Tea ha dejado su casa. También ha dejado su calle, su patio y…, su huerto.
Tea ya no puede estar en donde ha estado la mayor parte de su vida.
Aquel endiablado y envidiable dinamismo que le permitía trajinar en esto y en aquello, andar de acá para allá, de la huerta a casa, de la iglesia a la calle, y de la compra al médico, se ha apagado por culpa de los años acumulados y de su cuerpo que se niega a soportar la soledad y la austeridad a que le tenía acostumbrado, que no sometido.
Desde ahora nos espera en una residencia para personas necesitadas de cuidados especializados, imposible de dispensar y de recibir en una pequeña casita molinera de hace más de 40 años…
Faltando Tea ¡qué será del huerto!, ausente la mano amiga que lo acarició y con mimo le hizo producir bellas flores y dulces ciruelas; el banco de Tea en la iglesia se ha vaciado, y el patio ha dejado de ser lugar de acogida y amable conversación; la calle también huérfana de quien por ella, antes a paso ligero, luego arrastrando los pies, tanto afanó e hilvanó conversación con unos y con otros.
Tenía que ser así, era inevitable; “así es la vida”, decimos, los hombros encogidos, cuando no sabemos o no tenemos otra cosa mejor que decir.
Pues eso, Tea, que nos dejas a todos un poco solos…
Tea ya no puede estar en donde ha estado la mayor parte de su vida.
Aquel endiablado y envidiable dinamismo que le permitía trajinar en esto y en aquello, andar de acá para allá, de la huerta a casa, de la iglesia a la calle, y de la compra al médico, se ha apagado por culpa de los años acumulados y de su cuerpo que se niega a soportar la soledad y la austeridad a que le tenía acostumbrado, que no sometido.
Desde ahora nos espera en una residencia para personas necesitadas de cuidados especializados, imposible de dispensar y de recibir en una pequeña casita molinera de hace más de 40 años…
Faltando Tea ¡qué será del huerto!, ausente la mano amiga que lo acarició y con mimo le hizo producir bellas flores y dulces ciruelas; el banco de Tea en la iglesia se ha vaciado, y el patio ha dejado de ser lugar de acogida y amable conversación; la calle también huérfana de quien por ella, antes a paso ligero, luego arrastrando los pies, tanto afanó e hilvanó conversación con unos y con otros.
Tenía que ser así, era inevitable; “así es la vida”, decimos, los hombros encogidos, cuando no sabemos o no tenemos otra cosa mejor que decir.
Pues eso, Tea, que nos dejas a todos un poco solos…















