¿Qué fue mayo del 68? ¿Ocurrió la primavera de Praga? ¿Quién se acuerda de Tian'amen?



Mi artículo sin texto de ayer me hizo ver que ya peino canas. Que he vivido cosas que otros no. Que recuerdo lo que otras personas no han vivido. Que la historia no es asignatura aprobada. Que los deberes están aún sin hacer. Que tenemos muy mala memoria. Que la muerte se lleva a los míos. Que sobre la mesa camilla están todas mis banderas rotas. Que vivimos el presente de manera fugaz. Que las lágrimas de entonces son sólo un mal recuerdo. Que no hay ya compañeros de armas. Que encendemos nuestros mecheros como quien se toma una cerveza. Que el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Que allá los muertos que entierren como Dios manda a sus muertos.

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante…

Pasada la gloriosa fecha mágica del 10/10/10, me desperezo en una mañana gris y lluviosa, tibia pero solitaria de puente más bien acueducto, y no sé bien a qué se debe, pero me vienen a la memoria aquellas últimas páginas de un libro/novela que me marcó hace ya tiempo, y que también están en algún lugar de mi baúl de los desechos:

     Años después, hombre ya bastante maduro, tuve ocasión de realizar un viaje a Italia por orden de mi abad. No pude resistir la tentación y, al regresar, di un gran rodeo para volver a visitar lo que había quedado de la abadía.
     Las dos aldeas que había en las laderas de la montaña se habían despoblado; las tierras de los alrededores estaban sin cultivar. Subí hasta la meseta y un espectáculo de muerte y desolación se abrió ante mis ojos humedecidos por las lágrimas.
     De las grandes y magníficas construcciones que adornaban aquel sitio, sólo habían quedado ruinas dispersas, como antaño sucediera con los monumentos de los antiguos paganos en la ciudad de Roma. La hiedra había cubierto los jirones de paredes, las columnas, los raros arquitrabes que no se habían derrumbado. El terreno estaba totalmente invadido por las plantas salvajes y ni siquiera se adivinaba dónde habían estado el huerto y el jardín. Sólo el sitio del cementerio era reconocible, por algunas tumbas que aún afloraban del suelo. Único signo de vida, grandes aves de presa atrapaban las lagartijas y serpientes que, como basiliscos, se escondían entre las piedras o se deslizaban por las paredes. Del portal de la iglesia habían quedado unos pocos vestigios roídos por el moho. Del tímpano sólo sobrevivía una mitad, y divisé aún, dilatado por la intemperie y lánguido por la veladura sucia de los líquenes, el ojo izquierdo del Cristo en el trono, y una parte del rostro del león.
     Salvo por la pared oriental, derrumbada, el Edificio parecía mantenerse en pie y desafiar el paso del tiempo. Los dos torreones externos, que daban al precipicio, parecían casi intactos, pero por todas partes las ventanas eran órbitas vacías cuyas lágrimas viscosas eran pútridas plantas trepadoras. En el interior, la obra del arte, destruida, se confundía con la de la naturaleza, directamente a la vista desde la cocina, a través del cuerpo lacerado de los pisos superiores y del techo, desplomados como ángeles caídos. Después de tantas décadas, todo lo que no estaba verde de musgo seguía negro por el humo del incendio.
     Hurgando entre los escombros, encontré aquí y allá jirones de pergamino, caídos del scriptorium y la biblioteca, que habían sobrevivido como tesoros sepultados en la tierra. Y empecé a recogerlos, como si tuviese que reconstruir los folios de un libro. Después descubrí que en uno de los torreones todavía quedaba una escalera de caracol, tambaleante y casi intacta, que conducía al scriptorium, y desde allí, trepando por una montaña de escombros, podía llegarse a la altura de la biblioteca... aunque ésta era sólo una especie de galería pegada a las paredes externas, que por todas partes desembocaba en el vacío.
     Junto a un trozo de pared encontré un armario, por milagro aún en pie, y que, no sé cómo, había sobrevivido al fuego para pudrirse luego por la acción del agua y los insectos. En el interior, quedaban todavía algunos folios. Encontré otros jirones hurgando entre las ruinas de abajo. Pobre cosecha fue la mía, pero pasé todo un día recogiéndola, como si en aquellos disiecta membra  de la biblioteca me estuviese esperando algún mensaje. Algunos jirones de pergamino estaban descoloridos, otros dejaban adivinar la sombra de una imagen, y cada tanto el fantasma de una o varias palabras. A veces encontré folios donde podían leerse oraciones enteras; con mayor frecuencia encuadernaciones aún intactas, protegidas por lo que habían sido tachones de metal... Larvas de libros, aparentemente todavía sanas por fuera pero devoradas por dentro: sin embargo, a veces se había salvado medio folio, podía adivinarse un incipit, un título...
     Recogí todas las reliquias que pude encontrar, y las metí en dos sacos de viaje, abandonando cosas que me eran útiles con tal de salvar aquel mísero tesoro.
     Durante el viaje de regreso a Melk pasé muchísimas horas tratando de descifrar aquellos vestigios. A menudo una palabra o una imagen superviviente me permitieron reconocer la obra en cuestión. Cuando, con el tiempo, encontré otras copias de aquellos libros, los estudié con amor, como si el destino me hubiese dejado aquella herencia, como si el hecho de haber localizado la copia destruida hubiese sido un claro signo del cielo cuyo sentido era tolle et lege.  Al final de mi paciente reconstrucción, llegué a componer una especie de biblioteca menor, signo de la mayor, que había desaparecido... una biblioteca hecha de fragmentos, citas, períodos incompletos, muñones de libros.


