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Hoy no ha sido un día cualquiera



Dado el día que estamos celebrando los cristianos del mundo entero, la Santa Trinidad, y a la vista del panorama político social que exhibe nuestro país, no cabe otra que mantener esta pancarta bien alta junto al altar y en medio de la calle.
¿No te quedas un poco corto, miguel? Me requirieron desde la bancada. En lugar de responder, devolví otra pregunta: ¿Qué propones?
No me alegré por el silencio, aunque comprendí.
Hace cincuenta años se buscó el futuro debajo de los adoquines de las calle de París, y sólo encontraron arena de playa. Aquello fue mar en tiempos muy antiguos. Y ya que se habían molestado en levantarlos, pensaron que arrojarlos como proyectiles podría ser el comienzo de un nuevo principio.
Ya sabemos cómo acabó aquello. Los líderes del movimiento se posicionaron en los organismos, y el resto seguimos penando. Algún despistado pintó en paredes frases a cual más surrealista, alguna ingeniosa, otras deplorables. De éstas recuerdo aquella que decía “Anarquía: cada noche, una tía”. La a mayúscula encerrada en un círculo se convirtió en un símbolo de lo que nunca debería, no ya hacerse, pensarse.
Utopía, con o sin artículo, creo que es una de esas palabras que nadie debería utilizar sin antes lavarse las manos y la boca, y hasta si se me apura, el corazón. Porque esas cuatro sílabas no son de nadie en particular, son propiedad de toda la humanidad; la de ahora, la de antes y la del futuro.
Y no hay libertad de expresión que valga que permita pervertir la sacralidad de determinados vocablos.
Si no nos está permitido, ni está a nuestro alcance, ser héroes, al menos que nos dejen ser buenas personas. No moriremos en el intento, pero tampoco tendremos que echarnos en cara no haber hecho más.

De “ya no te quiero” a “donde hay amor, allí está Dios” (Cfr 1ª Juan)



Peña Lara
No empecé demasiado bien este mes de mayo, pero a poco me fui entonando. Al compás de las cosas que he vivido en estos días pasados, y más en concreto por la manera como las he soportado, puedo afirmar sin mentir que mayo no traerá buena cosecha en grano, pero no deja mal sabor de boca. Y eso que hay dos gestos, precisamente en los últimos días, que han encrespado a la inmensa mayoría: la pitada al himno nacional en la final de la copa del rey y no quitarse la gorra tras quedar tercero en el giro de Italia. Lo primero fue obra de las hinchadas del barça y del atleti; lo segundo, de un tal mikel landa. No me han hecho perder la compostura, pero sí me han molestado.
Como también me han molestado manifestaciones de personajes de la política tras las votaciones del pasado domingo. No han conseguido asustarme, por más miedo que avisaren.
Otras cosillas se han dado, pero ni merecen citarse. Allá cada cual con el resquemor que acumule; si no sabe cómo liberarse de él, siempre puede encontrar algún manual de autoayuda, que hay cantidad y de balde.
El caso es que termina mayo con una fiesta que no recibe la atención y el eco que merece, la Santa Trinidad. Eso está claro que es normal en una sociedad que además de no confesional está convencida de haberse liberado de cualquier lazo religioso. Lo anómalo es que precisamente hoy no se notara más significativamente entre quienes debieran sentirse implicados.
Pelillos a la mar. Yo por mi parte he encontrado esto, que me parece colocarlo para deleite y reflexión, también para anuncio y proclama. Ojala haya muchos que al leerlo se sientan reflejados.

