y cumplirá con sus deberes para controlar la situación y que todo siga en orden.

¿Hay o no hay orden? ¡Esa es la cuestión!

¿Gumi, dices?



Sí, se llama Gumi. Y ponen cara de ¡pues vaya nombrecito!
Se lo puse porque mi padre tuvo en su juventud cazadora un lebrel con ese nombre. El mismo que luego asignamos a un pequeñajo ratonero que nos acompañó durante casi veinte años a la familia velasco serrano. Ahora lo lleva él, y responde bastante adecuadamente a su carácter particular, juguetón y noblote.
Ahora me entero de que tal palabra no es invención de mi papá. Existe desde hace demasiado tiempo como para recordar la fecha en que se pronunció por primera vez. Una ciudad lo lleva. Se trata de 구미시. Es coreana, y corresponde a la provincia de Gyeongsang del Norte al suroeste de la república de Corea del Sur. Está ubicada al sur de Seúl, a unos 200 km y a 37 km al noreste de Daegu pasando el Río Nakdong. Su área es de 616,31 km2 (50% bosque) y su población total es de 405.000 habitantes.
Ahí es moco de pavo. En las enciclopedias se dice mucho y variado sobre este lugar, cuya historia parece que ha quedado obnubilada por la presencia de la omnipotente Samsung, que todo lo abarca y mucho controla.
El caso es que sabemos casi nada de todo, e ignoramos más de lo que solemos reconocer. Vaya esto a propósito de mi compa, Gumi, cuyo nombre le fue impuesto. Y va también por papa Francisco y su presencia, ayer, en Estrasburgo. Bien recibido por la casi totalidad del hemiciclo, fue ninguneado por seis eurodiputados, españoles, que pretenden posicionarse en la izquierda más izquierda. Pues qué bien.
Supongo yo que dejarán más veces su asiento libre, porque no trillen con quien visita aquel sagrado lugar. Digo esto porque los lugares muy especiales siempre han sido mirados con respeto y considerados “aparte”, diferentes, distintos, singulares, de la vulgaridad en la que nos movemos los humanos, animales, vegetales y rocas incluidos.
Llámame mucho la atención el acento que tan magna y excelsa asamblea puso a algunas de sus frases y pensamientos. Todas ellas eran citas, y la que más se repite, esa de el Mediterráneo como cementerio es tan vieja como la tos. La que ahora padezco por culpa de un mal catarro.
El caso es que pareciera que los ñores/ñoras representantes de la ciudadanía europea carecieran de ideas y estuvieran esperando que llegara Francisco papa para caer en la cuenta de que ellos allí están para algo más que sumar euros y viajar en bussisnes.

Mucho brillo en el inmueble. Demasiado. Y demasiado pote en las personas. Excesivo. Y poca historia en sus cabezas. Gumi, de Corea de Sur, existe desde mucho antes de que allí naciera Park Chung-hee y de que Samsung decidiera fabricar televisores.

¡Ay si los señores Konrad Adenauer, Jean Monnet, Winston Churchill, Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein y Altiero Spinelli levantaran la cabeza!

Y terminó en comisaría



Cuando lo vio, respiró aliviado. Su sonrisa lo delató. La preocupación no le había abandonado desde que vio cómo lo cogían. Pero ahora…
Aquella mañana, al abandonar el cemento, solté a Gumi para que corriera a su bola. Y lo hizo. Sin alejarse, sin acercarse, a una distancia prudencial. Terminado el periplo campestre, justo al volver al adoquinado, Gumi se arrancó y lo perdí de vista.
Ya volverá, me dije. Pero no volvió.
A la hora, poco más o menos, me llaman. Que hay un perro apresado por la brigada canina que responde a mi ficha, que puedo pasar a recogerlo. Y lo recogí, no sin antes recibir unas recomendaciones sobre uso y disfrute de animales de compañía. Tales consejos fueron recibidos con la diligencia adecuada a las circunstancias.
¿Dónde dio el cante? En el casetón, a la entrada, corriendo gatos entre la niñería.
Resulta que en ese lugar existe una comunidad ácrata de felinos que alguien alimenta y así mantiene a perpetuidad. Nadie lo controla, y no se sabe bien cuántos individuos/as la componen, ni si están o no debidamente atendidos sanitariamente. Pero un cánido suelto, eso sí que es peligroso. No importa que muchos niños lo reconocieran porque juegan con él en la parroquia, ni que el encargado del lugar dijera que ya sabía a quién correspondía su control. Alguien, demasiado preocupado por su prole, avisó a los municipales. Así fue como Gumi terminó en el centro canino municipal, alias la perrera.
Este es el relato de los hechos,  –parte que yo viví y parte que él completó,– y el pobrecillo anduvo todo el día creyendo que a Gumi le había pasado algo malo. Cuando a la mañana siguiente nos volvimos a encontrar, él yendo al cole y nosotros de vuelta a casa, ver al perrillo sano y salvo le devolvió la sonrisa y le quitó un gran peso del alma y también del cuerpo. A buen seguro que esta historia de Gumi correteando por el patio del colegio ya es historia entre la chavalada.
Si no hubieran cambiado mucho los niños de hoy respecto de los de mis tiempos infantiles, ahora estarían deseando que se volviera a repetir la escena.
¡Y cómo corría!

Con malas pulgas


En realidad no podría ser de otra forma, ya que no conozco pulgas buenas. Y eso es lo que han sufrido Gumi y Berto: un ataque feroz. Qué digo ataque, ha sido una auténtica invasión.
La cosa ha durado demasiado, porque al parecer los bichitos que corrían por las barrigas de mis amigos a todo el mundo le parecían simples moscas, talmente inofensivas. ¡Son pulgas! Lo parecen, pero no lo son, me replicaban.
Menos mal que llegó Víctor, las vio y me dio la razón. Y entonces empezó la guerra. La pipeta que les venimos poniendo es pequeña, hay que aumentar la dosis. Y la doblamos. Y nada. Hay que bañarles con un champú antipulgas. No uno, hasta cuatro baños soportaron los infelices, sin decir ni mu. Y nada. Un collar, hay que ponerles un collar. Y ahí lo tienen, de adorno. Aprovechando una escapadita al mar, me dije ésta es la mía. Y los sumergí en el salado elemento. ¡Qué tías, hasta saben bucear!
Tuvo que llegar el jefe con un paquete de polvos mágicos, y en un verbo, tras espolvorearles por arriba y por abajo, se acabaron las malditas entrometidas.
Haberlo dicho antes. De toda la vida, el mejor remedio para erradicar las pulgas de los perros son “los polvos de las patatas”, dijo el galeno.
Ahora ambos duermen plácidamente, panza arriba y con las ingles en pompa. Tienen la piel suave y limpia, y da gusto atusarles mientras ellos se relajan.
Ya sabéis, amigos de los animales, contra las pulgas, “polvos de las patatas”:
Santo remedio que, además de resolver el problema, resulta barato. Exactamente 5,15 € la bolsa de kilo. Entre pipetas, collares y champú anti pulgas, pasaron de… bueno, mejor que lo callo. Muchos euros.
Pero pulgas gordas, las de Granada. Esas van a necesitar algo más que cipermetrina al 5 %. No me pregunto cómo han tardado los alpujarreños tanto en reconocerlas, porque en casa tengo el techo de cristal. Pero ya identificadas, fuego a discreción. La única pulga buena, la que está muerta. O desaparecida.

