EL GEMIDO DEL VIENTO
Santiago - ¡A acostarse pronto, muchachos, que mañana
hay que madrugar!
Pedro - ¡Ay, mis pies! ¡Esas tres jornadas de
camino no se las deseo ni a mi suegra!
María - Pues quédense un par de días más. En la
taberna hay sitio. Y más ahora que la gente comienza a regresar a sus pueblos.
Pedro - Que no, María, que ya tenemos que volver a
Galilea. ¿Y sabes por qué? Porque se nos acabó el dinero. No tenemos ni un
cobre.
María - Bah, si es por eso, no se preocupen. Mi
hermano Lázaro se ha encariñado con ustedes. Si no pueden pagar ahora, se lo
apunta para cuando vuelvan por acá. Porque ustedes volverán, ¿verdad que sí?
Estábamos recogiendo las
cuatro baratijas que compramos durante la fiesta de Pascua en Jerusalén y
despidiéndonos de Marta y María. Era ya de noche cuando Lázaro, el tabernero,
llegó corriendo.
Lázaro - ¡Psst! ¿Alguno de ustedes lleva contrabando
al norte?
Pedro - ¿Contrabando? ¿Estás loco? Las aduanas están
muy vigiladas en estas fechas. ¿Por qué lo preguntas?
Lázaro - Porque tienen visita. Un pez gordo. Uno de
los setenta magistrados del Sanedrín.(1) Está ahí fuera, con un par de
guardaespaldas, preguntando por ustedes. Yo pensé que llevaban contrabando.
María - ¡Si lo llevan, disimulen bien, que para eso
son galileos!
Lázaro - ¡Arriba, muchachos, alguno tiene que salir
y dar la cara!
Santiago - Bueno, iré yo, a ver qué quiere. ¿Me acompañas,
Juan?
Mi hermano Santiago y yo
salimos a ver quién nos buscaba. En la puerta de la Palmera Bonita estaba esperándonos
un hombre alto, con una larga barba canosa y envuelto en un manto de púrpura
muy elegante. Lo acompañaban dos etíopes, con la cabeza rapada y una daga en la
cintura.
Santiago - Vamos a ver, ¿en qué podemos servirle, señor?
Nicodemo - Quiero hablar con el jefe de ustedes.
Santiago - ¿Con el jefe? Aquí nadie es jefe de nadie.
Somos un grupo de amigos.
Nicodemo - Me refiero a ese tal Jesús, el de Nazaret.
E1 que hace las “cosas”.
Santiago - ¿El que hace qué “cosas”? Explíquese mejor.
Nicodemo - No vine a hablar con ustedes sino con él. Vayan
y llámenlo.
Santiago y yo
entramos nuevamente en la taberna…
Jesús - ¿Que quiere hablar conmigo? ¿Y qué buscará
ese tipo?
Santiago - No me huele bien esto, Jesús. Es un fariseo
importante, ¿sabes? Y me resulta muy raro que haya venido hasta aquí y a estas
horas… Algo debe traerse entre manos…
Jesús - Bueno, vamos a ver de qué se trata.
María - No te demores mucho, Jesús. ¡Tienes la
historia de los tres camellos por la mitad!
Jesús salió al patio donde lo
esperaba el misterioso visitante.
Nicodemo - ¡Caramba, al fin te encuentro, nazareno!
Quiero hablar unos minutos contigo, a solas.
Jesús - Sí, está bien. Pero si viene buscando
contrabando, creo que perdió su tiempo. Lo único que me llevo de Jerusalén es
un pañuelo para mi madre, que aquí los hay muy baratos.
Nicodemo - No, no se trata de eso, muchacho. Ahora te
explicaré. Ustedes dos, espérenme allá.
Los dos etíopes
se alejaron como a un tiro de piedra…
Nicodemo - Algún rincón habrá por aquí para conversar,
digo yo.
Jesús - Debajo de aquella palmera estaremos bien. ¡Vamos!
Desde el fogón vimos a Jesús
alejarse hasta una esquina del patio. Las nubes corrían rápidas en el cielo,
empujadas por el viento de la noche que gemía entre los árboles.
Jesús - Usted dirá…
Nicodemo - Me llamo Nicodemo, Jesús.(2) Soy magistrado
en el Tribunal Supremo de Justicia. Mi padre fue el ilustre Jeconías, tesorero
mayor del templo.
Jesús - ¿Y qué quiere de mí un hombre tan
importante?
Nicodemo - Comprendo que te extrañe mi visita. Aunque
ya te habrás imaginado a lo que vengo.
Jesús - Debo tener poca imaginación porque,
francamente, no tengo ni idea de lo que usted quiere de mí.