Bienaventuranzas de la misericordia
de Miguel Ángel Mesa Bouzas

Felices quienes han comprendido que la Divinidad está más allá de los nombres, las imágenes, las afirmaciones de la fe. Pero la sentimos: nos mira, nos respira, nos envuelve.
Felices a quienes cada mañana les despierta el mismo sol y les acuna por la noche la luna de siempre y en ello comprenden que el Dios de la Vida se mantiene día y noche cuidándonos, esperándonos. Quienes han llegado a descubrir que es como un Padre lleno de bondad, ternura y misericordia, con un corazón de Madre.
Felices quienes ayudan a los demás a descubrir lo que han vislumbrado bajo la inmensa luz del misterio de Dios Padre y Madre, e intentan expresarlo con profunda humildad, desde sus palabras y, sobre todo, con sus hechos diarios.
Felices quienes se han dejado impregnar por la Buena Noticia de Jesús, el deseo del Reino de Dios, es decir, la construcción de una sociedad que no esté basada en el dinero, en el poder, en el dominio de unos sobre otros, sino en la igualdad y la fraternidad.
Felices quienes experimentan como Jesús, la cercanía, la presencia y la íntima certeza de un Dios-todo-bondad que nos fortalece, anima y acompaña en el sendero de la vida.
Felices quienes se comprometen, como lo hizo Jesús, en curar, aliviar, liberar, integrar y dar valor a cada persona con la que nos encontremos, especialmente con las más marginadas y humilladas a las que debemos salir al encuentro.
Felices quienes creen que el Espíritu de Dios es la fuerza, el aliento, la audacia y la profecía para emprender cada día una nueva vida.
Felices quienes ven las señales del Espíritu en cualquier signo que muestre semillas de fraternidad, de ternura, de acercamiento, de superación del sufrimiento, de paz.
Felices quienes gozan al contemplar el Espíritu de Dios que se cierne sobre los océanos, las montañas, los animales, las flores y sobre el ser humano, que llegan a ser ellos mismos en profundidad cuando se dejan amar por Él entre las sábanas del alma.
Felices quienes descubren que la Trinidad no es un misterio incomprensible, sino la cotidiana experiencia del Amor, desde una vida encarnada en nuestra historia, con un respiro, un ánimo y una pasión especial por seguir viviendo cada día con los mismos sentimientos de Jesús, junto a tanta gente en toda nuestra tierra que trabaja por otro mundo más fraterno, justo y solidario. Es el espejo que nos muestra cómo debe ser y comportarse la mejor comunidad.

No lo busques, que te encuentra




Hubo un tiempo en este país, y creo que en otros muchos de nuestro entorno, en que ni dando rodeos conseguías evitar encontrarte con Dios. Estaba en todas partes. Te lo encontrabas en lugares abiertos como las plazas y las calles, y en cerrados como oficinas y escuelas. Lo percibías en el saludo, ¡Dios te bendiga! Y en las despedidas, ¡vete con Dios! Incluso desde pequeñitos éramos aleccionados a hacerlo presente conscientemente en los momentos que jalonaban nuestra vida más diaria: al levantarnos de la cama, al salir de casa, al pasar delante de una iglesia, al empezar la clase, al sentarnos a comer… y finalmente al apagar la luz de la mesilla.
No había ningún problema en hacerlo, como no lo teníamos con reconocer que de vez en cuando respirábamos para no morirnos por asfixia. Lo malo era otra cosa.
Lo malo es que en la mayor parte de las ocasiones hacer o sentir presente a ese Dios nos metía miedo. Mira que te mira Dios, nos decían. Mira que te está mirando… Porque, y esto se daba ya por supuesto, puede que en ese preciso momento estés haciendo algo que está mal y le vas a hacer enfadar o cuando menos a entristecer. Y mira tú que si es muy malo lo que haces y te mueres de repente, te condenas irremediablemente.
En fin, que no es que molestase que Dios ocupase todos los espacios y estuviese en todas las partes. Lo que no gustaba es que te vigilara los pasos y te mirara enfadado; el castigo podía llegar de un momento a otro.
Y solía llegar. Claro que no era Dios directamente quien te lo aplicaba. Era el prefecto, en el cole; tu papá en casa; el guardia en la calle; el señor cura en la parroquia… y así.
Resulta que Dios lo veía todo, pero quienes actuaban eran unos intermediarios. Y por el trato que recibíamos de estos asalariados o simples voluntarios, al fin y al cabo unos trabajadores por cuenta ajena, íbamos haciéndonos de Dios una idea poco grata. Era un presencia constante y agobiante. Ni escondiéndonos conseguíamos eludirla.
Afortunadamente llegó la democracia. Y pudimos entrar en el ayuntamiento como en nuestra propia casa. Incluso yo he tenido la satisfacción de sentarme en un escaño de concejal. Con dos. Ya sólo me falta que me cedan la palabra, y es posible que no tarde.
En esto otro he tardado un poco más, pero también he logrado normalizarme.
Claro que Dios está en todas partes. Nada se le oculta de mi vida y milagros. Incluso lo que pienso calladamente es para él patente y claro. Pero no más. Es como el aire que respiro o la fuerza del sol que me calienta; como el agua de la piscina en la que nado o la luz de la luna que ilumina. Ahí está, y aquí estoy. Ni me niega respirar, ni me quema si no quiero; no me ahoga ni me ciega… En fin, no sé cómo explicarme mejor.
Yo me siento bien sabiendo que respiro a Dios, que me calienta Dios, que me sostiene Dios y que me ilumina Dios. Y que si yo no le tengo miedo, él no pretende amedrentarme.
Pero es que además, igual que disfruto inspirando el aire fresco de la mañana, o sintiendo sobre mi piel el cálido abrazo del astro rey; del mismo modo que me relajo en el agua o salgo al patio a dejar que la luz me bañe a pesar de la nocturnidad; de una manera análoga me encuentro feliz de saber que desde que nací no he dejado de estar en el ámbito de Dios, en una especie de atmósfera que me cobija y sostiene, me acompaña y me cuida, me acuna y me susurra… Y que yo soy yo, y nunca he dejado, ni nadie me ha impedido, serlo.
Hoy es la Santa Trinidad. Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu. Todo un Dios que se me da del todo. Y estoy feliz de estar así y de saberlo. Aunque he de reconocerlo: no lo tengo presente siempre, sólo de vez en cuando.
Algo de esto es lo que hablaron en cierta ocasión un tal Nicodemo y Jesús de Nazaret. Lo cuenta el evangelio de San Juan (3, 1-21) y lo relata con bastante gracia este texto que pongo a continuación:


EL GEMIDO DEL VIENTO


Santiago - ¡A acostarse pronto, muchachos, que mañana hay que madrugar!
Pedro - ¡Ay, mis pies! ¡Esas tres jornadas de camino no se las deseo ni a mi suegra!
María - Pues quédense un par de días más. En la taberna hay sitio. Y más ahora que la gente comienza a regresar a sus pueblos.
Pedro - Que no, María, que ya tenemos que volver a Galilea. ¿Y sabes por qué? Porque se nos acabó el dinero. No tenemos ni un cobre.
María - Bah, si es por eso, no se preocupen. Mi hermano Lázaro se ha encariñado con ustedes. Si no pueden pagar ahora, se lo apunta para cuando vuelvan por acá. Porque ustedes volverán, ¿verdad que sí?

Estábamos recogiendo las cuatro baratijas que compramos durante la fiesta de Pascua en Jerusalén y despidiéndonos de Marta y María. Era ya de noche cuando Lázaro, el tabernero, llegó corriendo.

Lázaro - ¡Psst! ¿Alguno de ustedes lleva contrabando al norte?
Pedro - ¿Contrabando? ¿Estás loco? Las aduanas están muy vigiladas en estas fechas. ¿Por qué lo preguntas?
Lázaro - Porque tienen visita. Un pez gordo. Uno de los setenta magistrados del Sanedrín.(1) Está ahí fuera, con un par de guardaespaldas, preguntando por ustedes. Yo pensé que llevaban contrabando.
María - ¡Si lo llevan, disimulen bien, que para eso son galileos!
Lázaro - ¡Arriba, muchachos, alguno tiene que salir y dar la cara!
Santiago - Bueno, iré yo, a ver qué quiere. ¿Me acompañas, Juan?

Mi hermano Santiago y yo salimos a ver quién nos buscaba. En la puerta de la Palmera Bonita estaba esperándonos un hombre alto, con una larga barba canosa y envuelto en un manto de púrpura muy elegante. Lo acompañaban dos etíopes, con la cabeza rapada y una daga en la cintura.

Santiago - Vamos a ver, ¿en qué podemos servirle, señor?
Nicodemo - Quiero hablar con el jefe de ustedes.
Santiago - ¿Con el jefe? Aquí nadie es jefe de nadie. Somos un grupo de amigos.
Nicodemo - Me refiero a ese tal Jesús, el de Nazaret. E1 que hace las “cosas”.
Santiago - ¿El que hace qué “cosas”? Explíquese mejor.
Nicodemo - No vine a hablar con ustedes sino con él. Vayan y llámenlo.