San Francisco, patrono de los animales y de los veterinarios


Gumi aún no se ha enterado. A Berto ni le nombro. Mientras paseo con ellos atados de mi persona doy en cavilar o rezo. Hoy es San Francisco de Asís, su patrono. ¿Me tocará a mí algo por eso de que quiero a estos animales? Aunque sea sólo porque los cuido y curo cuando lo requieren, del patrono de los veterinarios digo yo que algo participaré.
No cito a Bienve ni a Mi canario, porque con ellos el diálogo resulta algo más opaco. Pero tengo entendido que también con las aves tuvo que ver el de Asís.
En todo caso, y aunque no milite en partido animalista alguno, me congratulo de que entre los santos y santas exista alguien que haya salido por todos ellos, sin esperar nada a cambio.
He encontrado un ejemplar curioso, un voluminoso libro titulado "San Francisco de Asís", con ilustraciones de José Benlliure y comentarios del P. Antonio Torró, publicado en Valencia 1926 a expensas de la Tercera Orden Franciscana, con ocasión del VII Centenario de la muerte de San Francisco de Asís. De él que extraigo esta lámina ilustrada:

Francisco acaricia un corderillo

"No seamos sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros" (San Francisco, Carta a los fieles)
23
José Benlliure Gil. Gouache. "San Francisco de Asís", Valencia 1926
En el lenguaje de la vida religiosa, las cosas alcanzan frecuentemente categoría de signos trascendidos por la simbolización. Por analogía, la imagen inmaculada del Cordero de Dios surge espontánea en la imaginería espiritual del santo, al contemplar la blancura inocente del cordero mínimo. Ambos religiosos se arrodillan y Francisco lo acaricia enternecido.
El cuadro muestra el amor del santo por todas las criaturas del Señor, que aquí se ha detenido para acariciar a un corderito. En el centro de la composición aparecen Francisco, su compañero y el pequeño animal cuya blancura le hace destacar del conjunto.
El gesto cariñoso del Pobre de Asís pasa desapercibido para las dos figuras que tras la cerca están conversando. Su posición en el fondo de la obra está acentuada por la sumaria representación, unos sencillos trazos de pincel. Tras ellos el amplio paisaje cuyo colorido y luminosidad crean un eficaz efecto de lejanía.

Y tras el comentario, otro comentario que escribiré cuando encuentre un ratejo…
 
Esta foto está tomada esta misma noche en la plaza de San Pedro del Vaticano. No está Francisco, el de Asís; no pudo asistir por razones obvias. Está el de ahora, Francisco papa. No hay animalitos, sino personas, sin que por ello desmerezca el espectáculo. A falta de luz impresa por el autor de la instantánea, se ven lucecitas que enarbola el público asistente. No hay gesto tierno, salvo el de papás y mamás hacia sus hijos/as. (Esto lo he visto en el vídeo). En fin, hay muchos detalles que más de dos horas, si se aguantan, son tiempo suficiente para almacenar.
Pero hay un algo que no está explícito, y que quiero sacar a la luz. Me explico:
Cuando voy a mi médica, ella me pregunta qué me pasa. Y tras escucharme, me ausculta, me toma la tensión y me pesa. Luego aconseja y, en su caso, solicita alguna prueba, receta o remite al especialista.
Cuando me encuentro con mi veterinario favorito no necesito hablar. Al mirarme ya me diagnostica. Y suele acertar.
Es diferente, ¿verdad?
Pues en esa foto hay una persona que ha tomado el pulso a la humanidad entera y ha hecho su diagnóstico. Y es correcto. Por eso no es de extrañar que suyas sean estas frases que me retrotraen a muchos años atrás:
“La colegialidad episcopal se manifiesta en un camino de discernimiento espiritual y pastoral, para intentar saber lo que el Señor quiere de nuestra Iglesia. Debemos escuchar lo que gritan los hombres de nuestro tiempo, y hacer nuestras las tristezas y las esperanzas”.
“Tenemos una ocasión providencial para renovar, a ejemplo de San Francisco, la Iglesia y la sociedad. Con la alegría del Evangelio llevaremos el paso de una Iglesia reconciliada y misericordiosa, pobre y amiga de los pobres, con capacidad de vencer, con paciencia y amor, las aflicciones y las dificultades que vengan tanto de dentro como de fuera”.
“Oremos por el Sínodo que iniciamos mañana, que nos dé la luz para escuchar a Dios y el clamor del pueblo, disponibilidad a confrontarnos de forma sincera, abierta y fraterna, mantener nuestra mirada fija en Jesucristo, haciendo lo que Él nos diga”.
“Invoquemos la disponibilidad de un diálogo sincero, abierto y fraterno, que lleve con responsabilidad pastoral a dar respuestas a los interrogantes de este cambio de época”.
“¿Cuántas personas viven en la resignación o en el abandono? ¿En cuántas casas no entra el vino de la alegría, ni el sabor de la vida? A unos y a otros, en esta tarde, nos acercamos con nuestra oración. Una oración por todos…”
No me cabe duda. Francisco de Asís “patronizaba” –¿patroneaba?– aquella magna reunión.