Nicodemo - No quiero nada de ti. En realidad, vengo a
ayudarte.
Jesús - ¿A ayudarme?
Nicodemo - Digamos que será una ayuda mutua. Un
beneficio mutuo, ¿comprendes?
Jesús - Como no hable más claro, no me entero de
nada.
Nicodemo - Jesús, sé muchas cosas de ti. Mira, lo que
hiciste en la piscina de Betesda ha corrido ya por toda la ciudad. Sí, no
pongas esa cara. Lo del paralítico que echó a andar, así por las buenas. Sé
también que has hecho otras cosas parecidas por allá, por Galilea: un loco, un
leproso… hasta dicen que levantaste una niña muerta en mitad del velorio. También
al Sanedrín han llegado estos rumores.
Jesús - Uf, qué pronto corren las noticias en este
país, ¿eh?
Nicodemo - Como ves, te he seguido bien la pista. Y te
felicito, Jesús.
Jesús - Sigo sin entender de dónde viene usted y a
dónde quiere ir a parar.
Nicodemo - Vamos, vamos, no disimules. Reconozco que
para ser trucos están muy bien hechos. No me dirás que son milagros… tú no
tienes cara de santo. Está bien, está bien. Comprendo que desconfíes de mí.
Pero vamos al grano. A fin de cuentas, a mí me da lo mismo que sean trucos
tuyos o milagros de Dios o si es la cola del diablo la que está metida en esto.
Para el caso es igual. El pueblo no distingue una cosa de otra. La gente sufre
demasiado y necesita ilusionarse con algo. Y en eso tú eres un maestro, en el
arte de entusiasmar al pueblo. En fin, te propongo un negocio, Jesús de Nazaret.
Podemos asociarnos y las ganancias irían a medias. O también, si prefieres,
puedo darte una cantidad fija, por ejemplo… cincuenta denarios. ¿Te parece
poco? Sí, no es demasiado, pero… Digamos setenta y cinco… ¿Más todavía? Me
parece exagerado tanto dinero para un campesino porque después se lo beben en
las tabernas, pero, en fin, porque me has caído simpático, podría subir hasta
cien denarios. Trato hecho. Ahora te explicaré lo que quiero que hagas… Oye, ¿de
qué te ríes?
Jesús - De nada. Es que me hace gracia…
Nicodemo - Sí, ya sé, ustedes los galileos tienen el
colmillo retorcido como el jabalí. Está bien. A mí parece que cien denarios es
un buen salario para un mago, pero… está bien, pon tú mismo el precio. ¿Cuánto
quieres? Créeme, muchacho, tu asunto me interesa más que ninguno.
Jesús - Sí, sí, ya veo, pero… pero no me sirves
para este asunto, Nicodemo.
Nicodemo - ¿Cómo? ¿Por qué? Te digo que te puedo dar
mucho dinero y no miento.
Jesús - No, no es por eso.
Nicodemo - Entonces, ¿qué?
Jesús - Bueno, que… que eres muy viejo.
Nicodemo - Por eso mismo, muchacho. Dicen que hasta el
diablo sabe más por viejo que por diablo. Con mi experiencia y tu habilidad
podremos llegar muy lejos.
Jesús - No, Nicodemo. Te digo que necesito gente
joven.
Nicodemo - Bueno, yo tengo ya unos cuantos años en las
costillas, ésa es la verdad, pero… de salud no estoy tan mal. Todavía me
defiendo.
Jesús - Nicodemo: necesito niños.
Nicodemo - ¿Niños? Vamos, vamos, Jesús, deja los niños
en la escuela y hablemos de cosas serias.
Jesús - Te estoy hablando en serio, Nicodemo. Me
hacen falta niños. Si quieres meterte en este asunto tendrías que… que nacer
otra vez. Eso, volver a ser niño.
Nicodemo - Ya me habían dicho que eras muy chistoso,
nazareno. Bueno, como tú te sabes tantos trucos, a lo mejor puedes hacerme
entrar otra vez en el vientre de mi madre para que me vuelva a parir. En fin,
volvamos a nuestro negocio. Como te iba diciendo, se trata…
Jesús - Te has hecho viejo amasando dinero,
Nicodemo. Y te ha salido un callo en el corazón y otro en las orejas. Por eso
no comprendes. Por eso no oyes el viento.