Santiago y yo entramos nuevamente en la taberna…

Jesús - ¿Que quiere hablar conmigo? ¿Y qué buscará ese tipo?
Santiago - No me huele bien esto, Jesús. Es un fariseo importante, ¿sabes? Y me resulta muy raro que haya venido hasta aquí y a estas horas… Algo debe traerse entre manos…
Jesús - Bueno, vamos a ver de qué se trata.
María - No te demores mucho, Jesús. ¡Tienes la historia de los tres camellos por la mitad!

Jesús salió al patio donde lo esperaba el misterioso visitante.

Nicodemo - ¡Caramba, al fin te encuentro, nazareno! Quiero hablar unos minutos contigo, a solas.
Jesús - Sí, está bien. Pero si viene buscando contrabando, creo que perdió su tiempo. Lo único que me llevo de Jerusalén es un pañuelo para mi madre, que aquí los hay muy baratos.
Nicodemo - No, no se trata de eso, muchacho. Ahora te explicaré. Ustedes dos, espérenme allá.

Los dos etíopes se alejaron como a un tiro de piedra…

Nicodemo - Algún rincón habrá por aquí para conversar, digo yo.
Jesús - Debajo de aquella palmera estaremos bien. ¡Vamos!

Desde el fogón vimos a Jesús alejarse hasta una esquina del patio. Las nubes corrían rápidas en el cielo, empujadas por el viento de la noche que gemía entre los árboles.