Cinco años y un día




Suena a duración de condena, pero nada más lejos. Es la edad de Gumi, que hoy pasa a la categoría de can mayor. Ha crecido en este tiempo y ha madurado no sólo por la influencia y control que sobre él se hayan ejercido, sino, y sobre todo, porque él ha contribuido sobremanera en adaptarse e integrarse en la familia que le acoge. Lo hizo y lo seguirá haciendo.
Ha sido tanto su empeño en aprender que es la atracción de pequeños y grandes; un juguete que no requiere baterías recargables.
Contrasta, sin embargo, la evolución de este perrillo con la que ostenta el ser humano tipo medio. Esta crisis que no termina, ha sacado ante mis ojos una oscuridad que desconocía. O que me negaba a reconocer, no lo tengo claro.
La necesidad ha obligado a atravesar el dintel de la puerta de esta iglesia a mucha gente que antes simplemente no la veía, no quería saber de ella nada, o la despreciaba así sin más. El instinto de supervivencia ha puesto a las claras el individualismo en que se ha vivido durante demasiado tiempo, y ojala signifique también que estamos, como Gumi, aprendiendo a convivir y a integrarnos, todos, todos.
De John F. Kennedy es el alegato “no preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta más bien qué puedes hacer tú por él”. Dicha esta frase en los años sesenta del pasado siglo, es actual en el siglo XXI. Quien vivió sin querer contribuir, porque lo suyo se lo había ganado con esfuerzo, ahora descubre que la solidaridad de otros le llega gratis et amore y sin pedirle ni siquiera que evolucione y madure.
Pero esto a veces tiene sus excepciones. Como por ejemplo empezar a declarar para ser merecedor de ayuda.
Voy a terminar de cumplimentar el impreso de irpf que alguien que ganó casi cinco veces mi sueldo no tuvo el detalle de realizar ni siquiera un año de su larga vida laboral. Urge, porque ahora está solo y enfermo, no tiene para comer y solicita que le atiendan.
Gumi ya es mayor y sabe que es querido. Contribuye a hacer familia. Es un perro que aprende y enseña, recibe y da, acoge cariño y reparte. ¿Estará haciéndose viejo?

Autorretrato


Ahora lo llaman “selfie”. En realidad es una autofoto, que el propio interesado realiza con la cámara digital o el teléfono móvil. Y esta palabra, “selfie” o “selfy”, tiene registro de nacimiento: ABC on line de la televisión pública australiana, 13 de septiembre de 2002. ¿Tendrá también registro de la propiedad?
En nada de esto pensé, porque lo desconocía, cuando saqué a Gumi abrazado por mí en el jardín de la parroquia. Fue el 21/09/2010, a las 10:19:23 horas. Que es lo que tienen estas cosas de ahora, que te fijan hasta el instante en que aprietas el botón.
A la vista de los “selfies” que la gente saca en los momentos de impacto o de peligro por los que les gusta discurrir, y que ya han costado varias vidas, he pretendido hacerme un autorretrato cuando volvía de recuperar a Berto, que se había quedado rezagado en el “prado oscuro” y nos demoraba el regreso a casa.
Se trata de una “autonuca”, si se me permite el término, porque en ningún momento pude sacar de frente a la pareja.
Solos como estábamos, así pude enfocar al conjunto aparejado para caminar unidos. Si me hubiera enfocado a la cara, Berto no habría salido; por lo mismo que tampoco salí yo cuando enfoqué a Berto, que iba delante, tirando con todas sus fuerzas.
Resulta simpático que papa Francisco haya sido objetivo de este tipo de fotografías por parte de jóvenes coreanos, durante su viaje a Oriente. No creo que lo permitan ni Rajoy ni Obama, cuestión de seguridad, responderán los guardaespaldas de turno. Veremos si Merkel, en su viaje/peregrinación a Santiago, lo consiente.
Personalmente gusto de sacar grupos y panoramas, y raramente detalles, de los que soy bastante incapaz de percibir.
A pesar de ello, y satisfecho con la evolución que va teniendo mi tobillo magullado, he sacado esta instantánea en la que se puede ver la diferencia que aún existe entre el pie sano y el enfermo. Aún así, hoy he caminado por el monte y no he sentido ninguna molestia. Y eso que el terreno era por demás irregular. Claro que no he tenido que correr detrás de mis amigos, tampoco me habría atrevido. Todavía no.
Volviendo a los autorretratos: considero esperpéntico que por inmortalizarse, alguien se exponga a matarse. En tales casos hacerse un selfie es una contradictio in terminis, un oximoron.

Cada momento tiene su después



lo peor del eco
es que dice las mismas
barbaridades

Así se expresa Benedetti y lo justifica:
“Encerrar en 17 sílabas (y además, con escisiones predeterminadas), una sensación, una duda, una opinión, un sentimiento, un paisaje, y hasta una breve anécdota, empezó siendo un juego. Pero de a poco uno va captando las nuevas posibilidades de la vieja estructura. Así la dificultad formal pasa a ser un aliciente y la brevedad una provocativa forma de síntesis”.
Anoche apenas pude introducirme en su Rincón de Haikus (Editorial Sudamericana, Buenos Aires) que acababa de bajarme de Internet. Gumi tuvo desazón y no paraba de lamerse la barriga. Tal vez le hicieron mal efecto las pastillas contra los parásitos intestinales que periódicamente debe ingerir.
En lo poco que pude centrarme, percibí que esa estructura 5-7-5 obliga a condensar la idea y a comprimir la expresión, teniendo muy claro el concepto y eligiendo los términos justos. O sea, exactamente lo contrario de como lo hago yo.
Esta mañana de sábado, con solo el canto de los pájaros del jardín en directo y los Traveling Wilburys en diferido, querría centrarme en una sola idea y utilizar las palabras exactas. ¿Seré capaz?
el roce suave
del aire arranca un
dulce ay al cedro
Afortunadamente Gumi disfruta ahora relajado, junto a Berto, de un sol clemente. Y se repone poco a poco. Yo tardaré algo más en superar una noche en movimiento.

¿En qué mundo vives tú?