Nicodemo - Oye, yo estoy viejo, pero no sordo. El
viento si lo oigo. Pero a ti no te entiendo ni una palabra. ¿Qué es lo que me
quieres decir? ¿Que el dinero no te interesa? ¿Es eso? Ah, ustedes los jóvenes
no tienen arreglo. Todos dicen lo mismo. Claro, cuando tienen a papá detrás: “el
dinero, ¿para qué?, el dinero es lo de menos”… Después, cuando madura la fruta,
se dan cuenta de que con el dinero se consigue casi-casi todo en esta vida…
Pero, en fin, si eres tan poco ambicioso, me guardo mis denarios. Peor para ti.
Jesús - No, no, no te los guardes, no dije eso.
Nicodemo - Ah, pícaro, ya sabía yo que acabarías
mordiendo el anzuelo. Estaba seguro que este negocio te interesaría. Verás,
podríamos comenzar con una presentación en el teatro… o en el hipódromo, que
cabe más gente… o también… Pero, bueno, ¿qué te pasa? ¿Estás alelado, o qué?
Jesús - Nicodemo, ¿no oyes el viento? Él trae la
queja de todos los que sufren, de todos los que mueren llamando a Dios para que
haga justicia en la tierra. ¿Cómo puedes guardar tu dinero y hacerte sordo al
quejido que trae el viento? Escucha… Es como el grito de una mujer que da a luz…
Está naciendo un hombre nuevo, un hombre que no vive para el dinero sino para
los demás, que prefiere dar a recibir.
Nicodemo - Ahora sí que no entiendo un comino.
Jesús - Claro, para entender tendrías que elegir.
Nicodemo - ¿Elegir? ¿Elegir qué?
Jesús - No se puede servir a dos señores a la vez.
Elige entre Dios y el dinero. Si escoges a Dios, entenderás el quejido del
viento y el viento te llevará hasta donde ahora no puedes imaginarte. Si
escoges el dinero, te quedarás solo.
Nicodemo - De verdad, no sé de qué me hablas.
Jesús - Tú deberías saberlo. Tú que tienes tantos títulos,
¿no entiendes lo que está pasando? El pueblo está reclamando su derecho.
Queremos ser libres como el viento. Queremos ser felices. Queremos vivir.
Nicodemo - Jesús de Nazaret, ya sé lo que eres: ¡un soñador!
Pero ese mundo con que sueñas nunca llegará.
Jesús - Ya ha llegado, Nicodemo. Dios quiere tanto
al mundo que ha puesto manos a la obra. ¡El Reino de Dios ha comenzado ya!
Nicodemo - Bájate de las nubes, muchacho, sé realista,
muchacho. Te lo digo yo, que ya tengo los dientes amarillos. Piensa en primer
lugar en ti y en segundo lugar también. Después de ti, el diluvio. Las cosas
son como son. Y seguirán siendo así.
Jesús - No, Nicodemo. Las cosas pueden ser
distintas. Ya lo están siendo. Allá en Galilea hemos visto a gente muy pobre
compartiendo lo poco que tenía con los demás. ¿Tú no querías ver milagros? Pues
baja de tu cátedra de maestro y ve allá a nuestro barrio. Te aseguro, Nicodemo,
que aprenderás a hacer el milagro más grande de todos, el de compartir lo que
uno tiene.
Nicodemo - Sí, desde luego, estás chiflado. No me cabe
duda. Pero reconozco que oyéndote hablar…
Jesús - Mira arriba, Nicodemo… ¿no la ves?
La luna llena del mes de Nisán,
redonda como una moneda, esparcía su luz blanquísima sobre el patio de la
taberna.
Jesús - Mírala… Brilla como tu dinero. Pero, ¿sabes
lo que hizo Moisés, allá en el desierto? Tomó el bronce de las monedas y con él
fabricó una serpiente y la levantó en mitad del campamento. Y los que la
miraban quedaban curados de la mordedura de las culebras. La culebra del dinero
te ha picado, Nicodemo. Tienes el veneno dentro. Si tú quisieras curarte…
Nicodemo se quedó en
silencio, mirando aquella luna de bronce. El puñado de monedas que llevaba en
el bolsillo le pesaba ahora como un fardo. Se sentía más viejo y más cansado
que nunca, como si toda su vida no hubiera sido más que un poco de agua que se
les escurría entre las manos.
Nicodemo - ¿Tú crees que para un hombre viejo como yo…
todavía… todavía hay esperanza?
Jesús - Sí, siempre hay esperanza. El agua limpia y
el espíritu renueva…(3) Si tú quisieras…
El viento siguió soplando
entre los árboles. Venía de muy lejos y arrastraba las palabras de Jesús muy
lejos también, hasta más allá de las montañas. Cuando Nicodemo dejó la taberna
y se puso en camino hacia Jerusalén, el viento lo acompañó en su regreso.