Jesús - Usted dirá…
Nicodemo - Me llamo Nicodemo, Jesús.(2) Soy magistrado en el Tribunal Supremo de Justicia. Mi padre fue el ilustre Jeconías, tesorero mayor del templo.
Jesús - ¿Y qué quiere de mí un hombre tan importante?
Nicodemo - Comprendo que te extrañe mi visita. Aunque ya te habrás imaginado a lo que vengo.
Jesús - Debo tener poca imaginación porque, francamente, no tengo ni idea de lo que usted quiere de mí.
Nicodemo - No quiero nada de ti. En realidad, vengo a ayudarte.
Jesús - ¿A ayudarme?
Nicodemo - Digamos que será una ayuda mutua. Un beneficio mutuo, ¿comprendes?
Jesús - Como no hable más claro, no me entero de nada.
Nicodemo - Jesús, sé muchas cosas de ti. Mira, lo que hiciste en la piscina de Betesda ha corrido ya por toda la ciudad. Sí, no pongas esa cara. Lo del paralítico que echó a andar, así por las buenas. Sé también que has hecho otras cosas parecidas por allá, por Galilea: un loco, un leproso… hasta dicen que levantaste una niña muerta en mitad del velorio. También al Sanedrín han llegado estos rumores.
Jesús - Uf, qué pronto corren las noticias en este país, ¿eh?
Nicodemo - Como ves, te he seguido bien la pista. Y te felicito, Jesús.
Jesús - Sigo sin entender de dónde viene usted y a dónde quiere ir a parar.
Nicodemo - Vamos, vamos, no disimules. Reconozco que para ser trucos están muy bien hechos. No me dirás que son milagros… tú no tienes cara de santo. Está bien, está bien. Comprendo que desconfíes de mí. Pero vamos al grano. A fin de cuentas, a mí me da lo mismo que sean trucos tuyos o milagros de Dios o si es la cola del diablo la que está metida en esto. Para el caso es igual. El pueblo no distingue una cosa de otra. La gente sufre demasiado y necesita ilusionarse con algo. Y en eso tú eres un maestro, en el arte de entusiasmar al pueblo. En fin, te propongo un negocio, Jesús de Nazaret. Podemos asociarnos y las ganancias irían a medias. O también, si prefieres, puedo darte una cantidad fija, por ejemplo… cincuenta denarios. ¿Te parece poco? Sí, no es demasiado, pero… Digamos setenta y cinco… ¿Más todavía? Me parece exagerado tanto dinero para un campesino porque después se lo beben en las tabernas, pero, en fin, porque me has caído simpático, podría subir hasta cien denarios. Trato hecho. Ahora te explicaré lo que quiero que hagas… Oye, ¿de qué te ríes?
Jesús - De nada. Es que me hace gracia…
Nicodemo - Sí, ya sé, ustedes los galileos tienen el colmillo retorcido como el jabalí. Está bien. A mí parece que cien denarios es un buen salario para un mago, pero… está bien, pon tú mismo el precio. ¿Cuánto quieres? Créeme, muchacho, tu asunto me interesa más que ninguno.
Jesús - Sí, sí, ya veo, pero… pero no me sirves para este asunto, Nicodemo.
Nicodemo - ¿Cómo? ¿Por qué? Te digo que te puedo dar mucho dinero y no miento.
Jesús - No, no es por eso.
Nicodemo - Entonces, ¿qué?
Jesús - Bueno, que… que eres muy viejo.
Nicodemo - Por eso mismo, muchacho. Dicen que hasta el diablo sabe más por viejo que por diablo. Con mi experiencia y tu habilidad podremos llegar muy lejos.
Jesús - No, Nicodemo. Te digo que necesito gente joven.
Nicodemo - Bueno, yo tengo ya unos cuantos años en las costillas, ésa es la verdad, pero… de salud no estoy tan mal. Todavía me defiendo.
Jesús - Nicodemo: necesito niños.
Nicodemo - ¿Niños? Vamos, vamos, Jesús, deja los niños en la escuela y hablemos de cosas serias.
Jesús - Te estoy hablando en serio, Nicodemo. Me hacen falta niños. Si quieres meterte en este asunto tendrías que… que nacer otra vez. Eso, volver a ser niño.
Nicodemo - Ya me habían dicho que eras muy chistoso, nazareno. Bueno, como tú te sabes tantos trucos, a lo mejor puedes hacerme entrar otra vez en el vientre de mi madre para que me vuelva a parir. En fin, volvamos a nuestro negocio. Como te iba diciendo, se trata…
Jesús - Te has hecho viejo amasando dinero, Nicodemo. Y te ha salido un callo en el corazón y otro en las orejas. Por eso no comprendes. Por eso no oyes el viento.
Nicodemo - Oye, yo estoy viejo, pero no sordo. El viento si lo oigo. Pero a ti no te entiendo ni una palabra. ¿Qué es lo que me quieres decir? ¿Que el dinero no te interesa? ¿Es eso? Ah, ustedes los jóvenes no tienen arreglo. Todos dicen lo mismo. Claro, cuando tienen a papá detrás: “el dinero, ¿para qué?, el dinero es lo de menos”… Después, cuando madura la fruta, se dan cuenta de que con el dinero se consigue casi-casi todo en esta vida… Pero, en fin, si eres tan poco ambicioso, me guardo mis denarios. Peor para ti.
Jesús - No, no, no te los guardes, no dije eso.
Nicodemo - Ah, pícaro, ya sabía yo que acabarías mordiendo el anzuelo. Estaba seguro que este negocio te interesaría. Verás, podríamos comenzar con una presentación en el teatro… o en el hipódromo, que cabe más gente… o también… Pero, bueno, ¿qué te pasa? ¿Estás alelado, o qué?
Jesús - Nicodemo, ¿no oyes el viento? Él trae la queja de todos los que sufren, de todos los que mueren llamando a Dios para que haga justicia en la tierra. ¿Cómo puedes guardar tu dinero y hacerte sordo al quejido que trae el viento? Escucha… Es como el grito de una mujer que da a luz… Está naciendo un hombre nuevo, un hombre que no vive para el dinero sino para los demás, que prefiere dar a recibir.
Nicodemo - Ahora sí que no entiendo un comino.
Jesús - Claro, para entender tendrías que elegir.
Nicodemo - ¿Elegir? ¿Elegir qué?
Jesús - No se puede servir a dos señores a la vez. Elige entre Dios y el dinero. Si escoges a Dios, entenderás el quejido del viento y el viento te llevará hasta donde ahora no puedes imaginarte. Si escoges el dinero, te quedarás solo.
Nicodemo - De verdad, no sé de qué me hablas.
Jesús - Tú deberías saberlo. Tú que tienes tantos títulos, ¿no entiendes lo que está pasando? El pueblo está reclamando su derecho. Queremos ser libres como el viento. Queremos ser felices. Queremos vivir.
Nicodemo - Jesús de Nazaret, ya sé lo que eres: ¡un soñador! Pero ese mundo con que sueñas nunca llegará.
Jesús - Ya ha llegado, Nicodemo. Dios quiere tanto al mundo que ha puesto manos a la obra. ¡El Reino de Dios ha comenzado ya!
Nicodemo - Bájate de las nubes, muchacho, sé realista, muchacho. Te lo digo yo, que ya tengo los dientes amarillos. Piensa en primer lugar en ti y en segundo lugar también. Después de ti, el diluvio. Las cosas son como son. Y seguirán siendo así.
Jesús - No, Nicodemo. Las cosas pueden ser distintas. Ya lo están siendo. Allá en Galilea hemos visto a gente muy pobre compartiendo lo poco que tenía con los demás. ¿Tú no querías ver milagros? Pues baja de tu cátedra de maestro y ve allá a nuestro barrio. Te aseguro, Nicodemo, que aprenderás a hacer el milagro más grande de todos, el de compartir lo que uno tiene.
Nicodemo - Sí, desde luego, estás chiflado. No me cabe duda. Pero reconozco que oyéndote hablar…
Jesús - Mira arriba, Nicodemo… ¿no la ves?