Vieja pregunta que no pretende una respuesta sino echar en cara a otra persona, generalmente de otro signo político, religioso o socio-económico, precisamente eso mismo, que está en otra parte, enfrente o de espaldas respecto de lo que quien la emite considera es la realidad.
Ocurre, sin embargo, que la realidad es algo difícil de determinar. Como la naturaleza, como el mundo, como tantas otras cosas. La vida incluida. Para entendernos, cuando pretendemos y buscamos hacerlo, usamos adjetivos, añadimos límites o especificaciones que indiquen qué aspecto, entre qué cotas, a partir de y hasta donde en el espacio o en el tiempo; porque de no hacerlo difícilmente conseguiríamos dialogar fluidamente.
Pero esto sucede en contadas ocasiones, y entre personas de buena voluntad. O de afinidades consumadas. De tal manera nos solemos agrupar, automática e inconscientemente, o buscando ávidamente a “los nuestros”, para no tener que dirigirnos esa misma pregunta a nosotros mismos: ¿cuál es mi mundo?
Si pecamos de susceptibilidad, o tenemos ya el colmillo, más que retorcido, hecho un tornillo rosca chapa, ante quien nos la espeta sin contemplaciones, ¡en qué mundo vives tú!, actuamos a modo de quien es injusta y zafiamente atacado. En este caso nuestro contraataque es inmediato. Ofendidísimos respondemos con insultos o con desprecio, altiva o amenazadoramente, echando en cara defectos manifiestos, recordando hechos feos del pasado, o poniendo sobre la mesa datos macroeconómicos imposibles de casar con las cuentas familiares del día a día.
Afortunadamente, yo vivo feliz y contento, seguro de saber dónde estoy. Incauto de mí, desconozco que fuera de estos límites esté la guerra. Me niego a aceptar aquel viejo dicho “homo homini lupus”. Porque es machista, en primer lugar. Porque es errado atribuir a un bípedo implume andar a cuatro patas, en segundo término. Y porque, para concluir, quien lo inventó hace mucho que está caducado, finiquito, caput.
Salvo que ocurra otra cosa: que seamos simplemente actores en acción; tras la cual y el consabido ¡corten!, salimos del plató en amigable camaradería para tomarnos un cafelito rebajado, que ya sabemos que el teatro es vida, y la vida es teatro, y desearnos lo mejor de lo mejor hasta la próxima en que también, cómo no, seguiremos hablando del gobierno.

Previsible




Como era de prever, Gumi ronca junto a mí, enroscado en el sillón. Antes ha estado echadazo encima de mi cama, luego de darse unas carreras alocadas por el jardín, a la luz de la luna. Y antes de eso, cuando ha calculado que ya estaba terminando de cenar, se ha subido sobre mí, dando por concluido el refrigerio. El de ambos, porque alternamos los bocados, este para mí, este para ti, esto me lo como yo, eso es lo tuyo, y así.
Esta es la rutina de todas las noches. Somos previsibles. El resto del día igualmente podía ser pormenorizado para concluir que la previsión reina en nuestras vidas. No están nuestros pasos y gestos medidos, pero casi.
Hay excepciones, sin embargo. Tanto por mi parte, como por la suya. Como anoche, por ejemplo, que consiguió abrir el portón, no sé si con la pata o con el morro, y se fue a oler cosas a la otra punta del barrio. Seguí fumándome el pitillo a la espera de su vuelta, o de acabarlo y salir en su búsqueda. No hizo falta, alguien le trajo arreando hasta casa, resistiendo los ladridos secos que en plan protesta no paró de dirigirle. Previsible también, en su totalidad.
Es curioso que Gumi sea previsible incluso cuando imprevisiblemente se larga sin decir me voy. También me ocurre a mí algo parecido; de repente se me ocurre algo y, sin pensarlo ni sopesarlo, lo suelto ante la concurrencia, que se queda silenciosa, nada sorprendida, como pensando a ver por dónde va a seguir éste. Y previsiblemente, mi discurso continúa exactamente igual que si esa imprevisión no hubiera tenido lugar.

Adolfo Suárez es la persona que yo considero absolutamente imprevisible. Con una imprevisibilidad total e irrepetible. Si no lo hubiera vivido, no lo creería. Pensar que alguien forjado en el régimen anterior, formando parte integrante de él y con mando en plaza, que no era moco de pavo, pudiera realizar lo que él, con ayuda o sin ayuda, se empeñó y consiguió llevar a cabo, estaba fuera de toda lógica, al menos de la mía. Y lo hizo. En ese sentido reside en él una contradicción radical, porque a partir del hecho de su existencia el resto, todo lo demás, ha sido previsible.
Tan es así, que no encuentro en su persona y en su actuar ante el público a lo largo de estos años que conozco, desde 1976 hasta ahora, ningún detalle, giro o gesto que no pudiera considerar en él predecible, imaginable, pronosticable o cuando menos probable. ¿Decir esto es afirmar que fue honesto, claro, consecuente y valiente? Sea.
Por eso ahora me inquieta lo que yo considero imprevisión errática o a destiempo, ¿extemporánea?: el anuncio de que se muere. Esto por un lado. Y por el otro, que digan que él dijo que le gustaría que le enterraran en la catedral de su ciudad, Ávila. Lo considero extraño en él, que dijo puedo prometer y prometió. Y anunció me voy, y se fue. A no ser que ahora otros estén diciendo por él, lo cual es bien diferente.
Cuándo sea el momento de su muerte y dónde le lleven a enterrar, ya no es Adolfo Suárez quien lo diga. Que él fue absoluta, radical y netamente previsible.
Por eso nunca voté por él. Como tampoco lo he hecho ni lo pienso hacer por Gumi.

Tuvo que saltar el perro guardián de la finca


No ha pasado un año y ya tengo otro implante en mi boca. En el mismo hueco donde estuvo el molar que hubo que arrancar de raíz en el mes de julio, tengo ahora un tornillo barraquero de no te menees. En diez minutos colocado. Ha bastado con una palmadita, y la caja de ibuprofeno sin romper. La amoxicilina sí, porque más vale prevenir. Cinco días sólo.
Como todo ha ido bien, estoy de buen humor. Por eso me tomo a broma, aunque con una puntita de cabreo, el largo y aparentemente denso documento de un señor que ocupa un alto cargo vaticano, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Gerhard Ludwig Müller.
Esto es que preocupa en la Iglesia la situación de los divorciados vueltos a casar, porque según la doctrina y la disciplina hasta ahora vigentes no pueden acceder a muchas cosas, entre ellas la Comunión.
Las palabras del papa Francisco se han entendido en el sentido de dar esperanza para encontrar una vía de arreglo. Y ha convocado para el próximo año un Sínodo extraordinario sobre la pastoral matrimonial, sobre el que, con este documento del señor Müller, parece se ciernen los negros nubarrones de siempre.
Lo he leído y no he aprendido nada. Es lo mismo de siempre, expresado en el estilo acostumbrado, y realizando afirmaciones que para mí son temerarias porque no se apoyan en donde él quiere hacerlo. Así no se construye nada; no se acercan posiciones; no se tienden puentes; y no se hace lo que afirma ser su principal objetivo: que las personas en situación matrimonial irregular se sientan acogidas y lo sean de verdad.
Leedlo si os parece, yo lo pongo aquí, pero no lo volveré a leer. ¿Para qué?
Esta noche tengo un hierro nuevecito en mi maxilar superior izquierdo y, con la vigilancia que sobre mí ejerce Gumi, para nada perro guardián, sino fiel compañero, intentaré dormir a pierna suelta. Espero que no se remueva, sino que se deje abrazar amorosamente por el cartílago que luego será hueso. Hasta llegar a ser una sola cosa. Vamos, como las parejas que se casan. ¿Y si hay rechazo? Entonces volvemos a insistir, porque Elena, mi dentista preferida, también es cabezota como yo.