     Cuanto más releo esa lista, más me convenzo de que es producto del azar y no contiene mensaje alguno. Pero esas páginas incompletas me han acompañado durante toda la vida que desde entonces me ha sido dado vivir, las he consultado a menudo como un oráculo, y tengo casi la impresión de que lo que he escrito en estos folios, y que ahora tú, lector desconocido, leerás, no es más que un centón, un carmen figurado, un inmenso acróstico que no dice ni repite otra cosa que lo que aquellos fragmentos me han sugerido, como tampoco sé ya si el que ha hablado hasta ahora he sido yo o, en cambio, han sido ellos los que han hablado por mi boca. Pero en cualquier caso, cuanto más releo la historia que de ello ha resultado, menos sé si ésta contiene o no una trama distinguible de la mera sucesión natural de los acontecimientos y de los momentos que los relacionan entre sí. Y es duro para este viejo monje, ya en el umbral de la muerte, no saber si la letra que ha escrito contiene o no algún sentido oculto, ni si contiene más de uno, o muchos, o ninguno.
     Pero quizás esta incapacidad para ver sea producto de la sombra que la gran tiniebla que se aproxima proyecta sobre este mundo ya viejo.
     Est ubi gloria nunc Babylonia?  ¿Dónde están las nieves de otra época? La tierra baila la danza de Macabré; a veces me parece que surcan el Danubio barcas cargadas de locos que se dirigen hacia un lugar sombrío.
     Sólo me queda callar. O quam salubre, quam iucundum et suave est sedere in solitudine et tacere et loqui cum Deo!  Dentro de poco me reuniré con mi principio, y ya no creo que éste sea el Dios de gloria del que me hablaron los abades de mi orden, ni el de júbilo, como creían los franciscanos de aquella época, y quizá ni siquiera sea el Dios de piedad. Gott ist ein lautes Nichts, ihn rührt kein Nun noch Hier... Me internaré deprisa en ese desierto vastísimo, perfectamente llano e inconmensurable, donde el corazón piadoso sucumbe colmado de beatitud. Me hundiré en la tiniebla divina, en un silencio mudo y en una unión inefable, y en ese hundimiento se perderá toda igualdad y toda desigualdad, y en ese abismo mi espíritu se perderá a sí mismo, y ya no conocerá lo igual ni lo desigual, ni ninguna otra cosa: y se olvidarán todas las diferencias, estaré en el fundamento simple, en el desierto silencioso donde nunca ha existido la diversidad, en la intimidad donde nadie se encuentra en su propio sitio. Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra ni imagen.
     Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. (1)

(1) Últimas páginas de "El nombre de la rosa", de Umberto Eco. © 1980, Casa Editrice Valentino Bompiani & C.S.p.A. Milan.

Para más información:

1. Mayo del 68: http://es.wikipedia.org/wiki/Mayo_de_1968_en_Francia
2. Primavera de Praga: http://es.wikipedia.org/wiki/Primavera_de_Praga
3. Plaza de Tian'amen: http://es.wikipedia.org/wiki/Protestas_de_la_Plaza_de_Tian%27anmen_de_1989

3 comentarios:

Julia dijo...

Esta entrada queda comentada con lo que escribí en la anterior, ya lo habrás supuesto, pero por no dejar pasar la ocasión: a mi también me encantó "El nombre de la rosa".

Besos

emejota dijo...

¿Por qué le pondría ese título? ¿Por su belleza, aroma y fragilidad? ¿Por las espinas que adornan su tallo?. Un abrazo.

Miguel Ángel Velasco Serrano dijo...

Julia, pues ya que entras, te saludo con un beso.


emejota, si te refieres al título “El nombre de la rosa” tendría que ser yo un filósofo avezado para responderte con propiedad. Como no lo soy, sólo digo que los Nominalistas alegaban que los Universales sólo eran nombres que tomaban los conceptos generales, sin que constituyeran nada real. Nominalismo se le llamó a esa corriente de pensamiento que tuvo como principales exponentes a Duns Escoto y Guillermo de Occam.

Te lo dice mejor este texto que he “pillado” en la red:
” A finales del pasado siglo XX, el hasta entonces solamente conocido como prestigioso semiólogo italiano Umberto Eco, publicó su primera novela El Nombre de la Rosa, de inmediato éxito de venta y acogida por público y crítica, dentro de cuya interesante trama de estilo detectivesco, van surgiendo diálogos entre la figura principal, un sacerdote dominico y su asistente, diálogos de profundo significado filosófico y teológico sobre el Nominalismo y los Universales, apareciendo numerosas referencias a Guillermo de Occam. Muchos de los que disfrutaron de la lectura de la novela (y de su versión cinematográfica) no se preguntaron sobre el enigmático título, no les preocupó por qué el Nombre y por qué la Rosa. Algo se trasluce al final de la obra en el que aparece un críptico hexámetro que habla de que el nombre de la prístina rosa tan sólo nombre es, trasluciendo así de cierta forma lo que de nominalismo se ha estado tratando a lo largo de la narración. El hexámetro en cuestión dice: «STAT ROSA PRISTINA NOMINE, NOMINA NUDA TENEMUS», cuya traducción pudiera ser: «De la rosa permanece el nombre, nombres desnudos mantenemos». El propio Eco ha dejado entrever que esa cita en latín pudieran haberla sugerido lecturas como la de una obra de la norteamericana Gertrude Stein en la cual aparece uno de los peculiares litismos de la escritora: «Rose is a rose is a rose».”
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