La luna llena del mes de Nisán, redonda como una moneda, esparcía su luz blanquísima sobre el patio de la taberna.

Jesús - Mírala… Brilla como tu dinero. Pero, ¿sabes lo que hizo Moisés, allá en el desierto? Tomó el bronce de las monedas y con él fabricó una serpiente y la levantó en mitad del campamento. Y los que la miraban quedaban curados de la mordedura de las culebras. La culebra del dinero te ha picado, Nicodemo. Tienes el veneno dentro. Si tú quisieras curarte…

Nicodemo se quedó en silencio, mirando aquella luna de bronce. El puñado de monedas que llevaba en el bolsillo le pesaba ahora como un fardo. Se sentía más viejo y más cansado que nunca, como si toda su vida no hubiera sido más que un poco de agua que se les escurría entre las manos.

Nicodemo - ¿Tú crees que para un hombre viejo como yo… todavía… todavía hay esperanza?
Jesús - Sí, siempre hay esperanza. El agua limpia y el espíritu renueva…(3) Si tú quisieras…

El viento siguió soplando entre los árboles. Venía de muy lejos y arrastraba las palabras de Jesús muy lejos también, hasta más allá de las montañas. Cuando Nicodemo dejó la taberna y se puso en camino hacia Jerusalén, el viento lo acompañó en su regreso.



Juan 3,1-21




1. El Sanedrín era el órgano supremo del gobierno judío. Funcionaba también como Corte de Justicia. Interpretaba el significado de la Ley. Estaba compuesto por 71 miembros, que debían tener un conocimiento profundo de las Escrituras para dar las sentencias. Los sanedritas del grupo fariseo habían copado los puestos administrativos del organismo y tenían dentro de él una gran influencia. También la tenían los saduceos. Los sanedritas eran personas privilegiadas dentro de la sociedad como dueños del saber y de todo el poder que les daba el interpretar las leyes. Eran generalmente muy ricos. Cuando en el evangelio de Juan se habla de “los jefes de los judíos”, se hace referencia a hombres que ocupaban cargos político-religiosos en el Sanedrín. En tiempos de Jesús, el Sanedrín era un órgano de poder político, social y económico muy corrompido.

2. Nicodemo es nombrado únicamente en el evangelio de Juan. Es una de las pocas personas integrantes de la institución religiosa que estableció una relación amistosa con Jesús. Pertenecía a la clase adinerada de la capital y al grupo fariseo del Sanedrín, del que actuaba como consejero.