Indisolubilidad del matrimonio y debate sobre los divorciados vueltos a casar y los sacramentos
La fuerza de la gracia


Tras el anuncio de un sínodo extraordinario que se celebrará en octubre de 2014 sobre la pastoral de la familia, se han sucedido intervenciones diversas, en particular acerca de la cuestión de los fieles divorciados vueltos a casar...
Para profundizar con serenidad en el tema, que es cada vez más urgente, del acompañamiento pastoral de estos fieles en coherencia con la doctrina católica, publicamos una amplia contribución del arzobispo prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe.
La discusión sobre la problemática de los fieles que tras un divorcio han contraído una nueva unión civil no es nueva. Siempre ha sido tratada por la Iglesia con gran seriedad, con la intención de ayudar a las personas afectadas, puesto que el matrimonio es un sacramento que alcanza en modo particularmente profundo la realidad personal, social, e histórica del hombre. A causa del creciente número de afectados en países de antigua tradición cristiana, se trata de un problema pastoral de gran trascendencia. Hoy los creyentes se interrogan muy seriamente: ¿No puede la Iglesia autorizar a los cristianos divorciados y vueltos a casar, bajo determinadas condiciones, a recibir los sacramentos? ¿Les están definitivamente atadas las manos en estas cuestiones? Los teólogos, ¿realmente han considerado todas las implicaciones y consecuencias al respecto?

Estas preguntas deben ser discutidas en conformidad con la enseñanza católica sobre el matrimonio. Una pastoral enteramente responsable presupone una teología que se abandone a Dios que se revela, prestándole el pleno obsequio del entendimiento y de la voluntad”, y asintiendo “voluntariamente a la revelación hecha por El” (Constitución apostólica Dei Verbum, n. 5). Para hacer comprensible la auténtica doctrina de la Iglesia, debemos comenzar por la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, explicada por la tradición eclesial e interpretada de modo vinculante por el Magisterio.

El testimonio de la Sagrada Escritura

No deja de ser problemático situar inmediatamente nuestra cuestión en el ámbito del Antiguo Testamento, puesto que entonces el matrimonio no era considerado como un sacramento. No obstante, la Palabra de Dios en la Antigua Alianza es significativa para nosotros, ya que Jesús se coloca en esta tradición y argumenta a partir de ella. En el decálogo se encuentra el mandamiento: “No cometerás adulterio” (Ex20,14), sin embargo, en otro lugar el divorcio es visto como algo posible. Según Dt 24,1-4, Moisés estableció que el hombre pueda expedir un libelo de repudio y despedir a la mujer de su casa, si no lo complace. En consecuencia de esto, el hombre y la mujer pueden volverse a casar. Sin embargo, junto a la concesión del divorcio, en el Antiguo Testamento es posible identificar una cierta resistencia hacia esta práctica. Al igual que el ideal de la monogamia, también la indisolubilidad está contenida en la comparación profética entre la alianza de Yavé con Israel y la alianza matrimonial. El profeta Malaquías lo expresa claramente: “No traicionarás a la esposa de tu juventud... siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza” (cfr Mal 2,14-15).

En particular, las controversias con los fariseos fueron para el Señor una ocasión para ocuparse del tema. Jesús se distancia expresamente de la práctica veterotestamentaria del divorcio, que Moisés había permitido a causa de la “dureza de corazón” de los hombres y se remite a la voluntad originaria de Dios: “Desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mc 10,5-9, cfr Mt 19; Lc 16,18). La Iglesia católica siempre se ha remitido, en la enseñanza y en la praxis, a estas palabras del Señor sobre la indisolubilidad del matrimonio. El pacto que une íntima y recíprocamente a los conyugues entre sí, ha sido establecido por Dios. Designa una realidad que proviene de Dios y que, por tanto, ya no está a disposición de los hombres.

Algunos exegetas sostienen hoy que estas palabras de Jesús habrían sido aplicadas, ya en tiempos apostólicos, con una cierta flexibilidad, concretamente con respecto a la porneia/fornicación (cfr Mt5,32; 19,9) y a la separación entre un cristiano y su cónyuge no cristiano (cfr 1Cor 7,12-15). En el campo exegético, las cláusulas sobre la fornicación fueron objeto de discusión controvertida, desde el comienzo. Muchos están convencidos que no se trataría de excepciones a la indisolubilidad, sino de vínculos matrimoniales inválidos. De todos modos, la Iglesia no puede fundar su doctrina y praxis sobre hipótesis exegéticas debatidas. Ella debe atenerse a la clara enseñanza de Cristo.

Pablo establece la prohibición del divorcio como un deseo expreso de Cristo: “A los casados, en cambio, les ordeno –y esto no es mandamiento mío, sino del Señor– que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer” (1Cor 7,10-11). Al mismo tiempo, permite en razón de su propia autoridad, que un no cristiano pueda separarse de su cónyuge, si se ha convertido al cristianismo. En este caso, el cristiano “no queda obligado” a permanecer soltero (1Cor 7, 12-16). A partir de esta posición, la Iglesia reconoce que sólo el matrimonio entre un hombre y una mujer bautizados es un sacramento en sentido real, y que sólo a éstos se aplica la indisolubilidad en modo incondicional. El matrimonio de no bautizados, si bien está orientado a la indisolubilidad, bajo ciertas circunstancias –a causa de bienes más altos– puede ser disuelto (Privilegium Paulinum). No se trata aquí, por tanto, de una excepción a las palabras del Señor. La indisolubilidad del matrimonio sacramental, es decir de éste en el ámbito del misterio cristiano, permanece intacta.

La Carta a los Efesios es de grande significado para el fundamento bíblico de la comprensión sacramental del matrimonio. En ella se señala: “Maridos, amad a vuestras esposas, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25). Y más adelante, escribe el Apóstol: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,31-32).  El matrimonio cristiano es un signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia. El matrimonio entre bautizados es un sacramento porque significa y confiere la gracia de este pacto.