3. En el diálogo entre Jesús y el influyente fariseo Nicodemo, que solamente recoge el cuarto evangelio, Juan emplea varios temas teológicos: agua y Espíritu, lo que viene de arriba y lo que es de la tierra, luz y tinieblas. También emplea símbolos: la serpiente de Moisés, el viento. Esto  indica que, más que de una conversación real, se trata de un esquema teológico. A Nicodemo, Jesús le habla de renacer, de transfomarse en un “hombre nuevo”. En el bautismo cristiano se ha empleado tradicionalmente la fórmula que Jesús empleó con Nicodemo: renacer por el agua y el Espíritu. El agua, símbolo de la vida, y el espíritu -en hebreo, espíritu y viento se dicen con la misma palabra: “ruaj”-, símbolo de libertad, hacen nuevos al hombre y a la mujer. El tema del hombre nuevo es frecuente en las cartas de Pablo (Colosenses 3, 9-11; Efesios 8, 2-10 y 4, 20-24).

[«Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 1, págs. 417-424]





Ocurre, sin embargo, que hoy ya peino canas, que hace 39 años que me ordenaron de cura, y que sigo en lo mismo mientras el cuerpo… y el alma aguanten.
No sé si Teilhard de Chardin tenía razón y Dios es todo el Universo, o sólo rellena los espacios vacíos, o qué.
Si Dios está ahí fuera, sé que también lo llevo dentro. Y estoy más con San Agustín, que decía: «Tú, Señor, eres lo más interior de lo más íntimo mío y lo más superior de lo más supremo mío» (Confesiones VII, 11).

 

En torno a un puñado de amapolas y flores del campo



Fue el domingo, e hicimos fiesta. Nos vimos reflejados en estas flores, que nacen en cuanto el sol empieza a calentar la tierra humedecida por las lluvias. En la variedad de tamaños, formas y colores son sentimos identificados. Porque la concurrencia de aquella mañana era de lo más variopinto, en edad, estatura, condición y calidad. Respecto de esta última, suprema.
No en balde era el día de La Trinidad. Hondo misterio que no osé desentrañar, ni lo habría conseguido desde mi cortedad si lo hubiera intentado.
Celebramos a Jesús, como Amigo, como Compañero de camino y como Maestro a cuyo lado crecer sin miedo a lo que tenga que venir, sean espadas o bastos, o incluso cruces.
Los más peques se mostraron audaces. Los medianos, algo vergonzosos. Y los mayores, expectantes. Aquí la edad funciona, pero de otra manera. ¿Nos hará más sensatos?
Por eso no hablamos de la locura de Dios, de cuya cordura más nos vale dudar, so pena de condenarnos a no sonreír jamás. Y no son las caras serias la manera de acabar el curso de catequesis. Reímos y rezamos, y nos emplazamos hasta después del verano.
Faltó tiempo para añadir algunas otras cosillas, porque el reloj corrió más de la cuenta o tal vez el tiempo se nos escurrió en un sentir.
Por eso vengo ahora a poner doctrina seria, como la que ofrece José Luis Cortés, que además es un valiente.
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Hoy empezó bien, y va a ser un buen día

Hoy estoy de fiesta, ¡sí!, hoy tenemos bautizos, ¡bien!

Una o dos veces al mes, según, toda la parroquia y en domingo o sólo las familias y en sábado, celebramos este sacramento que a mí me gusta sobremanera.

Dejar correr el agua sobre sus cabezas, ver cómo se sobresaltan asustados o sonríen, como hoy, gratamente refrescados, sentir a sus padres y padrinos una pizca felices y embarazados, mientras recito lenta y solemnemente las palabras rituales “yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”, todo ello junto y ensamblado, hace de mí un eslabón más en la milenaria cadena que discípulos de quien dijo: «Id, anunciad la Buena Nueva, y a quienes se conviertan bautizadlos…»

Bueno, sí, ya sé que aquéllos fueron rompedores, como los buques de casco reforzado que abren camino entre témpanos de hielos, en tanto que yo aquí sólo continúo y ayudo a mantener una tradición, una práctica piadosa o un gesto apenas deseado cuando no directamente obligado por el interés de las abuelas y los abuelos.

O, que también incluso mucho más, quienes vienen a solicitar son de chupamedómine y me dan sopas con honda, y tienen la fe más pensada y más vivida y más trabajada que este servidor, que a veces sólo sirve para poco.