El testimonio de la Tradición de la Iglesia

Los Padre de la Iglesia y los Concilios constituyen un importante testimonio para el desarrollo de la posición eclesiástica. Según los Padres, las instrucciones bíblicas son vinculantes. Éstos rechazan las leyes estatales sobre el divorcio por ser incompatibles con las exigencias de Jesús. La Iglesia de los Padres, en obediencia al Evangelio, rechazó el divorcio y un segundo matrimonio. En este punto, el testimonio de los Padres es inequivocable.

En la época patrística, los creyentes separados que se habían vuelto a casar civilmente no eran readmitidos oficialmente a los sacramentos, aún cuando hubiesen pasado por un periodo de penitencia. Algunos textos patrísticos, es cierto, permiten reconocer abusos, que no siempre fueron rechazados con rigor y que, en ocasiones, se buscaron soluciones pastorales para rarísimo casos-límites.

Más tarde, en algunas regiones, sobre todo a causa de la creciente interdependencia entre el Estado y la Iglesia, se llegó a compromisos mayores. En Oriente este desarrollo prosiguió su curso y condujo, especialmente después de la separación de la Cathedra Petri, a una praxis cada vez más liberal. Hoy existe en las iglesias ortodoxas una multitud de causas para el divorcio, que en su mayoría son justificados mediante la referencia a la Oikonomia, la indulgencia pastoral en casos particularmente difíciles, y abren el camino a un segundo o tercer matrimonio con carácter penitencial. Esta práctica no es coherente con la voluntad de Dios, tal como se expresa en las palabras de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, y representa una dificultad significativa para el ecumenismo.

En Occidente, la Reforma Gregoriana se opuso a la tendencia liberalizadora y retornó a la interpretación originaria de la Escritura y de los Padres. La Iglesia Católica ha defendido la absoluta indisolubilidad del matrimonio también al precio de grandes sacrificios y sufrimientos. El cisma de la “Iglesia de Inglaterra” separada del sucesor de Pedro, tuvo lugar no con motivo de diferencias doctrinales, sino porque el Papa, en obediencia a las palabras de Jesús, no podía ceder a la presión del rey Enrique VIII para disolver su matrimonio.

El Concilio de Trento confirmó la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio sacramental y explicó que ésta corresponde a la enseñanza del Evangelio (cfr DH 1807). En ocasiones, se sostiene que la Iglesia toleró de hecho la praxis oriental. Esto no corresponde a la verdad. Los canonistas hablaron reiteradamente de una práctica abusiva, y existen testimonios de grupos de cristianos ortodoxos, que, convertidos al catolicismo, tuvieron que firmar una confesión de fe con una expresa referencia a la imposibilidad de un segundo o un tercer matrimonio.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre “la Iglesia en el mundo de hoy”, ha enseñado una doctrina teológica y espiritualmente profunda sobre el matrimonio. Ella sostiene de forma clara su indisolubilidad. El matrimonio se entiende como una comunidad integral, corpóreo-espiritual, de vida y amor entre un hombre y una mujer, que recíprocamente se entregan y reciben como personas. Mediante el acto personal y libre del consentimiento recíproco, se funda por derecho divino una institución estable ordenada al bien de los conyugues y de la prole, e independiente del arbitrio del hombre: “Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad” (n. 48). A través del sacramento, Dios concede a los conyugues  una gracia especial: “Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (idem). Mediante el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio contiene un significado nuevo y más profundo: Llega a ser una imagen del amor de Dios hacia su pueblo y de la irrevocable fidelidad de Cristo a su Iglesia.

El matrimonio como sacramento se puede entender y vivir sólo en el contexto del misterio de Cristo. Cuando el matrimonio se seculariza o se contempla como una realidad meramente natural, queda impedido el acceso a su sacramentalidad. El matrimonio sacramental pertenece al orden de la gracia y, en definitiva, está integrado en la comunidad de amor de Cristo con su Iglesia. Los cristianos están llamados a vivir su matrimonio en el horizonte escatológico de la llegada del Reino de Dios en Jesucristo, Verbo de Dios encarnado.

El testimonio del Magisterio en épocas recientes

Con el texto, aún hoy fundamental, de la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, publicado por Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1981, después del Sínodo de Obispos sobre la familia cristiana en el mundo de hoy, se confirma expresamente la enseñanza dogmática de la Iglesia sobre el matrimonio. Desde el punto de vista pastoral, la Exhortación postsinodal se ocupa también de la atención de los fieles vueltos a casar con rito civil, pero que están aún vinculados entre sí por un matrimonio eclesiástico válido. El Papa manifiesta por tales fieles un alto grado de preocupación y de afecto. El n. 84 (“Divorciados vueltos a casar”) contiene las siguientes afirmaciones fundamentales:

1. Los pastores que tienen cura de ánimas, están obligados por amor a la verdad “a discernir bien las situaciones”. No es posible evaluar todo y a todos de la misma manera.
2. Los pastores y las comunidades están obligados a ayudar con solicita caridad a los fieles interesados. También ellos pertenecen a la Iglesia, tienen derecho a la atención pastoral y deben tomar parte en la vida de la Iglesia.
3. Sin embargo, no se les puede conceder el acceso a la Eucaristía. Al respecto se adopta un doble motivo:
a) “Su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía”;
b) “Si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio”. Una reconciliación a través del sacramento de la penitencia, que abre el camino hacia la comunión eucarística, únicamente es posible mediante el arrepentimiento acerca de lo acontecido y “la disposición a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio”. Esto significa, concretamente, que cuando por motivos serios la nueva unión no puede interrumpirse, por ejemplo a causa de la educación de los hijos, el hombre y la mujer deben “obligarse a vivir una continencia plena”.
4. A los pastores se les prohíbe expresamente, por motivos teológico sacramentales y no meramente legales, efectuar “ceremonias de cualquier tipo” para los divorciados vueltos a casar”, mientras subsista la validez del primer matrimonio.

La carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, del 14 de septiembre de 1994, ha confirmado que la praxis de la Iglesia, frente a esta pregunta, “no puede ser modificada basándose en las diferentes situaciones” (n.5). Además, se aclara que los fieles afectados no deben acercarse a recibir la sagrada comunión basándose en sus propias convicciones de conciencia: “En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores (…), tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia está reñido abiertamente con la doctrina de la Iglesia” (n. 6). Si existen dudas acerca de la validez de un matrimonio fracasado, éstas deberán ser examinadas por el tribunal matrimonial competente (cfr n. 9). Sigue siendo de fundamental importancia obrar “con solícita caridad [para] hacer todo aquello que pueda fortalecer en el amor de Cristo y de la Iglesia a los fieles que se encuentran en situación matrimonial irregular. Sólo así será posible para ellos acoger plenamente el mensaje del matrimonio cristiano y soportar en la fe los sufrimientos de su situación. En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador” (n. 10).