No obstante, en ocasiones también resulto ser el buque rompehielos a la búsqueda de un atisbo de fe en quienes llegan pidiendo bautismo, porque este niño o esta niña es nuestro o nuestra, y nosotros no queremos sino celebrar con los amigos y familia un gesto social y quedar muy bien invitando a la concurrencia en convite simpar, tal cual lo hicieron otros y quedaron como rajás…

Y tienes que empezar por el principio. Que es un sacramento que supone fe; fe en quien lo recibe, fe en quien lo solicita, fe en quienes acompañan, fe en quien lo administra. Y además comunidad, que es como decir que no basta creer en algo misterioso allá arriba en lo alto de las nubes ajeno a nuestra historia. Fe en un Abba que ama, en un Hijo que salva, en un Espíritu que anima y revivifica, en un estilo de vida de amar sin medida a quienes sí tenemos medidas para todo…

En ese afán de procurar despertar lo aletargado o de avivar lo mortecino me he pasado algunos pueblos en determinadas ocasiones, y me ha salido el tiro por la culata; el resultado ha sido el portazo. Han sido pocas veces, pero ahí están, y me duelen, no consigo olvidarlas.

No ha sido así en esta ocasión. Alguien ha estado para que mi pulso no fallara, la presión fuera la adecuada, las palabras… medidas, los gestos… los necesarios y suficientes. Y hoy bautizamos a tres preciosos churumbeles y voy a disfrutar como un enano.

Además, esta mañana hemos acarreado casi 4.000 kilos de alimentos del Banco de Alimentos, sí, excedentes agrícolas de la comunidad europea, que servirán para paliar aunque sea ligera, pero realmente, necesidades de gentes que la crisis pertinaz está estrangulando despiadadamente. Y no me importa que me digan que contribuyo, haciendo caridades, a mantener el sistema, que había que denunciarlo, destruirlo, condenarlo…; que debería plantar cara y decir "No, señor, nada de caridades, que aquí justicia es lo que manda, no tapar las bocas con migajas". Pero cuando hay hambre, hasta las migajas sirven y son incluso necesarias.

También muy de mañana paseé con mis amigos del alma por las veredas pinariegas, aunque ya estaba amanecido, que ahora la hora del reloj es muy otra, distinta a la del sol.

Y al final, al caer la tarde, celebraremos que nuestro Dios no es nada egoísta, que es uno en tres, o tres en uno, uf qué lío, bueno que no sé ni decirlo ni explicarlo, pero que es la fiesta de la Santísima Trinidad y es como decir que hoy y mañana celebramos el santo u onomástica de nuestro Dios.

Me quedo con una expresión que acabo de leer a un teólogo español, que sabe japonés y que lo dice todo como muy bonito:

«La palabra “Dios” es un indicador que señala camino (sin demostrarlo, ni ahorrarnos andar a oscuras) al encuentro del secreto de la vida.

“Padre-Abba” es una palabra-clave, que remite al origen radical, Vida de la vida. Se traduce como Padre y Madre, pero quiere decir más que padre y más que madre.

“Hijo” es palabra-clave para referirse al sentido de la vida de Jesús, rostro de Dios, imagen, presencia real y cercanía encarnada de Abba: filiación sin límites y fraternidad-sororidad sin fronteras.

“Espíritu” es palabra-clave, que expresa la riqueza de la presencia vivificadora del Dios todo en todo, en todos y en todas, en el río imprevisible de la historia y en la intimidad inefable de cada biografía.

Hablando “desde arriba hacia abajo” (como le gusta a la teología romana) se dice: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, con ecos de fórmula bautismal, vehículo de “la” fe en “la” Fuente de la Vida-Abba, “la” Ruta del Amor-Jesús-Cristo y “la” Respiración de la Esperanza-Ruah. (¿Interpretarán algunos varones como discriminación positiva el uso de todos estos artículos de género femenino?). Fuente, río y mar, preferirán decir en poesía.

Hablando “desde abajo hacia arriba”, como las tradiciones orientales cristianas de antaño o las teologías de la liberación de hogaño, decimos: “En el Espíritu, por el Hijo al Padre”, justamente como quien se santigua al revés.
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Pues, eso, que hoy para mí resulta ser un buen día, y voy de verdad a disfrutarlo.

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