En la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum caritatis, del 22 de febrero de 2007, Benedicto XVI retoma y da nuevo impulso al trabajo del anterior Sínodo de Obispos sobre la Eucaristía. El n. 29 del documento trata acerca de la situación de los fieles divorciados y vueltos a casar. También para Benedicto XVI se trata aquí de “un problema pastoral difícil y complejo”. Reitera “la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cfr Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo”, pero también exhorta a los pastores a dedicar “una especial atención” a los afectados, “con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos”. Cuando existen dudas sobre la validez de un matrimonio anterior fracasado, éstas deberán ser examinadas por los tribunales matrimoniales competentes.

La mentalidad actual contradice la comprensión cristiana del matrimonio especialmente en lo relativo a la indisolubilidad y la apertura a la vida. Puesto que muchos cristianos están influido por este contexto cultural, en nuestros días, los matrimonios están más expuestos a la invalidez que en el pasado. En efecto, falta la voluntad de casarse según el sentido de la doctrina matrimonial católica y se ha reducido la pertenencia a un contexto vital de fe. Por esto, la comprobación de la validez del matrimonio es importante y puede conducir a una solución de estos problemas. Cuando la nulidad del matrimonio no puede demostrarse, la absolución y la comunión eucarística presuponen, de acuerdo con la probada praxis eclesial, una vida en común “como amigos, como hermano y hermana”. Las bendiciones de estas uniones irregulares, “para que no surjan confusiones entre los fieles sobre el valor del matrimonio, se deben evitar”. La bendición (bene-dictio: aprobación por parte de Dios) de una relación que se opone a la voluntad del Señor es una contradicción en sí misma.

En su homilía para el VII Encuentro Mundial de las Familias en Milán, el 3 de junio de 2012, Benedicto XVI habló una vez más de este doloroso problema: “Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía”.

El último Sínodo de Obispos sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” (7-28 de octubre de 2012), ha vuelto a ocuparse de la situación de los fieles que tras el fracaso de una comunidad de vida matrimonial (no el fracaso del matrimonio como tal, que permanece en cuanto sacramento), han establecido una nueva unión y conviven sin el vínculo sacramental del matrimonio. En el mensaje conclusivo, los Padres sinodales se dirigieron a ellos con las siguientes palabras: “A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que también la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no puedan recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación”.

Consideraciones antropológicas y teológico-sacramentales

La doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio encuentra con frecuencia incomprensiones en un ambiente secularizado. Allí donde las ideas fundamentales de la fe cristiana se han perdido, la mera pertenencia convencional a la Iglesia no está en condiciones de sostener decisiones de vida relevantes ni de ofrecer un apoyo en las crisis tanto del estado matrimonial como del sacerdotal y la vida consagrada. Muchos se preguntan: ¿Cómo podré comprometerme para toda la vida con una única mujer o un único hombre? ¿Quién me puede decir cómo estará mi matrimonio en diez, veinte, treinta o cuarenta años? Por otra parte, ¿es posible una unión de carácter definitivo a una única persona? La gran cantidad de uniones matrimoniales que hoy se rompen refuerzan el escepticismo de los jóvenes sobre las decisiones que comprometan la propia vida para siempre.

Por otra parte, el ideal de la fidelidad entre un hombre y una mujer, fundado en el orden de la creación, no ha perdido nada de su atractivo, como lo revelan recientes encuestas dirigidas a gente joven. La mayoría de los jóvenes anhela una relación estable y duradera, tal como corresponde a la naturaleza espiritual y moral del hombre. Además, se debe recordar el valor antropológico del matrimonio indisoluble, que libera a los cónyuges de la arbitrariedad y de la tiranía de sentimientos y estados de ánimo, y les ayuda a sobrellevar las dificultades personales y a vencer las experiencias dolorosas. En particular, protege a los niños, que, por lo general, son los que más sufren con la ruptura del matrimonio.

El amor es más que un sentimiento o instinto. En su esencia, el amor es entrega. En el amor matrimonial, dos personas se dicen consciente y voluntariamente: sólo tú, y para siempre. A las palabras del Señor: “Lo que Dios ha unido” corresponde la promesa de los esposos: “Yo te acepto como mi marido… Yo te acepto como mi mujer… Quiero amarte, cuidarte y honrarte toda mi vida, hasta que la muerte nos separe”. El sacerdote bendice la alianza que los esposos han sellado entre si ante la presencia de Dios. Quien se pregunte si el vínculo matrimonial tiene una naturaleza ontológica, déjese instruir por las palabras del Señor: “Al principio, el Creador los hizo varón y mujer, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 4-6).

Para los cristianos rige el hecho de que el matrimonio entre bautizados –por tanto, incorporados al cuerpo de Cristo–, tiene una dimensión sacramental y representa así una realidad sobrenatural. Uno de los más serios problemas pastorales está constituido por el hecho de que algunos juzgan el matrimonio exclusivamente con criterios mundanos y pragmáticos. Quien piensa según “el espíritu del mundo” (1Cor 2,12) no puede comprender la sacramentalidad del matrimonio. La Iglesia no puede responder a la creciente incomprensión sobre la santidad del matrimonio con una adaptación pragmática ante lo presuntamente inexorable, sino sólo mediante la confianza en “el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido” (1Cor 2,12). El matrimonio sacramental es un testimonio de la potencia de la gracia que transforma al hombre y prepara a toda la Iglesia para la ciudad santa, la nueva Jerusalén, la Iglesia misma, preparada “como una novia que se engalana para su esposo” (Ap 21,2). El evangelio de la santidad del matrimonio se anuncia con audacia profética. Un profeta tibio busca su propia salvación en la adaptación al espíritu de los tiempos, pero no la salvación del mundo en Jesucristo. La fidelidad a las promesas del matrimonio es un signo profético de la salvación que Dios dona al mundo: “Quien sea capaz de entender, que entienda” (Mt 19,12). Mediante la gracia sacramental, el amor conyugal es purificado, fortalecido e incrementado. “Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio” (Gaudium et spes, n. 49). Los esposos, en virtud del sacramento del matrimonio, participan en el definitivo e irrevocable amor de Dios. Por esto, pueden ser testigos del fiel amor de Dios, nutriendo permanentemente su amor a través de una vida de fe y de caridad.

Los pastores saben que existen ciertamente situaciones  en que la convivencia matrimonial, por motivos graves, se torna prácticamente imposible, por ejemplo, a causa de violencia sicológica o física. En estas situaciones dolorosas la Iglesia ha siempre permitido que los conyugues se separaran. Sin embargo, se debe precisar que el vínculo conyugal del matrimonio válidamente celebrado se mantiene intacto ante Dios, y sus integrantes no son libres para contraer un nuevo matrimonio mientras el otro cónyuge permanece con vida. Los pastores y las comunidades cristianas se deben por lo tanto comprometer en promover caminos de reconciliación, también en estas situaciones, o bien, cuando no sea posible, ayudar a las personas afectadas a superar en la fe su difícil situación.

Comentarios teológico morales

Cada vez con más frecuencia se sugiere que la decisión de acercarse o no  a la comunión eucarística por parte de los divorciados vueltos a casar debería dejarse a la iniciativa de la conciencia personal. Este argumento, al que subyace un concepto problemático de “conciencia”, ya fue rechazado en la carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1994. Desde luego, los fieles deben examinar su conciencia en cada celebración eucarística para ver si es posible recibir la sagrada comunión, a la que siempre se opone un pecado grave no confesado. Los fieles tienen el deber de formar su conciencia y de orientarla a la verdad. Para esto, deben prestar obediencia a la voz del Magisterio de la Iglesia que ayuda “a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella” (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 64).

Cuando los divorciados vueltos a casar están en conciencia convencidos de que su matrimonio anterior no era válido, tal hecho se deberá comprobarse objetivamente, a través de la autoridad judicial competente en materia matrimonial. El matrimonio no es incumbencia exclusiva de los conyugues delante de Dios, sino que, siendo una realidad de la Iglesia, es un sacramento, respecto del cual no toca al individuo decidir su validez, sino a la Iglesia, en la que él se encuentra incorporado mediante la fe y el Bautismo. “Si el matrimonio precedente de unos fieles divorciados y vueltos a casar era válido, en ninguna circunstancia su nueva unión puede considerarse conformé al derecho; por tanto, por motivos intrínsecos, es imposible que reciban los Sacramentos. La conciencia de cada uno está vinculada, sin excepción, a esta norma” (Card. Joseph Ratzinger, “A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar”, 30 de Noviembre de 2011, http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19980101_ratzinger-comm-divorced_sp.html).

Igualmente, la doctrina de la epikeia, según la cual, una ley vale en términos generales, pero la acción humana no siempre corresponde totalmente a ella, no puede ser aplicada aquí, puesto que en el caso de la indisolubilidad del matrimonio sacramental se trata de una norma divina que la Iglesia no tiene autoridad para cambiar. Ésta tiene, sin embargo, en la línea del Privilegium Paulinum, la potestad para esclarecer qué condiciones se deben cumplir para que surja el matrimonio indisoluble según las disposiciones de Jesús. Reconociendo esto, ella ha establecido impedimentos matrimoniales, reconocido causas para la nulidad del matrimonio, y ha desarrollado un detallado procedimiento.

Otra tendencia a favor de la admisión de los divorciados vueltos a casar a los sacramentos es la que invoca el argumento de la misericordia. Puesto que Jesús mismo se solidarizó con las personas que sufren, dándoles su amor misericordioso, la misericordia sería por lo tanto un signo especial del auténtico seguimiento de Cristo. Esto es cierto, sin embargo, no es suficiente como argumento teológico-sacramental, puesto que todo el orden sacramental es obra de la misericordia divina y no puede ser revocado invocando el mismo principio que lo sostiene. Además, mediante una invocación objetivamente falsa de la misericordia divina se corre el peligro de banalizar la imagen de Dios, según la cual Dios no podría más que perdonar. Al misterio de Dios pertenece el hecho de que junto a la misericordia están también la santidad y la justicia. Si se esconden estos atributos de Dios y no se toma en serio la realidad del pecado,  tampoco se puede hacer plausible a los hombres su misericordia. Jesús recibió a la mujer adúltera con gran compasión, pero también le dijo: “vete y desde ahora no peques más” (Jn 8,11). La misericordia de Dios no es una dispensa de los mandamientos de Dios y de las disposiciones de la Iglesia. Mejor dicho, ella concede la fuerza de la gracia para su cumplimiento, para levantarse después de una caída y para llevar una vida de perfección de acuerdo a la imagen del Padre celestial.

La solicitud pastoral

Aunque por su propia naturaleza no sea posible admitir a los sacramentos a las personas divorciadas y vueltas a casar, tanto más son necesarios los esfuerzos pastorales hacia estos fieles. Pero se debe tener en cuenta que tales esfuerzos tienen que mantenerse dentro del marco de la Revelación y de los presupuestos de la doctrina de la Iglesia. El camino señalado por la Iglesia para estas personas no es simple. Sin embargo, ellas deben saber y sentir que la Iglesia, como comunidad de salvación, les acompaña en su camino. Cuando los cónyuges se esfuerzan por comprender la praxis de la Iglesia y se abstienen de la comunión, ellos ofrecen a su modo un testimonio a favor de la indisolubilidad del matrimonio.

La solicitud por los divorciados vueltos a casar no se debe reducir a la cuestión  sobre la posibilidad de recibir la comunión sacramental. Se trata de una pastoral global que procura estar a la altura de las diversas situaciones. Es importante al respecto señalar que además de la comunión sacramental existen otras formas de comunión con Dios. La unión con Dios se alcanza cuando el creyente se dirige a Él con fe, esperanza y amor, en el arrepentimiento y la oración. Dios puede conceder su cercanía y su salvación a los hombres por diversos caminos, aún cuando se encuentran en una situación de vida contradictoria. Como ininterrumpidamente subrayan los recientes documentos del Magisterio, los pastores y las comunidades cristianas están llamados a acoger abierta y cordialmente a los hombres en situaciones irregulares, a permanecer a su lado con empatía, procurando ayudarles, y dejándoles sentir el amor del Buen Pastor. Una pastoral fundada en la verdad y en el amor encontrará siempre y de nuevo los caminos legítimos por recorrer y formas más justa para actuar.
  S.E. Mons. Gerhard L. Müller
23 de octubre de 2013


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